Prehistoria de Puerto-Rico

Part 9

Chapter 93,614 wordsPublic domain

De _Luquillo_ tenemos, depurando la palabra filológicamente, _Yuquiyu_— _Yukiyu_—_Yukayu_—_Yucajú_. La aspiración fonética, que tenían los indo-antillanos como los árabes[177], la fijaban los cronistas en sus notas, indistintamente, con una _h_, una _y_ griega ó una jota. De manera que los boriqueños y los haytianos veneraban el fruto que les producía su _blanco pan_, su _casabí_, bajo un simbólico _dios_, protector de sus sementeras. El culto de las plantas útiles, ó dañinas, forma parte de las mitologías. La palmera, el árbol del pan, la higuera, el trigo, la viña, etc., han sido adorados en la antigüedad. Es el efecto del animismo difuso. En la virtud íntima de las plantas el hombre primitivo creyó que residía _un espíritu_ que le concedía aquel don. De ahí nos ha quedado el simbolismo litúrgico del trigo y de la uva, que de los misterios eleusianos ha pasado á la eucaristía de los católicos. De Brosses[178] dice: “Los primeros hombres consagraron las plantas que brotan de la tierra y las tuvieron por _dioses_ y las adoraron, aunque vivían de ellas.” Una gran verdad, que vemos comprobada con el desenvolvimiento mitológico que hemos explicado en el indo-antillano.

En ese pedrusco _cónico_ ó mamiforme, figurando una montaña, que descansa sobre un animal, pájaro ó ser humano, y que parece que la lleva á cuestas, hay toda una leyenda religiosa. Tras el _totemismo_ de los boriquenses adorando la planta _yuca_ (fitolatría) y venerando animales y pájaros (zoolatría) surge la figura humana de otros ídolos (antropomorfismo); pero en esta variedad de formas está la unidad fundamental de la Divinidad, radicando en el espíritu bienhechor _Yucajú_, que moraba en la alta montaña, formando parte de ella, y á quien los boriqueños invocaban para todas sus necesidades; siendo los _zemís_, ó dioses tutelares, unas irradiaciones del gran _Yucajú_, convertido en _Yukiyu_ el dios protector de _Boriquén_.[179]

El espíritu maléfico de los indo-antillanos era _Juracán_, cuyo vocablo ha pasado á nosotros conservado en _Huracán_: palabra con que se designan esos violentos ciclones, que periódicamente visitan las islas de nuestro Archipiélago, produciendo grandes estragos y destruyendo vidas y haciendas. Natural era que estos terribles meteoros impresionaran hondamente las sencillas imaginaciones de nuestros indígenas; y á juzgar por el destrozo de sus sementeras, derrumbamiento de sus bohíos, caida de las corpulentas ceibas y demás árboles, arrancados de raíz, desbordamiento de los ríos, y daños por todas partes, concibieran la idea de un _espíritu perverso_, dirigiendo la trayectoria del ciclón y encarnado, por decirlo así, en el mismo dañífico meteoro. Y, como una prueba más fehaciente de lo que aseveramos, véase que para designar al _espíritu maligno_ los Chaymas dicen _Yorocián_, los Tamanacos _Yolokiamo_, los Cumanagotos _Yroklamo_, los Galibis _Yurakán_, los Caribes _Yoroko_, los Apalay _Yoloco_, los Guayanenses _Yoloc_ y los Ypurocotes _Yucreca_.[180] El mismo vocablo, designando al _espíritu maléfico_, en fermentación fonética, ha sufrido alteraciones de letras ó sílabas y ha cristalizado por fin con algunas variantes, más ó menos acentuadas, en todos estos dialectos indios.[181] _Jurakán_ era, pues, el espíritu maligno de los indo-antillanos. Llamaban _Maboyas_ á los fantasmas nocturnos, que creían ellos rondaban por sus sementeras, atribuyéndoles los pequeños daños ocurridos en sus labranzas, los perjuicios en sus casas y las enfermedades de sus hijos y mujeres. Los _Maboyas_ eran irradiaciones de _Jurakán_. Como los indígenas tenían gran miedo á los fantasmas de noche, creían en las apariciones de las ánimas de los difuntos, las que llamaban _jupias_, y de lo cual daban cuenta inmediatamente al _bohique_, quien tenía buen cuidado de atemorizarlos por la tal aparición y les pronosticaba algún mal.[182]

El _bohique_ tenía su puesto social en el pueblo boriqueño, completamente independiente del _cacique_. Este era el jefe de la tribu, aquel el curandero y el augur, intermediario con la divinidad indígena. En la época de la recolección de las mieses se llevaban ofrendas de casabe, boniatos, batatas y maíz al _zemí_, que estaba en la casa grande de los caciques, llamada _caney_; y también llevaban ofrendas á la choza del _bohique_. Los niños consumían estas viandas. No había templos públicos, pero sí alguno que otro _adoratorio_, llamado _ku_, que era una casa de pajas, como las otras comunes, _algo apartada_ de las demás, según Las Casas. También solían utilizar algunas cavernas para adorar sus _zemis_.[183] Pasemos á la liturgia. Cuando el _bohique_ iba á consultar al ídolo, antes hacía la ceremonia llamada _cojoba_, que era absorver por las narices el _cojibá_, tabaco en polvo, tomado de un plato redondo, hecho de madera negra, muy lisa y pulimentada. Esta ceremonia la hacía el _bohique_ mediante un instrumento, también de madera negra, en forma de una Y griega mayúscula, según Oviedo, ó dos tubillos de cañas huecas, pareadas, según otros autores. Estimulado el augur por el narcotismo del tabaco, como un poseido, empezaba á profetizar. Igual ceremonia solían practicar juntos _bohique_, _cacique_ y _nitaynos_ cuando había que resolver, en consejo de jefes, alguna cuestión ardua, como sus guerrillas, que eran muy frecuentes por motivo de los límites de sus cacicazgos. Dato importantísimo, anotado por Las Casas, y que desvirtúa por completo el consignado por Mártir de Anglería, de que los indo-antillanos no conocían _lo mío_ y _lo tuyo_, ó sea que no tenían los rudimentos principales del derecho de propiedad.

El fumar tabaco nunca fué una ceremonia religiosa entre los indígenas, sino un uso común, como se deduce claramente del libro de bitácora del Almirante y de la historia del Obispo de Chiapa. El tabaco entraba en la liturgia religiosa en forma de _rapé_. Son curiosos los detalles del ceremonial. El primero que tomaba _polvos_ era el _cacique_, sentado en un _dujo_, reinando un gran silencio. Aspiraba el _cobijá_ por las narices, se quedaba un rato con la cabeza vuelta á un lado y los brazos puestos encima de las rodillas. Después, alzaba el rostro hacia el cielo, hablaba ciertas palabras y daba, por fin, su opinión á la concurrencia de jefes.[184] Así procedían los demás concurrentes. El _bohique_, ó agorero, practicaba el ayuno para tener propicia á la divinidad, lo que prueba tenía alguna buena fe en sus actos religiosos, y obligaba á sus discípulos á practicarlo también.

El doctor Stahl niega que nuestros boriqueños tuvieran religión alguna.[185] Dice el estudioso etnólogo: “Todo inclina á creer, que los indios boriqueños carecían en absoluto de ideas religiosas”. Balmes, el profundo filósofo catalán, aconseja que jamás será exajerado el cuidado que pongamos en fijar con propiedad y exactitud el sentido de las palabras, especialmente de aquellas que sean el eje sobre que jira una cuestión. Fiel á este consejo precisemos el valor del vocablo _religión_. Para nosotros, religión es el culto que el hombre rinde á la Divinidad, en harmonía con su estado de civilización; es el culto á lo Desconocido: la aspiración á lo Infinito: la idea vaga del Ser Supremo: la sensación humana de que en la naturaleza palpita una Inteligencia Suprema. El indo-antillano pasó del fetichismo al totemismo y á la idolatría, manteniendo restos de cada uno de estos períodos mitológicos en su teogonía, como ha ocurrido con otros pueblos. A la llegada de Colón se hallaba el indígena en el dualismo de las ideas religiosas del _bien_ y del _mal_, creyéndolas ligadas á la naturaleza é interpretándolas vagamente.[186]

El ilustrado historiador dominicano don José Gabriel García[187] opina, que los indígenas dominicanos “rendían también _fervoroso culto_ á cuatro estrellas que consideraban como transformaciones de _Racuno_, _Sabaco_, _Achinao_ y _Coromo_, hijos predilectos de _Louquo_, ser omnipotente, que había premiado sus buenas obras, colocándoles en el firmamento, revestidos de un poder celestial.” Esta es una leyenda religiosa, que no tiene base en que poderla cimentar el señor García. Ha cometido esta equivocación por seguir á Champlain, Laborde y Souvestre en la teogonía caribe de las Islas de Barlovento.

El Almirante, en la carta que dirigió á los Reyes Católicos, escrita en el mar cuando regresaba de su _primer viaje_, y enviada desde Lisboa á Barcelona, en Marzo de 1493, dice: “Y no conocían ninguna secta, ni idolatría, salvo que todos creen que las fuerzas y el bien están en el cielo.” De modo que Pedro Mártir de Anglería tomó sus informes de los papeles del _primer viaje_ de Colón y de los relatos de los españoles vueltos á la Península, por aquellos tiempos, y aseveró “que no adoraban más que á las lumbreras visibles del cielo”. Esto decía en su carta al cardenal Luís de Aragón, escrita en Granada el 23 de Abril de 1494, añadiendo: “Sábete, que yo escogí estas pocas cosas de los originales del mismo Prefecto marítimo, Colón.” Después, al cotejar los trabajos de Fray Román Pane, que son de 1496 á 97, aceptó, que “observaban varias ceremonias y ritos.”[188]. Las Casas, que vivió entre los haytianos largo tiempo, nada dice respecto al culto del sol, la luna, ó las estrellas. Oviedo tampoco.

Sin embargo, las piedras figurando estos astros se han encontrado en Puerto Rico. En nuestra propia casa, cuando éramos niños, había una media luna de piedra, artísticamente trabajada. Fué extraída por el ancla de un buque del fondo del puerto de Arecibo. Creemos que estos ídolos no procedían de la industria pétrea indo-antillana, sino que eran del inmediato Continente, traídos á _Boriquén_, donde empezaba á iniciarse la _astrolatría_, en su forma primitiva, sin diferir esencialmente del culto natural de una montaña ó de un animal. (Totemismo). De manera que entre los indo-antillanos no había adoratorios al sol ó á la luna, como en el Perú y otros países de América, ni culto, ni ofrenda, ni sacrificio alguno; ni siquiera la danza de salutación de los _Semínolas_, al salir el sol. Según el doctor Crévaux, los indígenas de las Guayanas no adoraban los astros.[189]

Los indo-antillanos llamaban al cielo _turey_; pero sin rendirle culto alguno, ni á ninguno de sus luminares. Respecto á los astros, Pane dice á Colón, en su célebre informe: “Saben los indios de donde tuvo origen el sol y la luna.” Y más adelante trasmite la leyenda sobre la procedencia de los luminares celestes, manifestando, que los indígenas decían, “que el sol y la luna salieron de una cueva que está en la tierra del cacique _Maosiá Siboex_; y á la cueva llamaban _Jobobaba_, y la tenían en mucha estimación, pintada sin figuras, á su manera, adornada con follajes y cosas semejantes. En esta cueva había dos _zemís_, de piedra, del tamaño de medio brazo y los tenían en gran veneración y á los cuales pedían la lluvia y otras cosas. Uno de los ídolos se llamaba _Boiníaex_ y el otro _Marojú_.” De modo que también los datos suministrados por el informador eremita benedictino son contrarios á la astrolatría de los indo-antillanos.

El boriqueño tenía una nebulosa idea de ultratumba. Para los indo-antillanos no todo terminaba con la muerte. No comprendían la inmortalidad del alma; y tenían una creencia esencialmente distinta de la nuestra sobre la vida futura. El ánima del difunto, la _jupía_, se replegaba á un sitio apartado de la Isla, el _coaibay_, donde de día estaba quieta y de noche salía á pasear, á comer de las frutas silvestres, hasta comunicarse con los demás seres vivientes. Estos _espíritus_, tenían para los indígenas envoltura mortal.

El hombre primitivo empieza por rendir adoración á aquello que le tiene miedo y se imagina que le hace _mal_; después venera lo que cree que le hace _bien_; y surge entonces el terrible _dualismo_ mitológico, que tanto ha dado, y da que hacer, en todas las religiones. El bien y el mal físicos son innegables; y esta realidad subjetiva guía al hombre inculto. Ansioso mira en torno, levanta la cabeza al cielo y desea conocer el origen de las cosas, con el mismo anhelo que vemos estalla en el niño ese deseo tan pronto le ilumina la luz de la razón. Ve el día y la noche, la alborada y las tinieblas, el sol y la luna, el fuego y el agua, la tierra y el cielo, el abismo y la montaña, el río grato con sus claras linfas para apagar la sed, y el mar amargo con sus diáfanas ondas, el mismo líquido agrio y dulce, la vida y la muerte en torno suyo.... y piensa.... y reflexiona. ¡Cuán profundo misterio!.... La luz ahuyenta las tinieblas, que retornan para no darse por vencidas: el fuego consume el agua y ésta cae en benéfica lluvia para combatir el calor: el mar golpea la tierra de continuo y ruge y se encrespa, y los ríos desde la altura desaguan humildemente en el mar: las nubes ocultan el sol y el luminar del día rasga el tempestuoso nublado y resplandece de nuevo: el rayo quema el árbol, y el aniquilado tronco reverdece prontamente: el buen tiempo favorece sus labranzas y el huracán destroza su choza y su sementera. ¡Qué terrible dualismo! El hombre primitivo tuvo que quedar absorto y abrumado ante estos sublimes fenómenos de la naturaleza y caer en tierra, postrado por la emoción. Y ante el dolor, que lo aterra, y el miedo que se apodera de sus sentimientos, crea en su imaginación el mito del _espíritu del mal_; y procura aplacarlo, rindiéndole culto y sacrificio. Por el contrario, ante el placer que exalta sus sentidos, relampaguea su razón y se expande entonces el sentimiento de la gratitud; y el amor al _espíritu del bien_, que él cree que le proteje y ayuda, le hace rendirle adoración con ritos, ceremonias y ofrendas.

Nuestro indio de _Boriquén_ estaba en este período del _animismo difuso_. Tenía su espíritu del bien en _Yuquivú_, que protegía su vida y sus labranzas, y moraba en la gran montaña. Cuando menos lo pensaba, se aparecía en la Isla _Jurakán_, el espíritu del mal, ocasionando la muerte y la destrucción por todas partes. Como irradiaciones de este dualismo mitológico, los _zemís_ y los _maboyas_. El _zemí_, el dios tutelar, de ambos sexos[190], apegado al hogar, y como fiel amuleto acompañando al indio hasta el sepulcro. El _maboya_, el fantasma nocturno, que le hacía daño en sus sembrados, y ante el cual huía aterrado, rindiéndole sacrificios desde lejos y por mediación del _bohique_, el agorero.

Todavía al llegar al _animismo condensado_ de las religiones superiores de nuestros días, ¡con qué poderosa fuerza se presenta aún el _dualismo_ del bien y del mal, en el orden moral, á combatir la unidad incontrastable del Ser Supremo, Creador é Infinito!

CAPITULO VIII.

El indio boriqueño, en la época colombina, era ya agricultor.— Sementeras en camellones.—La _coa_.—El conuco.—Cultivo de la yuca como alimento fundamental de la tribu.—Como se preparaba el _casabí_.—El _uikú_, bebida hecha con casabe fermentado.—El vinagre de la _naiboa_.—El maíz ó _maisí_.—El boriqueño comía tostado el maíz.—Hacía también de él la bebida fermentada la _xixá_.—Ignoraba hacer pan de maíz como los de Tierra-Firme.— La batata y los boniatos ó _ajes_.—Sus variedades.—Cultivos secundarios: el _lirén_ y el _maní_.—El boriqueño utilizaba sin sembrarlos la _yahutía_, el _mapüey_, la _imocona_, el _guayaru_ y otras raíces.—Entre las frutas cultivaba la _yayama_ ó piña dulce; y cosechaba las otras al capricho.— Cultivo del _ají_, del tabaco y de la _tau-túa_.— Aprovechamiento del algodón, _majagua_ y _maguey_, sin plantarlos.—Tejidos.—Cordelería.—Tintorería.—Zumos de la _jagua_, de la _bija_ y del _jikileti_.—La cabuya.—Las _jabas_.—El tallado y pulimento de la piedra.—Canteras destinadas á este fin.—La cueva de _Miraflores_, en Arecibo.— El taller indígena.—El hacha ó _manaya_.—El almirez.—Los collares.—Los _zemís_ ó dioses penates.—Los _guayos_.—El _colesibí_.—La _tatagua_.—La alfarería.—Objetos de madera.—La macana.—Arcos y flechas.—La azagaya de _cupey_.—Utensilios domésticos de higüera.—Objetos de hueso.—El boriqueño como cazador y pescador.—El aborigen estaba en armonía con el período histórico que atravesaba y su medio ambiente.

El indio boriqueño, en la época del Descubrimiento, era ya agricultor. También el hombre prehistórico europeo en la época _robenhausiana_ ó de la piedra pulida, lo era también.[191] El aborigen no había pasado por el período del _pastoreo_, porque no tenía animales domésticos que pastorear. El hombre se ha ido desenvolviendo en el planeta en harmonía con el medio ambiente del suelo que ha ocupado. Nada más flexible que las reglas sociológicas. El hombre natural vive como puede, utilizando los medios que se le presentan. Por eso el boriqueño, de cazador y pescador, pasó á agricultor; y fué más pescador que cazador, á consecuencia de la escasez de aves y animales monteses en la Isla y la abundancia, por el contrario, de peces en los ríos y ensenadas.

El indio de _Boriquén_ trabajaba la tierra con un palo tostado al fuego, la _coa_, que le servía de azada. Con este tosco instrumento arreglaba muy bien sus sementeras en camellones, labrando sus campos con sumo cuidado. Llamaba sus labranzas _kunúku_, vocablo que ha pasado á nosotros conservado en el castellanizado _conuco_.[192] Hoy usamos la misma palabra para designar una pequeña heredad, ó campito, con su rancho. Debemos á Las Casas la descripción de cómo el indígena preparaba sus tierras para la siembra de sus yucas, _ajes_ y batatas. “Hacían los indios, narra el célebre clérigo sevillano, unos montones de tierra, levantados del suelo como una vara de medir, é tenían en contorno nueve ó doce pies: un montón estaba apartado del otro dos ó tres pies: todos por su orden: rengleras de mil é dos mil é diez mil de luengo: é otros tantos de anchura, según la cantidad que determinaban poner.”[193]. Ya el ilustrado cubano don Alvaro Reinoso presentó al Congreso Internacional de Americanistas de Madrid, el año de 1882, un interesantísimo trabajo sobre el cultivo en camellones, como dato de la agricultura de los indígenas de Cuba y Haytí en la época precolombina.[194] Y los boriqueños estaban en todo más adelantados que los siboneyes de Cuba y en el arte _lítico_ más que los haytianos.

El cultivo de la _yucubía_ se extendía en el _Boriquén_ á grandes plantíos; á veces, de más de diez mil montones de matas. A los cinco ó seis meses los sembrados presentaban un bonito aspecto. Al año ya se cosechaba la raíz, ó fruto, llamado _yuca_; y se podían explotar los yucales hasta tres años.

El boriqueño, ayudado de las mujeres, trabajaba el venenoso tubérculo de la _yucubía_ para obtener su alimenticia harina. Lavada la _yuca_ y raspada la película externa con una conchita de almejas, llamada _caguará_, reducíanla á una grosera harina, la _catibía_, rayando el tubérculo en las asperezas de una tabla cuadrilonga de palma de yagua, sembrada de piedrecitas silíceas, que llamaban _guayo_.[195] Recogían los boriqueños la harina de la yuca en un sitio ó artesa, llamado _guarikitén_, según iban rallando los tubérculos. Luego, echaban esta harinosa masa en un saquito hecho de empleita de palmera, llamado _sibucán_, el cual colgaban de un árbol, y dos indios ó indias, mediante un palo enganchado en el otro extremo de la manga, según refiere Las Casas,[196] ó ayudado del peso de grandes piedras, como dice Oviedo, esprimían el saquito, para extraer de la yuca el jugo venenoso, llamado _naiboa_. Retirado el mortífero zumo, tomaban el farináceo producto y lo cernían en el _jibi_, una especie de cedazo hecho de cañitas muy finas de carrizo; obteniendo así muy buena harina, la que extendían en panes redondos, del grueso de dos dedos, en una cazuela ó plato llano de barro, llamado _burén_, que ponían al fuego sobre piedras, dando vueltas á las tortas con una tablilla, llamada _küisa_, hasta que el pan _casabí_ quedaba hecho. Con la mejor flor de harina de yuca hacían un casabe selecto, muy blanco, que llamaban _xau-xau_. Sabían también extraer el almidón de la harina de yuca, cuyo producto llamaban _anaiboa_ y la utilizaban en sus comidas. Era toda una industria de panadería, tanto ó más complicada que la de nuestros días con la harina de trigo, cuyo origen se pierde también en la noche de los tiempos prehistóricos.[197]

Los indígenas de la islita la _Mona_[198] sembraban mucha yuca y confeccionaban mucho casabe, y cuando Juan Ponce de León vino por vez primera á _Boriquén_, en 1508, tocó en aquella islilla de paso, y pudo aprovicionarse en ella de pan _casabí_ para su gente, enviando luego, desde San Juan, la carabela al mando de su lugarteniente don Juan Gil Calderón, para que los naturales de la _Mona_ le facilitaran de nuevo bastimento de casabe para los cincuenta hombres de su expedición.

Otros dos productos sacaba el boriqueño del tubérculo de la _yucubía_. Solía hacer un vinagre para sus guisos, hirviendo bien el jugo venenoso de la yuca, el ponzoñoso _naiboa_, para que se evaporase el tósigo mortal, y después de hervido este zumo lo guardaba para que se acidulase.[199] El otro producto era la bebida _uikú_, que la obtenía poniendo pedazos de casabe á fermentar en vasijas llenas de agua, agregándole algunos trozos del mismo casabe, masticado por indias jóvenes, para utilizar la saliva como agente de fermentación.

El aborigen cultivaba además el maíz, dos veces al año. El vocablo español _maíz_ procede del indo-antillano _maisí_. El boriqueño comía el maiz tostado; y le servía también para hacer una bebida fermentada la _xixa_,[200], que le gustaba mucho, como la otra bebida obtenida del casabe, el _uikú_. Necesitaba también nuestro indio de la _diastasa_ de la saliva para provocar la fermentación del maíz; por lo que ponía indias jóvenes á mascar granos de _maisí_ y á echarlos impregnados de saliva en los tinajones donde se iba á preparar su preciada original cerveza.

El boriqueño no sabía hacer pan de maíz, como algunos terrícolas de Tierra Firme, lo que prueba que este avance en la alimentación fué posterior en Venezuela á la separación de las tribus _Aruacas_, que invadieron el Archipiélago antillano. Fenómeno que se ha repetido mucho en la historia de la humanidad: porque el hombre no produce nada completo de una vez. El ario trituraba el grano de trigo, pero desconocía el molino de brazos; el indo-europeo llegó á este avance cuando se situó en los terrenos de aluvión de la cuenca del Volga.[201]

El aborigen cultivaba en gran escala la _batata_, de la que la historia nos conserva los nombres de algunas variedades. Llamaba á la blanca _guanaguax_; á la morada _guanagüey_; y á la que era blanca y morada, _guanaraca_. El fruto que hoy se llama boniato, los indígenas denominaban _aje_; y al morado lo llamaban _aniguamá_; y al rojo, _xaxagüeyú_. Plantaban también en sus labranzas el _lirén_ sabroso y el _maní_, rival de la avellana. Y utilizaban, al azar, la _yahutía_, el _mapüey_, la _imocona_, el _guayaru_ y otros tubérculos alimenticios; pero sin ocuparse en sembrarlos. También cosechaban los boriqueños, sin cultivo, las frutas silvestres de los montes y maniguas, el _mamey_, la _guayaba_, el _anón_, el _jobo_, la _guanábana_, la _pitajaya_, el _guamá_, la _tuna_, el _jicaco_, el _caimito_, el _cajuil_, las _guiabaras_ ó uvas de playa, la piña, que llamaban _yayama_, y las olvidadas hoy de la _guaba_, el _ausubo_ y la _yagruma_.[202]