Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 4
Sobre las bellezas naturales de estos montes y de estas colinas resplandecen las bellezas históricas en Toscana. Ahí está, en montecillo cónico, al Nordeste, sobre verjeles y jardines, la celda del místico pintor que trazaba sus vírgenes de rodillas y que habia visto y oido por un milagro de fe en los arreboles de su inspiracion santísima, los ángeles del cielo. Regada por estas fecundas aguas del Arno se levanta la casa paterna de aquel genio extraordinario que fué ingeniero y matemático y pintor y arquitecto y físico y geólogo y escultor y médico y filósofo, como si el espíritu humano, ese mar infinito, se hubiera subido á una sola cabeza. Ahí se descubre, entre colinas umbrosas donde las flores brotan á millares, el delicioso jardin nunca bastante alabado en que el gran satírico, el comentador del Dante, viendo á sus piés Florencia entregada á todos los horrores de la peste, se entregó al placer, á la risa; y fundó entre beso y beso, trago y trago, carcajada y carcajada, acompañado de dos coros de bellas damas y cumplidos caballeros, en su centon de cuentos inmortales, aunque obscenos, la prosa italiana. En estas arenas trazaba sus figuras, sus bocetos primeros, el niño misterioso, el pastor inspirado, que llamaban de consuno la naturaleza y la historia desde su profunda oscuridad á entrar en el cielo del arte, á ser el padre de la pintura cristiana, á desceñir las vírgenes y los santos de la angosta túnica bizantina. En la nieve que caia sobre estos jardines amontonada por los muchachuelos florentinos durante sus ruidosos juegos modelaba las colosales figuras que habian de indicar en los caminos del progreso la transfiguracion de la humanidad el escultor del David y del Moises y de la Noche. En las encrucijadas oscuras de esas calles florentinas, en los largos muros de esas pesadas casas, se dibujaba la sombra siniestra de aquel que tenía en su mente todas las promesas del cielo, en su corazon todos los dolores del infierno, en su sér, único y solitario en las edades, sin que le abrumára, el peso colosal de la epopeya católica. El bronce de las puertas de Florencia señala el perfeccionamiento de la escultura; el yeso de sus altares, resplandecientes de colores y matices varios, cielos del espíritu, espacios de la humana creacion, señalan el perfeccionamiento de la pintura. Á la sombra de estos pinos, al rumor de estas aguas, al pié de estas colinas, el genio de la antigüedad sacudió el sueño de quince siglos y reanudó el hilo interrumpido de la historia y restituyó sus olvidados derechos á la naturaleza convirtiendo en hombres los penitentes de la Edad Media. En sus pórticos, en sus intercolumnios, coronada por sus laureles, reanimada por su luz y por su color, se elevó de nuevo al cielo el alma de Platon destilando la miel del Hibla para contrastar el acíbar que habian mezclado á nuestro pan los horrores del feudalismo y de la teocracia. En su genio flexible, en su agudeza ática, en su finura incomparable, en su historia dramática cual ninguna, encontró aquel escritor, de todos los políticos maldecido y de casi todos aprovechado, las profundas observaciones sobre las desgracias y las penas y las calamidades sociales. Sus piedras, amontonadas por el genio de la arquitectura, sustituyen á la mística ojiva el triunfal arco romano. Sus monumentos ven las agitaciones de una democracia tempestuosa y serena al mismo tiempo, con rasgos de héroe y temperamento de artista, una democracia como la democracia ateniense, capaz de vencer en el gimnasio, en el combate, en el taller y en la escuela. En su seno se juntaron por un momento la Iglesia de Occidente con la Iglesia de Oriente como si hubiera logrado la moderna Florencia resucitar el poder de la antigua Roma y restaurar á lo ménos la unidad moral de la moderna Europa. En sus plazas se oye todavía la voz del fraile que logró fundar una república sin más gobierno que el invisible gobierno de Cristo. En sus altísimas torres se dibuja la colosal figura de aquel genio que reveló al mundo los secretos del cielo, que probó con el péndulo el movimiento del planeta, que escrudiñó con el telescopio las estrellas, y que vino á morir bajo el trasparente cielo de Florencia y á tener en el seno de esta ciudad única, el sepulcro de sus huesos y el templo de su gloria. Aquí, aquí, el jóven sublime, el Dios inmortal de las formas plásticas, el que revistió á la figura humana con la belleza griega, volviendo de la Umbría su cuna, de Siena, su segunda escuela, dejó para siempre los terrores místicos que daban rigidez á sus figuras, entró de lleno en el regazo de la humanidad y de la naturaleza, engendrando en su cerúleo pensamiento esas vírgenes, realizacion maravillosa del tipo eterno de la hermosura perfecta.
¿No os habeis detenido algunas veces á contemplar en la historia el destino de las ciudades? La materia cósmica se halla extendida, espaciada, difusa en la inmensidad. Pero algunos puntos, algunos núcleos la reunen, la condensan, y en soles, en mundos, en aerolitos, en cometas, la irradian, la revelan, como diciendo: «Hé ahí la luz.» Así están las ideas en la conciencia humana, esparcidas, espaciadas, difusas, impalpables, y algunas ciudades las recogen, las condensan y hacen con las ideas lo que los astros con la luz, revelarlas, difundirlas, embellecerlas. Babilonia es la ciudad de la astrología y de la magia; Jerusalen es la ciudad de Dios; Aténas es la ciudad de la filosofía y del arte; Tiro es la ciudad del trabajo y del comercio; Roma es la ciudad de la política y del derecho; Alejandría es la ciudad que une la teología judaica con la ciencia griega para llevar el filtro de todas las ideas al seno del cristianismo; Aquisgran es la ciudad del Imperio carlovingio; Córdoba es la ciudad que revela en la noche de la teocracia la antigua filosofía y las nuevas verdades, el aristotelismo y la química; Ausburgo es la Nicea del protestantismo germánico; Ginebra la escuela religiosa de los republicanos del Nuevo-Mundo; Washington, nacida ayer, la estrella de la democracia universal; París, á pesar de su ancianidad y de sus viejas tradiciones, la capital de la Revolucion.
Florencia, que ha vivido durante largos años entre tempestades de ideas y combates homéricos en su inquieta democracia; y ha puesto el cincel en las manos de Andres de Pisa y de Guiberti para que esculpieran las puertas del nuevo paraíso; y ha dado á Lúcas de la Robla el dulce crepúsculo de helenismo y de cristianismo para que en él brillaran sus lucientes figuras de porcelana; y ha revelado la anatomía del cuerpo humano y la fecundidad de la naturaleza á Donatello; y ha llevado en sus entrañas, sin estallar, al Titan de las artes, al sublime Miguel Ángel; y ha cincelado el oro recien traido del Nuevo-Mundo con el mágico estilete de Benvenuto; y ha inspirado á Brunelleschi, el cual puso montañas sobre montañas, como los antiguos cíclopes, para crear la severa arquitectura moderna; y ha sido escuela á un tiempo de Cimabue, el último de los bizantinos, y de Giotto, el primero de los pintores, y templo donde Fra Angélico dibujó sus vírgenes y sus ángeles nacidos de una inspiracion sin mancha y dotados de una vida sin pecado, y academia donde tienen altares desde las graciosas figuras del Sarto hasta las colosales de Fra Bartolomeo; y ha prestado al Dante sus terrores, al Boccacio su risa, al Sansovino su armonía, á Maquiavelo sus cóleras, á Pico de la Mirandola su saber, á Rafael su perfeccion, á Marsilio Ficino su elocuencia platónica, á Savonarola su inspiracion, á Leon X su culto por las artes, á Galileo su luz, bien puede decirse que es y será eternamente la madre de la civilizacion moderna, la ciudad por excelencia del Renacimiento.
Los que estudian superficialmente la historia atribuyen las grandezas de Florencia á la dinastía de los Médicis. No saben sin duda que los Médicis recogen los frutos de la República como recoge Octubre la cosecha cuyas flores ha pintado Mayo y cuyas frutas han madurado Julio y Agosto. Los genios de las grandes épocas históricas han sido todos forjados al fuego de la libertad en el seno de la República. Augusto ha dado nombre á una época ilustre; pero Ovidio, Propercio, Virgilio, Horacio, Tito Livio habian nacido y se habian criado en las agitaciones de la República romana. La cosecha de Augusto es la literatura de la decadencia latina, la literatura que debe optar entre la abyeccion ó la muerte. Luis XIV da su nombre á otro siglo; pero Corneille y Bossuet y Molière pertenecen á las grandes y republicanas guerras de la Fronda. Perícles habrá podido denominar una centuria; pero nadie duda que la madre fecunda de los genios de aquella centuria fué la República de Grecia. Los mismos hombres extraordinarios de fines del siglo décimoquinto y principios del siglo décimosexto en España, Colon, Hernan-Cortés, Pizarro, El Cano, Cisnéros, Garcilaso de la Vega, Gonzalo de Córdoba no pertenecen á los tiempos de la monarquía absoluta; pertenecen unos á las repúblicas, otros á los municipios democráticos, otros á las guerras feudales, otros á las tumultuosas córtes, otros al período revolucionario de las comunidades, todos á la agitacion de la libertad, que es la misma agitacion de la vida. Cuando el absolutismo se ha apoderado bien de las conciencias, vienen los conceptualistas, los barrocos, los churriguerescos, los historiadores de la historia augusta; aquí Gracian, allá Marini, en todas partes la decadencia y la muerte.
Así, cuando Miguel Ángel vió que se iba la libertad, anunció con su cincel sobre un sepulcro que venía la Noche. Y por todas partes, por todas, se vió, se tocó, se palpó la decadencia. Ya no se alzan los palacios de la Señoría del Podestá, de Pitti, de Strozzi, palacios maravillosos de comerciantes; son palacios teatrales, grandes, pero destituidos de toda inspiracion, lejanas imitaciones de Versálles. San Gallo es el único arquitecto notable que pueden oponer los siervos á todas las innumerables legiones de arquitectos de la República. Y lo que decimos de la arquitectura decimos de la pintura. En cuanto se funda definitivamente la monarquía absoluta pierde su originalidad, su inspiracion, su brillo, y se hace servil, imitadora, rutinaria, vana y amanerada; se deslumbra y muere. Y la escultura tiene que buscar penosamente extranjeros á Italia, como Juan de Bolonia, para sostenerse un momento; pero caen sobre ella las universales tinieblas y desfallece y muere tambien. La República le dió su inspiracion á Florencia y con la República se extinguió este númen divino que ha dado alma á la civilizacion moderna.
La historia del arte es tambien la historia de la libertad.
MANTUA Y VIRGILIO.
I.
Yo siempre te amé, siempre, alma Naturaleza, desde que sentí tu eterna vida agolparse á mi corazon y tu calor discurrir en jugos vivificantes por mis venas. Luz esplendente que inundas los espacios; electricidad chispeante que corres por los nervios; aire vital en que respiran desde la violeta hasta el águila; fuego del hogar á que se calientan los orbes; vida, eterna vida, la de varios colores, la de organismos innumerables, jamas te imaginé sombra de mis pensamientos, cuadro de mi fantasía, estatua animada por la antorcha de mi inteligencia, el eco de mi voz en lo infinito, el reflejo de mi solitario sér en el vacío: creí y adoré tu realidad.
En tí, en tu seno, todo me subyuga: lo mismo la primera flor del temprano almendro en la henchida yema, que el postrer copo de la blanca nieve en la alta montaña; lo mismo el rumor de la lluvia invernal en los vidrios de las ventanas por las eternas noches, que el susurro del arroyo libre de sus cadenas de hielo por las campiñas primaverales; lo mismo la tormenta rugiente en truenos, encendida en relámpagos, chasqueando el rayo, que la endecha del ruiseñor enamorado en el tranquilo bosque; lo mismo el deslumbrador mediodía con sus tonos calientes, que la pálida luna con sus argentadas gasas; lo mismo el chirrido de la cigarra en las estivales siestas, que el grito del cuclillo en las mudas veladas; lo mismo el zumbar de la abeja sobre los arbustos, que el espirar de la ola en las sonoras playas; todo en tí me parece divino, todo, desde el amor hasta la muerte.
II.
Siempre me acordaré de una de las tardes más solemnes de mi existencia. Era el dia de Pascua en que todo resucita, la mariposa abandonando su larva para tomar multicolores alas, y Cristo rompiendo su sepulcro para llevarse el alma de la humanidad á los cielos. Así toda la creacion repite la alegre aleluya entonada por el órgano bajo las bóvedas de las iglesias y por las campanas en las altas torres. Descendia el sol hácia su ocaso entre anaranjadas nubes; brillaba el cielo con ese azul de España que no he visto ni en Italia; flameaban las cordilleras purpurinos reflejos que hacian de los ventisqueros volcanes; en los manzanos y en las acacias tendíanse blancas guirnaldas como signos de los desposorios de tantos seres en la estacion de los amores; y miéntras por los pedregales se ataviaban de su primer verdor la zarza-rosa, en los trigos, entre las tiernas espigas, alzaban sus corolas encarnadas las sedosas amapolas. De pronto suben dos alondras, una pareja enamorada, á los aires. Mirábanse extáticos aquellos seres del cielo ni más ni ménos que los amantes en la tierra. Volaban alegres con femenil coquetería como si quisieran mostrarse sus sendas perfecciones iluminadas por los rayos del sol poniente. Algunas veces las alas se rozaban y los cuerpos se confundian. La nube de incienso no asciende con tanta majestad en el santuario como ascendian los dos pajarillos en el campo. Veíaseles detener su ascension, quedarse fijos é inmóviles como si miraran algo sobrehumano aquí en el suelo despues de haber mirado la luz allá en el horizonte. Era quizás su nido, eran quizás los hijuelos de sus amores. Ignoro si en aquellos dias podrian ya tener hijuelos, pero me pareció que los contemplaban dormidos, que los oian piar, que atisbaban el lejano peligro para defenderlos y salvarlos ántes de perderse en el cerúleo abismo. Lo cierto es que en su canto, en sus notas alegres, en sus gorjeos, en su jugueton vuelo, en todos sus movimientos, mostraban á las claras ¡ah! la alegría comunicativa de vivir y de amar. Sus cantares caian sobre mi sér como rocío benéfico y lo impulsaban á participar de tanta felicidad.
III.
Pero en el mundo no todos tienen este culto mio por la Naturaleza, no todos sienten este dulce arrobamiento por los bellos espectáculos de la vida. Hay muchas armonías, pero junto á muchas batallas. Si al levantar los ojos á las esferas y ver el concertado movimiento de los astros puede pareceros el universo un poema, al convertirlos á la tierra y descubrir el ódio de unos seres á otros seres, sus mutuos encarnizados combates, las heridas que se abren, la sangre que se sacan y vierten, la muerte que se infieren, el universo puede pareceros una interminable, infinita, universal guerra.
Si cada sér no tuviera á su lado su contrario, llenaria pronto él solo con su prole toda la creacion. Un elefante, el animal de instintos más castos y de reproduccion más tardía, á la vuelta de cuatro ó cinco siglos, podria tener una descendencia de quince millones de elefantes. Por eso la muerte es tan creadora y tan necesaria y tan fecunda como la vida. Por eso en cada punto del espacio se amontonan las cunas y los sepulcros. Por eso junto á cada planta hay otra que le dispute el aire, la luz, el jugo de la tierra, el rocío de los cielos; junto á cada animal, otros animales que se persiguen como ejércitos enemigos y se exterminan crueles en eterno duelo á muerte. La vaca en el Paraguay lucha con un moscon que comienza por zumbar en su oido y concluye por anidar en su ombligo. Y aquel moscon la mata. Los naturalistas dicen que si los moscones no acabáran de esa suerte con las vacas, acabarian las vacas, en tiempo relativamente corto, con la lujuriosa vegetacion del Paraguay. Y entre nosotros, en la especie humana, así como hay quien considera la Naturaleza un templo y desearia no profanarla ni con una gota de sangre, no oscurecerla ni con una nube de ódio, hay quien siente á la vista de la ligera liebre el instinto del galgo ó del sabueso; al roce de las alas de un pajarillo el impulso del águila ó del milano, y viviria como el feroz cazador de la leyenda alemana en lucha perpétua, entre montones de despojos, produciendo eternamente la muerte; anegándose en mares de sangre.
Llevábamos aquella tarde en nuestra compañía un cazador. El cántico y el vuelo de las dos inocentes avecillas no conmovieron su empedernido corazon. Donde nosotros veiamos el amor, la familia, un matrimonio, unos hijos, él veia, con la crueldad del asesino, su presa. De pié, á nuestra espalda, sin que tuviéramos tiempo de evitarlo, apuntó á los pajarillos una escopeta de grande alcance y derribó á uno de ellos herido en el ala por tierra. No os podré decir lo que pasó en mi corazon. El pobre animal arrancado del cielo como una estrella que se desengarzára de su centro de gravedad; herido en los órganos que le dan el dominio de los aires; separado violentamente de su esposa, de la compañera del alma, de todos los encantos y de todos los amores de su vida; imposibilitado de volver al nido en que quizá piaban sus hijuelos, mirábanos con ojos de dulce y por lo mismo desgarradora reconvencion, preguntándonos qué daño nos habia hecho para inferirle tan bárbaro y tan neroniano castigo. Este sér nervioso, movible, pequeño, habia subido y subido en raudo vuelo á las alturas para huir de las sombras, para recoger los rayos del sol, para contemplar por más tiempo la luz, esa idea del Universo; y el hombre con sus bárbaras máquinas y maquinaciones le precipitaba en la oscuridad, en el dolor, en la muerte. Pocos momentos ántes respiraba hasta por las plumas. Sus alas se tendian suavemente en los aires, su pecho se hinchaba de vivificador oxígeno, lucian sus ojos abrillantados por el éter, y un minuto y un fragmento de plomo habian bastado á destruir su ventura. Pero lo desgarrador de aquella escena era la pobre viuda, más herida en el corazon que su compañero en las alas. Bajaba como abatiéndose al dolor. Volvia á subir cual si quisiera mover á volar con su ejemplo. Trazaba espirales en torno del inerte cuerpo. Se detenia sobre el ramo cercano y le llamaba con desgarrador llamamiento. Aquel pío era una escala de sollozos, de plañidos, de quejas. Cada nota, aguda como un grito, llenaba el espacio de torrentes de lágrimas. Oíanse todas las gradaciones del dolor, la pena, la tristeza, la amargura, la desesperacion el anhelo por la muerte. Cuando Julieta se levanta de su sepulcro y se encuentra á su esposo herido y agonizando á sus plantas, no dice cosas tan tristes, tan amargas, tan profundas, como las que decia en sus gorjeos de duelo á los aires la pobre alondra viuda. Todos nos mirábamos y todos sentiamos profundo enternecimiento. Hasta al cazador endurecido le remordia la conciencia por haber roto aquel lazo de dos seres atados por el amor. Yo me acordé confusamente de mi infancia, de los primeros dias de orfandad, de la viudez de mi madre y de su lloro. ¡Oh! el sentimiento y la idea están esparcidos como la luz, como el calor, como la vida, por todo el Universo.
IV.
Si la idea y el sentimiento están esparcidos por la Naturaleza, el amor á la Naturaleza no ha dominado siempre en el arte. Hay épocas enteras en que parece estar ciego el hombre á los esplendores del Universo. Ni la estrella en el cielo, ni la luciérnaga en la tierra, ni el torrente espumoso que baja como una tormenta de las altas cimas, ni la gota de rocío que se suspende como una lágrima á las hojas de las flores, hieren su atencion. Las reacciones místicas contra el delirio y el desenfreno de los sentidos explican satisfactoriamente este hecho. El poeta monástico ó el poeta guerrero se conmueven más á la vista de los altares ó de los campamentos que á la vista del sol naciente ó del mar en calma; miéntras el poeta antiguo, coronado de pámpanos y de hiedra, con la copa de Chipre en las manos y la miel de Chio en los labios, quiere contemplar desde mullido lecho de hojas de rosas el cielo y las ondas, los bosques y los promontorios, las cordilleras ceñidas de nieve y las islas salpicadas de espumas, en el admirable golfo de Parthénope. La poesía está do quier está la hermosura. Puede ser un monasterio hermoso y hermosa una orgía. Pero no me negaréis que el sentimiento de la Naturaleza da mucho vigor y mucho encanto á los poetas. Admirables son el horizonte y el campo reflejándose en las profundidades de nuestra alma. Los cantores de la Naturaleza, pues, nos encantan siempre. Y entre los cantores de la Naturaleza ninguno como Virgilio. En el aula de latinidad, cuando las declinaciones y los diptongos empolvan vuestro pensamiento, Virgilio os trae el aire balsámico de la majada, el olor del tomillo, la sombra de las hayas, el eco de la zampoña, el arrullo de la tórtola, el misterio de la sublime caida de la tarde al bajar la sombra de los altos montes y subir los ganados á los escondidos apriscos. Allí veis y ois las aves que anuncian el tiempo como las Sibilas del aire y como las profetisas del Universo apareciendo segun las tempestades ó las bonanzas; la grulla que se levanta de los valles; la golondrina que riza con sus alas jamas fatigadas el borde espumoso de las ondas; los lúgubres cuervos que hacen estremecer la atmósfera con su vuelo y sus graznidos; los pájaros acuáticos, tanto aquellos que surcan los mares como aquellos que surcan las lagunas, sumergiéndose en las aguas, sacando luégo erguidas sus cabezas, para escapar con sus bandadas léjos de la tormenta; el ronco grito de la corneja que llama á las nubes y á los torrentes del cielo; el triste mochuelo gimiendo en los altos techos durante la callada noche como para contrastar la serenata que da el ruiseñor en la enramada al dulce objeto de sus cánticos y de sus amores. Cuando en las artes descendeis de uno de esos poetas idealistas y soñadores á Virgilio, os sucede como al descender de los elevados picos donde el aire se enrarece, al hondo valle henchido de oxígeno y embalsamado de esencias.
V.
La idea de mirar y admirar el paisaje donde nació Virgilio, me llevó á la ciudad de Mantua. Las expresivas palabras _Mantua me genuit_ vagaban por mis labios desde los primeros años de mi existencia. Mantua es gran plaza fuerte, una de las más poderosas de Europa, integrante parte del cuadrilátero con que el despotismo extranjero tenía como crucificada á la pobre Italia. Parece imposible; pero en tan estrecho recinto, oprimidos por espesos muros, á la sombra de las ceñudas fortalezas; allí donde sólo se oian los pasos del austriaco que celaba con la ardiente mecha aplicada al oido de sus cañones; sin salida ni retirada posible á causa de las lagunas del Mincio, auxiliares de las fortificaciones, los patriotas conspiraban. Frente al palacio ducal brilla un monumento con los bustos de estos mártires inmolados á la independencia de su nacion, á la libertad de sus conciudadanos. Por esta escala de dolores, con tristísimas coronas de agudas espinas á las sienes, amontonando los huesos de sus hijos, las naciones suben desde el abatimiento en la servidumbre á la vida en la libertad. Caminamos al cumplimiento del ideal entre dos hileras de cadalsos. El dolor tiene pasmosa fecundidad.
Estar en una ciudad italiana y no ver algunos ejemplares de sus artes, francamente, es imposible. Así, despues de haber visitado la catedral, que no me llamó grandemente la atencion, visité la basílica de San Andres, que por sus sólidas pilastras, sus atrevidos arcos, sus largas líneas, sus grandiosas curvas, su alta y atrevida rotonda, me pareció una iglesia imponente, poco austera, como todas las iglesias italianas, sobrecargada quizás de adornos y de objetos artísticos, pero grandiosa.