Prehistoria de Puerto-Rico

Part 8

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Respecto á la idea de la propiedad, Pedro Mártir de Anglería cayó en el error de anotar, que los indo-antillanos no conocían lo _mío_ y lo _tuyo_. El célebre cronista escribía sobre este punto bajo la impresión de los informes del primer viaje del Almirante, limitado á las islas Lucayas y á una exigua parte de Cuba y Haytí. El boriqueño, en la época colombina, tenía ya idea rudimentaria de la propiedad y de la división del trabajo; y era leal á sus vecinos no practicando el hurto de los objetos particulares. Refiere Las Casas,[157] que en los primeros tiempos de la colonización de La Española, no usaban los pobladores llaves ni cerraduras en las arcas, y que jamás faltó un granillo de oro en las casas, ni una ropilla, ni objeto alguno.

El boriqueño era en sus comidas muy frugal. Su alimento común era la batata ó el boniato, asados, é impregnados del picante _ají_. Su pan, el _casabí_. Utilizaba las frutas silvestres, que no cultivaba. El maíz lo comía crudo ó tostado. Pescado, ave ó reptil era plato extraordinario, en cuyo guiso usaba el vinagre de yuca. No conocía el uso de la sal en confecciones culinarias. El indígena de Cuba y Santo Domingo tenía varios animalillos, como la _jutía_, que aprovechaba en su alimentación, el boriqueño carecía de ellos, ó si los tuvo fueron muy escasos. Por bebida común tenía el agua, aunque sabía sacar partido del casabe y del maíz, fermentados, para preparar una bebida excitante. Tomaba su alimento por la mañana y por la noche. Después de la cena fumaba su _tabaco_. Y como no todos eran fuertes á la acción de la _nicotina_, y habría también sus novicios, algunos solían vomitar la comida: lo que indujo á creer que el indio usaba la _nicociana_ planta como vomitivo. Y el error fué más grande aún al anotar, que el curandero tomaba siempre de la _misma medicina_ que su doliente clientela, cuando vieron los primeros invasores que el indígena enfermo y el _bohique_ fumaban _juntos_ los informes cigarros y quedaban envueltos en bocanadas de humo. No hubiera sido entonces muy socorrido el oficio de médico; ni, aceptada la disparada noticia, puede concebirse organismo humano que la resistiera. En este punto el ermitaño Pane y el cronista Oviedo cayeron en error craso.

Existen en determinados puntos de la Isla unos estadios ó palenques, que los actuales habitantes del país designan con el impropio nombre de _juegos de bolas_. Indudablemente el _boriqueño_ trabajó y preparó estos sitios para congregarse en ellos con algún fin. Estos palenques están limitados por bloques pétreos de diversos tamaños. Las piedras mayores no exceden de una vara; y vienen á determinar un espacio de seiscientos á mil pies cuadrados, en forma rectangular.

Estas plazoletas servían para juegos de pelota, danzas y cantares (los _areytos_) y ejercicios guerreros. Pobres esbozos del estadio griego y del circo romano. En ellos tendrían también los caciques, bohiques y nitaynos sus asambleas para resolver sus algaradas bélicas, ó _guasábaras_, á fin de defenderse de las invasiones caribeñas y también para tomar consejo sobre sus luchas internas, por límites de cacicazgos. El doctor Stahl partió de ligera, al aceptar la leyenda de nuestros campesinos, de que esos sitios eran _juegos de bolas_.[158] He aquí como Las Casas describe estos estadios, que en Santo Domingo llaman _corrales de indios_ y nuestros jíbaros les han dado el impropio nombre de _juegos de bolas_: “Tenían los indígenas una plaza, comunmente ante la puerta del señor, muy barrida, tres veces más longua que ancha, cercada de unos lomillos de un palmo ó dos de alto; y el salir de los quales la pelota era falta. Poníanse veynte ó treinta indios de cada parte, á lo largo de la plaza. Cada uno ponía lo que tenía... Echaba uno la pelota é rebatíala el que se hallaba más á mano. Si la pelota venía por alto, la rechazaba con el hombro; si venía por lo bajo, con la mano derecha. De la misma manera la tornaban hasta que alguno caía en falta. Era alegría verlos jugar cuando encendidos andaban, é mucho más cuando las mujeres unas con otras jugaban é rebatían la pelota con las rodillas é con los puños cerrados.”[159].

El boriqueño hacía la pelota con motas de algodón, fibras de palmera y la pez del fruto del árbol _cupey_. Cerca de algunos ríos y quebradas se encuentran los restos pétreos de estos palenques, llamados _batey_, y radicaban cerca de alguna corriente de agua, por la sencilla razón de que los boriqueños, después de sus agitados juegos, se bañaban con placer. El vocablo _batey_ se ha conservado entre nosotros pasando á designar la plazoleta que hay frente á las casas de campo, y en los ingenios azucareros frente á la fábrica ó trapiche. En la aldehuela indígena no había _batey_ más que frente á la casa del jefe.

Si aficionado era el boriqueño al juego de pelotas no lo era menos al baile. Al son de sus roncos atabales y tarareando una coplilla danzaban alegremente y bailaban su _araguaco_. Colocaban los brazos de unos sobre los hombros de otros, formando hileras. Las indias, por su parte, bailaban con el mismo compás, tono y orden que los hombres. La cancioncilla iba al tenor de sus sencillos instrumentos.[160] Todavía conservamos de ellos la alborotadora _maraca_, y el áspero _güiro_; y al seco tamboril ó _magüey_, se le ha agregado el retumbante cuero para hacerlo más sonoro.

El boriqueño tenía quien le atendiera en sus enfermedades. El hombre primitivo de todos los pueblos ha considerado las enfermedades como enviadas por un poder sobrenatural. Ha creido entonces que era su deber aplacar á la divinidad ofendida. Y de ese amalgama imaginario de espíritus maléficos y enfermedades nació la idea de hermanar y fundir en una sola las dos facultades, la del médico y la del sacerdote. Por eso el _bohique_ era curandero augur. Cuando sus auxilios eran solicitados para un paciente, empezaba el _bohique_ por _sugestionar_ al enfermo, haciendo una invocación á los espíritus, como lo hacen hoy los _mediums_ espiritistas, que se dedican al arte de curar. Hecha la invocación al _zemí_—algún muñeco de piedra, barro, madera ó algodón, que no faltaba como _dios penate_ en la choza indo-antillana—empezaba el _bohique_ á reconocer al enfermo. Entre las maneras que tenía de curar á los enfermos descollaba el _masaje_. Empezaba por los hombros y brazos, continuaba por todo el cuerpo y terminaba por las piernas, estregándolo siempre y soplando.[161] Si consideraban al enfermo muy malo daban orden á los parientes que lo sacaran del _bohío_ y lo llevaran al monte. Allí lo acomodaban, le dejaban algunas vasijas con agua fresca y algunas cosas de comer. Y de cuando en cuando iban á lavarlo con agua fría, por lo adicto que eran á las abluciones corporales.[162] El _bohique_ purgaba á sus enfermos con la semilla del _tau-túa_, ó ben purgativo; y probablemente también con la semilla del _tártago_, llamado hoy en Cuba y Santo Domingo _piñón_, y cuyo nombre primitivo hemos perdido. Estos arbolitos medicinales los cultivaba el indígena junto á su choza.[163]

El boriqueño enterraba sus muertos lejos de la casa, en simples sepulturas, colocando los cadáveres sentados. Al indo-antillano le acompañaba su amuleto, ó dios tutelar, hasta la fosa. Con el cacique difunto solía algunas veces enterrarse espontáneamente alguna de sus mujeres. Era el amor ciego y consecuente más allá de la tumba. Era la hembra fiel, siguiendo á su macho hacia lo desconocido. El amor violento y brutal arrostrando toda clase de peligros. Hoy pasa lo mismo con distinta morfología. La mujer, más sensible que el hombre, siempre está dispuesta al sacrificio.

Estrañará á algunos, que hayamos concedido civilización y un estado político-social-religioso al pueblo indio _boriqueño_, que vivía en completa desnudez, los hombres con un simple taparrabo, las mujeres casadas con un faldellín de algodón, la _nagua_[164], desde la cintura hasta los tobillos, y las doncellas como sus madres las parieron. Mas, esta sorpresa desaparece tan pronto tengamos en cuenta, que era un pueblo primitivo, morando en una zona tropical. El hombre de los países fríos, aunque sea salvaje, es el que procura satisfacer como una de sus principales necesidades el cubrir sus carnes, para resguardarlas de la inclemencia de las estaciones. El pueblo ario, que procedía de una zona cálida, al invadir la Europa, llevaba únicamente como vestido un mandil de cuero.[165]

Y respecto á civilización, nosotros opinamos, que desde el momento en que el hombre empezó á trabajar el _silex_ para procurarse armas y utensilios, rompió la cadena que le ataba á la vida nivelada de los demás animales y comenzó para él la civilización, lenta y trabajosa, pero progresiva, que ha llevado á la humanidad al estado actual de cultura y civismo.

CAPITULO VII.

El indo-antillano tenía religión.—Los tres frailes Pane, El Bermejo y Tisím.—Dos grandes agrupaciones de cultos religiosos: el animismo difuso y el condensado.—¿Qué culto correspondía al indígena boriqueño?—Sitio religioso del indo-antillano en el animismo difuso.—Amuletos ó dioses penates.—Los _zemis_.—El totemismo.—Zoolatría.—Fitolatría.—Antropomorfismo.—Idolos para proteger las sementeras, obtener la lluvia, facilitar los partos, conseguir caza, pesca y ayuda en los combates.—El espíritu benéfico morador de Luquillo.—_Yucajú_, convertido en _Yukiyu_, dios bienhechor de _Boriquén_.—Los dioses penates, ó _zemis_, eran irradiaciones de _Yucajú_.—El espíritu maléfico de _Boriquén_ venía de fuera.—_Juracán._—Los fantasmas nocturnos, ó _maboyas_, eran irradiaciones de _Juracán_.—Los adoratorios.—El _bohique_ ó augur curandero.—Ofrendas.—El _cojoba_.—Consejo de jefes y toma del _cojibá_.—Stahl niega religión á los boriqueños.—García les concede astrolatría á los haytianos.—Parecer de Colón, Mártir de Anglería, Pane, Las Casas y Oviedo respecto á la astrolatría indo-antillana.— Nuestra opinión.—Nebulosa concepción de ultratumba entre nuestros aborígenes.—Idea del bien y del mal.—No podían comprender en su estado _neolítico_, ó de la piedra pulimentada, la unidad absoluta de Dios.

El indio boriqueño rendía culto á la Divinidad en las rudimentarias formas de un pueblo _neolítico_. Las ideas religiosas de los pueblos primitivos vienen á ser á las ideas religiosas modernas lo que la alquimia á la química y la astrología á la astronomía. No podemos, por ende, exigir al indígena boriqueño una religión á la moderna. Entonces, les negaríamos el culto religioso y les llamariamos _ateos_, como calificaban los griegos á los primeros cristianos. La fe del hombre salvaje en un poder sobrenatural es el alborear del sentimiento religioso bajo la honda impresión de un miedo cerval á lo Desconocido. La ignorancia supina de las leyes físicoquímicas, que rigen el cosmos, le sugestiona de contínuo ante cualquier fenómeno de la naturaleza, del cual no puede darse explicación alguna. En este sentido el salvaje está al nivel del niño; es pueril en sus concepciones.

Hubo tres frailes que se dedicaron al principio del Descubrimiento de las Indias al estudio de las ideas religiosas de los indios. Fray Román Pane, que vino con Cristóbal Colón en el segundo viaje, y á quien el Almirante encargó inquiriese lo más que pudiera saber de los ritos y religión de los haytianos; por lo que Fray Román dejó el _Macorix_ abajo, donde vivía y se marchó á _Maguá_, el cacicazgo del valiente _Guarionex_, quien tenía á sus órdenes veinte y un _nitaynos_ ó caciques subalternos, que gobernaban los territorios de _Batey_, _Sabanacóa_, _Corojay_, _Cotuí_, _Cibao_, _Ciguay_, _Tuna_, _Guaybamoca_, _Goacoa_, _Janique_, _Marien_, _Maymón_, _Majagua_, _Macorix_ arriba, _Moca_, _Mayonix_, _Maguey_, _Manicú_, _Samaná_, _Yaguax_ y _Yaguahayucú_. Entre la gente de estos sitios de La Española fué que el decidido eremita benedictino hizo sus investigaciones religiosas. Su trabajo lo tituló _Creencia é idolatría de los indios é cómo observaban sus dioses_. El informe original, dado al Almirante en latín, se ha perdido y no se conserva de él más que una mala traducción al castellano, tomada de una hecha al italiano.[166]

Los otros dos frailes eran Fray Juan Borgoñón, el Bermejo, y Fray Juan de Tisím, ambos de la orden de San Francisco, que vinieron con el comendador Ovando, en 1502, cuando por vez primera arribaron los franciscos á La Española. Uno de ellos, el _Bermejo_, acompañó á Fray Román Pane á _Maguá_: cuya misión duró dos años, ayudados de un buen intérprete indio llamado _Guay Sabána_, que les fué muy adicto. Las Casas trató, íntimamente á estos tres frailes y tomó de ellos suficientes noticias; por lo tanto, el obispo de Chiapa es una buena fuente de información histórica sobre estos asuntos.

Todos los cultos religiosos pueden comprenderse en dos grandes agrupaciones. La primera abraza el _animismo difuso_ con sus correspondientes zoolatría, fitolatría, litolatría, falismo, cultos del agua, de la atmósfera, de los cuerpos celestes, de la tierra y el cielo, de instrumentos é industrias, de circunstancias y accidentes de la vida, de facultades, de cualidades y conceptos, de las representaciones figuradas, de los espíritus y de la vida de ultratumba. La segunda agrupación comprende el _animismo condensado_ con sus correspondiente naturalismo, politeismo, simbolismo, misticismo, sincretismo y monoteismo.

El animismo condensado representa ya un gran progreso religioso de la humanidad. Tenemos, por consiguiente, que buscar sitio para nuestro indo-antillano en el seno de la primera agrupación, ó sea en el animismo difuso. En los cementerios de nuestros indígenas se encuentran con profusión unas _figurillas_ de arcilla roja, cocida, que semejan animaluchos, como el sapo, ó una cara humana grotesca. Estos objetos, ocupando las fosas sepulcrales, demuestran patentemente, á parte los datos suministrados por los Cronistas, que el boriqueño tenía una creencia supersticiosa en estas figurillas. Es verdad que las encontramos también en las asas de algunas vasijas y platos; pero en estos recipientes tienen entonces más carácter de ornamentación que simbólico. El indio era enterrado con su amuleto ó _dios penate_; y teniendo el idolillo unas veces aspecto de animal y otras forma humana, la interpretación á esta variedad de figuras no puede ser indiferente.

El _totemismo_ es el culto de la naturaleza, que se manifiesta de varios modos. El vocablo viene de _totem_, blasón, y tiene por fundamento el aplicar nombres de animales á jefes de tribu; cuyos nombres, con la acción de la leyenda pasa á la tribu misma y termina por convertirse en _mito religioso_ con el tiempo. La cara de _sapo_ en el idolito indígena es la conservación del _totemismo_ en el período de zoolatría; cuyo culto, al tener el amuleto cara humana, había pasado lentamente de la _zoolatría_ al _antropomorfismo_, ó idolatría, en la que el _dios penate_ adquiere completamente naturaleza humana. Aún vemos estos tránsitos religiosos en nuestra actual sociedad, desde el trozo de _coral_ (litolatría) al cuello del niño, para ampararle del _mal de ojo_, hasta las imágenes y escapularios de los católicos. Los generales romanos más valientes solían llevar al cuello figurillas de sus dioses al marchar á la guerra, creyendo ciegamente en la protección y ayuda de ellos en los combates.[167] En el _totemismo_ se tienen ideas confusas de un poder sobrenatural, al cual se le tiene más miedo que amor, y cuya influencia directa se admite en todos los sucesos de la vida. De ahí surge el _dios penate_. La fe por teoría y la adoración por práctica. Apenas alborea entonces el elemento moral.

Refiere Las Casas, que “cuando algún indio iba caminando é veía algún árbol que con el viento, más que otro, se movía, de lo cual el indio tenía miedo, llegaba á él é le preguntaba: Tú, ¿quién eres? é respondía el árbol: Llámate aquí á un _bohique_ y él te dirá quien yo soy.”[168] Venía entonces el augur, practicaba unas cuantas ceremonias, cortaba el árbol, hacía fabricar á los artistas de la tribu una grotesca estatua del tronco y le consagraban una casa y sus ofrendas. La explicación de esto es bien sencilla: el pobre indio, sugestionado por el miedo, había oido todas esas voces, y era explotado por otro indio, el _bohique_, un embaucador, más listo que él. Generalmente el augur marchaba de acuerdo con el jefe de la tribu, el _cacique_. La historia de todos los tiempos. El culto de los árboles ha existido en Asiria, Grecia, Polonia, Francia, Vizcaya, Alemania, Inglaterra y otros muchos países, bajo otras formas, y hasta prestándole veneración profunda al mismo árbol.

En los ídolos _mamiformes_, de piedra, se encuentran muchos con la faz de múcaro, lagarto, ú otro reptil ó ave; y también algunos con pies humanos, los que comprueban el pase lento de la zoolatría al antropomorfismo. Luego vienen ídolos con cara y pies humanos, que confirman la completa transición mitológica. Había, pues, tres clases fundamentales de estas piedras _cónicas_. Describiendo el historiador Las Casas[169] los dioses de piedra de los indo antillanos dice, que unos eran para favorecer sus sementeras. Creemos nosotros, que estos serían los que tienen cara de lagarto, sabandija que anda siempre por los campos entre los sembrados. Otros ídolos eran para impetrar la lluvia y el buen tiempo. Opinamos, serían los que tienen faz de pájaro porque el ave cruza la atmósfera y se pierde á veces con su alto vuelo entre las nubes. Y los terceros eran para que las indias tuvieran buena dicha en parir. Estos ídolos corresponderían á los que tienen cara y pies humanos. Aunque el obispo de Chiapa no cita más que estas tres clases, nosotros, por inducción lógica, nos inclinamos á creer que los ídolos con figura de tortuga, ó de pez, serían para obtener buena pesca. Los de cara de múcaro para la buena caza. Y los que les recordaban sus valientes jefes los invocarían al emprender sus guerrillas.[170] Vése, empero, en toda esta morfología la variedad en la unidad religiosa.

Adelantemos más aún en nuestras apreciaciones. El indio de Boriquén creía desde luego en un _espíritu benéfico_, al tener en sus piedras cónicas determinadas aspiraciones religiosas á su favor: creencias que nos ha conservado el venerable Las Casas, observadas personalmente por él mismo y corroboradas con los informes precisos de sus cofrades, los otros tres religiosos citados. La cordillera central de la Isla, con su abrupto monte _Luquillo_, tuvo que impresionar vivamente la infantil imaginación de nuestros indígenas. En el _totemismo_, ó culto de la naturaleza, obsérvase la adoración de las montañas; pues bien, nosotros creemos que el artista boriqueño figuraba en sus ídolos _mamiformes_ pétreos el monte _Luquillo_, donde moraba para ellos el _espíritu benefactor_ de su país, representado en animal (zoolatría); en animal con pies humanos (período de transición mitológica); y en ídolo completo humano (antropomorfismo); llevando siempre á cuestas la Isla.

Una de las grandes preocupaciones de los pueblos primitivos ha sido idear cómo fué la creación de cielo y tierra. No hay que olvidar nunca, dice Lubbock[171], que la idea de los salvajes sobre la Divinidad es esencialmente diferente de la que profesan las razas superiores. Para ellos, el dios forma parte del cosmos. Así, pues, para nuestro boriqueño su benéfica divinidad formaba parte de la naturaleza de su Isla.

Ahondemos algo más en esta tesis religiosa. Fray Román Pane nos asevera, que los haytianos creían que su dios les daba y conservaba la _yuca_. Según Las Casas el dios de Hayti se llamaba _Yucahú Bagua Maorocotí_; manifestando el ingenuo cronista que no sabía lo que por este nombre los haytianos querían significar. Estudiemos filológicamente estas palabras. _Yucajú_ (Las Casas escribe _Yucahú_) palabra compuesta de _Yuca_ y _jú_. Ya sabemos que _yuca_ ó _yuka_ es el utilísimo tubérculo farináceo del cual hacían los indo-antillanos su pan _casabí_. El sufijo _hú_, _jú_ ó _yú_ significa _blanco_, según Rafinesque.[172] El segundo vocablo es _Bagua_, que en el habla indo-antillana equivale á la _mar_. En la palabra _Maorocotí_ hay aglutinación de raices. Ya sabemos que las lenguas americanas son polisintéticas. (Duponceau, Lucien Adams, etc.) Descompongamos, pues, este vocablo, _Ma-o-roco-tí_. En esta palabra, es nuestro parecer, están condensados los atributos de la divinidad haytiana. _Ma_, grande; _ti_, alto, elevado, poderoso; _o_, montaña; _roco_, el verbo, que da á conocer (_roco_ significa _conocer_) dichos atributos. Es decir, que _Yucajú Bagua Maorocotí_ equivale á _Yuca Blanca_; _grande y poderosa, como el mar y la montaña_. Este era para los haytianos su dios bienhechor. Robertson[173] incurre en un error, al afirmar que los habitantes de estas islas admitían seres, á quienes llamaban _Cemís_, y que los tenían por autores de todos los males que aflijían á la especie humana.

Reflexionemos un poco sobre las dificultades primeras de los indo-antillanos para poder extraer de un tubérculo venenoso, como la _yuca_, su alimenticio pan; y no nos extrañará su adoración simbólica (Fitolatría) á la bienhechora y misteriosa planta que los sustentaba. ¡Qué sorpresa, cuando manipulándola bien, por vez primera obtuvieron la buena harina! ¡Qué terror, cuando los mataba rápidamente, sin saber extraerle el farináceo producto! ¡Terrible misterio para la infantil imaginación de aquellos hombres primitivos! ¡Cuántos tanteos debieron haber tenido para llegar á la realidad conveniente de separar el _venenoso_ jugo de la _útil_ harina! Así como el hombre primitivo, al ver hervir el agua y percibir el rumor que se desprendía de la vasija, el movimiento contínuo de las burbujas de aire, y la agitación creciente del hirviente líquido, creyó que _allí_, en el fondo de la marmita, había un _espíritu supremo_, que de repente se le manifestaba, de igual modo el indo-antillano creyó que en la misteriosa acción de vida y muerte que se encierra en la _yuca_, existía un _poderoso espíritu_, que le convenía acatar y venerar para tenerle propicio, á fin de que le favoreciera siempre con la parte bienhechora de la misteriosa planta.

Corrobora nuestro aserto el valor que le daban ciertos pueblos indios al vocablo _yuca_. En el lenguaje _tupí-guaraní_ significa _matar_. De _yuká_, matar, derivaron los _tupí-guaraní_ el vocablo _tupá_, dirigido á la Divinidad, y que equivale á _quién es_, significando _qué espíritu_ residiría en _aquella_ planta, la _manioca_ ó _yuca_, que producía á veces la _muerte_, y también daba la _vida_, mediante su alimenticia harina. Y nosotros opinamos, que esta lengua, la tupí-guaraní, ha sido la madre de la _caribe_ y de la _aruaca_. Todavía encontramos la palabra _yuca_, con igual significación, _matar_, entre los Oyampis del Brasil[174] y los Cumanagotos[175] y Tamanacos de Venezuela.[176]

Pasemos á _Boriquén_. La misma unidad religiosa tenían los boriqueños. Solamente que á nosotros no ha llegado más que el primer vocablo _Yucahú_, conservado en el nombre que se le asigna hoy al monte _Luquillo_, el más alto de la Isla. Los primeros españoles que vinieron al Boriquén oyeron á los indios decir _Yuquiyú_, y sin precisar la difícil fonética de una lengua desconocida, juzgaron que se trataba de algún cacique _loco_; adjudicándole desde luego, sin más reflexión, el diminutivo de esa palabra. Los indios de la isla _Yucayú_, de las Bahamas, han pasado á la historia con el nombre de _Lucayos_, trastocando los cronistas la _Y_ en _L_, y la _u_ final en _o_, para castellanizar la palabra. Lo mismo ha pasado, con otros muchos vocablos indo-antillanos, cambiando, suprimiendo ó agregando letras y sílabas.