Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)
Part 21
La _enfermería de San Isidro_ era uno de los varios hospitales de campaña anejos a la _trocha militar del Este_, la cual comenzaba en Bagá, pequeña población de la amplia bahía de Nuevitas. Emplazada en terreno bajo y pantanoso, ofrecía, si cabe, mayor insalubridad que Vista Hermosa, a la que llevaba solamente la ventaja de superior facilidad en comunicaciones y aprovisionamientos. Porque entre San Isidro y San Miguel de Nuevitas, la principal ciudad de la trocha, no lejos de Bagá, circulaba diariamente cierto tren militar o _plataforma_, como nosotros lo llamábamos. Para proteger el hospital de campaña, vasto cobertizo capaz para 300 enfermos, alzábase recio fortín, cuadrado, destinado a la guarnición. Algunos pobres bohíos, habitados por lavanderas y obreros negros de la trocha, completaban el exiguo poblado, que dependía en absoluto de San Miguel, para los suministros de víveres y demás operaciones comerciales.
Mala suerte tuve al adjudicárseme aquel destino. De las deficiencias higiénicas de San Isidro certificaban, de una parte, la guarnición, casi siempre enferma en sus dos tercios; y, de otra, el hecho singular de haber sido escogido dicho paraje --vasta sabana cruzada por ciénagas-- como lugar de corrección de oficiales borrachos y calaveras. Uno o dos meses de destierro en San Isidro considerábase como recurso heroico capaz de domar las más enconadas rebeldías. Se decía, y no a humo de pajas, que, acabada la suave condena, los oficiales levantiscos mostraban la más dulce de las tranquilidades: los unos, por la sencilla razón de haberse muerto; los otros, por yacer impotentes en el lecho del dolor...
A poco de mi llegada pude ya comprobar las excelencias de aquel lugar de expiación. Acababa precisamente de fallecer cierto capitán borracho y pendenciero, y se preparaban a embarcar en la _plataforma_ liberadora, con paso débil y mirada desfalleciente, dos oficiales recién cumplidos. Para reemplazarlos, llegaron, a los pocos días, cierto capitán de Administración Militar medio loco, pero muy listo, y con quien por cierto mantuve ruidosas polémicas filosóficas, y tres oficiales de diversas Armas, acusados de promover escándalos y cometer muchos excesos en los cafés y demás centros de recreo. Eran gente alegre y dicharachera. Oyendo sus proezas, pasaba muy buenos ratos. ¡Qué de novelescas conquistas amorosas!... ¡Cuántos ingeniosos recursos para burlar la antipática vigilancia de maridos y papás! ¡Qué de infalibles ardides contra la bolsa de los usureros!...
[Ilustración: Lám. XVII, Fig. 23.--Un fortín de la enfermería de San Isidro, en la Trocha del Este. La fotografía, tomada por mí al colodión, presenta en primer término la locomotora de tipo americano, con enorme chimenea de embudo.]
Lo malo fué que tan amenas pláticas se acabaron pronto. Una o dos semanas después casi todos aquellos arrogantes Lovelaces cayeron en cama con calentura. Y cuando sonó la hora de la ansiada emancipación, arrojáronse del lecho, resueltos a no permanecer en San Isidro ni un minuto más. Dos de ellos fueron transportados al tren en camilla. Recuerdo que, al decirme adiós, miráronme con esa conmiseración con que el rescatado de Argel debía contemplar al cautivo sin esperanza.
Tal fué el idílico y apacible retiro con que me obsequió el Dr. Grau, en cumplimiento de atribuciones y deberes indiscutibles. No me quejé y no me quejo hoy. Al fin y al cabo, alguno había de cargar con el mochuelo.
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No estará demás informar brevemente al lector de la significación del sistema defensivo de las _Trochas militares_.
Las _trochas_ de Cuba eran caminos bordeados por fuerte empalizada, con o sin alambradas de refuerzo, y amparados cada 500 metros por _blockhaus_, donde vigilaban pequeños destacamentos de soldados. Cada 1.000 o más metros alzábase un fortín de madera, guarnecido por una compañía o fracción de ella. De distancia en distancia, levantábanse algunos poblados; en ellos la línea militar era defendida mediante puestos militares de cierta importancia, a cuya sombra protectora se amparaban enfermerías y almacenes.
La llamada _Trocha del Este o del Bagá_, aunque no terminada, extendíase de Norte a Sur unos 52 kilómetros, comprendía tres o cuatro hospitales de campaña, y secuestraba, en una inmovilidad enervante, varios miles de soldados. La _trocha de Júcaro a Morón_, mucho más larga, inmovilizaba ocho o diez mil, que había que renovar cada tres o cuatro meses. Épocas hubo en San Isidro, durante las cuales las tres cuartas partes de las guarniciones de la línea militar eran baja en las enfermerías; por donde quedaban _blockhaus_ y fortines casi abandonados y a merced del enemigo.
En teoría, el plan --un tanto pueril-- parecía bien pergeñado. Nuestros técnicos militares debieron quizá discurrir así: Afecta la gran Antilla figura de salchicha, con dos estrangulaciones centrales divisoras del territorio en tres principales departamentos: el de _las Villas y Occidental_, rico y floreciente, y cuya tranquilidad importaba mucho asegurar; el _Central o del Camagüey_, donde la insurrección tuvo siempre tenaces partidarios, y, en fin, _el oriental_ (Bayamo, Holguín, Santiago, etc.), donde la rebelión alcanzaba todo su auge. «Si cortamos la isla de Norte a Sur --debieron pensar nuestros estrategas-- por las susodichas escotaduras, mediante empalizadas y series de fortines, quedarán convertidas aquellas regiones en perfectos compartimentos estancos. Y una vez acabadas, las trochas serán eficaces desde luego para preservar del contagio revolucionario al próspero departamento de las Villas, fuente de valiosos recursos; y además para que un ejército relativamente pequeño vaya limpiando, sucesiva y metódicamente, de insurrectos cada compartimento estanco.»
Los repetidos reveses de la campaña probaron, sin embargo, que las trochas constituyeron grave error militar. Acaso la de Júcaro a Morón prestó al principio, cuando las partidas revolucionarias alcanzaban exiguos contingentes o constaban de soldados poco aguerridos, servicios positivos; pero ulteriormente, los inconvenientes superaron con mucho a los harto discutibles beneficios. Todo el mundo pudo ver, y ello consta en las manifestaciones del general Portillo y en las representaciones al Gobierno del Capitán general Concha, que aquellas inexpugnables murallas de la China eran tácticamente ineficaces. Atravesábanlas impunemente los insurrectos (recuérdese, entre otros cruces célebres, el de la trocha del Júcaro realizado por Máximo Gómez en 1874, para propagar el fuego de la rebelión a las Villas); inmovilizaban sin fruto copioso ejército que habría sido eficacísimo en operaciones de persecución activa; aumentaban en grado indecible, particularmente durante la época de las lluvias, las bajas por enfermedad (¡muchos fortines se alzaban en marismas y pantanos!...); y, en fin, consumieron en trabajos de explanación, fortalezas, construcción de estacadas, entretenimiento de hospitales y depósitos de víveres y medicamentos, sumas fabulosas. Y esto precisamente cuando los apuros económicos de la metrópoli, casi huérfana de crédito y desangrada por dos tremendas guerras peninsulares, eran abrumadores.
Cuando más tarde, aleccionados por dolorosa experiencia, abandonamos las trochas, éstas habían causado más de 20.000 víctimas[43].
[43] De las estadísticas, harto incompletas, publicadas acerca de aquella campaña, se deduce que sólo por enfermedad murieron cerca de 58.000 soldados y oficiales. Juntando a esta cifra la de 16.000, a que ascendieron los soldados devueltos a la Península por inutilizados en campaña (y de los cuales buena parte sucumbió en sus pueblos o en los hospitales de la Península), se obtiene la suma de 74.000 bajas por enfermedad, muertos casi todos. Y no contamos aquí los caídos en el campo de batalla ni los prisioneros y extraviados.
¡Asombra e indigna reconocer la ofuscación y terquedad de nuestros generales y gobernantes, y la increíble insensibilidad con que en todas épocas se ha derrochado la sangre del pueblo!
Al referir aquellos sucesos, después de ocurrida la catástrofe colonial, es difícil resistir a la tentación de indagar las causas de tantos reveses y de recordar los grandes desaciertos de nuestra política ultramarina. Es triste reconocer que la característica de los estadistas españoles consistió siempre en rechazar obstinadamente las lecciones de la historia. Nuestros políticos vivieron siempre al día, atentos al conflicto presente, sin preocuparse lo más mínimo del porvenir. Ni los episodios desdichados de la emancipación de América, ni dos agotadoras campañas en Cuba, ni el consejo de los pocos políticos clarividentes que hemos tenido, como Aranda, Prim y Pí y Margall, hicieron mella en el cerril egoísmo de nuestras oligarquías turnantes.
Con una falta de cordura incomprensible en preclaros talentos, hombres como Castelar y Cánovas pensaban que Cuba --esa Cuba que nos aborrecía y cuya independencia, deseada por América entera, era inevitable-- valía la pena de sacrificarle España. La frase efectista del célebre estadista conservador «_hasta el último hombre y la última peseta_», ha pasado a la historia cual testimonio elocuente de cómo en España puede llegarse al pináculo del Poder sin la prudencia y previsión necesarias para salvaguardar los primordiales intereses de una raza. Harto más hábiles fueron, en conflictos semejantes, otras naciones. Recuérdese a Portugal y Holanda conservando sus colonias, no obstante las codicias de las naciones más poderosas. ¡Qué pena pensar que la rectificación a tiempo de nuestro criterio político, en orden al régimen de las posesiones de Asia y América, hubiera conservado sin mermas el glorioso patrimonio de nuestros mayores!...
Al rectificar nuestra conducta, nada teníamos que inventar. Bastaba con imitar a Inglaterra, la maestra insuperable en las artes de la política, siempre atenta a las enseñanzas de la realidad. De la guerra separatista de los Estados Unidos sacó el gran principio de la autonomía, gracias a cuya leal y generosa aplicación cesó el movimiento emancipador de sus colonias, que, diversificadas en lo político, vemos hoy de cada vez más compenetradas en espíritu y sentimiento con la metrópoli[44]. Mientras tanto, nuestra evolución política en punto al gobierno colonial, consistió en pasar del régimen tutorial al régimen asimilista. Y cuando, apremiados por las circunstancias, pensamos en dictar reformas para Cuba, sólo se nos ocurrió planear incoloro simulacro de autonomía administrativa y política, es decir, una de esas _medias medidas_, exentas de generosidad, por igual aborrecibles a criollos y peninsulares, y que los temperamentos resueltos, en su odio a la metrópoli, rechazan siempre como burlas intolerables.
[44] Mientras escribimos estas líneas, el Canadá, la India, la Australia, el África del Sur, etc., sienten como suya la guerra entre Inglaterra y Alemania, y, alardeando de un admirable patriotismo de raza, envían contingentes militares al teatro de la lucha. ¡He aquí el fruto de la generosidad política, que no es, en suma, sino altísima y clarividente habilidad!...
Si al menos, al terminar la primera guerra de Cuba, --que, como todas las contiendas civiles, acabó necesariamente en pacto-- hubiéramos cumplido lealmente solemnes compromisos; si en vez de llevar a las Cortes fórmulas hábiles hubieran nuestros Gobiernos convertido en ley, como ofreció Martínez Campos, las condiciones de la _paz del Zanjón_, habríamos quizás evitado la segunda guerra separatista, y con ella el desastroso choque con los Estados Unidos... Hemos caído porque no supimos nunca ser generosos ni justos.
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Pero con estas dolorosas digresiones pierdo de vista el asunto y falto además a formales promesas. Volvamos, pues, a San Isidro.
Mi labor médica en San Isidro era abrumadora, pues pasaban de 300 los enfermos. Por suerte, la patología resultaba poco variada y difícil: viruela (que hacía estragos en los negros), úlceras crónicas, disentería y paludismo. A cada una de tales dolencias aplicábase un tratamiento ritual.
Pero si el servicio profesional, aunque pesado, no ocasionaba graves quebraderos de cabeza, en cambio los daba, y grandes, el saneamiento administrativo del hospital. En San Isidro[45] buena parte de los empleados estafaban al Estado, desde el jefe de la guarnición hasta los practicantes y cocineros. Conforme era de presumir, el Quijote que yo llevaba en el cuerpo se me alborotó al tener noticia de tan innobles abusos, y me lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi salud volvió a quebrantarse seriamente.
[45] Tengo motivos para pensar que ocurría lo mismo en otros muchos hospitales, y que a ello no se daba ninguna importancia.
He aquí la _técnica_ empleada por los defraudadores para vivir parásitamente a expensas de la administración.
En dos o tres ocasiones habíanseme quejado los enfermos sujetos a ración de gallina de la insipidez y aspecto estropajoso de las raciones servidas. Extrañado de la queja, me propuse averiguar a todo trance por qué las aves de corral habían perdido de pronto su exquisito sabor. El azar llevóme cierto día a pasear por los alrededores del poblado, donde sorprendí un bien repuesto gallinero, perteneciente al cocinero del hospital. Fué tal encuentro para mí rayo de luz en las tinieblas. Y enlazando los hechos y olfateando las pistas, vine a resolver al fin el problema, amén de averiguar otros muchos abusos cometidos, con la complicidad del cocinero y practicantes, a beneficio del jefe y oficiales de la guarnición.
El escamoteo de las gallinas verificábase de dos maneras: 1.ª De acuerdo con el cocinero, recibían los enfermos como buenas raciones de gallina trozos de ésta de que se había extraído precisamente el caldo, y exentos, por tanto, de substancia. 2.ª Los practicantes cargaban en la libreta de prescripciones y régimen, firmada diariamente por mí, cierto número suplementario de raciones. Merced a tan ingeniosa invención, practicantes y oficiales comían pollo a todo pasto y aún quedaba algo para poblar el corral del cocinero, un negrazo tan bellaco como insolente.
La confrontación, hecha de memoria para no inspirar recelos, de las libretas del régimen, antes y después de ser enviadas a San Miguel por el practicante, me confirmó la realidad del abuso y me reveló, además, que, apelando al socorrido procedimiento de las adiciones, casi toda la carne, huevos, Jerez y cerveza consumidos por los oficiales y practicantes, salía del presupuesto del hospital.
Al encararme, indignado, con el cocinero y practicantes, autores materiales de la defraudación, se desarrolló la escena consiguiente, que ellos afrontaron con sorprendente cinismo, como quien tiene bien guardadas las espaldas. Ante mis interrogaciones apremiantes, declararon que el chanchullo, si así podía llamarse tan _venial_ irregularidad, constituía régimen consuetudinario de la enfermería; que, gracias a su prudente tolerancia, consiguió mi antecesor vivir en paz con los oficiales, amén de economizar casi enteramente su sueldo; y, en fin, que yo debía dejarme de chismes y tonterías y allanarme a las clásicas prácticas administrativas. ¡Y esto sucedía cuando yo, atacado nuevamente de paludismo, para no acudir a la cocina del hospital, gastaba parsimoniosamente mis últimos centavos y entablaba tratos con cierto almacenista de San Miguel para pignorar una paga atrasada!
Todavía si la mencionada _distracción_ hubiera obedecido a la necesidad, habría acallado mis escrúpulos; mas constábame, al contrario, que jefes y oficiales cobraban puntualmente sus haberes. En cuanto al cocinero y practicantes, hacían con lo defraudado tráfico vituperable.
De este modo resultó inevitable el choque con el comandante. En conferencia reservada censuré su proceder incorrecto; le expresé la imposibilidad moral en que me veía de tolerar tales irregularidades, ya que pesaba sobre mí la responsabilidad administrativa del hospital; añadí, en fin, que estaba dispuesto a corregir radicalmente los abusos.
Mi interlocutor se enojó mucho, reprochándome y hasta burlándose de lo que él llamaba _chinchorrerías_; pero no echó las cosas a barato. Acaso me creyera incapaz de sanear administrativamente el hospital. Sin embargo, cuando días después se encontraron jefes y oficiales sin víveres de _guagua_ y advirtieron que las libretas de pedidos para la enfermería se comprobaban a diario, reaccionaron vivamente. Comenzó entonces contra mí una guerra de alfilerazos y de pequeñas insidias; se me condenó al aislamiento; se hizo lo posible, en suma, para agotar las fuerzas morales de un enfermo... Excusado es decir que cocinero y practicantes veían, no sin regocijo, cómo la enfermedad minaba rápidamente mi organismo. Otra persona más cavilosa que yo habría temido un envenenamiento. Afortunadamente, conservaba incurable optimismo.
Entre las malevolencias con que el comandante trató de molestarme, hubo una que estuvo a punto de provocar grave cuestión personal. En las noches de alarma (no raras en San Isidro), el comandante pretendía encerrar dos caballos suyos en el hospital, al lado de los enfermos, a fin de protegerlos contra los merodeadores; en justificación del capricho, alegaba que no cabían en el fortín de su residencia y que la enfermería era el sitio más seguro para guardarlos. Yo me opuse siempre a tan antihigiénica pretensión, varias veces renovada, y el jefe, aunque refunfuñando, acababa por desistir. Perdida ahora la cordialidad, pensó, sin duda, que no debía respetar mis escrúpulos. Y cierta noche, en que yo me hallaba acostado con fiebre alta, oí que traían los caballos a la sala, percibiéndose olor de cuadra insoportable. Vestíme de prisa y salí casi tambaleándome al encuentro de los palafreneros, a quienes rechacé a empellones, obligándoles a retirar el ganado. Noticioso, entretanto, el jefe de lo ocurrido, vino furioso hacia mí, exclamando con voz alterada por la cólera:
--¿Quién es usted para desobedecerme? ¡Aquí represento la suprema autoridad y usted tiene el deber de acatar ciegamente mis órdenes!...
--Dispense usted --repliqué--; dentro de este recinto no hay más autoridad que la mía. Pesa sobre mí la responsabilidad del cuidado de los enfermos, y en conciencia, no puedo consentir que por capricho de usted se convierta la sala en cuadra inmunda...
Ciego por la ira, y sin reparar en que estaba delante de un enfermo, se abalanzó en ademán de agredirme. Yo me puse a la defensiva, dispuesto a devolver golpe por golpe. La fiebre abrasaba mi cabeza, y hubo un momento en que todo lo vi rojo. Afortunadamente, los oficiales, harto más discretos que el comandante, comprendieron lo absurdo de la situación y nos separaron y apaciguaron.
Conforme era de esperar, el jefe me instruyó sumaria por insubordinación y amenazas a la autoridad. Comenzaron, pues, las actuaciones. La causa crecía como la espuma. Mi superior jerárquico propagó la especie de que no había de parar hasta mandarme a presidio. Para hacer buenas sus amenazas, confiaba mucho en cierto tío suyo, el brigadier X., habitante a la sazón en Santiago y personaje muy influyente en la Capitanía general. Mas al fin ocurrió lo que era de esperar. En cuanto, por mis declaraciones y denuncias, conocieron las autoridades de Puerto Príncipe las escandalosas filtraciones y los abusos de autoridad consentidos o cometidos por el jefe militar de San Isidro, todos, incluso el famoso general de quien tanto fiaba su sobrino, apresuráronse a echar tierra al asunto. De mi proceso, pues, nadie volvió a acordarse. Y un oportuno relevo del comandante, fundado en motivos de salud --allí todos estábamos más o menos enfermos--, restableció definitivamente la paz en San Isidro.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXIV
Mis distracciones en San Isidro. -- La danza de negros y el arpa del saboyano. -- Se agrava mi enfermedad y se deniega mi solicitud de abandonar temporalmente la Trocha. -- Pido mi licencia absoluta. -- Gracias a la supresión de la Trocha, logro abandonar mi destino. -- Un mes en el hospital de San Miguel.
La temporada transcurrida en San Isidro, aparéceseme hoy borrosa y gris como mirada al través de espesa niebla. Mi situación era por cada día más lastimosa. La mayoría de mis horas consumíanse en el lecho, sin más consuelo y asistencia --vamos al decir-- que los prodigados por un practicante (el de los chanchullos) que me detestaba cordialmente. No obstante la quinina, el tanino y opio (para la disentería), mis alivios eran fugaces, episódicos; la ansiada mejoría parecía alejarse indefinidamente, burlando mis esperanzas. Por primera vez comencé a dudar de los recursos defensivos de mi organismo. En las horas melancólicas en que, arrastrándome del lecho, podía respirar el aire libre y presenciar el ajetreo de las gentes, ¡con cuánta envidia miraba la robusta salud de los negros, los inconscientes obreros de la Trocha!... A ratos, aquella ola de vida y alegría desbordantes parecíame algo así como una insolencia...
Aquellos africanos traídos a Cuba por buques negreros, nos daban lección de paciencia y resignación. Lejos de sentir nostalgias por la patria lejana, celebraban regocijadamente sus fiestas, entregándose a zambras alegres y cánticos salvajes.
Era la danza de las negradas espectáculo singular y atrayente. Mientras ciertas parejas, medio desnudas, bailaban incesantemente bajo un sol de fuego, otros cimarrones marcaban el compás, golpeando sobre largos tambores labrados en troncos de árbol. De vez en cuando, una voz chillona y selvática entonaba sencillo estribillo, traducción acaso de algún viejo canto aprendido en los bosques africanos. Por su repetición, grabóse indeleblemente en mi memoria el siguiente:
«Yo fuí quien maté el caimán, Caimán... Caimán... Yo fuí quien maté el caimán.»
Y así sucesivamente durante ocho o diez horas. Un coro de gritos salvajes saludaban al cantante al terminar cada estrofa.
Aquellos danzantes bárbaros poseían músculos de acero. El sudor corría a raudales por su piel de ébano y el sol arrancaba a sus relieves musculares reflejos metálicos. Lejos de amansar su fogosidad, tan formidable ajetreo parecía estimularles. En algunas parejas, el _crescendo_ de piruetas, contorsiones y gestos eróticos llegaba al frenesí. De seguro que ningún europeo habría resistido la mitad de aquel violentísimo ejercicio.
Entre nuestras distracciones de San Isidro figuraban también conciertos de arpa. Mas esto exige volver atrás, consignando un antecedente.
Por aquella época, la Isla de Cuba era sima de soldados. Y como la recluta voluntaria para Ultramar resultaba de cada vez más premiosa, apelaron los banderines de enganche de la Península a todo linaje de ardides, aun los más abusivos y vituperables. A tal propósito, agentes reclutadores sin escrúpulos frecuentaban garitos y tabernas, y comprometían, previa la correspondiente borrachera, a cuantos extranjeros jóvenes caían en sus redes. Así fueron a Cuba muchos mozos saboyanos, infelices artistas, que por la citada época recorrían España cantando, al son del arpa, el himno de Garibaldi.
Uno de estos desventurados italianos dió con sus huesos en la enfermería de San Isidro. Padecía de hepatitis e hidropesía, y en su rostro ictérico mostrábase además el sello del paludismo crónico. Ignoro cómo, durante su azarosa peregrinación al través de la Isla, había logrado conservar el precioso instrumento musical, junto al cual solía dormir en la enfermería, receloso de que se lo arrebataran. Este soldado músico era mozo servicial y amable, y cuando le dejaba la fiebre, nos obsequiaba con conciertos al aire libre. Al complacernos, además de nuestra gratitud granjeaba algunos pesos que economizaba para el ansiado día de la repatriación.