Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)
Part 13
Pío IX conserva aún la vaga poesía de sus primeros años. Le gusta el arte como á casi todos los príncipes que se han sentado en el trono de San Pedro. Hay en su conversacion mucha gracia, su en fisonomía mucha dulzura, en su carácter mucha bondad, en su voz mucha música. Pero son de temer sus arrebatos, que le arrastran á resoluciones rápidas, irreflexivas, como la fuga, en 1848, del Vaticano. Algunas veces reconoce que su impetuosidad le ha perdido; pero no se arrepiente, creyendo, con razon, que á nada conducen los arrepentimientos tardíos. En tal trance castígase á sí mismo con dardos de amarga ironía que caen de sus labios sobre su corazon apenado. La ironía, la burla, sobresalen extraordinariamente en la conversacion de Pío, y llegan finamente hasta los objetos religiosos. Un embajador español pretendia en cierta ocasion que le canonizase un santo de su tierra; y para persuadirle hablábale de los muchos milagros que habia el santo obrado. El Papa, por toda respuesta, le dirigió una pregunta: ¿Puso la cabeza sobre los hombros de algun descabezado y le forzó á hablar y á andar de nuevo?—No, Santo Padre, no llegó á tanto.—Pues hé ahí el único milagro que me parece á mí verdaderamente grande, y debo deciros que todavía no he podido verlo.
Como todos los artistas, Pío IX gusta de las grandes emociones. La popularidad y sus triunfos le enajenan. Yo lo he visto radiante de satisfaccion y alegría recoger los homenajes de los católicos enviados por todas las naciones con el extraordinario anhelo con que recogen los pulmones, salidos de atmósfera asfixiante, el aire oxigenado y fresco. Tambien la pompa, el lujo, las tiaras sembradas de brillantes, las capas pluviales llovidas de perlas, las cruces riquísimas, todas estas preseas de su altísimo ministerio le encantan, como á una dama de la alta sociedad sus joyas y sus vestidos. No exageraré yo esta cualidad como la ha exagerado Petruccelli en su retrato de Pío IX; pero sí diré que le he notado feliz cuando las muchedumbres se agolpan á su paso, y las preseas del Pontificado lucen sobre su majestuosa persona. Bien es verdad que las cabezas más firmes se desvanecerian al sentir tantas nubes de incienso, tantas serviles alabanzas, las legiones de obispos que le rodean, la córte oriental que le realza, los coros que cantan sus loores, las infinitas músicas que llenan los aires en su elogio de armonías, los peregrinos venidos de las más apartadas regiones para recibir el eco de una palabra, el gesto de una bendicion, el dibujo fugaz de una sonrisa, los infinitos homenajes que hacen del solitario viejo del Vaticano, más que un mortal privilegiado y aparte, un Dios vivo sobre la faz de la tierra.
Herir al mundo con grandes atrevimientos en la esfera religiosa y política, fué siempre su anhelo; dejar un nombre ilustre entre los nombres ilustres del Pontificado, su ambicion. Mayor empresa que reconciliar el Evangelio con la libertad no la habia, no. Tornaba á ser Cristo el tribuno de los pueblos, el consuelo y la esperanza de los oprimidos. Los clavos de su cruz, las espinas de su corona, la hiel de su cáliz, dejaban de ser blason de los poderosos para convertirse en verdadera enseña de los humildes. La democracia recibia en su frente el bautismo cristiano, y el cristianismo tomaba el carácter de gran proemio al movimiento democrático de este siglo. Estremecimientos de alegría pasaron á un tiempo, así por el corazon de las gentes piadosas, como por el corazon de las gentes liberales. Para aquéllas, imposible dudar de la perennidad de una creencia compatible con todas las transformaciones de las ideas y con todo el desarrollo del espíritu moderno. Para éstas, la libertad, que necesita frenos morales ántes que frenos materiales, tenía un seguro rigorosísimo en el espíritu evangélico, un contrapeso espiritual á los peligros que podrian engendrar sus excesos. El pensamiento de reconciliar el Evangelio con la libertad era un gran pensamiento. Mas si Pío IX concibe los grandes pensamientos con facilidad, tambien los abandona al primer obstáculo; y en cuanto encontró á la libertad obstáculos, cedió en sus trabajos por la libertad; ¡grande error! Renunciar á la libertad porque la libertad puede engendrar excesos, ¡ah! sería como renunciar al aire porque el aire engendra vientos y huracanes.
Los obstáculos que temia Pío IX eran principalmente los obstáculos suscitados en su córte y en sus cortesanos. Así es que para sus ensayos liberales no halló á su alrededor nada más que dificultades, y para sus ensayos de reaccion religiosa, facilidad y auxilio. Los jesuitas, que le juráran guerra á muerte, se pusieron á sus órdenes y rodearon su trono. La reaccion europea, que no le perdonó la gran política de 1847 y 1848, le entregó la direccion de su pensamiento y de su conciencia. El Papa se elevó á ser el capellan mayor de la Santa Alianza. Pero sus ambiciones eran mayores. Sus ambiciones eran fundar nuevos dogmas, traer mayor suma de ideas divinas á la Iglesia, y de piedad exaltada á los fieles; contrastar con negaciones rotundas el espíritu democrático y progresivo; reunir concilios ecuménicos á manera de los tiempos piadosos; crear una autoridad en la cima de la Iglesia, y un absolutismo sobre las conciencias que no haya tenido precedente en los siglos pasados, ni tenga igual en los siglos futuros. Hé ahí el pensamiento de Pío IX.
Se comprende que intentára compensar la derrota sufrida en la esfera política con una victoria alcanzada en la esfera religiosa. Mas para alcanzar esta victoria necesitaba reforzar las ideas religiosas en el espíritu del siglo, porque fuera del espíritu de este nuestro siglo no pueden vivir, no, las ideas. Una ilustre escuela teológica habia existido en Italia, que trataba de armonizar la religion con la razon, la providencia con la libertad, la democracia moderna con el antiguo pontificado, la ley natural con la ley revelada, en una palabra, el catolicismo con el progreso. Un sacerdote ilustre, de talento quizá tan profundo como Santo Tomás y de igual entusiasmo por una sociedad teocrática, en que la direccion del mundo estuviera confiada á fuerzas morales y á ideas teológicas, contó con lágrimas en los ojos y sollozos en la voz todas las llagas de la Iglesia. Esa separacion entre el pueblo y el clero, á causa de la lengua muerta que el clero habla; ese aislamiento de la sociedad religiosa, que florecia cuando el sufragio popular y la libre asociacion la sustentaban; esa servidumbre á los poderes civiles que han convertido el puro espíritu cristiano en dócil instrumento de tiranía arriba, de vasallaje abajo; esa tenacidad de los clérigos en cerrar su conciencia á la luz de las nuevas ideas y su ánimo á la consideracion de las nuevas transformaciones sociales; todo este profundo malestar de la Iglesia fué admirablemente concebido, dicho; y llegó hasta la córte pontificia, siempre cerrada á la voz del espíritu moderno.
Otro sacerdote, no ménos grande, aunque más político, habia querido sacar á la Iglesia del estado de secta para elevarla al ideal verdadero de la humanidad. Segun este sacerdote, la razon y la revelacion vienen á ser idénticas; el catolicismo, universal, no sólo por lo que tiene de divino, mas tambien por lo que tiene de humano; la palabra evangélica y la idea moderna, unas en esencia; la causa del divorcio entre la Iglesia y el siglo, la mala inteligencia traida ántes por la conducta del clero que por las trastornadas ideas de la revolucion. Para este sacerdote elocuentísimo habia que oponer á los males de la Iglesia enérgicos remedios: al poder temporal, la separacion de la vida civil y la vida eclesiástica; á la educacion reaccionaria del clero, una educacion científica; al jesuitismo, que tiene larga serie de resortes mecánicos y utilitarios para mover al hombre, la pura conciencia moral que le dirige hácia la perfeccion absoluta; á la predicacion por los principios antiguos, la predicacion verdaderamente evangélica, en los oidos de la muchedumbre y en el seno de la naturaleza, tomando las ideas en la fuente viva de la conciencia moral, y esparciéndolas como rocío vivificador sobre todos los espíritus, para llevarlos á una transformacion religiosa, análoga á la que produjo en el mundo la primera aparicion del cristianismo.
Como algunos hombres imbuidos de racionalismo contestáran que la reconciliacion era imposible, á causa de la incompatibilidad entre la ciencia moderna y el milagro de la Edad Media, entre la razon y la revelacion sobrenatural, respondia el filósofo que tal sentir dimanaba de una falsa concepcion del milagro y la profecía, de considerarlos como hechos reales, sucedidos, históricos, cuando vienen á ser símbolos de sistemas por venir, de períodos palingenésicos en la vida sucesiva del espíritu y del planeta. Y lo que en realidad quieren decir los milagros y las profecías, es la llegada de una época, en que la revelacion natural y la revelacion religiosa se confundan, como se confundirán la rápida y casi milagrosa intuicion con la madura y profunda reflexion; como se confundirán lo sensible con lo inteligible, siendo cada una de nuestras sensaciones un pensamiento; como se confundirán por lo perfecto del lenguaje la idea con la palabra, á la manera que en el Verbo, por su encarnacion en nuestro sér, se confundió la naturaleza divina con la humana naturaleza.
Cuando una religion se divorcia de su tiempo y de los progresos de su tiempo ¡ay! perece. Es imposible que se armonicen siglo liberal y religion autoritaria; siglo democrático y religion absolutista; siglo que se inspira en la conciencia viva y religion que se inspira en las tradiciones muertas; siglo de derechos y religion de jerarquías; siglo que se abre á todas las ciencias y religion que se cierra á cuanto no sea teológico: en tal estado, en crísis tan pavorosa y suprema, ó los pueblos se petrifican, como se ha petrificado el pueblo árabe por no modificar su fatalismo, ó las religiones desaparecen, como desapareció la religion pagana cuando no pudo extinguir, á causa de su carácter sensual, la sed espiritualista despertada en el alma humana, ya por tristes desgracias y desengaños, ya por las ideas sublimes de su inmortal filosofía.
¡Qué grande hubiera sido Pío IX, si al sentir que su ministerio religioso era incompatible con toda autoridad política, con todo poder político, abdica esta autoridad, abdica este poder, cambia la púrpura de los césares por la toga de los tribunos; renueva en el más exaltado idealismo la fe de su tiempo; organiza evangélicamente la Iglesia de Cristo; reune los pueblos en asambleas religiosas; vibra sus rayos sobre el poder de los déspotas y el orgullo de los aristócratas y la avaricia de los ricos; llama el esclavo al derecho, el oprimido á la libertad, el desheredado á la vida; evoca la resurreccion de Italia, la resurreccion de Polonia; envia los misioneros del espíritu contra la nueva sensualidad pagana, contra el empedernido egoismo de las clases gobernantes; y sostiene con profunda conviccion que la libertad, la igualdad, la fraternidad, no han de ser solamente fórmulas evangélicas, sino tambien verdades sociales, capaces de engendrar una nueva tierra y extender sobre ella nuevos cielos de luz bendita y perenne! Entónces sí que hubiera podido celebrar la pascua del espíritu moderno; entónces sí que hubiera podido levantar su voz con acento de himno triunfal; entónces sí que hubiera podido ver á las puertas de las iglesias de la Edad Media el ángel vestido de blanco y resplandeciente de hermosura, que las santas mujeres vieron al borde del sepulcro, anunciando que Cristo no estaba allí, que Cristo habia verdaderamente resucitado: _Resurrexit, non est hic._
La prueba de cuanto hubiera podido hacer con estos grandes medios se encuentra en lo que hizo con medios pobres, con reformas tímidas, con ligeros, ligerísimos paliativos. Una amnistía que reclamaba la fórmula servil de prévio juramento; una comision nombrada para estudiar las reformas indispensables; una cámara consultiva que se componia de un representante por cada provincia, á propuesta en terna del legado y eleccion del Pontífice; un consejo de cien miembros que deberian dar un senado de nueve: todos estos tímidos anuncios de renovacion social despiertan á Italia; imponen códigos liberales á príncipes reaccionarios como el de Módena y el de Parma; abren á Sicilia las puertas de su calabozo; derraman aliento de libertad por los emponzoñados aires de Nápoles; obligan á los extranjeros á retirarse de Ferrara ante una protesta pontificia; arman el brazo de Cárlos Alberto por la causa de la independencia; derriban á Guizot en París y á Metternich en Viena; producen los cinco dias de Milan, que son cinco dias de redentor martirio; levantan entre los espejismos de las deslumbradoras lagunas el alma muerta de Venecia; transforman con la nueva fe los corazones más cerrados á todo sentimiento religioso; infunden su antiguo valor á los italianos, y en pocos dias, de los cien mil austriacos enviados á oprimir su patria, cuatro mil son cadáveres, veintisiete mil heridos ó inútiles, los demas dispersos: que vagas palabras de libertad proferidas desde las alturas del Vaticano habian como derramado nueva sangre por las venas, nueva idea por la conciencia de la ántes aletargada Europa. Las campanas que tocáran á la oracion, sabian tambien tocar á rebato contra la tiranía.
Pero en este momento supremo. Pío IX se acordó de que era Papa, y Papa á la antigua usanza. En una guerra entre los austriacos y los italianos, aunque todo el derecho estaba de parte de éstos y toda la sinrazon de parte de aquéllos, el Papa sintió que unos y otros eran católicos. Al mismo tiempo que el rey de Nápoles abandonaba la causa italiana por tristes competencias territoriales, por el logro de un botin pendiente aún del empeño de las armas. Pío IX helaba la sangre en las venas de su nacion, negándose á mandar refuerzos y á bendecir los combatientes por la más santa de las causas, por la causa de Italia. Y luégo convocó las potencias católicas, les pidió su auxilio, les señaló el camino de Roma, las vió impasible destruir los grandes monumentos, inmolar los piadosos católicos; y entre ruinas y cadáveres volvió á sentarse en el trono terrenal, mantenido por las bayonetas de las legiones extranjeras.
Desde el dia en que volviera Pío IX de la proscripcion á Roma, en hombros de extranjeras legiones, no podia representar el espíritu evangélico de los primeros cristianos, sino el espíritu teocrático de los antiguos pontífices asiáticos. Y todavía no saben los que profesan con fe y sinceridad la religion cristiana, cuánto podrian conmover al mundo aliándola con la libertad. En la historia moderna ha sucedido que los católicos puros detestáran la libertad, miéntras los llamados liberales católicos cayeran en la herejía, sin haber logrado ni unos ni otros reconciliar el espíritu de nuestro siglo con la religion de nuestros padres. Y el antiguo y el nuevo Testamento guardan tradiciones republicanas.
Sabido es que en la organizacion de la tribu ilustre de Judá representaban los reyes la confusion de las tradiciones mosáicas con las ideas y los ritos de los demas pueblos, en tanto que el profeta representaba con el austero vigor republicano, la idea pura de Israel. Lo repito; puede la moderna elocuencia tribunicia sacar acentos republicanos de las Sagradas Escrituras, como los sacaron aquellos fundadores de la democracia americana, cuyo renombre, á manera de todas las glorias sólidas, se aumenta con los siglos.
El pueblo de Israel pidió rey, y Dios quiso negárselo. Una y otra advertencia les dirigió á los suyos el Dios de Abraham por boca de Samuel. Un rey sólo servirá para oprimiros y para deshonraros; para haceros sus soldados, sus palafreneros y sus lacayos; para escupir su saliva á vuestra frente y mezclar su hiel en la levadura de vuestro pan; para convertir los hijos de Israel en sus bestias de carga, á fin de que le forjen así los instrumentos de guerra, como los instrumentos de labranza, y cultiven sin descanso en provecho regio, con sudor los campos de trigo, con sangre los campos de batalla. Él se llevará vuestras hijas para que le diviertan, y le perfumen, y le embriaguen con sus besos y le hechicen con sus cánticos; vosotros sembraréis, y él segará; vosotros plantaréis, y él cosechará; vosotros trabajaréis, y él gozará; vuestros campos le servirán para granjearse á sus cortesanos, y vuestras vendimias para emborrachar á sus eunucos. Vuestros ganados le pertenecerán, y vosotros mismos no pasaréis jamas de ser, bajo su cetro, un rebaño de siervos.
La emocion que una voluntariedad liberal de Pío IX ha producido en el mundo, prueba hasta qué punto las ideas progresivas descenderian sobre las conciencias de las muchedumbres si las difundiese la Iglesia. Pero ¡ah! el corazon se entristece cuando siente que si el Papa elevára su voz contra los reyes, la elevaria en nombre de principios más reaccionarios que los principios monárquicos, en nombre de aquella teocracia, cuya tutela rompió Europa en cuanto comenzára á dibujarse la vida civil y á madurar la razon humana. Esas monarquías son hoy odiosas, porque no corresponden al estado de nuestra civilizacion y cultura, á la esencia misteriosa del espíritu moderno; pero una de las causas de la supervivencia de esas instituciones, una de las causas primeras es el ataque tremendo que dieran á la teocracia, al predominio político del elemento sacerdotal sobre las sociedades humanas. Miéntras la monarquía creaba estos principios civiles, parapetábase la teocracia tras sus privilegios religiosos, y persistia en tener esclavizada la inteligencia. Por eso los reyes viven, porque lucharon con los Papas, porque disolvieron los templarios, porque expulsaron los jesuitas, porque opusieron á la vida teocrática la vida civil. La voz del Pontífice cuando combate la libertad de los pueblos modernos, la independencia de Italia, la secularizacion de las sociedades europeas, ¡ah! es una voz de las tumbas, que se pierde en el espíritu independiente del siglo décimonono, cuya conciencia jamas, jamas transigirá con la teocracia, con ese espectro de la Edad Media.
El hombre, capaz de soñar la con restauracion pontificia, así en contra de los reyes como en contra de los pueblos, ¡ah! es el cardenal Antonelli, á quien yo por vez primera vi el Domingo de Ramos de 1866 en la Basílica de San Pedro. Á un guardia noble, que á mi lado se encontraba, preguntéle por el cardenal, y le dije que me lo mostrára al pasar. Trasladóme con amabilidad, cuyo recuerdo áun obliga mi gratitud, de un lado á otro, para colocarme entre la fila de soldados, delante de la cual forzosamente habia de detenerse el vicario del vicario de Cristo. Cierto frances, que cerca de mí estaba, acompañado de finísima é inteligente señora, asocióse á mi deseo de escudriñar la fisonomía del cardenal, desde aquel sitio adonde le llevára ó la casualidad ó el instinto. Era muy comunicativo el frances, y hacía sobre todo miles de observaciones, graciosas unas, impertinentes otras, excesivas todas, que moderaba la señora, su compañera, con grande oportunidad. Aquel charlatan tenía un ídolo en literatura, Enrique Heine, y un ódio en política, el cardenal Antonelli.
El dia era caluroso, á pesar de ser uno de los primeros de Abril, y mi interlocutor, que acababa de atravesar jadeante la gran plaza de San Pedro, decia, limpiándose el sudor: «¡Qué calor fuera, y qué fresco dentro de la Basílica! Tiene razon Heine; cuando en dias estivales y sofocantes como éste acertais á entrar en una catedral, no podeis ménos de decir: ¡qué bella religion de verano es el Catolicismo! Al venir hácia aquí, me encontré un campesino apaleando á bíblico asno, y le dije al pobre animal, acordándome de Heine: padece, padece, que por eso comieron tus padres cebada prohibida en el paraíso. Y eso que Roma no puede compararse con el paraíso descrito por el gran poeta, donde los girasoles dan pasteles, y las aves van á buscaros ya asadas y aderezadas con la salsera en el pico.»
Yo, al oir toda aquella garrulería, dicha con los ojos puestos en mí, contrastada sólo por los tirones de manga que la señora propinaba al impío, traté de mudar la conversacion, y le dije:
—¿Conocéis personalmente al cardenal Antonelli?
—No le conozco personalmente, pero me lo figuro. Moralmente lo sé de memoria, por haber leido á Liverani.
—No conozco ese autor.
—Es un canónigo de Santa María la Mayor, verdadero sacerdote; por su conciencia todo un hombre piadoso; por su vida todo un austero anacoreta; por su orígen un campesino convertido al sacerdocio. La agricultura es propicia á los prelados y dignatarios de la Iglesia. Sixto V no sólo fué pastor, sino hijo de jardinero. Y la escuela católica es de tal suerte pueril, que ha elevado á cuestion de primer órden probar que guardó cabras, en vez de guardar cerdos, y que los animales puestos bajo su cayado eran, no de ajeno dueño, sino de su padre.
—¡Qué empeño tienes, Enrique, dijo la señora, en denigrar el Catolicismo en su misma capital y en su gran Basílica!
Yo, por apoyar á la señora en sus observaciones, le dije:
—Es necesario ver estos grandes monumentos con la inteligencia llena de las ideas que despiden de cada una de sus piedras. Para ver la aljama de Córdoba hay que inspirarse en el espíritu semítico, y para ver el Parthenon de Aténas, en el espíritu pagano.
Comprendió el frances toda la trascendencia de mi observacion, y se amostazó un tanto.
—Si algo me demuestra con demostracion irrefragable la decadencia del Catolicismo, es la nimiedad con que suele darse carácter anti-católico á toda observacion más ó ménos justa sobre el pontificado y su córte. ¿Tendrá algo que ver con los dogmas la naturaleza del ganado que guardára Sixto V? ¿Será más ortodoxo y eclesiástico el ganado de lana que el ganado de cerda?
Yo, conviniendo en la justicia y hasta en la gracia de semejante afirmacion, volví la hoja y pregunté por el libro de Liverani.
—Está dedicado al señor conde de Montalembert, que quiere la restauracion, es decir, Milan; Venecia bajo las espuelas de los croatas; el cuadrilátero puesto como una herradura austriaca sobre las armas de Italia, y todos los patriotas dispersos y errantes por el mundo.
—No estarémos mucho tiempo en Roma, dijo la señora; tus imprudencias nos expulsarán pronto.
—No temas. Hablamos en frances y no nos entienden. Un amigo que acaba de departir con el cardenal Antonelli me ha dicho que habla detestablemente el frances. Y si el cardenal Antonelli habla detestablemente el frances, figuraos cómo lo hablará y cómo lo entenderá la gente menuda.
—Hablad, hablad, le dijo yo.
—Nada de extraño tiene que así Antonelli se exprese en el idioma de la revolucion, cuando se expresa igualmente mal en el idioma de la teología. En los maitines de Navidad, por 1859, cuenta el Padre Liverani haberle oido cantar _erútus de potestate tenebrarum_, poniendo el acento en la segunda sílaba, cuando debió cantar _érutus de potestate tenebrarum_, poniendo el acento en la primera sílaba.
El latin pronunciado por los franceses resulta á nuestros oidos una lengua casi ininteligible, y así es que no pude ménos de reírme al oir criticar en tan pésima pronunciacion aquella falta de gramática.