Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)

Part 16

Chapter 163,538 wordsPublic domain

Del ilustre Olóriz me ocupé ya en anteriores páginas, con ocasión de relatar comunes andanzas de opositores á cátedras. Séame permitido añadir aquí, en memoria del malogrado compañero, algunas frases encomiásticas.

Era D. Federico, como le llamábamos amigos y admiradores, el _maestro_ por excelencia. Lo que en muchos es oficio, constituía en él vocación irresistible. Asiduo, formal y concienzudo, cumplía con insuperable celo su ministerio docente. De un exterior algo vulgar, encerraba un espíritu refinadamente aristocrático. Escribía tan maravillosamente como hablaba, y era dueño de palabra fácil, elegante, agilísima, puesta al servicio de clarísimo entendimiento[112]. No se prodigaba, sin embargo. Replegado en su modestia, limpio de todo estímulo vanidoso, rehuyó siempre la popularidad, como desdeñó la política, campo donde sus dotes de formidable polemista hubiéranle traído triunfos resonantes.

[112] Recuérdense sus admirables conferencias del Ateneo acerca de las escuelas de Manjón, de Granada; sus primorosos discursos en esta misma Cátedra sobre temas antropológicos; sus castizas y sabias oraciones académicas, etc.

En funciones de examinador pasaba Olóriz por riguroso y exigente. Imponía á los discípulos con su severidad; pero los desarmaba con la justicia. Y, terminada la carrera, aun los más desaplicados le agradecían sus rigores, rindiéndole filial afecto.

Hacia la época de mi traslación á Madrid vivía el maestro algo retraído, refugiado en la cátedra y en el hogar, consagrando todos sus escasos vagares á los estudios antropológicos, en que llegó á ser autoridad indiscutible. Más adelante, creóse para él en el Ministerio de Gracia y Justicia una cátedra de _Antropología criminal_, donde aplicó por primera vez el sistema de identificación del Dr. Bertillon y asentó las bases de un ingenioso proceder de clasificación y reconocimiento de las impresiones digitales. Su voluminosa obra acerca del _Índice cefálico en España_ y diversos folletos antropológicos dan elocuente testimonio del ardor y acierto con que el malogrado maestro emprendió la empresa de diferenciar y clasificar los tipos antropológicos existentes en las diversas provincias españolas.

¡Lástima grande que las acometidas de una dolencia cruel quebrantaran casi en plena juventud sus fuerzas físicas, esterilizando la prosecución y coronamiento de una labor admirable, que había merecido ya galardones y aplausos entre los sabios extranjeros!... Recuerdo que, entre otros premios, recibió el de Fauvelle, de la Academia de Medicina de París.

Todos deplorábamos (y de ello se hace eco su amigo del alma, el Dr. D. José Gómez Ocaña, en sentida y elocuente oración académica) que el gran Olóriz no lograra en vida, con el renombre merecido, aquellas ventajas y honores oficiales tan fácilmente alcanzados en nuestro país hasta por el mérito más discutible, cuando sabe hacerse valer y se exhibe aparatosamente[113]. Á sus éxitos sociales se opuso el exceso de sus talentos y virtudes, ó más bien opusiéronse, como dicen los franceses, «los defectos de sus grandes cualidades». Irreprensible en su conducta, jamás pudo soportar la injusticia; austero cumplidor de sus obligaciones, nunca transigió con la holgazanería; lógico y grave en el pensar y el sentir, aborreció la frivolidad y el error; decoroso y selecto en el lenguaje, jamás abatió su palabra hasta la vulgaridad ó la chabacanería.

[113] Todos los buenos oficios de sus amigos para llevarle al Consejo de Instrucción pública, donde su acrisolada rectitud y excepcional competencia pedagógica hubiesen rendido ópimos frutos, fracasaron deplorablemente.

Olóriz era maestro en todos los momentos de su vida. Dotado de genio dialéctico y de exquisita sensibilidad para percibir hasta las más tenues refracciones con que la pasión ó la palabra desfiguran la verdad, no podía oir un desatino sin corregirlo en el acto. No era acritud de carácter ni deseo de zaherir, sino tendencia innata á corregir y edificar. Era un instinto irresistible que se explayaba lo mismo en familia que en la calle, igual con sus discípulos que con sus compañeros.

Una de sus características consistía en el decoro y distinción señoril de su palabra. Jamás acertó á ser vulgar. Aun acerca de las cosas triviales hablaba con tanta corrección y esmero que, al oirle, sentíase uno como avergonzado de tener que contestarle en el pedestre lenguaje de todo el mundo. Quienes no le conocían reputaban acaso pedantería lo que era natural distinción intelectual y deseo de conservar luciente y aguda, en todo caso, el arma poderosa de su palabra.

Por desgracia, hay excelencias que no se perdonan. Nos recuerdan demasiado nuestra inferioridad y acaso infunden temor. Por eso á Olóriz se le estimaba más que se le quería, y dejó muchos admiradores y pocos amigos.

El caso de Olóriz es muy instructivo. Por de pronto nos consuela algo de nuestra mediocridad. Y demuestra, además, lo peligroso de la probidad demasiado escrupulosa y del talento demasiado grande. Tan nobles y sobresalientes dones sólo son tolerables cuando se atemperan y dulcifican con algunas debilidades profundamente humanas: con la frivolidad y complacencia que desarman la envidia y con la piedad y la alegría que nos preservan de la indignación.

* * * * *

Otra de las personas con quienes mantuve trato asiduo desde mi llegada á Madrid, fué D. Benito Hernando, catedrático de Terapéutica, pocos años antes trasladado de Granada. Modestia excesiva, austeridad de costumbres, desprecio del dinero y de los vanos honores, devoción y afecto desinteresado hacia los amigos, eran sus más salientes prendas. No valía menos en el orden intelectual. Era Doctor en Ciencias y Medicina, carreras que estudió paralela y concienzudamente. Educado por un tío sacerdote, creía firmemente en Dios; pero creía también en la ciencia. Añoraba las grandezas de nuestro siglo de oro; veneraba á Cisneros y á Cervantes y rendía culto fervoroso á la música y al arte cristianos. El amor á la tradición no le impedía --repetimos-- cultivar las Ciencias naturales. Sabido es que durante cierta época de su vida frecuentó con igual entusiasmo y asiduidad las iglesias que los laboratorios. De aquellos sus tiempos juveniles data su mejor obra titulada: _La lepra en Granada_, concienzuda labor de Anatomía patológica y de Clínica, menos conocida y encomiada de lo merecido.

Era D. Benito archivo inagotable de anécdotas y sucedidos, de frases y ocurrencias ingeniosas, que solía traer muy á cuento. Acaso abusaba algo de su extraordinaria retentiva y del gracejo y agudeza de su conversación. Hablaba como quien se huelga hablando y sabe que place á sus oyentes. ¡Es tan difícil, aun á los más discretos, contener y reservar el talento!

Conmigo y con mi familia portóse con una generosidad y abnegación que jamás agradeceré bastante. Recién llegados á Madrid, ofrecióme espontáneamente sus buenos oficios; deshízose cerca de otras personas en elogios de mis modestos méritos; presentóme á varios personajes del mundo literario y artístico, entre otros, al sabio D. Facundo Riaño, de cuyo trato agradabilísimo conservo imborrables recuerdos; dióme antecedentes de muchos hombres y sucesos actuales y pretéritos; hízome gustar las bellezas y sublimidades de la arquitectura cristiana, materia en la cual era consumado maestro; en fin, vino á ser para mí el amigo asiduo y constante, más aún, el confidente y consejero íntimo.

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Otro de los compañeros cuya amistad cultivé fué el asombroso Letamendi. Halléle bastante envejecido. No era ya Decano de la Facultad y asistía poco á clase. Por aquella época hallábase atacado de la torturante enfermedad vesical que le obligaba frecuentemente á recluirse y suspender sus recepciones, aquellas famosas tertulias de «secano» como las llamaba él, en que se leían versos, se conversaba deliciosamente y lucía el maestro sus portentosas facultades de _causeur_ ingenioso, de músico y de poeta humorístico. De cuando en cuando, recobraba el buen humor y trabajaba; pero sus palabras y escritos irradiaban á menudo esa tristeza filosófica con que se contempla el mundo y los hombres cuando se acerca la trágica despedida. «Escribo á hurtadillas del dolor», decía melancólicamente en un admirable discurso acerca de los juegos higiénicos, leído por Moret en el Ateneo.

Su voz era algo nasal y sus frases salían en ritmo pausado, como de quien medita antes de hablar y desea ser bien comprendido. Platicando, resultaba infatigable. Su palabra surgía espontánea, vistosa é irisada, cual surtidor en fontana. Eran aguas profundas y, por tanto, límpidas y calientes; límpidas por lo impecable de la forma, calientes por la emoción que les comunicaba. Todos le oíamos embelesados, sin osar la irreverencia de convertir en diálogo el monólogo. ¿Cómo interrumpir ó desviar, con un comentario vulgar ó inoportuno, aquella catarata de imágenes brillantes, de frases agudas, de pensamientos originalísimos?

Durante esos pocos días en que el dolor le olvidaba y podía pasear, holgábame yo de acompañarle por el Retiro, el Prado ó las calles céntricas. Bastaba la visión instantánea de una persona, de un objeto cualquiera, para sugerirle en el acto comparaciones tan ingeniosas como gráficas. Viendo un sujeto muy alto que caminaba torpemente exclamaba: «Ese hombre va mareado de verse tan alto». Topábamos con un modesto industrial ambulante que exhibía un fonógrafo, y decía: «Ahí viene el conejo de Indias parlante» (aludía á la voz chillona y menuda del viejo fonógrafo de Edison). Aproximábase á nosotros una jamona exuberante y esbelta: «¡Cuidado con chocar con estos _jarrones de carne_; á nuestra edad los quebrados seríamos nosotros!» Al pasar una vez por delante del Ministerio de la Gobernación, párase de pronto y dice: «Esta es la única Escuela de Geografía de nuestros gobernadores; aquí saben hacia dónde cae su provincia y aprenden el camino gracias á la dirección del puntapié con que los despide el Ministro.» De pronto, una ráfaga del Guadarrama nos obliga á embozarnos, y Letamendi comenta: «Para estos fríos, el mejor abrigo es la piel de mujer», etc., etc.

D. José tenía el don inapreciable de la amenidad. Recuerdo que en cada uno de nuestros paseos discurría sobre tema diferente. Durante su juventud y madurez, había leído mucho y meditado más. Si el hada que presidió á sus destinos le otorgó todas las gracias, él por su parte ofrendó fervorosamente á todas las musas. Ahí están para probar su saber casi universal, y por tanto, su vocación por el trabajo, los admirables libros de Patología general y de Higiene, sus discursos del Ateneo y los académicos sobre temas filosóficos, políticos y sociales, sus obras musicales, hasta sus admirables pinturas. Y con todo eso, el blanco favorito de sus meditaciones fué la filosofía.

Lástima grande que escrúpulos disculpables en un enfermo impidieran al maestro la redacción y publicación del fruto de sus reflexiones. ¡Quién sabe si la filosofía española, tan servil y modesta que vivió casi siempre de prestado, marchando á remolque del extranjero, habría tenido al fin su Kant ó su Herbert Spencer! Porque, en mi sentir, Letamendi era, ante todo y sobre todo, un pensador.

Aventurado resulta juzgar de intenciones no realizadas, de proyectos agostados en flor por el rigor de adversas circunstancias. Séame lícito, empero, declarar que se equivocaban tanto el candoroso Ceferino González, al afirmar que «la filosofía de Letamendi, no obstante su originalidad, no salía de la corriente cristiana», como quienes, atenidos al cortés exoterismo de los libros y conferencias de D. José, diputábanle católico á macha martillo. Harto sabíamos sus íntimos que, en el fondo, su concepción filosófica era profunda y radicalmente agnóstica.

Sin duda que el sistema filosófico de Letamendi no hubiera sido, en principio, más verdadero que los conocidos. ¿Existe, por ventura, alguna interpretación del mundo ó de la vida que sea algo más que noble y ambicioso ensueño? Pero la novela forjada por D. José habría sido un libro primoroso, ingeniosísimo, lleno de sorpresas y sugerente quizás de otros libros igualmente agradables. Con los principios, nociones y categorías de la razón, habría tejido un nuevo manto, singularmente artístico y fastuoso, tendido piadosamente sobre los insondables abismos de la muerte y de lo incognoscible. Y nos habría hecho sentir y pensar... ¿Qué filósofo hizo más?

Rémora para la publicación del libro que preparaba con el título de «El positivismo absoluto», fueron sus progresivos achaques y la falta de esas placidez y alegría que sólo da la clara visión de un largo camino delante de sí. En respuesta á mis excitaciones para que publicara lo antes posible su concepción filosófica, exclamaba: «¡Ah, si yo viviera en Francia ó en Inglaterra!... Poco me quiere usted cuando desea verme, en las postrimerías de la vida y atormentado por cruel enfermedad, á vueltas con anatemas y excomuniones episcopales.»

Para los trabajadores metódicos y de pan llevar, entre los cuales tengo la humildad de contarme, D. José adolecía de un defecto indisculpable: la manía enciclopédica. Su atención hacía escala en todos los asuntos, sin anclarse definitivamente en ninguno. Harto conocía él su debilidad cuando, reaccionando contra cariñosas reprensiones, disculpaba sus «aficiones rotatorias» satirizando donosamente á los especialistas científicos.

Con candor sólo comparable con mi buena intención, intenté yo encauzar aquellas admirables facultades, dirigiéndolas resueltamente hacia la filosofía biológica, para la cual parecíame D. José superiormente dotado[114]. Con destino al Congreso Médico de Roma, escribía éste por entonces cierto estudio sintético sobre el mecanismo de la herencia y las incongruencias del instinto sexual; y deseoso de documentarle, puse á su disposición los libros, entonces recientes, de los hermanos Hertwig sobre la conjugación de las células sexuales, y el de Weissmann sobre la herencia, la naturaleza del plasma germinal y el sentido biológico de la muerte. Días después me devolvió los volúmenes. ¿Los leyó? Lo ignoro. En todo caso, el rico arsenal de datos objetivos en ellos contenido fué poco ó nada aprovechado.

[114] En las obras de novísimos filósofos naturalistas, encuéntranse conceptos y teorías que parecen inspirados en los libros de Letamendi. Recordemos, entre otras notables coincidencias de pensamiento, la _fórmula de la vida_, casi en iguales términos expuesta por D. José y por el biólogo francés Le Dantec.

Hombres como Letamendi, cuando llegan á la madurez, renuévanse difícilmente. Cerebros en plena efervescencia, desbordantes de ideas, sólo saben producir. Arrastrados por el gusto y el poder de la creación, siguen de mala gana las lucubraciones de los otros. Á la manera de la larva, hilan casi exclusivamente el capullo de la invención con lo asimilado en la primera juventud. Entristece pensar que, á cierta edad, el mecanismo pensante está definitivamente construído. Ya no enseñan ni educan las nuevas lecturas; actúan á lo más como conmutadoras de pensamiento, y sugerentes de temas retóricos. Segregamos sin absorber. Fatigan las descripciones, embaraza la copiosidad de los hechos, molestan los detalles. Y, sin embargo, los hechos son necesarios. Como en el mito de Anteo, sólo recobramos la fuerza al afianzar nuestros pies sobre la tierra.

¡Suerte aciaga la de España! Casi todos sus hijos geniales se malogran ó rinden fruto inferior á sus potencialidades. Fáltales, unas veces, la placidez y serenidad de espíritu, gajes inestimables de la salud física y moral; otras, el valor y la entereza para desafiar sentimientos y prejuicios del ambiente; casi siempre, en fin, el trabajo metódico y disciplinado.

* * * * *

Con D. Alejandro San Martín, el afamado cirujano, uniéronme estrechos lazos de afecto y de grata intimidad. Nos veíamos casi diariamente en la famosa _peña_ del Suizo (de ella hablaré más adelante), cuya presidencia ocupaba por el doble fuero de la antigüedad y del talento.

Fué San Martín uno de los hombres más cultos, simpáticos y mejor educados que he conocido. Yo aprendí mucho con su conversación. Acaso por el contraste de nuestros caracteres hicimos siempre buenas migas. Á la ruda franqueza de mis juicios, oponía San Martín la ironía, el eufemismo y los temperamentos diplomáticos. «Me encantan los métodos jesuíticos», decíame una vez _ex abundantia cordis_. En su léxico faltaban vocablos tan corrientes, y á veces tan necesarios, como «ignorante, grosero, pedante, etcétera». Juzgando la picardía política ó la farsa científica, extremaba á veces tanto, acaso irónicamente, el _suaviter in modo..._; ponía en sus comentarios personales tales distingos y atenuaciones, que me impacientaba y casi me irritaba.

Pero si en nuestras amistosas discusiones salía yo perdiendo, en el intercambio de ideas y sentimientos ganaba siempre. Merced á sus consejos y sobre todo á la habilidad y discreción de su conducta, conseguí atenuar un tanto esa desagradable é incivil inclinación á decir toda la verdad y á indignarme demasiado contra la injusticia. Confieso que en este punto, y no obstante las lecciones de la experiencia, hállome todavía muy lejos de la perfección.

Temperamento reflexivo y laborioso, San Martín fué toda su vida infatigable estudiante. Como decía su condiscípulo el Dr. Cortezo, «D. Alejandro no fué nunca joven». En su lenguaje algo paradójico, lo reconocía él mismo, al decirnos: «Yo tuve la desgracia de ser modelo de alumnos sumisos y aplicados; no puede pedírseme, pues, nada extraordinario.»

Adoraba la música, á la que consagraba casi todos sus ocios. Y, como la mayoría de los talentos de tipo auditivo, San Martín era orador, pero orador discursivo, vigoroso, lleno de recursos polémicos y de imágenes felices y pintorescas. Á su verbo afluente sólo perjudicaba cierto ligero titubeo en la pronunciación y algo de esa lentitud expositiva de que adoleció también Letamendi, nacida del empeño en hallar la frase justa y el argumento que, hiriendo á fondo el corazón del asunto, pasa rozando el corazón del adversario. En los _corps à corps_, su palabra tornábase singularmente ágil é intencionada. Acordándose, sin duda, del propio oficio, el escalpelo crítico se le convertía en bisturí. Pero ni aun en los transportes de la pasión olvidaba las buenas formas. Rajaba, inclemente, al adversario, mas adormeciéndole siempre con el cloroformo de la cortesía y del halago.

Las vacilaciones del cirujano de San Carlos como filósofo (en el fondo era kantiano y algo escéptico), como político y hasta como científico, fueron objeto de censuras entre compañeros poco dados á estudiar caracteres complejos. Á mí, las fluctuaciones de D. Alejandro me lo hacían particularmente simpático. Revelaban estudio reflexivo y honradez de pensamiento. No duda el que quiere, sino el que puede. Sólo las cabezas sencillas, ó las ayunas de curiosidad filosófica ó científica, gozan del reposo y la fe. Al modo del aire en las cordilleras, en los espíritus elevados el pensamiento está en perpetua inquietud. Sabido es que, cuando se medita demasiado, la acción se vuelve tarda y premiosa; porque, antes de resolver, la razón debe recorrer largas vías asociativas, dar audiencia, según la frase de Bismarck, á numerosos pensamientos.

Como Letamendi, y en más recientes tiempos el asombroso Unamuno, D. Alejandro gustaba mucho de la paradoja, una de las características del talento vasco, según Sánchez Moguel. Lejos estoy de censurar esta tendencia de ciertos espíritus selectos. Prescindiendo de su contenido ideal y ciñéndonos á sus efectos inmediatos, la paradoja representa un despertador mental de primer orden. Al choque de lo insólito, de lo inopinado, el sentido crítico, apoltronado por las rutinas de la diaria labor, reacciona vivamente. Y revélase en cada contradictor lo más íntimo, vivo y personal de la máquina nerviosa: la imaginación constructiva. Y el hombre pensante aparece. Porque, en realidad, los hombres sólo se nos revelan plenamente cuando les constreñimos á forjar bien ó mal una idea nueva ó un juicio improvisado; cuando, sorprendidos por la violencia anárquica de la paradoja, se ven desamparados de los andadores del sentido común y del comodín de las opiniones hechas, y deben construir en caliente y sobre la marcha una hipótesis personal.

Tal me pareció ser la intención de las paradojas de don Alejandro. Estoy persuadido de que no creía en muchas de las que con tanto calor defendía; constituían, por punto general, ingenioso ardid destinado á prestar viveza y amenidad á los coloquios del café, y nobleza y animación á las controversias académicas.

Por lo demás, San Martín fué un catedrático eminente y celoso, que ha dejado aventajados discípulos. De sus admirables dotes de investigador y maestro quedan testimonios elocuentes en numerosas monografías y folletos, amén de varios libros de texto. Entre sus trabajos de laboratorio descuellan, por la elegante originalidad del pensamiento, los experimentos de anastomosis arterio-venosa, encaminados á restaurar la circulación interrumpida en casos de aneurisma, _trombus_ ó ateroma. Sentía verdadera pasión por nuestro renacimiento intelectual, y, por encima de todo, vibraba en él un patriotismo ardiente y de bonísima ley. Su conocimiento de varias lenguas europeas, permitíale renovarse de continuo, á cuyo fin, durante las vacaciones, visitaba los grandes focos científicos del extranjero.

Por sus aptitudes para la política (figuraba en el partido liberal acaudillado por Moret) y su excelente preparación en materias pedagógicas, D. Alejandro San Martín alcanzó la cartera de Ministro de Instrucción pública. Según referiré más adelante, las circunstancias me permitieron contribuir algo á tan honrosa designación. Si la inestabilidad ministerial no fuera régimen normal de nuestra política, por seguro tengo que nuestro amigo habría desarrollado importantes iniciativas en materias docentes y corregido inveterados abusos.

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Merecen también recuerdo de gratitud en estas páginas otros dos compañeros, con quienes, á causa de la diferencia de edades y de rumbo social, no llegué á tener intimidad. Aludo al caballeroso Marqués del Busto, profesor de Obstetricia, quien, deseando proteger el Laboratorio de Histología de San Carlos, le cedió durante muchos años, y hasta su muerte, sus emolumentos de Director de Clínicas; y al benemérito Dr. Calvo y Martín, catedrático de Operaciones, quien entusiasmado por mis modestos éxitos de investigador, y deseando serme útil, ofrecióme generosamente, con carácter vitalicio, habitación en una de sus casas, honrándome además con otras atenciones. No pude, sin embargo, aceptar el agasajo de mi simpático paisano, á causa de mi deseo de vivir cerca de la Facultad de Medicina (la casa ofrecida estaba en la calle de Isabel la Católica).

Tales fueron, en suma, entre los compañeros ya desaparecidos para siempre, los que más influyeron en mí, ora con su apoyo oficial, ora con sus enseñanzas, y siempre con sus consejos y estimación.

[Ilustración]

CAPÍTULO XI

Peligros de Madrid para el hombre de laboratorio. -- Tentaciones del diletantismo científico, literario y artístico. -- Mis oreos espirituales: paseos por los alrededores de Madrid, y la peña del Café Suizo. -- Nuevas investigaciones sobre la estructura del cerebro. -- Comienzo la publicación de mi obra de conjunto sobre la textura del sistema nervioso de los vertebrados.