Prehistoria de Puerto-Rico

Part 10

Chapter 103,519 wordsPublic domain

Había otras tres plantas, que con cuidadosa atención procuraba el aborigen replantar cerca de su bohío; y estas eran el _ají_, el _cojibá_ ó tabaco y el ben purgativo. Del _ají_ tenía dos especies principales, una dulce y otra picante, y unas cuantas variedades. No se conserva más que el nombre indígena del picante, que lo llamaba _guaguao_; á todas las demás variedades nuestros campesinos le han puesto nombres caprichosos.

Nuestro indio cultivaba el tabaco, su _cojibá_, con dos fines, uno común y otro religioso. Después de la cena, algunos mascaban la nicociana hoja:[203] otros sabían hacer unos mosquetes ó cigarros mal enrollados, que llamaban _tabacos_, y aspiraban su humo embriagador. No faltaba indígena, que tras la intoxicación de la _nicotina_, arrojase cuanto había comido. Lo que indujo á creer, á los que primeramente observaron esta costumbre, que el indio usaba esta planta como _vomi-purgativo_. Error en que han incurrido después otros escritores modernos. Según el Dr. Crévaux, los _Oyampis_ de las Guayanas, usan la _fumigación de tabaco_ contra los _cólicos_, lanzado el humo directamente sobre el sitio dolorido por el mismo curandero: cuya medicación está de acuerdo con los _soplos_ y _frotes_ de que nos hablan los Cronistas y es lógico aceptarlo. Para las ceremonias religiosas preparaba el _bohique_, como augur de la tribu, una especie de _rapé_, del _cojibá_, que se tomaba por las narices con su correspondiente instrumento litúrgico y ceremonial _ad hoc_. El acto de tomar estos polvos se llamaba el _cojoba_. Lo hacía el hechicero _bohique_ antes de impetrar al _zemí_ bienhechor; y también en determinadas asambleas, ó consejos de jefes, en unión de los _caciques_ y _nitaynos_.

La tercera planta, que el boriqueño procuraba cultivar cerca de su choza, según lo anota cuidadosamente Las Casas, era la _tau-túa_, con la que se había de medicinar. Tenemos en Puerto Rico tres arbolitos, que dan semillas purgativas: el _tau-túa_, ó _jatropha gossypifolia_, que los franceses llaman _grand ben purgative_ y _avelines purgatives_; y los ingleses denominan _bastard french physic-nut_ ó _spanish physic-nut_. El _tártago_, ó sea la _jatropha curcas_, que en Cuba y Santo Domingo llaman _piñón_; los franceses denominan _grand pignon d’ Inde_ y _noix de Barbades_; y los ingleses conocen con el nombre de _Barbados seeds_. Y finalmente _don Tomás_, ó sea _jatropha multifida_, que los franceses dicen _medicinier a fleurs scarlates_; y los ingleses _french multifid_. Las Casas, como indicamos más arriba, nos da la prueba histórica de nuestro aserto, describiendo el _ben_ y el cuidado con que el indígena procuraba sembrarlo junto á su casa. Es probable que el boriqueño usara indistintamente de estas semillas purgativas, así como de algunos _bejucos_.[204] Por supuesto, que la enfermedad del indio siempre era considerada por el curandero augur, ó _bohique_, como un daño hecho por los espíritus malignos ó _maboyas_.

Aunque el boriqueño no cultivaba el algodón, ni la _majagua_, ni el _maguey_, que abundaban por doquiera silvestres, los cosechaba para utilizarlos. La india hilaba bastante bien el algodón, el _sorobei_, y tejía con él los faldellines para las mujeres casadas y los taparrabos para los hombres. También trabajaba de algodón las hamacas, y unas especies de pulseras para los brazos y tobillos; algunas carátulas para los ídolos y otras cosillas; y los hombres tejían de _sorobei_ sus redes de pescar. En su reducido gusto estético tenía ya el aborigen el conocimiento de la _tintorería_, y algunos de esos objetos de algodón los teñía con el jugo de la _jagua_, dándoles visos negruzcos, ó con el zumo del _jiquilete_, añil cimarrón, hermoseándolos de color azul, ó los coloraba de amarillo con la _bija_, nuestro vulgar _achiote_, voz ésta de origen azteca, que ha prevalecido en el lenguaje, en vez de la boriqueña _bija_. También solía maridar en franjas, ó listas pareadas, estos colores.

La _majagua_, cuya fuerte corteza facilita larga fibra, y el _maguey_, cuyos blancos hilos son resistentes, eran destinados por los boriqueños á cordelería, haciendo con ellos muy buenos cordeles, que llamaban _cabuyas_, y unas cestas redondas, llamadas _jabas_, que acostumbraba el indio llevar al hombro, á las extremidades de un palo, cuando viajaba: costumbre que aún perdura entre nuestros campesinos.

Vemos, pues, que nuestro indígena, á la par que _agricultor_ era también _industrial_. El aprovechamiento del algodón, de la _majagua_ y del _maguey_ eran ya industrias nacientes, á las cuales tendrían que dedicarse determinadas personas, con su correspondiente aprendizaje. En las edades prehistóricas el arte de tallar y pulimentar la piedra, la alfarería, la cordelería y el tejido rudimentario de algunas telas, así como la caza, pesca, pastoreo y agricultura, tuvo que estar confiado á determinados individuos, que lo hicieron _privativo_, primero, de sus familias, pasando luego ese _derecho_ á ciertas tribus.

El tallar la piedra debe haber requerido su laborioso aprendizaje y el pulirla suma paciencia. Debieron haberse escogido canteras apropiadas y en las cercanías de ellas fijarse familias de obreros, dedicadas constantemente á esta industria. Mediante la _permuta_, que es el alborear del _comercio_, se aprovisionarían de bastimentos para vivir y realizarían á su vez los efectos pétreos. El boriqueño tenía canteras escogidas para fabricar sus utensilios de piedra. La gruta de _Miraflores_, en Arecibo, es una muestra patente de lo que decimos. Nosotros llamamos á esta cantera el _taller indo-boriqueño_. Examinada la caverna, lo primero que llama la atención del investigador es un _stone-pillar_, ó monolito, á medio concluir. El artista llegó á cincelar los ojos y la boca; y después empezó á formar _el pilar_ y á separarlo de la roca. En el lado izquierdo de su labor alcanza hasta unos 40 centímetros, formando la columna: en el lado derecho hasta unos 25 centímetros. Las cuencas de los ojos de la figura están trabajadas ligeramente oblicuas; pero con una oblicuidad dirigida de abajo y fuera hacia arriba, de modo que si se prolongaran los ángulos internos de estas cuencas irían á encontrarse en el centro de la frente. Oblicuidad completamente distinta á la fig. 45 de la colección Látimer, del museo Smithsonian Institution, de Washington, que guarda relación con una carátula de piedra de nuestra Colección y con otra cara grabada en una de las paredes de la citada caverna. Este monolito, á medio concluir, está en la arcada principal de la gruta que mira al E. en el lado derecho del observador. En este mismo sitio están casi todos los trabajos. La segunda figura de importancia es una cara con los ojos oblícuos, á estilo _mogol_, pero muy acentuada la _oblicuidad_. Están delineados los ojos, la nariz y la boca: y habían empezado á fijar el óvalo de la cara. En este estado, el trabajo fué suspendido por el artista. A poca distancia hay otra cara también muy interesante. Tiene los ojos circulares y paralelos, las cejas unidas, la boca pequeña, el límite del rostro en forma triangular con la frente baja y el mentón pronunciado. Tenemos en nuestra Colección un ejemplar parecidísimo, que nos induce á creer que esta cara pétrea del _taller indo-boriqueño_ estaba también en vías de fabricación. Más abajo, en la misma rocosa pared, hay grabados ojos y bocas, pero sin óvalos: trabajos incipientes en período de iniciación. En uno de los paredones del camino que conduce á la gruta, hay también una _carita_ comenzada. Era, pues, indudablemente una cantera en explotación, un verdadero taller lítico para objetos pétreos y no un templo, como equivocadamente han anotado algunos viajeros. Es el primer taller de que se da cuenta, hallado en nuestra Isla. Razón tenía Ratzel[205] para afirmar que “las antiguas esculturas de piedras de Puerto Rico demuestran una habilidad especial en el labrado de la piedra, que no encontramos en ningún otro punto de las Indias Occidentales”. Los _siboneyes_, los _yucayos_ y los _jamaikinos_ desconocían el arte de trabajar la piedra. Los naturales de _Boriquén_ estaban más adelantados que los de _Haytí_ en esta industria. El obrero boriqueño, en los trabajos _líticos_, era el primero del Archipiélago antillano.

El objeto de piedra más necesario para el boriqueño era el hacha ó _manaya_. En nuestra Colección tenemos cuatro tamaños principales; pero el indígena tendría indudablemente una completa variedad de mayor á menor tamaño, según sus necesidades. Servíale la _manaya_ para tumbar el árbol, el _giié-giié_; ahuecar el tronco corpulento de los cedros y ceibas y hacer la almadía, la _canoa_, cuyo vocablo ha tomado carta de naturaleza en nuestros idiomas. Tenía el boriqueño una pequeña _canoa_, en la que escasamente cabían dos personas, y otras de capacidad mayor, que podían conducir un pelotón de hombres. El Almirante vió esquifes de éstos, que él llamó _almadías_, que contenían de setenta á ochenta indios; Fernando Colón cita una de capacidad para 150 personas; y Las Casas dice, que vió canoas, que podían llevar de cincuenta á cien indígenas. Dedicaba la pequeña canoa el boriqueño á la pesca; y la grande al desarrollo paulatino de su incipiente comercio entre las islas, cuyo tráfico era principalmente con los terrícolas de la _Mona_ y los naturales del _Higiiey_, de la inmediata Haytí.

Calculemos, por un momento, la actividad desplegada en la cantera, en el _taller indo-boriqueño_. Unos tallando hachas; otros, morterillos; aquí _dujos_; allí, collares; acá, cincelando monolitos para los límites de sus juegos de pelota; allá, ídolos mamiformes de _Yukiyu_, el dios bienhechor de _Boriquén_. Cada cual dedicado á su especialidad _lítica_. Habría manos privilegiadas para ciertas labores. El gusano roedor de la envidia profesional también en el _taller indo-boriqueño_ hincaría su venenoso diente. Los trabajos más sencillos serían encomendados á los aprendices, como los _guayos_, que requerían solamente fijar pedacitos de _sílex_ en una tabla de palma de _yagua_, para hacer el utilísimo rallo. También se les conferiría á los aprendices la penosa labor de pulir hachas, una vez talladas. En el cincelamiento y ornamentación entraría _el maestro_ á dar los últimos toques. El _colesibí_ ó collar de piedrezuelas marmóreas, la _tatagua_ ó arracada, revelan ya el incipiente gusto artístico. ¡Con qué infantil orgullo contemplaría el artista de la edad de la piedra pulimentada su pétreo objeto ya terminado!

Igual actividad habría en la alfarería. Lo primero que se harían cuidadosamente serían los _burén_, para el cocido del pan _casabí_ al fuego. Era necesario que estos lebrillos quedasen bien templados para que no se resquebrajasen á la fuerte lumbre á que tenían que someterlos. Otros se dedicarían á hacer cazuelas; otros, _canaris_ para el agua, ó tinajones para el _uikú_ y la _xixá_. El refinamiento de adornar las abrazaderas de las cazuelas y ollitas correspondería á los más expertos en el arte. El escogido de la arcilla y su manipulación para ponerla en condiciones de modelaje requiriría inteligente dirección. Las grotescas figurillas de barro cocido, que constituían los dioses penates del indígena, tendrían obreros _especiales_, para no separarse del modelo del _zemí_ tutelar. ¡Con qué positiva seguridad puede nuestra mente retrotraerse á aquellos lejanos tiempos y darse cuenta exacta del desenvolvimiento de la época _neolítica_! ¡No en vano avanza la Paleontología, arrancándole al pasado sus secretos!

También trabajaba el boriqueño la madera con esmero. En la Isla de _Guanabo_[206] se hacían primorosamente dujos, bateas, cucharas y otros objetos de una madera negra, que suponemos fuera la _caoba_ ó la _maga_, ó tal vez la negruzca raíz del mangle viejo. Refiere el cronista Pedro Mártir, que catorce de esos curiosos asientos, llamados _dujos_, labrados con arte maravillosa, fueron regalados por _Bojekio_, cacique de _Jaragua_, en Haytí, á don Bartolomé Colón, cuando el Adelantado visitó el cacicazgo del célebre hermano de _Anacaona_; y que, además, le obsequió con sesenta utensilios de arcilla, propios para el servicio de mesa.[207]

De varas de _cupey_[208] hacía el aborigen sus azagayas; y de corteza de palma de yagua[209] sus _macanas_, fuertes garrotes de combate, de cuatro palmos de largos. Como arma ofensiva, también tenía la flecha. Hacía el arco, el _paira_, de un grueso bejuco; y con cogollos de caña silvestre preparaba la flecha, en cuyo extremo colocaba una espina de pescado ó una punta de pedernal.[210] Aprovechaba el fruto maduro de la _higiiera_[211] para hacer cucharas y vasijas útiles para el uso doméstico. Las pequeñas vértebras de pescados sabía utilizarlas para sugetar plumas de colores en sus espesas cabelleras; y también de algunos huesos de peces hacían anzuelillos de pescar.

Buenos flecheros los boriqueños, más diestros que sus vecinos los quisqueyanos y siboneyes, cazaban en las costas la _yaguasa_ y otras aves marinas; y en los montes y sabanas el _guaraguao_, el _mukáru_, la _iguana_, la _sasabí_ (la cotorra) y las tórtolas, en abundancia. También eran hábiles pescadores, y con sus redes de algodón, anzuelos de hueso, y otros medios artificiosos, se proveían de _dajaos_, lisas, anguilas, _biajacas_, jureles, _guabinas_, pargos, mojarras, _manatíes_, cazones y otra multitud de peces, que tanto abundan en nuestros ríos y mares. Los ribereños del _Abacoa_ (río Grande de Arecibo) y los de Camuy y Manatí tenían abundantemente el _setí_, en los plenilunios de Agosto, Septiembre y Octubre. Entre los crustáceos, disponían los indígenas del _carey_ (tortuga de mar), la _jicotea_ (tortuga de agua dulce), el _juev_ (cangrejo de mangle), la _jaiba_ (congrejo de agua dulce) y la _buruquena_ (cangrejillo de río); y además, langostas y camarones.

Por lo tanto, el boriqueño, con su agricultura é industria incipientes, había avanzado en su rudimentaria civilización, guardando harmonía con el período de la edad de _la piedra pulimentada_, en que se encontraba, y en relación también con el medio ambiente de que disponía. Prisionero en una triste roca, en pleno mar, se adelantó á los _siboneyes_, _yucayos_ y _jamaikinos_ y rivalizó con los _haytianos_ y _quisqueyanos_, al par que mantenía á raya á los audaces _caribes_, que invadían piraticamente de cuando en cuando el _Boriquén_.[212]

CAPITULO IX.

Lenguaje boriqueño.—Lengua general indo-antillana.—Dialectos.—Datos del Diario de Colón.—Su carta desde Lisboa á los Reyes Católicos.—El dialecto de _Macorix_.—Fray Román Pane.— Cristóbal Rodríguez.—Datos de Bernal Díaz del Castillo.— Informes del padre Raymond Breton.—Imposibilidad de los primeros misioneros para recoger el idioma indo-antillano.—Las reliquias de la lengua general de las Antillas en ríos, montañas, árboles, frutas, lugares, puertos, cabos, etc.—Lo mismo en aves, peces y objetos domésticos.—Alguna que otra palabra en los Cronistas.—Dos ó tres frases.—Error de Juan Ignacio de Armas y otros escritores en la manera de explicar las voces indo-antillanas.—El idioma indo-antillano se formó con el trascurso del tiempo, pues la separación de las tribus _Aruacas_, que invadieron el Archipiélago era muy remota, hasta el punto de haber perdido el recuerdo de ella.—Enlace del habla _Aruaca_ continental y del idioma indo-antillano.— Datos á granel en los mapas.—Viajeros modernos.—Sagot.—Los hermanos Hernhutes de Zittau.—El misionero Schulz.—Enlace del habla _boriqueña_ y del habla _caribe_ insular.—Su origen continental.—El lenguaje _boriqueño_ era rico en vocales y de muy dulce conversación.—El aborigen tenía una aspiración parecida á la del árabe.—La fijaron los Cronistas en las voces con una h.—Pruebas de la aglutinación y del polisintetismo.—El estudio de los restos del idioma indo-antillano nos ha dado una prueba fehaciente de que el orígen del _indo-boriqueño_ está en el Aruaca de la América Meridional.

El boriqueño usaba un lenguaje en el período de aglutinación, con _polisintetismo_, sin escritura que fijase sus vocablos.[213] En todo el Archipiélago antillano ocurría lo mismo; y estando el idioma en perenne fermentación, habían de producirse necesariamente neologismos, en cada isla, que tenían que alterar en algo la común lengua.

Por el Diario del primer viaje del Almirante vemos, que los indios que tomó Colón en _Guanahaní_ para que le sirvieran de intérpretes, cumplieron su cometido en todas las islas del grupo de las Lucayas á que arribara el Descubridor, y también en Cuba y Haytí. El Almirante, sagaz observador, anotó en su libro de bitácora, con fecha 16 de Octubre, las siguientes palabras, comprobatorias de la unidad de lenguaje: “Los habitantes de esta isla Fernandina[214] se parecen á los de las demás, hablan el mismo idioma y tienen las mismas costumbres.” Al llegar el gran Navegante á la isla de Cuba, los enviados, ó embajadores, Rodrigo de Jerez y el judío Luis de Torres, muy versado éste en idiomas, no pudieron entenderse con el cacique del _Camagiiey_. El políglota Torres, creyendo que ellos habían llegado al reino del Gran Kan en el Continente asiático, habló primero al régulo cubano en hebreo, después en caldeo y por último en árabe, teniendo que apelar al intérprete de _Guanahaní_, el cual hizo al cacique del _Camagiiey_ y á sus asombrados súbditos una fogosa descripción del poder de los españoles.

Luego pasó el Almirante á la isla de Haytí, á la cual bautizó con el nombre de _La Española_, y prontamente entró en fáciles tratos y amistosa correspondencia con los aborígenes. Corrobora lo dicho la carta que escribió en el mar á los Reyes Católicos, remitida desde Lisboa, en Marzo de 1493, diciéndole entre otras cosas: “En todas estas islas no vide mucha diversidad en la fechura de la gente, ni en las costumbres, ni en la lengua, salvo que todos se entienden, que es cosa muy singular.”

Al regresar Colón á España se llevó diez indígenas, de los cuales algunos sirvieron de intérpretes en la segunda aventurada empresa; sabiéndose por ellos, en virtud de los diálogos tenidos con las mujeres _boriqueñas_, cautivas recogidas en la isla de Guadalupe, que los indios _caribes_ eran belicosos y antropófagos.[215] Al llegar la expedición colombina al puerto de Navidad, las indias de _Boriquén_, recogidas á bordo, concertaron su fuga con el hermano del cacique _Guacanagarí_, lo que efectuaron por la noche. Estos datos prueban, que usaban una misma lengua _yucayos_, _haytianos_ y _boriqueños_.

En el Memorial que dió el Almirante al piloto Antonio de Torres, en la Isabela, á 30 de Enero de 1494, para entregar á los Reyes Católicos, léese: “Como esta gente platican poco los de la una isla con los de la otra, en las lenguas hay alguna diferencia entre ellos, según como están más cerca ó más lejos.”[216]. De manera que, según confirmaba el mismo Colón, por experiencia propia, entre las lenguas no había más que alguna _diferencia_. En el Archipiélago existía, por lo tanto, _un idioma general_; y con motivo del aislamiento insular, y los neologismos, se iban formando los _dialectos_ yucayo, siboney, haytiano, boriqueño y jamaiquino. En La Española, en el departamento de _Macorix_, se hablaba un dialecto que lo llegó á dominar Fray Román Pane. La lengua general, ó común, de la isla de Haytí, según Las Casas, únicamente la sabía bien un marinero de Palos de Moguer, llamado Cristóbal Rodríguez.

Hemos probado, con la tradición histórica, la más pura que poseemos, como los indios intérpretes de Colón se comunicaron muy bien con los indígenas de las islas Lucayas y con los de Cuba, Haytí y Boriquén. Respecto á Jamayca, concluyente será también la prueba. Refiere Bernal Diaz del Castillo[217], que al desembarcar con Juan de Grijalba en la isla de Cozumel “vino una india moza, de buen parecer, é comenzó á hablar la lengua de la isla de Jamayca... é como muchos de nuestros soldados é yo entendimos muy bien aquella lengua, que es la de Cuba, nos admiramos é la preguntamos cómo estaba allí.” Resultó, que el naufragio de una canoa de pescadores de Jamayca la había llevado á la isla de Cozumel. Queda, pues, plenamente comprobado nuestro aserto, de un idioma general en el Archipiélago antillano, con la excepción de las islas ocupadas por los _Caribes_. Y respecto á estas islas de _Barlovento_, refiere el padre Raymond Breton, en su Diccionario caribe-francés, contado á él por jefes indios de la isla Domínica, “que cuando la conquista de las islas, el jefe caribe había exterminado todos los naturales del país, reservando solamente las mujeres, las que siempre han guardado muchas cosas de su lenguaje.”[218]

Ahora bien, esta lengua común indo-antillana, así como sus derivados ó dialectos, se han perdido. Las órdenes religiosas, que dominaron en las Antillas mayores, no pudieron dedicarse á conservarlos, mediante vocabularios y léxicos, como tuvieron la gloria de hacerlo en otras partes de América. La brega del desarrollo de la conquista y el pugilato de las ideas, de si debía continuar el indio _encomendado_ ó dársele absoluta libertad, entorpecía la acción cristiana de los misioneros, cuanto más la labor literaria de estudiar y conservar el idioma indo-antillano: máxime cuando los Domínicos se inclinaron á favor de los indígenas y los Franciscos en pro de los Encomenderos: rivalidad que les obligó á enviar sus representantes ante el Rey. No pasó así en el Continente, ni en las Antillas menores. Pasada la perturbación del choque de dos razas antitéticas, y sometidas casi todas las Indias, las misiones pudieron trabajar en paz y dedicar sus hombres inteligentes al estudio de las lenguas de los aborígenes.

Al padre Raymundo Breton, de la Orden de Predicadores, debemos poder estudiar la lengua _Caribe_. Al domínico Santo Thomás y al jesuita González Holguín el conocimiento de la _Kechúa_ del Perú. A los manuscritos de los misioneros de Bogotá la lengua _Chibcha_, que hoy nos da á conocer Uricoechea[219], así como la de los _Paos_ ó indios de tierra adentro de Colombia.[220] Al jesuita Bertonio[221] debemos la _Aymara_. A los misioneros Vega, Valdivia, y Santisteban y al jesuita Andrés Febres[222] somos deudores de tener el idioma _Araucano_, de Chile. A los padres Anchieta[223] y Figueira[224], y al limeño Ruiz de Montoya el _Tupí-Guaraní_.[225] A los misioneros de la Guayana francesa el _Galibi_, que hoy Celedon, Brinton, Coudreau y Crevaux nos han dado á conocer mejor. A los franciscanos y jesuitas de Méjico el _Azteca_ ó _Nahuatl_.[226] Y así sucesivamente. Por todas partes las misiones recogieron el lenguaje de los indios. Tan sólo los indo-antillanos, por las razones anotadas, quedaron imposibilitados de legar á la posteridad su dulce idioma.

Quedan únicamente las reliquias de esta lengua general del Archipiélago. En Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico se conservan muchas palabras indo-antillanas en ríos, montañas, árboles, frutas, lugares, puertos, cabos, etc. Lo mismo en aves, peces y objetos de uso doméstico. En los mismos Cronistas hemos hallado algunos vocablos con su correspondencia en castellano y hasta alguna que otra frase. La mano del tiempo conserva estos despojos como margaritas perdidas de un rico joyel. Las hemos ido recogiendo pacientemente para que nos ayudaran á descubrir el origen del pueblo indo-antillano. Y efectivamente, gracias á ellas y á la Filología hemos podido ver claramente que el autóctono de las Antillas procedía del Continente meridional, esplicándonos perfectamente el proceso evolutivo de las tribus _Aruacas_ en las isla, perdida ya la memoria de su inmigración.