Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)

Part 6

Chapter 63,918 wordsPublic domain

Las grandiosas estatuas de Miguel Ángel parecen hechas para lucir bajo los atrevidos arcos de Bramante. Allí, entre aquellas largas líneas, bajo aquellas curvas prodigiosas, teniendo por decoracion uno de esos patios ó uno de esos templos cuyas perspectivas nunca se acaban, podian las estatuas de Miguel Ángel desplegar sus trágicas actitudes, sus titánicos miembros, que parecen sacudidos por los rayos de las ideas, y violentados por el esfuerzo supremo para subir desde la tierra al cielo. Se aborrecian Bramante y Miguel Ángel; pero se completaban. Así es la naturaleza humana. Aquellos dos hombres no sabian que eran los trabajadores de una misma obra. Por eso la historia no empieza á tener conciencia de sí misma, sino cuando la muerte ha pasado sobre sus héroes. Tales ejércitos, que se han combatido hasta aniquilarse sobre un campo de batalla; tales hombres, que se han odiado hasta herirse con la calumnia; tales genios, que se han perseguido mútuamente hasta querer borrarse de la tierra, como si no hubiera aire para todos, no saben, cegados por sus pasiones ú oscurecidos por el polvo de los hechos diarios, que mañana han de confundirse en una misma gloria, han de representar á los ojos de la posteridad una misma idea, han de tener en las hondas huellas dejadas por las obras de arte sobre el mundo los mismos adoradores y los mismos enemigos: que toda grande personalidad es un trabajador empleado en levantar esa serie inmensa de arcos triunfales llamados siglos, y todo espíritu individual es una faceta del prisma llamado espíritu humano, que descompone en mil matices la luz divina en la cual va bogando el Universo.

La sociedad es como la naturaleza. El mal está en lo particular, en lo contingente, en los límites de las cosas; pero el mal desaparece en el conjunto, en lo universal, en lo eterno. Así os sucede que en ciertos siglos todos los individuos parecen perversos, todos los pueblos ciegos, todas las acciones malas; aquí un monstruo, allá una matanza, acullá una supersticion; y luégo, cuando la idea del siglo se desprende de aquel todo, resulta como benéfica nube henchida de consolador rocío que refresca los aires y empapa en vida nueva la tierra. En el Universo acontece lo mismo. El veneno, el rayo, la peste, las catástrofes, son accidentes que jamas llegan á perturbar la serenidad del conjunto, la vida que se desprende como una mansa cascada de los pechos de la naturaleza, la eterna luz del Cósmos. La víbora pica al hombre; pero no puede picar á la humanidad. La muerte siega al individuo; pero no siega á la especie. Me he sublevado siempre contra la idea maldita de la eternidad del mal. Por eso he combatido la otra idea, no ménos maldita, de la muerte completa y del completo aniquilamiento de la conciencia. Resolvemos todas las antinomias, todas las contradicciones por medio de la muerte. Mirad cómo Bramante y Miguel Ángel, que se han combatido en la vida, se han reconciliado en la inmortalidad.

Pero prosigamos la historia de la Capilla Sixtina. Bramante inspira á Julio II la idea de encargar á Miguel Ángel los frescos de la bóveda. Pero el grande escultor ni siquiera conoce los procedimientos de la pintura al fresco, y así lo dice al Papa. Éste no admitia contradiccion, no toleraba que se le diera á la desobediencia ni siquiera la razon de las razones, la imposibilidad.

El golpe iba asestado al corazon de Miguel Ángel, porque pintaba entónces á cuatro pasos de la Capilla Sixtina, en su inmortal serenidad y con toda suerte de prodigiosas venturas, Rafael, las estancias. El primer escultor de su siglo corria el peligro de quedar siendo el segundo pintor. Esta idea atormentaba su orgullo, pero no le descorazonaba. Viendo la imposibilidad de resistirse sin perderse, llama de Florencia á los pintores más hábiles en trazar frescos, aprende de ellos la parte de oficio que hay en todo arte, los despide. Y se encierra solo en la Capilla, contemplando aquella inmensa bóveda, alta, oscura, desnuda, vacía, semejante al espacio desierto ántes de la Creacion. Pero él va á poblarlo. Cuando mirais con atencion aquellas figuras, un extraño espejismo os hace creer que han sido pintadas en un relámpago. Se ve que han salido de los rayos de una tempestad y de las cóleras de un gigante. Sus labios están dibujados para exhalar una lamentacion de Jeremías, un terceto del Dante, una de las maldiciones del Prometeo de Esquilo. El alma de Rafael ha producido sus figuras, como diz que parió la Vírgen, sin dolor. Cada una de ellas parece nacida como Citerea, de las espumas del mar, en la concha de nácar, con la sonrisa en los labios, los rayos de la aurora en la frente y el cielo en los ojos. Una ola de aquella alma serena las ha depositado en las áridas riberas de la realidad. Las figuras de Miguel Ángel luchan, padecen, se retuercen, van montadas en las ráfagas de un huracan, tienen por luz un incendio, expresan la virilidad y la potencia del dolor, son los hijos gigantes de los estremecimientos desesperados de su genio en delirio, ansioso de marcar la realidad con el sello de lo infinito. Por eso parece que todas llevan en las carnes el hierro candente de la idea de aquel hombre, y gritan desesperadas desde la realidad por otro mundo infinito, como el náufrago por la tierra.

Es necesario comprender todos los dolores que atenaceaban el corazon de Miguel Ángel cuando componia su obra. Rafael está siempre sostenido por su amada que le idolatra; por sus discípulos que le obedecen; rodeado de un coro de ángeles: el gran escultor está solo, separado del mundo, reducido á un coloquio perpétuo con sus ideas, sin amor y sin amistad, aislado como las grandes eminencias del globo, con la tempestad sobre su frente. Despues de haber aprendido los primeros procedimientos, ensaya el comienzo de su gigantesco poema. Sus colores se descomponen, las pinturas se caen á pedazos. Inmediatamente corre á ver á Julio II para pedirle que le libre de su compromiso. El Papa insiste: San Gallo, pintor, le da un medio sencillo de evitar la dificultad. Luégo el tablado que le ha construido Bramante se halla suspenso del techo por medio de cuerdas. Á cada estremecimiento de su pincel, que parece un manojo de rayos, el tablado se balancea. Miguel Ángel construye otro completamente fijo y completamente seguro. Por fin traza el cielo que contendrá sus figuras. Pero inmediatamente que tiene el espacio, le asalta la desesperacion, nacida del temor de no llenarlo. Cierra la Capilla con llave, y se lanza á todo correr solo, como un loco, por la campiña romana. Los arcos destrozados, los acueductos parecidos á gigantes esqueletos, las ruinas sobre cuya mole se asienta el pastor y por cuyos costados sube la cabra; los Apeninos tachonados de nieve en su cima y de cadáveres de pueblos en sus faldas; los cipreses, los sauces, los pinos, que dan á todo el paisaje aspectos del más vasto cementerio que han visto los hombres; las lagunas cubiertas de juncos y atravesadas por los salvajes búfalos y por tristes barcos donde van acostados seres semejantes á muertos reaparecidos en la tierra; los sepulcros dorados por el sol como fragmentos de planetas destruidos sobre aquella desolacion; las nubes fantásticas que parecen evaporaciones de las cenizas, volcanes flotantes entre los espejismos del desierto más poblado de ideas que hay en el globo; todo aquel espectáculo debia fortalecer el alma del titan y obligarle á producir lo que es superior á las fuerzas humanas: una obra sublime.

Pero necesitaba hallarse abandonado á su soledad y á su inspiracion. El tiempo es el grande auxiliar de las obras de arte. Contra su inspiracion, contra su soledad, contra su tiempo, se habia conjurado la impaciencia del Papa. Era viejo y deseaba ver la obra ántes de su muerte. Tres maravillas debia hacer ó inventar Miguel Ángel para Julio II: su sepulcro, su estatua, la bóveda de la Sixtina. El sepulcro se interrumpió por difícil y costoso. La estatua de bronce, levantada en una plaza de Bolonia, fué convertida por los boloneses en pieza de artillería. Llamábanla Juliana, y la disparaban contra el Papa. Solamente le quedaba para su gloria la Capilla Sixtina. Apoyado en su báculo, el Papa entraba á interrumpir, impacientar, apresurar al artista. Miguel Ángel dejaba caer un tablon á sus piés.—«¿Sabes que si llega á darme en la cabeza me mata?»—gritó el Pontífice.—«Todo lo evitára Vuestra Santidad con no venir á distraerme»—le contestaba el pintor. Julio II aprende la leccion y se va. Pero á los pocos dias, cuando más entregado está Miguel Ángel á su furia creadora, aparece el Papa.—«¿Cuándo acabarás?»—le pregunta.—«Cuando podré»—contesta Miguel Ángel, encubriendo sus figuras con espeso velo negro que envolvia toda la bóveda.

Otra vez se empeña Julio II en ver las figuras, agitado de impaciencia. Miguel Ángel se opone. Sube el Papa á duras penas la escala del tablado. Miguel Ángel se coloca entre las pinturas y el Papa. Hay algunos autores que dicen haber en tal ocasion y con tal motivo dejado caer su báculo sobre las costillas del pintor. Indudable es que un dia apaleó á su camarero por haber dicho que Miguel Ángel era, como todos los artistas, medio loco. En este conflicto descendió el pintor de su tablado, arrojó los pinceles, fuése á su casa, ensilló su caballo y partióse de Roma. Pero enamorado perdidamente de su obra, que comenzaba á salir del cáos, se volvió para concluirla. Bien es verdad que el Papa lo hubiera preso en el camino, ó hubiera declarado la guerra á la ciudad que lo retuviera sin su consentimiento soberano, como en otro tiempo estuvo á punto de declarársela á Florencia, en la cual, huyendo de su cólera, se habia el artista refugiado.

Por fin apareció, sí, apareció aquella obra-siglo, aquella obra-humanidad. El Renacimiento habia encontrado su símbolo. Es la Edad del gran crecimiento del hombre. Por la brújula ha crecido en el mar, por la imprenta ha crecido en el tiempo, por el descubrimiento de América ha crecido en el planeta, por la filosofía ha crecido en el espíritu, por la reaparicion de las artes clásicas ha crecido en la historia, por el telescopio va á crecer en el cielo, por todo en el seno de Dios. ¿Quereis ver cuánto ha crecido? ¿Quereis tener la medida de su nueva estatura? Pues comparad las figuras tétricas, rígidas, estrechas de pecho, flacas, desmayadas, que ha dejado Fra Angellico en Florencia como el testamento de la Edad Media, con las figuras atrevidas, atléticas, gigantescas, hercúleas, que ha dejado Miguel Ángel en la Capilla Sextina, glorificacion del Renacimiento.

Imaginaos un grande trecho plano, iluminado por doce ventanas, y dividido de las paredes colaterales por una cornisa. El tiempo, la humareda del incienso, de los cirios, le han dado un tono crepuscular que aumenta sus misterios. No parecen pinturas: segun la fuerza de encarnacion, segun lo saliente del dibujo, segun el relieve de las formas, parecen esculturas. Es la apoteósis del cuerpo humano regenerado. Por los frisos de la cornisa, y sobre las ventanas, ya tendidos, ya de pié, ya en actitudes y en posiciones inverosímiles, aquellos atletas vigorosos, desnudos, de nervios vibrantes como las cuerdas de un arpa, y de fibras endurecidas por los ejercicios de la gimnasia; jóvenes hermosísimos, que han combatido por Roma en los campos de batalla ó que han dado la vuelta al circo guiando la cuadriga en los juegos olímpicos de Grecia; renacidos al calor de esta nueva primavera del espíritu, á la evocacion de este genio extraordinario de Miguel Ángel, que convierte las piedras en hombres; y escalando audaces las cimas de la Roma católica, cual si fuera su antiguo Olimpo, á fin de celebrar, con la embriaguez de su nueva y no esperada vida, la propia resurreccion y la resurreccion de sus dioses, de sus filósofos, de sus poetas, de su patria en los cielos del arte.

Pero aquí se acaban las reminiscencias clásicas. El resto de aquel techo no ha tenido precedente, no ha tenido consiguiente. Queda ahí como los primeros versículos de la Biblia, en la conciencia humana; como las aisladas cimas del Sinaí, del Calvario, del Capitolio, en las llanuras de la Historia. Son las sibilas y los profetas. Venidas las sibilas de Délfos, de Cúmas, de Eritrea, de Libia, despues de haber recogido en las encinas de Dodona, en las orillas del Egeo y del Tirreno, por las grutas del Pausilipo, ó por los golfos de Corinto y de Bayas, las profecías, las esperanzas, las promesas de redencion que los poetas han dejado caer de sus versos, y de sus discursos los filósofos; venidos los profetas del desierto, del Carmelo, de las grutas de Jerusalen, de los bosques primitivos del Líbano, despues de haber recogido las esperanzas consoladoras de aquella raza de sacerdotes; se juntan en la Capilla Sixtina como dos coros titánicos, para con sus fuerzas sostener el techo donde resaltan maravillosamente en cuadros, únicos por su grandeza, todas las alegorías y todas las tragedias de la Biblia; el cáos sumergido en sus sombras; la primera luz amaneciendo pura sobre las aguas serenas; Adan dormido aún completamente en el sueño de la materia; Eva recien creada, despertándose ya en el éxtasis del amor, encantada por el florecimiento de la vida que respira y absorbe delirante de alegría; el primer pecado que se desliza en la tierra, desposeida del paraíso, y el primer dolor que se desliza en el pecho desposeido de la inocencia; el diluvio, arremolinando sus verdosas aguas de hiel atravesadas por el relámpago y henchidas por el huracan sobre las cimas donde los últimos hombres se agarran para salvarse en el estertor de la desesperacion; el sacrificio de Noé sobre las montañas, en señal de la perpetuidad de la naturaleza y de la salvacion de la especie; todo agrupado, todo reunido, titanes, sibilas, profetas, tempestades, huracanes, diluvios, en torno de aquella gigantesca, sublime figura del Eterno, que irradia el pensamiento de su frente, la accion de sus manos, dominando aquellas criaturas con su mirada centelleante, en señal de que las anima y las vivifica á todas con su creador aliento.

Pero despues de examinado el conjunto, descended á las particularidades. ¡Qué sobrenaturales son cada una de aquellas figuras! No se comprende cómo las frágiles fuerzas del hombre han llegado á tanto. He visto en muda contemplacion á muchos artistas, dejar caer los brazos con desaliento, menear la cabeza con desesperacion, como diciendo: jamas repetirémos esto. Las ideas madres que Goethe veia en las cavernas tejiendo las fibras de la vida, y las vestiduras de las formas para todos los seres, no son tan sublimes como esas sibilas. Los gigantes de la Biblia y de la poesía clásica no son tan altos como esos profetas. Isaías está leyendo el libro de los destinos del mundo. Su cerebro parece la curva de una esfera celeste, una urna de ideas, como las cimas de las altas montañas son las urnas de cristal de donde bajan los grandes rios. El Ángel lo llama y vuelve lentamente la cabeza al cielo sin abandonar el libro, como suspenso entre dos infinitos. Jeremías viste el sayal del penitente, cual conviene al profeta perdido en las cercanías de Jerusalen. Sus labios vibran á la manera que la trompeta de los conquistadores. Su barba desciende enroscada sobre el pecho como una tromba. La cabeza está inclinada como la copa de un cedro herido por el rayo. En sus ojos entornados braman océanos de lágrimas. Las manos aparecen fuertes, pero hinchadas de sostener las piedras vacilantes del santuario. Se ve que le rodean las quejas y las elegías de los hijos de Israel, cautivos á la orilla del extranjero rio, el lamento prolongadísimo de la señora de las naciones, solitaria y desolada como viuda. Ezequiel está furioso. Su espíritu lo posee. Habla con sus visiones como si fuera presa de un delirio divino. Monstruos invisibles deben agitar las potentes alas en su oido, y producir, segun escucha, un bramar tempestuoso como el ruido del oleaje oceánico. El viento marino hincha su manto como si fuera una vela. Daniel está completa, absolutamente absorbido en escribir, como que tiene que contar al mundo los castigos de los tiranos y las esperanzas de los buenos; los castigos de Nabucodonosor convertido de dios en bestia; los castigos de Baltasar, asaltado por la muerte en medio del festin donde ofrece á sus concubinas el vino orgiástico en las copas robadas al santo templo; los castigos de los cortesanos de Darío devorados en la fosa por los hambrientos leones; tras cuyos castigos pasarán setenta semanas de años, al cabo de las cuales, segun anuncio de Gabriel, vendrá un humilde varon, vestido de blanco lino, el cual despertará con su palabra los muertos acostados en el polvo de los siglos, y hará brillar con nuevos resplandores el firmamento. Jonás está espantado, como saliendo del seno del mar para ir al seno del desierto, á ver morir la grande ciudad de Nínive. Zacarías es el más viejo de todos. Parece que se cae, como si bajo sus piés se desgajára el suelo al sacudimiento del terromoto anunciado en la última de sus profecías.

Lo más admirable de aquellas figuras colosales que nunca os cansais de admirar, es que no solamente son decoraciones de una sala, adornos de una capilla, sino hombres, sí, hombres que han padecido nuestros dolores; que se han clavado las espinas de la tierra; que tienen la frente surcada por las arrugas de la duda y el corazon traspasado por el frio del desengaño; que han asistido á los combates donde mueren los pueblos y á las tragedias donde se consumen tantas generaciones; que ven caer sobre sus cabezas la niebla de la muerte y quisieran preparar con sus manos una nueva sociedad; que tienen los ojos gastados, casi ciegos, de mirar contínuamente el movible y cambiante espejismo de los tiempos, y las carnes quemadas por el fuego de las ideas; que llevan sobre sus crispados nervios el peso de sus almas grandiosas, y sobre sus almas el peso, todavía más grave, de sus aspiraciones irrealizables, de sus ensueños imposibles, de sus luchas sin victorias, de sus deseos por lo infinito sin ninguna satisfaccion sobre la tierra.

Yo quisiera definir estas figuras. Por lo que más en ellas se acerca á la humanidad, por la forma, por el organismo, son verdaderamente sobrehumanas. Todos esos seres gigantescos y extraordinarios que las várias cosmogonías han creido ver salir de la primera feracidad del planeta recien creado en la expansion de su vida, habian de tener esa colosal estatura. Pero por lo que hay en ellas de espiritual, de permanente, todas son humanas, todas hijas de esos dos elementos de nuestra vida, que tantas grandezas han producido: la aspiracion á lo infinito y el dolor de la realidad, contra la cual se estrella el alma, al querer esparcirse en lo invisible, en lo inmenso, en lo misterioso, volviendo á caer sobre su reducido lecho de barro con un horrible estremecimiento y un prolongado gemido.

Pero donde veo el espíritu humanitario, reconciliador, universal, del siglo décimosexto, es en esas sibilas del paganismo alzadas al nivel de los profetas, puestas ahí á su lado, repitiendo la misma idea, anunciando la misma verdad, como dos coros apartados, cuyas voces y cuyos cánticos se encuentran confundidos en el cielo.

No de otra suerte, en el laboratorio de los aires, se confunden la electricidad venida de diferentes montañas, los vapores exhalados por lejanos mares.

¡Cuán apartados nos hallamos de aquellos primeros iconoclastas, que destrozaban las bellas estatuas de los dioses, creyéndolas efigies del demonio! ¡Cuán léjos de aquel espíritu estrecho que condenaba la antigua historia, por creerla podrida! Las sibilas son los oráculos del paganismo. Cuando el dia espira, cuando las pléyades salen del mar, cuando las olas recamadas de fosforescentes resplandores mueren tranquilas en la arena; bajo el árbol lleno de misterios, sobre la piedra dorada por los siglos; vestidas con una túnica tan blanca como las nubes benéficas, coronadas de verbena; el ara encendida delante, el ídolo alzado á su espalda, el pueblo inmóvil á su alrededor, las cítaras de las vírgenes sonando en sus oidos, los ojos en el cielo y la mano en el corazon, delirante el alma, agitados los nervios; las sibilas dicen sus oráculos secretos en versos misteriosos, recogidos sobre hojas fugaces, confiados á veces á merced del viento, y descubren así los misterios del porvenir, y arrancan así por fuerza el feto del hecho venidero á las entrañas de las edades futuras, todavía dormidas en el abismo de la eternidad.

San Agustin ha leido los libros misteriosos de estas mujeres. En su entusiasmo, hace lo que Miguel Ángel ha hecho; las coloca en la ciudad de Dios. Ellas han predicho la venida de Cristo. _Pertinent ad civitatem Dei_, exclama. Son aquellas mismas que delante del César, segun una leyenda piadosa, se arrancaron la corona de la frente y descendieron mudas del marmóreo altar, porque habia nacido el esperado por las naciones y se habian cumplido las promesas de los siglos. Virgilio mereció que San Jerónimo, despues de haber saludado la cuna de Cristo en Belen, saludára su sepulcro en el Pausilipo.

Mereció más; mereció que San Agustin lo citára entre los testigos de mayor excepcion á favor del Cristianismo, entre los genios que han ahuyentado sus dudas y han fortalecido su fe.

«No creeria tan fácilmente esto, si ántes no lo hubiera anunciado un poeta nobilísimo en lengua romana.» Mereció más; que el mayor poeta de la Edad Media exclamára, invocándolo:

Per te poeta fuí, per te cristiano.

Y todo por haber repetido Virgilio el oráculo de la sibila de Cúmas: la venida de un niño misterioso, por cuya presencia se cambiaria el órden de los siglos y perderia la naturaleza sus males, el leon su fiereza, la serpiente su veneno, los campos sus espinas, el trabajo su fatiga; y sin necesidad de ser por el sudor regados, henchiríanse de vida los campos, producirian las vides sus racimos, los trigos sus espigas, los árboles sus frutas, coronándose de lirios las colinas, tiñéndose de los matices del íris los vellones de los corderos, embotándose el aguijon de las abejas, que depositarian espontáneamente su miel en los labios, como las vacas destilarian su leche en los odres; y el Universo, á manera de un árbol mecido por una brisa celeste, entonaria un cántico sublime que pusiera en olvido la música de Lino, la flauta de Pan y las melodías de Orfeo, por ser el himno incomunicable de la nueva edad de justicia.

La verdad es que la historia, en su moderna universalidad, ha destruido muchos odios. Los romanos y bárbaros, que peleaban como enemigos eternos, con furor, en el fin de las edades antiguas, eran hermanos, hijos de una misma raza. Y esos profetas de Jerusalen, esos incansables lectores del porvenir, esos invencibles enemigos de los tiranos, lo mismo que esas sibilas misteriosas, vagando por las arenas de la Libia, por las ruinas de Persia, por los mares de Jonia, por las grutas de Cúmas, apareciendo en las cimas del Archipiélago griego y en el cabo Miseno como almas sin cuerpo para decir ideas sin forma; los filósofos que desde la gran Grecia han pasado el Pireo y desde el Pireo han corrido á Alejandría, sembrando entre el Oriente y el Occidente una estela de ideas que ha sido un semillero de mundos, lo mismo que los sublimes y oscuros misioneros no comprendidos de la Roma imperial, que han pasado de las catacumbas á los circos, dejando con la sangre de sus venas el reguero inmortal que ha fecundado la fe; todos, durante muchos siglos enemigos, todos mútuamente desconocidos, todos apartados por abismos y por odios, todos se han unido en lo infinito, y han formado nuestro espíritu, y encendido nuestra conciencia religiosa.