Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)

Part 1

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada actualmente.

* Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a la grafía de mayor frecuencia.

* Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de interrogación.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

RECUERDOS DE ITALIA.

RECUERDOS DE ITALIA

POR EMILIO CASTELAR.

Tercera edicion.

MADRID. A. DE CÁRLOS É HIJO, EDITORES. CALLE DE CARRETAS, 12, PRINCIPAL. MDCCCLXXXIII.

Esta obra es propiedad de los Editores.

Est. Tipográfico de los Sucesores de Rivadeneyra, Paseo de San Vicente, 20.

AL QUE LEYERE.

Este libro reune las emociones más vivas despertadas en mi ánimo por los maravillosos espectáculos de Italia. No es en realidad un libro de viajes. Yo no he intentado añadir una obra más á las excelentes que tenemos en castellano sobre la nacion artística y que andan entre las manos de todos. Cuando un pueblo, un monumento, un paisaje, han producido honda impresion en mi ánimo, he tomado la pluma y he puesto empeño en comunicar á mis lectores con toda fidelidad esta impresion. No sigo, pues, órden alguno ni itinerario regular en mi libro. Pongo mis cuadros donde mejor me parece, por lo mismo que no tienen unos relacion con otros. Vuelvo á ciudades de donde parecia haber salido, y creo que cada capítulo forma un librito aparte.

Poco se encontrará en estas páginas de la vida corriente y de las costumbres actuales de Italia. En esta nacion, más que se vive, se recuerda. Es necesario mirarla histórica y estéticamente. Es necesario relacionar sus grandes monumentos con el tiempo en que nacieron, con las generaciones que los levantaron. Es necesario, delante de cada paisaje ó de cada ruina, evocar las sombras augustas que los realzan y recoger las ideas vivas que de su fecundo seno destilan. De otra manera, no se viaja, no, por Italia.

En su historia hay crísis que no son crísis nacionales, sino crísis humanas, como el paso del mundo antiguo al mundo moderno, como el paso de la Edad Media al Renacimiento. Por aquellos edificios tan vistosos, por aquellas estatuas tan serenas, han atravesado todas las tempestades del espíritu humano. Las ideas les han abierto hondas heridas. Y al verlos, se siente en el corazon y en el cerebro el esfuerzo inmenso que ha costado á los siglos crear el espíritu moderno, en que nosotros respiramos y vivimos. Por eso un viaje á Italia es un viaje á todos los tiempos de la historia. Por eso un escrito sobre Italia, más que descripcion, debe ser, en mi concepto, resurreccion. Yo he intentado colocarme siempre en la idea sobre que estas grandes obras de arte, de arqueología, de historia se alzan. Feliz, completamente feliz, si alguna vez lográra sentir á una con mis lectores los pensamientos que, digámoslo así, evaporan las obras artísticas y los recuerdos históricos de la inmortal Italia.

EMILIO CASTELAR.

LLEGADA A ROMA.

Estamos en Civita-Vecchia. Cuando el bote se aproxima rápidamente á tierra, el corazon os salta en el pecho de entusiasmo. Los edificios que os rodean os hablan de la antigüedad. Por poco aficionados á los estudios clásicos que seais, sentís tentaciones de recitar los versos que Virgilio puso en boca de los compañeros de Enéas. La vista de Italia deja en vuestro pensamiento una estela más profunda que la quilla de la barca en el mar. Cuando atracais, os falta tiempo para saltar en tierra. Si nuestro siglo no estuviera reñido con la manifestacion aparatosa de los grandes sentimientos, postraríame de hinojos sobre el suelo para besarlo. _Italiam, Italiam; primus conclamat Achates._ Pero habíame olvidado en mi entusiasmo de que esta Italia es la Italia pontificia. Un aduanero os detiene y os pide el precio de la entrada como en vil teatro. Una nube de mendigos, en cuyos rostros estatuarios ha impreso la miseria sus tristes huellas, se reparten á gritos vuestro equipaje como rico botin. La policía sale á reclamaros los pasaportes, en toda la Europa civilizada ya abolidos. Allí os los visan exigiéndoos otra gabela, á pesar de venir visados con gabela de la nunciatura de París ó del consulado de Marsella. En seguida el equipaje entra en sórdido almacen, oscuro ademas como un calabozo de la Inquisicion; oscuridad incompresible en esta tierra del cielo espléndido y de la luz deslumbradora, que dan á los ojos con un festin de colores una embriaguez de poesía. Por efectos usados ó adscritos á vuestro uso, os exigen derechos de aduanas. Cuando, pagados estos derechos, ya os contais libres, veis todos los bultos arrojados á un carreton, del cual tiran varios jóvenes haraposos, sin camisa, que os gritan: Á la aduana. ¿Pero otra vez? La tasa, el arancel prohibitivo, la incomunicación con el mundo, ¿serán tambien de derecho divino? ¿El Papa necesitará, para ejercer su autoridad sobre las conciencias, apoyarse fuertemente en los errores económicos de la prohibicion y en los errores políticos del absolutismo?

Yo comparaba esta entrada en los Estados Pontificios con mi entrada en los Cantones Suizos. Sentimientos no ménos sublimes ciertamente os poseen al contemplar aquellos montes por pirámides de eternas nieves terminados; aquellos bosques verde-oscuros, á cuyos piés se extienden praderas de un verde-claro, tachonadas por toda suerte de flores; aquellos lagos azules perezosamente dormidos al pié de colinas graciosísimas, puestas en sus bordes como para contrastar con los nevados picos hundidos en la profundidad de los cielos; aquellos rios impetuosos, cuyas claras aguas se despeñan con solemne rumor; aquellas blancas aldeas habitadas por una fortísima raza, que ha logrado realizar el mayor bien posible en las sociedades humanas: la alianza de la democracia con la libertad. Nadie os perturba en la contemplacion de estas grandezas. Ningun aduanero os registra el equipaje; ningun esbirro os pregunta vuestro nombre. La libertad ha abierto al universo aquellas montañas que parecen muros impenetrables. Pero en las playas romanas, en estas playas que os llaman como sirenas, el absolutismo ha puesto una nube de alcabaleros y de espías para cerrarlas, cuando las ha abierto naturaleza, como todos los vientos, á todas las ideas.

Nada más incómodo que el registro de los equipajes, nada más minucioso. Caen los aduaneros sobre los libros con recelo inquisitorial. Y despues que lo han removido todo y lo han ojeado todo, entregan cada bulto á un empleado que lo conduce á la estacion, pidiéndoos de nuevo derechos, cuyo importe monta tanto como la primera contribucion de la primer aduana. ¿Hay paciencia para sufrir una administracion como ésta? ¿Es posible que, en medio de Europa, exista un territorio privilegiado y en él una porcion, la más augusta por sus glorias de la familia humana, en perpétua ruinosa tutela? El Espíritu Santo, que derrama sobre la cátedra de San Pedro torrentes de verdades religiosas, ¿no querrá por misericordia concederle ni un átomo siquiera de las verdades políticas y económicas que son la honra y la riqueza de los pueblos modernos? Así es que el ánimo se aparta del lado económico y administrativo de aquella tierra, para fijarse en el lado pintoresco. El cielo es de espléndido azul-claro; el mar como el cielo; el aire tibio y aromático; las guijas de la costa parecen doradas y bruñidas por la luz; en los árboles asoman las tiernas hojas que Abril hace brotar con sus primaverales besos; y entre corros de alegres chiquillos medio desnudos, pasan de vez en cuando algunos frailes, los cuales, con su túnica blanca y su manto de parda estameña, me parecen evocaciones de otras edades, ruinas vivientes, paseándose, como los fuegos fatuos por los cementerios, sobre las ruinas de piedra.

Suena la hora de partir á Roma. El tren silba. Civita-Vecchia es el puerto de los Estados Romanos. Pero ni un carro, ni un fardo, ni un trabajador, ni un barril; nada que indique la existencia del comercio, como no sea el aduanero puesto allí para impedirlo. Mucho habia oido hablar de la tristeza del campo romano, pero nunca creí que llegase á tanto. Es la desolacion de las desolaciones. Parece que la muerte se ha tragado hasta las ruinas. Los buitres y los cuervos se han comido hasta los huesos de este gran cadáver. Once estaciones hay entre el mar y la Ciudad Eterna. En ninguna de ellas se ve un pueblo. Los empleados pronuncian nombres sonoros como Rio Fiume ó Magliana; nombres que se pierden, vanos ecos, en la inmensidad del desierto. Extraña mucho, muchísimo, ver que un tren se para en la soledad, sin que nadie baje ni suba, sin que nadie mire, sin que se cargue ni se descargue un bulto. Á veces alguna cabaña circular, terminada por una cruz de palo, es todo cuanto se decora con el pomposo nombre de estacion. Diríais que son tumbas de salvajes. El tren marcha proporcionalmente como una carreta. Esta lentitud os permite descubrir el inmenso horizonte; el campo desolado, pantanoso; algunas yeguadas que corren, ó búfalos que se paran como para contemplaros; ó rarísimos pastores á caballo en jacos matalones; ó un carro sobre el cual anda tendida alguna familia devorada por la fiebre, y que parece resto de razas nómadas, muriendo sobre aquel desierto, donde yacen tantas antiguas majestades caidas y enterradas.

Los errores económicos trascienden á muchos siglos, á muchas civilizaciones. Los campos romanos, en los primeros tiempos de la República, cuando los cultivaba Cincinato, podian llamarse los Campos Elíseos en el mundo; un semillero de riquezas, un lugar de felicidad y de abundancia. El vino, el trigo, el aceite, la miel, la leche, eran por el trabajo agrícola producidos de tal manera, que Roma se bastaba á sí misma. Pero, poco á poco, las grandes familias se fueron apoderando de aquellos campos ántes repartidos entre muchos y por muchos trabajados. Á fin de evitarse jornales, convirtieron las tierras de labor en tierras de pasto. Un esclavo les bastaba para guardar el ganado. Los riegos se suspendieron. Los canales se cegaron. Perdiéronse las acequias. Las aguas se estancaron en los lugares bajos. Aquellas aguas, que cuando corrian para el riego llevaban en sus corrientes la vida, comenzaron con emanaciones pútridas á esparcir la muerte. Conquistado el mundo conocido, el pueblo romano ya no tenía la ocupacion de la guerra, y habia olvidado la ocupacion del trabajo. De aquí el cesarismo para que lo alimentára y lo divirtiera. Del cesarismo, la muerte moral que está en la tiranía, como la muerte material en las lagunas pontinas. Con razon decia Plinio: _Latifundia Italiam perdidere_.

Por fin, al caer la tarde, cuando las sombras se desprendian sobre Roma, llegamos á la Ciudad Eterna; á la que nos ha dado la jurisprudencia con sus pretores, los municipios con sus procónsules, la libertad con sus tribunos, la autoridad con sus césares, la religion con sus pontífices; piedra miliaria donde están escritos los anales del género humano; tumba de la antigüedad; arco de triunfo por el cual entraron las edades modernas de la vida; templo á que han venido por espacio de quince siglos las generaciones católicas á recibir la luz de su espíritu; academia en que todavía aprenden los artistas, delante de cincuenta mil estatuas y de millones de columnas, los secretos de la forma plástica; campo de batalla donde yacen enterrados los dioses todos de las teogonías antiguas, al panteon traidos en los carros de triunfo; desde cualquier lado que se la mire, la ciudad más augusta y más colosal de cuantas han vivido sobre la tierra; la que todavía dirige la conciencia de una parte del género humano con el prestigio de sus recuerdos, con los misterios que se levantan de sus gigantescas ruinas.

Yo no puedo preservarme de un gran sentimiento de veneracion hácia esta ciudad, única en el mundo. Babilonia, Tiro, Jerusalen, Aténas, Alejandría, han reinado en la historia antigua, en cierto período de tiempo y en limitado espacio, realizando cada una su idea, despues de lo cual han desaparecido en el polvo de sus ruinas, sin dejar más que los recuerdos de su vida en la historia, ó los huesos de un cadáver en la tierra. París, Lóndres, Nueva-York, reinarán en la historia moderna. Pero esta Roma, que los antiguos llamaron la Ciudad Eterna, abraza los dos hemisferios del tiempo, el mundo antiguo y el mundo cristiano.

¡Qué serie de emociones reserva Roma al viajero! Por muy católico que seais, por muy vivas que en vuestra alma estén las ideas aprendidas en la primera educacion; á la vista de las estatuas del mundo antiguo, de estos faunos que sonrien con una sonrisa inmortal, de estas diosas por cuyas carnes de mármol parece que circula el calor de la vida y la sangre de una eterna juventud; delante del coro de las divinidades griegas en su inmóvil reposo, en su olímpica serenidad, en su armonía perfecta entre la forma y la idea resplandeciente de hermosura que irradian sus ojos, que se desprende de sus labios casi vibrantes aún con el himno de la poesía clásica; delante de estos muertos de piedra, más vivos y más inteligentes que los hombres de carne que hoy los guardan, sentís dolor infinito por la muerte de la religion del arte, y os dan tentaciones de pedir que se levanten de nuevo los antiguos templos y continúen los interrumpidos sacrificios para oir los cánticos de los coros, las páginas elocuentísimas de Platon ó los acentos de libertad de Demóstenes, en medio de aquel mundo y bajo el númen de aquellos genios, que derramaron de sus copas de ámbar sobre la tierra el licor de una eterna alegría. Goethe sintió esta profunda emocion clásica en el Museo del Vaticano, residencia de los pontífices católicos, por un milagro del arte convertida en olimpo de los dioses paganos.

Así os sucede con el mundo cristiano. Las grandes basílicas, á pesar de su colosal majestad, os dejan frios. Aquellos monumentos de mármol, de bronce, relucientes de oro y de pedrería, inundados de luz, riquísimos de mosaicos y de bajos relieves, os deslumbran, pero no os conmueven. La frialdad del mármol llega hasta el alma. Pero cuando entrais, por ejemplo, en las catacumbas de San Clemente; cuando veis la tierra húmeda donde estuvo guardada cuatro siglos la semilla de la idea cristiana; cuando, al resplandor de una antorcha, descubrís en el subterráneo la inscripcion trazada por el mártir, la pintura al fresco que parece, todavía teñida de sangre, los símbolos de la esperanza en medio de los terrores de la persecucion, creeis oir el himno de los catecúmenos entonado bajo los festines mismos de los césares, á la puerta del circo donde rugian las fieras que iban á devorarlos; y el sentimiento de amor inspirado por todos los grandes sacrificios viene á sobrecogeros con su misticismo sublime, inspirándoos deseos de quedaros allí á contemplar de rodillas los misterios de la eternidad y á dormir el sueño de la muerte en el sepulcro de los primeros cristianos, sepulcro iluminado por la fe.

¡Pero cómo se borran estas emociones así que veis la córte pontificia! No puedo resistir á la tentacion de recordar un cuento del más gracioso de los escritores italianos, de Boccacio. «Érase un cristiano viejo, florentino, muy dado á ganar almas para el cielo, mérito á que libraba su eterna bienandanza, cuando dió con un no recuerdo si moro, si judío, y puso empeño en abrir los ojos de su alma á la eterna luz; pero con tal traza, que en breves dias habia logrado tenerle ya punto ménos que convertido; cuando se le ocurrió al infiel, llevado de su naciente celo, la idea de ir á Roma; idea que desconcertó á su misionero, porque temió que las liviandades de aquella córte serian bastantes á reducir á cenizas la portentosa obra; mas ¡cuál no fué su extrañeza, cuando vió volver al catecúmeno hecho de hieles contra su antigua religion y de miel para la nueva, exclamando: ¡Padre mio! me convierto; porque si á pesar de las liviandades del clero de este siglo la Iglesia existe, crece y se fortifica, es sin duda porque, depositaria de la verdad, merece la directa proteccion del Cielo!»

Yo no acusaré á la córte que rodea á Pío IX de liviana. Jamas acostumbro á acusar sin pruebas, y siempre me inclino á creer el bien y á no injuriar á la naturaleza humana. Yo creo á Pío IX un respetable anciano perfectamente moral. Yo supongo que el ejemplo de su moralidad trasciende á toda su córte. Pero yo digo que ni él ni cuantos le rodean comprenden el espíritu de este siglo razonador, independiente, libre, quizá demasiado positivista, que desea un culto espiritual y desinteresado para oponerlo al desenfreno del mercantilismo, y que no encontrará nunca la satisfaccion de este deseo en el pomposo y vano lujo con que la córte de Roma adorna las ceremonias religiosas convirtiéndolas en el culto de los sentidos. ¿Por qué lado peca nuestro siglo? Por el lado industrial, por el lado mercantil. Las maravillas de la industria le han hecho olvidar las maravillas de las ideas que se ocultan en el cielo del alma. Esta tendencia sobrado exclusiva de su carácter puede traer una de esas reacciones idealistas que equilibran la naturaleza humana, como la accion demasiado sensual del imperio romano sobre la conciencia trajo la reaccion demasiado espiritualista del cristianismo, que convirtió un mundo de epicúreos en otro mundo de monjes. Podia muy bien la antigua religion del espíritu aprovechar un momento de crísis en la conciencia para reivindicar alguna parte del influjo moral que ha perdido. Pero con ese sistema de lujo desenfrenado, de comparsas churriguerescas, de cortesanos vestidos caprichosamente, de pajes cargados de oro, de cardenales con púrpura y armiño, de obispos con mitras orientales, de suizos arlequinados, de guardias nobles que llevan el manto de terciopelo negro sobre los hombros y la espada de plata sobre el vientre, de domésticos cubiertos con túnicas de todos los colores del íris, de lacayos cuyos plumajes desafian á todos los pintados loros del trópico, de soldados de uniformes como el célebre del general Boom en la _Gran Duquesa de Gerolstein_; con todo ese lujo oriental, la córte de Roma se aparta de Cristo y se acerca á Heliogábalo.

Es el Domingo de Ramos. La gran Basílica de San Pedro va á presenciar la bendicion de las palmas. Dentro de ella el pueblo está relegado al término último, como si no hubiese recibido con el bautismo el sello de la igualdad cristiana. Del altar mayor á la gran puerta se extienden dos filas de soldados para impedir á la muchedumbre que se acerque al Papa. Aunque la concurrencia es numerosísima, apénas se advierte en aquellos dilatados espacios. Baste decir que en San Pedro caben sesenta mil almas. Las voces de mando militar resuenan fuertemente en el templo, donde sólo deberia resonar la voz de la oracion. Los fusiles, al descansar, producen grande estrépito en el pavimento de mármol. Los asistentes son extranjeros. El ciudadano romano casi ha desaparecido en la inundacion de extrañas gentes llamadas por el Papa en su socorro. Á la hora prefijada, la procesion que trae á Pío IX comienza. Es imposible que nadie pueda dar una idea de las diversas gentes que le acompañan, y de los diversos trajes que estas gentes visten. Se necesitaria una endiablada nomenclatura, como las nomenclaturas de Bizancio. Por fin, despues de un ejército de cortesanos, aparece el Papa llevado en andas como los santos de nuestras procesiones, sentado en silla dorada, con manto de terciopelo carmesí y mitra blanca, el báculo de oro en la mano izquierda, y la derecha ocupada en lanzar bendiciones á los que las piden de rodillas. San Pedro parece un teatro. Las tribunas, alzadas en gradería bajo los grandes arcos que sostienen la maravillosa rotonda de Miguel Ángel, se hallan ocupadas por las damas. La disposicion de estas tribunas religiosas me parece idéntica á la disposicion de la platea central en la Grande Ópera de París. Los caballeros, vestidos de rigorosa etiqueta, ocupan el pié de las tribunas.

Durante la misa, unos hablan, otros pasean, y todos dirigen alternativamente sus anteojos de teatro, ya á las damas que ocupan las tribunas, ya á los cardenales que ocupan el ábside de San Pedro. Los guardias nobles, vestidos como nuestros caballeros de la córte de Felipe IV, con calzon corto, media de seda, ropilla de terciopelo, las mangas acuchilladas y adornadas por grandes elipses de raso, la capa á la espalda, el espadin con puño de acero delante, la gorra negra bajo el brazo y la golilla blanca al cuello, se mezclan á la conversacion general y al general paseo. Solamente los suizos se hallan allí inmóviles. Me dan compasion al considerar que han sido bastante enfermos del alma para dejar sus montañas y su libertad por servir ¡pobres mercenarios! á un soberano extranjero. El traje que llevan fué dibujado por Rafael. El gran pintor no se mostró en este traje gran colorista. Es una mezcla de retazos de paño negro, encarnado y amarillo; un casco adornado con plumero blanco les cubre la cabeza, y una elegante alabarda es su arma. Parecen maniquíes vestidos de arlequin.

Despues que se ha concluido la funcion, es de ver la plaza de San Pedro. Inmensa multitud la ocupa; coches lujosísimos la atraviesan en todas direcciones; las músicas militares entonan marciales marchas; la decoracion es maravillosa: en el centro el obelisco, mudo trofeo de las victorias del pueblo romano sobre el Egipto; á su lado dos fuentes que lanzan á los aires dos rios en grandes surtidores; á la derecha é izquierda los intercolumnios abiertos en colosales semicírculos, dejando entrever la graciosa vegetacion meridional de los próximos jardines, y rematados por magnífica diadema de estatuas; sobre una altura el Vaticano, palacio donde guardan testimonio de su genio los primeros artistas del mundo; y en el fondo, al terminarse elegante gradería, la iglesia de San Pedro, coronada por la rotonda de Miguel Ángel, que se dibujaba admirablemente, como un templo aéreo ascendiendo á lo infinito, entre los arreboles de este cielo arrebatador, que extiende sobre todo, como una mágica gasa de incomparable hermosura, su áureo manto de luz.

Pero no olvidaré hacer una observacion que me inspiró la fiesta. Esta ciudad no puede, á pesar de tantos esplendores, permanecer encantada siempre con el filtro del misticismo, ni presa siempre en las redes del arte. Cuando la religion tenía en sus manos la ciencia, el arte, la política, era natural una sociedad como ésta, dirigida por castas sacerdotales. Pero desde que todas las funciones sociales se han convertido en laicas, el gobierno teocrático es imposible. Noté, pues, que los coros de la Capilla Sixtina han decaido mucho. Las sublimes inspiraciones de Palestrina á duras penas encuentran dignos intérpretes. Tal decadencia se explica por la dificultad que hay en nuestro siglo de encontrar cantores con las condiciones exigidas por la córte romana. Es sabido que no permitiendo el ritual coro de mujeres en San Pedro, se apela para tener tiples á reducir á ciertos varones desde su infancia á la condicion de aquellos infelices que guardan los serrallos de Oriente. Alejandro Dumas refiere con mucha gracia en sus viajes, que vió á la puerta de una barbería romana este rótulo ó anuncio: «Aquí se perfeccionan muchachos.» Yo no he visto cosa semejante. Pero sé que los coros de tiples decaen, porque ya no hay familias tan despiadadas que por lucro se atrevan á inmolar á sus hijos. Pues bien; no podeis exigir tampoco que para existir una autoridad religiosa y moral en el mundo, haya una ciudad sin prensa, sin tribuna, sin los derechos primordiales constitutivos de la virilidad de los pueblos.