Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)

Part 14

Chapter 143,885 wordsPublic domain

—Lo que Antonelli sabe profundamente es economía doméstica. Sonnino, su villa natal, se ha convertido en la metrópoli burocrática de los Estados Romanos. Aquello es un plantel de empleados. Giacomo Antonelli, secretario de Estado y prefecto de los santos palacios apostólicos, natural de Sonnino; el conde Fillippo Antonelli, consejero de Hacienda, natural de Sonnino; el conde Luigi Antonelli, conservador de Roma, natural de Sonnino. Podia escribirse una letanía de Antonellis. Como Diocleciano era césar, Diocleciano pontífice, Diocleciano tribuno, Diocleciano cónsul; Antonelli es administrador, Antonelli hacendista, Antonelli diplomático, Antonelli militar, Antonelli cardenal, Antonelli enemigo de la civilizacion moderna, Antonelli monopolizador del Espíritu Santo, Antonelli Papa del Papa.

Yo comprendí que la gárrula conversacion del frances me comprometia, y como empujado por grande oleada de gentes, apartéme de aquel sitio, cuando un rumor me advirtió que venía el Santo Padre. Pasó á mi lado, deteniéndose por algunos minutos ante mí el cardenal Antonelli, juntamente con la procesion de cardenales y obispos, que en parte precede al Papa y en parte rodea sus andas. Parecióme Antonelli alto, fuerte, cazador y no cardenal, montañes y no cortesano. Los ojos de ave nocturna, la nariz prominente, los labios gruesos, el color cetrino, la fisonomía ruda, el carácter atrevido, la complexion vigorosa, y los ademanes y el gesto, quizá por aprension mia, acusando el hombre acostumbrado de antiguo á mandar con imperio y á ser obedecido sin resistencia. Pero debo tambien decirlo: parecióme un hombre de gran vulgaridad.

Yo recordaba mis lecturas históricas; recordaba la serie de aquellos cardenales ilustres, de aquellos ministros pontificios, descritos en la admirable historia de los Papas durante los siglos décimosexto y décimoséptimo, por Ranke, obra que tantos elogios ha merecido á los católicos más ardientes. Recordaba Gallio de Como, que dirigiera con habilidad la política en dos pontificados consecutivos; Rusticucci, tan severo en su conciencia como en su vida; Santorio, tenaz en las ideas, puro en las costumbres, enérgico para sus parientes, inflexible con los extraños, superior en su elevada soledad á todas las pasiones humanas; Madruzz, el Caton del Sacro Colegio; Sirlet, tan sabio en todas las ciencias, y especialmente en las ciencias filológicas, que departia con los doctores y con los niños, que compraba á los pastorcitos sus haces de leña, con la condicion de enseñarles la doctrina cristiana; Cárlos Borromeo, un santo, cuya memoria jamas se borrará del Milanesado y de las montañas que avecinan al Lago Mayor; Torres, que concluyó la Liga contra los turcos, cuya victoria se llama la victoria de Lepanto; Belarmino, el primero de los controversistas y de los gramáticos; Maffei, el historiador de la conquista de las Indias portuguesas por el Cristianismo; Felipe de Neri, el fundador de la Órden de los preclaros oradores, que parecian llamados á restaurar la religion en la conciencia de Europa, cuando el gran constructor Sixto V regaba con el agua _felice_ las colinas romanas, y las hacía florecer á un tiempo con bellos jardines y grandes monumentos; cuando Fontana erigia el obelisco ante San Pedro y lo remataba con la cruz de Cristo; cuando Patrizi armonizaba la teología católica con las tradiciones filosóficas, y Moisés con Hermes; cuando Torcuato Tasso emitia los últimos acentos de la Musa católica, y el Dominiquino y Guido Reni destellaban los últimos resplandores de la pintura; y al eco de la sublime música de Palestrina, el espíritu eclesiástico se reanimaba y revivia, como llamarada próxima á extinguirse.

Grün compara el cardenal Antonelli al prelado de Benevento, que Montesquieu juzgó con extrema dureza, y que, miéntras el papa Benedicto XIII rezaba ante la efigie de San Vicente Ferrer, corria de monasterio en monasterio, besaba las manos de los frailes, hacía extremas penitencias, despreciando todos los placeres y todas las pompas terrestres, dábase él á las ambiciones, á los lucros y á las locuras del mundo. El carácter del Papa es la contradiccion radical, radicalísima, con el carácter del cardenal de Sonnino, como el carácter de Benedicto XIII era la contradiccion radicalísima con el carácter del cardenal de Benevento.

Pío IX, á quien eligiera un milagro, juzgóse llamado por Dios á hechos milagrosos, extraordinarios; y desde el primer dia de su pontificado tuvo la ambicion del bien. Extremadamente sensible de alma, epiléptico de cuerpo, incapaz de exaltados odios, inocente en sus pasiones, puro en sus costumbres, de fantasía pronta, de lenguaje abundoso, de voz clarísima y sonora, fácil y hasta elocuente en sus improvisaciones, plácido en sus gestos, dulce y bondadoso en su mirada, místico hasta el éxtasis en sus oraciones y plegarias, majestuoso sobre el trono, artista al pié del ara, minuciosísimo en las ceremonias religiosas, amador de las humanas pompas, devoto á sus destinos históricos y á su elevado ministerio, cree, en sus más grandes equivocaciones y errores, que Dios le inspira, que le guía Dios, y que interpreta su pensamiento y expresa su voluntad sobre la faz de la tierra.

Él no enriquece á sus parientes, no atesora dinero, no pone tasa á la limosna, no niega audiencia por importuna que sea, no echa ningun cerrojo á su corazon siempre abierto, ni mordaza ninguna á sus labios, vibrando siempre, en toda ocasion, la idea que vaga por los espacios más recónditos de su conciencia. Conoce de los hombres más las apariencias que la naturaleza; de las ideas más la forma que el fondo; de su poder más el aparato que el prestigio; de su autoridad más el brillo que la fuerza, y acostumbrado á vivir en regiones donde parece un Dios, gústale oirse llamar todos los dias: santo, santo, santo, y aspirar el humo del incienso. Pero en esas alturas, cuando declara dogmas de fe, cuando reune concilios ecuménicos, cuando la Iglesia entera le llama superior á los errores humanos, cuando su pensamiento es divino como el Verbo, y sus labios sagrados como los oráculos; ¡ah! la nube que pasa, la electricidad de la atmósfera, los cambios bruscos de temperatura, en Roma frecuentísimos, influyen sobre sus nervios, sus nervios sobre su carácter, y su carácter le arrastra á ímpetus de mal humor, á genialidades bruscas, que desdicen de su bondad, y que prueban cómo ese demiurgos, ese sér sobrenatural, se halla sujeto, cual todos los mortales, á los errores y á las debilidades que nacen de los límites de nuestra naturaleza, y á las leyes que rigen todo el Universo.

Y bajo el dominio de este Papa que aspiraba á evangelizar el mundo, á cristianizar la democracia, hase convertido la autoridad pontificia á un absolutismo que fuera imposible bajo el imperio de los monarcas absolutos. Se estremece el ánimo considerando cómo ha caminado nuestra Iglesia á la inversa de nuestra civilizacion. Una institucion de la altísima jerarquía que ha pretendido, del ministerio altísimo que ha desempeñado la Iglesia, debia ser la luz y el calor de las almas, como es el sol la luz y el calor de los cuerpos.

Y para ser la luz y el calor de las almas debia desplegar sobre la frente del hombre, sellada con el sello de eleccion divina, las etéreas alas de un ideal espiritualista, celeste, verdaderamente sobrehumano. De esta misteriosa suerte venció al mundo latino y sojuzgó á los bárbaros. De esta misteriosa suerte, por sus tendencias á lo ideal, congregó aquellos concilios, como el Concilio de Jerusalen, donde se reconciliaron los judíos y los paganos, separados por toda la historia, y donde el Cristianismo se dilató hasta ser la conciencia de la humanidad. Por esta misteriosísima manera formuló aquella primera teología griega que difundiera al soplo creador de lo divino en la mente humana. Por esta misteriosa manera alzó los esclavos á la dignidad de seres religiosos, y puso los césares á servicio de los nazarenos. Elevar al hombre, educarlo en puro idealismo, hacer de su conciencia como una hostia consagrada á la divinidad en los altares del Universo, ministerio era digno, dignísimo de una religion que triunfára por su radical oposicion al sensualismo pagano y á su cancerosa podredumbre. La Iglesia en los tres primeros siglos fué una federacion democrática. La Iglesia desde el pacto de Carlo-Magno ha sido un imperio, sí, un imperio á la manera romana, miéntras comenzaba Europa á ser una federacion por el individualismo de los bárbaros. Los obispos de Roma quisieron ser césares más que pontífices; quisieron continuar bajo el amparo de la Cruz en la dominacion del Universo. Al pié de los nuevos altares como al pié de los antiguos, Roma sólo de su propia autoridad se acordaba y de encerrar los nuevos bárbaros en sus Basílicas, como habia encerrado los bárbaros antiguos en su Capitolio. Para este fin hubo ejércitos que en vez de armas llevaban plegarias, y en vez de escudos sayales; tuvo á los monjes. Tuvo sus jurisconsultos, los canonistas. Tuvo su código, las falsas decretales. Tuvo hasta un título cesarista, la donacion de Constantino. Y tuvo su emperador, el Papa. Mas no siempre el Papa ostentó este carácter; durante algunos siglos sirvió á las democracias.

Los movimientos religiosos de Roma se explican siempre por sus intereses políticos. Roma es entre las ciudades antiguas la más fiel á la religion pagana, por creer que la religion pagana es la más propicia á su poder y á su grandeza. Roma, en el diluvio de la invasion, donde mueren ahogados sus dioses, abrázase fuertemente al Catolicismo, no por ser la religion más verdadera, sino por ser la religion más opuesta á la religion de sus conquistadores, que es el arrianismo. Así Roma subleva á los italianos y al mundo contra el imperio bárbaro, apoyándose en dos ideas capitalísimas, en el catolicismo y en la república. Á la unidad longabarda se opone la democracia romana. La ciudad no sólo entrega su alma á los papas, sino que pide á voces el auxilio de Bizancio; y por medio de la virtud divina de las ideas, por medio de la fatalidad geográfica de la península, reune en las islas del Tirreno, en las lagunas del Adriático, tras los Apeninos, en los desfiladeros de los Abruzos, todos los náufragos que han conservado el antiguo ideal y la antigua cultura itálica.

Imposible comprender cómo los papas se han apoderado del mundo sin comprender cómo se encuentra Italia en los siglos sexto y sétimo. La unidad bizantina, que es una sombra, en Rávena; la unidad longobarda, que es un cetro y una espada, en Pavía; la unidad federal, que es una religion y una democracia, en Roma. La ciudad Eterna no se defiende, no defiende la República, encontrada despues de quinientos años de imperio y de cinco invasiones bárbaras entre las ruinas de sus templos y las pavesas de sus ideas; no la defiende por los dictadores, por los cónsules, por los césares, por los magistrados antiguos, sino por los obispos, á causa de que los obispos son los defensores de las ciudades, los jefes de la plebe, los nuevos tribunos de la democracia, los únicos que tienen palabras de entusiasmo y de fe, bastantes á crear ejércitos de plebeyos, y mover estos ejércitos de plebeyos, donde se reclutan las legiones de los mártires, al combate y á la muerte. Pero se engañaria quien atribuyera la fuerza de los papas en esta crísis suprema solamente á milagros de la fe. Son fuertes porque tienen á su devocion el pueblo guerrero por excelencia, el pueblo franco. Los francos vienen á ser los soldados del Catolicismo. Cuanto nosotros hicimos por el Catolicismo en su edad de vejez y decadencia, hiciéronlo tambien los francos en la edad en que el Catolicismo tenía juventud y robustez. No hay como servir una idea progresiva. Ellos, los francos, crecieron, y nosotros menguamos sirviendo el mismo principio. Pero ellos lo sirvieron cuando la Iglesia educaba á la humanidad, cuando la Iglesia era un ideal religioso y una federacion republicana, miéntras lo servimos en Europa, despues que acabamos nuestras guerras con los árabes, nosotros que desde el siglo décimotercio representáramos por la casa de Aragon el principio civil opuesto al principio teocrático; lo servimos en Europa cuando la Iglesia se oponia en Alemania, en Holanda, en Inglaterra á la educacion de la humanidad. Los patriarcas de Constantinopla aspiraban á ser por los exarcas de Rávena los directores de la cruzada contra los longobardos. Pero los obispos de Roma mostraban la federacion de obispos á cuyo frente ellos se veian; las muchedumbres agitadas y encrespadas por las ideas católicas; y las lanzas milagrosas vibrando en manos de los francos, invencibles por su valor, dispuestos á pasar los Alpes y los Pireneos, el Rhin y el Ebro, para defender la nueva religion y sus pontífices. Hé aquí el camino verdaderamente misterioso por donde llegó el pontificado á ser el centro y la cabeza del mundo.

Luégo las crísis de la sociedad, los movimientos del espíritu humano conspiran en los primeros siglos de la Edad Media á reforzar esta primacía. Los longobardos se convierten al catolicismo, abrazan la religion de los vencidos en Italia, un siglo despues de que los godos abrazáran la misma religion en nuestra España. Desde este momento el Papa, que ya no ha menester de los emperadores de Bizancio, se vuelve contra Bizancio, combate su monoteismo, sus iconoclastas, sus exarcas, sus legados que quieren prenderle; niégase á recibir toda sancion de la autoridad pontificia, todo cesarismo sobre su poder religioso, y subleva la conciencia católica contra el sentido heterodoxo de Constantinopla; y el patriotismo italiano, y la federacion italiana contra las reapariciones del antiguo imperio, asentado en una ciudad rival y enemiga de la ciudad eterna.

Pero en cuanto se ha separado de Bizancio, y ha alcanzado la independencia moral, tiene que destruir á Pavía y alcanzar la independencia material. No importa que los longobardos se hayan hecho católicos; no se han hecho republicanos, y el Papa es á un tiempo el pontífice del catolicismo y el jefe de la federacion. Los pueblos de Italia en esta edad, en el siglo octavo, aborrecen la monarquía, y prefieren á la monarquía la teocracia. Todas las ciudades marítimas piden al Papa que las liberte en lo civil de la tutela del rey, como las ha libertado en lo moral y religioso de la tutela del emperador. El Papa no puede por sí solo alcanzar tan grande fin; pero puede, si cuenta con su pueblo fiel y escogido, con el pueblo franco. San Leon no detuviera la cólera de Atila, si ántes no desarmaran al gran exterminador los francos en los campos cataláunicos. Para desarmar á los longobardos se necesita la repeticion monótona, uniforme de la misma historia; que los francos hieran, maten, y el Papa entierre. En vano los mayores patriotas italianos maldicen este momento de la historia en que cae la unidad civil y monárquica de su patria para ser sustituida por la unidad teocrática del mundo. Tal vez si el reino longobardo vence y domina, fuera Italia pueblo más guerrero, nacionalidad más una y más fuerte; pero no sería, no, la nacion de la teocracia, que nutrió y educó por tantos siglos á Europa; no sería la nacion primera en la cultura moderna; no sería la patria de tantos municipios libres y de tantas ciudades republicanas; no sería, no, aquella escuela universal de música, de pintura, de escultura, donde el espíritu ha educado su sentido estético, para guarecerse en la adversidad, consolarse en el dolor, tener siempre un ideal vivo y luminoso; y como el aroma de las flores, como el cántico de las aves, como el rumor de las selvas, como el incienso de los campos, espaciarse en la celeste inmensidad, mereciendo á la Europa cristiana el nombre ilustre que llevára y el envidiable ministerio que ejerciera la inmortal Grecia en la antigua Europa.

En el año 800, Europa se levanta sobre la idea primera del Pontificado, sobre el pacto con Carlo-Magno. El Papa entrega á los francos el viejo reino longobardo, y los francos entregan al Papa el nuevo patrimonio de San Pedro. Alzado en esta tierra feudal, puede ya el Papa, despues de haber concluido con sus enemigos, despues de haber separado su ciudad de Constantinopla, de Pavía, de Rávena, que la eclipsaban, entregarse á toda su ambicion espiritual, á toda su soberanía en las almas: ser demiurgos, casi Dios; dictar sus leyes morales superiores á todas las leyes escritas; extender su autoridad sobre un dominio que no conoce límites, sobre el dominio de la conciencia humana; poner su código moral más alto que todos los códigos, su Iglesia más elevada que todas las sociedades, su voz donde no osaron los antiguos oráculos, su persona donde no estuvieron los antiguos dioses; destruir las castas por el sacerdocio concedido á cuantos lo demandan, é imposibilitar al sacerdocio por el celibato para erigirse en dignidad hereditaria; oponer fuerza moral á tantas fuerzas materiales, la unidad religiosa al fraccionamiento del feudalismo; la democracia educada en los monasterios y en las Universidades á la aristocracia militar, que anidaba en los castillos; transformar el mundo, la tierra, como se transforma siempre la realidad, por una anterior y superior transfiguracion de las ideas.

Importará poco, muy poco, que los Papas, ora caigan en el cieno del vicio, ora se alcen á la demencia de la soberbia y pasen de la tutela de los cortesanos á los brazos de las Marozias, su fuerza no está en sus costumbres, sino en sus ideas; y hechizarán al mundo por el bebedizo de su doctrina, por el sortilegio de sus reliquias, por los milagros de sus leyendas, por la muchedumbre de sus peregrinos, por el poder de sus obispos, casi todos afincados en territorios feudales; por los comentarios de sus jurisconsultos, que inventarán miles de leyes y falsearán miles de códices; por la necesidad, sobre todo, que tiene el mundo en su niñez, el espíritu en su inocencia, de una teocracia su nodriza, su maestra, la cual le aterra con fábulas como la próxima destruccion del mundo en el año 1000, y le tiene por estas fábulas sometido y sujeto. Lo esencial de la Edad Media subsistirá: el pacto de Carlo-Magno, un Papa sancionado por el emperador en el centro de Italia, un emperador coronado por el Papa en el centro de Alemania, y legiones de obispos feudatarios en torno de los dos grandes astros de la Edad Media, en torno del Pontificado y del Imperio.

Los obispos, influyendo tan soberanamente, gozarán una supremacía que papas y emperadores querrán someter á su respectiva dominacion. De aquí una lucha entre el elemento italiano y el elemento aleman dentro de la Iglesia; de aquí el célebre litigio de las Investiduras. Los emperadores de Alemania llegarán á tener papas alemanes en Roma, y los papas alemanes llegarán á ser casi todos en Roma inmolados. Por fin sube al trono el César de los Papas, Gregorio VII. Él aspirará á la libre eleccion de los pontífices, á la independencia de los obispos, á reunir y administrar todos los bienes eclesiásticos, á hacer de la Iglesia una sociedad superior al mundo y aparte del mundo, á recabar por todos los medios el sepulcro de Cristo en una guerra cuyo símbolo sea la cruz, con un ejército cuyo general sea el Papa; y para emanciparse completamente del germanismo imperial, inventará la fábula de que el patrimonio de San Pedro es donacion de Constantino, y obligará á los emperadores, vestidos de sayal y de cilicio, á que aguarden de rodillas, temblando, una palabra de aquellos labios pontificales que sublevan ó domeñan á los pueblos, una bendicion de aquellas manos que apaciguan ó irritan á los cielos.

Si el Papa hubiera desaparecido, Europa no se educa para la civilizacion en la Edad Media. Si el espíritu se hubiera sometido por completo al Papa, Europa sería hoy un imperio inmóvil, un imperio asiático, religioso, con su gran Lama en la Ciudad Eterna. Afortunadamente el principio de contradiccion está ahí para evitar estas tristes absorciones de toda la naturaleza humana por uno solo de sus elementos. Grande oposicion se abrió contra el Papa, recordádole su dependencia de la tutela civil, y el orígen reciente de la donacion que sólo debia á los emperadores occidentales. Ni la guerra, ni la paz de las investiduras aclaran nada; á pesar de las humillaciones de Enrique IV y de los proyectos de Pascual II, la naturaleza quiere que este combate se prolongue, que esta incertidumbre continúe, para que ninguno de los dos principios en lucha predomine y se sobreponga á su contrario. Así la Iglesia conserva su carácter moral, su carácter teológico, avivando el elemento idealista en el alma; y el Imperio conserva su carácter político, civil, impidiendo que la autoridad teocrática esclavice todo nuestro sér. Por esta lucha el mundo occidental constituye la unidad en la variedad; la quietud en medio de la guerra; el equilibrio entre fuerzas discordes y contrarias. Todas las armonías de la Edad Media provienen de esta enemiga entre el Pontificado y el Imperio. Sin aquél hubiera sido Europa un campamento; sin éste Europa hubiera sido un monasterio. Su mutua oposicion salvó por completo la cultura humana.

Y el espíritu rebosa en Europa, y el Oriente surge cual mágico encanto para contenerlo, y los monjes predican, y los pueblos se mueven, sintiendo nueva vida despertarse en su seno, y se llenan de cruzados los caminos, y las muchedumbres no saben ni de dónde vienen ni adónde van; pero saben que algun misterio las envuelve y las sostiene, y creen que cada ciudad es Jerusalen, que cada monumento es el sepulcro, que cada estepa es el desierto; hasta que una gran parte de la ignorancia antigua se desvanece, y una gran parte de la igualdad moderna viene por la comun lucha y las penas comunes, reveladoras de la identidad y de la unidad de la naturaleza en cada hombre y en todos los hombres, que se van siervos de la teocracia, del feudalismo, y vuelven apercibidos á penetrar libres en los municipios; se van de Europa creyentes, y vuelven del desierto con la duda de Job en el alma, dispuestos á entrar en otra fase más progresiva y más humana de la civilizacion. El Papa ha creido conservar la fe agitando á Europa, y al agitarla ha despertado en Europa la razon.

El comercio es una fuerza nueva de civilizacion y cultura. Como toda fuerza social, engendra organismos políticos. Al comercio se une el trabajo. Al comercio y al trabajo, el comienzo de emancipacion de los pecheros. Nacen los consulados en Italia, los municipios en España, los comunes en Francia. El Papa siente que esta evocacion de la naturaleza desvanecerá el hechizo de la fe religiosa; que estas invasiones de la democracia destruirán las aristocracias teocráticas. Como el Universo, deja de ser fuente de mal para convertirse en fuente de vida; el trabajo deja de ser maldito para convertirse en continuador de la creacion; el comercio acaba con el aislamiento de cada hombre, de cada pueblo, que engendraba la penitencia, la oracion, y comunica entre sí á católicos é infieles; el sayal, el cilicio, el saco, se truecan en gasas, en brocados, en crujientes sedas; esta aparicion de la naturaleza con todos sus hechizos en medio del mundo, presa de todos los terrores religiosos, parécele á la Iglesia obra del Antecristo, y lanza sus rayos contra la transfiguracion de la conciencia y de la vida.

Pero Abelardo ha pensado. Y el pensamiento se hace verbo en la historia. Y el verbo se hace hombre. Y el hombre donde se encarnó el pensamiento de Abelardo fué Arnaldo de Brescia, monje y soldado, tribuno y asceta, filósofo y místico, predicador elocuentísimo y consumado político, radiosa aparicion de la democracia ante los altares teocráticos, capaz de suspender por un momento la autoridad política de los Papas en Roma, como para demostrar que nada podrán las excomuniones contra la razon que se emancipa, contra la herejía que toma carta de naturaleza, contra el trabajo que redime, contra el comercio que liga á los pueblos y aisla á la Iglesia. El Papa triunfa en definitiva, pero la idea de Arnaldo queda en el suelo de Europa. Ella retoñará.