Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)

Part 3

Chapter 33,485 wordsPublic domain

Y no cabe escudar la enormidad del hecho con la pequeñez del reino. De breves territorios han brotado grandes hombres y grandes cosas. Todas las ciudades griegas, cunas sagradas de los antiguos filósofos, eran ciudadillas que engendraban los dioses del pensamiento porque tenian abiertos á su mirada los cielos del espíritu. Y lo mismo sucedia con las modernas ciudades italianas y suizas. Pisa contaba un pequeño territorio; pero la libertad le daba todo el mar, y la lucha con los vientos y las olas sus arranques de heroismo y sus inspiraciones artísticas. Siena, apartada en sus colinas, no podria llamarse vasta; pero en las asambleas tempestuosas de su democracia brotaban los genios que debian embellecerla con sus obras y trasmitir de gente en gente su nombre inmortal á los siglos. Cuanto más pequeña era Florencia tenía más concentrado su calor vital sobre aquel nido de las inspiraciones y de las ideas. Ginebra estaba encerrada entre cuatro muros, y su estrechez no le importó para educar á Calvino y parir á Rousseau. Un barrio, nada más que un barrio de Génova se necesitó para cuna y para escuela de Colon, cuyo nombre no habia de caber en el mundo. En todos estos reducidos espacios se agitó una democracia, miéntras que en los peñascos de Monaco se posó el feudalismo. La historia del mundo será siempre la historia de la libertad.

¡Y qué hermoso el territorio de Monaco! Baste decir que se eleva á las orillas del Mediterráneo; de ese mar espléndido semejante á un pedazo de cielo caido sobre la tierra, el cual ya se oscurece en verde profundo como inmensa esmeralda, ya se aclara en blanco perla jaspeado de rosa como gigantesco ópalo; mar, cuyas aguas, sensibles á todos los cambiantes de la luz y á todos los giros del aire, os ofrecen de dia reflejos incomparables del sol, y por la noche, ó el rielar de la luna en las ondas, ó las cintas de sus fosfóricas estelas; obligándoos de contínuo á contemplar la brillante inmensidad, á respirar las frescas brisas, á oir los misteriosos rumores, con olvido tan grande del mundo y de vosotros mismos, que llegais hasta el místico éxtasis en aquella vision de lo infinito, capaz de seduciros, como una sirena, con su sonrisa, sin abrumaros, como el Océano, con su grandeza. El aire es purísimo, el cielo espléndido, la luz viva, el clima dulce, la temperatura agradable; del Norte abrigada por altos desfiladeros y de los excesivos calores libre por las contínuas brisas. En el mar engarzado se eleva á setenta metros de altura el pintoresco peñon de Monaco, sobre cuya cima campean, destacándose en el claro horizonte y apiñados como para no caerse en las aguas desde aquella eminencia, palacios, casas, iglesias, baluartes, cuarteles, castillos con sus correspondientes aspilleras y sus muros ceñidos de caprichosa crestería, realzados todos por los juegos de la luz verdaderamente mágica áun para ojos acostumbrados á la luz de Andalucía, de Madrid y de Valencia. Luégo, por las laderas del peñasco, en jardines difícilmente colgados sobre los abismos, entre ferruginosos riscos que el sol unas veces ha bruñido como si fueran de oro y que otras veces su propia naturaleza mineral ha cubierto de colores violáceos y purpurinos, se elevan las plantas gratas á cuantos en el Mediodía se han criado, consagradas por el arte, pintorescas y várias y multiformes: la adelfa con sus claras hojas y sus encendidas flores; las palmas que vibran y cantan al beso de las brisas; el oloroso mirto, que parece, cuando florido, nevado; los olivos de extraña magnitud casi ceñidos con los limoneros cargados de áureos frutos; el rojo granado junto á la oscura encina; los naranjales y las virgilianas hayas; el áloe con sus gigantescos candeleros y el nopal con sus espinosas pencas; alfombras de geranios; senderos de rosas y azucenas; el terebinto y el sauce; los laureles y los arbustos de la pimienta; toda esa vegetacion meridional con aires del Oriente, que ofrece á la vista el recorte y los festones de sus hojas, al paladar el sabor de sus frutos, al olfato el aroma de sus flores, á todo nuestro sér indescriptibles encantos y hondas impresiones, estrechando fuertemente con sus lazos las relaciones que existen entre la naturaleza y el espíritu, embebido por la admiracion en aquellos grandes efluvios de vida, como en el agua los peces, como en los aromas y en las esencias y en los colores las mariposas y las abejas, como en la luz y en los aires las canoras alondras.

Pero lo extraño allí es Monte-Carlo, otra eminencia unida á Monaco por la calzada de la Condamina, que tiene de larga un kilómetro. En lo alto se alza rectangular plaza limitada de un lado por olivares que al pié de los Alpes marítimos se pierden, y de otro lado por la inmensa superficie del celeste mar. En este valle, cortado á manera de anfiteatro, y cuyas montañas ofrecen por doquier admirable vegetacion, entre los bosques y las olas, al risueño borde de tranquila ensenada, se descubren fondas, cafés, casinos con grandes peristilos, tiendas preciosas, exposiciones de artes, salones de lectura y recreo, tiros de pistola, teatros, fuentes monumentales, terrazas interminables, pajareras llenas de aves, cascadas deslizándose entre plantas del trópico, surtidores saliendo en cristalinas columnas, escaleras y galerías de mármol que bajan hasta el mismo mar, y que contienen verdaderos jardines del Oriente con sus innumerables flores y sus grupos de gallardas palmas. ¿No es verdad que esta naturaleza convida al bien y á la paz? ¿No es verdad que en su seno sólo quisierais ver algun idilio ó escuchar alguna sonata de esas que parecen el aleteo de angélicas almas en los oidos arrobados? Cuando escuchais la sinfonía que Rossini ha puesto, como un pórtico inmortal, á su gloriosa epopeya helvética, sentís el arte recogiendo en sus alas todo cuanto hay de hermoso y divino en la naturaleza, el susurro del viento en los bosques, el choque de la lluvia en el lago, el rodar de la catarata entre las breñas, el cántico del pastor que conduce al establo las vacas, el _hosanna_ á Dios creador y el himno á la creadora libertad.

¿Y cómo en la naturaleza de Monaco se refugió el demonio del juego? ¡Qué cuadro! La desconfianza se dibuja en todos los actos de la vida y en todas las escenas de esta tragicomedia. No espereis que os den cosa alguna á crédito. Aún no habeis acabado de comer, y aunque tengais albergue en la fonda clásica y depositado allí un equipaje, garantía material de vuestro pago, vienen los mozos con su cepillo á pediros ántes de los postres el precio de la comida. Cuanto consumís, tanto pagais en el acto. Se ve que todo el mundo teme veros salir sin un cuarto. Los tipos que encontrais á vuestro paso os llaman poderosamente la atencion, por lo preocupados y por lo embebecidos que andan en sus cálculos y en sus cavilaciones. Yo me encuentro de tal manera fuera de mí, que no puedo ver rodar una moneda sin creer que es la última á que un desgraciado libra su fortuna, ú oir un tiro sin imaginar que es el tiro de algun suicidio. El tren de Niza vomita todos los dias sobre esta playa desgraciadas mujeres que husmean los favorecidos por la fortuna y los circundan de una placentera córte. El vagabundo solitario, de seguro ha perdido. Yo me figuro que todos estos jugadores respiran mal, que la involuntaria retencion del aliento entre la puesta y la suerte les destroza el pecho. Muchas tísis del alma y muchas tísis del pulmon se habrán contraído en estos sitios. Lo más terrible que en ellos encuentro es considerar cómo la dicha de unos, depende ¡ay! de la desdicha de otros. No se devoran los peces en el fondo de los mares como se devoran entre sí estos infelices en sus combates por la fortuna dentro de los infernales círculos del juego.

El salon está revestido de lujo oriental y, sin embargo, parece tétrico; está iluminado de brillantísima iluminacion y, sin embargo, parece oscuro, como si lo ennegrecieran los pensamientos y las sombras que se escapan de las almas. La próvida direccion ha puesto en grande salon vecino una orquesta para divertir grátis los ocios de aquellos que no juegan; y es casi imposible imaginar cuán terribles son los contrastes entre las cadencias de la orquesta y el girar de la ruleta. El banquero truena al medio de la mesa manejando una especie de cetro con que distribuye el dinero. Á sus espaldas, otro, en silla más elevada, fiscaliza sus operaciones; y frente á frente de estos dos se ven otros dos en análogo sitio y situacion desempeñando idéntico ministerio. Gran número de jugadores se sientan á la mesa; otro gran número se agolpa de pié á sus espaldas. Gruesas cantidades de oro en monedas mayores que la de uso corriente, resmas de billetes franceses, paquetillos lacrados de mil francos se extienden en grandes montones por todas partes. Extraña impresion producen el dinero que allí suena; el siniestro giro de la bola de marfil que entre los números rueda; las exclamaciones várias y los contínuos cuchicheos; las errantes y expresivas miradas revelando afectos diversos; las ganancias de los unos á expensas de la ruina de los otros; el tinte moral, que sobre todos se refleja, semejante á un ocaso de la humana conciencia.

Lo más horrible es ver mujeres hermosas, jóvenes, de aire distinguido, de excelentes maneras, confundidas con todo el deshecho y rebuja de la sociedad, y pendientes de aquella bola y de aquel número fatales como de un casto y correspondido amor. La sombra añadida á la sombra no importa nada, como el cero sumado al cero; mas la sombra sobre el astro priva de luz y entristece así la vista como el ánimo. Sobre la frente de la mujer el mal se ennegrece con más profundas y oscuras tintas que sobre la frente del hombre. Quien cae de más alto se destroza más terriblemente. Adan, del Paraíso pasó á la tierra; pero Luzbel pasó de los cielos al infierno. La sociedad humana exige más pureza y más virtud de la mujer que del hombre; y la sociedad humana tiene razon como la tiene siempre en todos esos sentimientos universales cuya duracion se confunde con el orígen y el curso de los siglos. Terrible cosa es ver la pobre mujer de mundo, halagüeña con el afortunado, incitándole á disipar en la orgía el oro allegado en el juego; pero más terrible aún, más repugnante es ver á la esposa casta, á la madre próvida, á la jóven llamada á fundar una familia, ó porque el hastío la sobrecoge, ó porque la necesidad la apremia, ó porque el vicio la seduce, en medio de todos los desórdenes, soltando sobre un tapete el oro que debia reservar para las economías de la casa, para la educacion de los hijos, para las expansiones de la caridad necesarias á la ternura de sus verdaderos sentimientos, á la delicadeza de su buen natural, á la exaltacion de su apasionado carácter. Dígase lo que se quiera, la criatura humana tiene en todos los laberintos y minuciosidades de la vida un medio de orientarse: mirar á la conciencia en cayo fondo está Dios, como en el fondo de los inmensos espacios la luz y lo infinito. Pregúntele cada una de esas damas á su conciencia, y verémos si le contesta que la musa del arte, la sacerdotisa del hogar, la diosa del amor, vírgen ó madre, á cuya virtud fia el mundo la legitimidad de la familia y la educacion del género humano, puede rebajarse más en una casa de prostitucion que en una casa de juego. Terrible calamidad la desenfrenada pasion de jugar. Entregándose el hombre á los azares de la suerte, rindiendo culto al implacable destino, suprime la libertad moral; y siempre que suprimais la libertad, habréis suprimido nuestra naturaleza y levantado en su lugar el demonio del mal. ¡Oh! ¡Maldito sea mil veces el juego que sustituye el azar á la libertad y la confianza en la fortuna á la confianza en el trabajo!

LA BELLA FLORENCIA.

Un aleman me decia este verano, con poco respeto en verdad á mi entusiasta amor patrio, que así como sólo hay dos naciones en la historia de la Europa antigua—Grecia y Roma—sólo hay dos naciones en la historia de la Europa moderna—Alemania é Italia—porque ésta ha traido el pontificado y aquélla el Imperio; ésta el arte y aquélla la ciencia.

En vano le mostraba yo el poderío de Inglaterra, su comercio abrazando el orbe, sus naves dominadoras de las olas, el espectáculo de sus libertades en contínuo crecimiento, y el sentido práctico que ha llevado á la vida y á la ciencia; en vano le recordaba que Francia fué el verbo de la civilizacion moderna, que su palabra ha desatado las tempestades, pero tambien ha encendido la luz, que la levadura democrática por ella mezclada á nuestro sér ha penetrado hasta en los duros huesos de sus enemigos los alemanes; en vano le hablaba de España, de nuestro suelo providencialmente destinado á ser el anillo entre el Océano y el Mediterráneo, entre el viejo y el nuevo continente, de nuestra raza sintética que tiene cualidades del semita y del indo-europeo como del germano y del latino á un mismo tiempo, de nuestro cielo que ha engendrado los pintores más realistas como Velazquez y los poetas más idealistas como Calderon, de nuestro pueblo que ha escrito en la fantasía el poema del Romancero y en el espacio el poema de la guerra por la Independencia; de nuestro genio que, como Dios, ha creado un mundo. El aleman continuaba diciéndome: desengañaos, no hay más que dos naciones en la historia moderna; Alemania, que nos ha dado la filosofía é Italia, que nos ha dado el arte.

Dejé con su tema al loco sin recordar ni Averroes, ni Abelardo, ni Santo Tomás, ni Vives, ni Descártes, ni Pereira, ni Raimundo Lulio en demostracion de que tambien tenemos nosotros los latinos filosofía, y me consagré á contemplar algunas dias esta Italia de la cual debo pronto separarme para volver á mi hogar y á mi patria. Su geografía os revela en seguida su grandeza. Colgada de los Alpes que la coronan de nieves diamantinas y de celestes lagos; atravesada por caudalosos rios que siembran en sus venas asombrosa fecundidad, tendida entre el mar Tirreno y el mar Adriático que la refrescan con sus ondas y con sus brisas y le dan seguros puertos para las naves del Oriente y del Occidente de Europa; estrecha, larga, brillante como una espada cuyo pomo penetra en el corazon de nuestro continente y cuya extrema punta, se acerca al continente africano; unida por el coro de sus islas, por Sicilia, á Grecia, al mar de la Jonia, al Asia; y por Cerdeña, al Occidente, á Francia, á las Baleares; cercana á las Galias, cercana á las tribus germánicas, cercana á Viena, y á París, y á Constantinopla, y á Ginebra, no hay duda; esta península habia sido destinada en las leyes de la naturaleza, en los secretos de la Providencia, á civilizar el mundo.

Pero entre todas sus ciudades ocupa lugar preminente Florencia. No busqueis aquí el espacio amplísimo, el carácter moderno, el ruido y la animacion de Milan; no busqueis la voluptuosa hermosura de esa bacante de las ciudades, ébria de goces, tendida sobre su campo de mil colores, ardiente como sus volcanes, de esa ciudad que se llama Nápoles; no busqueis la oriental poesía de Venecia con sus lagunas que reverberan en mil matices la luz, con sus mares que os cantan el himno clásico de las playas helenas, con sus islas sembradas de jardines, con sus edificios de mármoles y de mosaicos que parecen edificios de corales y de cristal de roca, teñidos por el íris del Asia: Florencia es grave, severísima, austera, como conviene á una ciudad etrusca. Sus piedras de construccion enormes, colosales, sin ningun pulimento, parecen rocas amontonadas; sus largas galerías de columnas oscuras, de bóvedas severas, parecen claustros; sus palacios coronados de almenas, con sus torres y sus castillos fuertes, parecen fortalezas; sus iglesias parecen panteones; sus blancas estatuas, resaltando sobre estos fondos de sombras, parecen muertos revestidos con el albo inmaculado sudario de la inmortalidad y de la gloria.

Y sin embargo, Florencia tiene tambien muchas joyas, muchas preseas de arquitectura armoniosa, muchos monumentos que cantan. Tiene la logia de Orcagna, donde se reunia este pueblo de artistas á departir sobre los hechos políticos, verdadero museo al aire libre, como una plaza de Aténas, con esculturas que han venido de la antigua Grecia, con grupos como el robo de las Sabinas de Juan de Bolonia, que acusan todo el furor y todo el ímpetu de una raza de atletas; con estatuas como el Perseo de Cellini, que es la efigie verdadera de la victoria del Renacimiento. Tiene el _campanile_ del Giotto, la torre que Cárlos V queria poner bajo un fanal, torre semejante á un juguete de joyería abierta por sus altas ojivas y sus menudas columnas al aire y á la luz, cincelada como un vaso de oro y plata, resaltando con sus mármoles de varios matices, junto á la rotonda de Santa María de las Flores, como incomparable columna que no acabais jamas de mirar y de admirar, por lo ligera, por lo graciosa, por lo aérea. Tiene, finalmente, aquellas puertas de Guiberti, que no podeis comprender cómo se han cincelado en la Edad Media, por el friso de flores y de aves que parecen brotar del seno mismo de la naturaleza; por la perfeccion del dibujo, que parece pertenecer á la edad rafaélica; por la amplitud de las perspectivas, que creeriais fondos y horizontes de los cuadros venecianos; por la agrupacion de los personajes y de las figuras, que son obras de la madurez del juicio refrenando á la impetuosidad de la inspiracion; por aquellas estatuitas, tan serenas, tan armoniosas, tan bellas, que llevan en su frente la alborada de un nuevo dia del espíritu humano, y en sus labios el vagido anticipadísimo de un nuevo mundo engendrándose en las próvidas entrañas de los futuros tiempos.

Pero, aparte de estos monumentos, Florencia es ciudad de un gusto austerísimo, del cual podeis formaros idea con sólo recordar los caractéres capitales de la arquitectura toscana. Sus palacios no tienen pórticos, sus columnas no tienen adornos, sus piedras no tienen aquella blancura de marfil que tienen las piedras de la catedral de Milan, y mucho ménos aquellos colores de íris que ostentan los edificios de Venecia, con escalinatas de mármol, paredes de ladrillo-rosa, columnas y chapiteles de jaspe, mosaicos de cristales al aire libre, cúpulas y torres coronadas por estatuas de bronce con aureolas de oro. Aquí todo es grave, sencillo, sólido, majestuosísimo, sobrio, y al mismo tiempo elegante. Diríase que ni Roma, ni Grecia, ni los lombardos, ni los godos, ni los franceses, ni los alemanes, ni los españoles, ni todas las irrupciones desatadas sobre su privilegiado suelo han podido arrancar las hondas raíces del antiguo genio etrusco.

Lo que verdaderamente hay de gracioso en Florencia es la campiña. Bajo todos aspectos me parece admirable. No tiene la riqueza vegetal de nuestras vegas de Valencia, de Granada y de Murcia. No veis el nopal gigantesco, ora cargado de amarillas flores, ora de grandes frutos, y siempre erizado de espinas, que mezcla sus pesadas hojarascas con el agudo y bronceado cactus del áloe, sobre el cual se levanta una especie de áureo candelabro de várias ramas terminadas por flores semejantes al girasol puesto hácia arriba, mirando al cielo. No veis mezclados, confundidos, los naranjales con los granados, de blancas y olientes flores los unos, de rojas flores los otros, que dan una fiesta á los ojos, sobre todo si entre ellos se lanza erguida á lo infinito la palmera del desierto con su sombría y severa corona y sus racimos de ámbar. Aquí la vegetaciones ménos lujosa, pero no ménos bella. Junto al oscuro olivo, el claro moral; junto al verde pino de gigantesca copa, el negro cipres formando melancólicas pirámides; junto al umbroso y esférico castaño cargado de erizos, el gallardo álamo de Lombardía soportando el feston de sus parras entrelazadas en caprichosas é interminables guirnaldas; al pié del secular nogal, ciruelos, perales, albaricoqueros, melocotoneros; por todas partes verjeles sin término, viñedos sin número, jardines floridos en todo tiempo, una vegetacion que convida con su gracia y con su alegría á la felicidad de respirar y de vivir. Pero esta vegetacion fuera uniforme si estuviese, como la espléndida y viciosa de Lombardía, tendida en espaciosísima llanura. Aquí el terreno es quebrado; las montañas de Umbría con sus matices de azul oscuro al Este, las cordilleras del Apenino al Oeste, en las cuales predomina el matiz morado; por el fondo los valles del Arno á cuyas dos orillas se elevan como un grandioso intercolumnio, en forma de rotondas y de pirámides, arquitecturales colinas separadas por verdes y floridas cañadas, que riegan varios arroyuelos, pero colinas todas graciosas, rientes, llenos sus costados de granjas, de quintas, de jardines, de huertos, y sus cimas coronadas por iglesias, monasterios, palacios, torres, castillos, que medio muestran y medio esconden sus muros entre bosques de cipreses y de pinos, los cuales con sus fuertes contrastes en el color y en el dibujo dan al paisaje indescriptible armonía.