Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)

Part 22

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Aún parece que le veo a la luz de la luna, amarilla la faz, abatida y triste la mirada, con el vientre hidrópico, rasgo morboso que le daba aspecto trágicamente grotesco. Puesto en el centro del corro, y apoyando su debilidad en el tronco de un árbol, lanzaba al aire con gusto y sentimiento, que nuestra hambre musical convertía en exquisitos, romanzas de Rossini y Donizetti, canciones napolitanas y aires saboyanos impregnados de penetrante melancolía. Más de una vez, gracias al humilde aventurero, olvidaba yo las tristezas de mi situación y confortaba el ánimo con las gratas emociones del arte.

Dejo apuntado más atrás, que mi dolencia tendía a empeorar. En los seis o siete meses pasados en San Isidro gocé solamente fugacísimos alivios. El hígado y el bazo mostraban tumefacción alarmante, y la temible hidropesía se iniciaba. En vano suplicaba a mi jefe técnico el doctor Grau una licencia temporal. «Carezco de personal, contestaba siempre. Resista usted cuanto pueda; cuando disponga de gente de refresco, haré un esfuerzo por reemplazarle.»

Mis esperanzas empezaban a nublarse ante aquella actitud de resistencia que tenía todo el aspecto de abandono despiadado. Y acabé por pensar que para salvarme era de todo punto preciso sustraerme lo antes posible a los efectos de aquella atmósfera deletérea.

Pero ¿cómo?... En mi situación desesperada, sólo percibí un remedio: pedir la licencia absoluta por enfermo, es decir, renunciar a la carrera militar y reintegrarme a la Península. Elevé, pues, una instancia al Capitán general, por conducto de las autoridades sanitarias de Puerto Príncipe; y cuando esperaba ansiosamente el resultado, informóme un amigo de que en la capital del Camagüey se negaban a tramitar mi solicitud. Mi piadoso jefe el doctor Grau creyó, sin duda, que mi decaído organismo podría tirar unos meses más...

Debo la vida a cierto caballeroso brigadier, de cuyo nombre, ¡oh ingratitud!, no puedo hacer memoria. Dejo expuesto ya que las trochas como recurso defensivo habían caído en descrédito, si bien nadie quería cargar con la responsabilidad de suprimirlas. Por iniciativa del Capitán general, efectuóse al fin una jira de inspección a dichas líneas militares. Y el citado brigadier, a quien tocó visitar la del _Bagá_ o del _Este_, donde yo me encontraba, impresionóse tan vivamente al reconocer el mal estado de los soldados y la muchedumbre de enfermos inútiles, que ordenó destruir inmediatamente los fortines y retirar las guarniciones. Compadecido de mi estado, y noticioso de que mi solicitud de licencia habíase atascado, quizás intencionadamente, en la capital del distrito, tomó sobre sí el encargo de cursarla personalmente, prometiéndome además acelerar todo lo posible la resolución del Capitán general.

Disuelta la trocha del Bagá, fueron los enfermos concentrados en diversos hospitales, singularmente en el de San Miguel, adonde fuí yo a parar, esta vez no como médico director, sino como modesto _caso clínico_.

Allí, en un destartalado pabellón destinado a los oficiales enfermos, pude una vez más reconocer la irremediable ineficacia de la caridad oficial. Aun en los establecimientos benéficos mejor organizados, el doliente siéntese siempre algo abandonado material y espiritualmente; fáltale siempre esa tierna y vigilante solicitud de que sólo la madre o la esposa poseen el secreto. Por imperio del hábito, hermanas de la caridad, enfermeros y practicantes adquieren pronto cierta insensibilidad ante el dolor ajeno, amén del acompasamiento rutinario que el egoísmo del enfermo atribuye a la indiferencia o al despego. Además, el paciente ansía privilegios; quisiera ser foco de la general preocupación; hallar, en fin, en torno suyo el suave afecto de sensibilidades vírgenes, no embotadas aún por la diaria batalla contra el dolor. Pero ello es casi imposible, como lo es también que las angustiosas peripecias de la enfermedad se ajusten a los horarios administrativos.

Por mi parte, acostumbrado a ser bastante mal atendido en San Isidro, soportaba con relativa resignación mi soledad sentimental. No así mis vecinos inmediatos, entre ellos cierto teniente coronel, de carácter violento, el cual juraba y se exasperaba cuando las hijas de la caridad no acudían inmediatamente a sus apuros. En su irritación, dicho jefe --enfermo de tuberculosis grave-- dió en la manía de llamar a tiros de revólver... Por cierto que al oir la primera vez el estampido, creímos todos que se había suicidado o que había herido a algún enfermero demasiado gandul. Yo procuraba calmarle y, en la medida de mis posibilidades físicas, acudía a sus llamadas para apagar su sed devoradora y administrarle medicinas.

Transcurridas algunas semanas, mejoré lo bastante para abandonar el Hospital y trasladarme a Puerto Príncipe. Gracias a mi brigadier bienhechor, la nueva instancia había surtido efecto. Mas para obtener la licencia absoluta a título de inutilizado en campaña, era requisito inexcusable sufrir reconocimiento facultativo. Efectuóse, pues, en Puerto Príncipe, dando por resultado el diagnóstico de _caquexia palúdica grave_, incompatible con todo servicio.

Cumplida tal formalidad, y noticioso de que el Capitán general accedía al _adelanto_ de la licencia[46], tomé la vuelta de la Habana, donde debía cobrar mis atrasos, obtener el pasaporte y esperar el vapor.

[46] La orden de anticipo de la licencia absoluta se expidió con fecha de 15 de Mayo de 1875. El pasaporte es de 21 de Mayo de 1875; en él se hace constar que, hallándome enfermo, mi traslado a la Península corre a cargo de la Administración militar.

Como _inutilizado en campaña_ tenía derecho a pasaje gratuito. Pero mis apuros económicos eran grandes. Se me debían ocho o nueve pagas. A causa de la orgía administrativa reinante, corría riesgo de pasar en la Habana un par de meses, ocupado en la liquidación de mis haberes, cuando precisamente mi estado exigía la más rápida repatriación.

A fin de prevenir tan grave contratiempo, un mes antes tuve la previsión de escribir a mi padre. En la carta pintábale sinceramente mi aflictiva situación y le rogaba el envío de dinero. Llegada la letra, y ya más tranquilo, consagréme a gestionar del Habilitado el cobro de mis atrasos. Al pronto rehusó pagarme, a pretexto de que la consignación del último trimestre no había sido hecha efectiva; pero, a fuerza de súplicas y porfías, conseguí liquidar mis haberes, no sin dejar en las garras del aprovechado funcionario un 40 y hasta un 50 por 100 del importe de aquéllos. Así y todo junté cerca de 600 pesos, con que enjugué pequeñas deudas, y adquirí lo necesario para el viaje de retorno.

[Ilustración]

CAPÍTULO XXV

Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi dolencia. -- Mi regreso en el vapor _España_. -- Cadáveres de soldados arrojados al mar. -- Tahures trasatlánticos. -- El amor y el paludismo. -- Vuelta al estudio de la Anatomía.

Días antes de zarpar el vapor, y cuando obraban en mi poder el pasaporte y el billete para el viaje, sufrí un ataque de disentería aguda. ¡Un naufragio a la vista del puerto!... ¡Qué angustias devoré al verme nuevamente postrado en el lecho, sin amigos que me atendieran, y precisamente en el ansiado momento de la liberación!...

Por fin, la Providencia apiadóse de mí. Y aprovechando, impaciente, cierta débil mejoría, embarquéme precipitadamente en el vapor _España_ con rumbo a Santander. Conmigo abandonaron la Isla también muchos soldados inutilizados en campaña. Los infelices estaban enfermos como yo; pero, más desventurados, viajaban en tercera, hacinados en montón y sometidos a régimen alimenticio insuficiente o poco reparador. Yo me complacía en cuidarlos, procurándoles medicamentos y alentando sus esperanzas. Algunos de aquellos desgraciados hijos del pueblo fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo contemplar con el alba el lanzamiento de los cadáveres al mar!... Por fortuna, otros enfermos mejoraban a ojos vistas. Al alivio cooperaban la pureza del aire y la ausencia de nuevas infecciones; pero obraban con superior eficacia estos dos supremos tónicos espirituales: la esperanza de ver pronto el sol de la patria, y la alegría de incorporarse al seno de la familia.

Yo fuí uno de los rápidamente aliviados por el ambiente puro del mar. A mi arribo a Santander era otro hombre: comía con apetito, estaba sin fiebre y podía corretear por la ciudad montañesa. ¡Me había salvado!... Quedábame sólo cierta demacración alarmante y la palidez pajiza de la anemia.

Después de ofrecer semejante cuadro de tristeza, bien será dar una nota amena. Fué nuestro país siempre el fecundo solar del hampa y de la picaresca. Quevedo podría escribir hoy, si resucitara, sus más graciosas jácaras. En esto no hemos degenerado todavía. Por consiguiente, en un trasatlántico español, donde se dan cita todas las clases sociales, no podían faltar, además de hembras de vida alegre y ejemplares típicos de petardistas de oficio y empleados concusionarios, algunos genuinos representantes de aquella castiza fullería tan perfectamente retratada por nuestros escritores del siglo de oro. Tocóme precisamente ser compañero de camarote de uno de estos jugadores de ventaja, el cual no tenía más ocupación ni granjería que ir y venir continuamente de España a Cuba, a fin de limpiar, en unión de otros compinches y con los mejores modos posibles, la bolsa de los _indianos_ opulentos, de los comerciantes con ahorros y de los jefes y generales con pacotilla.

Nuestro elegante tahúr viajaba siempre en primera, lucía en sus dedos enormes solitarios, colgaba el reloj de aparatosa leontina y vestía con esa fastuosidad presuntuosa y cursi característica del plebeyo enriquecido. Desde el primer día fingió compadecerse de mi desgracia; y deseando protegerme y proporcionarme distracciones adecuadas a mi estado, invitóme amablemente a una partida de banca, en la cual, gracias a las habilidades de mi generoso mentor, debía yo ganar infaliblemente.

--Yo no tallo nunca --decíame con ademán modesto--; limitóme no más a apuntar a una carta pequeñas cantidades. Sólo cuando a las cuatro o cinco manos conozco, por las señales del dorso, unos cuantos naipes --y éste es mi secreto--, hago puestas de importancia, ganando siempre.

Y, como yo moviera la cabeza en señal de incredulidad, añadió:

--¡No sea usted criatura!... En cuanto me vea usted cargar de firme a una carta, acompáñeme con lo que tenga. De seguro que en una sesión se gana usted tres o cuatro mil pesos.

Excusado es decir que mi ladino consejero perdía lastimosamente el tiempo. Aparte el recelo que siempre he sentido hacia las personas deseosas de protegerme, sin saber a punto fijo si merezco su protección, jamás he tenido la superstición de la _suerte_. Ni sentí nunca eso que Virgilio calificaba con la tan sobada expresión: _auri sacra fames_. En mi sentir, los negocios de la vida marchan y se desenlazan con arreglo a una lógica inexorable y absolutamente limpia de toda influencia mística.

Pensaba, y pienso además, que sólo existe una fuente racional y segura de prosperidad económica: el trabajo intenso, fecundado por la cultura intelectual. Lejos de compadecer al perdidoso en el juego, le considero como estafador frustrado, o cual gandul codicioso, a quien todos deberíamos desear, con la ruina fulminante, el definitivo ingreso en la categoría profesional de faquín, mandadero o chulo, categoría de que le apartaron el azar de un apellido ilustre o ventajas sociales inmerecidas.

Pronto me felicité de mi desconfianza. Varios comerciantes ricos, invitados como yo a _coincidir_ en las puestas con el citado gancho, quedaron perfectamente desplumados. Los infelices habían liquidado en pocas sesiones de timba veinte años de trabajo honrado y de austeras economías. A uno de ellos tuvimos que costearle hasta el bote que le condujo al muelle. El pobrete perdió 15 o 20.000 duros, caudal con que pensaba establecerse en su pueblo y hacer la felicidad de la familia.

Mi llegada a Santander debió ocurrir hacia el 16 de Junio de 1875. Una nube de mujeres nos rodeó, disputándose nuestros equipajes. Impresionóme muy agradablemente el paisaje de la Montaña, cuya frondosa vegetación sólo hallé comparable con la de Cuba. Por referencias de varias personas supe con disgusto que España sólo poseía una estrecha faja de clima francamente europeo: desde el litoral cantábrico hasta la cordillera limitante de las altas mesetas castellanas. El resto deja no poco que desear, desde el punto de vista del régimen pluvial[47].

[47] Más adelante (creo que en 1876) hice breve excursión al Mediodía de Francia en compañía de antiguo camarada (hijo del Sr. Choliz, de Valpalmas), que se educaba en Oloron para el comercio. Penetramos en el territorio galo por Sumport y visitamos Pierrefitte, Oloron y Pau. La sorpresa recibida al contemplar la excepcional riqueza del suelo francés fué indescriptible. Al observar aquellos frondosos trigales, donde podía ocultarse un hombre puesto de pie; las praderas, verdes y mojadas hasta en Agosto; los frutales y hortalizas prosperando sin riego; la holgura y bienestar del campesino, cuyas aseadas y cómodas viviendas tanto contrastan con la ruindad y pobreza de las habitadas por nuestros labriegos; la proximidad y riqueza de villas y ciudades populosas, etc., tuve por primera vez la melancólica visión de las causas físicas de la secular debilidad de España. Sólo entonces empecé a comprender su accidentada historia y a explicarme, no su decadencia (porque esto constituye mero tópico gratuito de neos y progresistas), sino su radical impotencia para luchar, tanto en el terreno de las armas como en el de la concurrencia científica, industrial y comercial, con la próspera y poderosa Francia y demás naciones europeas, que gozan de geografía y meteorología más afortunadas.

De paso para Madrid, visité Burgos, admirando su maravillosa catedral y sus interesantes monasterios de las _Huelgas_ y de la _Cartuja_. Y después de descansar un par de días en la Corte, tuve al fin la indecible felicidad de regresar a Zaragoza y de abrazar a mis padres y hermanos. Halláronme amarillo, demacrado, con un aspecto doliente que daba pena. ¿Qué hubieran dicho si me contemplan dos meses antes?...

Aunque no recobré la antigua _pujanza_ ni logré sacudir enteramente la _anemia palúdica_, repusiéronme mucho el aire de la tierra, alimentación suculenta y los irreemplazables cuidados maternales. De tarde en tarde, recidivaba la fiebre; pero ahora la quinina mostrábase más eficaz.

Mejorado, pues, en lo posible, había que pensar en el porvenir. Debía rehacer mi vida, derivándola otra vez hacia el viejo cauce. Mi padre, enérgico siempre conmigo, continuaba señalándome el rumbo del profesorado como el ideal más conforme con mis estudios y aficiones, ya que mis disposiciones para la clínica dejaban harto que desear. Ni mi salud, bastante achacosa, consentía el esfuerzo físico que supone el servicio de la clientela urbana, donde el joven doctor debe estrenarse precisamente con clientes de cuarto piso o de guardilla.

* * * * *

A propósito de mi aspecto enfermizo y a guisa de entreacto agridulce, voy a contar el primero de mis desengaños amorosos.

Poco antes de ingresar en el Ejército, entablé relaciones con cierta señorita huérfana, agradable y bien educada. Sus cartas recibidas durante las campañas de Cataluña y Cuba constituían para mí dulce consuelo.

Regresado a España, visité inmediatamente a mi novia, que vivía al lado de su tía, único pariente que la quedaba. Recibióme bien, pero sin la efusión y alborozo esperados por mí después de cerca de tres años de relaciones y de tan prolongada ausencia. Y, en las sucesivas entrevistas, su reserva y frialdad se acentuaron de modo inquietante.

Naturalmente, dada mi situación de enfermo y licenciado distaba yo bastante de ser lo que se llama un _buen partido_. Con mi malhadado viaje a Ultramar había perdido la salud y mi carrera. Érame, pues, forzoso abrirme de nuevo camino en la vida. Y el asunto iba para largo.

Asaltáronme, por consiguiente, dudas atormentadoras acerca del verdadero estado sentimental de mi novia. ¿Era aversión, indiferencia o afecto real, aunque contenido por los mandatos de la buena educación? ¿Tendría acaso otro pretendiente?

Para disipar de una vez mi incertidumbre, resolví hacer un experimento decisivo. Las palabras fingen; pero los gestos, como instintivos que son, dicen siempre la verdad. Mi plan era tan sencillo como irreverente. Consistía en averiguar cómo reaccionaría mi prometida ante la impresión de un ósculo furtivo. Habida cuenta de su excesiva pudibundez, la prueba revestía caracteres de extrema gravedad.

Reconozco que el _beso_ deja bastante que desear como reactivo del amor. Y más tratándose de ósculos improvisados, superficiales y puramente epidérmicos. A propósito de lo cual recuerdo ahora la ingeniosa clasificación de base estrictamente anatómica dada por cierto médico francés, que apreciaba el valor sentimental del beso conforme a la siguiente gradación: besos _cutáneo-cutáneos_, besos _mucoso-cutáneos_ y besos _mucoso-mucosos_. Yo no juzgué prudente comenzar por el núm. 3.º de la escala, sino por el 1.º Así y todo, practiqué la prueba con indecible pavor. ¡Como que era el primer beso dado por mí a una mujer, no obstante mis veintitrés años cumplidos!...

Cierto día, tras largo rato de coloquio lánguido y anodino, llegó el trágico momento. Al despedirme, reuní todo mi valor; me acerqué irrespetuosamente a mi novia y estampé bruscamente en su faz el ósculo consabido...

Mi prometida palideció súbitamente; lanzó un grito de indignación y retiró rápidamente el rostro. El pudor ofendido coloreó sus mejillas, y lo que fué para mí altamente significativo, hizo gestos de instintiva repugnancia, casi de asco. Y con voz alterada exclamó: «Me ofende usted gravemente con sus audaces incorrecciones. Sepa usted que mi educación y mis creencias me impiden tolerar estas cosas; y aunque no me lo prohibieran, me lo prohibiría la prudencia, porque hay hombres tan mal caballeros que son capaces de contar en los corrillos del café las debilidades y complacencias de sus novias...»

Anonadado quedé al escuchar tan crueles palabras. Formulé algunas balbucientes excusas; le dí automáticamente la mano; dirigí melancólica mirada a aquella estancia donde habían transcurrido tantas horas felices; tomé la puerta y no volví más. ¡Para qué!...

La prueba resultó concluyente. Para aquella mujer yo era un pobre enfermo y, además, ¡quién lo pensara!, un felón. Hallaba justificado y loable que señorita virtuosa y austera repudiara manifestaciones harto expresivas de amante atolondrado; excusaba, por instintiva y profundamente humana, la repugnancia hacia el enfermo; pero al alma me llegó el que una dama me creyera tan mal caballero. Ciertas villanías sólo pueden pensarse cuando la imagen del amante apenas ocupa lugar en el corazón femenino. Además, una doncella discreta y enamorada hubiera encontrado razones más suaves e indulgentes para corregir las demasías --llamémoslas así-- de un novio de sobra impetuoso.

Más adelante supe por tercera persona que mi novia estaba completamente desilusionada. La compasión más que el amor la ligaban a su prometido. Disgustábale mi carácter, que le parecía excesivamente brusco y violento (y en ello exageraba), y desconfiaba de mi salud, harto quebrantada. Convengamos en que la perspectiva de viudez prematura en plena pobreza tiene poco de agradable. Como diría Schopenhauer, hablaba en ella el _genio de la especie_, que tiene siempre razón.

Véase, pues, cómo el _protozoario_ del paludismo contraído en servicio de la patria me dejó, primero, sin sangre, y, después, sin novia. Afortunadamente, no todas las mujeres son tan cuerdas y fríamente calculadoras. Hay también criaturas angelicales con vocación de Hermanas de la Caridad, que, antes de rechazar un rostro pálido y unos ojos hundidos, se preguntan si no sería posible y hasta éticamente bello restaurar a fuerza de ternura y maternales cuidados una salud quebrantada y devolver un hombre a la sociedad. Y frecuentemente lo consiguen.

El desengaño fué grande, pero no incurable, por fortuna. Caí pronto en la cuenta de que no estaba yo para noviazgos. Mi problema, como el problema de España, según Costa, era de _escuela y despensa_. Y de _botica_, agregaría yo. Importaba, ante todo, restaurar energías físicas perdidas; estudiar de firme y labrarme un porvenir. Y esto sólo podría conseguirse siguiendo el camino trazado por mi padre. Lo demás se me daría por añadidura.

[Ilustración: Lám. XVIII, Figs. 24 y 25.--Retratos del autor hechos en Zaragoza, repuesto ya del paludismo. El primero corresponde a la época de mi auxiliaría en la Facultad; el segundo es uno o dos años posterior (1876) y fué tomado por mi amigo H. Villuendas cuando me preparaba para oposiciones a cátedras.]

Frecuenté, pues, nuevamente el anfiteatro; reconciliéme con los abandonados libros de Anatomía e Histología y comencé mi preparación para oposiciones a cátedras.

Mientras tanto, y gracias a la buena amistad del doctor D. Jenaro Casas, se me nombró por la _Comisión mixta de estudios médicos_ Ayudante interino de Anatomía, con 1.000 pesetas de haber anual[48]. Dos años después (28 de Abril de 1877), cuando la Facultad de Medicina de Zaragoza adquirió carácter oficial, recibí el nombramiento de _Profesor auxiliar interino_, cargo que durante aquellos tiempos (la Facultad hallábase en vías de renovación) daba mucho que hacer por las numerosas cátedras vacantes. Ocasiones hubo en que tuve que explicar tres lecciones diarias. Con esos cargos y el producto de algunos repasos privados de Anatomía ganaba lo bastante para no ser enteramente gravoso a la familia.

[48] Por entonces la Facultad de Medicina de Zaragoza no era todavía oficial, estando sostenida conjuntamente por la Diputación y el Ayuntamiento. Una Comisión de concejales y diputados provinciales regía los estudios y expedía las credenciales. Mi nombramiento lleva la fecha de 10 de Noviembre de 1875.

Tenía yo nobles ambiciones. Aunque luchando con un carácter excesivamente apocado y retraído, aspiraba a ser algo, a emerger briosamente del plano de la mediocridad, a vindicar (si ello era posible) a mi patria y, dentro de mi modesta esfera, del juicio severo, tantas veces repetido por nacionales y extranjeros, de no haber colaborado en la obra magna del conocimiento científico. Y firme en este anhelo patriótico --que todos mis compañeros estimaban pura locura, cuando no pretensión petulante--, trabajé por alcanzar el modesto pasar y el ocio tranquilo indispensables para mis ambiciosos proyectos. Esta _aurea mediocritas_ cifrábase entonces para mí en la honrosa toga del maestro.

En el próximo volumen referiremos las batallas que mi candor e inexperiencia hubieron de librar hasta alcanzar el ansiado sillón de catedrático; y cómo, logrados al fin el vagar y sosiego necesarios a las tareas del Laboratorio, un pobre médico valetudinario, nada simpático y de carácter huraño y brusco, sin maestros ni protectores, vino a ser, andando el tiempo, investigador laborioso y estimado de los sabios extranjeros.

FIN DEL TOMO PRIMERO

[Ilustración]

ÍNDICE

Págs.

ADVERTENCIA AL LECTOR. III

CAPÍTULO I.-- Mis padres, el lugar de mi nacimiento y mi primera infancia. 1

CAPÍTULO II.-- Excursión tardía a mi pueblo natal. -- La pobreza de mis paisanos. -- Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de España. 7

CAPÍTULO III.-- Mi primera infancia. -- Vocación docente de mi padre. -- Mi carácter y tendencias. -- Admiración por la naturaleza y pasión por los pájaros. 17