Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)

Part 20

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Maravilloso e inolvidable es el panorama de la populosa capital cubana vista desde lejos. A la izquierda, conforme se entra en la bahía, se impone, con su mole formidable, el castillo del Morro, erizado de cañones y comparable por su figura y posición al de Monjuich; y, a la derecha, dilátanse, en serie interminable, casas, palacios y quintas entrecortados por bellísimos jardines donde descuellan elegantes palmeras. En fin, ya dentro de la bahía, especie de hoz recortada por innumerables calas y promontorios, se descubre el puerto, frontero del barrio comercial; mientras que hacia el fondo álzanse varias colinas verdes cuyas faldas salpican pintorescos arrabales.

Fuera inoportuno detenerme a describir las harto conocidas bellezas de la Habana y de su fértil campiña. Tampoco entra en mis cálculos referir menudamente mis impresiones de viajero. Me concretaré solamente a declarar que la primera gran ciudad americana visitada por mí parecióme mera continuación de Andalucía. En efecto, _andaluza_ es el habla, dulzona y matizada con graciosos ceceos; _andaluzas_ las casas (formadas de planta baja y principal), con sus encantadores patios y jardines, y _andaluz_ el espíritu fino y soñador, pero lánguido y perezoso, del criollo.

Quizás fué grave mal para la prosperidad económica de la América española el no haber, desde el principio, aprovechado preferentemente para la empresa colonizadora nuestras fuertes razas del Norte, laboriosas, económicas y desbordantes de natalidad, en lugar de recurrir predilectamente a la gente andaluza y extremeña, inteligente, generosa y capaz de todos los heroísmos, según acredita la historia, pero de inferior aptitud para las fecundas luchas del comercio y de la industria.

Acerca de mis emociones de turista en la capital de las Antillas, concretaréme a decir que todo atraía mi curiosidad y en todo hallaba ocasión de asombro y enseñanza. La extraña mezcla de razas circulantes por las calles; la suntuosidad de los parques, donde además de flores peregrinas y de pitas gigantescas, crecía la altísima palmera real; los sabrosos frutos del país, como el plátano, el coco, el mango y la piña; los árboles frondosísimos de hoja perenne, entretejidos de bejucos o lianas trepadoras; un cielo tan pronto azul como gris, pronto a desatarse en furiosas tormentas; y por encima de aquella naturaleza desbordante, que parecía entonar un cántico a la vida, el padre sol cayendo a plomo, y como plomo derretido, sobre nuestras cabezas...

Cuando se codicia ardientemente algo, la realidad suele burlar la esperanza. Pero a mí no me defraudó el deseo: ante la realidad palpitante, las imágenes de los libros conservaron sus prestigios. Por donde vivía como soñando o como sumergido en una especie de encantamiento.

En algunas cosas, no obstante, sufrí decepción; por ejemplo: en las famosas _selvas vírgenes_, tan celebradas por los poetas románticos. Ante mis interrogaciones reiteradas, las gentes del país me señalaron la _manigua_. Pero la impresión causada por ésta fué insignificante. En vez del bosque milenario, no profanado por planta humana, me encontré con vulgar matorral sembrado de arbustos y pequeños cedros y caobos creciendo en desorden. Consoléme hasta cierto punto, considerando que las necesidades de la colonización habían impuesto el descuaje de la primitiva selva. Ni era cosa de establecer cercados de bosque, a guisa de vedados de caza, para deleite de los futuros amantes de la naturaleza. ¡Lástima no haber arribado cuatro siglos antes, cuando los compañeros de Colón hollaron tantas excelsas virginidades!...

De la fauna quedé también mediocremente satisfecho. Escaseaban los animales indígenas, y los que veía resultaban poco imponentes. Ni un jaguar, ¡ni siquiera una triste serpiente de cascabel!... En mis correrías por los alrededores de la ciudad, sólo pude sorprender el vulgarísimo _gorrión_ cosmopolita, pájaro importado de España; algunos _cuervos_ y _tordos_, y cierta avecilla menuda y nada vistosa, llamada por los guajiros _vigirita_. (Aludiendo sin duda a la flojedad y delicadeza de este pajarillo, nuestros soldados designaban _vigiritas_ a los criollos, y particularmente a los _mambises_ o insurrectos; en cambio, los peninsulares éramos llamados _gorriones_ y _patones_). Solamente enjaulados, admiré al polícromo _papagayo_ de las Antillas y algunos preciosos ejemplares de _colibrís_ del Perú.

Contrarióme asimismo la total extinción de la raza indígena. En su lugar, y entregada a las más rudas faenas, se mostraba la raza negra y sus variados mestizajes, de que los cargadores del muelle constituían arrogantes ejemplares. En cuanto al criollo, me hizo la impresión de pálida planta de estufa, vegetando muelle y parásitamente a expensas de la savia del africano o del mulato. Alguna vez, sin embargo, encontré entre los criollos tipos activos y robustos; mas por lo común, y salvadas algunas excepcionales complexiones, la raza blanca parecióme incapaz de resistir los ardores y peligros del clima tropical. El blanco degenera allí rápidamente. Aludo, naturalmente, al europeo ocupado en las faenas agrícolas y expuesto, por tanto, a muchedumbre de parásitos, de que son, a menudo, portadores los mosquitos (paludismo, fiebre amarilla, etc.). Claro es que el cubano, confinado en las urbes, entregado al comercio o a profesiones ajenas al esfuerzo muscular y al rigor del aire libre, resiste mucho mejor los efectos enervadores del clima; así y todo, su vigor sólo se mantiene a costa de reiteradas inoculaciones de sangre europea.

En virtud de esta exquisita acomodación a la vida sedentaria, la mujer cubana no sólo ha conservado mejor que el hombre el tipo de la raza, sino que ha afinado su delicada feminidad, adquiriendo, así en lo espiritual como en lo físico, dulzuras y suavidades excepcionales o desconocidas en las bellezas de Europa. Esto explica por qué la mayoría de nuestros jefes y generales ultramarinos cayeron en las redes de aquellas lánguidas e irresistibles hermosuras.

En estas exploraciones y novelerías transcurrió cerca de un mes. Terminado el período de aclimatación, hízose necesario distribuir el personal médico recién venido de la Península. A tal propósito, fuimos cierto día convocados los candidatos en la Inspección de Sanidad; allí se nos informó de las plazas vacantes. Las había de médicos de regimiento en las columnas de operaciones; de profesores de guardia en los hospitales urbanos y, en fin, de directores de enfermerías de campaña.

Si el lector tiene presente el carácter sandiamente quijotesco del autor de este libro, deducirá fácilmente que me sería adjudicado uno de los peores destinos. Y así fué, en efecto. Inspirado en sentimientos de equidad y abnegación, por nadie agradecidos, me abstuve de presentar las cartas de recomendación. Quise correr mi suerte o, mejor dicho, la suerte que no quisieran correr mis compañeros; los cuales, harto más prácticos y ajenos a mis escrúpulos, removieron cielo y tierra para asegurarse las plazas de hospital, verdaderas sinecuras, o, en su defecto, las de médico de batallón. Para los tontos o desvalidos quedaron reservadas las enfermerías de la manigua y de las trochas, estaciones aisladas, de difícil aprovisionamiento, y extraordinariamente insalubres.

Claro es que también el médico de batallón en campaña corría serios peligros; pero tenía al menos la ventaja de cobrar puntualmente. Sabía, además, que, tras algunos días de excursión por la manigua, podría regresar a la capital del distrito para restaurar fuerzas, remendar alifafes y participar de las satisfacciones de la vida social.

Por cierto que la enfermería que yo debía regentar era de las más peligrosas e incomunicadas: la de _Vista Hermosa_, perdida en plena manigua, dentro del distrito de Puerto Príncipe, en medio de un país asolado y despoblado por la guerra.

Días después del reparto de plazas, zarpó el vapor que debía conducirnos a Nuevitas; en él nos embarcamos algunos médicos destinados al Departamento central, con buen golpe de tropas de refresco para cubrir bajas. Un tren blindado nos trasladó en pocas horas desde Nuevitas, al través del manigual desierto, a la capital del Camagüey. Alojéme en la famosa _Fonda del Caballo Blanco_, donde se hospedaron también mis camaradas Vela y Sánchez Herrero. En fin, transcurridos algunos días de descanso, incorporéme a mi destino, aprovechando la marcha de una columna volante, encargada de racionar la citada enfermería de Vista Hermosa.

Por cierto que ya en marcha, durante un alto de la columna, y bajo el techo de estancia abandonada, tuve por primera vez noticia del próximo advenimiento de la restauración monárquica. Invitado a tomar café con algunos jefes y oficiales, cierto comandante aragonés sorprendióme con esta pregunta, disparada a quemarropa:

--Usted, que acaba de llegar de España, ¿qué me cuenta de la conspiración que debe proclamar a D. Alfonso?

--Creo --murmuré-- que la República conservadora merece la confianza del Ejército.

--Bien veo, paisano, que vive usted en el limbo. ¡Cómo!... ¿Ignora usted que todo el Ejército, sin excepción, es alfonsino, y que cualquier día, pese a la resistencia de los politiquillos, caerá la República?...

Lleno de estupor, dirijo una mirada interrogativa al coronel, jefe de la fuerza, para leer en sus gestos alguna señal de reprobación, o al menos de contrariedad... Todo lo contrario. Pronto comprendí que lo expresado por mi paisano era diaria comidilla de la oficialidad, y que el Ejército de Cuba, como el de la Península, se había pasado en masa al campo alfonsino.

En vano Castelar, con su prudencia política y espíritu oportunamente conservador, trabajaba por consolidar definitivamente la República, ideal de la Revolución: el recuerdo de la indisciplina militar y de las vergonzosas escenas de Cartagena, la habían matado definitivamente en el corazón del Ejército y en el pensamiento de las clases directoras del país. El golpe de Estado de Pavía era indeclinable.

Entonces acudieron a mi memoria ciertos hechos presenciados en Cataluña, acerca de cuya significación no había parado mientes. Cuando nuestra columna pernoctaba en alguna villa importante, los oficiales tertulianos del café o del casino se escindían en dos grupos: la masa principal, con el coronel a la cabeza, agrupábase en una o varias mesas próximas, cuchicheando de política; mientras que cierto pequeño contingente, constituído por oficiales o jefes de procedencia republicana, formaba rancho aparte. Dábase, pues, el caso singular de que, en plena República, los oficiales republicanos (cuyo número disminuía incesantemente) vivían como avergonzados de su origen, y eran tratados desconfiadamente y casi con hostilidad por sus camaradas monárquicos.

Los sucesos hicieron pronto buenas las profecías del comandante. Sabido es que poco después (29 de Diciembre de 1874) sobrevino la sublevación de Sagunto y la proclamación de D. Alfonso XII.

El pueblo de _Vista Hermosa_ constituía un pequeño poblado extendido por las faldas de suave altozano, rodeado de extensos maniguales. En la eminencia más culminante alzábase sólido fortín cuadrado, construído con gruesos troncos de árbol y surcado de aspilleras. En él se alojaba una compañía (harto mermada por las enfermedades) a las órdenes de un capitán. A corta distancia estaba emplazado el hospital, enorme barracón de madera, con techo de palma y capaz para unas 300 camas. En los ángulos periféricos orientados hacia la manigua, destacábanse dos robustos torreones, reforzados por parapeto de troncos. Al abrigo del fuerte y de la enfermería, únicos edificios de alguna importancia, extendíanse los almacenes y algunas pobres rancherías de chinos y negros. En los alrededores veíase un descampado, limpio de bosque, cuya maleza exuberante había que segar con frecuencia, para que no invadiera los barracones con su pujante crecimiento, ni facilitara, por tanto, las sorpresas del vigilante enemigo.

Cada mes nos enviaban desde Puerto Príncipe las raciones necesarias para el hospital y guarnición, aprovechando al efecto el tránsito de columnas de operaciones. En el intervalo, quedábamos absolutamente incomunicados con el mundo, siendo peligrosísimo aventurarse en la manigua más de un kilómetro, pues los mambises nos espiaban; casi todos los días había tiroteo entre ellos y los centinelas.

Por aquella época, la enfermería puesta a mi cuidado albergaba más de 200 enfermos, casi todos palúdicos o disentéricos, procedentes de las columnas volantes de operaciones en el Camagüey.

Dormía yo junto a mis pacientes, dentro de la gran barraca, en un cuartito separado del resto por tabique de tablas. Además de cama y mesa, contenía mi departamento, en pintoresca mescolanza, fusiles de los soldados muertos, cartucheras y fornituras de todas clases, cajas de galletas y azúcar, botes de medicamentos, singularmente del sulfato de quinina, la providencia del palúdico en los países tropicales. Con cajones y latas vacías, dispuse en un rinconcito un laboratorio fotográfico y construí el estante destinado a mi exigua biblioteca.

Al principio, no obstante la fatiga y las emociones inherentes al cuidado de tantos enfermos, lo pasé bastante bien, amenizando mis ocios con la lectura, el dibujo y la fotografía. Por fortuna, como ya sabe el lector, la ausencia de vida social la he soportado siempre bien, gracias al noble vicio pictórico y a mi incansable afición por la lectura.

Pero contra los microbios nada valen las seducciones del arte ni las expansiones de la imaginación. El espíritu se mantenía bien, pero entretanto el cuerpo decaía. Ni la ración alimenticia, compuesta de pan, galletas, arroz y café, era la más adecuada para criar buena sangre. En vano pretendía entonar el organismo agregando al _menú_, de tarde en tarde, tal cual plátano o coco, arrebatados eventualmente por algún negro merodeador de ingenios abandonados.

Al fin flaqueó mi resistencia y caí enfermo de paludismo. Nubes de mosquitos nos rodeaban: además del _Anopheles claviger_, ordinario portador del protozoario de la _malaria_, nos mortificaban el casi invisible _gegén_, amén de ejército innumerable de pulgas, cucarachas y hormigas. La ola de la vida parásita nos envolvía por todas partes.

¡Qué cosa más triste es la ignorancia! Si, por aquella época, hubiéramos sabido que el vehículo exclusivo del paludismo es el mosquito, España habría salvado miles de infelices soldados, arrebatados por la caquexia palúdica en Cuba o en la Península... Para evitar o limitar notablemente la hecatombe, habría bastado proteger nuestros lechos con simples mosquiteros o limpiar de larvas de _Anopheles_ las vecinas charcas.

Nada remediaba el tomar dosis heroicas de sulfato de quinina. Por de pronto se mejoraba; mas, transcurridos algunos días, volvía la accesión. Ésta vino a ser en mí diaria, a causa, sin duda, de reinoculaciones muy próximas del _plasmodium_. Entretanto, había perdido el apetito y las fuerzas; el bazo se hipertrofiaba; la color hízose terrosa; andaba premiosamente, y la anemia, ¡la terrible _anemia palúdica_!, se iniciaba con todo su cortejo de síntomas alarmantes. Al fin quedé postrado, siéndome imposible atender a los enfermos. Un practicante estulto me suplía; todo iba manga por hombro. Para colmo de desdicha, ¡al paludismo se agregó la disentería!...

¡Oh el admirable optimismo de la juventud!... Mi vida estaba tan seriamente amenazada como la de los infelices soldados disentéricos, tuberculosos y palúdicos que morían en torno mío; y, con todo eso, abrigaba tal confianza en la fortaleza de mi constitución, que, en cuanto abonanzaban los síntomas, aprovechaba mi forzoso reposo en aprender el inglés, a cuyo efecto habíame procurado en la Habana buen golpe de libros e ilustraciones yanquis, amén del indispensable Ollendorff. Creía firmemente que, en cuanto pudiera sustraerme a la influencia de aquellos miasmas (entonces se creía en los _miasmas_ de los pantanos como causa de paludismo), recobraría rápidamente la salud. Tengo por seguro que mi profunda confianza en la _vis medicatrix_ me salvó.

Por aquellos meses hubo en Vista Hermosa cierta alarma que nos reveló la entereza y decisión de mis enfermos. Sería la del alba cuando nos sorprendió tumulto de voces y descargas. Arrojéme de la cama, vestíme sumariamente, y me informaron de que cierta partida enemiga, emboscada en la vecina manigua, trataba de sorprendernos. En efecto, vislumbrábase entre los árboles agitación de jinetes y peones, la mayoría negros y mulatos. Apercibido a tiempo el jefe de nuestro poblado, tomó rápidamente medidas defensivas, y, lleno de interés hacia mí, me ofreció amparo en la fortaleza.

--No tenga usted cuidado --le dije--. Si los mambises atacan el hospital, sabremos defendernos; en todo caso, mi deber es permanecer al lado de los enfermos.

Todo esto ocurrió en un santiamén. Habíame acometido la accesión febril, y hallábame en un estado de exaltación casi delirante. No obstante, empuñé un fusil, me proveí de cartuchos y recorrí las camas, invitando a los enfermos menos graves a la común defensa. La mayoría de ellos, aun los postrados por la calentura, incorporáronse en el lecho y descolgaron el Remington. Los que podían tenerse de pie se concentraron en los bastiones del barracón; los imposibilitados arrodilláronse en la cama, y desde ella y sacando el fusil por las ventanas, apuntaban al enemigo. Una descarga respondió al tiroteo de los mambises.

Mas los insurrectos, al encontrarnos tan apercibidos, retiráronse sin intentar repetir la hazaña de Cascorro, otro poblado como el nuestro, donde semanas antes habían sorprendido y macheteado a la guarnición y a los enfermos.

Una vez más se frustraba, por fortuna, mi loco anhelo de bélicas contiendas. En mi entusiasmo olvidaba a menudo que mi cometido no era batirme, sino curar enfermos. Como se ve, el ansia de notoriedad, de vanagloria, me perseguía hasta en el lecho del dolor...

Mi enfermedad, como dejo apuntado, marchaba de mal en peor. En vista de lo cual, solicité del inspector de Sanidad de Puerto Príncipe un mes de licencia. Aunque con dificultades y regateos de tiempo (faltaba personal para reemplazarme), se me otorgó al fin. Arribado a la capital del Camagüey, un tratamiento racional, y más que nada la cesación de nuevas infecciones, me aliviaron mucho. La fotografía aquí reproducida no da suficiente idea del aspecto chupado y anguloso de mi rostro, aun en la época de máxima reparación. En realidad, había caído en ese estado de decadencia orgánica conocido con el nombre de _caquexia palúdica_, que debía prolongarse muchos años, y de cuyas lejanas repercusiones morbosas soy todavía víctima.

[Ilustración: Lám. XVI, Fig. 25.--Fotografía hecha en Puerto Príncipe, después de convalecer del paludismo contraído en Vista Hermosa.]

[Ilustración: Lám. XVI, Fig. 26.--Otra fotografía donde aparecen dos amigos hospedados en la fonda _El Caballo Blanco_. (Puerto Príncipe).]

En vista de mi relativa convalecencia, el jefe de Sanidad, Dr. Grau, agregóme al Cuerpo de médicos de guardia del Hospital Militar de Puerto Príncipe, donde alterné con algunos amigos de la Península, y tuve el gusto de conocer al Dr. Ledesma[41], que sobresalía ya como operador habilísimo.

[41] El Dr. Ledesma, hoy jefe prestigioso del Cuerpo de Sanidad Militar, llegó, como es sabido, por sus méritos profesionales, a médico de la Real Cámara.

Mes y medio permanecí en la ciudad. Fué la época más agradable de mi estancia en Cuba. Todas las tardes concurrían al _Café del Caballo Blanco_, entre otros camaradas, Joaquín Vela y Martín Visié, excelente amigo y condiscípulo. No obstante mis andanzas por cafés, casinos y tertulias caseras, tuve la entereza de resistir a los tres grandes vicios de nuestra oficialidad: el tabaco, la ginebra y el juego. Verdad que no estaba yo para trotes.

El alcoholismo, sobre todo, hacía estragos en el ejército. Del coñac y de la ginebra, mejor aún que del vómito, podía decirse que eran los mejores aliados del mambís. Fumando de lo más caro, y bebiendo ginebra y ron a todo pasto, no era extraño que muchos jefes y oficiales decayeran física y moralmente. Además, retenidas las pagas, pasaban apuros económicos.

También yo luché con dificultades de este género, aunque por causas independientes de mi voluntad. Durante mis cuatro meses de permanencia en la isla no había recibido sino la primera paga de capitán (125 pesos oro). En vano remitía mensualmente a la Habana los justificantes de haberes. La penuria económica de los médicos de enfermerías no obedecía sólo al clásico desbarajuste de la administración española; debióse también al desfalco de un tal Villaluenga, farmacéutico del Hospital Militar de la Habana y habilitado general del Cuerpo de Sanidad, el cual se fugó a los Estados Unidos en compañía de 90.000 pesos y de una pelandusca.

En esto del cobro de las pagas reinaba desigualdad irritante. Los médicos militares de servicio en las capitales percibían puntualmente sus haberes; para los médicos de batallón solían retrasarse algo, si bien disponían del recurso de percibir anticipos de la caja del regimiento o de empeñar pagas devengadas en casas de comercio; pero los pobretes que prestábamos servicios en trochas o en enfermerías de campaña, dependíamos en lo económico de la Habilitación general de la Habana, y, sin relaciones de amistad con el comercio de las ciudades, quedábamos frecuentemente desamparados.

Tal me ocurrió a mí. Habiendo expuesto al Dr. Grau mi precaria situación, tuvo la bondad de gestionar entre los compañeros un préstamo (125 pesos) a reintegrar, como era justo, de mis haberes atrasados. En aquellas azarosas circunstancias, mi demanda era inexcusable. Supe, sin embargo, con sorpresa, gracias al amigo Visié, que aquel _guante_ en favor de un compañero había desagradado profundamente. «¿Qué hombre es éste --decían-- que, a poco de estar en la isla, demanda una limosna para vivir?... Apele, como los demás, al crédito; que se espabile y sacuda su cortedad de genio»[42].

[42] Los había tan _largos y vivos_ que cobraban tres o cuatro veces una misma paga en diversos comercios. Pero más vale no hablar de ciertas combinaciones financieras... Justo es recordar, en disculpa de los _hábiles_, que el desorden de la administración llegó por entonces al colmo, justificando en cierto modo incorrecciones que en época normal habrían parecido intolerables.

Para que se forme idea de cómo se generalizaba la corrupción administrativa, transcribimos estas palabras del informe del general Jovellar al Ministro de Ultramar (13 de Enero de 1874): «La inmoralidad en todos los ramos de la Administración, sin exceptuar la de Justicia, es la más corrompida del mundo... Sería necesario separar las tres cuartas partes, por lo menos, de los magistrados, jueces y empleados de la Administración civil y militar concusionarios».

En efecto; yo fuí siempre poco _espabilado_; pero en aquella ocasión mis compañeros deslucieron una buena acción con una injusticia. ¡No se hacían cargo de que había pasado cuatro meses en un desierto, y de ellos tres gravemente enfermo!... ¡Mi crédito!... ¿Pero qué mercader de Puerto Príncipe se hubiera arriesgado a prestar su dinero a un pobre diablo desconocido, de figura espectral, y condenado, verosímilmente, a extinguirse en breve plazo en cualquier rincón de las trochas?

El fallecimiento del médico director de la enfermería de San Isidro en la _Trocha del Este_, puso fin a mi situación provisional de _profesor de guardia_ en Puerto Príncipe. Sin considerar que había en disponibilidad otros ayudantes médicos más modernos que yo, ni fijarse en que mi salud distaba mucho de estar consolidada, el Dr. Grau designóme para reemplazar al compañero fallecido, quien, por cierto, había sustituído a su vez a otro médico caído también en el cumplimiento del deber. Acepté dócilmente el nuevo cargo, aunque, a la verdad, hízome poca gracia entrar en fila macabra con mis desdichados antecesores.