Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)
Part 2
Con sólo entrar en Roma se observa que su estado es un estado violento. Á tres mil suben los emigrados en una ciudad de doscientas mil almas. Cuatrocientos son hoy los presos por causas políticas. Y un sacerdote muy ilustrado, muy amigo del Papa, y hasta entusiasta por su poder temporal, me ha asegurado que hay más de setenta mil garibaldinos en Roma. Todo indica un gran terror. Así, las puertas de la ciudad se hallan defendidas por barricadas. Á las nueve de la noche quedais encerrados dentro de sus muros, hoy que las ciudades derriban sus puertas para dejar entrar con la luz y el aire las ideas de todas las ciencias, los productos de todas las zonas, los representantes de todas las razas.
Desde el anochecer, en cada esquina encontrais dos guardas armados de fusiles, como si estuvierais en una plaza sitiada. Los pasaportes se registran con una minuciosidad indecible. Un Estado que apénas tiene seiscientas mil almas, sostiene veinte mil hombres de ejército.
Estos veinte mil hombres son de diversas naciones y hablan diversas lenguas. La mayor parte no entienden el italiano. Así, no hay entre ellos los lazos de la sangre y del habla, aunque haya los lazos de la religion y de las ideas políticas. Esto es un gravísimo inconveniente para mandar las maniobras. Aunque se haya convenido usar el frances, como lengua más universalmente conocida, los soldados en su mayor parte no lo entienden. Luégo, para vivir en Roma bien (no habiendo en ella nacido), se necesita una grande elevacion de espíritu, capaz de comprender todo cuanto dicen sus monumentos, sus artes, sus ruinas. Los que no saben oir esa voz elocuentísima que despierta tantas inspiraciones, se fastidian en esta ciudad académica y monástica. Y no digo esto á humo de pajas. He notado una alta elegancia, una distincion de maneras en el ejército pontificio, que inútilmente buscariais en los demas ejércitos de Europa. Se conoce bien que si una gran parte es ejército mercenario, atento á las pagas, ligado por su enganche, la mayor parte se compone de jóvenes exaltados por un culto caballeresco á las viejas instituciones, románticos en su fantasía y en su vida, caidos muchos de sus ilusiones, desengañados otros, extraños todos, pidiendo al ejercicio de las armas y al ruido de los campos el alimento á su misticismo, que otra generacion, más religiosa y más tranquila, pediria al silencio del claustro y á las maceraciones de la penitencia. Estos soldados han venido de los cuatro puntos del horizonte, pues á todas las razas cristianas pertenecen y hablan todas las lenguas, en demostracion de que Roma guarda bajo los pontífices el carácter de universalidad que le dieron los césares. Pero esta ventaja moral es la desventaja material de su ejército. Como la idea del individualismo, que los germanos trajeron á la historia moderna, se halla tan arraigada, las diferencias de raza, de nacionalidad, de carácter, brotan por todas las filas y ocasionan innumerables conflictos. Como los oficiales hablan una lengua y los soldados otra, apénas pueden establecerse entre ellos esas relaciones del corazon, más necesarias que las relaciones de la disciplina en los momentos de peligro. Como los mismos soldados no se entienden materialmente entre sí, no hay unidad en este cuerpo. Y saltan con mayor rapidez tales inconvenientes, cuando se ven los obstáculos con que luchan los jefes para mandar las maniobras. La Roma católica tomó el latin pagano para que todos sus miembros tuvieran con un solo espíritu una sola lengua. La diversidad de pronunciacion ocasionó que, áun hablando todos latin, no se entendieran los monjes de las várias naciones entre sí, como en demostracion de cuán superior es siempre la naturaleza á la ley. La Roma política de nuestro tiempo, en su angustia, ha escogido la elegante y flexible lengua de Voltaire para hablar á sus soldados, esa lengua mortal á todos los ídolos, á todas las idolatrías. La aristocracia del ejército la entiende, pero no la entiende la muchedumbre. Así los soldados se hallan disgustadísimos; primero por los largos ejercicios á que les obliga la dificultad de las maniobras, y despues por las contínuas guardias á que les obliga el terror creciente de la córte.
En proporcion, aquellas naciones que por su historia debieran dar más soldados, dan ménos. España se suicidó por salvar el catolicismo. Los huesos de sus hijos blanquean desde el siglo décimoquinto en todos los campos de batalla donde ha sido necesario defender esta religion. Dimos por ella toda la sangre de nuestras venas y todo el aire vital de nuestro espíritu. Pues bien; sólo hay treinta y ocho soldados españoles en el ejército pontificio. En cambio Holanda, que salvó con sus Oranges la reforma y que inició la libertad de pensar en el mundo moderno, ha enviado gran número de voluntarios. Esto prueba que miéntras la libertad de cultos ha mantenido viva la fe en los católicos de los países protestantes, la intolerancia ha extinguido la fe en los países donde parecia más viva y más exaltada.
Pero, dejando aparte estas reflexiones y viniendo á otras más políticas, yo no comprendo qué se propone el Papa con este ejército numerosísimo, tan desproporcionado á sus medios, á sus recursos, á sus Estados. La sombra del Imperio frances le protege. El dia que esta sombra se desvaneciera, por muy valiente que el ejército pontificio fuese, no podria resistir á cien mil soldados italianos. Miéntras la proteccion de Francia dure, el ejército pontificio es inútil; y el dia que falte la proteccion de Francia, el ejército pontificio es insuficiente. Sólo sirve para una cosa este ejército; para consumir los recursos que pródigamente, á manos llenas, envian todas las naciones católicas al Pontífice. Pero estos recursos provienen hoy de una exaltacion de los ánimos que no puede ser duradera. El dia que Italia, convencida de su impotencia para luchar con Napoleon, ó para promover el conflicto franco-prusiano con motivo de la cuestion de Roma, la rodee de un profundo olvido, el celo de los fieles disminuirá, con el celo disminuirán los recursos, con los recursos disminuirá el ejército, y una sublevacion interior no sólo será posible, sino tambien fácil, porque hay aquí guardado mucho amor á la libertad.
Estoy maravilladísimo de los rasgos de inteligencia y de fuerza que guarda en su fisonomía esta raza romana, y que revelan toda la indómita fiereza de aquel antiguo carácter conquistador del mundo. Las mujeres, altas, majestuosas, de anchos hombros, de torneados brazos; el color moreno mate, los labios gruesos, la nariz aguileña; negros y brillantes los ojos, en cuyo torno se dibujan largas pestañas y artísticas cejas; ancha la frente como sus estatuas, abovedada la cabeza como las Madonas del divino Rafael; oscuro y rizado el cabello, que cae en largos bucles sobre las escultóricas espaldas; tienen tal aire de matronas romanas, que áun pueden ciertamente mandar á Coriolano morir por la patria, y á Cayo Graco morir por el pueblo. Los jóvenes romanos han heredado la hermosura de sus madres combinada con todos los rasgos de la fuerza varonil. Se ve que el silencio impuesto por la Inquisicion y la obediencia impuesta por el despotismo, no han sido bastantes á extinguir el espíritu de este gran pueblo. Todavía parece que cae de sus labios la fórmula del derecho antiguo: _civis romanus sum_.
Y cuenta que para descubrir esto se necesita quitar la capa de inmundicia bajo la cual fallece Roma. Junto al lujo oriental de los cardenales, los harapos de un pueblo hambriento; junto á las carrozas doradas, nubes de mendigos descalzos; en torno de los soberbios palacios de mármol, una horrible greca donde están confundidos toda suerte de mal olientes excrementos. Y sin embargo, esta ciudad es la capital de Italia. Cuando al caer la tarde, en las horas sagradas de la poesía, bajo un cielo clarísimo, iluminado por los últimos rayos del sol poniente, que da á los edificios algo de fantástico, mirais desde las alturas del Pincio esta ciudad con sus once obeliscos egipcios, sus trescientas cúpulas, sus bosques de columnas, sus miriadas de estatuas, y descubrís las Siete Colinas, donde han nacido los senadores, los cónsules, los tribunos, el derecho político y civil de la antigüedad, que todavía es la base de vuestro derecho; y contemplais al frente San Pedro, y sobre las majestuosas líneas de la gran Basílica la rotonda adivinada por Bramante y concluida por Miguel Ángel; no léjos de San Pedro, el titánico mausoleo de Adriano, sobre el cual abre sus alas el serafin de bronce; allá, á la izquierda, el mundo de la historia, los muros donde se grabaron mil victorias; la Vía Sacra, por do entraban los triunfadores; el Foro, en que se congregaba el pueblo; los arcos bajo los cuales han pasado veinte siglos sin desgastarlos; las termas regaladas, en cuyos dibujos todavía se han ceñido su corona las artes modernas; el Coliseo, que es una montaña esculpida por gigantescos cinceles; el Quirinal, donde se alzan las mayores estatuas salvadas de las catástrofes de Grecia; el Capitolio, cabeza, cerebro de la tierra; y á la vista de tantas maravillas, al recuerdo de tantas grandezas, á la contemplacion de tantos monumentos engarzados en bosques de cipreses, que parecen una corona fúnebre sobre la ciudad, colocada por un genio invisible; cuando las campanas que tocan á la oracion os envian sus tañidos melancólicos, que os parecen la voz de los mártires saliendo de las catacumbas, y las sombras de la noche colgándose tristemente de las ruinas, como que dibujan las almas de los héroes, el corazon, por tantas emociones henchido, proclama á Roma, no solamente la capital de Italia, sino la eterna capital del mundo.
Se necesita ser de Italia, sentir la sangre meridional en las venas, haberse educado en el recuerdo de esta gloriosa historia, bajo las pintadas alas de la poesía clásica, para comprender todo el prestigio que Roma ejerce sobre los italianos. Los que han querido constituir Italia en monarquía, y luégo le han negado á Italia su capitalidad natural, han hecho un cuerpo sin cabeza. Se concibe que si Italia fuera una federacion republicana, la cuestion de capital pasára á la categoría de una cuestion secundaria. Se concibe más: se concibe que siendo un Estado junto á otros Estados republicanos, aunque las leyes fueran análogas á las del resto de Italia, conservára Roma, por respeto á sus pontífices, costumbres monásticas, religiosas, como las conserva Friburgo, á pesar de hallarse enclavada entre dos cantones tan protestantes y tan liberales como el canton de Vaud y el canton de Berna. Pero constituida Italia en monarquía por el temor natural de todos los potentados europeos á la República, Roma es de Italia, é Italia de Roma, que se hallan tan ligadas como los satélites á sus planetas, y los planetas al sol. Y en esta ciudad, hoy compuesta de iglesias, de conventos, donde no se ve ni una huella de la vida política y civil, donde por toda autoridad láica se descubren unos cuantos senadores en carrozas pintarrachadas, seguidos por unos cuantos lacayos colorados, inmunda parodia de los antiguos senadores; en esta Roma teocrática, monástica, de rodillas eternamente sobre sus ruinas de mármol, se ha de levantar la tribuna en el Foro, ha de hablar la prensa, ha de resonar la antigua elocuencia, se han de discutir todos los problemas, han de brotar todas las escuelas, porque no podeis arrojar el espíritu político de las sagradas regiones donde el espíritu político tuvo su nacimiento.
Miéntras no suceda esto, Roma es una ciudad muerta. Yo he seguido con cierta curiosidad arqueológica las ceremonias de Semana Santa. Unas me han parecido, por lo lujosas, orientales; otras me han parecido, por lo refinadas, bizantinas; otras, por lo baladíes, pueriles; todas absolutamente extrañas á nuestro siglo, y bajo el aspecto religioso, inferiores á la majestuosa solemnidad del culto en España. Ningun español ó americano, acostumbrado á la severidad de nuestras ciudades en Semana Santa, á esa severidad que no consiente ni una puerta abierta en las tiendas, ni un coche en las calles, comprenderá que el Juéves y Viérnes Santo se trabaje en esta ciudad como todos los dias, se hallen abiertos todos los establecimientos, y se vea más gente en las salchicherías contemplando los jamones adornados de flores y de laureles, que en las iglesias visitando los sagrarios. Nadie comprenderá que los doce pobres á quienes el Papa sirve la comida en conmemoracion de la cena del Salvador, se rian como si estuvieran en el teatro, y se arrojen á la cara anises y confites como si estuvieran reunidos para una francachela ó una comida de campo. Nadie creerá que el Juéves por la tarde, á las cinco, entre un cardenal penitenciario en la gran Basílica, se siente á la izquierda del sepulcro de San Pedro, y perdone los pecados con sólo manejar una caña y tocar con ella la cabeza de los penitentes como si estuviera pescando en seco. Yo he visto damas muy piadosas reirse de todas estas puerilidades.
Pero hay una ceremonia y un momento sublime: el Miserere en San Pedro. La música es de una inspiracion inagotable, de un efecto sorprendente. Roma vió en el siglo XVI que el protestantismo la aventajaba en música, cuando tanto aventajaba ella al protestantismo en pintura, en escultura y en arquitectura. Naturalmente, buscó un músico para contrastar esta inferioridad, y le encontró sublime, encontró á Palestrina, ese Miguel Ángel del arte lírico. El Papa prohibió que su Miserere fuera copiado, para que sólo resonase en la iglesia cuyas bóvedas gigantes se hallan completamente en armonía con las sublimes notas. Un dia escuchaba fuera de sí el Miserere un niño sublime. Este niño, que debia ser el Rafael de la música, lo aprendió de memoria y lo divulgó por el mundo. Llamábase el niño Mozart. El genio germánico vino, como siempre, á robar sus secretos al genio latino en la guerra eterna de ambas razas. No hay pluma capaz de describir la solemnidad del Miserere. La noche avanza. La Basílica está á oscuras, sus altares desnudos. Por las ventanas de las bóvedas que frisan con el cielo penetra la incierta y pálida luz del crepúsculo, como si viniese á aumentar las sombras. La última vela del tenebrario se ha ocultado tras del altar. Os creeriais dentro de un túmulo inmenso, á traves de cuyas tablas entrára el resplandor lejano de lámparas funerarias. La música del Miserere no tiene instrumentacion. Es un coro sublime, combinado de una manera admirable. Ya se oye como el rumor lejano de una tempestad ó como la vibracion del viento sobre las ruinas y en los cipreses de las tumbas; ya como un lamento que se levantára del fondo de la tierra ó como un plañido que enviáran los ángeles del cielo, todo envuelto en sollozos, en una lluvia de lágrimas. Como las estatuas de blanco mármol son de tal manera gigantescas y brillan tanto, que las primeras sombras no pueden completamente ocultarlas, parecen evocaciones de otras edades, que, al levantarse de su sepulcro y desceñirse su negro sudario, entonan ese cántico de dolor y de horrible desesperacion. La Basílica toda se conmueve, vibra cual si los acentos de terror salieran de cada una de sus piedras. Esta lamentacion, larga, sublime; esta ola de hiel evaporada en los giros del aire, os hiere profundamente el corazon, porque es su tristeza infinita, es la voz de Roma quejándose á los cielos desde su lecho de cenizas, como si bajo sus cilicios se retorciera agonizante. Llorar así, lamentarse como los antiguos profetas bajo los sauces del Eufrates ó sobre las piedras esparcidas del templo; llorar en cadencias sublimes conviene á una ciudad como ésta, cuyo eterno dolor no ha ofendido todavía á su eterna hermosura. Así es la ciudad esclava. David sólo podria ser su poeta. Lo sublime es la nota de su cántico. Roma, Roma, eres grande, eres inmortal hasta en tu desesperacion y en tu abandono. Tendrás eternamente en el corazon humano un altar, aunque se pierda la fe, que ha sido tu prestigio, como se perdieron las conquistas, que habian sido tu fuerza. Nadie podrá robarte el dón de la inmortalidad, que te confiáran tus dioses, que te han sostenido tus pontífices, y que te confirmarán eternamente tus artistas.
Abril 12 de 1868.
LA GRAN RUINA.
Ver la Ciudad Eterna fué uno de los ensueños de mi existencia; uno de los deseos de mi corazon. Niño, la religion romana me habla de Dios, de la inmortalidad, de la redencion, de todas las ideas que ensanchan hasta lo infinito los horizontes del alma. Adulto, la lengua del Lacio fué mi estudio exclusivo, estudio que á una imaginacion de suyo plástica le presentaba como en relieve, entre los dulces versos de Virgilio, los concisos períodos de Tácito, y los rotundos de Tito Livio, aquellos héroes antiguos, que sólo habian vivido para la libertad y para la patria. Ya en la juventud, al penetrar por la puerta de las Universidades, la literatura romana y el derecho romano habian acabado de inspirar al ánimo un anhelo vivísimo por ver las colinas de donde tantas ideas descendieron sobre la conciencia humana; los sepulcros que guardan tantos huesos ilustres, los cuales han servido como de abono á la planta de la civilizacion sobre la faz del planeta; las piedras bruñidas por el sol y por el tiempo, donde el cónsul y el tribuno han esculpido sus nombres, y el apóstol y el mártir su cruz, verdaderos fragmentos, no de la tierra, sino del espíritu universal, en su trabajo constante por adquirir la conciencia plena de sí mismo, y por realizar ese ideal que le desasosiega y le atormenta, pero que tambien le eleva y le transfigura, obligándole á ser, si soldado de una lucha sin tregua, agente y sacerdote de un progreso sin término.
Yo, que cansado un poco de la política en Madrid, de la industria en Lóndres, de la vida en París, hasta de la naturaleza en Ginebra; disgustado un tanto de las tendencias positivistas que en nuestro tiempo á cada minuto, y en nuestra sociedad á cada paso descubro; me refugiaba en Roma para consumir algunos momentos en éxtasis ante la historia, ante el arte, ante la religion, ante todo lo ideal, no pude cierto dia desasirme de un republicano, muy mi amigo, que, seguro de la complicidad de mi alma con sus ideas, y de mi alejamiento naturalísimo del Santo Oficio, desahogaba su conciencia pecadora y su forzoso silencio de veinte años, pasados bajo la férula pontificia, en mi amistad, pintándome los abusos del absolutismo romano, que yo de oidas conocia y de corazon detestaba; pero cuyo relato en aquella hora no se compadecia bien con mis deseos de peregrinar entre las ruinas, ajeno á todo trabajo político, entregado al curso libre de mis ensueños y de mis pensamientos.
—Á buena ciudad venís en busca de idealismo, decíame, frio por costumbre, en presencia de las maravillas que yo, transeunte, admiraba en Roma. Aquí todo el mundo se interesa por un número de la fatal lotería; nadie por una idea del humano cerebro. La conmemoracion del aniversario de Shakspeare se ha prohibido en esta ciudad del arte. Su censura es tan sábia, que como cierto escritor publicára un libro sobre el voltaismo, lanzólo al purgatorio del Índice, creyendo que se trataba del volterianismo, filosofía que no deja ni descansar ni digerir á nuestros monseñores. En cambio, un libro de cábalas y astrologías para adivinar los caprichos del bombo lotérico ha sido impreso y publicado con el placet pontificio, por no contener nada contrario á la religion, ni á la moral, ni á los derechos de la soberanía.
—Sé todo eso, decíale yo. Lo he leido cien veces en Dumesnil, en Kauffman, en Sthendal, en Edmundo About.
—Pues sabiéndolo, ¿buscais aquí ideas? Rabelais conocia esta ciudad, Rabelais. Al llegar, en vez de escribir una disertacion sobre sus dogmas, la escribió sobre sus lechugas, única cosa que hay buena y fresca en este maldito calabozo. Y cura y todo como era, cura del siglo décimosexto, más religioso que el nuestro, tenía una correspondencia larga y tendida con el piadoso obispo de Maillerais, sobre los hijos del Papa; porque el reverendo le habia encargado muy especialmente averiguar si el caballero Pedro Luis Farnesio era hijo legítimo ó bastardo de su Santidad. Creedme; Rabelais conocia á Roma.
En esto dimos vuelta á una encrucijada, y nos encontramos en modestísima plazuela. Un balcon de la casa que más descollaba en aquel sitio aparecia colgado con rico tapiz de damasco carmesí. Fuertemente ajustado al balcon brillaba un globo de cristal con filetes dorados, á uno de cuyos extremos veíase áureo manubrio. Frente á la casa, inmensa multitud desarrapada, miserable, se apiñaba. En todos los ojos, convertidos al balcon, veíase algo de extraño; en las manos papeles, santos, escapularios; un silencio sepulcral reinaba; silencio incomprensible en los locuaces pueblos del Mediodía; silencio del que deduje haber topado con una ceremonia religiosa. Mi deduccion se confirmó cuando un monago salió al balcon, y tras el monago algunos eclesiásticos de rubicunda cara y obesa respetable figura, y tras los eclesiásticos todo un príncipe de la Sacra Romana Iglesia, vestido de crujiente seda morada, adornado con su roquete de blanco encaje, y cubierto con un solideo, morado tambien, sobre el cual flotaba al cefirillo, como roja flor de granado, lustrosísima borla. Rompióse el silencio de la multitud en espantoso alarido. Unos de aquellos campesinos, que todavía conservan reflejos de la antigua belleza escultórica en su frente despejada, en su nariz aguileña, en sus labios gruesos, se postraban de hinojos, plegadas las manos, extática la mirada, profiriendo oraciones que parecian conjuros. Otros sacaban las estampas de sus santos protectores, casi todas mugrientas, y las besuqueaban con verdaderos transportes. Algunos daban saltos, tendian los brazos, pronunciaban frases incoherentes. Era sábado, sábado de sortilegios. El mediodía se acercaba. Un cañonazo suena en el punto que las campanas dan las doce. Al cañonazo sigue en la multitud otro alarido increible. El cardenal coge el manubrio y da vueltas al globo cristalino. El monago mete la mano y saca un número. Era la lotería oficial, la lotería pontificia. Huyamos. Tenía razon el garibaldino. ¿Esta es la ciudad del espíritu?
Sumerjámonos en los antiguos tiempos, como un buzo en el mar. Nuestra vida es tan corta, nuestro sér tan pequeño, que para tocar esa idea de lo infinito, á la cual estamos como unidos por lazos invisibles; para entrar en esta inmortalidad con que soñamos siempre, tenemos necesidad de poner, como tras el limitado horizonte sensible, el ilimitado horizonte racional; tras cada momento de la vida, perspectivas inacabables, léjos inmensos, celajes que matizan de belleza las notas escapadas de unas cuerdas vibrantes, los colores descompuestos en mágicas paletas, las inspiraciones desprendidas de la celeste poesía, los recuerdos por nuestra evocacion alzados del polvo de los siglos y de los abismos de la historia.