Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)

Part 6

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Repitámoslo mil veces; Virgilio será el eterno modelo de los poetas que deseen cantar la Naturaleza. El libro cuarto de las _Geórgicas_ nunca se agota, oloroso como la salvia, tierno como la cera, dulce como la miel. La abeja, la trabajadora abeja, ha inspirado desde el primero al postrer hexámetro.

_Aerii mellis cœlestia dona exequar._

Allí está el tiempo propicio y el lugar favorable á las abejas, preservado aquél de todos los rigores, así en frio como en calor, preservado éste y sus floridos pastos del diente de la oveja y de la ternerilla, del roce de los tachonados lagartos y de la pezuña de los importunos chivos, para que puedan á su arbitrio dejar la vibrante colmena é ir por los aires embalsamados y luminosos, bajo las sombras de las palmas y el olivo, junto al fugitivo arroyuelo, sobre la hierba abrillantada de rocío, desplegando el aguijon de oro y las cristalinas alas, á libar los jugos de las flores próvidamente apercibidas que deben ser desde el salvaje tomillo hasta la tierna y delicada violeta. Seguidlas y las veréis cómo aglutinan con resinosas sustancias las rústicas paredes de su taller; cómo, así que el aire se entibia y se perfuma, vuelan juntas en cantor enjambre á los rayos del sol y ya rozan las hojillas del arbusto, ya la clara superficie de las aguas; cómo vuelven, despues del goce de esta grata libertad y del juego de estos caprichosos giros, á abrir sus celdillas de blanca cera y depositar sus tesoros de dulce miel; cómo suben luégo, hasta perderse en los cielos, de la misma manera que sus compañeras las estrellas para agruparse más tarde sobre las ramas de frondoso árbol en forma de animados racimos; cómo, á veces, se enemistan y se combaten desafiándose á descomunal batalla en que luchan con la ira de los héroes homéricos, hasta caer muertas sobre la tierra cual caen las bellotas de la encina sacudidas por el viento para que se cumpla la ley allí presentida del triunfo de las más fuertes y de las más hermosas; cómo trabajan en comun todas para todas y educan á sus generaciones en sabio ejemplo y adoran sus penates y nos dejan su áureo líquido semejante á condensaciones de la eterna luz.

Despues de haberlo leido, amaréis, como Virgilio, los rosales de Pesthum que florecen dos veces al año; la pálida achicoria, que se regocija al beso de la lluvia; el narciso, lento en mostrar sus galas; el rizado apio, la viciosa hiedra, el mirto enamorado de las frescas riberas: envidiaréis al viejo labrador de Tarento que tiene por toda propiedad algunas yugadas de tierra, ingrata al trabajo, incapaz de dar así prados como viñas, y que, sin embargo, produce sabrosas legumbres entre festones de blancos lirios y rosadas verbenas para que su dueño no envidie á los reyes y pueda todas las noches, al tornar del trabajo, cenar manjares no comprados: bendeciréis á Júpiter que dotó á las abejas de sus más seguros instintos en premio de haber oido el címbalo de las Coribantes, y haberlo alimentado en los antros del monte Oriteo; y concluiréis siguiendo en su errante carrera por los bosques y en su descenso á las hondas regiones de las aguas al pastor Aristeo, y sacrificaréis con él en desagravio de Eurídice y de las nepeas ninfas, novillos jamas sujetos á la coyunda, de cuyos abandonados despojos se levantan á las alturas, despues de nueve auroras, nubes de canoros enjambres.

_Namque dabunt veniam votis, irasque remittent._

IX.

¡Extraño destino! Este poeta, clásico por excelencia, pertenece á las edades modernas más todavía que á las antiguas edades. El anochecer de un mundo y el alborear de otro se mezclan misteriosamente en sus sienes iluminadas por dos crepúsculos. Tiene de los antiguos la forma perfecta, la sobriedad austera, el gusto depuradísimo, los versos tallados como el mármol de Páros, el arte de materializar las ideas hasta ponerlas ante los ojos en relieve y de eterizar la materia hasta convertirla en espíritu. Por estas cualidades universales de la antigua cultura es un griego como Sófocles ó como Platon. Pero hay en sus versos ya cierta melancolía profunda, cierta extraña tristeza, la nostalgia de lo infinito, la aspiracion á otro ideal, que anuncian como el advenimiento del espíritu divino y absoluto. Él se apresura á escribir su epopeya, la epopeya que cierra, como la Iliada abre, la risueña edad del heroismo. Él tiene impaciencia por asegurar en sus cánticos la religion del derecho y con ella el eterno dominio de Roma, presintiendo el nuevo ideal que contra el arte clásico elabora en los abrasados desiertos de Judea un eterno enemigo de Roma: el Oriente. Parecia que la ciudad reina estaba salvada de las asechanzas de la serpiente asiática cuando Cleopatra muere en el sepulcro de los Faraones y con ella se encierra bajo los arenales africanos aquella Asia que habia seducido un momento á Antonio para devorar en él á Roma, como ántes en Alejandro habia devorado á Grecia. Pero en el fondo mismo de la clara civilizacion clásica tenía de antiguo depositado la oscura esfinge oriental un enigma, los libros sibilinos; y cuando este enigma se descifra, surge de sus oscuros jeroglíficos el Dios-espíritu que matará al Dios-naturaleza, y con él matará así á la Roma de los pretores y de los césares como á la Grecia de los héroes y de los poetas.

Por eso en toda esta edad hay presentimiento universal de que algo muere en la especie humana. Lucano ha visto que los dioses adoptaron la causa aborrecida por Caton. Horacio y Juvenal han roto en sus sátiras la antigua ecuacion griega entre el ideal y la forma; han revelado el horrible contraste entre las leyes morales y la realidad viviente, anunciando así la agonía de todo un mundo á la historia. Job no hubiera dicho en su estercolero más que dice este verso desesperante:

_Pulvis et umbra sumus._

Plutarco ha oido quejarse de muerte al dios Pan allá por los mares de Sicilia. Tácito sólo tiene corazon para aborrecer y lengua para maldecir á su tiempo. Los más alegres buscan á una en la orgía el sueño más largo, el sueño de la muerte. Luciano se rie; pero su risa epiléptica muestra que se han agotado las lágrimas. Los dioses todos se van; pero ¡ay! vienen los nazarenos. La desesperacion es universal en las artes. Y Virgilio se levanta

_Sicut inter viburna cupressi,_

como el poeta de la esperanza. En la bacante Parthénope, á las orillas de aquel mar y entre el coro de aquellas islas que recuerdan el mar y las islas de la antigua Grecia, ha visitado la gruta de Cúmas y ha oido anunciar á la Sibila que desciende de los cielos nueva raza de inmortales y comienza un nuevo órden y una nueva ley en el sosegado curso de los siglos.

_Magnus ab integro seclorum nascitur ordo,_ _Jam nova progenies cœlo demittitur alto._

Por eso en la Edad Media, al impulso de aquella reaccion mística, todos los genios de la antigüedad se apagan y Virgilio brilla sin ocaso. Los padres de la Iglesia le admiten universalmente entre los doctores y los poetas. Podrian escribirse cien volúmenes como los dos eruditísimos que ha publicado el sabio profesor Comparetti sobre las transformaciones del alma de Virgilio en la Edad Media y en el Renacimiento, sin que materia tan vasta se agotase. Apénas ha muerto, cuando ya lo menciona el Evangelio apócrifo de Nicodemus. Su figura tiene cierta semejanza con la figura del apóstol San Juan, cuya teología es griega, copiada casi de los diálogos de Platon. Aquel cristianismo natural, de que habla Orígenes, traido consigo por cada hombre al nacer, sustancia eterna del espíritu humano, se encuentra en la piedad de Eneas y en las esperanzas despertadas por el nacimiento de Polion. Lactancio, cuando lee la Égloga cuarta, cree leer la epopeya de la segunda venida del Salvador en rosadas nubes resplandecientes de gloria, llamando el Universo entero con sus planetas y sus soles al supremo último juicio. Constantino el Grande la traduce al griego y en cada uno de sus pensamientos ve confirmado un dogma cristiano. San Agustin, al oir que morirá la serpiente y desaparecerán las espinas y los vellones se teñirán por sí mismos y las vacas llenarán de grado con blanca leche los odres y se vestirán de lirios las colinas, cree oir la profecía sagrada de la redencion universal. Las iglesias de Mantua entonan religiosos cánticos, en que San Pedro llora sobre el sepulcro de Virgilio por no haberle visto en vida y no haberle consigo arrastrado á la predicacion y al martirio. San Jerónimo dice cómo se ha dudado de la autenticidad de los libros sibilinos; pero tambien cómo al verlos repetidos en las Églogas se afirma la existencia de Debóras y de Isaías de profetisas y de profetas en el paganismo. El papa Inocencio III, en sermon predicado bajo las bóvedas de San Pedro por la fiesta de Navidad, cita el nombre del poeta mantuano para confirmar la venida de Cristo á nuestro bajo mundo.

Desde su cuna de Mantua á su tumba de Parthénope, Virgilio ha pasado entre aplausos y aclamaciones como cumple al vencedor en las más difíciles y más porfiadas guerras; en las guerras del arte. La expoliadora espada de los pretorianos se ha embotado en sus campos; la frente de los Césares se ha inclinado en su presencia; los espacios del teatro han resonado con los aplausos concedidos á sus versos; las rodillas de la muchedumbre se han doblado á su sombra, habiendo tenido que huir mil veces del mundo para huir de la fama y de la gloria. Pero desde su tumba de Parthénope hasta nuestros dias, ha pasado su alma por una carrera más larga aún y más gloriosa. Volveos y la veréis por doquier en la liturgia sagrada, en los libros caballerescos, en los romances castellanos, en las sentencias teológicas de Bernardo de Chartres y de Juan de Salisbury, desde el primer vagido de la razon emancipada en Abelardo hasta la plenitud de su elocuencia en Marsilio Ficino, reinando con Platon y Aristóteles sobre la conciencia humana, á la cual abre mágicos horizontes con su áureo ramo, dirigiendo por los círculos del dolor y de la purificacion, como un astro de primera magnitud, al poeta épico del catolicismo, hasta elevarlo trasformado y perfecto á las cumbres del cielo, á la compañía de Beatrice, á la vision mística de lo absoluto en el inmenso seno del Eterno.

Leemos de contínuo á los grandes poetas. Hoy más que nunca debemos templar la fantasía en esos modelos. Terrible desesperacion se apodera del sentimiento y mella la voluntad. El suicidio, el sacrificio, no ya de la vida de un dia, de todo el sér, de toda el alma, se ha elevado en la nacion de los ensueños á verdadera ciencia como en la antigua India. Oid la filosofía que va quedando sobre tantas ruinas; oid el filósofo á la moda. Todo bien aparece como una utopia, toda inspiracion como una flor venenosa; el mal corre á manera de savia por las fibras de los vegetales y á manera de sangre por las venas del animal; cada hombre se asemeja al ciego topo que vive construyendo eternamente una vivienda jamas acabada, y á la hormiga de Australia que nace con incontrastable instinto suicida; el amor, solamente merece nuestras maldiciones: el gran culpado, que al conservar y reproducir la vida, conserva y reproduce la pena y la muerte; querer equivale á sufrir y sufrir á sér; la inextinguible sed de lo perfecto tiene toda la intensidad de la sed hidrópica, pero jamas tendrá satisfaccion sobre la tierra; la virtud del genio, sólo sirve para agravar todas las penas y sólo merece el nombre de enfermedad hipocondríaca; la existencia se llama combate, pero combate donde existe esta seguridad únicamente; la seguridad de horrible y definitiva derrota: todo nuestro gran trabajo se reduce á querer sin motivo, á luchar sin objeto, á cazar ó ser cazados en esta cacería infernal de todos los seres unos contra otros, á poner bajo cada paletada de tierra un cementerio de innumerables animales, á nacer y engendrar para morir, hasta que bajo los horizontes sólo se descubran montones de esqueletos, y la perfeccion estribe en aniquilar este horrible sarcasmo llamado la vida humana, burla que el Eterno ha lanzado exclusivamente sobre nuestro pésimo planeta, sobre este infierno sin esperanza y sin salida.

Para contrastar semejante pesimismo no hay como volver al seno del grande arte, de la eterna poesía, y reconciliarse en sus espléndidos cielos, al calor de su luz benéfica y al arrullo de sus cánticos inmortales, con la Naturaleza, con la Humanidad y con Dios.

SAN FRANCISCO Y SU CONVENTO EN ASIS.

I.

Una de las operaciones más atendidas y más atendibles de la mente humana, es la asociacion de ideas. Por ella enlazamos tiempos apartados, unimos pensamientos discordes, traemos al seno de la felicidad recuerdos de la desgracia, como á las tinieblas de la desgracia puntos luminosos de la felicidad; y evocamos en lo presente los lejanos horizontes de lo pasado, pudiendo, ya que no con el cuerpo y sus sentidos, con el alma sus ideas, á semejanza de Dios, estar á un mismo tiempo en todas partes. Me encuentro en la Montaña de Asis, con la ciudad pontificia y municipal á mis plantas, los restos de algunos castillos señoriales á mis espaldas; el cielo claro y severo, algo semejante al cielo de nuestro Aragon, sobre la frente; en torno, formando un círculo inmenso del color azul más subido, del color llamado de Prusia, las riscosas y ceñudas cordilleras y montañas de la Umbría, que semejan olas encrespadas; y en el dilatado campo, de contrastes vivísimos, porque las claras moreras y los oscuros olivos, los rubios trigos maduros para la siega y los verdes recien nacidos maizales se juntan á cada paso en esta variada inmensidad, como naves bogando por lo infinito, la blanca rotonda romana de la Porciúncula, templo donde San Francisco de Asis se retiraba á sus meditaciones, y más cerca, á mi derecha, bajo la mano casi, los interminables claustros, las sobrepuestas iglesias, los góticos pórticos, las agujas y ojivas del monasterio, donde yace el sepulcro de ese santo en cuyas aras seis siglos han rezado y cuya personalidad histórica se agranda y se trasforma, como la personalidad de su modelo Jesucristo, en el pensamiento racionalista, en la conciencia progresiva, en el espíritu democrático y liberal de nuestro siglo.

Y aquí, en tal momento, á presencia de este espectáculo, no puedo desechar el recuerdo de Elda, del pueblo donde pasaron mis primeros años. Sus montañas no tienen ciertamente ni esta altura ni este color; sus huertas y sus campos no se dilatan y espacian de esta suerte; mas aquella vegetacion meridional, elevando las palmas sobre los viñedos y los olivares, iguala y áun aventaja en hermosura á esta rica vegetacion de la Umbría. Y lo que ménos puede compararse ciertamente, es lo que más provoca el recuerdo: la rotonda blanca de la Porciúncula con la verde rotonda de nuestra iglesia, el gótico monasterio franciscano de este dilatado valle con el vulgar monasterio franciscano de nuestro estrecho valle. Pero ¿qué quereis? Para mí en Asis está la poesía de la inteligencia, y en Elda la poesía del corazon; la humanidad y la historia surgen aquí á la manera de templo inacabable lleno de un espíritu misterioso, cuya profundidad no puede sondearse; y allí, entre las ramas de débiles arbustos, se esconde todavía el nido formado por blancas lanas enredadas en las zarzas ó por secas hierbecillas, donde se guardan en reducidos límites los recuerdos de hogar y familia que lluvias de lágrimas no han podido anegar completamente ni destruir el tiempo con sus diarias catástrofes.

En mi infancia, cuando nos acercábamos al dos de Agosto, y la siega y hasta la trilla se habian acabado, y comenzaban á pintar las uvas tomando claro color violeta las negras y las blancas trasparencia de ámbar; en aquellas tardes calurosísimas henchidas por el chirrido de las cigarras; en aquellos crepúsculos serenos henchidos por el unísono vibrar del cántico de los grillos, celebrábase una ceremonia religiosa, una peregrinacion mística, una especie de jubileo que nunca olvidaré. El convento de nuestro valle estaba á la sazon desierto. La revolucion habia expulsado á los frailes. Los fuertes seculares cipreses de su pórtico se perdian y secaban. Las flores de su ántes cultivado jardin se sustituian con legumbres ó heno. Las tablas de sus ventanas, medio caidas, meneábanse tristemente á impulsos del viento. Las piedras de sus paredes y muros, medio sacadas de quicio, amenazaban con una completa ruina. Las campanas habian sido arrancadas á las altas torres, siempre silenciosas; el culto interrumpido en los altares casi desnudos, y las puertas del santuario cerrádose como si fueran las puertas de un sepulcro. Algunas veces, cuando íbamos á coger brevas á una higuera cercana, asomábamos los ojos por várias rendijas y hendiduras hechas en la puerta, y á la escasa luz de solitaria lámpara, conservada por la piedad de oscuro guardian, resto viviente y animado de tanta ruina, pero triste como la cicuta y la ortiga, á la escasa luz de solitaria lámpara, decia, semejante á los ojos de siniestra lechuza en la oscuridad, veiamos algunos reflejos del dorado que se descascarillaba en las columnas, alguna sombra de los abandonados santos parecida á sobrenaturales fantasmas.

Solamente, en el dos de Agosto, las puertas se abrian, los pavimentos se regaban, componíanse los altares como para una fiesta, las velas brillaban sobre el ara tras las flores, y en la capilla mayor, una tosca, pero mística escultura en madera que representaba á San Francisco recibiendo de Cristo aparecido en los aires los estigmas de las cinco llagas, juntaba en el templo á los creyentes, despertaba la fe y la esperanza, atraia las oraciones del fondo de las almas á la inmensidad de los cielos como atraen los rayos del sol á las alturas los vapores de las bajas aguas y las bajas tierras. Nosotros, los muchachos de la familia, saliamos acompañados de nuestras madres y de nuestras tias á ganar el jubileo con aquella piedad meridional tan risueña, tan expansiva, tan humana, que da al cumplimiento de los deberes religiosos y á las ceremonias del culto católico, aspecto de fiesta. Desde el pueblo al convento se dilata extensa campiña, verdadero jardin. Las olivas engordaban ya; las almendras se abrian empapadas en aromática goma; negreaban las uvas; doblábanse los granados al peso de las granadas; sobre las plantas del maíz surgian los amarillentos sedosos espigones, y sobre la aterciopelada alfalfa las moradas flores; los campos de anís blanqueaban como si les hubiera caido una nevada; cimbreábanse los cáñamos y los linos; las puertas de las chozas lucian matizados ramilletes de don-diegos y áureos girasoles; en los secos pedregosos torrentes vibraban las sonoras cañas y florecian las rosadas adelfas. Nuestros ojos no se entristecian no se nublaban, hasta que llegábamos delante del cementerio, donde descansaba nuestra abuela y una tierna niña de la familia, y descubriamos las cabezas y plegábamos las manos y murmurábamos algunas oraciones, por cuya virtud nos parecia, ora que columbrábamos sus almas en el cielo, ora que las sentiamos venir á rozar con sus angélicas alas nuestras sienes y á depositar un mudo beso en nuestras serenas frentes. Luégo seguiamos en la peregrinacion, llegábamos al seráfico monasterio cercano al camposanto y rezábamos con todo recogimiento las oraciones de rúbrica prescritas por los ritos, á cuantos anhelan ganar el jubileo de la Porciúncula en el dia de la Vírgen de los Ángeles.

Al volver, la noche bajaba sobre el valle, las luciérnagas lucian en el follaje, las primeras estrellas en el cielo; y la campana que suena en las alturas para conjurar las tempestades del aire y contar los muertos de la tierra, anunciaba el Ave-María saludando á la Madre del Verbo é infundiendo con sus sagrados acentos religiosas emociones en nuestro pecho. ¡Cuántas veces, al entrar en casa, las manos llenas de flores y de frutos recogidos al paso, los labios perfumados aún por las plegarias, las rodillas empolvadas en el pavimento del templo, despues de haber oido contar varios pasos de la historia de San Francisco, hubiéramos dado algunos años de esta vida, que ya desciende tristemente de su zenit y que entónces nos parecia eterna, por visitar Santa María de los Ángeles, por ver la casita de las prácticas piadosas, la cuna que recuerda Nazaret, el sepulcro del santo en Asis, lugar bendito y querido, el más sagrado en nuestro culto despues del sepulcro de Cristo! Al cabo de treinta años, nuestro deseo se cumple; el cielo nos concede la satisfaccion de ver estos lugares; pero ¡ay! sin las creencias de otro tiempo en el alma. La vida ha pasado de la infancia á la madurez; las facultades intelectuales han pasado del sentimiento á la razon. Creemos con arraigada creencia que el hombre, este compuesto de alma y cuerpo, no sólo tiene que cumplir fines materiales y fines temporales; no sólo tiene que obedecer leyes mecánicas y dinámicas, sino que debe cumplir tambien fines morales, fines eternos, y debe obedecer á leyes cuya existencia implica necesariamente y cuya observancia exige la profesion de estos cuatro principios capitales de toda doctrina religiosa y espiritualista: Dios y su providencia, el alma inmortal y su responsabilidad. Pero no creemos que estas ideas sean como el patrimonio de una exclusiva asociacion y que para inspirarlas y difundirlas hayan sido indispensables milagros que contradicen las leyes naturales del Universo y las leyes científicas de la historia, ni condensaciones del espíritu divino en una sola persona, la cual constituya castas representativas de Dios y de su revelacion como privilegiados del cielo sobre la faz de la tierra. Creemos, al contrario, que Dios nos ha dado desde el principio de los tiempos, para conocer el bien y el mal, la conciencia; para conocer la verdad y el error, la razon; que así como físicamente llevamos en nosotros átomos de todo el Universo, moralmente llevamos en nosotros los jugos de todas las revelaciones sucesivas y nuestro espíritu es el resultado de las ideas de todos los siglos, con cuyos esfuerzos y con cuyas luces y con cuyos martirios hemos logrado los bienes mayores de nuestra existencia y el inapreciable de la redentora emancipacion. Por consiguiente, toda la parte legendaria, fantástica, mitológica, que siglos de guerra, que razas primitivas, que duras épocas de hierro pedian y necesitaban para cumplir sus primordiales deberes, no lo necesitan nuestros tiempos, conocedores del bien por la pura razon, amándolo por los imperativos mandamientos de la conciencia y no por la fuerza coercitiva de instituciones mil veces trasformadas en la historia y hoy caidas en irremediable decadencia.