Por las dos Américas

Part 9

Chapter 93,877 wordsPublic domain

«Parece que les faltan a los latino-americanos la conciencia moral, el sentimiento de la responsabilidad personal, un claro sentido de distinción entre lo justo y lo injusto, antes que entre lo correcto y lo incorrecto, y una apreciación vigorosamente concreta de las cualidades más esenciales para la diaria tarea del progreso individual y social. Igualmente, por el lado ético de su psicología, se nota la carencia o el insuficiente desarrollo de la tenacidad en los propósitos, de voluntad indomable, de precisión y claridad en lo que se proyecta y se ejecuta y de fuerza de carácter. Así ocurre que el sentido moral en estos pueblos tiende a asumir más bien una forma artística o estética. El latino-americano prefiere, para llegar a un fin, no el más conducente y seguro de los caminos, sino el más fácil y el más bonito».

Después de este párrafo sería de pedirle al señor Shepherd que dijera qué les queda a los latino-americanos en materia de buenas cualidades.

El mismo señor Shepherd ha comprendido que tal pregunta iba a brotar necesariamente en busca de desahogo, y asume en el último momento una actitud curiosísima e ingenua. Ha comprendido que era menester calmar el escozor de tanto latigazo y no ha encontrado mejor medio que esparcir sobre los verdugones el aceite balsámico de la duda. Tras todas sus afirmaciones contundentes se convierte en una especie de Montaigne, suelta de su mano la balanza de los valores morales y sociales, y dice con toda frescura: «Si los diferentes rasgos constituyen verdaderos defectos o no, si el latino-americano posee virtudes en abundancia para compensarlos en el primer caso, si nosotros mismos tenemos tantos o más defectos de otro orden, son cuestiones que no atañen al asunto principal que se ha tenido en vista. No se trata aquí de la superioridad de los norte-americanos o de la inferioridad de los sud-americanos, sino simplemente de diferencias entre ellos».

«Sin quererlo, escuché una vez en la casa en que vivía en Nueva York, una conversación que un señor sostenía por teléfono con alguien que debía de ser su confidente o amigo». «Le manifesté, decía el señor, con el tono de las más suave unción, con un tono de sacristán santurrón, que no se metiera más en mis asuntos... ¡Ah! sí, se resistió, lloró (se trataba sin duda de una pobre mujer); pero le dí un poco de dinero y tuvo que conformarse». Y continuó el señor hablando con su voz meliflua, untuosa, satisfecho y tranquilo, como si nada grave hubiera ocurrido. Entre tanto, yo veía el drama de una infeliz criatura abandonada y el hombre que hablaba me pareció un traidor que hubiera dado una puñalada por la espalda y que se imaginaba que desaparecía el dolor causado por él, gracias a la beatitud de su palabrería calmada y falsa.

Felizmente el caso no tiene con el del señor Shepherd otra analogía que la del engaño sufrido por ambos sobre la virtud supuesta a las palabras. ¿De manera que, al fin de cuentas, resulta para el señor Shepherd que el egoísmo, la impulsividad, inmoralidad, versatilidad, falta de solidaridad social y tantas otras características por el estilo de los latino-americanos pueden ser defectos o nó? ¿Resulta que el altruismo, reflexión, moralidad, energía, constancia, fuerza de voluntad y carácter de los norte-americanos, pueden ser virtudes o nó? ¿Resulta que entre los dotados con aquellas cualidades, y los adornados con éstas no hay razones de superioridad o inferioridad, sino simplemente de diferencia?

El autor que había formulado en el curso de su estudio, proposiciones tan categóricas y mostrado una conciencia ética tan sólida, concluye por negar todos los valores. ¿Puede significar este cambio la expresión de un estado real de espíritu? Imposible. Lo que ha habido es que el señor Shepherd no se ha resignado a mantener hasta el fin el tono de su trabajo, y, en servicio del pan-americanismo, como veremos luego, ha preferido terminarlo como acaban las discusiones en un salón, con un «Ah, sí, estamos de acuerdo, todo depende del punto de vista», dicho en medio de la más plácida sonrisa de los circunstantes, sin que nadie quede convencido y para que siga la fiesta.

El señor Shepherd es un distinguido e ilustrado profesor de historia, tenido como una autoridad en la que se refiere principalmente a los pueblos del Nuevo Mundo. Es, además, una simpática persona de gentil figura, coronada por una cabeza hermosa, fuerte y prematuramente blanca. Al recorrer el estudio psicológico que acabo de analizar, no he podido representarme al autor, sin embargo, con el continente grave del catedrático y bajo la inspiración, por decirlo así, del espíritu científico y ecuánime de un Aristóteles, sino que sonriéndose bajo la influencia del demonio travieso de Aristófanes o de un sainetista cualquiera. Hay en realidad en el ensayo mucho de la burla risueña, a veces también sangrienta, de la comedia o del sainete.

Suele advertirse, además, falta de ahonde psicológico. Ha dicho el señor Shepherd que los latino-americanos se retraen de jugar con los niños porque son muy ceremoniosos y temen menoscabar su gravedad, si así lo hicieren. Me parece que la causa de ese hecho es más profunda, y por desgracia, más lamentable. La gente adulta que no juega con los niños, procede así, no por respeto a un ridículo decoro externo, sino porque ha perdido cierta sana y pura ingenuidad que le permitiría ponerse en armonía con los pequeños, porque sus espíritus estragados sufren el hábito de los placeres mundanos demasiado salpimentados y no saben encontrar goce en los movimientos sencillos de los niños.

Habiendo ido a ver al señor Shepherd, me pidió mi opinión sobre su estudio.

--Es una caricatura, no un retrato, le dije. Es como si nosotros pretendiéramos hacer una silueta de la mujer norte-americana diciendo, porque hemos visto algunas en esta facha, que es una mujer pintada y mal vestida, que goza de la compañía de un perrito que lleva de una cadena, pudiendo agregar todavía que hay veces en que suele llevar de a dos.

--La culpa la tienen ustedes mismos, amigo mío, me contestó. Todas mis informaciones las he tomado de autores sud-americanos como Bunge, Colmo, Arguedas, F. García Calderón y otros.

No puede caber duda sobre que esto sea verdad; pero también es cierto que el historiador debe hacer la crítica de las fuentes que utiliza, valorizarlas y rectificarlas con investigaciones más completas.

* * * * *

¿Qué ocurriría con el pan-americanismo si el folleto del señor Shepherd fuera leído por todos los habitantes de ambas Américas y sus proposiciones aceptadas como verdades inconcusas?

No en un caso de difusión tan vasta, pero sí en algún efecto sobre el particular debe de haber pensado el señor Shepherd, porque termina con las siguientes palabras:

«Si tanto los latino-americanos como nosotros manifestamos un espíritu tolerante y amistoso hacia los aspectos de nuestra mutua divergencia, y si ambos nos abstenemos de herir los lados sensibles que dicha divergencia engendra, cuidando más bien de respetarlos, tanto más clara se presentará la perspectiva de esa cordial, completa y genuina inteligencia y cooperación entre las naciones del Nuevo Mundo que hará del pan-americanismo una realidad».

Muy bien dicho; pero, de acuerdo con este párrafo, lo mejor habría sido--para abstenernos de herir los lados sensibles que la divergencia engendra--que el señor Shepherd hubiera resistido a la tentación de escribir su ensayo psicológico.

Este párrafo final se halla colocado a continuación de aquella frase que hemos examinado hace poco en que el señor Shepherd dice que las diversas cualidades de los norte y sud-americanos no entrañan razones de superioridad o inferioridad para unos o para otros, sino simplemente motivos de diferencia. Como estas palabras, se encuentran las anteriores despegadas del contenido sustancial del artículo y casi en contradicción con él: son margaritas puestas sobre un sarmiento.

De todas maneras, debemos agradecer cordialmente al señor Shepherd lo que él desea que ocurra entre los pueblos del Nuevo Mundo; pero la verdad es--contestando la pregunta que formulábamos antes--que si el ensayo de nuestro autor fuera leído y aceptado como cierto por los americanos del norte y del sur, el pan-americanismo sería poco menos que imposible.

Para que subsista una institución como el pan-americanismo, que ha de ser lazo de unión, solidaridad y cooperación entre las naciones de este continente, es menester que haya estimación entre ellas. Y me parece que si los norte-americanos nos creyeran poseedores de los caracteres con que nos pinta el señor Shepherd, no podrían estimarnos.

Por otra parte, una unión fundada tan sólo en la conveniencia de los norte-americanos y en la superioridad de ellos, no sería pan-americanismo, ni cabría que fuera aceptada por nosotros.

Pero me imagino que afortunadamente los más de los norte-americanos que se preocupan de estas cosas, no piensan como el señor Shepherd y nos ven con mejores ojos, sobre todo a las naciones meridionales de nuestro continente. De esta suerte trabajan en los Estados Unidos en pro del pan-americanismo un núcleo apreciable de estadistas, de escritores y de profesores. Debo decir que en casi todos los profesores que conocí encontré los mejores sentimientos hacia los hispano-americanos. Como el pan-americanismo presenta igualmente un aspecto industrial y comercial, que no es de los de menos monta, figuran también entre sus propulsores caracterizados financieros y hombres de negocios[13].

Perturba el franco desarrollo de un verdadero pan-americanismo la propia debilidad de los pueblos hispano-americanos que engendra suspicacias respecto de la política de los Estados Unidos. Esta suspicacia, no se puede negar, ha sido a veces muy justificada de parte de las naciones del mar antillano y de algunas de los trópicos en lo que se refiere sobre todo a la actitud del partido republicano que ha manifestado por lo común tendencias imperialistas.

Para que termine la situación de inferioridad de los pueblos hispano-americanos, no bastarán el crecimiento y los progresos aislados que ellos pueden alcanzar. Es menester que se unan y den lugar a la formación del latino-americanismo, que entraría a ser un miembro poderoso del pan-americanismo, capaz de presentarse dentro de él como una entidad más o menos equivalente a la fuerza enorme que significa la gran República del Norte. Y no se diga que se oponen a la consecución de tan elevado ideal rivalidades y enconos incurables que obran entre los pueblos de este continente, porque semejante aserto puede ser verdadero sólo en lo que se refiere al momento actual o a una perspectiva de corto tiempo; pero las naciones son organismos seculares y se debe pensar en orientar las almas de estos pueblos hacia fines que las edades por venir han de llevar a cabo. Entre Francia e Inglaterra y entre Francia y España, ha habido muchísimas más odiosidades y guerras en el curso de la historia que entre Chile y el Perú, lo cual no ha obstado a que lleguen a convivir en nuestros días en una situación de sincera amistad. ¿Por qué desconfiar de que el tiempo y la sabiduría de los hombres lleguen a producir una armonía análoga o superior entre nuestras colectividades separadas hasta ahora por agrios pleitos?

La política de los demócratas de los Estados Unidos ha sido favorable al pan-americanismo, por cuanto no se ha dejado llevar por fantasías imperialistas. En dos discursos pronunciados en ocasiones solemnes, uno en Mobile en octubre de 1913, y el otro en Washington en enero de 1916, con motivo del Segundo Congreso Científico Pan-americano, el Presidente Wilson ha hecho declaraciones importantes y tranquilizadoras sobre las pretensiones de los Estados Unidos, que no significarían ninguna amenaza para la integridad territorial e independencia de las naciones latinas del Nuevo Mundo.

Pero de todas maneras, si éstas no se unen y no elevan de este modo su poder e importancia, sería de temer que el pan-americanismo no fuera nada más que una asociación formada por una gran nación rodeada de una clientela de pequeños estados.

No vendría sino a confirmar este temor la actitud de rechazo del tratado de paz asumida por la mayoría del Senado norte-americano, entre otras razones, por una celosa defensa de la doctrina Monroe.

Es sabido que en el tiempo en que fué formulada por el Presidente que le dió su nombre, vino esta doctrina a satisfacer una necesidad vital de los nacientes estados del Nuevo Mundo. Significó el «América para los americanos» un grito de política genial, un arma defensiva alzada para resguardar de las ambiciones europeas la autonomía y los territorios de las repúblicas de este lado del Atlántico que entonces se debatían en medio de las dificultades y debilidades de sus primeros ensayos de vida libre; fué un «vade retro» lanzado por las nuevas democracias en contra de las viejas monarquías absolutas de derecho divino agrupadas en la Santa Alianza.

Tuvo en aquellos momentos la doctrina exclusivamente el carácter político que le correspondía, y en nuestros días, a falta de otra aplicación mejor, ha tomado también caracteres económicos. Con el trascurso de los años y el afianzamiento de los estados hispano-americanos, desapareció la posibilidad de que los europeos pudieran establecer colonias propias en el Nuevo Mundo; pero no por esto ha dejado de ser el monroísmo una preocupación constante de los políticos norte-americanos. Mas la doctrina ha perdido por completo en su concepción la claridad que la distinguía en un principio, cuando tenía un fin también claro que llenar y ha sido objeto de las más variadas lucubraciones respecto de su significado. Dicen ahora los monroístas que la inversión de capitales extranjeros en un país atrasado puede conducir fácilmente a la absorción económica y que ésta se convierte pronto de una manera abierta o disimulada en tutelaje político. Agregan que en la América Latina abundan las oportunidades para tales manipulaciones y que los Estados Unidos deben estar, en consecuencia, muy listos para intervenir a tiempo.

De aquí seguramente la nerviosidad con que la mayoría del Senado ha defendido el mantenimiento de la doctrina de Monroe dentro de la interpretación exclusiva del gobierno norte-americano; pero creemos que los pueblos latino-americanos que tienen que considerar esa doctrina como un principio que ya cumplió con su misión, no pueden dejar de estimar tal exclusivismo como contrario a la igualdad y confraternidad pan-americana e inaceptable para su independencia y soberanía.

NOTAS:

[7] Acertada expresión propuesta por la señora Amanda Labarca en su bien informado e interesante libro sobre «La Escuela Secundaria en los Estados Unidos».

[8] Más detalles sobre la enseñanza secundaria en los Estados Unidos pueden verse en la citada obra de la señora Amanda Labarca Hubertson. Volveré también sobre este asunto en la introducción del ensayo sobre las universidades norte-americanas.

[9] El problema racial en los Estados Unidos es serio. Hay diez millones de negros, y, éstos son fuertes, altivos y díscolos. El odio y desprecio de raza entre blancos y negros está palpitante y ha dado lugar en los últimos tiempos a choques sangrientos.

[10] South of Panamá. En el librito intitulado «Las Democracias Americanas y sus deberes», me he ocupado del sociólogo Ross y de su obra.

[11] E. L. Bogart. Profesor de economía de la Universidad de Illinois. The Economic History of the United States. P. I.

[12] The Journal of Race Development, enero 1919.

[13] Entre los intelectuales se destaca en esta labor el señor Pedro H. Goldsmith, alto funcionario de la Institución Carnegie. Por su sincero entusiasmo, su amor a las literaturas hispano-americanas y por su deferencia afectuosa hacia los latino-americanos, es una verdadera encarnación del pan-americanismo.

Deseo no dejar de declarar aquí también que lo dicho respecto del señor Shepherd se refiere sólo al ensayo que hemos analizado. Su labor ha sido y es mucho más vasta, y lo considero animado de las mejores intenciones en pro del pan-americanismo.

[Ilustración]

CAPÍTULO VI

CARACTERES DE LOS NORTE-AMERICANOS

Juicios severos de algunos profesores. — Los caracteres esenciales. — Eficiencia económica. — Espíritu democrático y patriótico. — Sin ceremonias y rudos de maneras. — Actividad y alegría. — Moralidad (la familia y el divorcio). — Religiosidad. — Idealismo social.

Creo que ha llegado el momento de suspender la desordenada descripción de impresiones que he venido haciendo y tentar una síntesis de las cualidades que puedan presentarse como los rasgos característicos de este gran pueblo norte-americano. La tarea no es fácil y se halla expuesta a los errores que son propios de las grandes generalizaciones; pero de hecho todo el mundo la hace. Lo más frecuente es que entre personas que han pasado por Estados Unidos se hagan preguntas como ésta: «¿Qué piensa Ud. de los yanquis?» y que el interrogado conteste que le parecen así o asá, expresando de una manera clara, terminante, sin matices, juicios favorables o adversos.

Voy a apuntar estas sugestiones de psicología social como notas para que otros las completen más adelante. Puedo anticipar que mi ánimo es el que resulta de una impresión favorable y que me inclino a no aceptar algunos juicios bastante severos que me ha tocado escuchar a dos profesores universitarios respecto de sus compatriotas.

Asistí a una conferencia que en la Universidad de Columbia daba sobre americanización el profesor Franklin H. Giddings, catedrático de sociología en la misma universidad. Por su aspecto no se tomaría a Giddings por americano. Su cara más bien ancha, de ojos azules bondadosos, de barba recortada terminada en punta y de grueso bigote, hace pensar en un inglés que llevara en sus venas bastante sangre céltica. La sólida contextura de su cuerpo, de espaldas cuadradas y lo demasiado recio del bigote, sugieren la idea de un herrero o de un caballero medioeval. Uno se lo imagina fácilmente revestido de loriga y casco, teniendo por delante, asida a dos manos, la pesada espada de empuñadura de cruz. Pero es uno de los más eminentes cultivadores de la sociología en los Estados Unidos y autor de numerosas obras de alto valor científico en la materia.

Dijo Giddings que el problema de la americanización de la población del país se había hecho apremiante con motivo de la guerra europea. Hay centenares de miles o millones de habitantes que no hablan, ni leen, ni escriben el inglés. Hay millones que no reciben la sana influencia del hogar ni de iglesia alguna. Encareció la importancia de la escuela para llenar estos vacíos y entró a tratar de labores intelectuales. Con este motivo apuntó el juicio severo a que he hecho referencia. Dijo que a los americanos les faltaba el verdadero idealismo, el idealismo interno, espiritual, que conduce a admirar la inteligencia en todas sus formas.

Otro profesor en conversación privada me expuso: «Sería muy interesante escribir una buena psicología de los norte-americanos. Se me ocurre que como uno de los rasgos fundamentales se podría señalar la hipocresía o _cant_. Observe no más lo que ha pasado después de la guerra con el famoso principio de que los pueblos sean los únicos árbitros de sus propios destinos (principio de la _self-determination_). Este concepto ha tenido fuerza suficiente para afirmar los derechos a la autonomía de los polacos, checo-eslavos, yugo-eslavos, etc., es decir, de los súbditos de los imperios centrales; pero ha resultado sin ninguna eficacia en lo que respecta a los irlandeses, egipcios, indios, etc., ni tampoco lo será para los nicaragüenses, panameños y otros pueblos semejantes, esto es, para todos los que se encuentran dentro del bloque del Imperio Británico y de la República Norte-americana. A pesar de la proclamación de aquel brillante principio, el destino de los pueblos ha quedado ahora como antes, entregado al veredicto de la fuerza; los vencedores han llevado la bandera de la libertad al territorio de sus enemigos, pero no la han plantado en su casa. Mientras tanto, la gente se complace aquí en cerrar los ojos sobre estas cosas y en aparentar creer que la _self-determination_ ha sido una gran norma aplicada con igual justicia en todas partes. Pura hipocresía. Otro rasgo fundamental sería el afán del dinero. El norte-americano no habla más que de negocios y dólares».

Me parece que tal vez la censura de Giddings no se halla muy lejos de lo cierto; pero que en los juicios avanzados por el otro profesor, cuyas palabras he transcrito, hay demasiada amargura y exageración.

Por mi parte preferiría señalar como caracteres fundamentales de la colectividad norte-americana la eficiencia económica y el espíritu democrático y patriótico. Resultan luego como cualidades sobresalientes en el término medio de los individuos, el buen fondo moral y la religiosidad, la actividad, la iniciativa y la alegría; pero, al mismo tiempo, hay que observar frecuentemente en ellos la exageración y la rudeza de las maneras.

Por último, en las clases cultas o _élite_--que aquí es muy vasta--es patente la inspiración de un generoso idealismo práctico orientado hacia las obras de progreso y de solidaridad social.

LA EFICIENCIA ECONÓMICA--Esta espléndida condición de la colectividad norte-americana es de aquellas que saltan desde el primer momento a la vista del más superficial viajero. Es de esas verdades sencillas que tienen la virtud de imponerse tanto a los espíritus sagaces como a los que no lo son. Conviene que la tomemos como punto de partida en el análisis en que estamos empeñados.

En todas las ciudades de este país, los rascacielos, los palacios, los magníficos hoteles, el brillo del comercio y la animación de las calles dan testimonio de una potencia económica extraordinaria, que se manifiesta todavía de mil otras maneras. El derroche de luz en las noches y la vida de los teatros, restoranes y _cabarets_, son exponentes de una gran riqueza general. Los monumentos de Washington y los ciclópeos puentes de Nueva York proclaman con una fuerza deslumbrante el vigor y la capacidad del pueblo que los ha hecho. Mes a mes corren millones en favor de obras de cultura, instituciones de beneficencia, iglesias y colegios. El Ejército de Salvación había dicho que necesitaba doce millones de dólares para atender a sus trabajos relacionados con la guerra y para reponerse de los quebrantos que ésta le había causado, y en una semana reunió quince. La Universidad de Cornell celebró en los primeros meses de 1919 el quincuagésimo aniversario de su fundación, y, entre los muchos obsequios de que fué objeto, había un cheque por un millón de dólares, mandados por un ex-alumno para que se atendiese a la renovación de los gabinetes de ciencias.

«El más notable rasgo del reciente desarrollo industrial de los Estados Unidos, dice Bogart[14], ha sido el enorme desarrollo de las manufacturas, sea considerado en absoluto o en comparación con otras industrias. Desde 1850 a 1900, la población del país aumentó en más del triple (de 23.191.876 a 76.149.386)[15], y los productos de la agricultura se triplicaron (de $1.600.000.000 a =$4.739.000.000=. En el mismo tiempo, las manufacturas mostraron un crecimiento que equivale a un aumento de diez y nueve veces del monto del capital invertido (de $533.000.000 a $9.835.000.000) y a doce veces en el valor de los productos (de $1.019.000.000 a $13.014.000.000). La mayor parte de esta expansión fenomenal se verificó en las dos últimas décadas de la pasada centuria, que presenciaron el descubrimiento y utilización de los recursos naturales del país en una forma sin precedentes, la extensión de los mercados interiores, gracias a la mayor colonización del Oeste, el progreso y abaratamiento de los medios de transporte y la aplicación más completa de inventos que economizan el esfuerzo humano.