Prehistoria de Puerto-Rico

Part 3

Chapter 33,531 wordsPublic domain

Tenemos en nuestro poder, procedentes de los campos de Hatillo, y hemos visto también recogidos en Mayaguez, esos restos fósiles, que denominan _lenguas petrificadas_, y que son dientes fósiles de animales de la época terciaria. Estas mal llamadas lenguas petrificadas, han sido los primeros restos paleontológicos que en la inmediata isla de Cuba dieron la voz de alerta del paso de grandes animales antediluvianos por estos territorios. En un principio se puso la objeción, que eran debidos al arrastre de las aguas; pero los hallazgos posteriores y el encontrarlos en perfecto estado, suprimieron las dubitaciones y hoy es una verdad científica comprobada, que la isla de Cuba estuvo en un período geológico unida al inmediato Continente. El diente fósil que poseemos, y los que hemos visto, corresponden perfectamente á una de esas especies extinguidas de la época terciaria, al formidable _Carcharodon_, gigantesco _tiburón_, de más de 20 metros de longitud, destructor y voraz, á juzgar por el tamaño, configuración y fortaleza de estos dientes.

Según Lacepède[37] el origen de designar á estos dientes fósiles con el raro nombre de _lenguas petrificadas_, proviene de que los primeros ejemplares fueron obtenidos por los naturalistas en la isla de Malta, donde se les encuentra frecuentemente, y donde se les llamaba así, desde tiempos tradicionales, por referir la leyenda, que fueron lenguas de serpientes, cambiadas en piedras por San Pablo, cuando este apóstol fué á dicha isla á predicar el Evangelio y encontró el país infestado de serpientes. Se les ha llamado también _glossopetras_[38], _odontopetras_[39], _ichthyodontes_[40] y _lamiodontes_.[41]

Se han encontrado ejemplares de estos dientes fósiles, además de la isla de Malta, en muchas otras partes. En el Museo de historia natural de París hay uno muy grande, procedente de Dax, cercanías de los Pirineos, y que, según los cálculos del sabio naturalista Lacepède, perteneció á un tiburón de 23 metros de longitud, por lo menos. La espedición del _Challenger_ los recogió del fondo del Océano Pacífico. Y en la Florida se encuentran en los _estratos_ de la época terciaria.

Creemos, que tras estos hallazgos, vendrán otros más positivos, como serán los de los grandes mamíferos ya encontrados en la isla de Cuba; y lo que es hoy una verdad científica respecto á la gran Antilla se comprobará con relación á Jamaica, Santo Domingo y Puerto Rico, según vayan adelantando los estudios de investigación. Y, al fin, esta ciencia dará la mano á la Geognosia para afirmar la unidad geológica del _Continente Antillano_.

CAPITULO III.

Prehistoria y protohistoria.--Indeterminación de fechas.--Thomsen: ley cronológica de la industria humana.—Mortillet: edad de la piedra y sus períodos eolítico, paleolítico y neolítico.— Colecciones etnológicas de Puerto Rico: Látimer, Acosta, Los Jesuitas, Stahl, Neumann, Nazario.—Nuestra colección prehistórica boriqueña.—Restos humanos en yacimientos del interior y de la costa de la Isla.—Fijación social del autóctono boriqueño en el período de la _piedra pulimentada_.— Opinión contraria de algunos autores.—El taller de piedra de la gruta de _Miraflores_, en Arecibo.—Pérdida del lenguaje indo-antillano.—Conservación de los idiomas indios del Continente.—El boriqueño trabajaba también la arcilla.— Utilizaba los huesos de pescado.—Conocía el oro é ignoraba el uso de los demás metales.—Desconocía el uso doméstico de la sal.—Collares de piedra.—Los siete collares del tesoro de Caonabó.—Su significación.—La muerte y el olvido tras la Conquista.—Las tribus boriqueñas.—Sus jefes.—El _dujo_.—El boriqueño no había llegado en su civilización al último grado del período neolítico.—Carencia de túmulos.—_Tal vez_ se encuentren algún día.

La naturaleza es un libro abierto al investigador y en ella escudriña el hombre las huellas de la raza extinguida con el afán que le domina por conocer los orígenes de la humanidad.

Hace veinte y cinco años se usaba la palabra _ante historia_ para caracterizar los tiempos que han precedido á las anotaciones de los primeros cronistas; pero hoy usamos el vocablo _prehistoria_; y cuando nos acercamos á los períodos más modernos y de alguna documentación, aunque nebulosa, usamos de la dicción _proto-historia_.

El punto en el cual los tiempos prehistóricos terminan es variable, según los países. Por ejemplo, para Europa, en lo que se refiere á España, Francia y Alemania, pertenece á la raza de Canstad, á la de Cro-Magnon y á la de Furfooz; viniendo además el cráneo de Neanderthal, exhumado en 1856, y la bóveda craneana de Eguisheim, en 1867, á dar mayor base científica paleo-etnológica á estos estudios; pues la mandíbula de Moulin-Quignon resultó un _engaño_ de los obreros de Abbeville, según el parecer de la célebre comisión de sabios, presidida por Milne-Edwards, que averiguó que dichos obreros pretendieron ganar 200 francos á Mr. Boucher de Perthes. Así, pues, mientras para Grecia y Roma la historia bien conocida de griegos y romanos determina en ellos la cesación de los tiempos prehistóricos; para los franceses vienen á terminar con los celtas; para los españoles con los celtíberos; y para los alemanes con la introducción del cristianismo en la época germánica. De manera que para los griegos la época de los pelasgos sería su protohistoria[42]; para los romanos la época etrusca[43]; para los franceses la época céltica[44]; para los españoles, la celtíbera[45] y para los alemanes la germánica.[46] Lo que revela la variabilidad é indeterminación de fechas cronológicas sobre este particular, en correlación únicamente con el desenvolvimiento civilizador histórico.

Thomsen[47], de Copenhague, en 1836, formuló la ley cronológica del desarrollo de la industria humana, y dividió los tiempos prehistóricos en tres edades: _edad de la piedra_, en la cual el hombre no conocía los metales y explotó el _sílex_ y las piedras calcáreas; _edad de bronce_, que vino á sustituir á la piedra en las armas y en los utensilios domésticos; _y edad de hierro_, que sustituyó á la anterior con la explotación de este utilísimo metal. Y Mortillet[48] dividió la _edad de la piedra_ en otros tres períodos sucesivos: eolítico, paleolítico y neolítico. Tres palabras de origen griego, para designar respectivamente el origen de la piedra, la antiguedad de la piedra y las nuevas piedras en las manos del hombre como utensilios. El _eolítico_ es para el período geológico terciario; el _paleolítico_ es para el cuaternario; y el _neolítico_ para el período cuaternario reciente. El primero, por lo tanto, corresponde al origen de la humanidad, y los otros dos á su desarrollo en la nebulosidad de la prehistoria. En la América, la clasificación de Thomsen hay que modificarla, poniendo en lugar de la edad de bronce la edad del _cobre_, pues este metal fué el qué empezó á sustituir á la _piedra_ en el Continente Americano.

En Puerto Rico pocas personas se han dedicado á recolectar objetos arqueológicos para el estudio del hombre prehistórico. Las primeras colecciones podemos referirlas á la primera Exposición que hubo en el país, el año de 1854.[49] En ese primer Certamen de nuestra actividad humana expuso don Jorge Látimer, distinguido comerciante de esta ciudad, entre una variedad de objetos, los siguientes, interesantes para el estudio del hombre indo-antillano:

=Un ídolo= de mármol negro, jaspeado de verde, encontrado en una cueva de la isla de Santo Domingo.

=Tres ídolos= de piedra, encontrados en una gruta del interior de esta Isla: dos blancos y el otro negro. Además, un pedazo blanco de un ídolo roto.

=Dos cráneos= y un pedazo de tinaja de barro cocido, hallados en un cementerio de indios.

=Una piedra=, figurando la cabeza de una higuana, con cuatro patas, cola y alas.

=Cuatro hachas= de piedra.

=Dos pedrezuelas= agujereadas, para colgar al cuello.

Posteriormente, don Jorge Látimer siguió enriqueciendo su colección arqueológica, habiéndola regalado después á _Smithsonian Institution_, museo nacional de los Estados Unidos.

En 1876, Otis T. Mason hizo un estudio especial de esta Colección[50], la que en 1903 tuvimos el gusto de ver detenidamente en aquel hermoso centro de Prehistoria antropológica.

En esa misma Exposición y según la citada Memoria descriptiva del señor Viña, presentó don José Julián Acosta varios objetos, pertenecientes á muchos indígenas puertorriqueños, y fueron:

=Dos ídolos= de piedra, afectando la forma de serpiente enroscada, sobre la cual se adapta una especie de cara con ciertos rasgos de fisonomía humana. Encontrados en Yauco.

=Un ídolo= de piedra, que representa una figura extraña, porque en su conjunto participa de la del hombre y de la del mono. Se encontró en tierras de un ingenio de Ponce.

=Un hacha= de piedra.

Los Jesuitas tenían, allá por los años de 1865, en el museo del Seminario-Colegio de la calle del Cristo, en San Juan, una colección de collares, ídolos, hachas y otros objetos de piedra, pertenecientes á los indígenas. Entre todos estos objetos recordamos, por haber estudiado nuestro Bachillerato en dicho Colegio, que llamaban la atención las bandas ó collares pétreos de tres tamaños.

El doctor don Agustín Stahl[51] poseía en el inmediato pueblo de Bayamón, una variada colección arqueológica, que ha cedido al museo de New York. El señor don Eduardo Neumann[52] ha cedido también los valiosos objetos prehistóricos que poseía, á Smithsonian Institución de Washington.

El presbítero don José Nazario[53] tiene reunida una brillante colección de objetos prehistóricos indo-antillanos. Es de sentir que el padre Nazario no la hubiese descrito al final de su libro, como tan acertamente lo hizo el doctor Stahl en su citada obra. Nuestro sabio amigo da á conocer primero una bellísima variedad de hachas, que el indio utilizaba enclavándolas á la extremidad de un fuerte mango de madera. Pasa luego el autor á los ídolos y anota las piedras mamiformes con cara humana, ó de reptil y pies de hombre. Y finalmente detalla las figurillas grotescas de barro cocido.

Los demás _amateurs_ de objetos arqueológicos, hallados en Puerto Rico, los han enviado á los museos de Europa ó Estados Unidos; ó no los han dado á conocer sus dueños.

Nuestra colección prehistórica indo-antillana se compone de:

=Dos collares ó bandas.= Uno tiene los trabajos de ornamentación del cincel á la derecha, el otro á la izquierda. Son de roca granítica, como la que se usa para el baldosado de las calles. Encontrados en el barrio _Bayaney_, jurisdicción de Hatillo, en dos cuevas distintas. Largo, 42 centímetros; ancho, 30 centímetros; grueso, 8 centímetros arriba y 10 centímetros abajo, entrambos. Cedimos uno al doctor Velazco de Madrid, en 1877, para su museo.

=Un dujo.= De piedra de asperón gris. Largo, 40 centímetros; ancho, 11 centímetros. Cuatro patas de 4 centímetros de diámetro y 6 centímetros de alto. El respaldo figura la cola de una tortuga. Esta sillica de piedra fué hallada en Utuado. Es de suponer perteneciera al célebre cacique Guarionex, régulo del _Otoao_, que ocupaba aquella comarca, en la época de la conquista española, de 1508 á 1511. Este _dujo_ es un objeto indo-antillano simbólico de soberanía cacical. El jefe, puesto en cuclillas sobre esta pétrea sillica, presidía las asambleas de _nitaynos_ para deliberar.

=Un mortero.= De asperón gris. Imita un _dujo_. Ha tenido mucho uso á juzgar por el hueco que tiene en el centro. Largo 35 centímetros; ancho 16 centímetros; alto 10 centímetros. Cuatro patas gruesas de 6 centímetros de diámetro. Hallado en Arecibo. Opinamos, que este mortero lo usaba el boriqueño para moler _bija_ (el grano que conocemos nosotros con el nombre de _achiote_), y preparar con aceite vegetal del _carapa_ el unguento con el cual se embadurnaba todo el cuerpo para preservarse de las picaduras de los mosquitos; y también para el _tatuaje_ ó caprichoso pintado de la piel.

=Una mano de mortero.= De asperón gris. Es el complemento del almirez de piedra, anteriormente descrito. Esta mano de mortero está ornamentada en su terminación superior con una cara humana grotesca. Largo, 11 centímetros; ancho, 7 centímetros. Hallada en Arecibo.

=Una máscara= de piedra. De roca arenisca. Largo, 17 centímetros; ancho, 13 centímetros. Interesante objeto arqueológico indígena, por tener trabajados _oblícuamente_ los ojos, al figurar una cara, que prueba la mezcla mogólica de la raza americana. Hallada en Barros.

=Un ídolo raro.= Muy cincelado, figurando un pez. De roca granítica. Largo, 7 centímetros; ancho, 6 centímetros. Encontrado en Utuado. Muy original é interesante ejemplar.

=Un ídolo mamiforme.= De mármol blanco. Largo, 13 centímetros; ancho, 6 centímetros; alto, 3 centímetros. Figura un cono sobre un animal. Opinamos, que simboliza la montaña _Luquillo_, el monte más alto de la Isla, reposando sobre un batracio. Es _Yukiyú_, el dios protector de Boriquén, que concedía la _blanca yuca_ al indio, para su alimenticio pan _casabí_. Encontrado en Arecibo.

=Un ídolo mamiforme.= Como el anterior. De asperón. Largo, 16 centímetros; alto, 11 centímetros; ancho, 9 centímetros. Hallado en Barros.

=Una piedra plana=, con el dibujo de un rostro circular, con ojos, nariz y boca. Opinamos simboliza la luna. De asperón gris. Largo, 15 centímetros; ancho, 10 centímetros. Hallado en Arecibo.

=Un punzón=, de piedra pulimentada, figurando un cincel. De pedernal. Largo, 12 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrado en la cueva de _Miraflores_, de Arecibo. Opinamos sería para trabajar en aquella gruta los _pillar-stones_, ó piedras pilares, que servían á los boriqueños para limitar sus juegos de pelotas. Interesante objeto, por lo raro en las colecciones arqueológicas indo-antillanas.

=Un hacha=, de piedra pulimentada. De asperón gris. Largo, 25 centímetros; ancho, 8 centímetros. Encontrada en Arecibo. Opinamos que es de la clase que destinaba el boriqueño á la tumba de árboles.

=Un hacha=, de piedra pulimentada. De serpentina. Largo, 21 centímetros; ancho, 8 centímetros. Con señales de mucho uso en el encaje del mango de madera. Encontrada en Gurabo.

=Un hacha=, de piedra pulimentada. De pórfido. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Bello ejemplar, matizado de puntos rojos. Hallada en Arecibo.

=Un hacha=, de piedra pulimentada. De diorita. Largo, 12 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrada en Lares.

=Un hacha=, de piedra pulimentada. De pórfido. Largo, 10 centímetros; ancho, 4 centímetros. Hallada en Arecibo. Este ejemplar tiene la particularidad de tener un brillo tan acentuado, que parece barnizada. Este _barniz_ es debido á la acción del medio _arenisco_, donde ha estado durante tantos años esta piedra enterrada.

=Un hacha=, de piedra pulimentada. De pedernal. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrada en Ponce.

=Un hacha=, de piedra pulimentada. De roca cuarzosa. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Hallada en _Arenalejos_, Arecibo. Esta hacha tiene figura distinta de las demás descritas anteriormente: la manera de terminar la parte destinada al corte es diferente á las otras.

=Un hacha=, de piedra no muy pulimentada. De pedernal. Largo, 5 centímetros; ancho, 3 centímetros. Hallada en _Bayaney_, Hatillo.

=Un collar=, de piedras pequeñas. Son diez y ocho pedrezuelas, como cuentas. Están taladradas en dos direcciones. Opinamos, que estos agujeritos han sido hechos para colocar en ellos plumas de colores. Dos cuentas son turquesas, seis son de mármol blanco y diez de mármol jaspeado. Este collar fué encontrado en los campos de Utuado, por el farmacéutico don Federico Legrand. Estaban las pedrezuelas dentro de una ollita de barro cocido, en unión de una pequeña vértebra de pescado, y tapada con una concha de almeja. En nuestro Repertorio Histórico de Puerto Rico[54] dedicamos un artículo á este interesante hallazgo.

=Una ollita=, de arcilla roja, cocida. Muy bien trabajados sus bordes con ornamentación de líneas circulares y verticales, guardando cierto paralelismo. Opinamos, que era el joyerito de una india, pues dentro de esta ollita fué que el licenciado Legrand encontró el collar de piedras y la vértebra de pescado, descritos anteriormente.

=Un mortero=, de piedra. De arenisca. Muy usado, por los desgastes que presenta al examen. Largo, 17 centímetros; ancho 15 centímetros; alto, 8 centímetros. Puesto al revés tiene la figura de la bóveda superior de un cráneo humano. Encontrado por el doctor Curvelo en una finca de su propiedad en las montañas de Arecibo.

=Una mano de mortero.= De arenisca. Muy usada. Corresponde al mortero, anteriormente descrito. Largo, 13 centímetros; ancho, en la base, 6 centímetros; en el vértice, 3 centímetros.

=Una cazuela=, de piedra. De asperón gris. Largo, 25 centímetros; ancho 23 centímetros; alto 10 centímetros. También revela haber prestado mucho uso. Hallada en Arecibo.

=Una piedra plana=, figurando una cara. De asperón grís. Largo, 9 centímetros; ancho 7 centímetros. Procedente de Lares.

=Una bola=, de piedra. De granito. Largo 11 centímetros; ancho 9 centímetros; alto 7 centímetros. Encontrada en Hatillo.

=Una piedra=, de diorita, empezada á tallar. Largo 20 centímetros; ancho 14 centímetros; alto 17 centímetros. Procedente de Barros.

=Una figurilla=, de arcilla roja, figurando una cara grotesca. Largo, 5 centímetros; ancho 3 centímetros. Amuleto indígena. Encontrada en Arecibo.

=Una figurilla=, de arcilla cocida, imitando una rana. Largo, 4 centímetros; ancho, 3 centímetros. Amuleto indígena. Hallada en Arecibo.

Entre estos despojos arqueológicos, hallados en Puerto Rico, hay que tener en cuenta, que algunos son exóticos, traidos á Boriquén en la época indo-antillana: ya mediante las relaciones comerciales que sostenía el indígena boriqueño con sus vecinos los quisqueyanos, por reducido que fuera comercio era al fin, ó ya dejados en esta isla por los Caribes de Barlovento, en algunas de sus piráticas incursiones. De nuestra colección prehistórica nos parece _caribeña_ el hacha de _Arenalejos_ (Arecibo). Y el idolito figurando un pez, hallado en Utuado, nos inclinamos á creer que no es de origen boriqueño.

En varias partes de la Isla existen lugares designados con el nombre de _cementerios de indios_; y hay cavernas como la _cueva de los muertos_ de Utuado, á las que se les atribuye el haber servido para el sepelio de cadáveres en la época indo-antillana. De la investigación de estos sitios se han obtenido despojos de huesos humanos, amuletos de arcilla, alguno que otro objeto de piedra y restos de potería. El explorador doctor Pinart, de París, recogió algunos cráneos en una de las cuevas de Arecibo. Nosotros poseemos uno, indudablemente boriqueño, dadas sus condiciones craniológicas de reducida capacidad (1,420 cm), método de Broca, índice mesaticefálico (77.78), aplastamiento natural del frontal y del occipital, las órbitas cuadrangulares y megasemas y el esqueleto de la nariz mesorriniano.

El encontrarse estos yacimientos de restos humanos lo mismo en las playas que en el interior del país, presupone desde luego, que el pueblo boriqueño, en la fijación de sus poblados, utilizaba los centros de la Isla y también las costas. En aquellos se refugiaba de las piraterías caribes que eran muy frecuentes al E. y al S.; y en éstos utilizaba la buena pesca marítima de algunos puntos de la Isla.

No se han encontrado en nuestras costas, esos sitios llamados en la arqueología prehistórica _kjockkenmoedings_, es decir, despojos de cocina: montículo de conchas marinas, situado sobre los bordes del mar, indicando una estación de pueblo primitivo, que vivía en dicho sitio, sobre todo, de la abundancia de mariscos. Mezclado con las conchas se encuentran cenizas, carbón, huesos, objetos de piedra y restos de potería. Se han encontrado estos _joquemodingos_ (castellanizando el vocablo) en Chicago, California, Méjico, Brasil, Guayana y otros puntos de América. En Europa son comunes en Dinamarca, Irlanda y Portugal. Existen también en el Japón y Nueva Zelandia. Revelan una civilización muy rudimentaria. Le corresponden las piedras talladas en bruto, sin pulimento. Empezaban sus moradores á idear el hacha, usando un pedazo de _silex_ con corte en la punta ó en un costado.

Los restos arqueológicos, que tenemos coleccionados, y los que han ido á nutrir los Museos extranjeros, son focos de potente luz para alumbrarnos en la ruta que emprendemos á fin de conocer al hombre prehistórico de Puerto Rico. La meditación sobre estos restos pertenecientes á un pueblo colombino que ya no existe, haciendo abstracción de la referencia de los Cronistas que estuvieron en contacto con él, nos revela el estado del hombre primitivo en el período de la _piedra pulimentada_. El boriqueño hacía uso de la piedra arenisca, de la diorita, del pórfido, de la piedra de toque, del feldespato, de la serpentina, del mármol y del barro cocido para trabajar sus hachas, sus ídolos, sus distintivos de mando y sus utensilios domésticos; y después los cincelaba y pulía cuidadosamente.

No faltan escritores que opinan, que los indo-antillanos usaban estas piedras porque las encontraban al paso, pero que no sabían trabajarlas; y suponen que estos objetos pétreos pertenecían á otros pueblos. Este es un error craso. Los que pretenden encontrar en los indo-antillanos los restos degenerados de otro pueblo y de una civilización perdida no van por el camino de la verdad prehistórica. No solamente tallaba el boriqueño la piedra, sino la cincelaba, pulía y ornamentaba con paciente labor. La cueva de _Miraflores_, en la jurisdicción de Arecibo, era un taller de piedra de los indígenas. La hemos explorado cuidadosamente. Tenemos en nuestra colección un buril de pedernal, obtenido en ella por Mr. Denton, propietario de la finca donde radica esta gruta. Todavía se encuentran allí iniciados los trabajos de algunos _pillar-stones_, de las columnitas que servían á los indígenas para limitar sus juegos de pelotas, tan bien descritos por Las Casas. Aquellas caras esculpidas en los paredones no son _zemís_ ó dioses, sino los remates superiores de los pilares ó columnitas, no acabados de desprender del bloque de arenisca del paredón. Sorprendió al artista, ó á los artistas, la invasión colonizadora europea que introdujo en la Isla otra vida y otros usos y costumbres.

Al llegar los españoles al Archipiélago, la vida indo-antillana se perturbó por completo y no podemos exigir á los cronicones detalles minuciosos de toda ella. Ni siquiera se pudo recoger el lenguaje. Ni el más sencillo vocabulario. El que poseemos lo hemos formado con suma paciencia, recogiendo las palabras perdidas en las narraciones. ¿Cómo iban á continuar los infelices isleños en sus difíciles trabajos pétreos, que requerían tan paciente brega, al caerles encima la terrible irrupción extranjera? ¡Cuántas cosas se tragó la conquista de las islas, que en la invasión del continente se pudieron conservar con la ayuda de los misioneros franciscos y domínicos! Entre ellas, los idiomas. Empero, no faltó explorador que viese al antillano afilando su hacha, pues Pedro Mártir de Anglería en su correspondencia á Pomponio Leto[55] le dice entre otras cosas: “Hierro no tienen, pero de ciertas piedras de río forman instrumentos fabriles.”