Por las dos Américas

Part 8

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El establecimiento y los alrededores que le pertenecen presentaban el día que fuí a verlo un bellísimo aspecto. Sólo por la muchachada que se ve jugando en los campos adyacentes puede pensar uno que se halla en un colegio. Por lo demás, nada se ofrece a la vista que evoque las formas generalmente severas, a veces lóbregas y tristes, de los colegios ubicados en los pueblos. Las avenidas por que se hace el tránsito desde la estación, están orladas de árboles en flor; la tierra, de suaves colinas, cubiertas de un tapiz verde brillante, es un deleite para los ojos; y de todo fluye, estimulado por el sol primaveral, un perfume penetrante, tibio y entonador, el rico y sano perfume de los campos y de la vida que se renueva.

En medio de este ambiente, diseminados entre prados, se levantan los edificios de la academia que consisten principalmente en tres chalets, que sirven de residencia para los internos, un pabellón, donde se encuentra el comedor para todos y la cocina, dos pabellones donde se hallan las salas de clases y gabinetes, el gimnasio y la enfermería.

En cada chalet (_dormitory_) viven de quince a veinte alumnos bajo la dirección de un _master_ que es al mismo tiempo profesor. El primer piso está ocupado por un saloncito, una espléndida biblioteca, y un salón de reuniones en cuyas mesas se encuentran revistas, periódicos y juegos de diferentes clases. En el segundo piso están los dormitorios. Cada estudiante tiene su piececita que adorna y decora a su gusto. En el centro hay baños de tina de mármol.

Como he dicho, la academia es una escuela secundaria; pero comprende seis años de estudio y no cuatro como ocurre en la generalidad de las de su clase en los Estados Unidos. También se diferencia de estas últimas en que, según se desprende de su nombre, es del tipo clásico, académico, que predominaba en el país a principios del siglo XIX. Las reformas de la enseñanza han introducido sucesivamente diversas categorías de establecimientos de instrucción secundaria, como ser el liceo comercial (commercial high-school), el liceo técnico (technical high-school), del cual vimos un modelo en Oakland y el liceo integral[7] (cosmopolitan high-school), que comprende dentro de un mismo instituto toda clase de cursos, desde los que tienden a suministrar una instrucción liberal o clásica hasta los destinados a dar una preparación vocacional. Estos son los planteles que cuentan a la fecha con más aceptación en el concepto público, y se pueden citar como más afamados dentro de este orden a los de San Luis y Cincinnati. En el plan de estudios de la Academia de Milton en cambio no figuran ramos comerciales, ni técnicos, ni industriales, ni dispone el establecimiento de talleres de carpintería, herrería y electricidad, tal cual se ven en muchas otras escuelas del mismo grado. Tiene, sí, bien montados laboratorios de física, química y biología. El plan de estudios comprende las siguientes asignaturas:

En primer año: Inglés, Historia, Geografía, Latín y Matemáticas.

En segundo año: se agregan a las anteriores Francés y Alemán.

En tercer año se agregan Griego y Ciencias Elementales.

En cuarto año se mantienen las anteriores y en lugar de Ciencias se introduce Biología.

En quinto año se cambia Biología por Química.

En sexto año se cambia Química por Física.

No deja de aplicarse hasta cierto punto en la academia el procedimiento aceptado hoy por doquiera en los Estados Unidos de la electividad de algunos ramos. Así tenemos que los estudiantes pueden tomar Francés o Alemán, Griego o Ciencias o Biología o Historia. Química es también un ramo electivo y los que entran a estudiarla pueden dejar a un lado la Historia o el Latín.

Fuera de la importancia dada a los estudios liberales y científicos, cabe señalar como otra característica de la academia el interés dedicado a la educación física. Ya hemos mencionado el pabellón de gimnasia. Para ejercicios al aire libre cuentan los alumnos con magníficos campos de juego, de foot-ball, de tennis y con una amplia laguna para patinar en el invierno. Generalmente después de las dos de la tarde no hay clases y los muchachos pueden entregarse a toda clase de deportes.

Profesores y estudiantes forman parte de la Asociación Atlética de la Academia de Milton y del Club Científico. Los alumnos han organizado también el «Club de la Mandolina», el _Glee Club_ (club de la alegría o de los alegres) y el Comité Dramático que tiene a su cargo los entretenimientos teatrales.

Los internos pagan mil dólares al año por instrucción y pensión, los medio-pupilos de los cursos superiores trescientos cincuenta y los de los cursos inferiores, trescientos[8].

Se llama «colegio» en los Estados Unidos a un establecimiento que viene después de la escuela secundaria y forma los departamentos básicos del edificio universitario.

El Colegio de Wellesley es, como he dicho, para niñas y figura entre los más afamados de Nueva Inglaterra. Se halla situado cerca de la aldea de su nombre, a cuarenta minutos de Boston.

Visitarlo fué motivo para mí de un mayor encanto aun que el que me había causado la Academia de Milton. Los campos de Wellesley son más hermosos y el terreno, de ondulaciones más pronunciadas que en Milton, ofrece más bellas perspectivas con prados magníficos y numerosos árboles.

Desde muchos sitios elevados se divisa un precioso lago que se encuentra dentro de los lindes del colegio. En nuestro camino encontramos niñas en bicicleta que corren por las avenidas.

Una vez en medio de los pabellones del colegio, los trajes claros y alegres de centenares de niñas hacen una fiesta de luz y de colores bajo el sol primaveral.

Algunas de las alumnas andan en traje de montar. A nuestro regreso, una partida de ellas pasa al trote de sus cabalgaduras bajo los árboles.

De todos los edificios, el más hermoso es el «Tower Court», donde tienen sus dormitorios alrededor de doscientas niñas. Es un verdadero palacio de estilo gótico, debido a la munificencia de una señora. En el primer piso se encuentran amplios y elegantísimos salones y comedores y en los pisos superiores se hallan las piezas de las niñas que son una monada y de cuyas ventanas se goza del apacible y seductor paisaje de los campos adyacentes.

Fuí invitado por la directora a tomar el lunch en compañía de varios profesores y profesoras. Como siempre ocurre en las comidas escolares de este país, la sobriedad fué la nota característica. Se sirvió una crema, un guiso del cual se ofreció repetición porque no había ninguna otra cosa sólida que comer y, por último, una sencilla compota de postre, y café. Todos los comensales se manifestaron deseosos de conocer algo sobre la educación pública de Chile y les hice una sucinta reseña sobre el particular para satisfacerlos de la mejor manera que me fué posible.

Muchas niñas viven en _sororities_ o hermandades en pequeños pabellones dentro de los terrenos del colegio. Hay una que lleva el nombre de Shakespeare y su hall ha sido construído imitando la vieja casa del gran poeta.

El colegio admite internas, medio-pupilas y externas. Las primeras pagan seiscientos dólares al año, las segundas cuatrocientos sesenta y cinco, y las terceras doscientos veinticinco.

Para los cuatro años de estudio se ofrecen los siguientes cursos: Arqueología clásica, Astronomía, Botánica, Química, Economía y Sociología, Educación, Inglés, Francés, Español, Italiano, Alemán, Griego, Latín, Geología y Geografía e Historia, Higiene, Matemáticas, Filología, Filosofía y Psicología, Física, Arte de hablar, Fisiología y Teología y Música.

Cada uno de estos cursos se subdivide a su vez en gran variedad de asuntos. Dentro de ellos deben las alumnas elegir el número necesario para completar la cantidad de unidades requeridas para graduarse.

El colegio confiere los títulos de Bachiller en Artes y de Maestro en Artes.

Las jóvenes tienen a su disposición una rica biblioteca de 90.000 volúmenes.

Es muy interesante una institución de las alumnas por medio de la cual cooperan al buen gobierno del establecimiento.

De acuerdo con la dirección, han formado ellas una llamada «Asociación en pro del Gobierno del Colegio de Wellesley», que tiene como órganos directivos un Gabinete y una Cámara de Representantes, compuestos de miembros elegidos entre los estudiantes y un Senado en que, además de cierto número de alumnos, figuran algunos individuos de las facultades. Las atribuciones de estos cuerpos se hallan claramente especificadas en sus estatutos. De esta suerte las alumnas toman vivo interés en la marcha del colegio, y se ejercitan al mismo tiempo en las prácticas de la autonomía o _self-government_, lo que no puede ser sino favorable para su educación.

* * * * *

--¿Qué dicen de nosotros por allá, cómo nos juzgan? suele ser una preocupación de los hispano-americanos.

Y la primera de las verdades es que en los Estados Unidos impera por lo común la más perfecta ignorancia sobre nuestros países.

--¿Qué cantidad de indios bravos tienen ustedes en su territorio? me preguntaba un profesor de un colegio de California.

--No, señor, tuve que contestarle, no hay indios bravos entre nosotros... ni negros[9]. Fuera de unos pocos miles de indios más o menos civilizados, el núcleo de la población es de raza blanca homogénea, con un pequeño tanto por ciento de mestizos.

También es cierto que desde la gran guerra ha aumentado visiblemente el interés por nuestro continente, y, en consecuencia, por el estudio del idioma español.

Conocí en San Francisco a una distinguida señora que me llamó mucho la atención. Bajo sus canas de abuela, conservaba notables rasgos de belleza y era sumamente vivaz en su trato y en sus maneras. «Mi marido, nos dijo, no reclama de mí muchos cuidados especiales; todos mis hijos están casados; así fué que de repente me encontré con que no tenía nada que hacer, y para dar un empleo a mi vida, me he puesto a estudiar español. Ustedes ven que no lo hablo tan mal. Estoy dichosa».

Luego sacó de su maletín un librito que llevaba en él y agregó:

--«Es una obra en castellano. Yo no pierdo el tiempo; y, de vuelta, en el auto o en el tranvía, me voy leyendo».

De todo el ser de la señora brotaba la más sana y contagiosa alegría, tan propia de la gente norte-americana, aunque haya llegado a una edad avanzada.

Esta señora estudiaba castellano sin duda por deporte. Unos pocos se dedican a él teniendo en vista el profesorado o el amor a las letras; pero los más lo hacen con el propósito de entregarse a los negocios en el continente meridional.

En casi todas las universidades que visité había cursos de español y en algunas eran bastante numerosos, como por ejemplo en la de California, que contaba con más de trescientos alumnos.

En esta Universidad y en la de Cornell he visto reunirse fácilmente audiencias de más de doscientos estudiantes, y otras personas capaces de seguir y entender perfectamente conferencias en español. También las alumnas del curso superior del Colegio de Wellesley dieron pruebas de poseer la preparación suficiente para entender un discurso que se les pronunció sobre cosas de Chile. El profesor F. B. Luquiens, de la Universidad de Yale, está empeñado en enseñar el castellano siguiendo más bien las formas del idioma hispano-americano y no las del peninsular propiamente dicho. Busca para esto como base los libros y las revistas sud-americanas.

En las escuelas secundarias de Nueva York, el idioma extranjero que más se cultiva es el español. Hay 25.000 estudiantes que siguen esta lengua, mientras el francés cuenta sólo con 20.000, el latín con 15.000 y el alemán con 3.000.

* * * * *

Es claro que no puede haber unanimidad de pareceres para juzgarnos entre los que se han ocupado de nosotros. No han faltado quienes se hayan expresado en términos encomiásticos sobre algunos países de la América Latina, como Rowe, Elihu Root y Roosevelt. Otros han distinguido muy acertadamente entre las naciones del sur del continente y las de los trópicos. Así Eduardo Ross, al afirmar que los pueblos sud-americanos padecen de anemia cerebral, a causa de la obsesión sexual que los domina, tiene el cuidado de agregar que se exceptúan de esta falla orgánica Chile, la Argentina, y el Uruguay[10]. Que haya encontrado por mi parte acertada la distinción entre pueblos meridionales y tropicales, no significa que acepte por completo la afirmación de Ross en lo que se refiere a las gentes tropicales.

Otros no se detienen en distinciones para juzgarnos y nos pasan a todos los hispano-americanos por el mismo rasero. E. L. Bogart, con motivo de entrar a tratar del desarrollo económico de los Estados Unidos, dice: «Sólo cuando los dones de la naturaleza son abundantes e inteligentemente utilizados por el hombre, puede una nación llegar al más alto grado de fuerza y de prosperidad. La existencia por sí sola de grandes tesoros naturales no ha sido bastante para lograr el desarrollo de una raza débil y amante de la comodidad como los latino-americanos»...[11].

El profesor William R. Shepherd de la Universidad de Columbia, ha publicado un estudio sobre la psicología de los latino-americanos, en que los rasgos con que quedamos pintados no son más halagadores que los anteriores[12].

«Los principales aspectos en que la psicología del latino-americano, dice Shepherd, difiere de la nuestra, son su egoísmo, impulsividad e inmoralidad». Hace el autor algunas sutiles disquisiciones para dar a entender que estos términos no deben ser tomados al pie de la letra sino, como si dijéramos, en un sentido menos amargo; pero lo cierto del caso es que no encuentra otras expresiones para las cualidades que él señala como características. «El egoísmo del latino-americano se presenta ordinariamente en un triple culto: el de la persona, el de las formalidades y el del exclusivismo. Se atribuye a sí mismo una superioridad innata y es, en consecuencia, orgulloso, vanidoso y arrogante. Celoso de su dignidad personal en una forma ultra-aguda, exige que se la respeten absolutamente, sin atenuaciones circunstanciales. Así como en otros días en España y Portugal había el afán de ser hidalgo o fidalgo, de igual suerte el latino-americano necesita ahora figurar como la cabeza de cualquier cosa o, por lo menos, estar seguro de que su nombre ha de aparecer en forma prominente en conexión con alguna importante empresa. Es una especie de manía o enfermedad la de tener algún puesto público. Aparte de esto, se manifiesta el impulso egoísta en un exagerado formalismo, en el rigor con que deben ser observadas las reglas de conducta oficial y social. En todo se revela el triunfo de lo artificial. De aquí proceden el bien pronunciado decoro y etiqueta, la corrección estiradísima, el ceremonial puntilloso que disuenan en países republicanos de donde monarcas y cortes, nobleza y aristocracia, fueron desterrados hace cien años. La conservación también de títulos pomposamente laudatorios para funcionarios e instituciones, de brillantes uniformes para los diplomáticos, de un complicado tren y escoltas militares para los presidentes y aun la banda de seda de colores nacionales y con el escudo patrio bordado en ella que lleva el jefe del Estado en ocasiones solemnes, son incompatibles con la simplicidad democrática. ¿Y qué decir de la costumbre de ponerse frac en pleno día para asistir a funciones oficiales»?...

Se nota la delectación con que el señor Shepherd ha hecho este cuadro en que no ha escatimado el colorido. Un norte-americano puede hacerlo porque pertenece a un pueblo que es efectivamente sencillo y poco ceremonioso; pero no es raro que caiga en exageraciones.

Veamos cómo sigue la pintura:

«Tan poderoso es el convencionalismo en la conducta social que hace virtualmente imposible toda adaptación a condiciones especiales que puedan presentarse. Sería una exageración sin duda afirmar que, mientras el norte-americano sabe mostrarse serio y revestido de dignidad en los momentos oportunos, el latino-americano escoge precisamente para ello los más inoportunos. (El señor Shepherd ha tenido el cuidado de colocar al principio de la frase la palabra «exageración»; pero este es un recurso literario para suavizar el golpe: la afirmación queda y se corrobora con ejemplos como se verá en seguida). Cuando entre los latino-americanos se juntan hombres y niños, aquellos se apartan de éstos en lugar de tomar parte con sana alegría en sus juegos y deportes. No sería compatible con la respetabilidad de gente grave proceder de otra manera. Un norte-americano en un picnic se divierte; un latino-americano se aburre. Aún en un banquete, o en otra comida más o menos festiva, cuando llega el momento de los discursos, la jovialidad que ha podido reinar antes, debe ceder su lugar a una apropiada seriedad; el flujo oratorio que se va a descargar no aguanta bromas. Un extranjero se complace en salpicar su discurso con historietas interesantes; pero un latino-americano quiere mantenerse necesariamente sólo en el plano de la grandilocuencia».

Pasemos a otro aspecto.

«Es propio de los latino-americanos rechazar todo pensamiento de cooperación y carecen, por lo mismo, de verdadera solidaridad social. En lugar de unirse a otras personas en un plan de colaboración mutua, prefieren empequeñecer lo que otros hacen. Se hallan animados de un criticismo que siempre destruye y nunca construye».

Este último rasgo es desgraciadamente a menudo muy cierto; pero luego vuelve el autor a las exageraciones y cae en una afirmación falsa en sus dos términos, tomados en conjunto, como la siguiente:

«Tan arraigada se encuentra esta inclinación a empequeñecer que da lugar a una paradoja. Visita un latino-americano a Nueva York y su actitud es la de un hipercrítico ante todo lo norte-americano. Una vez de regreso en su país entra a censurarlo y vilipendiarlo todo comparándolo con lo que dice haber visto en Norte América».

Criterios llevados a uno o a otro extremo me ha tocado encontrar algunas veces; pero jamás me ha sido dado apreciar que una misma persona haya asumido las dos actitudes. El alma humana es tan compleja, sin embargo, que no sería imposible que se presentara el caso; pero es proceder un poco a la ligera señalar esa característica como propia de un grupo entero de naciones.

Ya hemos expresado que los latinos-americanos son impulsivos.

«Una faz de su impulsividad, dice Shepherd, la hallamos en su verbosidad. En la casa, en la calle, en los negocios, en los halls del congreso reina como soberana la locuacidad. Hacer discursos en cada ocasión y a la más leve provocación es la orden del día. Si, como ocurre muy a menudo, el discurso puede ser leído, tanto mejor porque una larga extensión y la posibilidad de variadas digresiones se encuentran asegurados de esta suerte. Lo último le encanta al latino-americano y él lo llama pintorescamente «mariposear», es decir, pasar de un tópico a otro, como mariposa de flor en flor, sin ahondar ni detenerse por mucho tiempo en ningún tema».

«...El resultado neto del discurso es abundancia de palabras en lugar de ideas, hablar largo y tendido en vez de hablar bien y concretarse a la cuestión».

«El latino-americano es elocuente, sí; pero su elocuencia toma a menudo la forma de una retórica florida, de un derroche de brillante palabrería en que se nota la falta de originalidad. Tanto a su oratoria como a su literatura le faltan espontaneidad ingenua, naturalidad, simplicidad y concretación. Reflejan ellas más sentimentalidad que sentimiento; el pensamiento queda escondido o su ausencia disimulada en medio de la extravagancia y de la exageración lingüística y se echa de menos una verdadera facultad creadora».

¿Acaba de hablar el señor Shepherd de la exageración en el lenguaje como de un rasgo distintivo de la literatura hispano-americana? Sería de creer que él en sus viajes por los países de nuestro continente y en su trato con algunos libros sud-americanos se hubiera dejado picar por ese bicho que debe poner vidrios de aumento en los ojos ya que hemos visto no pocas manifestaciones de su influencia en el ensayo que analizamos.

No se puede negar que los juicios que pronuncia el señor Shepherd sobre la literatura latino-americana son en gran parte exactos; pero me parecen incompletos. Se refieren exclusivamente al tropicalismo. Me imagino al señor Shepherd a este respecto, sentado en su gabinete de trabajo en Nueva York y mirando hacia el sur, para hacer sus observaciones. Escudriña y escudriña; pero, mareado por las selvas ecuatorianas, su vista no alcanzó a percibir nada más allá del trópico, donde, por lo menos la sobriedad en el lenguaje literario no es una cosa rara.

Veamos otros caracteres.

«En lugar de examinar de antemano, lenta, paciente, sistemáticamente la practicabilidad de una medida propuesta y sus posibles resultados, el latino-americano necesita que su panacea se ensaye sobre la marcha, sea que se trate de algo que él ha leído en los libros, o que ha oído como llevado a cabo en otros países. Si esto es aplicable o no a su propio país, le importa poco. Su razonamiento es muy elemental, de la más simple analogía; se reduce a lo siguiente: si una cosa ha sido implantada con éxito en otra parte, puede serlo también entre nosotros».

«El latino-americano, de esta suerte, desea las innovaciones, pero toma a menudo como un progreso lo que es sólo un experimento. No la posibilidad de duración que permite a lo nuevo madurar y llegar a ser realmente sistemático constituyen su objetivo; los cambios producidos por una gran cantidad de proyectos que nunca se convierten en hechos realizados, son su encanto. No es extraño así que sus constituciones políticas no pasen de ser mucho papel en lugar de formar los fundamentos prácticos de sus gobiernos, y que sus instituciones sean únicamente un andamiaje, dentro del cual no se ha podido levantar todavía ningún edificio sólido».

Muy bien; pero una vez más las selvas tropicales perturbaron la vista del autor, lo absorbieron por completo y le impidieron ver la totalidad del campo que ha pretendido estudiar.

«Marcha a la par con todo esto el quijotismo de los latino-americanos, o sea la ausencia de cierta cordura que impide soltar la riendas del dominio de sí mismo. Les seduce tentar lo imposible e ignoran la desproporción que hay entre lo que uno pretende y lo que puede hacer. No van tras la ejecución de una empresa que, aunque difícil, sea realizable, sino que los enamoran lo impracticable y los espejismos de visionarios».

«Así como la impulsividad da lugar a una moción muy repentina, de igual modo el esfuerzo que produce se agota rápidamente y pronto vienen a sucederle la indiferencia y, a veces, la más positiva inercia. El apasionado entusiasmo con que el latino-americano principia cualquier cosa pronto decae. Formará sociedades, asociaciones, ligas, institutos y cuanto queráis, y tomará todos los acuerdos del caso; pero una vez publicados los nombres y retratos de los organizadores e iniciada la indispensable, aunque laboriosa y obscura obra del comité, los grandes hombres (_big-men_) dejan de manifestar interés y lo mismo hacen los pequeños hasta que todo el negocio se hunde en el limbo del olvido. Con poca disposición, al parecer, para toda tarea larga y difícil, regular y continua, el latino-americano vuelve entonces sus ojos al Gobierno, para que éste haga lo que debía haber sido hecho por iniciativa privada».

Desgraciadamente esto es también muy a menudo cierto.

Vamos a llegar a los últimos toques del cuadro.