Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)

Part 11

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La referida _Sociedad_ anatómica celebraba aquel año de 1889 sus sesiones en la Universidad de Berlín, durante la primera quincena de Octubre. Obtenido el permiso del Rector (26 de Septiembre de 1889) para tomar parte en las tareas del susodicho Congreso, reuní al efecto todos mis escasos ahorros, y me encaminé, lleno de esperanzas, á la capital del Imperio germánico. En el camino giré algunas instructivas visitas á las ciudades universitarias de Lyon y Ginebra y á la de Francfort sobre el Mein, población desprovista de Universidad, pero próvida en sabios de primer orden. En ella conocí al célebre neurólogo C. Weigert, autor de valiosos métodos de teñido del tejido nervioso; á Edinger, la mayor autoridad en neurología comparada, y en fin, á Ehrlich, inventor del proceder tintóreo de su nombre, y que, andando el tiempo, había de obtener el premio Nobel como galardón de sus grandes descubrimientos en los dominios de la Bacteriología y Seroterapia.

Excusado es decir que mis colegas del Congreso anatómico me dispensaron acogida cortés. Había en ella algo de sorpresa y de curiosidad expectante. Les chocaba, sin duda, encontrar un español aficionado á la ciencia y espontáneamente metido en las andanzas de la investigación. Acabadas las lecciones orales, á que consagré, á causa de mi impaciencia, poca atención, vinieron las demostraciones.

Desde muy temprano me instalé en la sala laboratorio _ad hoc_, donde, en largas mesas y enfrente de amplios ventanales, se erguían numerosos microscopios. Desembalé mis preparaciones; requerí dos ó tres instrumentos amplificantes, además de mi excelente modelo Zeiss, traído por si acaso; enfoqué los cortes más expresivos concernientes á la estructura del _cerebelo_, _retina_ y _médula espinal_, y en fin, comencé á explicar, en mal francés, ante los curiosos, el contenido de mis preparaciones. Algunos histólogos me rodearon; pocos, porque, según ocurre en tales certámenes, cada congresista atiende á lo suyo: después de todo, natural es que se prefiera enseñar lo propio á examinar lo ajeno[53].

[53] Acaso interese al lector la transcripción de algunos párrafos alusivos á mis demostraciones de Berlín, tomados del discurso del célebre neurólogo van Gehuchten, discurso leído en 1913 con ocasión de la solemne fiesta celebrada en Lovaina en conmemoración del 25.º año de profesorado de dicho sabio.

«Los hechos descritos por Cajal en sus primeras publicaciones resultaban tan extraños, que los histólogos de la época --no pertenecimos felizmente á este número-- los acogieron con el mayor escepticismo. La desconfianza era tal, que en el _Congreso de Anatómicos_ celebrado en Berlín en 1889, Cajal, que llegó á ser después el gran histólogo de Madrid, encontrábase sólo, no suscitando en torno suyo sino sonrisas incrédulas. Todavía creo verlo tomar aparte á Kölliker, entonces maestro incontestable de la Histología alemana, y arrastrarlo á un rincón de la sala de demostraciones, para mostrarle en el microscopio sus admirables preparaciones y convencerle al mismo tiempo de la realidad de los hechos que pretendía haber descubierto. La demostración fué tan decisiva que, algunos meses más tarde, el histólogo de Würzburgo confirmaba todos los hechos afirmados por Cajal.» Véase: _Le Neuraxe: Livre Jubilaire_, vol. XIV y XV, 1913.

Entre los que más interés mostraron por mis demostraciones, debo citar á His, Schwalbe, Retzius, Waldeyer, y singularmente á Kölliker. Según era de presumir, estos sabios, entonces celebridades mundiales, iniciaron su examen con más escepticismo que curiosidad. Sin duda esperaban un fiasco. Mas cuando hubieron desfilado ante sus ojos, en cortejo de imágenes clarísimas é irreprochables, el _axon de los granos del cerebelo_, las _cestas pericelulares_, las _fibras musgosas y trepadoras_, las _bifurcaciones y ramas ascendente y descendente de las raíces sensitivas_, las _colaterales largas y cortas de los cordones de substancia blanca_, _las terminaciones de las fibras retinianas en el lóbulo óptico_, etc., los ceños se desfruncieron. Al fin, desvanecida la prevención hacia el modesto anatómico español, las felicitaciones estallaron calurosas y sinceras.

Me asediaban á preguntas acerca de las condiciones técnicas en cuya virtud semejantes preparados habían sido obtenidos. «Nosotros hemos ensayado reiteradamente --me decían-- el método de Golgi y sólo hemos conseguido decepciones y fracasos.» Entonces les expuse, en un francés chabacano, menuda y pacientemente, todos los pequeños secretos de manipulación de la reacción cromo-argéntica; señalé las edades y condiciones de los embriones y animales más favorables al logro de buenos preparados, é indiqué las reglas prácticas encaminadas á aminorar en lo posible el carácter aleatorio del método, etc.

El más interesado de mis oyentes fué A. Kölliker, el venerable patriarca de la Histología alemana. Al final de la sesión, condújome en carruaje al lujoso hotel en que se alojaba; me convidó á comer; presentóme después á los histólogos y embriólogos más notables de Alemania, y en fin, se desvivió por hacerme agradable la estancia en la capital prusiana.

--Los resultados obtenidos por usted son tan bellos --me decía--, que pienso emprender inmediatamente, ajustándome á la técnica de usted, una serie de trabajos de confirmación. Le he _descubierto_ á usted, y deseo divulgar en Alemania mi _descubrimiento_[54].

[54] En carta recibida poco después de mi regreso á Barcelona, repite Kölliker la promesa:

«Vous avez un grand mérite --me decía-- d’avoir employé le procédé du chromate d’argent rapide dans les jeunes animaux et dans les embryons. Ainsi ne manquerais-je de faire ressortir vos admirables travaux, en me réjouissant que le premier histologue que l’Espagne a produit soit un homme aussi distingué que vous et tout à fait à l’hauteur de la science.--(Würzburgo, 16 de Noviembre de 1889).»

Y, en efecto, durante los años de 1890 y siguientes, aparecieron en diversos Archivos alemanes, y singularmente en el _Zeitschrift f. wissenschaftliche Zoologie_ --de que el Dr. Kölliker era director-- una serie de magníficas monografías sobre el _cerebelo_[55], la _médula espinal_[56], el _bulbo_[57], el _lóbulo óptico_, etc. En ellas no sólo se confirmaban, según había prometido, mis modestas conquistas científicas, sino que se ampliaban y perfeccionaban notablemente, adornándolas además con ingeniosas interpretaciones fisiológicas.

[55] _Kölliker_: Zur feineren Anatomie des centralen Nervensystems. Erster Beitrag. Das Kleinhirn. _Zeitsch. f. wissenschaft. Zoologie._ Bd. 49, H. IV, 1890.

[56] _Ibid_: Das Rückenmark. _Zeitsch. f. wiss. Zool._ Bd. 51, H. I, 1890.

[57] _Ibid_: Der feinere Bau des verlängerten Markes. _Anat. Anzeiger._ Bd. VI, núms. 14 y 15, 1891.

Yo debo mucho al insigne maestro de Würzburgo. Sin duda que la verdad se habría abierto al fin camino. Mas á la gran autoridad de Kölliker se debe el que mis ideas fueran rápidamente difundidas y apreciadas por el mundo sabio. Por honrosa excepción entre los grandes investigadores, juntaba Kölliker, á un gran talento de observación asistido de infatigable laboriosidad, modestia encantadora y rectitud y serenidad de juicio excepcionales. Al insigne maestro bávaro aludía yo, especialmente, cuando, en capítulos anteriores, deplorando el orgullo satánico de ciertos hombres de ciencia, declaraba que los había también sapientísimos, al par que buenos y honrados.

[Ilustración: Alberto v. Kölliker, célebre histólogo alemán, Profesor en la Universidad de Würzburgo.]

Era tan poco dado al culto vanidoso de la consecuencia, que, habiendo sido partidario de la _teoría reticular_, la abandonó, adaptándose con flexibilidad juvenil á las nuevas concepciones del _contacto_ y de la _independencia morfológica de las neuronas_. En su afecto hacia mí, llevó la benevolencia hasta aprender el español para leer mis primeras comunicaciones. Más tarde puso el colmo á su modestia, traduciendo personalmente para su _Zeitschrift f. wissensch. Zool._ el texto de un trabajo mío sobre el _Asta de Ammon_, etc. Por todo ello y por otras muchas pruebas de afecto, testimoniadas en cartas y publicaciones, conservo del glorioso maestro recuerdo imborrable y gratitud profunda.

En el Congreso de Berlín tuve también el honor de tratar al ilustre Gustavo Retzius, profesor de Anatomía de Estocolmo, uno de los investigadores más sagaces, laboriosos y concienzudos que he conocido; á W. His, el gran embriólogo de Leipzig, de quien ya hice memoria en el capítulo anterior; á Waldeyer, el maestro venerado de la Anatomía é Histología alemanas, catedrático en la Universidad de Berlín; á van Gehuchten, joven y ya brillante profesor de la Universidad de Lovaina, con el cual había mantenido ya correspondencia con ocasión de nuestros trabajos sobre la fibra muscular, y, en fin, á Schwalbe, C. Bardeleben y otros anatómicos renombrados. De algunos de ellos, convertidos luego en benévolos patrocinadores de mis ideas, me ocuparé en el próximo capítulo.

De regreso de Berlín, hice escala en la pequeña ciudad de Gotinga, donde tuve el gusto de abrazar á mi amigo el Dr. W. Krause. En su compañía pasé tres ó cuatro días deliciosos. Mostróme lo más importante de la ciudad, sobre todo los museos y laboratorios de la Universidad; me presentó á un colega suyo, gran coleccionador de cuadros y admirador de la pintura española (estaba encantado de un Velázquez harto dudoso que pretendía poseer), el cual nos agasajó con suculento banquete; y, en fin, me acompañó á su laboratorio oficial, instalado por cierto en modesta casa de vecindad, y en donde trabajaban algunos pocos discípulos en medio de un material é instrumental nada lujoso, pero suficiente. Excusado es decir que me apresuré á mostrar al Dr. Krause mis preparaciones, y aún le regalé algunas; las referentes á la retina, tema en que predilectamente se ocupaba, le interesaron vivamente.

En nuestras conversaciones de sobremesa cambiamos noticias acerca de la organización de nuestras respectivas Universidades. Llenóme de asombro el saber que los profesores eran escogidos casi libremente, sin oposición ni concurso. Me chocó también la ausencia de plan uniforme de enseñanza, y algo así como el abandono sistemático de ese espíritu de unidad y centralización, tan caros hogaño en nuestra España, por imitación servil de la organización universitaria francesa. Cada ciencia tenía su hogar propio, que recibía el nombre del _Instituto_, comprensivo de la cátedra, laboratorio para el profesor y sus discípulos, la biblioteca, etc. Nada de exámenes si no es al final de la carrera. En fin, los profesores, distinguidos en las categorías de docente privado, profesor extraordinario y profesor numerario, en vez de ajustarse á nómina equitativa, cobraban del Estado y de la ciudad, _según sus méritos_, amén de recibir también honorarios de sus alumnos.

¡Supresión de exámenes, cantonalismo profesoral, retribución por los alumnos, ingreso sin oposición y sin concurso y, frecuentemente, por una especie de contrata!... He aquí un conjunto de reformas que, aplicadas á España, país clásico de la holganza, del favoritismo y de la cuquería, nos harían retroceder antes de diez años al estado salvaje. Por algo ha dicho Paulsen que cada país posee el régimen universitario que necesita, es decir, el mejor posible, dado el estado de la ética social.

Después de este descanso en una apacible y pequeña Universidad alemana, tan fértil en grandes sabios como limpia de intrigas y ambiciones, proseguí mi viaje de regreso. Visité rápidamente la pintoresca Lucerna y el poético lago de los Cuatro Cantones; crucé los Alpes por el San Gotardo, sintiendo en el alma que la escasez de mis recursos no me permitiera detenerme en la contemplación de aquellos incomparables panoramas, y en fin, recorrí el Norte de Italia, particularmente Turín, Pavía y Génova, famosas ciudades universitarias.

En Turín tuve el gusto de conocer personalmente al insigne histólogo italiano Julio Bizzozero y al no menos célebre profesor Angelo Mosso. Recuerdo que sus sendas cátedras y laboratorios estaban instalados en un viejo convento, en locales poco apropiados. Quise averiguar cuáles eran los recursos de la Universidad y los sueldos de los Profesores, y me encontré con dos sorpresas: la primera, que el profesorado italiano, con valer mucho, ganaba poco más que el nuestro (el sueldo límite para los más antiguos era de 10.000 liras), con un rendimiento docente y científico infinitamente superior; la segunda, que, inspirándose en altos móviles de patriotismo y de amor á la ciencia, las Corporaciones populares (como si dijéramos el Ayuntamiento y la Diputación provincial) y personajes opulentos, añadían, á la modesta cantidad consignada para material en los presupuestos del Estado, donativos cuantiosos destinados á experimentos científicos. Una Junta mixta de próceres y de autoridades administraba estos fondos supletorios, según las necesidades de cada Cátedra y de cada Profesor.

He aquí una conducta que llenará de estupor á nuestros Municipios y Diputaciones, tan bien hallados con el cerril y antipatriótico cantonalismo corporativo. Aparte los altos fines educativos y culturales, la Universidad y demás Instituciones oficiales representan para la ciudad, tanto un gran prestigio, como un gran provecho. Ya que no por solidaridad y amor á la ciencia, por egoísmo y emulación bien entendidos, deberían las citadas Corporaciones venir en ayuda del Estado, costeando nuevas enseñanzas, mejorando las existentes y fomentando, en fin, el espíritu de investigación. Pero estas verdades tan sencillas, ¿podrían penetrar siquiera en las compactas cabezas de nuestros ediles ó en las seseras no menos ebúrneas de nuestros próceres?

En Pavía no tuve el gusto de encontrar al ilustre profesor Camilo Golgi. Estaba en Roma, á donde le llevaban en ciertas épocas del año sus iniciativas de Senador. Notemos de pasada que en Italia los sabios más renombrados suelen recibir, entre otras recompensas, la investidura de miembros de la Alta Cámara. Contrarióme mucho la ausencia del maestro. Doy por seguro que, de haber podido mostrarle mis preparaciones y rendirle al mismo tiempo mis sentimientos de admiración, hubiéranse evitado, para lo futuro, polémicas y equívocos enfadosos.

En fin, tras una visita rápida á Génova, donde fuí muy bien recibido por el Profesor de Anatomía, tomé la vuelta de Marsella y regresé á Barcelona.

* * * * *

De esta rápida excursión por las Universidades extranjeras, saqué la convicción profunda de que la superioridad cultural de Alemania, Francia é Italia no estriba en las Instituciones docentes, sino en los _hombres_. Lo he dicho ya: los recursos materiales de que disponían sabios insignes, pareciéronme poco superiores á los nuestros, y en algún caso, claramente inferiores. Encuéntrase á menudo en Alemania _Privat docent_, ilustrado con grandes descubrimientos, y, sin embargo, atenido durante muchos años á retribuciones que desdeñarían nuestros auxiliares. Pero hay otro hecho todavía más significativo: con relativa frecuencia (este fenómeno se da también en Inglaterra), la Universidad llama á su seno á investigadores geniales, que se formaron solos, en localidades apartadas, teniendo por laboratorio un desván y sin más recursos que las modestas economías del médico de aldea.

Bien se ve, pues, que en los países del Norte, aparte las formas de la organización docente, existe una causa general y profunda de florecimiento cultural. El vaso parece á veces de tosco barro; pero la esencia suele ser exquisita.

¿Cuál es esta esencia? Fuera inoportuno estudiar aquí de pasada las condiciones complejas de la grandeza científica alemana. Y además, nada nuevo podríamos decir. Limitémonos á consignar no más mis impresiones de entonces.

La cultura superior parecióme fruto complejo de la educación individual y social. En la Universidad se enseña á trabajar, pero el ambiente social, obra del Estado, enseña algo mejor: el respeto y la admiración hacia el hombre de ciencia. De nada servirá que el universitario reciba una cultura técnica eficiente y con ella el ansia noble y patriótica de colaborar en la obra común de la civilización, si, al mismo tiempo, no contempla en torno suyo despreciada la pereza, aborrecidas la farsa y la intriga, galardonado el mérito superior y reverenciado el genio.

¡Justicia, en fin!... He aquí el secreto.

[Ilustración]

CAPÍTULO VIII

Mi actividad continúa en aumento. -- Algunos estudios sobre el desarrollo del sistema nervioso (médula y cerebelo). -- Curiosa disposición en las fibras musculares de los insectos. -- Mis exploraciones en el bulbo olfatorio justifican plenamente la doctrina del contacto. -- Hallazgos interesantes en la corteza cerebral de los mamíferos. -- Movimiento bibliográfico suscitado por mis investigaciones. -- Sabios insignes que aprueban, confirman ó divulgan mis ideas. -- Algunos contratiempos y pesadumbres.

Fueron los años de 1890 y 1891 períodos de intensa labor y de gratísimas satisfacciones. Alentado con el aplauso de Kölliker y persuadido de haber hallado al fin mi camino, entreguéme al trabajo con verdadero furor. No parece sino que deseaba convencer con la masa aplastante de mis comunicaciones. Sólo durante 1890 publiqué 14 monografías, sin contar las traducciones. Hoy me asombra aquella actividad devoradora, que desconcertaba hasta á los investigadores alemanes, los más laboriosos y pacientes del orbe. Mi tarea comenzaba á las nueve de la mañana y solía prolongarse hasta cerca de media noche. Y lo más curioso es que el trabajo me causaba placer. Era una embriaguez deliciosa, un encanto irresistible.

Es que, realmente, dejando aparte los halagos del amor propio, el jardín de la neurología brinda al investigador espectáculos cautivadores y emociones artísticas incomparables. En él hallaron, al fin, mis instintos estéticos plena satisfacción. ¡Como el entomólogo á caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la substancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas _mariposas del alma_, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental!...

De cualquier modo, la admiración ingenua de la forma celular constituía uno de mis placeres más gratos. Porque, aun desde el punto de vista plástico, encierra el tejido nervioso incomparables bellezas. ¿Hay en nuestros parques algún árbol más elegante y frondoso que el corpúsculo de Purkinje del cerebelo ó la _célula psíquica_, es decir, la famosa pirámide cerebral? Los esquemas de las figuras 4 y 8, forzosamente fragmentarios, donde aparecen respectivamente la ingeniosa arquitectura del cerebelo y la de la retina, apenas permiten adivinar la suprema belleza y la elegante variedad de la floresta nerviosa.

¡Y luego es tan dulce, tan confortadora, la emoción de lo nuevo! ¡Resulta tan suavemente acariciador para la vanidad ó el orgullo (debilidades humanas con las cuales debe contarse siempre) el sentimiento aristocrático de descubrir islas recónditas ó formas virginales que parecen esperar, desde el principio del mundo, un digno contemplador de su belleza!

¡Cuántas veces, durante aquellos años de fiebre investigadora, me desveló la emoción del hecho recién descubierto! ¡Cuán á menudo, tras una tarea agotante y un letargo profundo, de esos que, liquidando atrasos fisiológicos, limpian de nubes la pizarra cerebral, surgió con la aurora, como escrita por invisible mano, la solución á un problema de morfología ó de conexión ansiosamente perseguido!... Hoy no me explico bien cómo aquella tensión continua del intelecto y aquella diaria inquietud espiritual no trastornaron mi salud. Sin duda la satisfacción soberana de hacer algo útil constituye un tónico dinámico de primer orden.

No quisiera mortificar al lector hablándole menudamente de mis trabajos. Que si el narrar es placer, el escuchar es paciencia, y á veces molestia y desabrimiento. Brevemente, pues, y en estilo casi telegráfico, daré cuenta de la labor cumplida en 1890.

En mi fuero interno, estimo como lo mejor de mi labor de entonces las observaciones consagradas á la _neurogenia_, es decir, al desarrollo embrionario del sistema nervioso. Perdóneseme si, á pesar de mi promesa de laconismo, señalo aquí algunos antecedentes.

«Puesto que el cromato de plata proporciona en los embriones imágenes más instructivas y constantes que en el adulto, ¿por qué no explorar --me decía-- cómo se modela y complica sucesivamente la célula nerviosa, desde su fase _germinal_, exenta de expansiones, según demostró His, hasta su estado adulto y definitivo? En esta trayectoria evolutiva, ¿no se revelará quizás algo así como un eco ó recapitulación de la historia dramática vivida por la neurona en sus milenarias andanzas al través de la serie animal?»

Con este espíritu puse manos á la obra, primero en los embriones de pollo, después en los de mamífero. Y tuve la satisfacción de sorprender las primeras mutaciones de la neurona, desde los tímidos ensayos de creación de expansiones frecuentemente rectificadas y hasta reabsorbidas, hasta la organización definitiva del axon y dendritas. Y, en armonía con el principio biogenético fundamental de Häckel, hallé que la célula nerviosa repite en su evolución individual, con algunas simplificaciones y omisiones, las formas permanentes descubiertas por Retzius y Lenhossék en los ganglios de los invertebrados.

Excusado es decir que si el problema de la morfología neuronal aparecía obscuro antes de la publicación de los memorables trabajos de Golgi, el de la ontogenia presentábase todavía más tenebroso. Á guisa de soluciones provisionales, corrían las especulaciones más arbitrarias. El punto más urgente á esclarecer consistía en averiguar cómo se forman los nervios y en virtud de qué mecanismo los apéndices axónicos se enlazan, sin errores ni extravíos, con sus aparatos terminales (_placas motrices_, _órganos sensitivos cutáneos_, etc.). No obstante el caos de conjeturas, dos teorías se disputaban la mayoría de los sufragios.

Para Kupffer, His y Kölliker, el _neuroblasto_ ó célula nerviosa primitiva genera los nervios, mediante la emisión de un brote ó apéndice, el _axon_, que crecería libremente al través de los demás tejidos para abordar los aparatos terminales, donde acabaría mediante ramificaciones independientes. En cambio, Hensen y sus adeptos negaban categóricamente semejante crecimiento libre, admitiendo (al objeto de explicar la perfecta adecuación y congruencia existentes entre las estaciones centrales y los aparatos sensitivos y sensoriales periféricos), que el neuroblasto sufre desde el principio una serie de particiones incompletas[58]. Primeramente y tras la división nuclear, se producirían el soma central y el órgano receptor periférico; luego ocurriría la emigración de los núcleos, pero con mantenimiento del protoplasma intermediario, es decir, que media célula con su núcleo permanecería, _ab initio_, en la piel ú órgano sensorial periférico, mientras que la otra media yacería en los centros nerviosos embrionarios (fig. 19, A). En consecuencia, el crecimiento del nervio se verificaría, no por incremento continuo de un cabo libre, sino mediante estiramiento progresivo del puente protoplásmico intermediario. En fin, nuevas proliferaciones, exclusivamente recaídas en los núcleos, proveerían de estos órganos, la larguísima cadena de los nervios periféricos.

[58] _Hensen_: Die Entwicklung der Nervensystems. _Virchows Archiv._ Bd. XXX, 1864. Véase también: _Zeitschrift f. Anat. u. Entwicklung._ Bd. I, 1876.

[Ilustración: Fig. 19.--Hipótesis de Hensen acerca del desarrollo de las fibras nerviosas y aparatos sensitivos periféricos.-- A, neuroblasto en vías de estiramiento; B, cadena de núcleos unidos por puentes protoplásmicos; _a_, célula central; _b_, célula periférica.]