Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)

Part 3

Chapter 33,874 wordsPublic domain

¿Es verdad que tenemos aquí en la frente una luz pálida, trémula, casi imperceptible, como la luz de la luciérnaga, una luz que se llama la idea? ¿Es verdad que en esta luz podemos abrasar al mundo material, disiparlo, ofrecérselo al espíritu como el humo de un sacrificio? Indudable. La naturaleza aparece á nuestros ojos mil veces, cual una imágen multiforme de la conciencia. La luz no es más que el velo de oro tras el cual se oculta el pensamiento infinito que agrupa en escalas de música armoniosa los planetas y sus soles. El universo, ese universo que nos abruma con su grandeza, es el poema de nuestras ideas, el apocalípsis misterioso que hemos escrito con palabras de estrellas, con líneas de constelaciones en esa inmensidad, de cuya existencia real no estamos seguros, en esa inmensidad sin orillas y sin fondo que se llama espacio. Dejadme, dejadme, pues, soñar; que así como á los piés del hombre han caido muertos los dioses paganos, los dioses inmortales, creados y destruidos por el espíritu, los dioses inmortales, cuyos esqueletos amontonados descubro en esta inmensa necrópolis de la campiña romana, así pueden caer en ruinas los mundos, y quedar entre sus cenizas frias, como un rescoldo, el calor de nuestro espíritu.

Cuando protestaba yo con estas orgullosas reflexiones contra las miserias humanas, sin darme de ello casi cuenta, habia llegado solo, absorto, frente á frente del Coliseo Romano. La primera impresion que me produjo fué de asombro. Si yo no naciera á las orillas del mar, y no me connaturalizára con su infinita superficie desde niño, tal impresion me hubiera causado, viéndolo por vez primera en edad madura. Mi memoria un tanto viva y cambiante me trasladó súbita á mi cátedra de latin, donde traduciamos los epigramas de Marcial, y me trajo á los labios estos dos versos, que suelen repetir los eruditos itinerarios publicados por los arqueólogos romanos:

Barbara Piramidum sileant miracula Memphis . . . . . . . . . . . . . . . . . Omnis Cæsareo cedat labor Amphiteatro.

Eran éstos los jardines de Neron. Por aquí andaba vestido de púrpura, calzado de borceguíes celestes, la sien coronada de laureles, los ojos fijos en el cielo, las manos en la cítara, henchidos los labios de antiguos versos griegos, y el corazon de pasiones contrarias, como un demonio que se esforzára por ser Dios, y se acogiera momentáneamente al cielo del arte, para tornar á caer en los abismos. Él era cónsul, tribuno, dictador, césar, pontífice máximo; todos le bendecian, todos le adoraban; y no le estimaba ¡oh dolor! su propia conciencia. La posteridad no ha sido para él tan despiadada como para los demas césares, porque Neron fué siempre un tirano con remordimiento. ¡Ha habido tantos en quienes se borró por completo la conciencia! ¡Ha habido tantos que, al matar, al quemar, al destruir ciudades enteras, han creido obrar meritoriamente á los ojos de Dios! Hoy mismo un césar del Norte, por coger entre sus garras el cetro de Alemania, se ha cebado en la infeliz Francia, y al eco de las bombas, al estridor de las ruinas y del incendio, al gemido de los moribundos, ha invocado el nombre de Dios como cómplice de sus crímenes. ¡Ah! Neron mataba á su madre; pero sentia en las orillas del mar los dolores de Oréstes y los ronquidos de las Euménides. Neron oprimia al género humano; pero en su última hora proclamaba muy alto que debia haber sido artista, y no césar. ¡La religion pagana conservará más viva la conciencia y su jurisdiccion sobre la vida que el pietismo protestante!

He mentado á Neron, porque su nombre está unido al nombre del Coliseo. En el sitio que hoy ocupa, se extendia el estanque de los jardines neronianos; y al frente del estanque elevábase una estatua colosal, magnífica, del divino emperador, con los atributos de Apolo, el dios de la armonía y de la luz, que llevaba en sus manos la cítara, á cuyos acordes danzaban las musas, y en sus sienes el verde laurel de Dafne. La familia de Vespasiano, en ódio al hijo de Agripina, habia soterrado su áurea casa, llena de obras inmortales; arrancado tambien el Coloso, y construido en su lugar el Anfiteatro; pero no pudo arrancar ni el nombre ni el recuerdo de la apolina estatua de Neron; y ese nombre degenerado, corrompido, Coliseo, lleva todavía este colosal monumento.

No parece, á la verdad, obra de los hombres, sino obra de la naturaleza. Esas gigantescas proporciones, esas moles inmensas no han podido ser creadas por nuestras fuerzas, sino por las fuerzas del gran arquitecto, del grande artista que ha levantado las eternas pirámides de los Alpes, y que ha cincelado el maravilloso cono del Vesubio, por las fuerzas del fuego creador, cuyas reverberaciones guarda todavía en sus cristales el granito. Sólo cuando se ven las armonías de sus arcos, la igualdad de sus columnas, el ritmo de aquella arquitectura que asciende á los cielos como un cántico, nótase que el pensamiento humano ha distribuido las enormes moles del Anfiteatro, y las ha sellado con el sello divino de sus leyes.

Hoy es en parte una ruina. Cuando estaba todo de pié, dos gradas lo sostenian como fuertes zócalos. Cuatro cuerpos sobrepuestos lo formaban. Ochenta airosos arcos, que eran otras ochenta puertas, circundaban todo el primer cuerpo. Á los lados de los arcos alzábanse medias columnas empotradas en la pared y pertenecientes al severo órden dórico. Sobre este primer cuerpo se extendia una cornisa, y sobre la cornisa otros ochenta arcos, á cuyos lados se elevaban medias columnas del más gracioso y más ligero órden jónico. Otra cornisa, idéntica á la anterior, remataba este segundo cuerpo y servia de base al tercero, cortado en arcos tambien, ornado tambien de columnas, pero del florido y rico órden corintio. Remataba todo el monumento un airoso atrio, semejante á cincelada diadema, ligero, ornado de pilastras y abierto por ventanas, á traves de las cuales parece que brilla con más esplendor el cielo. Este inmenso edificio, tiene cincuenta y dos metros de altura. Para definirlo en pocas palabras, yo le llamaria una montaña circular, levantada, esculpida, cincelada por el trabajo del hombre. El lado que mira al Nordeste es el que mejor se conserva. Sólo en sus muros puede estudiarse la sucesion de los arcos, la armoniosa escala formada por las columnas, el órden y la gracia de las cornisas, la severa majestad del primer cuerpo y la ligereza del ático que lo corona todo y que da á mole tan grandiosa el primor y la ligereza de una joya.

En estos monumentos resplandecen las ideas y los caractéres de la arquitectura romana. La gracia, la belleza griega, se han reemplazado con la grandeza, y con la grandeza colosal. Es el Coliseo monumento digno de un pueblo-rey, de un pueblo conquistador, de un pueblo titánico, de un pueblo que cuenta ejércitos de esclavos, ejércitos de trabajadores, sobre cuyas espaldas solamente hubieran podido ascender las inmensas moles á tan vertiginosas alturas. El pueblo que ha fabricado el Coliseo acaba de ver el Oriente y sus monstruosos edificios, sobre los cuales ha querido tender los órdenes del arte griego como una guirnalda. La arquitectura romana ya no es aquella hermosa arquitectura de Aténas y de Corinto, que ha tomado por tipo el bellísimo organismo de la mujer griega, de esa diosa, de esa musa de todas las artes. Flota sobre los monumentos romanos algo ménos bello, pero más grandioso, el océano invisible de un espíritu universal, asimilador, que tiene de Grecia la armonía, de Asia la magnitud, rebosando realmente en la tierra y en la historia, sin tocar á un ideal, que irá más tarde á perderse entre los misterios y los arreboles del cielo, medio luz, medio sombra. Luégo los edificios romanos, inspirados en ese espíritu colosal, tenderán necesariamente á fines útiles, prácticos, inmediatos, como toda su cultura. El dios Eros, el dios del amor griego, ha sido reemplazado en Roma con el dios Sterquilinius, con el dios del estiércol, de esa sustancia que abriga y fecunda los campos, como la metafísica helénica ha sido reemplazada con la moral y el derecho, con principios y ciencias que tocan más inmediatamente á la sociedad y á la vida.

El Coliseo tiene todos los caractéres de la arquitectura romana. Podeis aprenderla mejor en ese grande ejemplar perdonado milagrosamente por la inundacion de los siglos, que en las páginas de Vitrubio, quizas rehechas é interpoladas por los eruditos del Renacimiento. Mirad esa argamasa que parece forjada como la materia granítica en las incandescentes entrañas del planeta. Mirad las bóvedas desconocidas de los griegos y admirablemente edificadas en esta tierra del imperio y de la fuerza. Mirad los arcos que el mundo helénico nunca construyó, y que parecen á mis ojos las puertas triunfales por donde penetra en la historia con un nuevo espíritu una nueva vida. Mirad cómo el romano ha puesto un plinto para que descanse la columna dórica que el griego arrancaba del seno mismo de la tierra como el tronco de un árbol. Mirad esos tres órdenes separados siempre en la arquitectura griega y reunidos aquí en escala ascendente, primero el más sencillo y más sobrio, el dórico, en la base; despues el más elegante y más ligero, el jónico, en el medio; y luégo el más florido, el más ornado, el corintio, coronando la cima, como la diadema de todo el monumento. El espíritu del pueblo constructor brilla por todas partes en esa fábrica. Ha reunido el romano los tres órdenes de arquitectura en sus edificios, como ha reunido los dioses griegos en el panteon. Su cultura es el gran epílogo de la cultura antigua. Roma tomó á Grecia su metafísica y su religion, á Sabinia sus mujeres, á España sus espadas, al Oriente sus bóvedas y á Etruria sus arcos. Así puede decirse que Grecia es la flor y Roma el fruto de toda la antigua historia. Monumentos como el Coliseo no son más en el fondo que huesos milagrosamente conservados del inmenso organismo que componia la Ciudad Eterna.

¡Y pensar que este edificio, capaz de vencer á veinte siglos con todas sus catástrofes, se fabricó en tres años escasos! Levantáronlo, como ya hemos dicho, aquellos emperadores de la familia flavia, bajo cuya dominacion pudo consagrarse Tácito á maldecir el despotismo y llorar la república. Tito, á quien la adulacion universal llamara delicia del género humano, incendió Jerusalen; sobre las piedras calcinadas inmoló millon y medio de judíos, destinando el resto á degollarse entre sí como gladiadores en las ciudades de Siria, á ser trofeos de la entrada triunfal del vencedor por la Vía Sacra, y á levantar en las espaldas, amoratadas por el látigo, las moles de este Anfiteatro, para morir entre las quijadas y las garras de las fieras hambrientas.

Tito, despues de haber amado á Berenice como Antonio á Cleopatra; despues de haberse oido llamar Mesías por sus propias víctimas, y Dios por aquellos egipcios á quienes les nacian dioses en las huertas; despues de haber consagrado á la sombra de las pirámides nuevos bueyes al dios Apis; despues de haberse formado una córte de sátrapas en Oriente, y corrido un dia entero los molestos honores del triunfo bajo los arcos de la Ciudad Eterna, demolió la áurea casa de Neron; trocó en estatua de Sol la estatua del César adorado por la plebe; desecó el lago que se extendia entre el monte Celio y el monte Esquilino; arrancó los bosques y taló las praderas de las poéticas orillas, y en el fondo levantó el anfiteatro mayor que han visto los siglos, consagrando su inauguracion en cien dias de increibles fiestas, en que hubo combates de gamos, de elefantes, de tigres, de leones, de hombres; combates gigantescos que salpicaron con sangre hirviente el rostro del César y el rostro de su pueblo. Nueve mil alimañas murieron durante aquella orgía de sangre sobre la arena. La historia, que ha conservado el número de fieras muertas, no ha conservado el número de personas, sin duda porque á los césares les interesaban ménos los esclavos que las bestias.

Tito buscó en el trono algo con que apagar la sed insaciable de su ambicion, y no pudo encontrarlo. Ya no era dado desear más despues de tener bajo su mano el mundo; sobre sus espaldas, el manto de los césares; en torno de su autoridad, sumisas, como rebaños, las razas; silencioso y subyugado el planeta. Mas en el punto de llegar al logro de sus ambiciones, el corazon de Tito se quebró en pedazos, ó por no tener cosa alguna que desear, ó por deseos vagos, infinitos, que en nubes de ensueños fantásticos se disipaban, disipando con ellos toda su existencia. Lo cierto es que, al pisar el trono, una inmensa tristeza se apoderó de él; una especie de tísis interior le enflaqueció el ánimo; su aliento estaba cargado de suspiros, su corazon de dolores, sus ojos de lágrimas, su vida de ilusiones, su sueño de pesadillas, su pasado de remordimientos, su porvenir de miedo, hasta que un dia, errante por la envenenada campiña de Roma, en pos de un sitio donde adormecer su hastío, espiró, mirando el cielo con los ojos enardecidos por la fiebre de infinitos y no satisfechos deseos. Cuando yo recordaba la vida y la muerte de Tito, parecíame el Circo la aglomeracion de montañas sobrepuestas por las ambiciones desapoderadas de un césar para poseer el cielo como poseia la tierra, sin lograr otra cosa que tener bajo sus plantas el hervidero de todos los crímenes, y sobre sus sienes las maldiciones de todos los hombres.

Embargado por estos recuerdos y estas ideas, habia yo recorrido todo el monumento. Lo registré, lo estudié como puede estudiar el naturalista una montaña; entré por todos los vomitorios, las puertas que abrian paso al pueblo con tal desahogo, que, sin atropellarse, ingresaban y salian rápidamente cien mil espectadores. Subí á sus gradas más altas, desde las cuales pude contemplar el campo romano, y á mi frente las lejanas lagunas; á mi derecha los arcos de Tito y Constantino, la pirámide de Sextio y la basílica de San Pablo; á mi izquierda las catacumbas de San Sebastian, la Vía Apia con sus dos hileras de sepulcros; á mi espalda el Palatino, el Foro, la Vía Sacra, el arco de Septimio Severo, el Capitolio; por do quier los lugares en que circulan como rica savia las ideas, los lugares llenos de recuerdos, los lugares, verdadero ocaso del espíritu antiguo, verdadero oriente del espíritu moderno.

Estaba tan absorto, que la noche vino sobre mí como si hubiera venido de improviso. Las campanas de Roma tocaban á la oracion; los buhos y otras aves nocturnas ensayaban sus primeros gritos; oíase el agudo y monótono cántico del sapo y la rana en las apartadas lagunas, al par que el Miserere de una procesion al entrar en la próxima iglesia; mezcla de voces del espíritu con voces de la naturaleza, que sumergian aún mi conciencia en meditaciones más silenciosas y más vagas, como si el alma se escapára de mi sér para implantarse, á la manera de las plantas parietarias, en el polvo de las inmortales ruinas.

La luna llena se levantó en el horizonte sereno, tranquilo, y vino á dar con su melancólica luz nuevos toques de poesía á los arcos, á las columnas, á las bóvedas, á las piedras esparcidas, á la desolacion de aquel lugar, á la cruz erigida en su centro como una eterna venganza que han tomado los gladiadores, obligando al pueblo romano á bendecir, á adorar lo más abyecto, el infame patíbulo de los esclavos, transformado en el lábaro de la civilizacion moderna.

Al resplandor de la luna que surgia, al eco de las campanas, que espiraba entre las dudosas sombras, parecíame ver despertarse del polvo las almas de las generaciones muertas, y venir en vuelo tan callado como el vuelo de los murciélagos, á recorrer, á visitar aquellos sitios, consagrados por sus recuerdos, y queridos hasta en las regiones de las tumbas. Yo hubiera deseado detener las sombras y contarles ¡ay! lo que pasa en nuestro mundo. Si sois almas de tribunos, de senadores, de césares, sabed que todo cuanto vosotros adorabais ha muerto, y que ya los siglos han gastado hasta las gradas de los altares, herederos de vuestros altares, á fuerza de besarlas. Todos aquellos dioses que vosotros creiais inmortales, han muerto, y las ideas que los animaban ruedan por los abismos de la historia como hojas secas desprendidas de las renovaciones contínuas del humano espíritu. Ya las nereidas no palpitan suavemente en la espuma de las ondas; ya las ninfas de marmórea blancura no suspiran, no, en el susurrante arroyuelo. El dios Pan ha dejado caer su caramillo, que llenaba de melodías los bosques. Á la embriaguez de las bacantes han sucedido la maceracion, la penitencia, el horror á la naturaleza. Un nazareno, un hijo de los judíos, de los esclavos, de aquella raza que levantó con la cadena al pié y el látigo en el rostro las moles del Coliseo, ha vencido y ha enterrado los dioses que inspiraron á Horacio y á Virgilio, que sostuvieron á Escipion en las llanuras de Cartago, y á Mario en los Campos pútridos, que engendraron el arte y sometieron á su poder la victoria. En vano Tácito miró con menosprecio á los sectarios de ese jóven oscuro, pobre carpintero de Judea; en vano Apuleyo lo ridiculizó en sus apólogos y sus fábulas. Ni siquiera la inmortal risa de Luciano pudo cosa alguna contra el aliento que exhalaban aquellos labios, contra las ideas que exhalaba aquella conciencia. Los dioses han muerto, y sobre sus cadáveres ha caido muerta Roma. El Foro es un campo en que las vacas se apacientan. El Coliseo es un monton de ruinas, donde adoran los romanos el patíbulo de sus antiguos esclavos. La Vía Sacra se ha hundido. En el Capitolio celebran sus ceremonias los nazarenos. Éstos, que vosotros creiais perturbadores de la paz pública, tienen altares y sacrificios donde ántes los tenian los dioses de Camilo y de Caton. Pueblos bárbaros venidos del Norte ahogaron los oráculos, interrumpieron las ceremonias sagradas, entregando, como si fuera su despojo, la conciencia humana á turbas de cenobitas escapadas de las cloacas y de las catacumbas. Y cuando la nueva creencia se habia apoderado de todas las almas, cuando habia puesto sus altares en lugar de los antiguos altares, como si el espíritu humano estuviera condenado á tejer y destejer perpértuamente la misma trama de ideas, nuevos combatientes, nuevos tribunos, nuevos apóstoles, nuevos mártires, surgieron á matar la fe que sus predecesores engendráran. Y pasa por nuevas fases la conciencia humana, por nuevas angustias nuestro corazon, por nuevos estremecimientos de dolor esta ensangrentada tierra.

Yo creí oir agudos gemidos sin número á medida que mis labios murmuraban estas incoherentes ideas sin forma. Sería el eco del viento en los cipreses y en los pinos. Sería el rumor último de la campiña al entregarse en brazos de la noche. Sería el eco de la gran ciudad, de su oracion, de sus lamentaciones. Pero asemejóse á un quejido de profundísimos dolores.

_Sunt lacrimæ rerum....._

Yo, para distraerme, empecé á fingirme allá en la mente una fiesta del Anfiteatro. No era la inmensa mole este inmenso cadáver. Aquí se levantaba una estatua, allá un trofeo, acullá un monolito traido del Asia ó de Egipto. El pueblo-rey entraba por los vomitorios despues de haberse bañado y perfumado en las inmensas termas, subiendo hasta la cima para desde allí repartirse en las respectivas graderías que de antemano le estaban señaladas. Á un lado se veia la puerta sanitaria por donde vienen los combatientes; á otro la puerta mortuoria por donde sacan á los muertos. Los gritos de la muchedumbre, los agudos sonidos de las trompetas se mezclan con el aullar y el rugir de las fieras. Miéntras llegan los senadores y el césar, algunos empleados de baja esfera municipal reparten entre el pueblo garbanzos tostados, que llevan, como nuestros feriantes, en esportillas. El suelo reluce con polvos de oro, de carmin, de minio, para disimular el color de la sangre, miéntras templan la luz grandes toldos de oriental púrpura, que entonan todo el espectáculo con sus encendidos reflejos.

Los senadores van ocupando las gradas más bajas. Tras de ellos colócanse los caballeros. Más arriba los padres de familia que han dado al Imperio cierto número de hijos. En las gradas superiores, el pueblo. Y por último, coronándolo todo, las matronas romanas, vestidas de ligeras gasas, cargadas de riquísimas joyas, embalsamando los aires con esencias que vierten de pomos de oro, y enardeciendo los corazones con sus palabras de amor y sus voluptuosas miradas.

Miéntras los espectadores aguardan al césar, que debe dar la señal del comienzo de la fiesta, entréganse á toda suerte de murmuraciones. Mira aquel gloton. Ayer se le quemaron los jardines de Pompeyo, y es tan rico, que no sabía fuesen suyos. Lolia Paulina lleva sobre el cuerpo en esmeraldas sesenta millones de sextercios, pequeña suma en comparacion de las infinitas robadas por su abuelo á las opresas provincias. Aquel que acompaña siempre al césar hurtó en cierta cena de Claudio una copa de oro. Estos calaveras saludan al orador Régulo, porque temen el veneno destilado de su viperina lengua. Él tiene honores, miéntras generales que han vencido á los bárbaros y han muerto en defensa de Roma están hace diez años insepultos. El médico Eudemio llega; no tardarán ciertamente en aparecer sus pupilas de corrupcion y de amancebamientos. Mira aquella niña; tiene ocho años y no es vírgen. Su ilustre madre, con pertenecer á una de las familias romanas más nobles, se ha borrado de la lista de las matronas y se ha inscrito en la lista de las prostitutas.

Pero viene el césar y el pueblo lo aclama, siempre agradecido á las fiestas, y sobre todo á las matanzas. Los sacerdotes y las vestales consagran sacrificios á los dioses protectores de Roma. La sangre corre, las entrañas de las víctimas se consumen y se disipan prontamente en el fuego sagrado, suenan los coros y la música, vocifera nuevamente la muchedumbre; á una seña imperiosa aparecen los gladiadores, que saludan á todos con la sonrisa en los labios, como si les aguardára festin sabrosísimo, en vez de la implacable muerte.

Divídense estos infelices en várias categorías. Los esedarios guian carros pintados de verde. Los mirmillones se ocultan tras redondos escudos de hierro, por uno de cuyos lados muestran afiladísimos cuchillos. Los requiarios tiran al aire y recogen con grande habilidad sus tridentes. El traje de éstos vistosísimo es: túnica roja, borceguíes celestes, casco dorado que remata un luciente pez. Los ecuestres recorren con gran agilidad en sus caballos el circo. La luz se refleja en los petos de acero y en los collares y en los brazaletes. Sus túnicas son multicolores y recuerdan los trajes orientales. Los bestiarios vienen los últimos, todos escogidos entre los más hermosos; todos desnudos, todos imitando en sus actitudes artísticas posiciones de clásicas estatuas; todos saludados con mayor frenesí por el pueblo, porque son los más fuertes y los más expuestos y los más valientes.

Han nacido en las montañas, en los desiertos, entre las caricias de la naturaleza, respirando el aire puro de los campos y la sagrada libertad. La guerra, y solamente la guerra, ha podido arrancarlos á su patria. Ya en Roma, los han cebado para que tuvieran sangre, sí, sangre que ofrecer en holocausto á la majestad del pueblo romano. Allá en la ergástula, quizá muchos de los que ahora van á herirse ó matarse entre sí han contraido estrechísimas amistades. Quizá muchos son hermanos por la naturaleza, hermanos por el sentimiento, y habrán de herirse, habrán de inmolarse, cuando, unidos en los mismos afectos, podrian hundir las espadas en las entrañas del césar, y vengar á su gente y á su raza.