Part 4
Poco después de medio día atracamos al muelle, y antes de permitírsenos desembarcar, una comisión militar investigadora entró a examinar una vez más nuestros papeles y pasaportes y a hacernos mil preguntas. ¡Otra vez sujetos en uniformes cakis y sombreros de scouts y qué tipos tan mal agestados y de actitud tan desconfiada! Para ellos cada uno de nosotros era un individuo sospechoso, tal vez un espía. Colocados ellos detrás de diferentes mesas nos mandan a los supuestos reos de una a otra, para someternos a diversos interrogatorios y confrontar lo que decimos con lo que se halla en nuestros pasaportes, en nuestras declaraciones escritas o con los datos que ellos tienen. Para comprender y tal vez excusar este proceder no olvidemos de que nos encontramos en tiempo de guerra y de que el temor de los espías alemanes ha sacado de quicio a los norte-americanos.
Pero a todo esto las horas se iban pasando, la noche se nos viene encima y nosotros continuábamos encerrados a bordo, sin probar nada desde la hora de almuerzo, y sin poder encontrar tampoco a ningún precio algo que comer o beber. La compañía había creído cumplir con el último de sus deberes con amarrar el vapor al muelle y de nuestra suerte no volvió a acordarse más. Por fortuna un pasajero descubrió un racimo de plátanos que es uno de los principales artículos de tráfico de la compañía; los repartimos entre unos cuantos y los devoramos.
Así pudimos pisar tierra americana más entonados, cuando al fin, después de las ocho, nos dejaron en libertad.
Nueva Orleans, no obstante ser el principal puerto meridional de la República, y con una población de trescientos cincuenta mil habitantes, dista mucho de figurar entre las grandes ciudades de la Unión. Hay catorce ciudades más pobladas que ella. La forman dos partes muy diversas: la antigua, ocupada principalmente por familias de origen francés, y la moderna, que es más propiamente americana, con grandes avenidas muy animadas por el movimiento de gentes y de carruajes, limpias, espléndidamente alumbradas y muy bien pavimentadas. Aquí se encuentra concentrado casi todo el comercio y algunos rascacielos levantan aisladamente su mole inmensa en diversos puntos. La sección antigua es de calles estrechas con casas generalmente de dos pisos, de balcones corridos, como los de la colonia en Sud-América. ¿Son estos barrios pintorescos y tal vez poéticos? Desgraciadamente no. Su vejez no contiene nada de lo venerable y artístico que uno admira en Florencia, en Roma, en Colonia o en Lima. Es una vejez sucia, abandonada y mal oliente.
Una de las cosas más notables de los Estados Unidos son sin duda los hoteles y es difícil que haya otros mejores en el mundo. Son espléndidos aun los de las ciudades medianas y pequeñas. El que conocimos en Nueva Orleans ocupa un magnífico edificio de catorce pisos. El altísimo y vasto hall, artísticamente decorado, hace pensar en una mansión regia. Del artesonado techo cuelgan las banderas de todas las naciones aliadas. Como el hotel tiene entrada por dos calles, el hall es un pasaje y un hervidero humano. Por ahí cruzan sin cesar soldados americanos y _poilus_ que han venido en misión a este país. Rara vez deja de ir cada uno con una amiga, a menudo hermosa, vestida con sencilla elegancia, ágil, alegre y que se muestra dichosa de ir del brazo de un valiente. Gusta ver a esos soldaditos chicos, de capote caki o gris, cubiertos de medallas, que pasan al lado de uno mirando con clara sencillez y acompañados de cierta aureola de heroísmo, que fluye de la idea de los cruentos sacrificios que han debido afrontar. En los amplios sillones y sofás conversan y fuman una multitud de personas. Otras leen y escriben en las salas de lectura y escritorios que dan al hall. No importa que no sean pasajeros. Es una bella característica de los hoteles americanos que constituyan lugares hospitalarios, abiertos para todos, donde puede entrar cualquiera, como un socio a su club, sentarse a descansar, tener citas, y escribir cartas y tarjetas, usando papel y sobres del hotel sin pagar nada por ellos.
Cuatro ascensores dirigidos por muchachas en uniforme, suben y bajan sin cesar. En un extremo del hall se encuentra un _cabaret_, de donde llegan los acordes de los bailes apresurados de moda, las notas descoyuntadas, de ritmo monótono, de interrupciones bruscas del _one step_ y del _fox trot_. En el otro extremo hay un restaurant también con orquesta. Un coro de niñas canta aquí conmovedoramente la Marsellesa en homenaje a los _poilus_. El soplo guerrero que hace temblar al mundo se siente palpitar en la atmósfera con alientos de ideal y confianza.
* * * * *
El calor de Nueva Orleans era insoportable, estuvimos sólo tres días en esta ciudad y partimos a San Francisco.
Poco después de haber partido de Nueva Orleans el tren íntegro fué trasportado de un lado al otro del Mississipi en un gran barco. No se ha construído un puente para no dificultar la navegación del río.
Los wagones de los trenes norte-americanos y especialmente los carros dormitorios son muy semejantes a los de los trenes de Chile. Pero los camareros negros que sirven en los carros dormitorios son menos amables y fáciles que nuestros camareros blancos. A las nueve, por ejemplo, se ponen a hacer las camas, y tempranito a dormir todo el mundo, quiérase que no se quiera.
Los trenes norte-americanos son mejor construídos y andan con más regularidad que los nuestros. No tienen tercera ni segunda clase y no hay más diferencias que las que resultan de ir en carro dormitorio o en _pulman_.
Anduvimos tres días y tres noches con un calor infernal. En los dos primeros atravesamos soledades quemadas por el sol en los Estados de Nuevo Méjico y Arizona. La vista no divisa más que colinas áridas, llanuras desiertas y montañas amarillentas de tierra infecunda. Y en medio de este malestar abrasador no encontrábamos ni frutas ni refrescos en las estaciones desoladas que cruzábamos, y era imposible conseguir una limonada o naranjada en el _dining car_, ni aun pidiéndola como remedio para mi compañera que iba con fiebre. Por el estado de guerra el Gobierno había puesto límites inexorables al consumo del azúcar, del pan y otros comestibles.
El tren anda con una rapidez a que no están acostumbrados nuestros expresos chilenos, y metiendo un ruido de fierros y sufriendo balances, vaivenes y sacudidas bruscas que hacen pensar en que se puede desarmar. Pero no hay temor: la macicez y la solidez son características de las construcciones yanquis y los trenes participan de ellas.
Después de la peregrinación por el desierto, se llega en la historia bíblica a la tierra prometida, y así fué esta vez también para nosotros, cabiéndole la merecida gloria de ser la tierra de promisión a la rica y feraz California, paraíso del Far West. A través de sus campos admirablemente cultivados hicimos el último día de viaje. Se descansa de la monotonía aplastante por que se ha pasado en los días anteriores, se respira con placer al contemplar, bajo la impresión de una temperatura agradable, esos terrenos cubiertos de bellas plantaciones, de árboles esbeltos. Carreteras magníficas cruzan en todas direcciones. Son lisas, llanas, limpias, parecen hechas de goma y por ellas se deslizan rápida y suavemente, sin trepidar, automóviles, camiones y otros carruajes. A través de una atmósfera transparente y acariciadora se dilata la vista a lo lejos, hasta llegar al límite del horizonte, cerrado por suaves colinas y montañas que hacen soñar con paisajes del valle central de Chile.
Llegamos a San Francisco muy cerca de la media noche.
[Ilustración]
CAPÍTULO III
EN CALIFORNIA
En San Francisco. — Una tragedia amorosa. — ¿Libertad o sumisión? — La influenza. — Los «christian science». — La bahía y la ciudad. — Golden Gate. — Berkeley. — Ciudad universitaria. — Pruebas de honradez. — La mujer americana. — La firma del armisticio. — Thanksgiving day. — Año Nuevo. — En dos escuelas de Oakland. — La democracia americana. — Un gran filósofo. — Sencillez y bonhomía.
Llegamos a San Francisco, enfermos de la tristemente famosa influenza española, que venía a continuar en Estados Unidos los estragos que había hecho en Europa. Mi mujer, nuestra amiga la señorita S. y yo, caímos a la cama.
Este hecho baladí, porque no sufrimos mucho, y no nos morimos, y que bien podía ser calificado así aunque hubieran ocurrido estas cosas, ha constituído un recuerdo muy agradable y está ligado a un sentimiento de gratitud hacia los norte-americanos.
Tuvimos la suerte de que no nos exigieran la ida a un hospital y de que nos admitieran en el hotel a donde llegamos.
¿Cómo no evocar con cariño el recuerdo de esos días de principios de otoño pasados en la paz de un hotel confortable en cuyas piezas, a pesar de todo el mundo que se mueve afuera, no se siente el menor ruido? Nuestro despertar por las mañanas era recibir al mismo tiempo las caricias de una luz suave y del aire fresco que entraba por la ventana abierta al patio, y el placer de mirar a la _nurse_ que nos atendía. Bella y simpática, esbelta y rubia, era el tipo perfecto de una norte-americana. Con su gorrito blanco bien aplanchado y su delantal también blanco, despedía su persona un perfume de nitidez y limpieza que atraía. Dos veces al día nos iba a ver un doctor que nos habían recomendado en el hotel y que debíamos aceptar porque no podíamos hacer otra cosa. Se llamaba el doctor Castle. No tuvimos más que felicitarnos de haber caído en sus manos. ¡Qué hombre más amable, más bueno y más eficaz para sanarnos! Charlaba con nosotros como un viejo amigo y nos llevó a su señora para que nos conociéramos, una dama hermosa y distinguida, ilustrada y graduada en dos universidades importantes. Después de ocho días nos dió de alta y no pudimos conseguir que nos cobrara absolutamente nada por sus delicadísimas atenciones.
En estos días se comentó mucho en San Francisco y causó gran sensación, un idilio amoroso que tuvo un fin trágico. Me lo refirió el doctor y ví en los diarios el retrato de la heroína. Los protagonistas eran del Este, una bella y rica heredera y un joven de alta posición social. Dando pruebas de un espíritu libérrimo que no respeta nada fuera de los dictados de la pasión, ni tradiciones ni leyes, ni preceptos religiosos, ni miramientos sociales, resolvieron amarse en la soledad, lejos de las hipocresías mundanas, consagrados por completo el uno al otro. La estación era propicia para el proyecto. Se fueron a principios del verano a una montaña solitaria del Oeste y llevaron durante tres meses una vida deliciosa de simplicidad, de admiración de la naturaleza y de adoración mutua. Era una renovación encantadora de los idilios de amor y libertad de tiempos románticos y primitivos idealizados por la leyenda. Su nido lo habían formado en una sencilla tienda de campaña o dormían al aire libre, bajo el manto de las estrellas. Se levantaban con el sol, despertados por el canto de las aves silvestres; sus comidas eran frugales y las horas pasaban dulcemente, no contadas por corazones que gozaban de la dicha suprema de un amor completo y satisfecho. Pero llegaron las rachas frías del otoño y tuvieron que descender de las alturas a hospedarse en el hotel de una ciudad vecina. A los pocos días el joven dijo que se veía obligado a hacer un viaje por motivos de negocios y que regresaría antes de cuarenta y ocho horas. Pasó el tiempo y no volvió. Ella comprendió que el corazón de su amante había cambiado y vió roto para siempre el sueño de su vida. Criatura apasionada, de integridad de una pieza, que con la más absoluta sinceridad había hecho de su amor el único fin de su existencia, se dispuso a una resolución extrema. ¿Iría a acusar a su amante ante los tribunales en la seguridad de que sería condenado, dado lo favorables que son para la mujer las leyes norte-americanas? ¡Ah! no; su corazón no ganaría nada con eso. Le escribió al infiel una carta conmovedora en que le decía que consideraría una traición a lo más caro de sí misma avenirse a la nueva existencia de desilusión que veía por delante, y que estaba segura de que el recuerdo de ella lo acompañaría siempre. Hecho esto, se envenenó.
Oí con pesar esta triste historia y me quedé pensando que podía ser tomada por algunos como argumento para condenar una educación cuyo ideal es dar una personalidad libre a la mujer. Cómo declamarían en contra del exceso de libertad y preconizarían las saludables ventajas de la disciplina que mantiene sujetas a las mujeres. Pero, en verdad, un caso excepcional no es por sí solo un argumento; y, además, es preferible la libertad con sus riesgos a la seguridad que resulta de la sumisión y falta de iniciativas.
La heroína de este idilio trágico había hecho sin duda suya la divisa del héroe de _La Comedia del amor_, de Ibsen:
«Y aunque así naufrague mi navío Prefiero navegar a gusto mío».
Nosotros habíamos sido de las primeras víctimas de la influenza. El flagelo tomó en los tres meses siguientes proporciones alarmantes, tanto en California como en el resto del país. Los médicos no daban abasto, no había lugar en los hospitales y faltaban enfermeras. Según decían los diarios, la epidemia causaba más muertes que la guerra. Las autoridades tomaron las medidas más enérgicas para combatir el mal. He leído que en Nueva York se imponía una multa de quinientos dólares a toda persona que al tiempo de estornudar o de toser no se llevara el pañuelo a la cara. En San Francisco toda persona que tosa o estornude es expulsada del teatro o del lugar de reunión pública donde se encuentre.
En esta ciudad y en todas las de la bahía de San Francisco se hizo obligatorio, bajo multa de cinco a diez dólares, llevar en la cara una especie de bozal o antifaz de tela para cubrir la boca y las narices. Al principio el espectáculo que ofrecía la gente parecía cómico y carnavalesco; pero luego, con la costumbre, no llamaba la atención ver en un teatro a toda la concurrencia con bozal, y verla de igual manera en una conferencia, con el agregado de que el conferencista para poder hablar se dejaba colgando de una oreja el antifaz. Al contrario, cosas del hábito y de la imitación, el que andaba sin ese aditamento se encontraba raro.
Fué, sin embargo, una medida muy discutida porque muchos ponían en duda su eficacia. En el comité de salud pública hubo acalorados debates sobre el particular, y especialmente los adeptos de la _Christian Science_ la atacaron ardientemente. Los partidarios de esta doctrina sostienen algunas ideas muy convenientes por su acción sugestiva para la cultura espiritual y moral; pero que, exageradas, conducen a absurdos. Ellos afirman que cuanto ocurre en nosotros es de orden mental y que todo es posible arreglarlo en la vida como por ensalmo con sólo pensar bien. Pero de esta proposición, que se puede aceptar como un saludable resorte interior, pasan a defender que aun para librarse de las enfermedades, lo esencial es pensar bien y no tener miedo. De aquí que consideraran a los antifaces no sólo inútiles, sino perjudiciales. Un médico les contestó que no podía creer que el miedo fuera la causa de la influenza, ni que tuviera el poder de engendrar un microbio cuyo germen no existiera. «Nuestros soldados, agregó, que no han temido a los submarinos ni a las balas del Kaiser, han contraído, sin embargo, la influenza y han muerto por millares a causa de ella».
Con todo, el uso del antifaz se mantuvo en vigor hasta año nuevo, y dió en general buenos resultados.
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La espléndida bahía de San Francisco es más bien un lago alargado de norte a sur y comunicado con el Océano Pacífico por un estrecho canal, que da con toda simetría a la parte media del lago, y se llama _Golden Gate_ (Puerta de Oro). El lago queda así cerrado por el lado del mar por dos penínsulas irregulares, y en el extremo de la meridional se levanta San Francisco.
Esta es una pintoresca ciudad construída sobre colinas, y el hotel en que nos alojábamos se halla en una de las más altas. ¡Qué magnífico panorama se divisa desde su azotea! El hermoso azul del mar se ofrece por tres lados: por el oeste en el Pacífico, cuyas aguas se extienden sin límite hasta confundirse con las nieblas del horizonte; por el norte en el Golden Gate, estrechamente encerrado entre orillas de colinas altas; y por el este en la amplia bahía, cuyas costas orientales se alcanzan a columbrar perfectamente. Aquí se levantan las importantes ciudades de Oakland, Berkeley y Richmond, comunicadas con San Francisco por un tráfico continuo de inmensos _ferryboats_ que parecen enormes casas flotantes con dos chimeneas en el medio.
San Francisco es por sus colinas la ciudad de las montañas rusas naturales. No es posible andar dos cuadras sin subir y bajar, salvo en algunas grandes avenidas del barrio comercial. Por esta disposición del terreno, algunas calles se continúan a través de largos túneles, y muchas veces corre al mismo tiempo sobre el túnel otra empinada calle. En el barrio comercial, los rascacielos dominan como inmensos falansterios de forma cúbica. Las líneas de los techos y de los ángulos, las divisorias de sus quince y veinte pisos, y las que forman las innumerables hileras de ventanas, se cortan y se alargan todas en perspectivas rectas y uniformes. Algunos se levantan, sin embargo, como torres gigantescas coronadas de cúpulas hermosas. Otros edificios, principalmente algunos Bancos y el del Palacio del Tesoro, ostentan bellas fachadas de columnas, de una arquitectura sencilla y majestuosa, con reminiscencias de estilos griegos.
Casi en el extremo de la sección comercial, pero siempre en una parte muy central e importante de la ciudad, se encuentra _Chinatown_, el barrio chino. Aquí, torres de cúpulas doradas y techos de puntas arqueadas interrumpen la uniformidad de la edificación. Chinatown de San Francisco no ha gozado de la fama siniestra de su hermana de Nueva York, donde hasta hace poco menos de diez años no era posible entrar aun de día sin peligro de ser asesinado.
En la parte occidental de la ciudad no se encuentran rascacielos: es de residencias, con casas de dos o tres pisos, elegantes, bellas, pintorescas, y rodeadas de jardines. Por este lado se va al hermoso parque de San Francisco, que lleva el mismo nombre del canal de entrada, _Golden Gate_, y llega hasta el mar. Aquí se encuentra el principal museo de San Francisco. Sus jardines se hallan adornados con magníficas estatuas. Las hay de Cervantes, de Goethe, de Schiller y de una cantidad de personajes americanos. Lo visitamos en un hermoso día de otoño. En las avenidas, de un color negruzco, se cruzaban en todas direcciones los autos y jinetes de ambos sexos. Las amazonas llevaban pantalones y cabalgaban como hombres. Mujeres, niños y hombres de todas edades tomaban el sol sentados en los bancos de los bordes de los caminos o tendidos en el césped. Nuestro auto tuvo que correr bastante antes de llegar al mar. En la playa espaciosa de arenas blanquecinas se nos ofreció el mismo espectáculo de la gente que disfrutaba de las caricias del sol y del aire, acompañados esta vez por la música imponente del océano.
* * * * *
Para conocer de cerca la Universidad de California, que era uno de los principales objetos de nuestro viaje, nos trasladamos a Berkeley, el pueblo del lado oriental de la bahía, que hemos mencionado ya. De ésta y de otras importantes universidades norte-americanas he de hablar en un librito especial. Por consiguiente, en estas líneas me limitaré a consignar algunos recuerdos y observaciones que no encontrarían un lugar adecuado en dicho estudio.
Berkeley es ante todo una ciudad universitaria. Su amor y su orgullo se cifran en la Universidad, y ésta constituye el principal motivo de su importancia y su centro de vida. Es una ciudad de clima suave, de chalets y de jardines. En medio de un dilatado parque de terreno graciosamente ondulado se alzan los edificios universitarios, y en el centro de ellos se levanta el campanil de la Universidad, alto y hermoso, como un obelisco blanco, dominando al pueblo todo, a las ciudades vecinas y a la bahía entera, como una enseña de cultura e idealismo.
En esta ciudad, fuera de algunos cinematógrafos, no hay teatros ni _cabarets_, y no se puede tomar ninguna bebida alcohólica. Los aficionados a estos placeres tienen que ir a satisfacerlos a San Francisco o a Oakland, que se encuentran a media hora de distancia. La gente de Berkeley es de costumbres sencillas. El ambiente universitario penetra en todas partes, y, por lo general, en cada persona hay algo de un buen estudiante. Las lecturas, las conferencias que se dan en la Universidad y algunos conciertos, son los principales entretenimientos. Se lleva también mucha vida al aire libre. Se juega tennis, golf, y los hermosos alrededores de la ciudad se prestan para hacer agradables excursiones a pie y en automóvil. Como casi todo el mundo tiene automóvil, es uno de los placeres favoritos de esta gente recorrer a todas horas las calles y avenidas perfectamente pavimentadas de la ciudad.
Pruebas de la honradez general saltan a la vista en todas partes. Las puertas y ventanas de los almacenes y tiendas no tienen cortinas de hierro, y durante la noche quedan con los vidrios descubiertos sin ningún cuidado. Los jardines que rodean a las casas no están cerrados por rejas, y nadie se roba ni las plantas ni las flores. En los buzones de correo, que existen en formas de pilastras en casi todas las esquinas, no caben a menudo encomiendas relativamente grandes; y los remitentes las dejan con toda tranquilidad afuera para que el cartero las recoja al pasar por ahí. Muchas veces son depositadas en la noche para que sean tomadas a primera hora de la mañana siguiente, y ninguna se pierde. Nadie se aprovecha de la soledad y de la sombras nocturnas para llevar a cabo un hurto que quedaría seguramente impune. Los lecheros dejan la leche por las mañanas en pequeñas botellas al lado de afuera de las puertas de las casas. Nadie se roba ni se toma la leche.
Casi todas las personas con quienes hemos tenido que tratar, nos han parecido buenas, amables, francas y serviciales. En los matrimonios hemos observado unión, cordialidad y bastante consideración mutua. Es un hecho aceptado, sí, que la mujer es la que manda; y los hombres lo reconocen con una sonrisita de resignación. Los maridos gastan con sus mujeres ciertas cortesías muy delicadas. Jamás se sientan ellos primero a la mesa. Se ponen ante todo de pie detrás de la silla de la señora, la retiran por el respaldo cuando esta llega, y una vez que se ha sentado y la han acomodado, van a ocupar su lugar. Fineza análoga gastan al terminar la comida: se levantan primero y se ponen detrás de ella para mover la silla oportunamente, a fin de que la señora se moleste lo menos posible.
Berkeley, recostada en su nido de verdura, bajo el espléndido sol californiano, tiene casi siempre un aspecto primaveral y sonriente. ¡Y qué bien encuadran dentro de este marco las muchachas estudiantes, que son uno de los encantos característicos del pueblo! Bajan por bandadas de las colinas universitarias, y alegran las calles con sus trajes claros, ligeros, que dibujan sus formas jóvenes de Dianas. En sus cuerpos y en sus rostros hay belleza o, por lo menos, las muestras de una complexión fresca y de vida sana.