Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)
Part 4
Pero ya se acechan, ya se buscan, ya se amenazan, ya se enredan y se empeñan bárbaramente en cruentísima pelea. Si alguno, movido de miedo por sí, ó de compasion por su contrario, retrocede, el maestro del circo le clava un boton de hierro candente en las desnudas carnes. La roja sangre cae y humea por todas partes. Uno se ha resbalado en ella. El pueblo grita creyéndole muerto, y le silba cuando se levanta vivo. Éste se desmaya despues de esfuerzos gigantescos para sostenerse de pié. Aquél cae desplomado de una sola herida sobre su escudo. El otro se retuerce en dolores infinitos, y tiene el estertor de una agonía epiléptica. Dos se han herido mortalmente entre sí; pero al caer, soltando sus espadas, se han abrazado para sostenerse y auxiliarse en la muerte. Miembros mutilados, tripas rotas, sollozos de agonía, estertores de moribundos, rostros contraidos de muertos, últimos suspiros mezclados con quejidos, gritos de rabia y desesperacion; todo esto es grandioso espectáculo para el pueblo romano, que grita, palmotea, se embriaga, se enfurece, sigue con nerviosa atencion el combate, saltándole los ojos de las órbitas como para ver más la matanza, abriendo las narices y el pecho para recoger los vapores de la sangre.
La cólera, sí, la cólera flotaba como única pasion sobre toda aquella carnicería. La escultura antigua, generalmente de una severidad tan olímpica, nos ha dejado la imágen viva de esta cólera en la escultura del gladiador combatiendo. Dilátanse sus ojos, sobre los cuales como que extienden tempestuosa nube las fruncidas cejas. Sus miembros robustísimos adquieren una infinita tension. La cabeza se avanza hácia adelante, inclinada sobre el pecho, á fin de parar los golpes. Su cuerpo está en actitud de lanzarse á la pelea, sostenido sólo por el pié derecho. El brazo izquierdo amenaza; en tanto que el puño derecho, fuertemente contraido, se apercibe á dar un golpe mortal. Aquella estatua es la imágen viva del ódio. Y el ódio contínuo ha engendrado en torno de Roma espesísima nube de cólera, de maldiciones, que tuvieron su satisfaccion terrible en la noche apocalíptica de las venganzas eternas, en la noche de las victorias de Alarico y de las orgías de los bárbaros, los hijos de los esclavos y de los gladiadores.
¿Quién, quién puede extrañar los castigos de Roma? Toda su fuerza, toda su majestad, toda su grandeza han sido destruidas por una idea. Allá en las catacumbas se ocultan oscuros sectarios, que quieren oponer al sensualismo antiguo el espíritu, á la religion pagana y al Imperio dogmas que Roma no podia admitir sin perecer. Esos sectarios huyen de la luz del dia y se encierran temerosos en las catacumbas. Allí pintan el Buen Pastor que les guía á la eternidad, la paloma que les anuncia el término del gran diluvio de lágrimas en que se ahoga nuestra vida. Allí entonan himnos á un tribuno oscuro, pobre, débil, que no ha sabido matar como los conquistadores, sino morir humildemente en ignominiosa cruz. De allí han salido estos confesores de la nueva fe, para sellarla con su sangre sobre las arenas de este mismo circo. El anciano, el jóven, la tierna doncella han oido sin estremecerse el maullar del tigre asiático, el rugir del leon africano. Las fieras hambrientas han salido de las grandes jaulas que todavía en los cimientos del circo se ven, y han clavado sus garras y sus dientes sobre los cuerpos indefensos de los mártires. Miéntras se repartian las panteras, las hienas, los tigres, los leones sus restos palpitantes; miéntras bebian con furor insaciable la sangre, los romanos aclamaban al césar creyendo que con aquellos miembros devoraban las fieras una supersticion, y con aquella sangre se bebian las fieras una idea. Y los césares han muerto, y los pretorianos se han dispersado, y las piedras del Coliseo han caido, y una nueva idea ha reemplazado á las antiguas ideas, que, convirtiéndose de perseguida en perseguidora, ha intentado á su vez destruir nuevas sectas, ahogar nuevas creencias, no pudiendo llegar con sus excomuniones, ni con su inquisicion, ni con sus tormentos, al disco inmortal del espíritu humano, que brilla eternamente entre las ruinas y entre los dioses, entre los pueblos que mueren y los pueblos que empiezan, entre las creencias y los dogmas, como el sol perenne entre los coros de los mundos.
LOS SUBTERRANEOS DE ROMA.
En Roma suspende y maravilla la ciudad que sobre la tierra se eleva; pero suspende y maravilla tambien la ciudad que en las entrañas de la tierra se esconde. Sobre aquellos muros mece el viento la hiedra y el jaramago; descubre la conciencia el ideal y la fe de otros siglos. Bajo aquellos muros, donde las sombras se espesan, donde la frialdad y la humedad de la noche se eternizan; por las cuevas y las grutas abiertas en las profundidades del suelo podrán correr ahora solamente los fuegos fatuos, producto de tantos huesos como allí amontonaron los tiempos; más han corrido en otros dias, solemnes para el espíritu humano, las ideas que vivificaron la conciencia de la humanidad y que esclarecieron y realzaron sus altares. Yo me dirigia con religioso respeto á los sitios consagrados por la veneracion de tantas generaciones; yo me dirigia con el espíritu henchido por multitud de ideas. Las campiñas romanas invitan á meditar sobre la fragililidad de los poderes más fuertes y sobre la inania de las mayores y más respetadas majestades terrestres.
De aquel pueblo, que llenaba el mundo, no se encuentra ni la sombra. De aquellas instituciones, que sostuvieron sobre sí el peso de tantos siglos, no se ven ni los restos. Algunos muros, algunos arcos, algunas columnas, inscripciones borrosas, sepulcros destrozados, mutiladas estatuas semejan los restos de un gran naufragio, los despojos de una inmensa tempestad. Yo comprendo allí, entre tantos destrozos, el misticismo que de algunas almas se apodera; el desprecio de este frágil mundo, en que todo se pierde, y se gasta, y se consume; la aspiracion al descanso de la muerte; la impaciencia generosa por la posesion de lo infinito en otro mundo ménos incierto y más duradero.
Yo mismo, que tengo las ideas de mi tiempo, que creo en la perennidad del Universo, que miro la muerte, no como el aniquilamiento, sino como la renovacion; yo mismo sentíame inclinado á ciertas melancólicas reflexiones, y me imaginaba oir, ya la trompeta del juicio sonando sobre los orbes desquiciados, ya las lamentaciones de los profetas gimiendo sobre las destrozadas ciudades.
Yo veia en los montes Apeninos, sembrados de ruinas, en las cordilleras de sepulcros diseminados por todas partes, en los arcos interrumpidos de los gigantescos acueductos, en las torres medio destrozadas como si las hubiera un rayo profundamente herido y desquiciado, en todos aquellos fragmentos de obras medio pulverizadas, algo de las grandes visiones apocalípticas, los restos de planetas esparcidos por las espaldas de los ángeles exterminadores en la soledad del espacio. La figura del tierno apóstol, que las artes plásticas han idealizado en las edades modernas; eternamente jóven como los dioses antiguos; elocuentísimo como los oradores helenos; semita que hablaba el lenguaje de Platon, y ponia el Verbo engendrado á la sombra del Pireo, entre los dogmas fundamentales del cristianismo; esta figura, que el Renacimiento ha realzado en sus cuadros y en sus estatuas, yo la veia allá, en Pátmos, entre el coro de las islas griegas, cuyos horizontes sonrien como la mirada de las sirenas; á la vista del azul Mediterráneo, henchido siempre de espíritu pagano y entonando en sus ondas, sembradas de corales, el antiguo himno clásico; yo veia esa figura ideal, mística como la oracion, dulce como la esperanza; yo la veia en el momento de recoger todas las iras de su raza proscripta, y trazar en el último apocalípsis el castigo de la prostituta Babilonia, miéntras los ángeles buenos y los ángeles malos combatian rudamente en los aires, y las piedras chocaban con las piedras en los planetas, y los muertos andaban buscando, roto el sudario y entreabierta la sepultura, sus carnes en las ruinas amontonadas, en el barro amasado con lágrimas y sangre, para presentarse al último juicio que ha de escuchar en el momento supremo de la boca de su Eterno Juez todo el Universo.
Íbamos á las Catacumbas, é íbamos entre montones de ruinas. La desolacion del paisaje no era, sin embargo, tan grande como la tristeza del alma. Desterrados, errantes, sin patria, nuestro pensamiento y nuestro corazon tenian tambien, guardaban tambien ruinas como aquel inmenso y volcánico suelo de las grandes desolaciones. Todo recordaba la muerte. Hubiéramos creido hallarnos en esferas, más que terrestres, infernales, si la naturaleza, con el rocío matinal que descendiera de los aires, con la verde hierba que se levantaba entre las junturas de las piedras, con las flores primaverales que coronaban la hierba, con las mariposas que se mecian sobre las flores, con las hojas tiernas recien brotadas de las yemas, con los nidos cincelados ya entre el follaje, no hubiera querido recordarnos en tibia mañana de Abril la perennidad de la vida y la eterna alegría de sus espléndidos festines.
¡Oh naturaleza! Inmóvil en medio del movimiento, una en medio de la variedad; empapada en el éter que la penetra por todos sus poros, y que forma como su atmósfera, como su espíritu; bajo la sucesion contínua de seres orgánicos que cambian y se trasforman, permanente é inmodificable; sujeta á la muerte y eterna; sujeta al límite é infinita; difundida en la inmensidad del espacio y concretada en seres orgánicos; desde los astros que irradian su luz por las esferas, á las flores que empapan con sus aromas los aires; desde los gases impalpables que se desvanecen, á las sólidas cordilleras que mezclan con sus ventisqueros, donde la nieve blanquea, sus volcanes, donde reluce el fuego central; desde la nebulosa que lleva en gérmen orbes infinitos, á los grandes y gigantescos mundos, ya cansados de bogar por los espacios; desde el grano de arena que la onda remueve, á las últimas estrellas de la Vía Láctea, cuyo resplandor tarda veinte mil siglos en llegar hasta nosotros, pobres desterrados adheridos á este pequeño planeta; en todo ese círculo, cuyo centro se halla, como dice la sabiduría moderna, en todas partes, y cuya circunferencia en ninguna, ¡ah! no sucede el aniquilamiento total ni de una sola molécula; no existe, no, la nada; sombra de nuestro pensamiento, aprension de nuestra poquedad, fantasma de nuestros sentidos, idea sin realidad, que las tristes limitaciones de nuestra lógica y la incurable imperfeccion de nuestro lenguaje nos ha obligado á poner en el eterno océano de la vida. Es verdad que algunos astros se han apagado en nuestro sistema solar, como faunas y flores enteras han desaparecido en nuestra corteza terrestre; pero ni se ha extinguido el calor de la vida universal, ni ha cesado el crecimiento y el progreso de más perfectos organismos. Entremos, pues, en estas cavernas de ruinas, con el pensamiento puesto en la idea de lo infinito y el corazon puesto en la esperanza de la inmortalidad.
La más visitada de las catacumbas es la catacumba de San Sebastian; y la más digna de estudio detenido es la catacumba de San Calixto. Á unas cuatro millas hácia el Oriente de Roma, entre la Vía Apia y la Vía Ardeatina, bajo montones de escombros donde se encuentran toda clase de restos despedazados, junto á bosquecillos de cipreses que aumentan la tristeza y la solemnidad del paisaje, enciérrase la más vasta y la más bella de las necrópolis cristianas, refugio de los perseguidos, vivero de los mártires, descanso de los muertos, templo de los vivos, asamblea de aquellos audaces innovadores, que traian una nueva luz á la historia y un nuevo ideal á la vida. Yo aconsejo á todos cuantos me leyeren que no vayan á contemplar estos sitios, sagrados por tantos conceptos, sin llevarse los libros, y sobre todo los planos, del célebre arqueólogo católico Rossi. Así como el explorador de los bosques de América, de la tierra del porvenir, penetra, de su cortante hacha armado, en aquellas selvas inexploradas, y derriba los árboles, y ahuyenta los reptiles, y arranca las enredaderas, y crea habitacion á la familia, espacio al trabajo, este arqueólogo, explorador de un mundo subterráneo, se sumerge en las sombras, en el asilo de las aves nocturnas, bajo vacilantes bóvedas, entre laberintos de grutas, expuesto á ser aplastado por un desplome de las frágiles paredes, á perderse para siempre en cualquier recodo de aquellas ciudades de tumbas, en aquel infierno de palpables tinieblas, confundiendo su esqueleto con los muertos que ha intentado arrancar al silencio de triste é ingratísimo olvido.
¡Cuántas veces la esponjosa toba llovia su menuda lluvia de arena sobre la frente de aquel hombre! ¡Cuántas veces un alud de piedras, de ladrillos, rodaba hasta sus plantas y le envolvia en espesas nubes de polvo, que embargaban toda respiracion á sus fatigados pulmones! ¡Cuántas veces perdia el derrotero en aquel inmenso laberinto, el norte en aquel océano de tinieblas, y se imaginaba haber perdido tambien toda salida, y haber topado con segura muerte por sed, por hambre! Pero á la incierta luz de mortecina lámpara, minero audaz del espíritu humano, buzo de los abismos del tiempo, leia la inscripcion trazada quince siglos ántes por uno de aquellos sectarios, que acababan de recoger en el Circo Máximo los despojos humanos, y confiarlos á la tierra, entre oraciones, cuyos ecos áun se oyen allí; entre lágrimas, cuyos vapores todavía no se han desvanecido en aquella atmósfera bendita.
Lo primero que pasma, cuando á los subterráneos se desciende, es el gigantesco trabajo empleado por los que abrieron, sin tener los medios mecánicos y químicos de nuestra civilizacion, aquellas ciudades subterráneas. Aunque se haya dicho que las catacumbas fueron abiertas en las canteras, su carácter especial, sus galerías sobrepuestas, pues hay hasta cinco pisos de tumbas; su disposicion, que tiene cierta regularidad, revelan un plan, perfectamente concebido y madurado, al cual se sometia y subordinaba la edificacion de estas celdillas, donde los grandes elaboradores del nuevo dogma depositaban la miel de sus ideas, que habia de alimentar á tantas generaciones. Hasta la naturaleza del suelo se estudiaba con detenimiento y con verdadera ciencia. Evitábanse las arcillas y gredas, las marismas, todo terreno que conservára fácilmente las aguas, y se cavaban los templos y los sepulcros en la toba granular, volcánica, más fuerte, más consistente, ménos accesible á la humedad, forjada por el fuego creador, y apta á todo género de construcciones duraderas. Mas era necesario preservar aquellos asilos, no solamente de los ataques de la naturaleza, sino tambien de las cóleras de los hombres.
Para conseguir este fin, buscaban los cristianos la sombra de las leyes. Y la ley romana protegia sobre todo y ántes que todo en el mundo los lugares consagrados á las sepulturas. El suelo que era propiedad de la muerte no tenía el movimiento de la vida. Vendida, legada, donada una propiedad, una finca, ni venta, ni testamento, ni donacion alcanzaban al sepulcro, siempre exceptuado, siempre en poder de las familias que allí guardaban las cenizas de sus deudos. Así podian abrir fosas profundísimas en el suelo, elevar monumentos á las alturas, y con el nombre de áreas adyacentes, unir muchos terrenos anejos al sepulcro, y como el sepulcro, sagrados. Los cristianos aprovechábanse para sus cementerios de estas garantías de las leyes, y señalaban un terreno cualquiera, y abrian galerías subterráneas, y depositaban allí los vasos de su culto, los muertos de su secta y de su familia. Una serie de áreas romanas constituia el núcleo verdadero de las catacumbas. Así, por el respeto supersticioso de las leyes á la propiedad infiltrábase la oracion libre y el culto á los muertos. Los mismos emperadores que perseguian á los cristianos como creyentes, respetaban á los cristianos como propietarios. La propiedad colectiva, que era la propiedad cristiana de los primeros tiempos, tenía existencia legal en los códigos y amparo eficaz en los tribunales. Si hay confiscaciones como en los reinados de Valeriano y de Diocleciano, son confiscaciones pasajeras, excepcionales, interrumpidas, borradas pronto por una restitucion, que prueba la perennidad del derecho, como la restitucion de Galieno y de Magencio. Y sin embargo, el Imperio persigue las asociaciones ilícitas, y declara asociaciones ilícitas las asociaciones religiosas, que amenazan á la integridad de su vida amenazando á la integridad de sus dogmas. Y Roma, que reconociéndose epílogo y síntesis del mundo antiguo, admite en sus templos todas las divinidades nacidas en el seno de los pueblos asiáticos, Roma rechaza el Dios de los judíos, el Dios de los cristianos, sin duda porque los demas dioses son, como los suyos, dioses de la naturaleza, en tanto que el Dios cristiano y judío es el Dios del espíritu, que viene á sustituir á la verdadera y poderosísima diosa de la tierra, á la diosa Roma. No obstante este ódio, comprobado por tantas persecuciones, respetábase toda asociacion benéfica que tuviese por objeto enterrar á los muertos, orar por los muertos: no se le preguntaba por su dogma religioso cuando se la veia reunirse para prestar culto á la inmortalidad. Bajo tal respeto á la muerte se anidaban los cementerios y los templos.
Y cuenta que el cementerio cristiano exigia verdadera amplitud. Los romanos quemaban sus muertos, y recogian las cenizas en vasos de mármol ó de pórfido; miéntras los cristianos, que creian, no sólo en la inmortalidad del alma, sino en la resurreccion de la carne tambien, guardaban los cadáveres íntegros en el fondo de las sepulturas. Así las ciudades de los muertos alcanzaban proporciones tan colosales como las ciudades de los vivos. Así bajo los arcos de triunfo, bajo los circos llenos de magnificencia, bajo los templos donde se congregaban los dioses que se creian eternos, bajo los palacios donde reinaban los césares, que se creian omnipotentes; á los cuatro puntos del horizonte, extendíanse verdaderas ciudades de sepulcros, con sus calles, con sus encrucijadas, con sus plazas; ciudades de la muerte, que, sin embargo, avivaban en sus sepulturas un nuevo espíritu, el cual habia de matar á la antigua Roma, y animar sobre sus restos otra civilizacion.
Nótase una diferencia entre las catacumbas del siglo I y las catacumbas de los otros siglos; del siglo III por ejemplo. Aquéllas eran más hermosas y estaban más ornamentadas. Empleábanse en el siglo I los mármoles con frecuencia; los estucos brillantes, los colores vivos, los relieves artísticos, los frescos dignos de figurar junto á los frescos de Pompeya, las inscripciones clásicas con retumbantes y nobiliarios nombres de familias aristocráticas, los sarcófagos monumentales, todo construido, todo hermoseado por aquellos artistas, un poco paganos, es verdad, que llevaban todavía en sus pinceles y en su cincel artísticos todos los jugos de las inspiraciones clásicas; pero que representaban el tránsito de un término á otro término de las ideas, y de una época á otra época de la historia. Así es la vida. Las revoluciones más trascendentales se apartan tímidamente de su orígen y se agarran á las instituciones mismas que van á destruir. La Iglesia, aunque nace bajo la maldicion de la sinagoga, recoge y consagra los libros, usa y difunde el lenguaje de la sinagoga. El cristianismo, aunque crece entre las persecuciones de los paganos, copia sus símbolos y santifica sus artes. La filosofía, aunque huye y se aparta de las ciencias teológicas, consagra muchos de sus apotegmas y encierra las fórmulas racionalistas en la terminología de las antiguas escuelas. Los pintores místicos de la Edad Media tienen su progenie en los pintores de las catacumbas. Aquí está la brillantísima genealogía de Cimabue y de Fra Angellico. Aquí la paloma, que servia en la antigua pintura para acompañar á Vénus, sirve para anunciar, con su ramo de olivo en el pico, la promesa de la resurreccion. Quizá no esté tan bien dibujada, tan bien cincelada como la serena paloma griega que ha construido su nido entre los mirtos, los lentiscos, y que ha acompañado con sus arrullos los himnos de los templos helenos; pero en cambio ha pasado bajo las blancas alas de la paloma cristiana, por todo su cuerpo demacrado, el relampaguear sublime de nuevo espiritualismo. Así es el alma humana. Cree el sentido comun que se ha transformado, que ha crecido por súbitas y milagrosas revelaciones, cuando se ha transformado, cuando ha crecido por un trabajo interior, perseverante, eterno, que ha elaborado lentamente las nuevas creencias, los nuevos dogmas; alimento de tantas generaciones, atribuido en los arrebatos del corazon y de la fantasía á milagros de los profetas, de los ángeles, de los reveladores, no de otra suerte que el artista, el poeta, atribuye á la sonrisa de la casta Musa, escondida en los pliegues del aire, en los arreboles del cielo, la inspiracion que á raudales brota de su propia alma.
Pero, como las catacumbas de los tiempos apostólicos son más bellas y más ricas que las catacumbas de los tiempos posteriores, cuando ya se habia difundido el cristianismo, yo no puedo atribuirlo á lo que lo atribuye el Conde de Richemont en su erudito libro sobre la primitiva arqueología cristiana; yo no lo atribuyo á que las clases más nobles pertenecieran á la religion más nueva. No. La historia desmiente este aserto. La fuerza misma de la asociacion cristiana obró las maravillas de las primeras catacumbas. Los artistas, que pertenecen siempre á lo pasado por la poesía de los recuerdos, á lo porvenir por la poesía de las esperanzas, fueron tocados en el corazon por la nueva fe, y expresaron sus sentimientos en la soledad de las catacumbas. La misma insignificancia de la secta perseguida sirvióle de incontrastable escudo contra los perseguidores. Los primeros césares temian á los estoicos, cuyo sentido humanitario contrastaba la idea fundamental romana, la idea de la superioridad incontestable de la gran ciudad; pero no temian á los cristianos, confundidos con aquellos judíos que trajeran cautivos de la toma de Jerusalen, y que arrojaban con menosprecio á las fiestas del Circo, para que sus combates, sus agonías, sus estertores, su muerte, sirviesen de solaz al hastiado pueblo.
Cuando el cristianismo creció, como en el siglo III; cuando el número de sus iglesias aterró á los que veian arruinarse en la soledad y en el abandono los paganos templos; cuando coincidieron con estas tendencias de los espíritus á separarse de la antigua fe, tendencias de los pueblos á separarse tambien del antiguo Imperio; cuando entre tantas ruinas morales y materiales se dibujaban como bandadas de cuervos, viniendo á lanzarse hambrientos sobre un cadáver insepulto, las irrupciones de los bárbaros, que ponian espanto con los aullidos de sus gargantas, y la vibracion de sus armas, y la ferocidad de sus instintos; los últimos romanos atribuyeron sus desgracias á los primeros cristianos, los cuales, perseguidos, acosados, como una nueva fuerza más que como una nueva idea, se refugiaron en catacumbas abiertas de prisa, enlazadas con las viejas canteras, sin pinturas ni relieves, porque no eran, no, templos de religiosos, sino madrigueras de fugitivos.