Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)

Part 15

Chapter 153,717 wordsPublic domain

La herida está abierta en el corazon de la Iglesia. Piérdese el prestigio de las cruzadas; luchan entre sí los ejércitos cristianos, miéntras la cimitarra cautiva de nuevo el Santo Sepulcro y la verdadera cruz; van los cruzados á Jerusalen, y se detienen en el camino para depredar, saquear las ciudades cristianas, como Palermo y Constantinopla; quiere Federico II renovar las hazañas del rey Godofredo, y en Tierra Santa, léjos de recibir las bendiciones, recibe los anatemas del Papa: la herejía domina, los territorios en donde brotára la cultura moderna, el Langüedoc, La Provenza, y engendra una guerra nacional; pelean los reyes de Aragon, que poco ántes dejaban sus dominios á la Iglesia, en favor de los albigenses; una democracia desenfrenada, semidemagógica, compuesta de mendigos que se declaran enemigos de toda jerarquía y de toda propiedad, entra con los franciscanos en la Iglesia que, cercada de dolores, en aquella insurreccion de los reyes contra su poder, en aquellas invasiones contínuas de la herejía, apela á la inquisicion y enciende las hogueras para difundir, como con los franciscanos el terror sobre los aristócratas y sobre los reyes, con los dominicos el terror sobre los herejes y sobre los pueblos.

De todos estos movimientos del espíritu humano, ¿cómo ha salido el Papa? Era jefe de la cristiandad, y es jefe de un partido, jefe de los güelfos. Era legislador por sus cánones, y tiene que ver mezclada la legislacion eclesiástica con la legislacion imperial y romana. Era maestro por los conventos, y compartirá el magisterio con los reyes. Las Universidades se llamarán pontificias y reales para educar una clase, la clase de los jurisconsultos, que trasladará la diadema del derecho divino de la frente de los Pontífices á la frente de los reyes. Transigirá la Iglesia con la escolástica; pero en la escolástica habrá más de Aristóteles, más de Averroes, más de los filósofos griegos y de los comentadores árabes, que de los padres y los apologistas cristianos.

Al acabar el siglo décimotercio comienza realmente la decadencia del Pontificado. Y no consiste esta decadencia, como escritores superficiales han supuesto, en el carácter de los Papas; consiste en el cambio de las ideas y de los sentimientos. Inocencio III, que representa la mayor pujanza de la Iglesia, es ántes de los Papas de decadencia, como Marco Aurelio ántes de Commodo, un gran carácter que sostiene y eleva por su propia fuerza altísima institucion, herida de muerte. Ni valor, ni inteligencia, ni virtud bastan á robustecer instituciones que se debilitan, á salvar instituciones que perecen. ¿Pudo Probo sostener con sus virtudes el Imperio romano, ya en la agonía? Pocos hombres habrá en la historia de la elevacion de miras y de la fuerza de carácter que ostenta Bonifacio VIII. No le gana en valor San Leon, en actividad San Gregorio, en ideas atrevidas Hildebrando, en carácter Inocencio III. Él asedia en Roma la familia feudal y gibelina de los Colonnas, que durante siglos se opone al Pontificado y sirve á todos los enemigos del Pontificado; la persigue á sangre y fuego por los campos y por los montes; la acorrala en Palestrina; y allí la castiga con castigos cruentos, sin dejar una piedra en su madriguera, en la ciudad que guardaba recuerdos más preciosos de lo antiguo y obras de arte más bellas del genio moderno, ciudad cuya destruccion llorarán eternamente de consuno las musas latinas y las cristianas musas. Pero Bonifacio VIII no se detiene ante ningun respeto humano. Reivindica Polonia, Hungría; manda sobre Italia sin curarse ni del Emperador ni del Imperio; promulga jubileos que enriquecen con legiones innumerables de peregrinos la Ciudad Eterna; excomulga y depone magistraturas civiles, como si el cesarismo hubiera renacido bajo la tiara; desafia á Francia, conspira contra Alemania; pero sus enemigos se congregan en bandas armadas, lo buscan, lo encuentran, violan su ciudad, asaltan su palacio, matan sus servidores, se acercan á él, que los aguarda en el trono, con la serenidad y la inmovilidad de un Dios fiado en su omnipotencia, la tiara en la cabeza, el manto en los hombros, el báculo en las manos; y le imprimen, con el feudal guantelete de hierro, horrible bofeton en la mejilla, despues de cuya afrenta réstale sólo al Papa huir, esconderse, entregarse á otra familia señorial, á los Orsinos; y entre epilépticos sacudimientos y feroces maldiciones, morir siniestra muerte, al frenético dolor que le causáran su rabia y su impotencia. La vida y la muerte de Bonifacio VIII corroboran el dicho agudísimo y exacto del pueblo romano: «alcanzó la tiara como un zorro, dominó como un leon, murió como un perro.»

Pero su pontificado señalará eternamente la decadencia de la teocracia, que fué tutora de Europa. Divídense los partidarios del Papa, los güelfos, en blancos y negros; los teólogos, en escotistas y thomistas, en nominalistas y realistas; los Papas mismos en Papas de Avignon y Papas de Roma; las naciones católicas en naciones cismáticas; las ciencias en sectas y herejías; los concilios en asambleas revolucionarias; los poetas en satíricos que turban la paz del alma con sus dudas y persiguen la fe con su finísima ironía, obligando á la conciencia humana á buscar en otras ideas más vivas que las ideas católicas su indispensable alimento. La Órden de los templarios, que naciera en los tiempos felices del Pontificado, que luchára por la Iglesia en Oriente sin descanso, soberana de Chypre, defensora de Jerusalen, sumisa á los Papas, es disuelta por el gran esclavo de Avignon, por el Pontífice frances, sometido á los reyes de Francia, y sus bienes confiscados, y sus fortalezas derruidas ú ocupadas por tropas reales, y sus caballeros quemados á fuego lento en los claustros y en los campos, testigos del poder y de la gloria de tan ilustre ejército. Hasta el gran poema inspirado en la teología, templo viviente del espíritu católico, consagrado, no á los combates pasajeros de los héroes, sino al viaje de las almas á la eternidad, al reino insondable de los muertos, allá en sus últimos círculos de fuego inextinguible y de perdurables penas, en lo más profundo de su infierno, casi en la boca de Satanás, pone á los Papas por enemigos de la grandeza y de la independencia de Italia.

¡Qué espectáculos! El hijo de pobre lavandera y oscuro tabernero, Rienzi, por interpretar las inscripciones romanas, por traer á la memoria con verdadera elocuencia los recuerdos antiguos, se ve aclamado y divinizado entre muchedumbres que le llevan homenajes de patricios, de cardenales, de reyes, de emperadores, de Papas, y personifica por algunos dias el genio de la Ciudad Eterna, hasta que su cabeza, llena de vértigos, cae rodando desde las cimas del Capitolio al mostrador de un carnicero. Y el mundo ve que mascaradas de tribunos llenan los palacios pontificios; que sangrientos cismas desgarran las naciones; que genios como Petrarca se vuelven con dolor á la antigüedad pagana para pedirle su inspiracion y su valor; que hay un Pontífice en Francia, otro en Italia, otro en Aragon sobre la triste Peñíscola; que el emperador Segismundo se arroga la facultad eclesiástica de convocar la Iglesia universal; que la jefatura del mundo católico pasa de un Papa simoniaco á un pirata, de un pirata á un loco, de un loco á un epicúreo, cual sucede en la decadencia de los Imperios; que los Concilios sólo aciertan á encender los ánimos, á subvertir los pueblos, á desencadenar las guerras; que las hogueras consumen á genios henchidos de fe como Juan Hus y Jerónimo de Praga; que se desentierra á Wiclef para arrojarlo á un rio por haber pedido la pureza del cristianismo; que los soldados de la igualdad, precedidos primero de un general ciego, llamados al redoble de tambores hechos de pieles humanas, derraman el incendio, la matanza, tan sólo por comulgar como los sacerdotes en las dos especies de pan y de vino; que la reconciliacion de la Iglesia latina y la Iglesia griega, obra de un momento, se rompe en otro momento; que los reyes se sobreponen á los obispos, y la Iglesia se declara superior al Papa; que el diablo huye de las leyendas, y la naturaleza recobra sus derechos, y la antigüedad su prestigio, y la conciencia su voz, miéntras el mundo pierde la antigua fe, y los césares-pontífices su dominacion sobre la humana conciencia.

Por fin, este movimiento del espíritu humano llega á tener su idea concreta en la Reforma. Así como el cristianismo no ha sido aparicion súbita y milagrosa, obra de un momento, idea de un hombre, singular inspiracion, sino resultado de toda la antigüedad, tampoco ha sido la Reforma el ímpetu ó la corazonada de un fraile; el grito de un rebelde alzado en armas espirituales contra la Iglesia; la intuicion de una sola alma en parte movida por pasiones de su pecho, y en parte por odios históricos de su raza, sino el corolario preciso de las dudas sembradas por los poetas, de las ideas esparcidas por los filósofos, de la política impuesta por los reyes, de las pretensiones aducidas en los concilios, de todo el impulso que al espíritu humano habian dado las fuerzas vivas de la sociedad y los progresos incontrastables que á cada paso nos testifica la historia.

Cada hombre aspira á ser sacerdote de sí mismo; cada generacion á interpretar como idea que se mueve y se trasforma el dogma tenido ántes por definitivo é inmóvil; la revelacion pasa á iluminar todas las frentes, á ser el patrimonio de todas las almas; el libro cae en las manos del pueblo; desaparece la casta sacerdotal é invaden las democracias el santuario; las órdenes monásticas dedicadas á la maceracion, las reliquias, el exorcismo y la indulgencia dejan paso al dogma severo que apaga el purgatorio, exalta el infierno, y atribuye la salud del hombre á la Divina gracia. Desde este dia, el predominio del Pontificado en Europa ha verdaderamente desaparecido, ese predominio que tanto contribuyó á nuestra educacion y á nuestra cultura. Es verdad que el protestantismo será repulsivo á la naturaleza de nuestra raza y al carácter de nuestra historia; que si pierde el Papa la mitad de Europa, nace á sus plantas para recibir su bautismo y dilatar su nombre toda la América, descubierta y conquistada por los héroes, eternamente católicos, que acababan en España su cruzada contra los moros y emprendian allende el Atlántico su cruzada contra los indios, yéndose en esquifes para volver, trayendo inmensos continentes, arrojándolos como un holocausto ante las aras de la Iglesia.

Verdad tambien que la Iglesia obra sus mayores milagros, hace sus mayores maravillas cuando se ve circuida de mayores asechanzas y peligros. Nadie se cansará jamas de admirarla durante el siglo XVI. En la persona de Julio II restaura los Papas autoritarios y guerreros de la Edad Media, tan dispuestos á someter las almas con su palabra como las fortalezas con su espada. En el pontificado de Leon X despierta la antigüedad; dobla la historia; enseña la genealogía clásica de las ideas cristianas; sorprende el secreto de la belleza plástica en los monumentos antiguos; evoca las estatuas que vibran el cántico heleno en sus labios; resucita el alma de Platon sobre el sensualismo aristotélico; restaura la divina lengua hablada en los rostros; anima los bronces y los mármoles con sus inspiraciones; abre los cielos del arte; engendra en su seno los titanes de Miguel Ángel, y las vírgenes de Rafael que vienen á hermosear el planeta; devuelve á la naturaleza exhausta y macerada su vida y alegría; funda el Renacimiento, que compite con las edades más bellas de la humanidad, é inspira esas legiones de artistas, que quitan sus espinas á la realidad y reconcilian al hombre por la magia del genio, con la cual arrojan áurea gasa de ilusiones sobre el Universo, hasta con los acerbos dolores y las amargas tristezas de la vida.

Católico era el mago maravilloso que volvió á llenar de seres fantásticos y hermosísimos, como en los dias de los dioses, la naturaleza y el espíritu, animados por los cánticos de su poema; católico el pensador eminente que trazó las leyes de las revoluciones y de las reacciones, que mostró el abismo insondable de odios y de crímenes encerrado en la perversion del sentimiento humano; católico el dulce poeta español que devolviera su voz á los bosques, su melodía á las auras y á los arroyos, su incienso á las flores, sus églogas vivientes á los campos; católico el jóven pintor, único en los anales humanos, que supo evocar la hermosura griega y redimir de la penitencia y de la flagelacion en sus cuadros, trasfigurándolo y embelleciéndolo, el organismo humano; católico el arquitecto, el escultor, el dibujante milagroso que coronó con la rotonda de San Pedro las sienes del Renacimiento; católica la música inmortal, que parecia haber encontrado en los abismos de las edades pasadas los acentos de David, los trenos de Jeremías; católico todo cuanto hay en el siglo décimosexto de verdaderamente bello y artístico.

Y la fuerza del catolicismo es tan grande que produce en el siglo décimoséptimo una verdadera reaccion. Los jesuitas se disciplinan como ejército, y se entregan á someter almas al Pontificado; los soldados católicos inundan toda Alemania, pidiendo, como dice un grande escritor, las tierras de los vivos para los muertos; Guillermo de Orange cae al plomo de exaltado católico por el crímen de haber fundado la república holandesa; Cárlos Borromeo establece piadosa liga en los cantones de la Suiza católica para contrastar la Suiza protestante; Cárlos y Jacobo de Estuardo creen haber llegado á desterrar el protestantismo de Inglaterra; la revocacion del Edicto de Nántes lleva á Francia la larga serie de reacciones contra el humanitario tratado de Westfalia; al imperio español se le caen de las manos los pinceles de Velazquez y de la mente los sueños fantásticos de Calderon, hundiéndose en abismos más profundos y más oscuros que sus tumbas del Escorial, cayendo en los hechizos de Cárlos II; Roma se soprepone á todas las ciudades europeas con sus construcciones religiosas, con sus epopeyas como las epopeyas del Tasso, que celebran un sepulcro, y un sepulcro en manos de los infieles; y cualquiera diria que vuelve el mundo, que vuelve el espíritu á los templos y á los altares de la Edad Media.

Pero ninguna de estas reacciones pudo restaurar el pontificado. Tras de aquella reaccion vino el espíritu filosófico del siglo XVIII, que negó hasta las excelencias del cristianismo, que se ensañó hasta en los grandes cadáveres de la historia. Y el espíritu de este siglo produjo la enciclopedia, que llevó las ideas filosóficas al sentido comun del género humano. Y estas ideas filosóficas, no sólo descendieron al sentido de las muchedumbres, sino que se elevaron á los tronos de los reyes. Los jesuitas, que habian sido, como los templarios, soldados de la Iglesia, ejército permanente del catolicismo, fueron disueltos por los reyes de Europa y por los pontífices de Roma. La nueva filosofía se apoderó de Austria, que habia sido como el eje de toda la reaccion europea, y de España, que habia sostenido el catolicismo en todas las crísis humanas, y le habia dado un Nuevo Mundo en compensacion del antiguo. ¿Qué más? La idea filosófica sube hasta el trono de San Pedro, se extiende por él como nueva savia por viejo tronco. Las ideas filosóficas llenan las conciencias, las conciencias engendran nuevas instituciones, las instituciones cambian la sociedad; el derecho, que parecia vincularse en familias aparte, en castas privilegiadas, se difunde entre todos los hombres; las democracias reemplazan á las aristocracias, la revolucion á la inmovilidad; y los Papas, que en vano habian suplicado de rodillas á los emperadores de Alemania detuvieran la revolucion regalista, huyen de Roma, y pactan concordatos con la revolucion francesa y ungen la frente del soldado de fortuna erigido en césar. El pontificado se representa, pues, en el mundo como una de esas instituciones, ántes grandiosas, despues desorganizadas por las fuerzas vivas de la sociedad. Y cuando uno de estos organismos se descompone y deshace, no puede recomponerlo ningun nuevo elemento social, ninguno. Lo han destruido las fuerzas mismas que lo engendráran. Lo ha devorado el espíritu mismo que lo produjera. El mundo pierde en él su confianza y su fe por una de esas íntimas convicciones que ni se combaten ni se contrastan; como que vienen á ser trabajo del pensamiento reflexionando sobre sí mismo. Cuatro siglos, desde la muerte de Marco Aurelio, empleó el espíritu humano en descomponer el mundo antiguo. ¿Quién lo ha recompuesto? Cuando vinieron los bárbaros se encontraron solamente con el gran cadáver. El alma habia huido á otra institucion. Y la institucion, heredera del antiguo espíritu, es en el mundo moderno el pontificado. Al pontificado se debe la altísima autoridad, primera fuerza de cohesion empleada en reunir las sociedades modernas. Al pontificado toda nuestra más antigua disciplina social. Mas desde el siglo décimotercio el pontificado cae en la triste irremediable decadencia, que lo han traido á los extremos presentes. Hoy el pacto de Carlo-Magno se ha roto. La donacion de Pipino se ha desvanecido. El dogma de la infalibilidad ha aumentado los enemigos de Roma. Interna lucha desgarra la Iglesia, que no produce cismas por faltarle fuerzas hasta para sostenerlos. Y Europa aprende en tan grande descomposicion como mueren y por qué mueren las instituciones más arraigadas, más poderosas, cuando cumplen el ministerio para que los engendrára la sociedad, la cual vive de contínuo produciendo y devorando organismos.

Mas Pío IX ha creido que le tocaba á él restaurarlo, restaurar el pontificado. Pues qué, ¿no le han dado vida nueva, sangre nueva muchos papas? ¿No lo han restaurado, hasta cierto punto, Julio II por la fuerza, Leon X por el arte, Sixto V por la tradicion y la disciplina? ¿Y no podria él restaurarlo tambien ¡él! elegido y exaltado por un milagro? Pero ¿qué camino escoger? Habia dos igualmente abiertos á su pensamiento, á su vista. Ó bien tomaba el uno, ó bien el otro; ambos sembrados de escollos. El uno iba á la idea predicada por Rosmini, á la reanimacion del antiguo espíritu evangélico en la Iglesia; y al resultado presentido por Gioberti, á la primacía intelectual y moral de Italia por medio del pontificado sobre todas las naciones. El otro camino iba al jesuitismo. El Papa creyó, y creyó con razon, que el primer camino se le habia cerrado despues de sus desgracias de 1848. El Papa creyó que solamente le quedaba el camino de oposicion radical á las sociedades modernas y de restablecimiento inmediato de las ideas antiguas. Por eso elevó á símbolo de la fe en nuestro tiempo todo aquello que nuestro tiempo ha desechado y destruido. Por eso continuó proclamando un dogma de fe sin asistencia del Concilio. Por eso acabó arrojando en medio de la Iglesia atribulada el principio de su propia infabilidad, es decir, el gérmen de cuasi-divinidad para él, y de eterna servidumbre para los creyentes.

Así, negar á Dios, desconocer su ley, desoir su voz en la conciencia, desacatar su moral en el mundo, ponerlo fuera del Universo y fuera de la historia, es error tan grande para nuestra córte romana como negar al Papa, como desconocer su infalibilidad, como desoir la voz de los oráculos eclesiásticos, hasta en aquellos puntos que no tocan á la fe. Aquellas apoteósis, aquellas divinaciones, á que los antiguos elevaban sus césares henchidos de orgullo, parécense mucho á las blasfemias dichas por un escritor católico que ha sostenido la siguiente tésis: tres seres hay adorables para el verdadero creyente, Dios en el cielo, Cristo en la hostia y el Papa en el Vaticano. Á estos extremos lleva el dogma de la infalibilidad.

Jamas nos cansarémos de repetir que los dogmas en nuestro tiempo promulgados y el espíritu que á ellos ha presidido, convierten al catolicismo de religion en secta, y al Papa, por consiguiente, en jefe de sectarios. Aquel antiguo sentido humano, por cuya virtud se asimilaba toda la filosofía y toda la historia, halo perdido últimamente. En presencia de nuestra filosofía, en presencia de nuestra revolucion, sólo ha sabido, ó retroceder ó maldecir. Y es propiedad de las ideas casi extintas, de los sistemas en decadencia, cerrarse á todas las emanaciones del espíritu humano, á todos los progresos de la sociedad; á ideas, á progresos, que en tiempos mejores los nutrieran y los acrecentáran. El catolicismo se asimiló á filósofos paganos como Aristóteles y á filósofos musulmanes como Averroes. En esta fuerza de asimilacion estribaba su progreso. Y el mahometismo, que no tuvo fuerzas para esas asimilaciones, que tradujo á Aristóteles y engendró á Averroes, sin poder apropiarlos á sus dogmas fatalistas y monoteistas, poco á poco quedó siendo el credo de una sola familia humana, la religion de una raza, el alma de imperios militares, tan rápidamente engendrados como muertos. No protegerá Dios aquellas religiones, aquellas doctrinas, capaces de perder en su madurez el sentido humano, el sentido universal que tuvieran en su juventud. Cada movimiento del tiempo se creerá á sí mismo divino; cada revelacion de la conciencia se creerá á sí misma sobrenatural. Y no levantándose á mirar espíritu y naturaleza en su conjunto, perderá con el conocimiento de la vida el sentido de la historia. Cada secta se encierra en sí y hace más que ignorar la historia de sus opuestas; hace más que esto, las calumnia, las deshonra, las maldice, creyendo realizar un bien, y bien eterno. Imaginad lo que será la historia del cristianismo contada por un judío. Imaginad la historia del judaismo moderno qué será contada por un feroz inquisidor. El católico apénas comprende el desarrollo de los pueblos protestantes. El protestante llama Antecristo al Papa. Leed á un griego ortodoxo, y él os demostrará que ese bizantinismo, tenido por nosotros como el extremo de la decadencia moral, hubiera salvado al mundo con su metafísica, si el mundo no cayera en poder de los leguleyos, es decir, de los canonistas romanos. ¡Cómo ciega el espíritu de secta! Nosotros nos detenemos extasiados ante la Vénus de Milo. Su hermosura severísima; su majestuoso continente; la pureza y armonía de aquellas líneas; la gracia y serenidad de aquel rostro; la perfecta posesion de sí mismo, que indica aquel espíritu, asomado á los inmóviles ojos, dueños por completo de todos sus pensamientos y de todas sus pasiones; la serenidad de aquel perfecto tipo, bello ideal de las artes plásticas, nos extasían hasta el punto de absorbernos en misteriosa adoracion, miéntras que á un cristiano de los primeros tiempos, exaltado por su recien nacida fe, parecíale fealdad tanta belleza y vislumbraba en ella la siniestra y deforme efigie del demonio. No hay cosa en el mundo como el sol, que vivifique como el aire, que perfume como las flores, que regale como los frutos, que recree como los rumores y los aromas del campo, que absorba como las olas del mar, que eleve como las estrellas del cielo; y, sin embargo, el misticismo ha llegado hasta engendrar en el hombre desamor, ódio al Universo.