Part 7
Corrimos todavía otra aventura antes de instalarnos definitivamente. Leíamos con avidez todos los días los centenares de avisos de los diarios relativos a pensiones, departamentos y piezas de arriendo; y uno nos tentó. Se ofrecía pieza y pensión en una de las mejores calles de _Uptown_, y, según decía el aviso, los dueños de casa formaban un hogar cristiano, circunstancia que nos pareció una garantía en medio de la babilonia neoyorquina. Agréguese que tendríamos oportunidad de practicar el inglés a las horas de comida. Predispuestos de esta suerte, aceptamos sin mucha dificultad los precios elevados que nos fijó la señora, quien se encargó de repetirnos lo que ya habíamos inferido de la lectura del aviso periodístico. «En mi casa se lleva vida de familia», nos dijo. Y, en efecto, no se podía negar que el personal de la casa era gente bien, y poco numeroso.
Pero muy pronto pudimos notar que las cosas no iban aquí por el camino de lo confortable, ni de lo abundante, ni de lo cómodo. ¡Cómo nos acordábamos de las que ahora considerábamos esplendideces de los hoteles de Berkeley y de Chicago, y a menor precio, se entiende! No había más que una sirvienta, una _maid_, para todo el servicio. Era una criatura regalona que hacía el favor de servir y a quien la señora consideraba más que a cualquiera de sus pensionistas. Era tan difícil encontrar empleados en Nueva York, decía la señora, que en caso de perder a su _maid_, sería casi imposible reemplazarla. La doncella no servía por nada comidas en las piezas, ni aun en caso de enfermedad. Debiendo por este motivo guardar cama varios días mi señora, tenía yo que bajar tres veces diariamente a buscar el desayuno, el lunch y el _diner_ para ella, y subir a nuestro piso con la bandeja llena de platos y cubiertos. Creo que llegué a adquirir cierta destreza en el manejo de estos adminículos. Era capaz de llevar la bandeja equilibrándola perfectamente en alto en la palma de la mano derecha, y comprendí entonces cuánto hay de pose en el aire con que sirven los mozos de los grandes hoteles y restoranes.
Al ajustar nuestras cuentas, la señora me hizo presente que el servicio en las piezas era extra, es decir, me cobró veinticinco centavos más por cada vez que yo había subido con la bandeja. Esto me pareció un colmo, y no muy de acuerdo con lo que debe ser la vida de familia, y más, de familia cristiana.
Movidos por estas impresiones ingratas, resolvimos mudarnos, y al fin encontramos un bello departamento con una buena casera, donde nos quedamos hasta los últimos días de nuestra permanencia en los Estados Unidos.
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Este país, que en tantos sentidos se podría llamar la tierra de la fuerza, es al mismo tiempo el reino de los débiles. No lo es, sí, el de los fracasados.
Los débiles que no tienen la culpa de serlo, las mujeres, los niños, los ancianos, se encuentran aquí en el mejor lugar que puede ofrecerles nuestro planeta. Sabido es que los maridos, por término medio, le andan mirando la cara a sus mujeres para adivinarles los deseos, y es frecuentísimo encontrar en las calles a los hombres de la clase media llevando a sus bebés en brazos o arrastrando el cochecito en que los sacan a paseo. Los ancianos son objeto de delicadas atenciones y ayuda en todas partes. Los niños juegan a sus anchas en las calles donde no hay mucho tráfico comercial. Ocupan las aceras con sus cuerdas para saltar y tiran las pelotas por encima de las cabezas de los transeuntes, sin que éstos en ningún caso se molesten o impacienten. El niño es soberano. Los policiales cuidan especialmente de que mujeres, niños y ancianos atraviesen sin peligro las avenidas y calles en los puntos de mucho movimiento.
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No en todas las ciudades norte-americanas se encuentran _cabarets_. Estos han prosperado sólo en aquellas en que la riqueza derivada de la intensa actividad comercial, la falta de prohibición alcohólica y un cosmopolitismo libre de ciertas tradiciones religiosas puritanas, han permitido el florecimiento de la alegría fácil y de la vida mundana. En tal caso, se encuentran principalmente Nueva York, Chicago y San Francisco. Desde este punto de vista, Washington es una pequeña ciudad que se aburre un poco de noche en medio de sus virtudes de abstinente, y Boston es demasiado severa para que dentro de sus paredes vetustas puedan oirse los cantos y desarrollarse las danzas que después de las horas de trabajo, divierten a las poblaciones de los tres primeros centros nombrados.
Un cabaret es un restorán generalmente amplio y muy a menudo recargado de decoraciones y pinturas de mal gusto. En el fondo se levanta un proscenio, y se deja además un espacio libre, de forma ovalada, en medio de las mesas, para que se ejecuten los diversos números de la _show_ o espectáculo y bailen después los comensales mismos.
El derroche de luz principia en la calle. Los anuncios de los cabarets son vistosos, llamativos, con luces de diversos colores en movimiento, como corrientes de pedrerías. En el interior arañas y lámparas de formas fantásticas y no pocas veces extravagantes alumbran plenamente el recinto. La sala se obscurece ligeramente cuando es menester hacer proyecciones coloreadas sobre las cantatrices y danzantes.
No hay que esperar oir ahí gran música. La orquesta es por lo común sonora, bizarra, a menudo estridente y las piezas que ejecuta con frecuencia son los aires pegadizos de los descompasados bailes americanos.
El programa de la _show_ comprende números de acrobacia, de canto, de bailes individuales, de violín y otros instrumentos de música. En algunos cabarets el piso de la parte central está arreglado de manera que puede helarse, y se ofrece entonces el espectáculo de destrísimos patinadores. Pero lo esencial es la exhibición de mujeres con frecuencia muy hermosas, de bellos cuerpos delgados y flexibles, y elegantemente vestidas. Cantan en coro con el conocido sonsonete de las canciones americanas, y se mueven a compás, casi siempre lentamente, como siguiendo el paso de un fox-trot tranquilo y haciendo figuras para lucir sus formas esculturales sin exhuberancia de carnes y sus ricos trajes. No es raro que se busque el representar con éstos, diversas épocas históricas o acontecimientos de carácter patriótico.
Hay cabarets tan grandes, que el espectáculo tiene que repetirse de un lado a otro de la sala, para que lo vean todos los comensales. Otros ocupan tres o cuatro pisos de un mismo edificio y en cada uno de ellos se ofrecen diversas _show_ simultáneamente.
Terminado el programa le llega su turno al público mismo, que se entrega al baile entre plato y plato, o entre copa y copa. Las parejas bailan como mejor les acomoda, no hay reglas fijas y lo esencial es seguirse. Cada cual toma como compañera a su mujer o alguna amiga: no es permitido sacar a una dama que no se conoce, costumbre muy razonable porque los bailes americanos tal como se practican aquí, son ante todo de carácter bastante íntimo. En ocasiones los cuerpos se mueven demasiado juntos, e inclinándose él sobre ella o ella sobre él, los pechos y los rostros se tocan a menudo en un abandono lánguido.
No es fácil entrar en apreciaciones acertadas sobre el valor moral de las artistas de cabarets, pero nunca observé en estos sitios otras cosas que las que dejo descritas. Aun más; en uno de los mejores de Nueva York pude cierta vez admirar a una joven y hermosa bailarina que danzaba con particular donaire. Vestida de una túnica ligera se diseñaban claramente al través de ella las formas de su cuerpo delicado. A poco de terminada la show me llamó la atención una niña sentada a una mesa vecina de la nuestra. El humo lanzado por unas damas que fumaban, no permitía ver en un principio; pero luego me pude convencer de que la niña era la misma bailarina que había admirado hacía poco. Nadie lo habría creído. Vestía sencillamente, se notaba en toda su persona cierto aire de puro recato, estaba acompañada de gente al parecer seria, y al lado de ella un joven en uniforme, tal vez un amigo o un _sweetheart_, un novio. Me dejó la impresión de una modesta obrera que después de hacer su labor se ponía a descansar, y que bailar en el cabaret era para ella simplemente una manera de ganarse la vida que en nada comprometía su honestidad.
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Algunas ciudades han tenido la suerte de ser fundadas en lugares privilegiados, que son como la embocadura de las corrientes de la fortuna y adonde llegan fácilmente los elementos para un gran desarrollo. Constantinopla y Alejandría constituyen ejemplos clásicos de este hecho en el Mediterráneo oriental y Londres, París y Hamburgo, lo son en la Europa occidental. El Nuevo Mundo nos ofrece casos análogos en las metrópolis gigantescas de Nueva York y Buenos Aires. Washington, la capital federal, no puede figurar en este grupo. Ha sido levantada, es verdad, en una posición céntrica de la región oriental y en un hermoso terreno llano o de suaves colinas a orillas del Potomac; pero ni por sus industrias, que son muy pocas, ni por su animación puede competir con los grandes emporios de la Unión. Washington es una ciudad artificial creada por la voluntad del estado americano para servir de sede al Gobierno de la República, al Parlamento Federal y a los representantes de las naciones extranjeras. Carece de aquellas formas de vida que resultan del crecimiento espontáneo de los pueblos; pero sí, posee lo que las riquezas de un fisco fabulosamente opulento han podido hacer; y la capital es una población de bellas avenidas, de parques, de magníficos palacios oficiales y que cuenta en cantidad y calidad con monumentos como no los hay en ninguna otra parte del país. Una amiga e inteligente escritora chilena me decía con mucha sal que Washington le había parecido una ciudad de día domingo.
En uno de los extremos de la Avenida de Pennsilvania, que es la principal de Washington, se alza el vasto y magnífico palacio del Capitolio, donde se hallan instaladas la Cámara de Senadores, la de Representantes y la Corte Suprema de Justicia. Esta grandiosa fábrica es de estilo renacimiento y su altísima y conocida cúpula se destaca en el fondo de la avenida como una decoración insuperable.
Del palacio se desciende por escalinatas monumentales al vasto y hermoso parque que lo rodea. En los días en que andábamos de visita por aquí, que eran del mes de Mayo y de insoportable calor, el parque del Capitolio, como los otros de la ciudad, constituía un refugio para los sofocados habitantes. Ahí se les veía en mangas de camisa de espaldas en el césped o sentados a la sombra de los frondosos árboles y tirándoles miguitas de pan a las simpáticas ardillas que, con toda confianza, saltaban alrededor de ellos.
Así como en los países europeos, y especialmente en los del norte, se halla consagrado el estilo ojival como el propio de los palacios consistoriales y otros de carácter público, en los Estados Unidos han recibido consagración análoga para las casas de Gobierno los edificios de estilo renacimiento revestidos de gigantescas cúpulas. De esta suerte encontramos imitaciones más o menos bellas del Capitolio en Oakland, en Sacramento, en Madison y otras partes.
La Biblioteca del Congreso, ubicada no lejos del Capitolio, separada de él por un regular espacio del parque mencionado, es también un amplio y bello edificio. No tiene las proporciones de grandiosidad externa que distinguen a aquel palacio, pero en hermosura interior lo supera con mucho. Los mármoles más ricos y de variados colores han sido prodigados y artísticamente combinados en pisos, escalinatas, columnas y pisos. Las bóvedas, galerías y salas, se hallan decoradas con admirables pinturas murales que simbolizan los estados más importantes de la cultura humana. Sirve de salón de lectura una imponente rotonda octogonal de jaspe amarillo, extensa, alta y majestuosa como un templo. A ella puede entrar cualquiera persona que desee consultar o leer alguno de los dos millones de volúmenes con que cuenta la biblioteca. A la altura del segundo piso, la rotonda forma una galería o tribuna circular a que tienen acceso los visitantes que no van a leer, y en cuyo antepecho se levantan como adornos cerca de veinte estatuas de poetas, filósofos y escritores, en bronce y de porte natural.
No vacilo en decir que el vestíbulo es de una belleza deslumbrante, y que todo el edificio por su riqueza y valor artístico debe ser el primer monumento arquitectónico de los Estados Unidos. Su magnificencia sólo puede ser comparada con la de la basílica de San Pedro en Roma o la del Teatro de la Opera de París.
La biblioteca posee también riquísimas colecciones de mapas y grabados.
Otro importante edificio de la capital, y de especial valor para los hispano-americanos, es el palacio de la Unión Pan-Americana. Se ve que se ha querido darle un carácter representativo. La construcción es de un estilo que podríamos llamar tropical del coloniaje. El centro de la casa lo forma un gran patio español en el cual se mantienen como adornos, plantas de la zona tórrida. En medio de ellas dan realce a la escena algunos vistosos papagallos. ¿Por qué se ha elegido lo tropical como representativo de toda la América Latina? ¿Los papagallos están ahí como cifras simbólicas de la supuesta verbosidad de los pueblos de este continente y de su disposición a repetir lo que los demás dicen? Quizás no haya habido tal maliciosa ironía, y la preferencia en favor de las plantas y pajarracos de la región ecuatorial haya resultado de que se ajustan mejor que otros a propósitos decorativos en un espacio reducido.
En la cornisa que rodea al patio, se destacan los nombres y los escudos de las naciones latino-americanas y en una galería adyacente, puestos en columnas de mármol, se ostentan los bustos de los héroes de la independencia de estos pueblos: Bolívar, San Martín, Artigas y tantos otros. Una columna se ve desocupada en espera de su busto. ¿Fué destinada quizás por un error a un pueblo desgraciado que no ha tenido héroes? ¡Ah! no. Es la que debe sustentar la imagen del héroe chileno O'Higgins. Mientras tanto, nuestro padre de la patria, algo del espíritu de Chile, está ausente de aquella congregación sagrada de mármoles venerables.
No podemos ocultar que nos dió pena esta muestra de tanta negligencia.
Desde todos los puntos que hemos recorrido, desde todas las calles, plazas y parques, se divisa dominante el monumento del héroe epónimo de la ciudad, del héroe nacional, del gran Washington. ¡Qué concepción más original y grandiosa!
Más allá de un umbroso parque en los bordes de la población por el lado sudoeste, se alza en una despejada elevación natural del terreno la colosal obra de granito. Es un obelisco inmenso de quinientos cincuenta y cinco pies de alto, que se eleva hasta el cielo como un ástil enorme, cortando la bóveda azulada con sus líneas rectas, majestuosas y ligeramente convergentes hacia arriba. La ideación de este monumento revela cierta audacia artística e intuición psicológica. No era fácil adivinar en la simple contemplación de un plano el efecto maravilloso que iba a producir en la realidad dentro de su extremada desnudez: de aquí que fuera audacia concebirlo; y por lo mismo corresponde admirablemente, como tal vez ninguna otra cosa pudiera haberlo hecho mejor, a la grandeza, sólida sencillez y rectitud del héroe que inmortaliza: de aquí su mérito psicológico. En sus caras lisas de dura piedra gris, no se encuentra ninguna inscripción, ningún relieve, ningún medallón representativo. La columna se yergue soberana sobre la capital y la planicie como un gigante silencioso, reconcentrado y bueno, encargado con su actitud de proclamar por la eternidad la gloria de un grande hombre; como un gigante que despidiera efluvios bienhechores y obrara en los espíritus por la evocación de valores morales. «No os admiréis, parece decir, de mi mudo continente acerca de mi significación. A mí no me hacen falta caracteres escritos, ni cifras, ni retratos, ni vanos adornos. Vosotros que pisáis esta tierra del héroe no podéis ignorar porque estoy aquí. Miradme, meditad y elevad vuestros corazones en una oración de civismo».
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Boston goza del renombre de la ciudad más intelectual de los Estados Unidos y sus habitantes pasan por ser los que hablan el más atildado inglés del país. Boston es la capital del Estado que cuenta tal vez con el mayor número de colegios y de los más afamados. En la ciudad misma encontramos la Universidad que lleva su nombre, y en Cambridge, separada de ella sólo por el río Saint Charles, se hallan la célebre Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusets, el primero en su género en el continente. Lo que hace un total de tres grandes universidades para la ciudad, circunstancia que viene a corroborar los renombres que he mencionado.
Las calles del viejo Boston, ocupadas principalmente por los barrios comerciales, son tortuosas e intrincadas. Mientras en Nueva York es muy fácil orientarse, en las calles de la capital de Massachusets es muy fácil perderse. _Downtown_ en Boston forma un dédalo. Tal vez algún aficionado a investigaciones complejas se sentiría inclinado a buscar una relación de causalidad entre lo laberíntico de las calles bostonianas y la intelectualidad de sus pobladores. Y luego, por un salto de imaginación, podría considerar la monotonía de las rectilíneas calles de los pueblos hispano-americanos y llegar a conclusiones contrarias. Pero me parece que éstas serían conexiones aventuradas, fundadas en accidentes superficiales y que ningún lógico de la Universidad de Harvard se atrevería a autorizar.
Boston posee un Museo de Bellas Artes, riquísimo en obras de todos los tiempos.
Admirable es la colección de acuarelas de Edward Boist, que representan paisajes y pueblos. El arte en estos cuadros se manifiesta principalmente como un resultado de la técnica del artista. El colorido es magnífico. El procedimiento de Boist consiste en el empleo y aplicación de anchas rayas y grandes puntos, combinados con manchas de color. No hay ningún cuadro que sea un caso de inspiración propiamente dicha.
Llaman la atención también las acuarelas de John Sargent, que se hallan al frente de las anteriores. Muchas representan paisajes, pero otras están consagradas a reproducir escenas sencillas de la vida y revelan una delicada inspiración. Algunos hay que prueban una vez más cuán cierto es aquello de que no existen asuntos triviales y pequeños para el arte cuando el artista es capaz de sentir y expresar la belleza que esos asuntos encierran.
Entre éstas recuerdo «La Lavandería». En un campo verde y pendiente de un arbusto algo seco y con hojas amarillas se extiende una soga en dos direcciones formando un ángulo agudo. Ahí se han puesto a secar una cantidad de piezas de ropa blanca que se destacan con matices ligeramente azulados. Esto es lo esencial del cuadro y resulta bellísimo.
Merece ser igualmente llamada hermosa la colección de pasteles de Juan Francisco Millet. Millet es también artista de cosas modestas, y sus cuadros, que representan escenas sencillas de la vida del campo y pastoril, constituyen una glorificación del trabajo humano en sus formas más humildes. Sus pastores y sus pastoras revelan, dentro de su modestia, la dignidad que acompaña siempre a las personas puras. Por lo demás, el paisaje, el escenario en que estos personajes se encuentran colocados, es generalmente maravilloso. Hay un cuadro intitulado «Puesta de sol, pastora y ganado», que me detuve a contemplar abstraído y con delectación. Se nota en la pastora cierta noble actitud de místico recogimiento ante el astro poniente, que se despide en una gloria de rayos dorados; pero su figura se destaca de tal suerte que parece que fuera más bien el sol el que se inclinara a adorar a esa criatura humana realzada en toda la majestad de su labor sencilla.
En la plazoleta que se extiende por delante de la escalinata de entrada del Museo, se puede admirar la preciosa obra del escultor Cyrus E. Dallin, llamada «Invocando al Alto Espíritu». No es posible entrar y salir del Museo sin quedar encadenado en la contemplación sugestiva de ese grupo genial. He hablado en líneas anteriores del simbolismo psicológico que encierra el grupo «La Soledad de las almas» del escultor Taft y que constituye una de las pruebas del vigor manifestado por los pocos escultores norte-americanos que se destacan. La obra de Dallin confirma esta impresión. Palpitan en ella las vaguedades del misterio, lo cual no quita que al mismo tiempo en la ejecución de los detalles, la mano del artista haya sido guiada por el amor al más perfecto realismo. El grupo en bronce y de porte natural representa a un indio a caballo que con los brazos abiertos dirige sus miradas arriba e implora al cielo.
El caballo no tiene nada de aquella apostura arrogante, en que parece que se estuviera sofrenando una exuberancia de energía, y que se usa generalmente para representar a sus congéneres en las estatuas ecuestres. Es un pobre caballejo flaco y vulgar, que revela estar en la actitud más tranquila posible, sin ningún movimiento, la larga cola caída, las piernas traseras juntas, las delanteras también y el cuello y la cabeza inclinados con simpática resignación. Es un animal de trabajo y de lucha. Da muestras de comprender, por lo demás, la situación de su amo y que el momento no es propicio para ninguna clase de escarceos. El artista podía haber esculpido al indio invocando al cielo de pie. No habría tenido tal actitud nada de irreal; pero no habría sido lo mismo. De pie o de rodillas, el indio pudiera hacer pensar en la ejecución de una ceremonia ritual, mientras que tal como está a caballo, se ve que no se trata de un rito, sino que la angustia le apretó el corazón en plena vida y que lanza su queja a las alturas infinitas en un momento de desolación. El indio no se dirige a un fetiche o a un ídolo, sino al más alto espíritu. Esta estatua entraña una significación comprensiva de una situación humana de todos los tiempos. Si el personaje esculpido hubiera sido un hombre de nuestros días, no habría sido así y tal vez no habríamos traspuesto, al admirar la obra de arte, los límites de nuestra época contemporánea. Ese indio, ese hombre primitivo, representa el alma humana recién abierta a la vida y ya herida por el misterio; la representa en su primera tribulación mística; y las almas que hoy día, después del correr de los siglos, aun sufren de esas tribulaciones no pueden dejar de contemplar con emoción y simpatía, con ternura de hermano, a ese bárbaro sencillo, que inició el gesto de interrogación desesperada que la humanidad ha venido repitiendo sin cesar y que nosotros solemos formular todavía ante los enigmas, los vacíos y los dolores de la vida.
La estatua de Dallin hay que agregarla a la cuenta del espíritu religioso de los norte-americanos.
[Ilustración]
CAPÍTULO V
NOTAS DOCENTES
La Academia de Milton. — El Colegio de Wellesley. — ¿Cómo nos juzgan a nosotros? — Psicología de los latino-americanos según el profesor W. R. Shepherd. — El pan-americanismo. — La doctrina Monroe.
Los campos de Massachusets están sembrados de muy buenos colegios. Me tocó en primavera visitar dos de ellos, la Academia de Milton, para niños y el Colegio de Wellesley, para niñas.
A veinticinco minutos de Boston cerca de la aldea de Milton se encuentra la Academia de este nombre. Es una escuela de enseñanza secundaria con internado y medio pupilaje. También admite niñas en calidad de externas; pero no hay propiamente coeducación, porque se las educa en pabellones separados, salvo en la sección preparatoria, adonde concurren niñitos y niñitas de menos de doce años conjuntamente. Esta sección es igualmente sólo para externos.