Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 7
Y no decimos más. Nuestra filosofía histórica, sin excluir la fe en principios absolutos, nos permite remontarnos á los tiempos pasados, imbuirnos en sus creencias, vivir en ellos como si fueran presentes, juzgarlos con arreglo á su propio ideal y no con arreglo á posteriores sistemas. Nosotros no imitarémos á los furiosos iconoclastas, que para traer los tiempos del espiritualismo, demolian las bellas estatuas de los antiguos dioses; y tampoco á los frios clásicos, que para rehabilitar la naturaleza nada sentian sino la barbarie de la Edad Media bajo las bóvedas de las catedrales góticas. En nuestra doctrina filosófica no cabe el engaño de Goethe, que en Asis se extasiaba ante un templo pagano de la decadencia, y no tenía ni una mirada, ni una palabra, para el monasterio de San Francisco. No caerémos nosotros en el error de proponer como perfectos modelos hoy los pintores de la decadencia cual proponia Chateaubriand á los Carraccios en _El Genio del Cristianismo_; ni aplaudiremos las tentativas de los pre-rafaelistas por volver á los tiempos en que eran despreciadas y desconocidas las formas. El arte místico, que, sentido con verdadera ingenuidad, profesado con verdadera fe, brotando naturalmente de un alma tan pura como el alma tierna é inocente de Fra Angélico, en tiempos de suyo místicos, nos parece flor del campo cargada de inmortales esencias, en nuestro tiempo, contrahecho y recalentado por una erudicion reaccionaria, nos parece como los cuadros de Overbek, flor de trapo. Toda edad contiene la edad que la precede y la edad que ha de seguirla. Para la plenitud de nuestra vida hemos necesitado pasar por tiempos contradictorios, cuyas contradicciones sólo llegan á resolverse en las síntesis superiores de la razon universal y en el eterno seno de la humanidad. Con estos dogmas entremos un momento, entremos como peregrinos del arte; entremos como copartícipes de todas las ideas; entremos, elevándonos á su tiempo, en el santuario donde todavía se presta religioso culto á la memoria sagrada de San Francisco de Asis, de uno de los últimos cristianos, todo fe, todo bondad, todo dulzura; elocuentísimo como un tribuno antiguo, exaltado como un profeta hebreo, austero como un cenobita de la Tebaida; paciente en los infiernos del feudalismo; armado de la palabra cuando todo el mundo se armaba de hierro hasta los dientes; apasionadísimo de la naturaleza y de su hermosura en aquella general crueldad y en aquel desvío por los seres inferiores; poeta místico para quien los mundos forman como una escala que sube á los cielos y los rumores de la creacion como un _hosanna_ que alaba eternamente á Dios; dotado de intuiciones sobrenaturales y de visiones proféticas por la compasion que sentia hácia los dolores de todos los desgraciados y por el interes que tomaba en la suerte de todas las criaturas; reformador profundísimo que dedujo el sentido democrático encerrado en las páginas del Evangelio y presintió la union de todas las castas en una igualdad natural; modelo de virtudes efusivas y de caridad ardiente; un redentor en el olvido y en el sacrificio de sí mismo, en el amor á los demas, en la aceptacion de todos los dolores y de todas las penas por el bien del hombre y por la gloria del Criador, á lo cual debió que su vida fuera un holocausto como el holocausto de la Cruz, y su muerte una transfiguracion como la Transfiguracion del Tabor.
En torno suyo gravitan mundos y cielos, ciencias y artes, religion y política, todo el Universo moral. Como el sol envia luz, y en la luz calor, y en el calor electricidad, y en la electricidad magnetismo, en todo vida, la idea envia en sus irradiaciones arte, religion, poesía, todo un mundo y todo un cielo. Y como San Francisco es en sí una de las encarnaciones más bellas de la idea, San Francisco moverá con su aliento desde el ala tímida del corazon de los pequeñuelos, hasta las potentes alas de la fantasía de los artistas y del pensamiento de los sabios. Los instintos y los sentimientos, las nociones confusas y las ideas claras, las arpas de la inspiracion y los instrumentos de la ciencia, la naturaleza y el espíritu, todo el sér de una edad, lanza vagamente á los espacios de la conciencia ciertas indefinidas y vagas esperanzas, ciertos fantásticos ensueños, el vapor de las ideas que luégo viene á reunirse, á condensarse, personificándose en un solo hombre, poeta, orador, tribuno, filósofo, artista, como en Rafael se personificó la edad del Renacimiento y en Voltaire el siglo décimooctavo.
¡Misterios de la Historia! En la época de San Francisco, en el siglo décimotercio, hay dos hombres que tocan con su razon á los últimos confines de la ciencia; que llevan en su palabra encerrados los más profundos abismos del pensamiento; titanes soportando sobre sus espaldas el peso de la eternidad. Uno de ellos se llama San Buenaventura y el otro se llama Santo Tomás, el Platon y el Aristóteles de la Edad Media. Ambos á dos han penetrado en los más recónditos senos del espíritu humano y han recorrido en vuelo jamas igualado las inaccesibles alturas de lo infinito. Uno y otro han hablado de Dios y de sus atributos; de las leyes de la providencia y de las relaciones entre la criatura y su Creador; de la naturaleza del sentimiento y de la naturaleza de la idea; del conocer, del pensar, del raciocinio, de todo cuanto existe en la realidad y es dado que exista en lo posible, desde el grano de arena al orbe luminoso, desde el orbe al ángel, desde el ángel al Verbo en la doble inmensidad del infinito moral y del infinito material; y sin embargo, ni uno ni otro han logrado fundar elevada estética, que sientan así el campesino como el pintor; mover el mundo á la creacion de austera sociedad, que lleve en su seno los gérmenes de revolucion universal; suscitar desde confesores, poetas, mártires, arquitectos, pintores y escultores, hasta muchedumbres de ambos sexos dispuestas á vivir combatiendo y á morir sacrificándose por un misterioso ideal: que esa obra milagrosa ha quedado para el pobre, para el ignorante, para el insensato, para el jóven demente á quien apedreaban los chicos de las calles y de quien se reian todas las gentes acomodadas y de seso; para el iluminado San Francisco. ¿Y por qué? Tanto valdria preguntar por qué el redentor no es aquel hombre moral que despertaba la conciencia humana con su palabra sencilla y moria envenenado departiendo á los primeros resplandores del alba y á las primeras sombras de la agonía con sus discípulos sobre la existencia de Dios y la inmortalidad del alma; por qué no es el autor inmortal del Banquete y del Fedon, el que ha visto todas las cosas en las ideas y todas las ideas en el Eterno y ha hablado de lo infinito y de su luz con palabras que extasiarian á los ángeles; y sin embargo, es el oscuro judío, el nazareno desconocido en la tierra, que habla al pueblo más despreciado de todos los pueblos en la lengua más ignorada y tiene por principal inspirador el desierto y por apóstoles y por discípulos el primer publicano encontrado en las encrucijadas de los abandonados caminos y el primer pescador que tiende sus redes sobre lagos pestilentes y muertos, profesando una idea evaporada por las cenizas de Palestina, la cual ha de exhalar en aromas de incienso religioso un nuevo espíritu y ha de destruir con sus raíces nada ménos que la antigua Roma. ¡Ah! El mundo se ilumina por la inteligencia, pero se sojuzga por la voluntad; lo esclarece la idea y lo conquista el corazon. Hacen mucho los que saben pensar; pero hacen más los que saben morir. La razon es la luz; pero el amor es el fuego en que los mundos se forjan. San Francisco, como Cristo, siente la caridad y el anhelo por el sacrificio. Por eso, recorriendo las páginas de los sabios, aprendeis; y recorriendo la vida de este monje, sentís. Los teólogos podrán moveros á pensar; pero á la accion sólo os moverá esta voluntad impetuosa del milagroso cenobita. Y por el amor alcanzó en tiempos de ódio y guerra la caridad; en tiempos de aristocracias feudales la igualdad; cuando se constituian hasta los sacerdotes en soberanos, porque fuera de la dominacion terrena apénas se alcanzaba ni siquiera la autoridad moral, evangélica democracia inspirada en los más puros sentimientos cristianos, que debia contribuir á demoler las castas, á renovar la sociedad, á traer los gérmenes del espíritu moderno. Y la razon dice al par de la fe:—¡Gloria á San Francisco!—
II.
Veniamos de Terni. Acabábamos de estar en comunicacion estrecha con la Naturaleza; habiamos recorrido plantaciones de moreras, viñedos, olivares, naranjales cubiertos de blanco azahar y filas de granados cubiertos de rojas flores; verdes praderas sobre las cuales discurrian las mariposas y las abejas y los abejorros; trigos rubios cuyas espigas se doblaban al peso de los maduros granos y ondeaban al impulso de las sosegadas auras; montañas con sus cimas ceñidas de oscuras encinas y con sus laderas ornadas de claros castaños; caminos abiertos sobre los abismos y en las duras peñas desde donde se descubrian entre los celajes las dentadas cordilleras con sus picos nevados; lagos tranquilos, como el lago de Pié de Lugo, que reflejaban todos los matices del cielo y todos los bosques y aldeas de la orilla en el cristal de sus aguas; impetuosísimas cascadas, como la cascada del Velino, despeñándose de alturas vertiginosas entre breñas tapizadas de plantas acuáticas para formar trombas y torbellinos de espuma sobre cuyas blancas espirales se tendia el arco íris; maravillas inagotables de la creacion que fortifican y animan; pues en lugar de mover la actividad febril del pensamiento, como las maravillas del arte, la adormecen y la serenan, anegándonos por completo en los torrentes de la vida.
Poco despues de mediodía llegábamos al frente de Asis en hermosa tarde de Junio. No puedo describir mi entusiasmo y mi asombro. Hácia el norte, recostada sobre los peñascos, veíase la ciudad pontificia, sobre la cual se eleva fuerte castillo almenado y á cuyo oriente se extiende el gótico monasterio ostentando arcos tan fuertes y tan numerosos como los arcos de antiguos acueductos. Difícil es describir el efecto maravilloso que desde fuera, desde los alrededores, produce una de estas ciudades italianas ceñidas de verdor, cortadas á trechos por floridos jardines, ricas en monumentos, alzando sobre las hileras de sus tejados ó de sus azoteas, los botareles, las agujas, las torres, las rotondas, las pirámides, los campanarios, todos de piedras brillantísimas y preciosos mármoles, realzados y esmaltados por los reflejos de este cielo y los resplandores de esta luz, sólo comparables al cielo y á la luz de nuestra España. Parecen, más bien que realidad, imaginados cuadros; más bien que habitaciones de estos dias, habitaciones de otras edades estéticas: sus piedras cantan y murmuran con cantares y rumores inefables como un misterioso bosque; y por lo alto de los frisos y de las almenas y de las largas líneas y de las bordadas cresterías se pasean las sombras de los artistas y de los héroes y se ven subir en luminosos enjambres las ideas de otros siglos. Para sentir emociones como éstas hay que trasladarse á las orillas del Tajo y ver en la vega de Toledo, al pié del puente de Alcántara, las ruinas de la Galiana, los arcos romanos, los acueductos del artificio de Juanelo, el torreon medio derruido y los muros medio destrozados del castillo de San Servando, la crestería greco-romana del alcázar, la puerta del Sol con sus gruesas torres y sus ajimeces y sus alicatados mudejares; cuadros maravillosos, no tan admirables por su dibujo y por su color como por las ideas que evocan y los recuerdos que guardan, mostrando en breve espacio el sagrado panteon de toda nuestra historia.
Á pesar de lo mucho que Asis nos encantára al descubrirlo desde el ferro-carril, no dirigimos allá nuestros pasos; los encaminamos al monasterio de Santa María de los Ángeles, erigido en la llanura, en la vega, para abrigar la casa donde San Francisco tuviera sus primeras visiones y fundára su órden. Dos lugares he visto igualmente famosos como cuna de dos órdenes igualmente célebres. El uno es la iglesia de los Ángeles en Asis, cuna de los franciscanos; el otro es la iglesia de Montmartre en París, cuna de los jesuitas. Al ver el primero de estos lugares, la inteligencia se abre á la fe y el corazon á la esperanza, sintiendo vivamente la grandeza de aquellos hombres y participando de sus aspiraciones en la medida que puede participar el espíritu moderno; pero, al ver el segundo, se os oprime el pecho y se os nubla la inteligencia, como si cayerais en lo vacío. Y es porque en San Francisco nació una órden, que, si ha sido ya suprimida por nuestro tiempo, realizó verdaderos progresos respecto á los tiempos anteriores y contribuyó á la educacion del género humano, obra de libertad y de paz, miéntras que en Montmartre nació otra órden, que fué como una confabulacion permanente y empedernida contra todas nuestras libertades y contra todos nuestros progresos, obra de reaccion y de muerte. En la vega de Asis veis pasar ideas que han iluminado la conciencia humana y en las alturas de Montmartre sentís el roce frio en vuestras sienes de las aves nocturnas que habitan las tinieblas. Todos los progresos ¡ah! son igualmente grandes y todas las reacciones igualmente funestas en toda la redondez del planeta y en toda la sucesion de los siglos.
El monasterio de Santa María de los Ángeles tiene armoniosas proporciones. Lo ideó Vignola, y lo ideó con arreglo al gusto y al ideal de su tiempo. Los arcos romanos se suceden y sostienen sus sólidas bóvedas; la cruz latina constituye su planta; en el crucero se eleva una rotonda airosa, imitacion más ó ménos lejana de la rotonda de San Pedro; cuadros de la decadencia ornan sus altares; y la luz del dia penetra libremente por sus anchas ventanas y se refleja en sus blanquísimas paredes. El edificio peca de todo cuanto pecan los edificios de esta edad, nuestro Escorial tambien, por sobra de ciencia matemática y falta de inspiracion religiosa. Para mayor desgracia, los terremotos frecuentísimos en esta tierra volcánica lo han tristemente lastimado y las recomposiciones sucesivas no han sabido restaurarlo. Pero allí, en medio de la iglesia, bajo la rotonda, se eleva, conservado por la piedad, el humilde tugurio, más que casa choza de pobre argamasa, de piedras toscas, de estrechas puertas y ventanas, donde San Francisco meditó, ayunó, rezó, padeció, lloró hasta el extremo de ver al traves de sus lágrimas reproducida la tragedia del Calvario y á Cristo agonizando en lo alto de la Cruz, con sus llagas abiertas, sus ojos extintos, sus labios cárdenos al dolor y á la agonía. Hoy no tiene el esplendor de otros tiempos. Estos monumentos, miéntras pasan por la fe, brillan, y cuando la fe les falta, se oscurecen; como esos meteoros que son estrellas en los aires y toscos pedruscos al tocar al suelo. Pero confieso que me sobrecogí con religioso respeto, que me extasié como si estuviese fuera de mí mismo al tocar aquellas piedras, á traves de cuyo frio sentíase aún el calor del alma que las habia penetrado mil veces de pena con su oracion y sus sollozos. Confieso que me pareció ver una de esas zonas misteriosas que anuncian las trasformaciones del espíritu humano, especie de líneas ecuatoriales en los hemisferios del tiempo, especie de puntos que señalan el crecimiento de nuestro sér como los diversos terrenos señalan el crecimiento de nuestro planeta; grandes condensaciones de ideas abstractas, núcleos de la luz espiritual, fin de unas y principio de otras edades, santos dias del génesis social á que debemos nuestra difícil existencia y nuestras várias redenciones. No sé por qué, allí vinieron á mi memoria tantos y tantos redentores como han contribuido ántes y despues de San Francisco á nuestra emancipacion: el que nos sacó de la servidumbre de Egipto al traves de las aguas del mar Rojo y el que rompió las últimas cadenas del esclavo á las orillas del Misisipí; el que arrancó su fuego á los cielos para animar el hombre primitivo frio como sus dólmenes de piedra y el que talló las letras de imprenta con cristal y plomo para multiplicar las ideas en la inteligencia como se multiplican los mundos en los cielos; el que murió en ignominioso patíbulo por la igualdad y la fraternidad de todos, y el que padeció en los calabozos de la Inquisicion por agrandar el espacio á nuestros ojos; el que bebió la cicuta y en el fondo de su copa dejó la idea de la libertad de nuestra conciencia para darla á beber en comunion santísima á todas las generaciones, y el que, extendiendo sus brazos desde débil esquife al mar velado por misterios pavorosos como las grandes tempestades, completó la tierra y ensanchó el alma; coro unido á traves del tiempo y del espacio en una misma obra, cuyo fundamento arranca de las más recónditas profundidades del espíritu humano y cuya cima se pierde en el seno de Dios. Aquella casa, que despertará emociones vivísimas en todos cuantos amen las verdaderas grandezas de la historia, ha sido profanada por una obra de partido, por una obra de reaccionarias escuelas. En la parte que da á la puerta principal se ve una pintura neocatólica de Overbek. Engendróse al mismo tiempo que se engendraba la Santa Alianza, una doctrina filosófica, la cual tendia á llevar el arte más allá de Rafael, como tendia á llevar la ciencia más allá de Kant y de Descártes, la historia más allá de Vico y de Herder, la política más allá de las instituciones modernas, al seno de la Iglesia intolerante y de los castillos feudales. Tal escuela, no contenta con creer que podia restaurarse cuanto habia destruido la mágica lira de Ariosto, la inmortal sátira de Cervántes, la voz tempestuosa de Lutero, la sardónica risa de Voltaire, las llamaradas de elocuencia lanzadas desde lo alto de la tribuna por Mirabeau, creia tambien que estaba en el caso de ir á los siglos medios y resucitar los cuadros de escuelas anteriores al descubrimiento de la perspectiva, á la resurreccion de la naturaleza, al estudio de la forma humana, al despertar de la Grecia y de su inagotable inspiracion, á todas las espléndidas irradiaciones del Renacimiento. Para estos reaccionarios, el bello ideal se encontraba en los tiempos en que no se habian medido las proporciones, ni estudiado la anatomía, ni conocido nuestro cuerpo, entre las figuras escuálidas, todavía sobrecogidas por los terrores del infierno y apartadas de todo contacto con el Universo, hijas del vivo recuerdo de nuestra primera culpa, atormentadas por todos los torcedores del remordimiento. Si tal teoría fuese cierta, si solamente tuviéramos por estéticas las obras inspiradas en una fe vivísima, en una fe apartada de nosotros, en una fe ortodoxa, debiamos menospreciar esas mismas escuelas de Umbría y de Siena por donde ha pasado un soplo anticipadísimo del Renacimiento; esos mismos Cimabue y Giotto que han entrevisto el crepúsculo de los nuevos dias del espíritu; esos mismos Nicolás y Juan de Pisa que han estudiado la caza de Meleagro en los sarcófagos griegos; y debiamos irnos á los maestros mosaistas, á sus figuras colosales y rígidas, á sus ojos muertos, á sus rostros inexpresivos, á sus grupos arreglados litúrgicamente, á su ausencia de toda anatomía en el cuerpo y de toda perspectiva y de todo paisaje en los fondos, privándonos hasta de penetrar en las catacumbas, porque sus cuadros se hallan muy cerca del antiguo paganismo y han tomado la mayor parte de sus símbolos en los bajos relieves, así griegos como romanos, y han reproducido los antiguos sepulcros.
Para contestar á estos reaccionarios, sería preciso que se restaurase el poder temporal y se devolviera el dominio absoluto en la conciencia y en la política á los papas; que en cada marca se descubriese un castillo feudal con sus fosos y sus almenas, sus puentes levadizos abajo, y arriba sus horcas ocupadas por cuatro ó cinco villanos ahorcados, gran vista para sus señores y gran festin para los cuervos; que volviésemos á escribir y hablar el latin eclesiástico en vez de estas lenguas modernas cuyas primeras palabras han sido tambien el primer balbuceo de la política láica; que eleváramos para reemplazar nuestras fábricas y nuestras máquinas, un cordon de fortalezas y otro cordon de monasterios, y sustituyéramos al telégrafo el mensajero y al vapor el rocinante de los nobles ó el rocin de los plebeyos; que la retorta química donde se ha descompuesto el agua y el aire y se han encontrado elementos nuevos necesarios á la vida, se sustituyera con la cocina de los alquimistas y el espectro solar y el telescopio herscheliano con los horóscopos y la quiromancia; que pulverizáramos la Vénus de Milo, el Apolo del Belvedere, las Gracias de Siena y pusiéramos en su lugar las esculturas bizantinas de los siglos décimo y undécimo con sus cuerpos groseros como la barbarie y sus labios contraidos por el _Dies iræ_ de la desesperacion y de la muerte; que volcáramos de nuevo el infierno con todos sus horrores sobre la tierra desgarrada y devolviéramos su viejo poderío al demonio de la Edad Media; que eleváramos en el trono de la autoridad un esqueleto inmenso con la guadaña por cetro y en las alturas del infinito el implacable semítico Dios de la cólera y de la venganza. La reaccion artística se ha verificado. Ha tenido su estética y ha tenido sus pintores en Alemania. El fresco de Overbek trazado sobre el exterior de la casita de San Francisco en la iglesia de la Porciúncula, es uno de sus más bellos monumentos y una de las más felices imitaciones de la Edad Media. Yo no puedo ver sin verdadero entusiasmo las obras de los artistas místicos de los siglos católicos, porque tienen las dos condiciones esenciales al arte, la inspiracion espontánea y la naturalidad completa. Pero yo no puedo ver sin repugnancia las figuras modernas que no han nacido de la cándida fe, sino del recalentado estudio. La escuela académica, con sus griegos y romanos de convencion, paréceme fria y mentida; pero la escuela pre-rafaelista, con sus santos de encargo, paréceme reaccionaria y absurda. Los pintores como Giotto, como Fra Angélico, que es la más alta expresion del misticismo artístico, han pensado y han sentido lo que han hecho; y sus ángeles y sus Vírgenes y sus Cristos traen visiblemente en los ojos y en los rostros un divino resplandor de los cielos. Pero estas figuras convencionales de Overbek no tienen ni siquiera un reflejo de sus inmortales modelos. Aquellos grandes artistas han descuidado los cuerpos como cosa poco apreciable en las edades olvidadas de la naturaleza; pero han reconcentrado la idea purísima y el puro espíritu en los rostros, de una expresion inimitable por el candor y la profundidad del sentimiento, absorto en las divinas contemplaciones y en los arrobados trasportes: Overbek, más sabio, más matemático, dibuja mejor que sus maestros los cuerpos, ciertamente; pero no acierta, ni de léjos, á pintar como ellos los rostros. Y es porque los pintores místicos sólo han debido convertir los ojos á sí mismos para encender en fe y caridad á sus santos, miéntras los pintores neo-católicos han fingido unas creencias y una inspiracion que realmente ni recogian por sus venas en la naturaleza y en la temperatura de este nuestro siglo, ni llevaban dentro de sí como una idea innata.