Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 5
¡Ah! por todos estos monumentos se descubre que el paganismo quedó vivo allí, y que el Renacimiento comienza en el suelo itálico á la hora misma en que comienza la cultura moderna. En el siglo décimosexto, nosotros construimos edificios de gótico florido. No hay sino ver el San Juan de los Reyes en Toledo ó la fachada de la catedral nueva en Salamanca. Pero las gentes de Italia, enamoradas de Roma, á mediados del siglo décimoquinto, elevan muchas de sus iglesias poniendo una sucesion de arcos romanos y echando sobre estos arcos las majestuosas bóvedas. La basílica de San Andres pertenece al número de las iglesias greco-romanas, que abundan tanto en todos los territorios de Italia.
Visitar una ciudad italiana y no conocer en ella algun gran pintor, tambien es imposible. Cada artista tiene su ciudad. Si quereis conocer á Luini id á Milan, si á Corregio id á Parma, si á Andrea del Sarto á Florencia, si á Beccafiume á Siena, si á Signorelli á Orvieto, si á Rafael á Roma, si á los Carraccios á Bolonia, si al Giotto á Pádua, si á Julio Romano á Mantua. En esta ciudad encontró poderoso príncipe que le protegiera, riquezas que le auxiliaran, libertad para inspirarse en el recóndito manantial de sus ideas. Julio Romano ha pasado á la posteridad como el discípulo predilecto de Rafael de Urbino y como el heredero de su genio. En una gran parte de los cuadros más admirados por el mundo, su lápiz ó su pincel han obedecido las inspiraciones soberanas del inmortal maestro. En las logias, éste sólo pintó de su mano el primero y último cuadro: _La Creacion_, que comienza aquella epopeya religiosa evocando el Universo á la virtud creadora de la palabra divina lanzada por el Eterno; y _La Cena_, que la termina instituyendo el sacramento de la eterna comunicacion del hombre con Dios. En las maravillosas estancias hay paredes enteras debidas al pincel de Julio Romano, aunque sean fidelísimos traslados de los cartones rafaelinos. Es uno de los satélites de aquel planeta ó de los planetas de aquel sol.
Su genio, sin embargo, no tiene la tranquila armonía, la calma profunda, la serenidad celeste, la perfeccion clásica del genio de Rafael. Julio Romano gusta de lo exagerado, de lo extravagante, y á veces de lo feo. Bajo este concepto puede y debe llamársele un artista romántico. Así, en cuadro de ideal Vírgen, obra de Rafael, ha puesto una gata, como alzando al empíreo la humildad del hogar doméstico; y en la gran batalla de Constantino y Maxencio ha pintado en primer término un enano grotesco y monstruoso, que jamas hubiera permitido el maestro en cuyo genio renacia la majestad de Fídias. Por eso, donde Julio Romano se muestra en toda su ingenuidad, donde aparece tal como lo habia forjado naturaleza, es en Mantua; allí, jefe de escuela, soberano de sí mismo, rodeado de discípulos innumerables, compartiendo la autoridad con los duques del territorio, gozando de córte y de presupuesto, como si constituyera su genio solo un Estado. La sustitucion del ateniense, del florentino, del pagano Papa Leon X, que, no pudiendo conversar con los antiguos dioses, conversa con sus descendientes los artistas; la sustitucion del Papa Leon X por su sombrío sucesor Adriano, teólogo, y nada más que teólogo, flamenco incapaz de toda inspiracion, enemigo del arte, le ahuyentó de la Ciudad Eterna, que parece otra vez herida por los bárbaros, asaltada por el glacial genio del Norte, á cuyo helado soplo pierden sus alas y se encierran tristemente en sus larvas las risueñas ideas. Cuando llega á Mantua no tiene Julio Romano caballo, y el Duque le regala su caballo favorito; no tiene hogar, y el Duque le regala un palacio; no tiene ahorros, y el Duque le envia brocados, terciopelos, joyas, que podrian ciertamente envidiar los más poderosos príncipes. Su fortuna llega á tal extremo, que merece por las fiestas dispuestas en su loor y los teatros levantados y los torneos y las danzas y las decoraciones y los saraos ser tratado por Cárlos V, el dueño de Europa, como uno de sus compañeros: que entónces lucia junto á la corona de los reyes la aureola de los pintores.
Hay tanta diferencia entre Rafael y Julio Romano como entre Virgilio y Ovidio, como entre Garcilaso y Góngora. Aquella idealidad que el pintor melodioso por excelencia traia de las catedrales de la Edad Media para unirla con las formas perfectas de la antigüedad clásica resucitada, se pierde, se extingue en sus discípulos, los cuales, en cuanto los ojos del maestro y su sonrisa dulcísima se apagaron, caen precipitados en profunda oscuridad y no vuelven á entrever la conjuncion del espíritu moderno con el espíritu antiguo, verdadero secreto de la grandeza del Renacimiento. Julio es un pagano, pero un pagano por cuyo cuerpo corren las chispas de nuestra electricidad y por cuya alma atraviesan nuestros dolores y nuestras inquietudes. Poco ó nada sabe ya en Mantua de la pintura rafaeliana, de aquella inspiracion religiosa unida á la belleza griega, de aquel espiritualismo encendido sobre las aras de mármol penthélico; su genio fogoso, inarmónico, violento se lanza á los piés de los antiguos dioses griegos y se contagia con su sensualismo acrisolado y purificado en la mente platónica y cristiana de Rafael. Evocando los cuadros de la primitiva escuela de Siena y de Umbría para ponerlos junto á los frescos del palacio de Mantua ó de la casa del Té, se nota que el espíritu humano ha andado tanto y se ha trasformado tanto como pudiera andar y trasformarse de las Pirámides de Egipto al Parthenon de Grecia. Julio Romano me parece uno de esos pensadores alejandrinos que, deseando resucitar á los antiguos dioses griegos á fin de conservar la sabiduría de Aténas y la fuerza de Roma, sin las cuales no se concibe la existencia del mundo, los hincha, los agranda, los agiganta desmedidamente con ideas orientales, platónicas, hasta cristianas, especie de filtros inútiles, bien pronto convertidos en corrosivos venenos, porque merced á ellos pierden los dioses la serenidad celeste, la dulce sonrisa, el tranquilo gozo, la perfecta hermosura con que juntaban en dulces desposorios y entre guirnaldas de flores la tierra con el cielo.
Para conocerlo es necesario estudiarlo en el Palacio del Té, en Mantua, en aquella su obra maestra, que es respecto á Julio Romano como la capilla Sixtina respecto á Miguel Ángel, como las estancias del Vaticano respecto á Rafael, como la sacristía de Siena respecto á Pinturrichio. Pocas veces se verá un palacio ideado, delineado, construido, pintado por un solo artista. Es una gran quinta, ó, como nosotros decimos, un sitio real de los Duques de Mantua cerca de la ciudad. Los dos principales salones, pintados al fresco por Julio Romano y sus discípulos, vienen á ser el salon de Psíquis y el salon de los Gigantes; aquél por la gracia, y éste por el atrevimiento; aquél por la armonía y éste por la hipérbole; aquél por la clásica expresion de dulzura, y éste por la exagerada expresion de violencia; como si quisiera representar el lado femenino junto al lado viril del arte.
Nadie puede olvidar á Psíquis, la pobre perseguida de Vénus, la hermosísima doncella que goza en la oscuridad, acostada sobre un lecho de flores, las caricias del amor suspenso á su pensamiento y á sus labios, cuando deseosa de verlo, de contemplarlo, enciende su lámpara y le sorprende en el sueño extasiada, y le admira extática y le ama con más pasion y le desea eternamente á su lado, en su lecho, hasta que una gota de aceite hirviendo cae sobre las espaldas del enamorado despertándole; y al verse conocido, examinado, él, que es un misterio, él, que gusta de las sombras, él, que presta á todos su ceguera, huye y se desvanece en los aires sin dejar más que un resplandor, un aroma, un recuerdo, como para atormentar eternamente á la pobre jóven, fiel imágen del alma humana enamorada de lo infinito, cuya inmensidad siente dentro y fuera de sí, en su idea y en la Naturaleza, pero sin poder jamas ni verla ni alcanzarla.
Mirad esas paredes. Aquí Psíquis está en el baño, y rosados amorcillos derraman sobre el agua y sobre su cuerpo olorosas esencias; allá Mercurio prepara el banquete nupcial, y las Gracias, dignas por su hermosura y por su felicidad del florido y risueño Albano esparcen flores sobre la mesa de los festines, miéntras las bacantes, henchidas de vida y de placer, danzan furiosas, entonando canciones al viejo Sileno, sostenido en su embriaguez por los sátiros; acullá, entre ramajes, guirnaldas, pámpanos, lucen los vasos y los jarros de plata y oro; en un costado se apoya el perezoso Baco, cual si acabára de llegar á Occidente desde la lejana India, con los tachonados tigres asiáticos á sus plantas; y sobre todos resalta la doncella enamorada, la prometida al amor, circuida de ninfas que la acompañan tanto en felicidad como en hermosura, mirando entre el celaje la cuadriga del sol cuyos caballos despiden la luz de sus crines, y respirando el aire renovado por el balsámico soplo del céfiro; cuadros deslumbradores que han visto el cielo de Grecia, los laures y las encinas de Dodona, las cumbres del Hibla y del Himeto, la ola del mar de la Jonia quebrándose en el coro de las islas griegas, el sol que ha engendrado las cigarras y las abejas de la Atica, la vida y la alegría de los antiguos dioses.
La última estancia es la estancia de los Gigantes. Á no dudarlo, Julio Romano se ha inspirado en genio semejante al suyo, en el genio de Ovidio, grandioso tambien y tambien audaz, pero señalando con el desequilibrio de sus pasiones y la violencia de sus ideas, y los contrastes de su estilo, el comienzo de irremediable decaimiento en las romanas letras, cuya perfeccion representará eternamente otro genio semejante á Rafael de Urbino, el inmortal Virgilio. Pues bien; Ovidio en el canto tercero del primer libro de sus Metamorfoseos presenta el cielo inseguro, los dioses recelosos, como amenazados por los gigantes que, para escalar sus alturas y abrirse paso entre el éter, apilan montañas sobre montañas, las cuales ya tocaban con sus cumbres en las divinas moradas cuando Júpiter fulmina sus rayos y abate el Olimpo, y hiere á Osa y á Pelion, y aplasta á los rebeldes, de cuya sangre humeante animó la madre tierra los hombres, despiadada raza, como sus sanguinarios padres, ébria de ódios y hambrienta de matanzas. ¡Con qué grandeza colosal y extraña originalidad reproduce Julio Romano estas fábulas! Es la epopeya de las ruinas: restos como de un naufragio y de un incendio al mismo tiempo; catástrofe del universo como si se abriera la tierra y se desplomáran los cielos; ciudades enteras desarraigadas de sus bases y convirtiéndose en cenizas; columnas rotas en mil pedazos como las armas de un abandonado campo de batalla; rocas que se precipitan por todas partes, semejando las gotas de un diluvio de moles; gigantes de cuerpos colosales, de actitudes increibles, con sus ojos lucientes como hornos, con sus bocas abiertas como abismos, con sus brazos de la robustez de los troncos, y sus piernas de la dureza del hierro, unos todavía de pié, otros huyendo, heridos éstos por el rayo, aplastados aquéllos por los montes, miéntras allá en las alturas todo es terror y ódio, porque el trono de Júpiter relampaguea y el cielo entero se abrasa en imponente tempestad y los grandes dioses huyen á regiones serenas y Neptuno detiene á sus delfines y Apolo á sus caballos para que no los precipiten á la pelea y Vénus pide proteccion á la cólera de Marte y Pomona tiembla como el arbusto sacudido por el viento y las ninfas huyendo de la tormenta se refugian en el seno de Páris y Juno enciende la ira divina y Eolo sopla huracanes y la guerra abrasa así el tiempo como la eternidad y así los cielos como la tierra, aterrando á los dioses y á los titanes, todos envueltos en sus torbellinos de destruccion y de muerte.
VI.
Mantua es una ciudad acuática, palúdica. El Mincio, que baja del lado de Garda y desemboca en el Po, al llegar á estos terrenos se pára, se estanca, se dilata en pesadas y mefíticas lagunas, las cuales carecen ciertamente del colorido mágico y de la helénica alegría que tienen las lagunas de San Márcos en el espléndido Adriático. Yo las recorrí todas, aunque ligeramente, con mis _Geórgicas_ en la mano. Es verdad que algunas se han formado muy posteriormente á la época del poeta; pero el rio fluye aún por donde lo vieron sus ojos, y una parte de las aguas duerme donde dormian cuando él estaba en la cuna.
_Propter aquam, tardis ingens ubi flexibus errat_ _Mincius, et tenera prætexit arundine ripas._
Yo vi la laguna de Sopra, laguna de arriba, artificialmente formada; paseé dos ó tres veces por el dique de los molinos que conduce á la ciudadela; me asomé al puente de San Giorgio para contemplar lo mismo la laguna del centro que la de abajo: y no obstante descubrir por do quier muros y contramuros, fuertes y contrafuertes, lunetas y castillos, fosos y puentes levadizos, convencíme de que Mantua es en nuestro tiempo, como en tiempo de Virgilio, una poblacion esencialmente agrícola. Por todas las lagunas vi barcas de frutos cargadas y por todas las calles carros cargadísimos. Lo que más trajo á mi memoria la edad antigua, fué singular espectáculo que hirió mi atencion y cautivó mi ánimo. Trascurria el tiempo de la vendimia. En carreta, verdadero lagar ambulante formado de apretadas tablas, amontonábanse las recien cortadas uvas. Dos ó tres mancebos, arremangadas las mangas de la camisa y arremangados los pantalones, pisaban los racimos como al compas de un baile, produciendo rojo rio de mosto que caia de la carreta en preparada cuba. Al pié, sentada sobre un barril, hermosa jóven de tez morena y ojos negros cantaba cancion melodiosa para acompañar la danza de los pisadores. Varios niños con las manos cargadas de mostosos racimos y las sienes ceñidas de improvisadas guirnaldas danzaban tambien entre las ruedas. Y los tardos bueyes lucian, á guisa de plumeros, en el testuz, manojos de sarmientos, cuyos pámpanos, verdes unos y carmesíes otros, formaban el más bello contraste en aquel viviente bucólico cuadro que no hubiera menospreciado Virgilio.
Toda la region, toda ella, exhala inspiraciones campestres: las lejanas cordilleras de los Alpes, recamadas de celestes reflejos y ceñidas de eternas nieves, inmensas líneas de rotondas y pirámides admirablemente dibujadas en los horizontes; el espacioso lago de Garda, formado por puros manantiales que dan á sus aguas las trasparencia y la claridad del cristal, tendido perezosamente al pié del monte Baldo; las pesadas lagunas de Mantua, que contrastan con el celeste Garda, lagunas compuestas de las corrientes del limoso Mincio; el ancho Po, de tranquilo curso y de brillante superficie; los verjeles y majadas, el campo entero cubierto de un verdor que recuerda los paisajes de Holanda; los altos olmos en cuyos troncos las vides se enlazan y suspenden; toda aquella naturaleza impregnada de la misma poesía que exhalan de sus exámetros las virgilianas Églogas.
VII.
La naturalidad es la primera y más sobresaliente entre las cualidades de Virgilio. No es un erudito que rehace la Naturaleza en su biblioteca; es un campesino que ha nacido y se ha criado en el establo, que ha dirigido con su honda, y su cayado las ovejas, que ha tocado la zampoña y el rabel en las pastoriles fiestas, que ha muñido las tetas de las vacas, que ha sesteado á la sombra de los olmos, que ha sembrado el grano por el lluvioso otoño tras la yunta en el hondo surco y con su hoz lo ha segado y en la era lo ha trillado por el caluroso estío, que ha recogido y cortado el panal de cera y miel en las colmenas, que ha podado los sarmientos y vendimiado los racimos y recibido en las cántaras el ardiente mosto y trabajado con todo su sér en las creadoras faenas del campo, vivo en su corazon y en su existencia ántes de ser cantado por su armoniosísima poesía.
Para que el amor á la agricultura tomára en su pecho más intensidad, se vió privado violentamente de sus tierras en edad bien temprana, y las lloró y las cantó como las aves lloran y cantan el nido alevemente robado por despiadada mano. Como todos los bienes de la tierra, amados mucho y perdidos pronto, el despojo de su propiedad y la tristeza de su familia han dejado huellas indelebles, así en su poesía como en su vida, y han derramado hermosos pensamientos en los cielos del arte. Hay entre el sepulcro de la República Romana y la cuna del Imperio Cesáreo un hombre que personifica el pretorianismo, y que lleva en su figura y en su vida todas las señales del largo irremediable decaimiento de la antigua civilizacion. Este hombre es Antonio. Educado por el partidario de Catilina, Léntulo; crecido en la amistad de Clodio, el más furioso y más vil de los demagogos romanos, sólo creyó en la fuerza; y sólo sirvió á la tiranía semejante en esto á todos los cortesanos del pueblo, que exageran la libertad y la violentan como para hacerla odiosa á las sociedades humanas y arrastrarla por el terror á la mancebía de los déspotas.—General de caballería en edad temprana, vencedor de los judíos, soldado mercenario de los egipcios, tribuno de la plebe, del partido demagógico pasa al partido cesarista y viola torpemente la majestad del Senado con la irreverente lectura de audaces cartas del dictador y enciende la guerra civil presentándose á éste en carruaje de alquiler como lanzado de Roma y de sus derechos. Desde entónces queda constituido Antonio en jefe de los partidos militares sobre cuyas lanzas se levantára César á la tiranía jamas disculpada ni siquiera por la virtud de su genio. Como vestia el traje militar, como llevaba al cinto la espada pretoriana, como se parecia á Hércules en su varonil hermosura, como se emborrachaba en las cantinas y participaba del rancho, como dispendiaba el oro lo mismo que vertia la sangre, pródigamente, los soldados seguian á ciegas las enseñas y las voluntariedades de Antonio, que daba festines y banquetes á todas horas, malversaba los caudales públicos en espectáculos populares, concurria á los garitos acompañado de sus capitanes, se paseaba borracho en los sitios más principales y construia teatros para agasajar á sus bufones; incontinente hasta asaltar las mujeres honradas en medio de las calles; intemperante hasta vomitar sus indigestiones en una Asamblea, como si dijéramos, sobre la cara del pueblo; escandaloso hasta llevar al frente de sus tropas y junto su litera, á un lado el titiritero Sergio y á otro la cortesana Cytheres; fastuosísimo hasta tener leones y fieras entre sus alimañas y vasos de esmeralda en su equipaje; ataviado de seda y pedrería como un sátrapa de Oriente; en cenas orgiásticas perpétuas como las prostitutas romanas; personificacion de todos los vicios, que, envenenando á los ejércitos y á los pueblos, concluyen por forzarlos á dormir en la triste soñolencia del hartazgo y del hastío bajo la más degradante servidumbre. Antonio repartió las tierras de Mantua, las propiedades de los pueblos entre sus soldados; y esta reparticion fué causa de que Virgilio visitára á Roma y consiguiera una devolucion que le empeñó en eterno agradecimiento á su redentor, al poderoso Augusto. De naturaleza delicada, de temperamento nervioso, de corazon tierno, de sensibilidad exquisita; enemigo del fausto, del poder y del ruido que en Roma reinaba; amigo del retiro y de la soledad, como todos los genios contemplativos, en la Edad Media fuera Virgilio un monje consagrado á la adoracion mística de Dios dentro del claustro, y en la antigüedad fué un poeta consagrado á la adoracion purísima de la Naturaleza.
VIII.
Existen hoy dos clases de artistas igualmente detestables: unos, menospreciadores del Universo, cuyas armonías no oyen, cuyos colores y matices no ven, cuya admirable totalidad no comprenden, prefiriendo encerrarse en los abismos de su propia inteligencia, en la oscuridad de sus ideas y dar forma sólo á sus ensueños, como si la totalidad del sér estuviera en nosotros, y fuera de nosotros no hubiese hermosura alguna ni inspiracion posible; otros que copian servilmente la Naturaleza, que en sus obras la reproducen como en una fotografía, que á fuerza de repetirla concluyen por disecarla, destruyéndola en la servil miniatura de sus fragmentos, como aquel poeta citado por Richter, que consagró un poema épico entero al momento del parto y al arte dificilísimo de los comadrones y de las parteras. La poesía es un grado de la idea superior á la Naturaleza. El poeta debe recogerla como un ángel, trayendo á su seno los resplandores de otros mundos y animándola con el calor y á la luz de lo ideal. Así era Virgilio; reproducia la Naturaleza, embelleciéndola, y demostraba que en el sentimiento del poeta, como en la idea del filósofo, crece y se espiritualiza y se acerca la Naturaleza al Eterno.
La obra por excelencia de Virgilio, es el poema de las _Geórgicas_. Podriais bien exactamente calificarlo llamándole epopeya del trabajo en oposicion á esa epopeya de la guerra que preside y acompaña á toda la historia. El poeta canta, desde la semilla depositada en la tierra, imperceptible, confinando con el no sér y gérmen de nuevos seres, hasta la zumbadora abeja, hija de la luz, elaboradora de la miel, que confina con el mundo superior y cuasi divino de la inteligencia. La ley de la unidad en la variedad reina con imperio en todo el poema. Los seres se esparcen, se diversifican, se irradian por los espacios en várias individualidades que luégo se juntan y se armonizan en reinos, en géneros, en familias, en especies, hasta llegar á confundirse, como en su atmósfera, en el espíritu universal de la creacion. Así se corresponden, desde la cinta de la hierba parásita en los abismos de la tierra, hasta el cometa, esa cinta de materia cósmica perdida en los abismos del cielo. Los seres inertes toman el humano sentimiento y la idea humana, animándose á su vivificador soplo, como los cuerpos opacos y frios se iluminan y se calientan en la luz y en el calor del sol. El laurel conoce y desea la gloria; el ingerto presiente las flores y los frutos que ha de darle pronto la nueva savia recibida en sus fibras; la encina contempla orgullosa y vencedora á las generaciones de hombres y de dioses que arrebatan bajo sus eternas ramas los siglos; la primavera hincha con su amor desde la yema del arbusto hasta la linfa del arroyo; y el éter desciende en copiosas lluvias sobre el seno de su esposa la tierra, para fecundizar los gérmenes innumerables de la vida. ¡Oh religion de la Naturaleza! Virgilio no es aquel avaro cultivador de otros tiempos, que solamente ve en los campos la riqueza y pretende herirlos con su azadon y su arado para explotarlos cual abundosa mina; es el sacerdote que tiene un culto, el poeta que tiene un sentimiento, el sabio que tiene una idea y vierte todos estos elementos de vida en los prados, en los bosques, en los viñedos, en la siembra, como nueva y más fecunda lluvia.
¿Quién no te admirará, alma Naturaleza? Ya tengas la alegría del amanecer ó la tristeza del vespertino crepúsculo; va muestres la serenidad del lago terso como cristal ó el furor del Océano embravecido por el azote de la tormenta; ahora brames en el huracan ó cantes en el céfiro, ahora amontones opacas nubes ó pintes la rosácea boreal aurora; lo mismo entre los témpanos del polo semejantes á sepulcrales cordilleras y frios como la muerte que entre las selvas del trópico enardecidas por las llamas de la ardentísima vida; lo mismo en el insecto microscópico, frágil y fugaz como una aspiracion del no ser, al ser que en los eternos é inconmensurables soles de soles; desde las caliginosas sombras del abismo hasta la brillante fosforescencia de los mares y desde los infusorios hasta la Vía Láctea, así como encierras en sus primeras manifestaciones la vida, revelas en sus primeros resplandores la hermosura.