Por las dos Américas

Part 5

Chapter 53,986 wordsPublic domain

Existe entre nosotros la creencia de que la mujer de raza inglesa es desgarbada y sin gracia. No sé lo que haya de cierto en cuanto a las inglesas de Inglaterra, aunque me imagino que esa idea no ha de pasar de ser una creencia infundada, una preocupación. Mas, por lo que respecta a las americanas, tal idea es absolutamente falsa. Es verdad que éstas sólo en parte son de raza inglesa. Las americanas son elegantes, finas, amables, muy a menudo hermosas y tienen bastante de lo que nosotros llamaríamos coquetería femenina, sin que esto se halle reñido con el carácter e individualidad de que saben dar pruebas.

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En octubre[4] empezaron a llegar las noticias de las negociaciones iniciadas para poner término a la guerra. La gente, escéptica al principio, entró luego a esperar con ansiedad el anuncio de la paz. Corrió un día la nueva de que el deseado suceso se había verificado, y hubo gran alboroto en la ciudad; pero luego se supo que había sido un falso rumor, ¡y vuelta a esperar! En Nueva York fué tal el entusiasmo producido por esta falsa noticia, que la Municipalidad tuvo que gastar ochenta mil dólares en limpiar las calles de todos los papeles que se habían arrojado en medio del delirio general.

Por fin sonó la gran hora. El 11 de noviembre fuimos despertados a la una de la mañana por una fuerte detonación seguida de pertinaces silbidos de locomotoras. Era el anuncio de la firma del armisticio. Luego se sintieron los ruidos que hacía la gente que se levantaba, gritos y cantos en las calles y el estrépito de las bocinas de los autos y de las campanas de los carros bomberiles que parecían correr como seres conscientes enloquecidos por el júbilo.

Cuando el ruido pasó, y volvió el silencio, se dejaron oir como una lluvia argentina en la tranquilidad de la noche las campanas de la gran torre de la Universidad, que venían con su armonía insuperable a dar el conocimiento del fausto suceso de una manera digna de él. ¡Oh momento inefable, oh música divina despertadora de las más puras emociones, oh encanto, oh dulzura! Eran sonidos suaves, tristes y regocijados al mismo tiempo, como sientan a una alegría espiritual. El campanil parecía encerrar el alma de la Humanidad, que sonreía ante una nueva aurora, pero no podía olvidar por completo cuánto había sufrido hasta ese instante, el alma de una madre que, celebrando el advenimiento de la paz, sintiera su corazón herido por el recuerdo de los hijos muertos en la guerra. De las animadas campanas volaban las notas de los himnos de las naciones aliadas. Al fin se oyó la _Marsellesa_; y por efecto de sus acordes parecía que bajo las estrellas palpitaran en el aire efluvios de heroísmo, y el alma, agitada con escalofríos de emoción, se sumía en una onda de regocijo, de esperanza, de gratitud y de aspiraciones nobles.

En la tarde fuimos a San Francisco.

La gran ciudad estaba loca de alegría en pleno carnaval. Su gigantesca arteria, la Market Street, donde corren tres líneas de carros en el medio y hay anchas calzadas a ambos lados, rebosaba de automóviles, camiones y toda clase de carruajes. Las aceras, amplias, como de bulevares, se hacían estrechas para contener una muchedumbre que se estrujaba para avanzar con dificultad de un lado a otro. Una bulla ensordecedora partía de cada punto y venía de todas partes de la avalancha humana: el estrépito estaba en la atmósfera como si fuera algo propio de ella. A las campanas de los tranvías y bocinazos roncos de los autos, se unía la música más estrafalaria, si es que música puede llamarse, producida con cuanto objeto sonoro se había encontrado a la mano. A los autos, carruajes y bicicletas se habían atado tarros, cacerolas, fuentes de lata y cucharones, que iban danzando con alegría estruendosa en el cortejo triunfal. Carros con altísimas escaleras de los que se usan para componer los alambres de la tracción eléctrica, habían sido sacados y marchaban formando una pirámide humana de niñas y de jóvenes. Clowns pintados de negro y rojo, llevando chisteras inverosímiles, poco más grandes que una taza de café, conducían, con pachorra imperturbable, carretelas atestadas de gente, que vociferaba a todos lados. En una jaula, como las que usan en los circos para guardar fieras, se paseaba ante la muchedumbre una efigie del Kaiser; y, por otro lado, en un desvencijado, pero auténtico carro mortuorio, iba un monigote que representaba el cadáver del ex-emperador alemán, que se llevaba a enterrar. En las aceras todo el mundo agitaba cencerros y campanillas, arrastraba tarros, y tocaba pitos, cornetas o matracas. Raro era el que no llevaba banderitas americanas o de las naciones aliadas. Muchos ostentaban en la cabeza, en lugar de sombrero, gorros de papel con los colores nacionales. Tanto los hombres como las mujeres hacían cosquillas a los que pasaban a su lado, metiéndoles plumeros de papel por los ojos, las narices y el cuello. Había que aceptar cualquiera broma como en carnaval. Serpentinas y confetis se lanzaban en lluvia incesante.

La corriente humana, que había empezado al amanecer, no cesó en todo el día, y siguió en la noche bajo las iluminaciones espléndidas de las avenidas. En Market Street y en las calles vecinas el derroche de luz por sí solo era una fiesta: los altos faroles de tres focos se extendían en líneas interminables; los avisos en luces de colores y perpetuo movimiento, parecían una combinación fantástica en que jugasen las estrellas con las más ricas pedrerías; las torres gigantescas estaban convertidas en pirámides de luz, y las torres chinas diseñaban también con luz sus curvas mitológicas vueltas hacia el cielo.

Los restoranes se hallaban repletos. La gente ocupaba toda la acera, haciendo cola para entrar a ellos y comer en un lugar donde continuara el regocijo general. En estas condiciones tratamos de penetrar en tres distintas partes y no lo conseguimos. Por fin, a la cuarta tentativa, logramos abrirnos paso; pero era tal la apretura, que temimos dejar entre la muchedumbre el sobretodo y los botones de la ropa y que el vidrio del reloj quedara hecho harina. En el inmenso comedor a que penetramos no había orquesta. Por lo demás, en el barullo reinante no habría sido posible oirla. No se podía hablar ni con las personas que estaban al lado de uno. En todas las mesas se gritaba y se las hacía casi bailar golpeándolas con las manos. Otros hacían sonar los platos, las tazas y las copas con las cucharas, tenedores y cuchillos. Otros hacían girar matracas en el aire. Era una sala de locos que a uno lo contagiaba y lo hacía entrar a meter bulla como los demás; pero era de perder la cabeza.

Hay que reconocer que el pueblo norte-americano da muestras en sus manifestaciones de regocijo de un temperamento vigorosamente alegre y lleno de vitalidad, pero no de aficciones musicales. La alegría popular se traduce en bulla ensordecedora, mas no se encuentran aquí las partidas acompasadas formadas por dos o tres parejas, o por hombres solos que, al són de un acordeón o de varios instrumentos, alegran en el carnaval las calles de París y Colonia, bailando y cantando armónicamente.

El regocijo de los americanos era justificadísimo. Habían contribuido de una manera tan decisiva a la victoria. Habían dado la sangre de sus hijos y todo el dinero que se les había pedido. Sólo para el cuarto empréstito de la libertad, San Francisco contribuyó con ciento ocho millones de dólares, reunidos en menos de quince días. Los diarios proclamaban la importancia inmensa de la victoria, declaraban con orgullo que no hay título más glorioso hoy día que el de ciudadano norte-americano, e insistían en que los Estados Unidos fueron a la guerra sólo como porta-estandarte de dos grandes ideales de la humanidad: el triunfo de la democracia y la organización de la Sociedad de las Naciones.

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En el mismo mes de noviembre cae una fiesta muy popular en los Estados Unidos. Es el Día de Gracias (_Thanksgiving day_), establecido por los puritanos en el siglo XVII a poco de haber desembarcado en Nueva Inglaterra, fijado por el Presidente Lincoln para el cuarto jueves del mes nombrado y confirmado de nuevo en esta misma fecha por todos los presidentes que han venido después. La firma del armisticio constituía una circunstancia extraordinaria que venía a prestar relieve a la acción de gracias el año pasado. Como la Pascua, es una fiesta religiosa y del hogar. En este país, a semejanza de lo que pasa en los pueblos del norte de Europa, la Pascua es una festividad íntima en que la familia pasa la noche congregada al rededor del árbol tradicional, resplandeciente de lucecitas de colores y cargado de juguetes para los chicos y de otros obsequios para los grandes. En el _Thanksgiving day_ no hay árbol. Su número característico es una comida especial que congrega a la familia y a los amigos de la casa alrededor de una mesa en que lo esencial es que no falte pavo. ¡Ah, el pavo de _Thanksgiving day_! Me imagino que los norte-americanos gozan de bastante holgura para que casi la totalidad de las familias puedan cumplir con este sagrado y agradable rito. Y no puedo pensar otra cosa a juzgar por el aspecto que presenta el comercio en las vísperas de la fiesta. Los mostradores y vidrieras de los almacenes de comestibles se ven atestados de los sabrosos bípedos ya desplumados y que han sido sacrificados por millares a fin de regocijar a los hombres en el día escogido para dar gracias a Dios.

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La celebración del Año Nuevo, en cambio, es, como si dijéramos, fiesta de la calle. Esta fecha forma un solo ciclo con la Pascua, en el cual es de rigor hacer regalos a los miembros de la familia y a los amigos, o enviar a éstos por lo menos tarjetas. En los días anteriores no es fácil adquirir algo en los grandes almacenes porque se ven invadidos por un mar de gente ansiosa de hacer sus últimas compras de obsequios. Los buzones de correos presentan un aspecto curioso. No han cabido en su interior la inmensidad de tarjetas que se despachan a última hora y menos aun las encomiendas. Dejadas afuera por los remitentes, forman un desparramado montón al aire libre, sobre la columna del buzón, como un líquido espumoso desbordado de la botella, y esperan, sin que haya temor de que se pierdan, hasta que el cartero pase a recogerlas.

Lo propio del Año Nuevo en San Francisco es que se celebra siempre como lo fué el día del armisticio. El mismo carnaval bullicioso y turbulento en las calles, en los restoranes, en los hoteles y en los teatros. Para poder comer ese día en los principales restoranes es menester pedir las mesas con una semana de anticipación y pagar primas por ellas. Con gran dificultad conseguimos instalarnos en uno de los más renombrados. Éramos cinco comensales, todos chilenos. Estaban con nosotros una distinguida y hábil escritora, y un ex-ministro de Estado, joven político, inteligente y simpático. En la mesa, fuera de platos, saleros y otros adminículos, hay largos pitos de cartón y pequeños martillos de madera para que cada cual meta ruido y coopere a la bulla general. Hay también bonetes de papel de colores chillones a fin de que todos tomemos un aspecto carnavalesco. La sala era una casa de locos en que los acordes de la orquesta apenas se percibían en medio del bullicio. Sentadas a las mesas había damas ampliamente escotadas y jóvenes de smoking, todos con gorros de papel. No faltaban tampoco damas y señores de más de sesenta años que sobre su cabellera cana se habían plantado el bonete de la alegría. Entre plato y plato las parejas salían a bailar como podían, apretándose unas con otras y riéndose. Nosotros tocábamos también nuestros pitos para no ser menos, pero no nos habíamos puesto los sombreros de papel. Entonces una simpática chinita vestida de seda celeste vino quedamente por detrás y al ex-ministro le puso un bonete rojo y a mi uno verde y así quedamos hasta el fin de la comida divirtiéndonos con la batahola universal y con nuestras ridículas fachas.

Los norte-americanos gastan en sus alegrías una _sans façon_ y bonhomía a que los sud-americanos no estamos acostumbrados. Somos más graves y a veces hasta campanudos. En cierta ocasión oí a una señora chilena censurar a un embajador sud-americano, diciendo que no guardaba el decoro que correspondía a su alto cargo.

--Calcule usted, observaba la señora, que ese embajador se puso en la noche de Año Nuevo en el más elegante restorán de Washington un gorro de papel. Era ridículo, impropio, chocante.

--Todo dependería, señora, le contesté, de cómo estaban los demás embajadores y personajes que debía haber habido en el mismo lugar, porque si ellos llevaban también el cómico bonete, no tenía nada de particular.

A esta observación la señora no contestó nada, indicio más que probable de que la falta que ella censuraba había sido general.

Después de comida nos fuimos a otro hotel donde íbamos a reunirnos con más chilenos y entre ellos una distinguida familia compuesta de la madre y dos niñas encantadoras. A la hora de la cena, nos sentamos alrededor de una mesa redonda arreglada con sencillez y buen gusto. De todas las mesas se lanzaban serpentinas. Nosotros entramos en la batalla con un entusiasmo que no decayó un minuto, de tal suerte que al poco rato nuestras copas y cubiertos apenas se veían; eran náufragos en el mar de papelitos que lo cubrían todo. A las doce aumentó la algazara con el himno nacional, los abrazos y las felicitaciones. Pero este fué un instante muy breve, y la sala quedó por completo a obscuras por dos o tres minutos, seguramente con el propósito de que las parejas jóvenes se hicieran los votos de felicidad de una manera más íntima. Me imagino que nuestra mesa fué una de las pocas en que no se sacó ningún provecho de la obscuridad.

Por fin, bailamos hasta las dos de la madrugada. Habíamos pasado el más alegre Año Nuevo de que teníamos recuerdo.

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Las escuelas de San Francisco no gozan de tan buena reputación como las de Los Angeles, la gran ciudad de California meridional, y las de Oakland. Parece que en aquel pueblo la influencia de una politiquería no muy limpia, las perjudica. En Oakland tuvimos oportunidad de visitar dos establecimientos modelos en su género, la _Technical High School_ (liceo técnico) y la _Clawson School_ que es una especie de escuela primaria superior (_Grammar School_).

La Technical High School ocupa un edificio de dos pisos de la más original belleza. Su fachada se desarrolla en un semi-círculo de columnas de magnífico efecto, que trae algunas reminiscencias del exterior de la basílica de San Pedro en Roma. En esta escuela hay coeducación y tiene capacidad para dos mil alumnos de ambos sexos. Funcionan cursos diurnos y nocturnos. Sus cursos duran, como los de la generalidad de los _high school_ cuatro años y comprende, fuera de los estudios teóricos, curso de carpintería, herrería, maquinarias y electricidad. Para que éstos se hagan de una manera completamente práctica, cuenta la escuela con amplísimos talleres provistos de toda clase de útiles y herramientas. Es de advertir que en los Estados Unidos la mayor parte de las high-schools, sin que por eso se llamen técnicas, disponen de tales talleres. La enseñanza de la física, de la química y de la fisiología, se hace en bien dotados laboratorios en que los niños trabajan personalmente. Observamos que no había muchos aparatos guardados en los estantes.

La Clawson School es algo de lo más perfecto imaginable. Tiene capacidad para ochocientos alumnos de ambos sexos y costó ciento sesenta y cinco mil dólares. Su fachada es sencilla y elegante. El arquitecto que la había hecho y que nos acompañaba nos dijo que en sus planos él buscaba siempre la creación de algo nuevo, que jamás una escuela se pareciese a otra.

El piso bajo contiene, fuera de espacios para juegos, los departamentos de economía doméstica y artes domésticas, cafetería, kindergarten, trabajos manuales, tocadores y baños de lluvia para los niños y niñas, y los aparatos centrales que producen la calefacción y ventilación de todo el edificio. Las salas de clases tienen, por un lado, ventanas hechas en tal forma que se componen casi exclusivamente de cristales, que, cuando se quiere, se pueden poner todos horizontalmente, y permiten que la sala quede como una pieza al aire libre. Para la colocación de los sombreros y abrigos de los muchachos las clases tienen una especie de guardarropía con dos puertas. Los alumnos al entrar pasan primero a la guardarropía, entran por una puerta, dejan ahí sus cosas y salen por la otra. Todo se hace con suma facilidad y comodidad. Los pisos de las salas y galerías se hallan cubiertos con linóleo.

El Kindergarten que he mencionado es muy mono. Está hecho con un arte empapado en amor a los niños. Se halla decorado con pinturas alegres de animales y personajes de cuentos, como corresponde a la fantasía de sus pequeños moradores. A pesar de tener calefacción central, hay una amplia chimenea, donde en el invierno arde el fuego de los clásicos hogares del norte y los pequeñuelos se agrupan alrededor de su profesora a escuchar historias de navidad. Para entretener a los chicos al aire libre en los días primaverales se levanta al lado de afuera un magnífico pórtico, adornado de plantas en maceteros y enredaderas y que hace soñar con lejanías griegas.

He hablado también de una cafetería. En casi todas las ciudades norte-americanas y principalmente en las del oeste y del centro, existen restoranes graciosamente llamados _cafetérias_ en el idioma americano (con acento en la última e), cuya característica es que no haya mozos y cada cual se sirva a sí mismo. Uno principia por tomar una bandeja y cubierto: luego agrega los platos y postres que prefiere, que se encuentran convenientemente distribuidos a lo largo de extensos mostradores, y pasa por delante de una cajera, con la bandeja completa, que le computa el gasto y le recibe la paga. Por último, uno elige su mesa y se sienta a comer sin esperar mozo ni tener que dar propina. En muchísimas universidades, colegios y escuelas hay _cafeterías_ en que los profesores y alumnos pueden tomar el lunch y comer a precios muy reducidos.

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Los Estados Unidos, como se sabe, constituyen la más gran democracia de nuestra época, y en algunos Estados del oeste es donde el viento de las reformas avanzadas ha soplado con más fuerza. Entre las instituciones californianas figuran la iniciativa, el _referendum_, el sufragio femenino y el _recall_, que pueden señalarse como las innovaciones políticas más radicales de nuestra generación. Las mujeres también son elegibles y en noviembre[5] se dió por primera vez el caso de que cuatro de ellas obtuvieran los sufragios necesarios para ser miembros de la Asamblea del Estado de California.

El ejercicio de los derechos políticos dentro de las mismas condiciones que los hombres, no ha hecho perder a las californianas ninguna de las cualidades y virtudes propias de su sexo. Son finas y elegantes y viven preocupadas de una multitud de obras de filantropía social. En ese tiempo de guerra y de epidemia, han consagrado sus desvelos a la Cruz Roja y muchas han tomado a su cargo desde acá huerfanitos de Francia y Bélgica, a los cuales no conocen personalmente, pero hacen objeto de sus cuidados y les envían ropa y otras cosas. Agréguese todavía que casi todas ellas saben manejar un auto con tanta destreza como cualquier varón.

Deseoso de conocer algunos detalles y juicios sobre la organización democrática de la Unión y de California, le pedí un rato de charla al profesor Reed del Departamento de Derecho Público de la Universidad. Nos juntamos en su gabinetito particular, en uno de los pabellones universitarios. En las universidades americanas cada profesor dispone de una pieza privada con su biblioteca, donde puede trabajar tan bien o mejor que en su casa.

--Los comienzos de la democracia americana, empezó a hablar Reed, se remontan a la asamblea del pueblo de los sajones, a la Curia Regis de la Inglaterra normanda. Los principios de libertad civil que se encuentran establecidos en la Magna Carta, el Bill de los Derechos, el Habeas Corpus y en la Common Law, fueron un patrimonio que los colonos trajeron desde la madre patria a este continente. Ellos no entraron a crear nada de nuevo, sino que bastaron sus tradiciones políticas para que fundaran un gobierno libre. La misma constitución actual contiene muy poco que no sea indígena; es anglo-americana desde el principio hasta el fin.

Nuestra democracia descansa sobre una sólida base de autoridad. Los poderes del Presidente de la República son más variados, más comprensivos e importantes que los poseídos por el Ejecutivo de cualquier otro país. El Presidente nombra a los miembros del Gabinete sin tomarle la venia a nadie. Constitucionalmente la designación debe ser ratificada por el Senado, pero éste jamás niega en este punto su aquiescencia al Presidente. Los Ministros no deben formar parte de las Cámaras, ni concurren a ellas, ni son responsables ante ellas. De esta suerte, la administración pública forma un conjunto de funciones coordinadas con el poder legislativo y no subordinadas a él.

--El régimen norte-americano es el presidencial, observé, que forma uno de los tipos característicos del gobierno libre, siendo el otro el parlamentario, del cual ofrece Gran Bretaña el ejemplo más acabado. Ustedes han sabido combinar la democracia con la autoridad. ¿Qué puede decirme sobre la iniciativa y el referendum?

--Son procedimientos por medio de los cuales los ciudadanos entran a legislar directamente, manifestando su opinión en las urnas. La iniciativa puede ser de dos clases: o los ciudadanos obligan a las asambleas legislativas, por medio de su voto, a despachar una ley dada, o ellos mismos, sin tomar en cuenta a las asambleas, se pronuncian sobre algunas proposiciones y las convierten en ley. El _referendum_ consiste en el sometimiento a la rectificación de los electores de algunos acuerdos de las asambleas para que tengan valor legal. Estos procedimientos se han introducido hasta ahora en unos veintidós Estados de la Unión. Pero debo confesarle que estas innovaciones no me parecen bien. Las multitudes son incapaces de gobernar. Pueden tal vez pronunciarse sobre problemas de carácter general y sencillo, pero no entrar en las cuestiones técnicas de detalles. Le voy a contar un caso de falta de criterio gubernativo de la masa. En la comuna de San José, se acordó, por iniciativa de los electores, cerrar los _saloons_ o sea, cierta clase de restoranes, lo que disminuyó inmediatamente las entradas del Municipio en ochenta mil dólares al año; y, a raíz de esta merma, los propios ciudadanos resolvieron que se elevaran los sueldos de las policías y otros empleados, debiendo empezar a pagarse el aumento desde el instante de su aprobación, a mediados de año. Como el presupuesto estaba vigente hacía seis meses y las entradas habían disminuído considerablemente, fué aquello un desbarajuste total. La iniciativa debería en todo caso empezar por presentar al cuerpo legislativo el proyecto que los ciudadanos desean ver convertido en ley. Si la asamblea lo desatendiera, habría llegado el momento de proceder directamente.

--¿Y el recall?

--Es el proceso por medio del cual un funcionario electivo, cuyos servicios no resultan satisfactorios para los electores, puede ser removido por éstos antes de la expiración de su período. Los jueces y los gobernadores están así a merced de los ciudadanos o de lo que puede ser a veces el capricho o el apasionamiento de las masas. Este procedimiento se ha implantado sólo en nueve Estados y mucho me temo que haya sido por lo general un completo fracaso. No le diré lo mismo del sufragio femenino que debemos estimarlo como un éxito. ¿Y qué me dice usted de su país?