Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)

Part 19

Chapter 193,786 wordsPublic domain

[35] Mi pasaporte para incorporarme al ejército de Cataluña, data del 3 de Septiembre de 1873.

Los lectores contemporáneos de aquellos amenos tiempos de la Revolución, donde la historia se fabricaba al minuto, recordarán que, tras la abdicación de D. Amadeo de Saboya y del desenfreno y anarquía de la República radical, subió Castelar al Poder. Con un sentido gubernamental de que carecieron sus predecesores, restableció severamente la disciplina militar, nutrió las filas del desorganizado ejército con su célebre leva, y restauró, en fin, el extinguido Cuerpo de Artillería.

Todo auguraba el comienzo de una nueva era de orden y de relativa tranquilidad, precursora de paz duradera. Pero antes había que vencer la insurrección cubana y reducir al carlismo, cada día más pujante y amenazador en las provincias del Norte.

A decir verdad, a mi llegada a Cataluña algo habían mejorado las cosas. Ya no se oía el vergonzoso «que baile» con que los soldados indisciplinados insultaban al oficial; ahora los jefes eran obedecidos, y reinaba en las tropas el mejor espíritu. Las partidas de Savalls, de Tristany y de otros cabecillas, meses atrás entregadas a toda suerte de desafueros, batíanse en retirada o evitaban cuidadosamente el contacto con nuestras columnas.

Muchas poblaciones liberales secundaban la acción de las tropas, organizando milicias locales y escarmentando más de una vez, como ocurrió en Vimbodí, a las huestes carlistas. Precisamente nuestra brigada tenía por principal misión evitar el saqueo de las ricas villas del llano de Urgel y regiones fronterizas de la provincia de Tarragona. Por donde se justificaban las continuas marchas y contramarchas desde Lérida, nuestro cuartel general, a Balaguer y Tremp; de Lérida a Tárrega; de Tárrega a Cervera; de Cervera a Verdú o a Igualada; de Tárrega a Borjas y Vimbodí, etc.

En estas idas y venidas nos pasamos cerca de ocho meses sin sorprender una sola vez al enemigo, no obstante perseguirle incesantemente. Extrañábame la exactitud cronométrica con que nuestra vanguardia llegaba a las aldeas ocupadas por los facciosos doce horas justas después de haberse éstos retirado. Parecía aquello el juego de la gallina ciega. Claro que, como médico y soldado, no podía quejarme. En siete meses de guerra --vamos al decir-- no tuve ocasión de oir el silbido de las balas ni de curar un herido. Los efectos de alguna caída de caballo, tal cual indigestión y algún regalo de la Venus atropellada y barata... y pare usted de contar[36].

[36] Y a propósito de Venus, vaya un caso clínico que pudo costarme un disgusto:

Cierto capitán, casado y con familia en Lérida, presentóseme un día al reconocimiento con síntomas inequívocos de enfermedad venérea recientemente adquirida. Como el hecho era bastante corriente en aquella azarosa vida de campaña, no me pareció indiscreto designar las cosas por sus nombres.

Pero, con asombro mío, el oficial inmutóse súbitamente y rojo de cólera exclamó: ¡Cuidado, doctor!... Vengo de Lérida, y ni ahora ni desde hace muchos años he faltado a la lealtad conyugal... ¡Si fuera verdad!... ¡La infame!...

Comprendí al momento lo sucedido. Y buscando la manera de reparar o de atenuar la _plancha_, contesté: «Entonces debe ser otra cosa». Veamos; ¿abusa usted de la cerveza?

--Muchísimo; es mi bebida favorita.

--Entonces el diagnóstico está claro. Trátase de simple _catarro uretral_ provocado por la eliminación del lúpulo, en combinación por la acción del frío. La cosa carece de importancia...

Y cuando le dejé tranquilo y dispuesto a seguir un tratamiento enérgico, respiré a pleno pulmón. Con mi estratagema (entonces corría como válido el efecto irritante de la cerveza) había evitado quizás drama sangriento; porque el tal capitán poseía carácter violentísimo y estaba celoso de su mujer, que, dicho sea de pasada, tenía equívoca reputación.

[Ilustración: Lám. XV, Figs. 23 y 24.--Dos retratos del autor. El primero cuando contaba veinte años y estaba a punto de terminar la carrera; el segundo cuando, sorteado para Ultramar, se disponía a trasladarse a Cuba con el empleo de médico primero.]

Dejo a los técnicos el juicio de aquella campaña. Tengo por indudable que, evitando las depredaciones carlistas en las prósperas ciudades catalanas, satisfacíamos primordial necesidad. Pero mi espíritu, ávido de emociones fuertes y de peripecias bélicas, deploraba la placidez parsimoniosa de la campaña.

Hoy esta parsimonia, mil veces reproducida en nuestras guerras civiles, cáusame menos sorpresa. Constituye síntoma de una enfermedad constitucional irremediable y característica de la raza hispana. Por algo la reconquista se prolongó siete siglos, y nuestras guerras civiles duraron siempre seis o siete años. ¡Felices los países en que la diligencia es una de las formas de la honradez patriótica! Para cada general _dinámico_, a lo Espartero, Córdova o Martínez Campos, hemos contado por docenas los tardígrados con fajín. ¡Oh santa pereza, musa de nuestros políticos y soldados!... ¡Si al menos hubiéramos logrado propagar nuestra _enfermedad del sueño_ a los extranjeros!... Pero volvamos al asunto.

Nada interesante puedo referir de lo ocurrido durante mi estancia en Cataluña. Aquellos paseos militares completaron admirablemente mi educación física, y me permitieron estudiar a fondo el alma del honrado payés catalán.

Aunque el médico militar era entonces _plaza montada_, con derecho, por tanto, a bagaje --de no poseer caballo propio--, yo prefería hacer las etapas a pie, conversando con los oficiales. En los grandes trayectos, aprovechábamos la acémila para conducir el equipaje y las provisiones de boca del asistente y practicante; los cuales, dicho sea de pasada, ejercían sobre mí irresistible tiranía: me administraban la paga y me guiaban paternalmente en los mil incidentes y tropiezos de la vida militar. El asistente, simpático muchacho alicantino, era un zahorí para husmear provisiones. Hasta en aldeas recién saqueadas por los facciosos, sabía _afanar_ un pollo oculto o sonsacar algún trozo de butifarra. Y como en casi todos los pueblos tenían novia, participaba a menudo de los finos agasajos (tortas, dulces, pañuelos, calcetines, etc.) con que las pobres muchachas creían asegurarse la volandera afición de mis acólitos. ¡Oh juventud, y cómo hermoseas a los ojos del viejo hasta el recuerdo de los más triviales sucesos!...

En cierta ocasión, creí firmemente satisfacer mis ansias dramáticas, presenciando, al fin, un hecho de guerra formal. Pero se malogró al cabo, aunque la operación emprendida resultó singularmente penosa aun para mis excepcionales facultades de peatón.

Pernoctábamos plácidamente en Tárrega, deleitosa Capua del regimiento de Burgos, cuando cierto día, antes del alba, sonó la diana. Pusímonos en pie, creyendo que, según costumbre, tomaríamos la vuelta de Agramunt o de Verdú; pero la jornada fué de prueba, como que se prolongó más de 14 leguas. Parece que nuestro coronel había recibido, durante la noche, un parte del capitán general de Cataluña, ordenándole que, lo más diligentemente posible, se pusiese en marcha para el Bruch, donde debía escoltar cierto convoy salido de Barcelona con dirección a Berga, a la sazón asediada por los carlistas. Caminamos, pues, de Tárrega a Cervera, de Cervera a Calaf, de Calaf a Igualada, y de Igualada al Bruch. Tras breves horas de descanso en esta última población, y reunidos al convoy, pernoctamos, llegada la media noche, en Manresa. Los soldados hallábanse atrozmente fatigados; nuestra impedimenta de enfermos y rezagados era imponente.

En cuanto a mí, no obstante la fatiga y los efectos de unas malditas botas recién estrenadas, tuve aún humor para admirar desde el Bruch las ingentes y rojizas moles del Montserrat, y de fantasear con los oficiales acerca de la famosa derrota de los franceses en la heroica villa. En fin, al siguiente día juntáronsenos nuevas fuerzas, y continuamos la marcha por Sallent, donde pernoctamos, hasta las inmediaciones de Berga, donde plantamos nuestras tiendas. En cada etapa tomáronse muchas precauciones, pues temíamos que los carlistas prepararan una emboscada o nos acometieran en las gargantas del Llobregat. Pero defraudando mis esperanzas, los facciosos, sabedores quizás de las respetables fuerzas que escoltaban el convoy, levantaron el sitio de la plaza. No experimenté, pues, más sensación guerrera que la impresión agridulce de una noche de campamento en las montañas que rodean Berga, sin contar un fuerte catarro producido por el relente.

De los catalanes de entonces conservo grato e imborrable recuerdo. En Tárrega, en Cervera, en Balaguer, etc., se nos recibía con agrado; más aún, con muestras de cordial simpatía.

Innecesario resultaba a nuestra llegada el reparto de boletas de alojamiento: cada cual entraba en la casa donde le habían albergado otras veces, porque sabía que el huésped le acogería cordialmente. Aún tengo presente a mi buenísimo patrón de Tárrega, honrado comerciante de paños, padre de varios excelentes y laboriosos hijos, el cual me cobró tal afición, que me convidaba a su mesa, me regalaba caza y golosinas y me adelantaba dinero cuando las pagas se retrasaban. Caído una vez enfermo y no pudiendo seguir a la columna, cuidóme solícitamente, y llegada la convalecencia, tuvo conmigo la complacencia de facilitarme numerario y un traje de paisano para hacer rápida jira a Zaragoza[37] y visitar la familia, en tanto regresaba mi regimiento.

[37] El disfraz de paisano era necesario, porque los carlistas registraban a menudo el tren que hacía el recorrido de Barcelona a Zaragoza.

En las casas donde se celebraban reuniones, y hasta en las familias más modestas, las señoritas tenían a gala hablar castellano, y se desvivían por hacer agradable nuestra estancia. Consideraban el catalán cual dialecto casero, adecuado no más a la expresión de los afectos y emociones del hogar. Y este sentimiento de adhesión al ejército y a España no latía solamente en las modestas villas del llano de Urgel y del Priorato, agradecidas a nuestra protección; alentaba en todas las provincias catalanas.

Siempre recuerdo con gratitud la acogida generosa de mi patrón de Sallent, cierto médico veterano, padre de numerosa prole. Al verme calado por la lluvia, fatigado por varias horas de marcha y aterido de frío, la familia del huésped me recibió afablemente, colmándome de delicadas atenciones. Encendieron lumbre, no obstante lo avanzado de la noche; prepararon suculenta cena y abrigáronme con ropa enjuta mientras se secaba a la llama el uniforme. Por cierto, que una de las hijas del médico, esbelta y rubia como una _Gretchen_, causóme viva impresión. En suma, la amable señora e hijas de mi patrón diéronme, con sus cariñosas solicitudes, la impresión que debe sentir el hijo aventurero reintegrado al hogar y acogido en el cálido regazo maternal.

¡Entonces los laboriosos catalanes amaban a España y a sus soldados!... Después... no quiero saber por culpa de quiénes, las cosas parecen haber variado.

En Abril del año 1874 recibí la orden de trasladarme al ejército expedicionario de Cuba. Por aquel tiempo recrudecióse la guerra separatista en la Gran Antilla, motivando en la Sanidad Militar de la Península nuevos sorteos de personal para cubrir las bajas de Ultramar. Yo fuí uno de los designados por la suerte. El paso a Cuba implicaba el ascenso al empleo inmediato, es decir, la graduación de capitán (_primer ayudante médico_).

Me despedí, pues, con pena de mis paternales patrones de Tárrega y Cervera, a quienes ya no debía volver a ver, así como del regimiento de Burgos, en que dejaba inolvidables amigos, entre los cuales incluyo a mis practicante y asistente. Después, satisfaciendo deseos largamente incubados, hice una escapada de turista a Barcelona para admirar el mar, que no conocía (y en el cual iba a navegar dieciocho días seguidos), curiosear los barcos del puerto y subir al Castillo de Monjuich. Desde allí contemplé embelesado el soberbio panorama de la ciudad; la llanura salpicada de fábricas y casas de campo, y el famoso _Tibidabo_, coronado de pinos. En fin, satisfecha mi curiosidad, regresé a Zaragoza.

Mi afán de ver tierras y abandonar la Península contrarió mucho a mi padre. Trató, pues, de disuadirme del viaje, aconsejándome la petición de la licencia absoluta. Pintóme con los más negros colores la insalubridad de la isla y el peligro de una campaña en la cual me exponía a perecer obscuramente; me recordó que mi porvenir se cifraba en el profesorado y no en la milicia; apuntó, en fin, el temor de que, a mi regreso de Cuba, naufragaran mis conocimientos anatómicos, tan laboriosamente adquiridos, dando además al olvido ambiciones generosas.

Mas yo, tenaz siempre en mis propósitos, atajé sus razones, diciendo que consideraba vergonzoso desertar de mi deber, solicitando la licencia. «Cuando termine la campaña será ocasión de seguir sus consejos; por ahora, mi dignidad me ordena compartir la suerte de mis compañeros de carrera y satisfacer mi deuda de sangre con la patria.»

A fuer de sincero declaro hoy que, además del austero sentimiento del deber, arrastráronme a Ultramar las visiones luminosas de las novelas leídas, el morboso prurito de aventuras peregrinas, el ansia de contemplar, en fin, costumbres y tipos exóticos...

En este afán novelesco --muy viejo en mí como sabe el lector-- acompañábanme también algunos condiscípulos y, por de contado, mi hermano Pedro, dos años más joven que yo; el cual, dicho sea entre paréntesis, cometió calaverada verdaderamente épica. Mostrando resolución increíble en un muchacho de trece a catorce años, ahorcó sus hábitos de estudiante, fugándose de casa en compañía de cierto aventurero seductor. Después de embarcarse en Burdeos, dió con sus huesos en el Uruguay, donde le ocurrieron las más sorprendentes peripecias[38]. ¡Contra todas las previsiones de mi padre, el hijo _formal_, el impecablemente sumiso y obediente, superó de una vez todas las decantadas audacias del primogénito!... Yo quedé como humillado de no haber sabido hacer otro tanto.

[38] Allí desempeñó los más variados oficios: fué soldado; héroe de la pampa; le hirieron en diversas escaramuzas, y llegó a secretario particular de cierto cabecilla indio que no sabía escribir, pero que acometía bravamente en las batallas lanza en ristre. El hijo pródigo regresó ocho o diez años después al hogar, y, arrepentido de su conducta, se formalizó en el trabajo y acabó honrosamente los estudios médicos. Convertido hoy en clínico reputado, figura entre los profesores de la Facultad de Medicina de Zaragoza. A su tiempo haremos mención de sus interesantes y fecundas investigaciones sobre la Histología comparada del sistema nervioso.

Entre mis condiscípulos y amigos, el que con más entusiasmo compartía mis ensueños románticos, era Cenarro. Recuerdo que, recién acabada la carrera, discurríamos ambos cierto día por el Paseo de los Ruiseñores; hablábamos del porvenir, y, en vena de confidencias, nos comunicamos nuestros más íntimos anhelos. He aquí la esencia, si no la forma de nuestros coloquios:

--A mí me entusiasma extraordinariamente --decíame Cenarro-- el _Ejército_, y sobre todo la _Sanidad Militar_. Sólo esta carrera es capaz de satisfacer el ansia más viva de mi alma, que consiste en cambiar diariamente de escenario y presenciar espectáculos emocionantes y pintorescos. Un destino en Puerto Rico, Cuba, África o Filipinas, me haría el más dichoso de los hombres...

--Coincido --contesté-- en absoluto con tus opiniones. También yo estoy asqueado de la monotonía y acompasamiento de la vida vulgar. Siento sed insaciable de libertad y de emociones novísimas. Mi ideal es América, y singularmente la _América tropical_, ¡esa tierra de maravillas, tan celebrada por novelistas y poetas!... Sólo allí alcanza la vida su plena e ideal expansión. En nuestros climas hasta las plantas parecen raquíticas y como temerosas del inevitable letargo invernal. Orgía loca de formas y colores, la fauna de los trópicos parece como imaginada por artista genial, preocupado en superarse a sí mismo. ¡Cuánto daría yo por salir de este desierto y sumergirme en la manigua inextricable!...

Los dos amigos satisficimos al fin nuestra ardiente curiosidad. Pocos años después del precedente diálogo, Cenarro, convertido en médico militar, vivía en Tánger, agregado a la Embajada española. Allí pudo estudiar a su sabor costumbres exóticas y razas diversas. En cuanto a mí, transcurridos menos de dos años, encontrábame sumergido en aquella tan admirada manigua antillana; en aquellas selvas sombrías, tan tristes y dolorosas en la realidad como seductoras e idílicas en las teatrales y afectadas descripciones de Bernardino de Saint Pierre. Los encomiadores de la naturaleza tropical sólo habían olvidado un pequeño detalle: que aquel paraíso del reino de las plantas es sencillamente inhabitable para el hombre...

Pero volvamos al asunto. Persuadido mi padre de que la resolución de su primogénito era inquebrantable, trató de dulcificar en lo posible mi futura suerte en las Antillas. Al efecto, procuróme cartas de recomendación para el Capitán general y otros personajes de la isla de Cuba. Confiaba en que, merced a ellas, se me destinaría a un puesto relativamente salubre, por ejemplo, a una guarnición en Puerto Príncipe, Santiago o la Habana.

Provisto, pues, de mis cartas y recibida la paga de embarque, me trasladé a Cádiz, donde debía zarpar el vapor _España_ con rumbo a Puerto Rico y Cuba. Allí nos juntamos varios compañeros, entre ellos A. Sánchez Herrero[39], a quien acompañaba su señora, y Joaquín Vela, simpático paisano y casi condiscípulo mío, pues había terminado la carrera un año antes que yo.

[39] D. Abdón Sánchez Herrero abandonó en Cuba la carrera militar y llegó, por su aplicación y talento, a catedrático de Patología médica en la Universidad de Valladolid. Después regentó esta misma cátedra en Madrid, donde murió prematuramente.

La impresión que me produjo la _tacita de plata_, con sus casas blancas, sus calles aseadas, rectas, cruzadas en ángulo recto y oreadas por la brisa del mar, fué excelente. No fué tan grata la causada por los gaditanos. Acaso por mi aire de doctrino, que invitaba a la burla, o por el hábito consuetudinario de explotar sin conciencia al forastero, ello es que, en los dos o tres días pasados en la ciudad andaluza, sólo tuve reyertas y desazones.

Ya, al salir de la estación, topé con una caterva de faquines y granujas que, sin hacer caso de mis protestas, repartióse instantáneamente mis efectos; y al llegar al hotel (recuerdo que era el _Hotel del Telégrafo_), se armó formidable trapatiesta sobre si éste llevó un paraguas, esotro una maleta, aquél un bastón y el de más allá creyó recibir la orden de cargar con el baúl, adelantándosele un compañero... Poco menos que a trompadas tuve que sosegar a aquella chusma, amén de repartir buen puñado de pesetas; y eso ante las barbas de los representantes de la autoridad, que lo tomaban todo a chacota.

Llegado el siguiente día, visité algunos comercios. Sorprendióme el escandaloso precio de las prendas de uso común: por un sombrero que en Madrid costaba veinticuatro reales, pedíanme en todas las tiendas cincuenta. Un compañero más avisado que yo me aclaró el enigma, informándome que los marchantes gaditanos estaban confabulados para saquear metódica y despiadadamente al forastero, singularmente al _indiano_, encareciendo hasta el doble el costo de las ropas, sombreros y artículos de viaje[40]. En las calles, resultaba vejatorio preguntar a un mirón o a un mozo de cuerda, porque a seguida alargaba la mano para cobrarse el servicio. Tan en las entrañas de aquella gente estaba la explotación inconsiderada del extraño, que hasta los mozos del hotel cobraban un tanto por ciento por cada viajero conducido a tiendas, cafés o casas de recreo.

[40] Si no recuerdo mal, en la jerga de la ciudad llamaban a los comerciantes confabulados la _sociedad de los guiris_. Excusado es decir que de sus redes escapaban los vecinos de la ciudad.

Para terminar con estas enfadosas sacaliñas, referiré lo que me ocurrió al embarcarme. Ajusté un bote en el puerto para abordar el vapor, y hacia el comedio de la travesía, se me plantó el patrón. Y dejando los remos, me advierte «que por reinar furioso levante debía yo, según tarifa, abonarle el doble y por adelantado». A todo esto faltaba media hora escasa para la salida del trasatlántico. Exasperado por el cinismo del patrón y harto de sonsacas y burlas, fuíme derecho al _truchimán_, y agarrándole por el cuello le grité con voz colérica: «¡O rema usted con toda su alma, o le rompo ahora mismo el bautismo!...» Por fortuna, al sentir las rudas caricias de mis puños, amansóse el granuja, tornando con ardor a la faena y murmurando «que todo había sido pura broma». El terrible _levante_ se había desvanecido en un santiamén.

Supongo que, desde tan remota fecha, las cosas habrán cambiado mucho, y que las autoridades locales, celosas del buen nombre de la ciudad y atentas a la salvaguarda de sagrados intereses económicos, se habrán dado maña para desterrar tamaños excesos. Porque estas cosas, que parecen pequeñas, tienen suma trascendencia para la prosperidad de un emporio comercial. En cuanto a mí, quedé tan escarmentado, que jamás, ni aun habiendo pasado después varias veces en mis jiras andaluzas cerca de la patria de Columela, he sentido tentación de visitarla. Hay abusos que no se olvidan jamás.

Y cuando me dijeron después que toda la actividad comercial y marítima de Cádiz había sido absorbida por Barcelona, siendo poquísimos los barcos nacionales y extranjeros que hacían escala en aquella ciudad, encontré semejante resultado la cosa más natural del mundo.

[Ilustración]

CAPÍTULO XXIII

Llegada a la Habana. -- Soy destinado al hospital de campaña de «Vista Hermosa». -- Enfermo, al poco tiempo, de paludismo. -- Aprovecho mi forzada quietud para aprender el inglés. -- Mi dolencia se agrava y se me concede licencia para convalecer en Puerto Príncipe. -- Iniciada mi mejoría, soy destinado a la enfermería de San Isidro en la «Trocha del Este». -- La vida en la Trocha. -- Música a la luz de la luna. -- Mis cándidos quijotismos me impulsan a corregir abusos administrativos, y sólo consigo que me empapele el jefe de la fuerza.

La travesía hasta _Puerto Rico_ y _Cuba_ hízose con mar bella y excelente humor. Por entonces la _Compañía Trasatlántica_ de Comillas daba buen trato, y no faltaban a bordo distracciones, sin contar la murmuración, socorrido recurso de todos los pasajes. Pero a mí me han interesado siempre muy poco las chinchorrerías y comadreos. De día concentraba mi atención en el magnífico espectáculo del mar: el vuelo de las gaviotas, la persecución de los tiburones, el salto de los peces voladores y esas como flores flotantes, de aspecto gelatinoso y sutil, que se llaman _medusas_, _sifonóforos_, etc., etc. Llegada la noche, me abismaba en la contemplación de aquel cielo, cuyas constelaciones se renovaban conforme nos aproximábamos al ecuador. Hasta en el negro oleaje encontraba sorpresas cautivadoras. En noches de calma no se limitaba a copiar pasivamente las luces del firmamento, sino que irradiaba profundos y misteriosos fulgores. Y mi curiosidad infantil se embelesaba persiguiendo la estela fosforescente dejada por enjambres de _noctilucos_, excitados por la formidable sacudida de la hélice. Como se ve, mi afán de nuevas impresiones íbase satisfaciendo.

Hacia el día décimosexto de la navegación surgió muy de mañana la ciudad de San Juan de Puerto Rico, con su imponente fortaleza militar y su blanco caserío, dispuesto en pintorescas graderías. Impaciente por pisar la tierra descubierta por Colón, aproveché el alto del vapor para corretear la ciudad y la campiña inmediata, donde observé sorprendido algunas muestras de la flora tropical. En fin, reanudado el viaje, dos días después arribamos a la Habana.