Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)
Part 5
Habiamos ido desde las catacumbas de San Sebastian á las catacumbas de San Calixto. En las primeras nos condujo rápidamente un fraile, guiándonos, vela en mano y largo recitado en labio, por aquellas cavernas. En las segundas nos acompañó un guía laico, mucho más instruido y mucho ménos presuroso, cuyas noticias parecian más bien aprendidas en experiencia propia que en ajenas recitaciones. La oscuridad era grande, completo el silencio. Pareciamos descendidos de las tempestades superiores de la vida á las espesas sombras de la muerte. Nos internábamos, y nos internábamos mucho. Si la luz que nos guiaba se hubiera extinguido, ¡cómo saliéramos nosotros del abismo! Y sin embargo, ¡qué reposo! ¡Qué especie de tranquilidad en aquella region de la muerte! Los fugitivos que allí se escondieron dominaron al mundo. Las ideas que allí se plantáran cubrieron con su benéfica sombra, por espacio de muchos siglos, los altares, los templos; alimentaron con su calor las conciencias; sostuvieron el corazon humano con sus esperanzas.
¡Quién, al ver las dos sociedades, no hubiera dicho que la subterránea estaba destinada á desaparecer, y la superior, la que al aire y á la luz se esperezaba en el placer y en el vicio, destinada, por su falso brillo, por su poder aparente, por la fuerza que fingia, por los cortesanos que la cercaban, á durar siglos de siglos! Arriba los césares, el Senado ceñido de laureles, el ejército, en cuyas armaduras relumbraba el sol de las batallas; los sacerdotes, que eran oráculo de lo pasado y nuncios de lo porvenir; los cortesanos en legiones innumerables, los esclavos en la ergástula, los gladiadores en el circo, los arcos de triunfo, los monumentos colosales, los obeliscos, testigos de tantos siglos y despojos de tantas batallas; miéntras que abajo sólo habia sectarios oscuros, débiles, soñando con una redencion moral en medio del envenenamiento de las costumbres, teniendo por toda fuerza sus oraciones, por toda victoria sus martirios. Arriba los templos eran magníficos, rodeados de prados y jardines, donde cantaban en pajareras várias aves innumerables; precedidos de vestíbulos de mármol; ornados de maravillosas estatuas, debidas al cincel que trasmitiera á las inertes frias piedras todo el calor, toda la vida del alma; convertidos en museos de antigüedades por la conservacion de las espadas que esgrimieran los primeros héroes, y de los trofeos que encontráran, así en las ciudades como en los campos, los primeros conquistadores; miéntras que abajo, en las sombras, junto á estos milagros del arte, junto á estas maravillas de la historia, el sombrío templo cristiano, abierto como las madrigueras de las alimañas salvajes, ornado sólo por algunas humildes figuras, que simbolizan el dolor, amenazado por la crueldad del despotismo, avivada y recrudecida en las embriagueces de la orgía.
¡Quién hubiera dicho que habian de triunfar estos humildes sectarios! Asombra ver cómo se burlaban de ellos los más aplaudidos escritores de la antigüedad. Luciano ha dejado entre sus inmortales escritos la carta burlesca sobre un mártir cristiano llamado Peregrino. Este desdichado se figuraba que era inmortal, y que, por ende, habia de vivir perpétuamente. Despreciaba, en consecuencia de esta fe, los tormentos y pedia la muerte. Como el sofista crucificado habia persuadido á los suyos de que todos los hombres deben tenerse por hermanos, ponian sus bienes en comun, y, víctimas de la ignorancia, caian en manos de los más codiciosos ó de los más hábiles. Coronaban todas sus insensateces con la magna insensatez de morir en las llamas. De tan acerba manera juzgaba á los renovadores del mundo un escritor de talento, un filósofo de elevadas ideas, un satírico de primer órden. Y eso que sentia el hielo de la muerte discurrir por las venas de la antigüedad. Y eso que los dioses del pagano culto y los filósofos de la griega ciencia merecian todas sus despiadadas burlas. Y eso que debia sentir en el fondo de su alma conturbada la necesidad de la renovacion.
Pues aquellos fanáticos en creencias, supersticiosos por temperamento, recluidos en tinieblas, creyentes en el sofista crucificado; los predicadores insensatos, los sectarios apasionados, los débiles, los pobres, los ignorantes, eran, despues de todo, los llamados á despertar, esparciendo la llama viva del espiritualismo sobre su frente, al mundo ébrio y corrupto, que emponzoñaba con sus orgías y con sus vicios, no solamente la conciencia humana, sino la misma naturaleza material.
¿Qué fuerza tenian, qué fuerza? ¿Armas? Su palabra. ¿Riquezas? Su fe. ¿Poder? El de su resignacion al sufrimiento. ¿Legiones? Las legiones de los mártires. ¿Propiedad? La de sus tumbas. Lo que tenian realmente, era una fuerza que es incontrastable, un arma que no se mella nunca, una riqueza que no se pierde, una propiedad que no se acaba: la misteriosa luz sin noche y sin ocaso, el vívido fuego que vivifica y no quema, el alma inmortal de la naturaleza, el motor de la sociedad, el aire en que perpétuamente respiran las almas; la idea, uniendo á ella el sentimiento, que ha recibido de los cielos el dón de los milagros; la fe viva, profunda, en esa idea. Los vencidos vencieron, los proscriptos reinaron, los muertos fueron dispensadores de la vida, los débiles domaron con sus manos, traspasadas por los clavos de la cruz, la salvaje fiereza de los bárbaros, y su ideal maldecido se transformó en el sagrado lábaro de una nueva vida.
Imposible que estas reflexiones no asalten y no posean con fuerza á cuantos vayan por aquel inmenso laberinto de calles subterráneas. Son los surcos donde se plantaron los gérmenes de las ideas cristianas. Allí estuvieron largo tiempo, guardados de la persecucion, como la semilla del trigo bajo los hielos del invierno. Allí brotaron á la luz. Los mártires de una idea progresiva resucitan siempre. La obra que construyen no se interrumpe, aunque lo parezca á nuestra mezquina vista, incapaz de abrazar en su conjunto, como el Universo material, el Universo moral. Nosotros, ajenos á toda enemiga contra ninguna de las ideas que han contribuido á la educacion de la humanidad, hijos de este siglo eminentemente sintético, mirábamos y admirábamos enternecidos el lugar donde se fraguó la gran revolucion moral contra los excesos del sensualismo antiguo. Los signos epigráficos, las figuras medio borradas, los jeroglíficos esculpidos en las piedras tumulares, las imágenes sagradas de aquellos tiempos nos trasportaban á su tempestuoso seno. Parecíanos oir la salmodia religiosa medio reprimida por el terror; ver la llegada de los que traian los restos de los mártires recien cogidos en el espoliario del Circo, para depositarlos en las urnas, y alzar al pié de estas urnas el pequeño altar donde ardia la mística lámpara. Ya pintados al fresco, ya esculpidos en las piedras, veiamos el pescado milagroso, que representaba al Salvador; las áncoras, símbolos de la esperanza; el cayado y el odre del buen pastor; el cordero resignado al holocausto; la nave de la Iglesia desafiando todas las tempestades; la viña mística, cuyos racimos y cuyos sarmientos llenaban la tierra; la mujer divina deslizándose sobre las aguas del mar con su niño entre los brazos y la estrella sobre la frente; la cena en que se repartia el pan eucarístico entre los primitivos cristianos, cena frugal, alimento del alma, protesta viva contra las orgías del Imperio; la resurreccion de Lázaro, saliendo rejuvenecido, hermoseado, de su sepulcro, merced al Verbo divino, que cayera sobre sus huesos y lo despertára á la nueva vida, como la doctrina evangélica al Viejo Mundo.
No puedo yo entrar en las controversias artísticas que han suscitado los eruditos fundadores de la arqueología cristiana. No puedo decir si, como quiere M. Raul Rochette, estas pinturas se han inspirado en el arte antiguo, ó si han espontáneamente nacido de la nueva fe, como quieren el caballero Rossi y su erudito comentador frances, que en otro lugar he citado. Hame sucedido como á éste; no he visto el cielo que veia Ozanan en los ojos de las orantes. No he visto ni siquiera la expresion espiritual de las tablas de la Edad Media en los frescos de las catacumbas. He visto que los rostros tienen algo de la impasibilidad inconmovible de la pintura antigua. Pero se observa que el arte no está en la serenidad clásica, en aquella compenetracion de la forma y del fondo, que le daba un carácter olímpico. Algunas gotas de plomo derretido han abrasado aquellas carnes. Algunos relámpagos de un ideal infinito han pasado por aquellos ojos. Las formas se retuercen de dolor, y los labios suspiran de nostalgia. Son las larvas misteriosas de donde saldrán, en la sucesion de los siglos, los ángeles de Fiessole, los mártires de Fra Bartolomeo, las Concepciones de Murillo, las Vírgenes de Rafael. Así el pintor que contempla estas figuras simbólicas, puede ver en ellas, extasiado, los primeros blasones de la genealogía del arte moderno, de ese arte pictórico en que hemos superado á los antiguos.
Pero ¡ah! cristianos ó filósofos, adictos á lo pasado ó adictos á lo porvenir, hombres de fe ó de ciencia, cuando penetrais en aquellos abismos, cuando caeis en aquellas tinieblas, cuando columbrais los borrosos frescos ó palpais los sacros relieves, sentís discurrir por vuestras venas un estremecimiento de terror, como el que produce siempre la contemplacion de lo sublime. En mí confieso que todos los sentimientos y todos los recuerdos de la infancia se levantaban como en tropel y me poseian, como si la primera fe áun estuviese viva. Recordaba yo la humilde iglesia de mi lugar con sus fiestas religiosas; la Vírgen-Madre entre nubes de incienso y acentos del órgano; las procesiones que salian á bendecir los campos en las mañanas de Mayo, cuando las amapolas alzaban sus corolas entre los trigos, y las zarzas se cubrian de rosillas; el cántico de las letanías, repetido por innumerables voces; los acentos de la campana, difundidos en los aires, llamando á la oracion, miéntras los últimos resplandores del dia espiraban sobre las crestas de los montes, y las primeras estrellas de la tarde nacian en la inmensidad de los desiertos cielos.
Mas cuando estos sentimientos del corazon dejaban espacio á las ideas, yo veia el poder de una nueva creencia, que aparece en momentos propicios, en el momento de una muerte irremisible de la antigua fe. Este sentimiento no os deja ni un momento cuando vagais por aquellos subterráneos, cuando á vuestros mismos ojos pareceis cadáveres ambulantes en aquellos inmensos panteones. La oscuridad, la lobreguez, el silencio, si por mucho tiempo se prolongan, os fatigan, os hielan, os petrifican. Necesitais el aire tibio, la luz, la luz sobre todo. Así, cuando salimos de las catacumbas, y respiramos en la atmósfera de la campiña latina, y contemplamos el sol centelleando en las nieves del Apenino, y olimos el aroma de las hierbas humedecidas, de las flores recien brotadas, y escuchamos el piar de los pajarillos que abrian sus gargantas en los nidos al alimento y á las caricias maternales, miéntras las golondrinas subian á los cielos y el ruiseñor gorjeaba en las vecinas enramadas, no pudimos ménos de bendecir á la Naturaleza, que ofrece un teatro eterno á todas las tragedias, y páginas infinitas á todas las epopeyas de la historia.
LA CAPILLA SIXTINA.
Roma es la ciudad de las tristezas eternas. Sus cipreses murmuran una elegía. Sus fuentes lloran la muerte de algun dios. La luna, al reflejarse en sus mármoles, evoca legiones de blancas sombras. Por doquier muestra amontonadas las ruinas con sus coronas de ortigas. Un ejército de Titanes ha sido precipitado en el polvo de esta ciudad, asentada sobre urnas funerarias. Las piedras gigantescas, los muros ciclópeos, las columnas colosales son los huesos de esa raza vencida por los rayos del cielo, aniquilada por las maldiciones de Dios. Jamas un volcan extinguido por el frio de los siglos fué tan majestuoso en la estéril soledad de su cráter, como esta Roma muerta. Jamas los huesos de los fósiles, incrustados en las montañas por el diluvio, enseñaron tanto como esos ladrillos diseminados en las cenizas, como estas piedras con sus inscripciones borrosas.
Todo es desolacion. Vagais entre sepulcros vacíos. La muerte no ha perdonado ni las cenizas de los muertos. La naturaleza, en su voracidad insaciable, ha metamorfoseado los huesos caidos sobre sus profundos senos. Y los átomos de César, de Sila, de Cincinato, de Camilo, quizá ruedan en el polvo barrido por el aire, quizá matizan ténuamente las frágiles alas de una mariposa, ó se dilatan por las fibras de la hierba que siega con su afilado diente la salvaje cabra.
Y sin embargo, cuando estaban agrupados sobre un esqueleto, cuando la sangre hirviente los regaba, cuando las entrañas, como otros tantos hornillos, mantenian el calor de la vida, esos átomos soportaban el peso del cielo, regulaban á su placer el mundo, y dirigian la humanidad con una frágil espada, hoy enmohecida, al cumplimiento de sus destinos.
Pero ¿qué resta de todo esto? Unas cuantas capas de polvo amontonadas sobre otras capas de polvo, donde se han perdido y se han borrado los césares y los tribunos, los vencedores y los vencidos, los romanos y los bárbaros, los señores y los esclavos; sin que pesen más en la balanza del universo y en la gravitacion del globo unas que otras cenizas.
Despues de haber andado largo tiempo entre tantas ruinas, echais de ménos los habitantes, pero habitantes á la altura del coloso. Nada importa el ave nocturna que se esconde en el hueco de un sepulcro; nada el murciélago que sale de una catacumba; nada el buho ó el cuclillo que cantan en la soledad de la noche sobre las piedras del Coliseo. Quereis, repito, ver habitantes á la altura del coloso. Inútil buscarlos en una raza degenerada y sierva. Los dignos habitantes de Roma son los hombres de mármol tallados por el cincel en piedras inmortales. Son las figuras dibujadas en los muros por el genio. Y entre estas figuras, las que tienen todavía el fuego sagrado en la frente; las que guardan la fuerza del heroísmo en los músculos y en los nervios crispados por las chispas del pensamiento; las que respiran la tempestad en la ancha fragua de sus colosales pulmones; las que pueden sostener el cielo con su frente, y dejar bajo sus piés una huella indeleble en la tierra, son las figuras de Miguel Ángel.
Parece que despues de haber estado caido en el polvo mil años el genio del Capitolio, arrullado por los Misereres de la Edad Media, ha sacudido su pesado sueño un dia, se ha levantado arrojando las montañas de ruinas amontonadas sobre sus espaldas, y ha ido á buscar ese Titan del arte, ese Miguel Ángel siniestro, solitario, tétrico, sublime, para comunicarle el soplo de su espíritu, y pedirle en cambio que dejára grabadas sobre los muros de la Roma católica las sombras colosales de la Roma antigua. Así debian ser de fuertes, de fornidos, de hercúleos, los héroes romanos; ese pecho fortísimo necesitaban para infundir con su aliento un espíritu á la humanidad; esos brazos nervudos para manejar el caballo de guerra y llevarlo vencedor desde las orillas del Tígris á las orillas del Bétis; sobre esos anchos hombros descansaba la tierra como sobre otras tantas cariátides; esa actitud forzada y casi imposible debian tener cuando asaltaban Jerusalen y Alejandría; sus manos parecen vibrar aquella lanza, con la cual abrieron las venas de los pueblos y los ingertaron fuertemente en su derecho; y las espaldas gigantescas se encorvan un poco, cual si trajeran todavía al pomerium la enorme carga de los dioses vencidos en toda la tierra.
Esta fué la idea que en mí despertó la Capilla Sixtina, cuando la visité de vuelta de la Vía Apia, de la Vía de los Sepulcros. Al pronto, en aquel templo del arte, ahumado por los cirios y por el incienso, no descubrís más que las figuras colosales, y no os dais cuenta ni de la idea ni de los personajes que representan. Yo de mí sé decir que fuertemente conmovido por la larga carrera entre dos ó tres leguas de sepulcros, imaginaba ver en los Alcídes de la bóveda y en los varios grupos del Juicio Final, las almas escondidas en las ruinas; esas almas que flotan sobre las piedras, sobre los arcos ruinosos; esas almas errantes por la tierra del Foro, revistiendo formas humanas, colosales, violentas, como si el huracan del último dia del mundo las sacudiera, pero formas en debida proporcion y armonía con su histórica grandeza. Las figuras de Miguel Ángel son los héroes antiguos que han crecido en su sepulcro.
La Capilla Sixtina toma su nombre de Sixto IV. El pontificado de éste fué agitadísimo. Maquiavelo aprendió parte de su política en la conducta de Sixto. Fué el primero que mostró cuán grande era el poder político de los Papas, y armando guerras contra los magnates de Italia, mereció ser atendido de todos y alabado por el autor del _Príncipe_. En su tiempo, y á sus instigaciones, murió asesinado Julian de Médicis en Santa María dei Fiori de Florencia, á la hora misma de alzar á Dios en la misa Mayor. Los Médicis, en cambio, colgaron de una ventana al Obispo nombrado por el Pontífice para Pisa. Las riquezas de Sixto IV montaban mucho, porque provenian de la venta de beneficios. Pedro Riario era cardenal á los veintiseis años, Patriarca de Constantinopla, Arzobispo de Florencia, y murió exhausto de oro, de sangre, á manos del placer, como Baltasar ó Sardanápalo. Las facciones combatian á la puerta del Vaticano y manchaban de sangre hasta las gradas de los altares de San Pedro. Pero la córte romana se enriquecia, y con estas riquezas levantaba capillas. Era este el tiempo en que por dinero se concedian permisos de robar á los bandidos, y en que un camarero decia á Inocencio VIII, que habia comprado la silla pontificia con simonías, y que habia vendido salvoconductos á los ladrones: «Procede bien V. S., porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que pague y viva.»
Pero si la Capilla debe su nombre á Sixto IV, debe la maravillosa decoracion de la bóveda á Julio II. Este tiempo es el tiempo clásico de los horrores de Italia. Si, como dice Alfieri, la planta-hombre nace más robusta en la Península italiana que en el resto del mundo, y se conoce su robustez en sus crímenes, jamas ningun país los presenció tan grandes. Pisa espiraba en sus lagunas, despues de una resistencia que tenía algo de la furiosa locura del suicidio. Un Dux de Génova, alzado desde el movible seno de las clases plebeyas á la suprema dignidad, era asesinado, descuartizado; sus miembros, repartidos entre los enemigos, puestos como trofeos en los muros. Tres mil ciudadanos caian degollados sobre el suelo de Prato, al par que eran violadas las innumerables monjas de sus conventos. La nobleza veneciana moria tostada en una cueva de Verona, cuyos bosques ardian horriblemente. Ni siquiera fueron perdonados los niños de pecho. Era tan espantoso aquel tiempo, que hasta las mujeres se volvian crueles. Una campesina toscana descabezaba al soldado español que la habia robado á su hogar, y huia para presentarle á su marido, en desagravio de su honra, la lívida cabeza. Los suizos talaban el Milanesado, los alemanes Venecia, los franceses Ravéna, los españoles el resto de Italia. Allí Gaston de Foix se complacia en mostrar su camisa, roja de sangre italiana. Allí Bayardo ejercia las crueldades caballerescas de los tiempos feudales. Allí saltaban las minas inventadas por Pedro Navarro. Allí el Gran Capitan ganaba sus victorias á costa de cruentísimas luchas. Italia era un campo de matanzas. Hileras de insepultos cadáveres la cubrian desde los desfiladeros de los Abruzos hasta los desfiladeros de los Alpes. Pero en medio de todas estas catástrofes, el genio que truena, la voz que impera, es el genio y la voz de Julio II, austero en su vida, italiano en el fondo de su corazon, forjado para las batallas en el bronce del heroísmo; hábil hasta añadir ó sustraer á sus cálculos, como cifras aritméticas, los reyes y los emperadores y los pueblos; pagado de su autoridad religiosa, porque le sirve para afirmar su autoridad política, implacable en sus castigos como un sacerdote del antiguo Testamento, veloz como un condottiero para emprender correrías y asaltar ciudades hasta en los rigores del invierno; en la una mano los rayos espirituales para vibrarlos fuertemente y expulsar los herejes de la Iglesia; en la otra mano la mecha para encender los cañones y expulsar los bárbaros de Italia.
Indudablemente hay una relacion de temperamento entre el papa Julio II y el artista Miguel Ángel. Aquél quiere extraer del fondo de las invasiones una raza de héroes que sirvan para sostener la patria, y éste del seno de las canteras otra raza de titanes que sirvan para excitar á la gloria. Así le propone á Julio II su sepulcro: una montaña de bronces y mármoles; ancha la base y elevada la cúspide; una gradería entre ellas de cornisas caprichosamente cinceladas; diversos genios en esas actitudes viriles, violentas, pero armónicas, cuyo secreto sólo él posee, teniendo sobre su cerebro mantenidas las cornisas y bajo sus piés encadenadas las naciones: las Virtudes y las Artes, por hermosísimas mujeres representadas, llorando y retorciéndose de dolor; sobre las cuatro esquinas de la primera cornisa, la Vida activa y la Vida contemplativa, San Pablo, cuya palabra es una espada, y ese Moisés que todavía nos aterra con su mirar, relampagueante como el Sinaí; arriba, sobre trofeos, tributos de la naturaleza y recuerdos de la historia, Cibéles, la tierra, sosteniendo una mortaja con la actitud de una Madre Dolorosa que abraza al Crucificado exánime en su amante seno, y mirando á Urano, el cielo, que todo lo remata sonriente, y que engarza el genio del Papa, como una estrella más, en el coro de sus bienaventuradas almas. Era aquella tumba un poema cíclico.
Miguel Ángel corria á las montañas á buscar el mejor mármol. Llenaba de grandes piedras Roma. Luégo cogia su martillo, su cincel, y comenzaba á romper, á desbastar el mármol, buscando anhelante, sudoroso, con esfuerzos supremos, entre una nube de piedras que saltaban á sus golpes, la imágen tal como la descubria en su propia conciencia. Pero cuando estaba en el hercúleo trabajo empeñado, la envidia le mordió en el talon. Bramante, uno de los genios de aquella edad sobrenatural, quiso perderlo. Arquitecto principalmente el uno, escultor principalmente el otro, léjos de excluirse, debian completarse.