Por las dos Américas

Part 6

Chapter 63,975 wordsPublic domain

--En nuestro país padecemos de un parlamentarismo _sui generis_ que se entromete en todos los detalles de la administración pública, se da el placer de derribar varios ministerios en el año y no puede despachar leyes de importancia porque no hay clausura de los debates y cualquier grupo de senadores o diputados, por pequeño que sea, está en situación de obstruir indefinidamente el despacho de todo proyecto que no le convenga. Así nosotros tenemos menos autoridad que ustedes y también menos democracia.

--Por virtud de nuestra historia y de nuestra educación, la democracia está en la sangre de nuestra sociedad, y, por lo mismo, los que disponen de cualquiera parte de la autoridad, la ejercen sin contemplaciones. Ya hemos visto que nuestro Presidente es quizás el soberano más poderoso de la tierra; pero no hay para qué ir tan arriba. El guardián de la calle, el conductor de un tren, el negro camarero de un _sleeping-car_, el modesto conductor de un tranvía, son dictadores en su esfera de acción, y en lo que ellos estiman el cumplimiento de su deber, lo cual no quita que se conduzcan con amabilidad y presten ayuda a las señoras, a los niños y a los enfermos. En los trenes de Nueva York usted va a encontrar este letrero: «Se prohibe escupir en el suelo. El infractor de esta regla queda sujeto a la pena de prisión y a quinientos dólares de multa». Y se cumple. Ahí no se ruega o se indica lo que se debe hacer. Se ordena y se pone la sanción al lado.

Otra muestra de nuestro espíritu democrático es la cooperación de todas las clases sociales en las cosas de interés público. Usted ha visto de qué manera se ha levantado aquí el cuarto empréstito de la libertad. Los bonos no se han colocado por medio de las oficinas fiscales o de los bancos únicamente, sino por la acción de todo el mundo. En cada esquina ha habido garitas donde señoras y niñas ofrecían los bonos. A la entrada de los hoteles había también vendedoras y en las aceras scouts y policiales le ofrecían a usted los papeles de la libertad. Por lo demás, cada cual se apresuraba a comprar para llevar en el ojal el botoncito azul correspondiente en prueba de que era un buen ciudadano.

* * * * *

Entre los profesores que conocí en la Universidad hay un filósofo que puede ser considerado como el compendio en las regiones de la alta cultura de las cualidades de la democracia americana. Me refiero a Juan Dewey, de la Universidad de Columbia, que había sido invitado por la de California a hacer un curso extraordinario de seis meses. Después de la muerte de William James y de Josiah Royce, pasa Dewey por ser el primer filósofo norte-americano de la época actual. Goza además de una inmensa autoridad como autor de obras pedagógicas fundamentales, entre las cuales podemos citar «Democracia y Educación»[6]. No es naturalmente una personalidad popular. Los filósofos nunca lo son, y en este país, como en todas partes, el aura del renombre callejero, está reservado para los archimillonarios y los grandes políticos.

Dewey es una persona sin la menor _pose_ y de una bondad encantadora, que se transparenta en sus ojos claros, en sus palabras y en sus ademanes. Su sencillez por lo que respecta a su indumentaria, raya a veces en el descuido.

Para que charláramos sin perder tiempo, me invitó a tomar el lunch un día en el Club Universitario. Hablamos de educación, de filosofía y de arte.

--Me parece que uno de los fines principales de las universidades es, me dijo, la formación de una dirección intelectual para la democracia, cuidando al mismo tiempo de mantener viva en las masas del pueblo la idea de que la educación superior se halla enteramente abierta para ellas, de manera que puedan aspirar a los más altos rangos en la vida social. De esta suerte se estimulan el esfuerzo personal y la ambición, y se evita la formación de castas sociales. Nuestras universidades son más instituciones sociales que intelectuales. Ellas promueven el compañerismo y estrechan asociaciones entre sus miembros, y, aunque la riqueza y el nacimiento no dejan de ejercer influencia, los más de los _colleges_ se vanaglorian de funcionar sobre una base democrática y de apreciar ante todo el mérito y el valor personal.

--Se me hace, le expuse, que en este país predominan mucho los valores económicos, éticos y sociales sobre los artísticos pongo por caso. Sin perjuicio de que ya se noten manifestaciones de que la arquitectura y la escultura empiezan a ser cultivadas con brillo aquí. Probablemente éstas van a ser las bellas artes americanas por excelencia.

--Pienso, más o menos, lo mismo, repuso Dewey.

Luego entró a hablar sobre las principales escuelas filosóficas de los Estados Unidos y dijo que se podían distinguir tres: la pragmatista, la idealista y la neo-realista. Él mismo es un pragmatista, aunque no a la manera exagerada de William James.

--Me parece, observé, que a pesar de todas las diferencias de nombres con que designan sus teorías, ha habido una tendencia común en los pensadores norte-americanos. No han perdido de vista el fin práctico: todos son algo pragmatistas. Emerson era un moralista; James sacrificó la filosofía a la moral, y usted mismo, por lo que sé de usted y le he oído en sus conferencias, es un idealista social. El idealismo social se me presenta como uno de los resortes fundamentales del alma americana, doctrina que el sociólogo Lester F. Ward designaba con el término de _meliorismo_.

Corroborando lo que yo acababa de decir, agregó Dewey que las lucubraciones metafísicas ocupaban en efecto muy poco lugar en las orientaciones de pensamiento americano.

Me despedí del filósofo y he conservado una impresión indeleble de su espíritu claro, puro y sinceramente bueno.

* * * * *

Para que se vea que la sencillez no es una virtud rara entre los profesores norte-americanos, voy a contar un caso que me ocurrió en el mismo club universitario. Prueba además que estos profesores, aunque no sean catedráticos de ramos filosóficos, poseen la mejor de las filosofías, la sabia filosofía de tomar acertadamente las cosas de la vida. Fué en un _lunch_ a que me había invitado el Decano del Colegio de Ciencias y Letras, en compañía de tres profesores más.

Los norte-americanos son por lo general sobrios en sus comidas y muy pacientes con la servidumbre. Esta virtud se ha acentuado aun con la guerra. Jamás se oyen en los restoranes palmadas o gritos para llamar a los mozos. Es costumbre servir todas las cosas que se han pedido de una sola vez y traen juntos los guisos con los postres y el té o el café, de manera que hay que resignarse a tomar algo frío, que es lo que ocurre casi siempre con las bebidas finales.

Las invitaciones se llevan a cabo también en condiciones de notable frugalidad, que es más acentuada aún en los círculos docentes. Nada extraordinario se agrega en honor del invitado; se le ofrece la lista corriente. Se invita por sociabilidad para aprender algo más, para oir cosas nuevas y para decirlas; no a hartarse de comida o a paladear guisos exquisitos y bebidas refinadas. Los mozos se hallan tan acostumbrados a esta manera de ser que en los restoranes jamás preguntan. «¿Qué vino desea usted?», sino que para empezar sirven una copa de agua.

Sentados alrededor de la mesa, tomó el Decano la lista y me fué preguntando lo que deseaba comer para ordenarlo. En cada sección de la lista hay diferentes cosas entre las que se puede elegir.

--¿Qué quiere, me dijo, ternera, cerdo o salmón?

--Salmón, le contesté.

--¿_Pie_ (especie de empanada de frutas), uvas o budín?

--Uvas.

--¿Café, té o leche?

--Leche.

Al poco rato llega la muchacha que nos servía y le dice al Decano:

--Ya no hay más salmón, profesor S.

Y sin alterarse ni lamentarse, volviéndose a mí repite éste:

--Ya no hay salmón, profesor Molina, ¿qué prefiere usted entonces?

--Ah, un poco de ternera.

Al cabo de algunos minutos se acercó de nuevo la niña y le dijo al Decano:

--No hay uvas, profesor S.

Y éste con la misma calma anterior me repitió:

--No hay uvas, profesor Molina, ¿qué quiere ahora?

Otro profesor y yo que habíamos pedido uvas dijimos entonces:

--Budín.

No habían transcurrido tres minutos sin que la niña tornara a entrar y dijera:

--Se acabó el budín, profesor S.

Y éste nos repitió tranquilamente:

--No más budín.

Nos reímos todos y como ya no quedaba otra cosa que elegir pedimos _pie_.

Aún alcanzó a volver una vez la muchacha y dijo:

--No hay leche.

--No hay leche, profesor Molina, fué el eco.

Pedí té.

Todo esto había ocurrido sin que hubiera la menor señal de incomodidad o impaciencia de parte del anfitrión y de sus compañeros, sin ningún asomo de protesta, sin llamados al mayordomo o administrador del club. Eran pequeños accidentes sin importancia. Por mi parte me pareció el hecho muy digno de no ser olvidado y de referirlo a algunos señores de mi país que con mucho menos que eso se habrían congestionado de ira y habrían puesto el grito en el cielo en contra de la administración y servidumbre del establecimiento.

NOTAS:

[4] 1918.

[5] 1918.

[6] Democracy and Education. New York.--Macmillan.

[Ilustración]

CAPÍTULO IV

AL AZAR DEL CARNET

En viaje. — Chicago. — «La soledad del alma». — Niágara Falls. — Hospitalidad neoyorquina. — El reino de los débiles. — Cabarets. — En Washington. — El monumento del héroe. — El Capitolio. — La Biblioteca del Congreso. — El Palacio de la Unión Pan-Americana. — Falta O'Higgins. — El renombre de Boston. — Su Museo de Bellas Artes. — «Invocando al Gran Espíritu».

Hicimos el viaje de San Francisco a Chicago, que dura tres días, por la línea que pasa por Sacramento y el Gran Lago Salado. Después de atravesar las pintorescas tierras de California, pintorescas y variadas a pesar del invierno, el tren anduvo todo el segundo día y parte del tercero a través de llanuras que ocultaban su desolación bajo el blanco manto de la nieve que las cubría. Algunos montes bajos y colinas daban de trecho en trecho ondulación al terreno. Se adivinaba que el panorama que se presentaba monótono en invierno, debía ser desesperante en verano por la falta de árboles, la aridez del suelo, el calor y el polvo.

El tren cruza medio a medio el Gran Lago Salado por un puente de más de doce millas de largo, que es una atrevida obra de ingeniería y se demora cerca de una hora en recorrer. Aquí sentimos el peso de un clásico paisaje de invierno. Los campos de nieve pueden ser monótonos, pero su blancura deja una impresión de luz que no es enteramente triste. Ahora, a pesar de no estar avanzada la tarde, todo era gris obscuro. A ambos lados del tren se extendía el lago interminable, tranquilo, sin una rizadura, como un cristal negruzco. Sobre su superficie no había una sola embarcación, no saltaba un pescado; ninguna vela agitaba su silueta a lo lejos, y no se divisaba la tierra. El cielo, de un color gris parejo aplastante, comunicaba un tinte sombrío y uniforme a todo el horizonte. Las aguas tenían una serenidad adusta que hacía pensar en poderes ocultos, misteriosos, que amenazaran con daños no conocidos. Aquí cabía decir «Del agua mansa, líbrame Señor»... Sólo al ponerse el sol iluminó con algunas manchas sangrientas la faz ceñuda de la naturaleza.

Nuestros compañeros de viaje eran en su mayor parte señoras. Amables y simpáticas, se nos hizo liviano el viaje charlando agradablemente con ellas y obsequiándonos con _bombones y candis_.

A medida que nos acercábamos a Chicago, podíamos notar que dejábamos atrás la llanura desolada e íbamos entrando en territorios ricos para la agricultura. Aumentaban los caseríos, había en la tierra innumerables muestras de labranza y había árboles. Estos se presentaban con sus ramas escuetas, arqueadas hacia arriba y esmaltadas de blanco por la nieve, como gigantescos candelabros de múltiples brazos o como esqueletos de verdaderos árboles.

Chicago es una especie de Londres del _Middle-West_ americano. Es un gran emporio industrial, comercial y agrícola y posee el department-store o almacén universal más grande del mundo, Marshall Field and Co., que ocupa dos inmensas manzanas y tiene a la venta de todo. Estando a las orillas del lago Michigan, es Chicago el centro del tráfico entre los grandes lagos y el resto de la Unión. Forma también el más importante centro ferroviario del país, adonde convergen todos los trenes de la región. Yendo en cualquiera dirección, al llegar a Chicago hay que cambiar de tren y tomar otro, cuya hora de salida ha sido acordadamente combinada con otras de llegada. Ningún tren pasa de largo. La capital de Illinois es el punto definitivo de arribo para todos. Aun tomando pasaje directo de San Francisco a Nueva York o viceversa, es de rigor el trasbordo en Chicago.

Las gentes de California se hallan tan convencidas, y con razón, de la bondad del clima de su estado que ponderan las crudezas de los inviernos del centro y del este del país. Tiritan con horror al acordarse de los vientos y fríos de Chicago. Talvez por esta razón nos parecieron más suaves de lo que creíamos, aunque pudimos experimentar varias veces que el cierzo helado hacía doler los huesos y partía la piel de la cara, penetrando en las carnes como el filo de innumerables cuchillos. La escarcha pegada en las aceras y en las calles, restos de nevazones anteriores, se conservaba por el frío, dura como roca; pero en los días que permanecimos en la ciudad no llovió ni nevó. El cielo, sin embargo, se mantuvo siempre gris. Aumentan su tono sombrío el humo de las locomotoras y de las innumerables fábricas de la población.

Las calles son rectas y cortadas por bloques o manzanas rectangulares de inmensos rascacielos de piedra obscura, revestida de pátina de hollín. Las cúpulas y últimos pisos se pierden en la altura, esfumados no se sabe si en las nubes del cielo o en las de humo que envía la ciudad; que todas se confunden arriba en una sola masa negruzca. El humo es tanto que después de andar un rato por las calles, quedan las manos y la cara pringadas de hollín y un gusto acre en la garganta como si se hubiera hecho un largo viaje en tren sin tomar un trago de agua.

Poned en medio de esto los mil ruidos ensordecedores producidos por los trenes elevados, los tranvías, los camiones, los autos, los gritos de los cocheros y conductores de otros carruajes; agregad todavía los movimientos de los gigantescos guardianes en las boca-calles, el andar precipitado, a veces corriendo de la gente, los codazos y encontrones inevitables, el continuo mirar azorado a la derecha, a la izquierda o hacia atrás por el temor de ser atropellado, y podréis formaros una idea de la batahola endemoniada que es el _loop_ o sea la parte más céntrica de la ciudad, donde hasta las cabezas más sólidas se sienten mareadas al principio.

Es verdad que algo igual ocurre en Nueva York, Filadelfia, San Francisco y otras grandes ciudades de la Unión; pero en ninguna con tanta nota gris, tanto humo y tanta bulla como en el _loop_ de Chicago.

Lo dicho no quita que Chicago posea grandes parques y hermosas avenidas y bulevares, como _Michigan Avenue_ y el _Grand Boulevard_, por lo que ha sido llamada la Ciudad Jardín. Pero sólo en primavera y verano debe ser posible apreciar bien estas bellas cualidades y gozar de ellas.

En Chicago se cultiva el arte musical con mucho empeño; cuenta la población con magníficas orquestas, y algunas señoras me dijeron en una audición verificada en el Mandel-Hall de la Universidad de Chicago, que su ciudad iba en camino de ser el primer centro de la música en la Unión.

Hay también un magnífico Instituto de Bellas Artes, con ricas colecciones de cuadros, esculturas y reproducciones del arte europeo. Entre las obras originales del arte americano, descuella una escultura, _La Soledad del Alma_, obra del escultor Lorado Taft. Es una creación de un simbolismo psicológico triste y hondo. En bloque de mármol han sido talladas cuatro figuras humanas, dos mujeres y dos hombres, que forman en conjunto un círculo, en que los cuerpos se presentan desnudos de frente y se vuelven mutuamente las espaldas, que permanecen adheridas a la piedra. El mármol se extiende un poco sobre las cabezas, como para imponerles una carga inevitable. Los hombres y las mujeres están tomados de la mano en una ayuda resignada para sobrellevar mejor su común destino señalado implacablemente por la piedra que los oprime y los ata. En todos palpita una expresión de conformidad dolorida. El autor ha sabido esculpir una verdad honda: que el alma suele sentirse de una manera desgarradora íntimamente sola, aunque exteriormente ligada para siempre a otros seres. El grupo constituye al mismo tiempo una preciosa enseñanza sobre las limitaciones de la libertad humana.

De Chicago pasamos a Madison para visitar la famosa Universidad de Wisconsin, de la cual hablaremos en nuestro estudio sobre las universidades norte-americanas; y seguimos a Nueva York, pasando por la ciudad de Niágara Falls, a fin de no dejar de ver las famosas cataratas del Niágara.

Niágara Falls es una ciudad muy pintoresca, compuesta en su mayor parte de chalets. Debe ser un bello lugar de veraneo. Se halla formada de dos partes, la una estado-unidense y la otra canadiense. Lo mismo ocurre con las cataratas, siendo más hermosa la sección canadiense.

Como en todos los lugares donde hay bellezas naturales en los países civilizados, la explotación del extranjero se encuentra aquí minuciosamente organizada. Apenas habíamos descendido del tren, a eso de las siete de la mañana, cuando un señor se nos acerca, y, dando pruebas de un golpe de vista bien ejercitado y certero, nos dice: «Ustedes vienen a ver las cataratas; hay que tomar un auto; no se puede ir a pie; necesitan un guía que los conduzca a los diferentes puntos de vista desde donde se debe contemplar el espectáculo; el auto que tengo aquí los llevará, en primer lugar, a un buen hotel, después a las cataratas, y los irá a buscar por último para traerlos de nuevo a la estación a la hora que ustedes indiquen».

Era de una solicitud aplastante el señor. Casi sofocado, le dije: «Pero, señor, déjenos respirar primero, por favor, déjenos dar algunos pasos y mirar un poco por nosotros mismos». Mas, nuestro hombre no cedió un punto y estrechó el sitio. No había posibilidad de reflexionar, de elegir, de optar, no había otros empresarios a quienes dirigirse; todo estaba prescrito y ordenado y había que dejarse conducir.

Fuera de la falta del placer de vagar a su antojo, para lo cual no había tampoco mucho tiempo, el desarrollo del programa formado por nuestro hombre nos resultó satisfactorio y conforme a lo que deseábamos, salvo que los precios del hotel fueron bastante elevados.

Vimos las cataratas en un claro y frío día de febrero. La gigantesca masa de agua al caer levanta nubes de partículas líquidas que van tan alto, que el que se acerca muy a la orilla las recibe en seguida como lluvia. Al llegar ésta a la tierra, se hiela rápidamente, y el suelo, los árboles y las barandillas de los puentes y de las balaustradas se presentan cubiertos de un esmalte blanco de superficie líquida y resbaladiza. El espectáculo es bellísimo, grandioso, y carece de verdad aquello que se ha solido decir de que las obras de los hombres lo hayan empequeñecido y privado de su imponente majestad.

Hubo un detalle del programa en que el propósito de explotación se veía muy manifiesto, sin perjuicio de que deba reconocerse en justicia que bien merecida se la tenían los que, como nosotros, se dejaban seducir por la tentación que se les ofrecía. Nos condujo el chauffeur a ver, por el lado canadiense, unos rápidos que forma el río poco después de las cataratas, y cuya belleza nos ponderó. Descendimos por un carro de cremallera bastante inclinado a la orilla misma del río, que se precipitaba como un torrente espumoso entre dos riberas muy escarpadas. El paisaje nos evocó en parte la imagen del curso superior de algunos ríos del sur de Chile, que bajan las montañas andinas también como torrentes imponentes ansiosos de llegar al valle central. Mas faltaba aquí la selva magnífica, a cuya sombra deslizan sus ondas las corrientes chilenas en un ambiente de misteriosa alegría. No obstante de no carecer de belleza el lugar, se nos había conducido a él, sin duda, porque había ahí una tienda de objetos de recuerdos y un establecimiento fotográfico. Se hallaba éste en una sala sencillamente instalada, cuyas paredes estaban cubiertas de muestras de fotografía que se habían sacado otros turistas en los más bellos sitios de las cataratas. Había algunas tomadas en islotes y rocas y teniendo en el fondo como hermosa cortina la gigantesca caída de agua, orlada de espuma y de polvo líquido. ¡Oh, eran preciosos recuerdos! ¡Retratados en las cataratas del Niágara!

--«Es muy fácil hacer esto aquí mismo, nos dijo el fotógrafo, sin que se molesten con ir a las cataratas. Elijan ustedes los paisajes que prefieran y a ellos adaptaremos las fotografías que tomemos. En una semana más podemos enviárselas al punto que nos indiquen». Escogimos efectivamente algunos paisajes, teniendo cuidado de que no fueran de verano, ya que estábamos en invierno. Luego salimos afuera, y, puestos de espaldas a las piedras del barranco, como individuos a quienes iban a fusilar, nos tomaron las fotografías que debían transformarse después en bellos cuadros del Niágara, que llevarían nuestras imágenes en lugar espectable. Pagamos anticipadamente, y nos fuimos. A la vuelta de quince días recibimos las deseadas vistas. Eran unos mamarrachos que no valía la pena conservar.

* * * * *

¡Qué feliz fué nuestra llegada a Nueva York! A pesar de ser mediados de invierno, la gran metrópoli del Atlántico se nos ofreció como una ciudad de luz y de sol, bajo un cielo capaz de rivalizar con los más bellos de Italia y de Chile. No había aquí nada del humo ni de las neblinas de Chicago. Nueva York no es sólo una urbe gigantesca de rascacielos, sino también una _city_ de calles y avenidas hermosas, claras y amplias.

El clima es, por lo general, variable, inclemente y extremado; pero la mañana en que llegamos era tan agradable, fresca sin ser fría, y con tal dulzura en el ambiente, que Nueva York nos pareció una ciudad muy hospitalaria.

Mas, la hospitalidad se encontraba, por decirlo así, sólo en los elementos de la naturaleza, lo que, de todas maneras, no era poco. En los hombres no pudimos admirar esa virtud en los primeros días. Los hoteles y las casas de departamentos y piezas para arrendar se hallaban totalmente ocupados. Se refería entonces que se habían inaugurado hacía poco dos grandes hoteles, con dos mil habitaciones cada uno, y que todas habían sido tomadas en un mismo día.

Buscando piezas en uno de los mejores barrios (en _Uptown_, entre Broadway y Riverside), llegamos a una casa donde salió a recibirnos un señor de muy buena traza y con un perfecto aire de _gentleman_, que vivía solo con su señora. Ambos nos mostraron una pieza muy confortable de que disponían; pero después de sus primeras palabras nos produjeron una impresión de desconfianza e inseguridad, que luego se acentuó al ver cómo procedían en la fijación de los precios. No era difícil que ellos notasen en nuestro acento que éramos extranjeros, de suerte que empezaron por poner la puntería muy alta y nos pidieron al comenzar treinta y cinco dólares mensuales por la pieza. Para tentarnos, fueron bajando de _motu proprio_ a treinta primero y luego a veinticinco. Esta falta de seriedad, y el observar que el señor se hallaba medio ebrio, nos hicieron retirarnos muy pronto, no poco desagradados de una de nuestras primeras experiencias neoyorquinas.