Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)

Part 18

Chapter 183,802 wordsPublic domain

_Manía gimnástica._--Criado en los pueblos y endurecido al sol y al aire libre, era yo a los dieciocho años un muchacho sólido, ágil y harto más fuerte que los señoritos de ciudad. Ufanábame de ser el más forzudo de la clase, en lo cual me engañaba completamente. Harto, sin duda, de mis bravatas, cierto condiscípulo[32] de porte distinguido, poco hablador, de mediana estatura y rostro enjuto, invitóme a luchar _al pulso_, ejercicio muy a la moda entre los jóvenes de entonces. Y, con gran sorpresa, advertí que mi contrincante me dominó fácilmente. Mi amor propio sufrió profunda humillación. Quise averiguar cómo había adquirido mi rival aquella fortísima musculatura, y me confesó ser ferviente cultivador de la gimnasia y de la esgrima. «Si en hacer gimnasia consiste el tener fuerza --contesté con arrogancia--, continúa preparándote, porque antes de cuatro meses habrás sido vencido.» Una sonrisa escéptica acogió mi baladronada. Pero yo poseía un amor propio exasperado, y el bueno de Moriones no sabía con quién trataba.

[32] Mi contrincante fué José Moriones, sobrino del general de este nombre, temperamento caballeresco y excelente camarada. Ingresó, como yo, en Sanidad Militar, donde hizo brillante carrera.

Al día siguiente, y sin decir nada a mi padre, presentéme en el gimnasio de Poblador, situado entonces en la Plaza del Pilar. Después de algunos regateos, convinimos en cambiar lecciones de fisiología muscular (que él deseaba recibir para dar a su enseñanza cierto tono científico), por lecciones de desarrollo físico. Gracias a este concierto, mi padre, que no debía desembolsar un cuarto, ignoró que su hijo se había agenciado una distracción más.

Comencé la labor con ardor extraordinario, trabajando en el gimnasio dos horas diarias. Además de los ejercicios oficiales, me impuse cierto programa progresivo, ora añadiendo cada día peso a las bolas, ora exagerando el número de las contracciones en la barra o en las paralelas. Y sostenido por una fuerza de voluntad que nadie hubiera sospechado en mí, no sólo cumplí mi promesa de triunfar del amigo Moriones, sino que antes de finar el año vine a ser el joven más fuerte del gimnasio. Poblador estaba orgulloso de su discípulo, y yo entusiasmado al reconocer cuán fácilmente habían respondido mis músculos al estímulo del sobretrabajo.

Mi aspecto físico tenía poco del de Adonis. Ancho de espaldas, con pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de 112 centímetros. Al andar, mostraba esa inelegancia y contoneo rítmico característicos del Hércules de feria. A modo de zarpas, mis manos estrujaban inconscientemente las de los amigos. El bastón, transformado en paja a causa de mi sensibilidad embotada, debió ser sustituído por desaforada barra de hierro (pesaba 16 libras), que pinté al óleo, imitando un estuche de paraguas. En suma, vivía orgulloso y hasta insolente con mi ruda arquitectura de faquín, y ardía en deseos de probar mis puños en cualquiera.

De aquella época de necio y exagerado culto al _biceps_ guardo dos enseñanzas provechosas: Es la primera la persuasión de que el excesivo desarrollo muscular conduce casi indefectiblemente a la insolencia y al matonismo. Hace falta ser un ángel para enfrenar de continuo fibras musculares hipertróficas inactivas, ansiosas, digámoslo así, de empleo y justificación. Y como no es cosa de servirse de ellas cargando fardos, se experimenta singular inclinación en utilizarlas sobre las espaldas del prójimo. Con las energías corporales ocurre lo que con los ejércitos permanentes: la nación que ha forjado el mejor instrumento guerrero acaba siempre por ensayarlo sobre las naciones más débiles o harto descuidadas.

La segunda enseñanza fué averiguar un poco tarde que el ejercicio físico en los hombres consagrados al estudio debe de ser moderado y breve, sin traspasar jamás la fase del cansancio. Fenómeno vulgar, pero algo olvidado por los educadores a la inglesa, es que los deportes violentos disminuyen rápidamente la aptitud para el trabajo intelectual. Llegada la noche, el cerebro, fatigado por el exceso de las descargas motrices --que parecen absorber energías de todo el encéfalo--, cae sobre los libros con la inercia de un pisapapeles. En tales condiciones, parece suspenderse o retardarse la diferenciación estructural del sistema nervioso central; diríase que las regiones más nobles de la _substancia gris_ (las esferas de _asociación_) son comprimidas y como ahogadas por las regiones motrices (centros de _proyección_). Tales procesos compensadores explican por qué la mayoría de los jóvenes sobresalientes en los deportes y demás ejercicios físicos (hay excepciones) son poco habladores y poseen pobre y rudo intelecto.

Yo estuve a punto de ser víctima irremediable del embrutecimiento atlético. Y aun creo que ciertos defectos mentales tardíos, de que nunca he logrado corregirme, representan el fruto de aquella funesta manía acrobática. Por fortuna, las enfermedades adquiridas más tarde en Cuba, debilitando mi sangre y eliminando sobrantes musculares, trajéronme a una apreciación más noble y cuerda del valor de la vida.

El prurito de lucir el esfuerzo de mi brazo me arrastró más de una vez, contra mi temperamento nativamente bonachón, a parecer camorrista y hasta agresivo. Deseo referir una aventura típica, que retrata bien, aparte los efectos de mi energía física, el estado de espíritu de aquella generación candorosamente romántica y quijotesca.

Vivía en la calle del Cinco de Marzo cierta bellísima señorita de rostro primaveral, realzado por grandes ojos azules. A causa del clasicismo impecable de sus líneas y de la pompa discreta de sus formas, llamábamosla la _Venus de Milo_. Varios estudiantes rondábamos su calle y mirábamos su balcón, sin que la candorosa niña se percatara, al parecer, del culto platónico de que era objeto.

Más que amor verdadero, sentía yo hacia ella admiración y entusiasmo. Era el arquetipo, la hermosura ideal, el excelso modelo de diosa que, de ser posible, hubiera trasladado al lienzo, con veneración y recogimiento casi religiosos. Mis sentimientos fueron tan respetuosos y platónicos, que jamás osé escribirla. Mi pasión --si tal puede llamarse aquel singular estado sentimental--, se satisfacía plenamente mirándola en el balcón o en la calle, o contemplando cierta fotografía que, mediante soborno, me procuró un aprendiz del establecimiento fotográfico de Júdez. Sólo una vez la hablé, y no a cara descubierta, sino disfrazado por Carnaval, y aprovechando cierta fiesta celebrada en la plaza de toros. Parecióme joven discreta y de bastante instrucción. Habiéndola oído celebrar las bellezas del Monasterio de Piedra, le remití por correo un precioso álbum de fotografías de aquel admirable lugar, álbum que yo guardaba cual tesoro inestimable. Ni siquiera tuve el valor de dedicarle el obsequio.

Cierta noche paseaba yo, como de costumbre, por la referida calle del Cinco de Marzo, haciendo sonar aparatosamente en las aceras mi formidable garrote, cuando vino a mi encuentro un joven de mi edad, macizo, cuadrado y robusto. Sin andarse con presentaciones ni andróminas, el tal sujeto prohibióme terminantemente pasear la calle donde vivía la señora de nuestros coincidentes pensamientos, so pena de propinarme monumental paliza. Ante tanta audacia, mi dignidad de perdonavidas quedó asombrada. No conocía a mi rival; pero al notar sus arrestos, caí en la cuenta de que debía ser un tal M., alumno de la carrera de Ingenieros, el cual, a fuerza de repartir garrotazos, había llegado a ser dueño casi exclusivo del cotarro.

Naturalmente, habríame creído deshonrado accediendo a tan descortés invitación; de ello hubieran protestado, además de la negra honrilla, los millones de fibras musculares inactivas que deseaban lucirse a poca costa. Quedó, pues, concertado un lance a estacazo limpio, que se había de efectuar aquella misma noche en los sotos del Huerva. Por cierto que las frases altivas cambiadas entre ambos campeones mientras caminaban río arriba, en dirección del campo del honor, fueron tan fanfarronas como risibles.

--¿Qué carrera cursa usted? --interrogó mi adversario.

--Estudio la de Medicina y pienso graduarme el próximo año.

--¡Lástima que esté usted tan adelantado!...

--¿Y usted? --pregunté yo a mi vez un tanto escamado.

--Me preparo para la de Ingenieros de caminos, y pienso ingresar este mismo curso.

--Menos mal --repliqué yo, devolviéndole la zumba.

En estas y otras arrogancias, llegamos al terreno. Nos despojamos de los abrigos. En vista de la desigualdad de los garrotes (he dicho que el mío era una barra), convinimos en acometernos a puñetazo limpio, debiendo considerarse vencido quien primeramente fuera derribado. Era una especie de lucha greco-romana, según se estila ahora, aunque sin tantos miramientos. Nos cuadramos, y acordándome yo sin duda de los ingleses al comenzar la batalla de Fontenoy, exclamé: «Pegad primero, caballero M.».

Ni corto ni perezoso, mi contrincante me asestó en la cabeza tres o cuatro puñetazos estupefacientes que levantaron ronchas y me impidieron después encasquetarme el sombrero. Por dicha, disfrutaba yo entonces de un cráneo a prueba de bombas y soporté impertérrito la formidable embestida. Llegado mi turno, tras algún envión de castigo, cerré sobre mi rival, levantéle en vilo y, rodeándole con mis brazos de oso iracundo, esperé unos instantes los efectos quirúrgicos del abrazo. No se hicieron esperar: la faz de mi adversario tornóse lívida, crujieron sus huesos y, perdido el sentido, cayó al suelo cual masa inerte. Al contemplar los efectos de mi barbarie, sufrí susto terrible, pues sospeché que lo había asfixiado o que, por lo menos, le había producido alguna grave fractura.

No fué así, afortunadísimamente. Movido a compasión y arrepentido de mi brutalidad, socorríle solícito y tuve la alegría de verle salir de su aturdimiento y recobrar el resuello. Ayudéle a levantar y vestir; limpié su ropa, manchada con la arena húmeda del Huerva, y sus labios, enrojecidos por la sangre; y en vista de que caminaba difícilmente, ofrecíle mi brazo y le acompañé hasta su casa.

Antes de entrar en ella, mi rival balbuceó con acento de triste resignación: «Puesto que me ha vencido usted, renuncio a mis pretensiones y queda usted dueño del campo». «No hay tal», repliqué, haciendo alarde de generosidad y nobleza. «Disputamos sobre la posesión de algo que carece de realidad. Ni usted ni yo nos hemos declarado al objeto de nuestras ansias. Escribámosle sendas cartas. Que ella decida entre los dos, si desea decidirse.» Al verme tan razonable y desinteresado, excusó anteriores arrogancias, confesándome que aquella mujer le tenía sorbido el seso. Estaba decidido a casarse con ella en cuanto acabara la carrera.

Días después M., repuesto ya del lance, volvió a la calle, saludóme afectuoso y me dijo con aire de profunda amargura:

--He sabido una cosa tremenda, que me ha contrariado extraordinariamente: la señorita X, a quien creíamos pobre, posee una dote de 50.000 duros. Desisto, pues, con hondísima pena, de mis pretensiones. Si la escribo y acepta mi pretensión, ¿no pensarán todos que le hago la corte por codicia?

--Tiene usted razón --respondí, consternado--. Abandonemos una empresa imposible.

Y, en efecto, no volvimos a pensar en la famosa Venus de Milo[33].

[33] A mi vuelta de América, supe con sorpresa que la _Venus de Milo_, tan admirada y solicitada por su milagrosa hermosura, no llegó a casarse, aunque tuvo ventajosísimos pretendientes. Una tisis galopante la arrebató en la flor de la edad. ¡Ella, que era un modelo de sana belleza y de salud moral!... ¡Convengamos en que los microbios saben escoger!

¡Así éramos entonces!... Entre los jóvenes de hoy, ¿habrá alguno que no encuentre ridículo o imbécil nuestro candor?

M. y yo acabamos por ser excelentes camaradas. Gran celebrador de mis músculos, quiso conocer el secreto de su fuerza. Y cuando le señalé el gimnasio de Poblador, acudió a él lleno de entusiasmo. Mi rival de un día transformóse a su vez en formidable atleta. Algo taciturno, sumamente formal y discreto, ferviente cultivador de las matemáticas, M. acabó brillantemente su carrera de ingeniero[34].

[34] Mi amigo M. vive todavía, y figura hoy entre los jefes más prestigiosos del Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Si lee estas líneas, ¡cuánto se reirá de aquellas chiquilladas!

A riesgo de incurrir en pesadez, paso a referir brevemente otros dos pequeños éxitos de vanidad muscular. Sírvame de disculpa la devoción, hoy muy a la moda, hacia la llamada _cultura física_.

Ocurrió el primer lance en el pueblo de Valpalmas, que visité a los veinte años, encargado por mi padre de cobrar algunos créditos atrasados. Alojéme en casa de antiguo amigo de mi familia, el Sr. Choliz, comerciante rumboso que me colmó de atenciones y agasajos. Cumplida en parte la comisión, fuí invitado a presenciar las fiestas, que se inauguraban dos días después. Conforme a usanza general en Aragón, los festejos proyectados consistían en carreras a pie y en sacos, cucañas, funciones de _piculines_ (saltimbanquis), juegos de la barra y de pelota, etc.

Mi afición a los deportes me llevó cierta mañana a presenciar el airoso y viril juego de la barra, celebrado al socaire del alto muro de la iglesia; y cuando más embebido estaba en el espectáculo, uno de mis acompañantes me dijo con sorna:

--Éstos no son juegos _pa_ señoritos... _Pa_ ustedes el dominó, el billar, ¡y gracias!...

--Está usted equivocado --le respondí--. Hay señoritos aficionados a los ejercicios de fuerza, y que podrían, con algo de práctica, luchar dignamente con ustedes.

--¡Bah! --continuó el socarrón--. _Pa_ manejar la barra son menester manos menos finas que las de su _mercé_. La _juerza_ se tiene manejando la azada y dándole a la dalla.

Y cogiendo el pesado trozo de hierro, me lo puso en las manos, diciendo: ¡_Amos_ a ver qué tal se porta el _pijaito_!...

Picado en lo más vivo del amor propio, empuñé enérgicamente la poderosa barra, me puse en postura, y haciendo formidable esfuerzo, lancé el proyectil al espacio. ¡Sorpresa general de los matracos!: contra lo que se esperaba, mi tiro sobrepujó a los más largos.

--¡Caray con el señorito y qué nervios tiene!... --exclamó un mirón.

Pero mi guasón, mozo fornido y cuadrado, no dió su brazo a torcer; antes bien, haciendo una mueca desdeñosa, añadió:

--¡Bah!... Esto es _custión d’habilidá_... Probemos algo que se pegue al riñón. ¿A que no se carga usted _tan siquiera_ una talega de trigo? (cuatro fanegas).

Al llegar a este punto, mi orgullo de atleta, contenido hasta entonces por consideración al huésped y a los acompañantes, se sublevó del todo. Y a mi vez osé interrogarle:

--Y usted que presume de bríos, ¿cuánto peso carga usted?

--_Pus_ estando _descansao_ no me afligen siete fanegas. Pero los más forzudos del pueblo _pueden_ con el cahiz (ocho fanegas).

--Venga, pues, ese cahiz de trigo y veamos quién de los dos _puede_ con él.

Formóse corro, acudió el alcalde, y de común acuerdo, nos trasladamos a casa de cierto tratante, en cuyo _patio_ (portal) yacían muchos sacos de trigo. Buscóse una saca de grandes dimensiones; se midieron a conciencia las ocho fanegas, aferré con ambos brazos la imponente mole, y merced a poderoso impulso, el señorito de cara pálida y huesosa cargó con el cahiz. ¡Me porté, pues, como un hombre!... En cambio, mi zumbón no pasó de las siete consabidas fanegas.

El asombro de los matracos llegó al colmo. A los ojos de aquellos labriegos, adoradores de la fuerza bruta, adquirí de repente enorme prestigio. Y el triunfo sobre mi contrincante se celebró alegremente con baile y _lifara_ (alifara) al aire libre. Por cierto que en la clásica jota tomaron parte mozas arrogantes con quienes de niño había yo correteado y jugado a los pitos. Algunas de ellas me dirigían miradas que parecían caricias.

La otra hazaña gimnástica tuvo carácter acrobático. Cierta noche en que toda mi familia regresaba tarde del teatro, se encontró con que, por extravío de la llave del portal, no podía entrar en casa. Era domingo, la una de la madrugada y desesperábamos de encontrar cerrajero. En un santiamén trepé a los balcones del primer piso, afianzándome en las rejas del entresuelo; me deslicé temerario por las cornisas de la fachada; abrí después un balcón; penetré en la habitación, y en fin, abrí la puerta por dentro. Mi arrojo y serenidad hallaron aquella noche gracia a los ojos de mis padres, que veían recelosamente mi creciente ardor por la gimnasia.

_Manía filosófica._--Después de la chifladura gimnástica caí, por reacción compensadora, en la locura filosófica. Diríase que las pobres células cerebrales de _asociación_, postergadas por el cultivo excesivo de las motrices, invocaban a gritos su derecho a la vida. Amainé, pues, poco a poco en mi necia vanidad atlética, echando de ver, al fin, que había cosas harto más respetables y apetecibles que el alarde de la fuerza bruta. Aun en el terreno de la competición personal, acabé por encontrar más meritorio reducir a un adversario con razones que con trompadas. Volví, pues, a mis abandonados libros de filosofía. A los volteos acrobáticos sucedieron las piruetas dialécticas. En mi afán de saber cuanto acerca de Dios, el alma, la substancia, el conocimiento, el mundo y la vida habían averiguado los pensadores más preclaros, leí casi todas las obras metafísicas existentes en la biblioteca de la Universidad y algunas más proporcionadas por los amigos. A decir verdad, esta _manía razonadora_ no era nueva en mí, según consta en capítulos anteriores: asomó ya durante mis estudios del Instituto; pero después de la Revolución (años de 1871 a 75) tuvo peligroso recrudecimiento.

Paréceme que por aquel tiempo esta afición no era del todo sincera; lo fué, sin duda, más adelante. Pero entonces, antes que meditar honradamente sobre tan altos asuntos, deseaba apropiarme los ardides de la sofística para asombrar a los amigos. Con este espíritu de frívola curiosidad fueron leídas, y no siempre entendidas, las obras de Berkeley, Hume, Fichte, Kant y Balmes. Por fortuna, las obras de Hegel, Krause y Sanz del Río no figuraban en la biblioteca universitaria. Yo me perecía por las tesis radicales y categóricas. Adopté, por consiguiente, el _idealismo absoluto_. A la verdad, el gallardo idealismo de Berkeley y Fichte teníanme cautivado. Ni se ha de olvidar que, por aquella época, era yo ferviente y exagerado espiritualista.

Con un ardor, digno de mejor causa, pretendía refutar, ante mis camaradas un poco desconcertados, la existencia del mundo exterior, el _noumenon_ misterioso de Kant, afirmando resueltamente que el _yo_, o por mejor decir, mi _propio yo_, era la única realidad absoluta y positiva. Como es natural, los amigos Cenarro, Pastor, Senac, Sierra y otros, a quienes mortificaba a diario con mis _latas_, se resistían a ser considerados como meros _fenómenos_ o creaciones de mi autocrático _yo_, y protestaban enérgicamente contra mis sofismas de guardarropía. En el fondo, estaba tan seguro como ellos de la objetividad del mundo; pero me seducían las paradojas y los malabarismos dialécticos.

Excusado será advertir que tan pueril juglarismo de leguleyo contribuyó muy poco a mi formación espiritual, a menos que se consideren como ganancias positivas cierta agilidad de pensamiento y algo de sano escepticismo. Sin embargo, la citada afición a los estudios filosóficos, que adquirió años después caracteres de mayor seriedad, sin transformarme precisamente en pensador, contribuyó a producir en mí cierto estado de espíritu bastante propicio a la investigación científica. De ello trataremos oportunamente.

[Ilustración]

CAPÍTULO XXII

Recién Licenciado en Medicina, ingreso en el Cuerpo de Sanidad Militar. -- Mi incorporación al ejército de operaciones contra los carlistas. -- El españolismo de los catalanes. -- Mi traslación al ejército expedicionario de Cuba. -- Coloquio entre dos camaradas ávidos de aventuras exóticas. -- Mi embarque en Cádiz con rumbo a la Habana.

En Junio de 1873, y a la edad de veintiún años, obtuve el título de Licenciado en Medicina. Creía mi padre conservarme algún tiempo a su lado, estudiando a conciencia la _Anatomía descriptiva y general_, con el objeto de tomar parte en las primeras oposiciones a cátedras de esta asignatura; pero la llamada _quinta de Castelar_, es decir, el servicio militar obligatorio ordenado por el célebre tribuno para hacer frente a la gravedad de las circunstancias políticas, malogró el programa paterno. Como todos los mozos útiles de aquel reemplazo fuí, pues, declarado soldado. Víme obligado a dormir en el cuartel, a comer rancho y hacer el ejercicio.

No duró mucho mi vida de recluta. Anunciáronse por entonces oposiciones a médicos segundos de Sanidad Militar, y decidí acudir a ellas. Si tenía la suerte de conseguir plaza, en vez de servir a la República de soldado raso, la serviría de oficial, con graduación de teniente.

Con estas esperanzas solicité, y obtuve de mis jefes, permiso para trasladarme a Madrid y tomar parte en el certamen. Estudié de firme un par de meses, y tuve la satisfacción de ganar plaza, dando con ello grata sorpresa a la familia. En los ejercicios de oposición, sin rayar a gran altura, no debí portarme del todo mal, ya que entre 100 candidatos (para 32 plazas) se me adjudicó el núm. 6. A decir verdad, lo que me prestó cierto lucimiento fué el acto de la operación, con ocasión de la cual describí minuciosa y metódicamente la anatomía de la pierna (tratábase de una amputación). En cambio, en los demás ejercicios estuve perfectamente vulgar.

Por cierto que mi falta de método en la preparación del ejercicio escrito estuvo a punto de costarme la eliminación. A causa del exceso de lectura, se me pegaron las sábanas el día de actuar, y llegué al Hospital Militar (situado entonces en la calle de la Princesa) a las ocho de la mañana, es decir, una hora después de comenzado el acto. Entretanto, el tribunal me había excluído. Gran triunfo fué conseguir la entrada en el local. A fuerza de ruegos logré al fin enternecer al bondadoso Dr. Losada, jurado del tribunal. Ya en él salón, transcurrieron más de quince minutos sin que nadie me atendiese, ni lograra que los opositores, absortos en su trabajo, me hicieran lugar para escribir. Lleno de impaciencia, y resuelto a todo, gané un trozo de mesa a fuerza de apretujones, arrebaté al más próximo unas cuartillas, y comencé a disertar sobre la _Etiología del cólera morbo_, tema que nos había tocado.

Llevaba apenas escrita una plana cuando, agotado el tiempo, dióse por concluso el ejercicio. Naturalmente, mi pobre disertación debió alcanzar pocos, o acaso ningún punto.

[Ilustración: Lám. XIV, Fig. 22.--Esta fotografía, efectuada por mí por el proceder del colodión (1873), poco antes de ingresar en el ejército, presenta algunos de mis condiscípulos y amigos, casi todos fallecidos ya.--1, C. Senac; 2, Simeón Pastor (que fué catedrático de Terapéutica); 3, Visié (que fué médico militar); 4, H. Gimeno Vizarra; 5, Félix Cerrada (actualmente catedrático de Patología general); 6, Hilarión Villuendas (ayudante del Museo); 7, Joaquín Benedicto (profesor que fué de la Escuela de Comercio); 8, Joaquín Vela (después médico militar y compañero en Cuba).]

Incidentes de este género me han ocurrido más de una vez en oposiciones, porque entre mis defectos, acaso el más grave, fué siempre la falta absoluta de método y de mesura en el trabajo.

Después de pavonearme en Zaragoza con mi nombramiento de _médico segundo_ de Sanidad Militar, y de lucir ante los camaradas envidiosos el flamante uniforme, recibí orden de incorporarme al regimiento de Burgos, de operaciones en la provincia de Lérida[35]. Esta fuerza, en unión de un batallón de cazadores, un escuadrón de coraceros y algunas baterías de artillería de campaña, componían 1.400 o 1.600 hombres, a las órdenes del simpático y caballeroso coronel Tomasetti.