Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)

Part 8

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Hay tiempos de mucha fe, que son poco propicios al arte. Para persuadirse de ello, basta contemplar uno de esos Cristos bizantinos que han brotado de la religion más pura, que han sido adorados con el fervor más intenso, que han hecho los milagros más patentes, pero que hieren todo sentimiento estético por su monstruoso dibujo y su deforme rostro. Mas preguntadle á un creyente, y los proclamará obra perfecta de los ángeles del Empíreo. Los que al ver una estatua griega creian ver al demonio, son tan poco artistas como los que al ver un cuadro místico sólo se fijan en las incorrecciones de la forma y no sienten la ingenuidad de la fe. Ciertamente se puede aprender mucha religion en San Justino, San Basilio, San Cirilo y San Clemente; pero no se puede aprender mucha estética, si es verdad, como afirma Toulgoüt en su sábia obra de los _Museos de Roma_ y Rio en su _Historia del Arte Cristiano_, que sostenian la tésis de la fealdad material de Cristo. Lo que sí puede asegurarse es que la práctica de esa tésis se encuentra en casi todas las obras anteriores al nacimiento de la pintura y de la escultura modernas. La crucifixion, que luégo ha sido la apoteósis más pura del dolor, que ha inspirado á Rafael su Camino del Calvario ó Pasmo de Sicilia; á Velazquez y á Murillo sus dos Cristos en la agonía; á Rubens y á Rembrandt sus Descendimientos; á Miguel Ángel su Soledad al pié de la Cruz con el Divino Hijo muerto en los brazos; esa tragedia, quizá la más reproducida de todos los Evangelios, no fué jamas pintada por los primeros pintores hasta fines del siglo séptimo, en que el Cánon de un Concilio celebrado en seiscientos noventa y dos, permitió asunto tan religioso á los buriles y á los pinceles. La maternidad misma de María, fuente inagotable de inspiraciones profundísimas, no aparece en los primeros tiempos. La Vírgen es una cándida jóven, sencillamente vestida, de pié siempre, la mano sobre el corazon, los ojos en el cielo, y sólo más tarde surge contemplando un cielo más bello y más extenso en las tiernas miradas de su Divino Hijo.

En el arte precisa buscar, no lo más religioso, sino lo más bello, y es lo más bello lo más inspirado, y es lo más inspirado lo más natural y espontáneo. El poder creador del genio se parece al poder creador del Cósmos, en que muestra la relacion misteriosa del espíritu con la naturaleza y la no ménos misteriosa de la naturaleza y del espíritu con Dios. Sin duda por esta razon, las obras espontáneas llevan el sello de la originalidad y de la vida, en tanto que las obras imitadas llevan el sello del artificio y de la decadencia. Sumergíos en el océano de la poesía nativa, recoged luégo el espíritu universal de vuestros tiempos, inspiraos en vuestra propia personalidad, y obtendréis la expresion bella de la idea, mereciendo el nombre de artistas. Cada siglo tiene su propia inspiracion. Y en el nuestro, así como ha crecido el Universo, ese teatro de la idea en sus más primitivas manifestaciones; y ha crecido la Historia, ese teatro de la libertad; y ha crecido la sociedad, ese teatro del derecho, debemos esperar que crezca el arte, donde llega, por intuiciones sobrehumanas, lo finito á compenetrarse de lo infinito, y el alma del hombre á enrojecerse en la sustancia de Dios. Cuando la antigua mitología llegó al mito de Psíquis, de la jóven misteriosa que deseando conocer el Amor, encendiera su lámpara, y solamente lográra verlo perderse entre los astros; en este mito, que desconcertaba la armonía del alma con la naturaleza, diríase perdido para siempre el arte, brotó la idea cristiana, y el alma, triste, desolada, llorosa, encontró á Dios. Pues en nuestro tiempo busca tambien la razon algo tan misterioso como el espíritu que, al comenzar nuestra era, se escapára de su seno y se perdiera en el cielo. Fiemos en que encontrará para el arte una zona más espléndida y una esfera más lata, donde se compenetren lo finito con lo infinito sin necesidad de restaurar ni los ídolos del Paganismo, ni los ídolos de la Edad Media.

Así, en el monasterio de Santa María de los Ángeles, ni las largas líneas de Vignola, ni los aparatosos cuadros de la escuela boloñesa, ni las secas pinturas de Overbek, ya quebrantadas y borrosas como la reaccion de que han sido símbolo, llegan á conmoveros como os conmueve la casita, la Porciúncula, pobre choza de la oracion, donde un verdadero penitente ha padecido y ha llorado. Despues de visitarla, despues de recoger la idea que se escapa de sus piedras, ya podeis dirigiros al monasterio de Asis y penetrar en sus góticas bóvedas y recibir en vuestra alma el presente de grandes y profundas emociones con la evocacion misteriosa de una sincera fe. Y penetrados de estas ideas, nos dirigimos al monasterio y al sepulcro de San Francisco.

III.

Allá, en las alturas, sobre dos series de marmóreos arcos sobrepuestos, se alza el monumento, cenobio, palacio, iglesia, castillo, resúmen de la vida en edades verdaderamente religiosas. Entre sus muros y sus ojivas descúbrense, todavía más arriba, la ceñuda fortaleza con sus almenas medio destruidas; á un lado las colinas formando como abreviada cordillera; á otro lado la ciudad con sus edificios agrupados en torno de várias originales iglesias; al pié un torrente, ahora seco, el cual debe arrastrar gruesos cantos rodados y debe venir en la estacion de las lluvias con ruidoso ímpetu. La severidad del paisaje, solemne, sobrio, majestuoso, verdadero cuadro de la escuela de Umbría, os prepara bien á la solemnidad de las religiosas emociones. Una puerta tosca, una cuesta agria, várias casas suspendidas entre las breñas, algunos olivos retorcidos cual si los azotára siempre el viento y con las raíces fuera de la pedregosa tierra, semejando á uno de esos dibujos con que Doré ha ilustrado la _Divina Comedia_, son los únicos objetos que veis al llegar á la entrada del monasterio, y, en verdad, os invitan todos al recogimiento y á la penitencia. Un claustro se abre á vuestra vista, un claustro prolongadísimo, de arcos airosos, de delgadas columnas. Ni un viviente, ni una sombra; algunas golondrinas juguetean por aquellas largas líneas; menuda lluvia primaveral da sedoso lustre á la hiedra pegada por las piedras, y airecillo suave agita las largas guirnaldas de zarzas que festonean los muros. El edificio es de un exterior austero, la puerta de un trabajo prolijo, las ventanas de un gusto puramente gótico, todos los objetos que os rodean, de un aspecto monástico; y, peregrino del arte como sois, vais comprendiendo hasta identificaros casi con ellos por la fuerza del pensamiento á los peregrinos religiosos, venidos de luengas tierras y anhelantes por aplicar los labios á la losa de un sepulcro donde se guardan torrentes de vida para las almas.

Hay tres iglesias sobrepuestas como los términos de una argumentacion escolástica; como las gradas de una escala mística, como las iniciaciones de las sectas, como los tres mundos, el de las sombras y de la muerte, el de la vida y de la prueba, el de la luz y de la gloria, siendo, en realidad, toda aquella aglomeracion de místicos edificios, una teología en piedra. Lo primero que hacemos es descender á la iglesia subterránea, especie de caverna que guarda la tumba del santo. Las sombras se palpan, y la escasa luz que os guia sólo sirve para aumentarlas. Creeis descender al centro de la tierra y despediros para siempre del aire y de la luz. Fria humedad os penetra hasta los huesos, y el humo de las lámparas y el olor del incienso os dan la idea de que entrais en esferas sobrenaturales como en alas de algun genio, porque todo cuanto os circunda se aleja de la realidad y se acerca á la region de los sueños. Por fin, á la dudosa luz mal reflejada en los mármoles, bajo lujoso templete, tras una verja dorada, veis el sepulcro de San Francisco. Excesiva devocion lo ha ceñido con adornos modernos y lo ha coronado con lujoso templete, ántes propio de jardin que de cenobio. Cuadrábale mucho más la caverna tosca, la soledad mística, la losa desnuda sobre la cual cayeran gotas filtradas por las peñas y lágrimas desprendidas de la fe. Es más poética que esta decoracion de nuestro tiempo, la creencia de la Edad Media. Para aquellos fieles, San Francisco no ha muerto; está de rodillas, en penitencia, en oracion, plegadas las manos, extáticos los ojos, allá en lugares inaccesibles hasta para las águilas, donde sólo pueden llegar las estrellas, intercediendo por nosotros los mortales, desarmando la cólera de Dios; y no subirá al Empíreo y no entrará en la gloria sino despues del Juicio, cuando, destruida la tierra, evaporados los mares, en cenizas los astros, en pavesas los soles, consumada la obra providencial, haya podido, ofreciendo el holocausto de sus dolores por nuestras culpas y llamando la inefable misericordia sobre nuestros huesos, rescatar el mayor número de almas para el cielo y gozar así en paz eternamente de su propia bienaventuranza.

De todas suertes, profanado ó no, afeado ó no, es uno de los monumentos más gloriosos que hay en el planeta; es una de las piedras que señalan el camino de las edades históricas; es uno de los núcleos donde se ha condensado la materia cósmica de las ideas y se ha ido formando este cometa de orígen divino y de órbita incalculable que se llama el humano espíritu. Oscuro jóven, de vida ligera, de costumbres sensuales, de oficio vulgar; modesto comisionado de una casa de comercio; sin ninguna instruccion y sin otras aspiraciones que los divertimientos y los goces propios de su clase y de su edad, siente cierto dia que extraña idea, como una chispa eléctrica, como un efluvio magnético, se derrama por sus fibras, por sus nervios, por sus venas; y agitado, febril, convulso, arroja los arreos de placer, de fiesta, de viaje; se ciñe cuerda de esparto á sus riñones y tosco sayal á sus carnes; abraza la penitencia para sí, la predicacion para los demas; y á sus sollozos, á sus palabras, á sus cánticos, la tierra se conmueve como si la agitáran misteriosas palpitaciones; los pajarillos del cielo suspenden su vuelo y se extasian; los lobos del desierto pierden su crueldad y le lamen los piés; dejan los niños la teta de sus madres para oirle; abandonan los jóvenes el lecho de sus placeres para en las maceraciones imitarlo; cuelgan las doncellas los velos virginales y los largos envidiados cabellos para desposarse con el ideal religioso; los guerreros arrancan las cóleras á sus hígados y los ódios á sus corazones; el señor se cree igual con su siervo; los ricos reparten sus tesoros á los pobres; levantan los arquitectos místicas naves que llevan las oraciones de la tierra al cielo; esculpen los escultores santos que nadan entre los resplandecientes íris formados por los brillantes vidrios y las notas lanzadas por el órgano; empapan los pintores sus pinceles en la fe y nos suben al Empíreo y bajan hasta el alcance de nuestros ojos de carne los ángeles y los serafines que agitan sus áureas alas en la luz increada; cantan los poetas en lengua no aprendida, como las aves, todas las efusiones del amor encendido en las creadoras divinas llamas; predican los teólogos una ciencia más amplia y más cercana á los arquetipos de la eterna verdad y de la hermosura eterna; se trasforma y como que se derrite el mundo feudal de tosco hierro donde estaban atadas todas las cadenas; y sobre los dolores humanos se entreve que, así como la Biblia ha sido completada por el Evangelio, el Evangelio se va completando por otra revelacion: por la revelacion del Espíritu Santo, en cuyo seno renace más puro el Universo y se purificarán como en resplandores etéreos nuestras oscuras almas.

¡Oh! La historia entera es una escala de sepulcros. El sepulcro de los Faraones en las pirámides del desierto separa el mundo oriental del mundo occidental; el sepulcro de Alejandro en Egipto separa el viejo mundo griego y asiático del mundo romano naciente; el sepulcro de Cristo en Jerusalen separa la historia antigua de la historia moderna; el sepulcro de Mahoma en la Meca separa la edad pagana en su raza de la edad monoteista; el sepulcro de Carlo-Magno en Aquisgran separa los tiempos teocráticos en la Edad Media de los tiempos feudales y militares; el sepulcro de San Francisco en Asis señala verdaderamente la decadencia del espíritu feudal y los primeros albores del espíritu moderno. Este siglo décimotercio es un siglo de resúmen de toda una civilizacion, como lo fué el siglo primero de nuestra era respecto á la antigüedad. Resume la ciencia católica en Santo Tomás; resume la política católica en San Luis; resume la poesía católica en el Dante; resume el poder católico en Inocencio III; resume la pintura católica en el Giotto; resume la legislacion católica en Alonso X; resume la escultura católica en Nicolás de Pisa; resume la vida católica en San Francisco de Asis. El genio católico ha escrito su testamento y por los bordes del horizonte raya un nuevo genio. El sepulcro que adoramos es como un planeta donde han surgido con la vegetacion frondosa de nuevas ideas los organismos varios de una nueva sociedad. ¡Gloria á San Francisco!

Y subimos á la segunda iglesia. La necesidad de ver la luz y de respirar el aire que sentiamos despues del viaje subterráneo, nos movió á salir al atrio y á detenernos un momento al pié de la columnata. Allí contemplamos la vega lejana, las montañas azules, el cielo trasparente, de ese color clarísimo que toma en el Mediodía tras una fuerte lluvia, y nos enteramos de cierto sepulcro esculpido allí, obra de Nino y propiedad de un tirano de Pisa, demente furioso como todos los déspotas, dado al lujo oriental, que no recibia á nadie si no se le presentaba de rodillas, que jamas aparecia en público sino vestido de lucientes ropajes todos sembrados de pedrería y ceñido de sacros relicarios primorosamente cincelados; y que forzaba á los artistas á regalar con obras maestras y dones cuantiosos á su impúdica esposa y á construir para él sin retribucion alguna tumbas primorosísimas, puestas bajo la proteccion de San Francisco para que le libertára de sus propios remordimientos y le conciliase la divina misericordia. La intercesion del Santo le habrá podido valer en el cielo, pero no le ha valido en la historia.

Al cabo entramos en la segunda iglesia, cúspide de la iglesia subterránea y base de la iglesia superior, pues no debe olvidarse que los tres monumentos ocupan el mismo espacio, sobrepuestos unos en otros. Sus arcos ojivales, que se encorvan para soportar el peso del edificio de arriba; sus ventanas góticas, que ciernen resplandores crepusculares y dudosos; su pavimento tapizado de lápidas fúnebres, que os hablan mudamente del dogma de la inmortalidad y de la muerte; sus paredes, en las cuales se destacan blanquecinas estatuas entre las negras sombras; sus cuadros, en que brillan profusamente ángeles y santos y vírgenes y mártires con sus palmas verdes en las manos y sus aureolas de oro en las sienes; el color azul oscuro de las bóvedas, todas sembradas de estrellas como si vinieran al santuario para beber la luz con que han de iluminar los espacios; las figuras de los frescos, desprendidas casi de lo alto para flotar en la atmósfera de incienso; las columnas, levantándose y abriéndose cual troncos y copas de misteriosos árboles, cual ramas de ideal vegetacion; las cabezas aladas entre los festones de mirto y de acanto; los vidrios de colores, que recogen el esplendor del dia y lo descomponen y lo reverberan en los mármoles, tiñendo desde las losas más profundas hasta las más elevadas aristas con los matices del íris; todas estas formas del arte, todos estos símbolos de la idea, todas estas aspiraciones á lo infinito os dan tal emocion, que vuestras rodillas flaquean, vuestros ojos se sumergen involuntariamente en el éxtasis, y vuestra alma, desprendida de su cárcel de barro, busca, subiendo por la escala mística de la religion, el orígen misterioso de tantas inspiraciones sublimes, la esencia incomunicable del Eterno.

El monasterio de Asis no es grande sólo bajo el aspecto religioso; es grande tambien bajo el aspecto artístico. En Italia, estos maravillosos edificios señalan épocas de trasformaciones del espíritu universal. Las Catacumbas guardan los comienzos del nuevo genio, la semilla; San Márcos de Venecia, los maestros mosaistas venidos del Oriente y depositarios de la tradicion de Bizancio, la raíz; San Francisco, la peregrinacion de los artistas que han roto el yugo bizantino y han fundado el arte moderno desde la segunda mitad del siglo décimotercio hasta la primera mitad del siglo décimocuarto: Pisa, en su cementerio, el crepúsculo vespertino del siglo décimocuarto y el crepúsculo matutino del siglo décimoquinto; Florencia, el siglo décimoquinto en todo su esplendor, el despertar de la naturaleza en toda su veracidad, las estatuas de Donatello, las puertas de Ghiberti, los frescos de Masaccio, la cúpula de Brunelleschi; Siena, Orvieto y Perusa, los albores del siglo décimosexto; la primera, sobre las paredes de la Sacristía animados por el pincel de Pinturrichio; la segunda, sobre la capilla de la Catedral donde ha pintado Signorelli su Ante-Cristo y su último Juicio; la tercera, en la sala del Concilio, donde ha dejado Perugino sus vistosos héroes semejantes á los héroes del poema de Ariosto, con su nacimiento, parecido al nacimiento de una nueva edad; y el Vaticano, en la Capilla Sixtina con los Profetas y las Sibilas de Miguel Ángel, y en las estancias, con las Musas y los filósofos y los doctores de Rafael, la plenitud del arte que es tambien la plenitud de la vida.

No os cansariais jamas de contemplar las maravillas de Asis en su segunda iglesia. Giunta de Pisa, el último de los maestros bizantinos, ha dejado al entrar en la Sacristía tosco retrato de San Francisco, despedida de un tiempo y de un genio que se alejan. Giotto ha pintado la bóveda del altar mayor quizas despues de un diálogo con Dante: que el altísimo poeta empezó por aspirar á fraile francisco y concluyó por inscribirse en la órden Tercera, donde eran tambien admitidos los laicos. Desde el retrato de San Francisco, pintado por Giunta, á las Virtudes de San Francisco pintadas por Giotto, media una de las más señaladas evoluciones del genio, una de las más decisivas fases del espíritu. Giotto, pobre pastor, pasa del aprisco al taller, conducido por Cimabue, y la mano cansada del maestro y la mano inexperta del discípulo, al juntarse, juntan dos eslabones de la cadena del tiempo, dos puntos de la misteriosa línea de la idea. Nadie ha sabido pintar la leyenda franciscana como Giotto, porque nadie tenía más títulos para pintarla ni más motivos para comprenderla; el cenobita rompe el cristianismo tradicional y funda un cristianismo más democrático y más humano; el artista rompe el arte bizantino, el arte hierático, y funda un arte más cercano á la naturaleza y más inspirado en la humanidad; son dos términos de la misma idea, dos fases de la misma edad, dos matices de la misma alma. Así, convertid los ojos á la bóveda del altar mayor, recoged la luz cernida por los vidrios de colores, y ved como evocaciones del Renacimiento, como albores de la nueva idea, como almas que han roto la coyunda teocrática y han venido á otros tiempos, aunque todavía traspasadas por el clavo de la servidumbre, esas tres figuras capitales en los compartimentos, las tres mujeres que representan las tres virtudes primeras de la órden: la Pobreza con sus harapos al cuerpo, con su soga al cinto, con sus cabellos esparcidos, seguida de una flaca perra que le ladra; la Obediencia, con una mano en los labios y otra en las reglas monásticas, pronta á imponer el yugo á extático monje de hinojos á sus plantas; la Castidad, orando en lo alto de una torre, defendida por dos ángeles y desoyendo las seducciones que le envian en coronas y palmas.

Adonde quiera que volveis los ojos, encontrais nuevos motivos de admiracion y de asombro. Los artistas corren á porfía al convento sacro, cual si hubieran adivinado que allí estaban los dos manantiales eternos de toda inspiracion: Dios y libertad. Asis aparecerá siempre como cenáculo de los discípulos del Giotto y como santuario de esta escuela. Tadeo-Gadi, á quien Giotto tuvo en las fuentes bautismales y á quien debió la órden franciscana una serie de pinturas maestras, ha engrandecido con su pincel suavísimo el crucero. Buffalmacio, sobradamente aficionado al naturalismo y olvidado del ideal, ha esparcido allí tambien reflejos de sus creaciones, como la trágica aparicion de Cristo á la Magdalena. El consumado dibujante, el colorista animadísimo, el precursor de la perspectiva, el maestro de los primeros escorzos, el inmortal Stefano, llena con una gloria maravillosa los espacios del ábside, gloria por desgracia perdida. Cavallini, cargado de años y de laureles, seguido por un culto universal, despues de sus triunfos en Roma y en Florencia, se acerca á este santuario y pinta en el crucero de la izquierda la escena última de la terrible tragedia de Cristo, la última hora del Calvario, el Salvador iluminado por la tempestad en su alta cruz y en su postrimer agonía, con caballeros armados á sus piés, que tienen toda la energía del feudalismo, y en torno de su cabeza ángeles suaves, arrobados, místicos, que tienen toda la dulzura y todo el idealismo de una plegaria. Capanna va, se encierra allí, se consagra al arte y á la penitencia, muere mártir de su devocion por el santo y de su entusiasmo por el santuario, dejando como un símbolo de su propia desgracia y como una imágen de su sacrificio, el sepulcro de Cristo. Giottino siente tambien el mismo deseo de todos los artistas que aspiraban á dejar una página en el poema de Asis y corre á encerrarse dentro de sus muros sin hallar espacio suficiente á sus creaciones y sin poder teñir con su pincel más que un rincon de la capilla de San Nicolás, yéndose desde allí al convento de Santa Clara, la discípula de San Francisco, fundadora de una órden de mujeres que se calcaba sobre la regla de su maestro. Las enfermedades que le sobrecogieron no le dejaron concluir sus trabajos, y tan escaso de fortuna como de gloria, entristecido por su propio natural y por la pública ingratitud, siempre solitario, siempre encerrado en sí mismo, de claustro en claustro, pidiendo el trabajo como otros piden el pan, pasó de Asis á Pisa, de un cenobio á un cementerio, para pintar como en holocausto á Dios y obtener para la otra vida, único pensamiento suyo y objeto exclusivo de sus meditaciones, el perdon á sus culpas y el reposo que le habia negado la tierra. Y aquel paso de Giottino desde Asis á Pisa, determina otra peregrinacion general de los artistas desde el uno al otro santuario. Mas para que nada falte en la Iglesia baja de San Francisco, tambien se ve una Vírgen de Cimabue, del pintor en quien acaba el arte bizantino y empieza el arte moderno. Y entre tanta maravilla hay unos cuadros de Simone Memmi, á quien su devocion llevaba á pintar como los bizantinos y su natural como los giotistas. Amigo de Petrarca, cual Giotto fué amigo del Dante, retrató á Laura despues de muerta; pero con tal inspiracion, que el poeta amante cree ver al pintor trasladándose desde la tierra al paraíso á fin de entrever la mujer querida, como un ideal sobre cuyos contornos apénas se suspende el velo de las formas. Pincel así no debia faltar en santuario por excelencia del arte cristiano; de esta suerte puede asegurarse que todas las obras representativas del genio italiano, que es el genio moderno, desde las florecillas de San Francisco hasta las estancias de la Divina Comedia y desde las estancias de la Divina Comedia hasta los sonetos de Petrarca; todos los comienzos de las artes pictóricas, desde Giunta de Pisa basta Cimabue, desde Cimabue basta el Giotto, desde el Giotto basta Simone Memmi se anidan, como un coro de ruiseñores inmortales, en las sombras misteriosas de este monasterio, una de las cimas indudablemente del humano espíritu.