Por las dos Américas

Part 10

Chapter 103,879 wordsPublic domain

«Pocas fases del desarrollo industrial de los Estados Unidos, dice el mismo autor, han llamado más la atención o sirven como mejor indicio de su maravillosa expansión económica que el crecimiento del comercio exterior de este país. Ha pasado como nación exportadora del cuarto lugar en el mundo que ocupaba en 1880 al segundo en 1911. Esto constituye una prueba del progreso que hemos alcanzado en nuestro poder productivo y sugiere la posibilidad de muchos cambios ulteriores en el comercio mundial. Hasta hace poco el pueblo de los Estados Unidos se encontraba absorbido por la tarea de apropiarse y desarrollar los recursos del país, y, al igual de otros países nuevos, compraba más que lo que vendía, comprometiéndose en pesadas deudas en razón de la adquisición de materias primas o de artículos manufacturados. Se puede decir que este período terminó en 1876. Hasta este momento sólo en tres años, en 1858, 1862 y 1876, excedieron las exportaciones a las importaciones, mientras que desde aquella fecha ha sucedido siempre lo contrario, con la única excepción de otros tres años, 1888, 1889 y 1893, en que las exportaciones fueron más bajas»[16].

La facilidad asombrosa con que los norte-americanos se prepararon para entrar a la guerra europea, la riqueza de medios que desplegaron en ella, y la rapidez y eficacia de su acción, fueron en gran parte el resultado de su potencia económica.

«La situación, dice Bogart, en los comienzos del siglo XX puede ser caracterizada de la manera siguiente: Tenemos en grande escala todos los recursos que se necesitan en la producción moderna; una población obrera de veinticinco millones más o menos, de los cuales muchísimos se encuentran altamente preparados; un fondo de capital industrial de no menos de seis mil millones de dólares; una muy eficiente organización de la industria, de los medios de transporte y de las finanzas, lo que permite la más económica producción e intercambio de las mercaderías; y, por último, condiciones políticas y sociales que son altamente favorables a la producción y adquisición de la riqueza»[17].

Nos importa averiguar ahora cuáles sean las razones y antecedentes de este hecho, de esta condición afortunada de la nación norte-americana; de dónde y cómo le han venido esa virtud y esa fuerza en el orden económico.

Lo más frecuente y lo más fácil es que se señale como causa única a la educación, y que, tomando pie de esta apreciación, se entonen alabanzas a los métodos y procedimientos de los institutos educativos norte-americanos y se censuren los de otros países menos ricos, indicándolos como principales culpables de la inferioridad económica de que se padece. En esto hay algo de cierto, pero no es todo. La educación estado-unidense, que se halla admirablemente organizada para favorecer el desarrollo económico de la nación, es a su vez efecto de otros antecedentes que deben ocupar un lugar muy importante entre las causas creadoras de la riqueza norte-americana.

En la formación del pueblo norte-americano han obrado un conjunto de circunstancias extraordinariamente favorables. Los primeros colonizadores del país, especialmente los puritanos y los cuáqueros, eran de una noble cepa de hombres austeros que vinieron al Nuevo Mundo a fundar comunidades democráticas, en que armonizaron la libertad política con los estrictos preceptos de una religión severa. Venían no a improvisarse ricos, sino a repartir su vida entre el culto de Dios y el culto al trabajo, lo que significa la mejor disposición de ánimo posible para llegar a una situación económica sólida. Desde ese momento, la corriente europea humana no ha cesado de afluir a los Estados Unidos, que han sido un crisol gigantesco, donde se han fundido los elementos de las mejores razas del Viejo Mundo y los de algunas que, sin ser tan buenas, se han depurado al contacto de las demás. No hay nación moderna compuesta de elementos tan heterogéneos como la americana. En el período de 1819 a 1910 han ingresado a ella más de veinticinco millones de inmigrantes. Primeramente, los más de éstos venían de Alemania, de Inglaterra e Irlanda; pero en los últimos treinta y cinco años se operó un gran cambio en el carácter de la inmigración, y han sido Austria-Hungría, Rusia, Polonia e Italia los países que han dado el mayor porcentaje de ella. Todavía es menester agregar que no ha habido un simple traslado de fuerzas humanas a través del océano, sino un mejoramiento enorme en las condiciones de éstas. «Cuando uno considera, dice Channing, el clima de los Estados Unidos, su configuración física, su adaptabilidad al servicio del hombre civilizado, su fértil suelo y sus magníficas caídas de agua, sus inagotables recursos minerales, y el efecto de este medio sobre el organismo humano, se tiene que admitir que la raza europea ha ganado con trasladarse de su viejo hogar a la tierra norte-americana».

La situación geográfica de los Estados Unidos frente al Viejo Mundo y los tesoros del país, han sido sin duda un factor determinante del rumbo tomado por la emigración europea; pero no hay que olvidar cuánta influencia ha ejercido también sobre los hombres de todos los países el renombre de que gozan los Estados Unidos de ser la tierra de la libertad: las instituciones democráticas norte-americanas han funcionado como un centro de absorción de energías humanas, y de asimilación y multiplicación de ellas.

Una vez obtenida por las trece primeras colonias la independencia de Inglaterra, ocurrió un hecho transcendental para su porvenir económico. No continuaron ellas separadas, sino que lograron organizarse en un solo Estado. Este acontecimiento es considerado con razón como el más importante de toda la historia política de los Estados Unidos y Gladstone lo ha llamado «la obra más maravillosa llevada a cabo en cualquier tiempo por el cerebro y los propósitos del hombre». No cabe en realidad exagerar su alto significado e influencia. Mientras las colonias hispano-americanas, después de conquistar su independencia veinticinco años más tarde, entraban a la vida libre divididas en una multitud de Estados rivales y desorganizados, las colonias inglesas, por haberlo hecho formando un solo organismo político, se libraron de verse desgarradas por rivalidades y guerras entre pueblos hermanos. Los pueblos hispano-americanos vieron transcurrir por la circunstancia apuntada y su carencia de educación política no escasa parte del siglo XIX sacudido por tormentas revolucionarias y discordias internacionales. No tuvieron así ni la capacidad ni la posibilidad de dedicarse en buenas condiciones a la explotación de las riquezas de su suelo. En cambio, los norte-americanos, bajo una dirección política única y sin las zozobras de las revoluciones, pudieron lanzarse a la conquista económica de un continente. Porque es de advertir que los Estados Unidos, considerados aún en sus límites estrictos, tienen más los caracteres y proporciones de un continente que los de un país. «Es probable, dice Shaler, que medida en caballos de fuerza o por los productos manufacturados, la energía derivada de las corrientes de los Estados Unidos sea ya más valiosa que la de todos los demás países tomados en conjunto». «No solamente, apunta Bogart[18], se encuentran los Estados Unidos a la cabeza de todos los países en la producción de artículos de lechería, granos y trigo, de carbón, hierro, zinc, fosfato, azufre y petróleo, sino que la mayor parte de las maderas, carnes, tabaco y algodón que figuran en el comercio mundial salen de sus selvas y de sus campos. Esta diversidad de climas y de recursos ha traído consigo a su vez gran variedad de ocupaciones con la correspondiente diferencia de intereses, de modos de vivir y de maneras de pensar. Aunque este hecho ha tenido cierta influencia para dividir al pueblo en secciones animadas de intereses opuestos, con todo, en general, ha dado lugar más bien a cierta amplitud de miras y universalidad de sentimientos».

No cuesta ver que la descripción anterior corresponde sin dificultad más a las condiciones de un continente que a las de un país. A fin de apreciar bien las ventajas que se han derivado de estas circunstancias en que insisto, bastará imaginarse las que habrían resultado para nosotros, desde el punto de vista de nuestra prosperidad industrial y comercial, si, por ejemplo, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú y Bolivia hubieran formado un solo gran Estado federal sin aduanas interiores ni hostilidades separadoras.

En la lucha por el dominio de su continente, los norte-americanos no han tenido otros obstáculos que vencer que la resistencia de los franceses, con los cuales combatieron en el siglo XVIII por la posesión de la hoya del Mississipi; y la de los mejicanos, a quienes quitaron en 1848, después de una fácil guerra, vastos estados en la región del Pacífico.

Fué, asimismo, una fortuna inmensa para esta nación que los ingleses fracasaran en sus tentativas de encontrar un camino inter-oceánico a través del mar Ártico, y que no pudieran ni siquiera pensar en llegar al Pacífico por algunos de los istmos de la América Central. Si en la época de la conquista ponen ellos su planta en el Grande Océano, como lo hicieron desde temprano los españoles, habrían, como éstos, fundado nuevas colonias en el Oeste, y los estados del Este se habrían visto detenidos en su desarrollo por una barrera inamovible de naciones de su misma raza, tal cual les ha acaecido a los pueblos hispano-americanos. A no ser por el hecho que apuntamos, tendríamos hoy por lo menos dos en lugar de una gran república anglo-americana, y no se puede negar que la forma en que se verificaron las cosas ha significado la mayor suerte posible para los Estados Unidos.

Con razón ha podido decir Bogart que «la clave de la historia nacional de los Estados Unidos se encuentra en esta obra de ganar un continente a la naturaleza y someterlo a los usos del hombre».

En esta obra colectiva, la nación ha procedido generalmente guiada por una política proteccionista y animada de un valiente espíritu nacionalista.

En los primeros años de vida independiente, «a pesar, dice Farrand, de los esfuerzos gastados por hombres como Washington y el Coronel David Humphreys y aun por sociedades agrícolas, había muy poca lana fina producida en el país, de manera que los americanos tenían que traer del extranjero los artículos de lana manufacturada que necesitaban y aun lana en bruto»[19]. Las guerras napoleónicas y el bloqueo continental dictado por el Emperador tuvieron resonancia en el pueblo americano a principios del siglo XIX, perturbaron profundamente sus relaciones comerciales con Francia e Inglaterra y lo hicieron entrar por el camino de bastarse económicamente a sí mismo. Del Presidente Madison se dijo que el día de su inauguración en el poder había sido un argumento andando para alentar la manufactura de la lana del país. Su levita hecha en la hacienda del Coronel Humphreys y el chaleco y demás piezas de su traje en la del canciller Livingston eran de lana merino americana.

La guerra de 1812 con Inglaterra vino a consumar esta orientación. Una de las primeras disposiciones tomadas después del conflicto, fué una nueva tarifa aduanera que es considerada como la primera medida protectora adoptada por los Estados Unidos. Contribuyó ésta a afirmar el establecimiento de las manufacturas y después de ella se puede decir que el país pasó de la edad de los tejidos domésticos a la de las maquinarias. «La guerra de 1812 se considera con justicia como la segunda guerra de la independencia, porque, dice Farrand, señala el verdadero comienzo de nuestra libertad industrial y comercial trabada antes por la dependencia en que estábamos de Gran Bretaña y Europa; y es todavía de mayor importancia que por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el pueblo de las costas atlánticas entrase a apreciar la importancia del Oeste, y que, volviendo las espaldas a Europa, mirase resueltamente hacia el Pacífico»[20].

Dejando para tratar más adelante, en párrafos especiales, de otras cualidades que significan también factores importantes en la vida económica, digamos dos palabras sobre la educación.

La educación norte-americana merece sin duda casi todas las alabanzas de que se la hace objeto y ya he dicho que se halla admirablemente organizada para preparar al pueblo a la lucha económica. No es posible entrar aquí en detalles completos sobre el particular, ni estaría tampoco en situación de hacerlo. La educación vocacional, o sea la que tiende al desarrollo de la eficiencia económica de los individuos, es materia de una atención constante en todos los grados de la enseñanza. Grandes institutos superiores están consagrados exclusivamente a este fin, como ser el Instituto de Tecnología de Massachusets en Cambridge, que ya he mencionado, un instituto para investigaciones científicas relacionadas con la industria, anexo a la Universidad de Pittsburgh, los Colegios de Agricultura y Minería de la Universidad de California, los Colegios de Agricultura y Química Industrial de la Universidad de Wisconsin, el Sheffield Colegio de la Universidad de Yale, y el Departamento de Física de la Universidad de Princeton.

En otro capítulo he mencionado el Liceo Técnico de Oakland. Como éste o si no tan completos, semejantes establecimientos se encuentran en las principales ciudades para dar preparación técnica y comercial a la juventud en la segunda enseñanza.

Fuera de lo que se hace directamente por medio de la instrucción vocacional, son propios de la educación americana dos caracteres muy favorables al fomento de la eficiencia económica, a saber, los métodos activos y prácticos y el sistema de ramos elegibles y no de plan fijo, como existe entre nosotros. Cada alumno puede elegir para estudiar en el curso de cuatro o seis años los ramos que más convengan a sus inclinaciones y aptitudes intelectuales. Todos los alumnos deben estudiar una misma cantidad de tiempo; pero no todos se hallan obligados a estudiar las mismas cosas ni todas las cosas. Esta organización, junto con los métodos que he mencionado, tiende poderosamente a estimular la iniciativa, el trabajo con gusto, y, por consiguiente, la actividad y la eficiencia.

En relación con la iniciativa, no debemos silenciar la inventiva, como una de las cualidades características del pueblo yanqui, que debe ocupar un lugar muy importante entre las causas creadoras de su potencia económica. Ya a mediados del siglo XIX, un comisionado de la Cámara de los Comunes decía: «Debo expresar que la mayor parte de los nuevos inventos introducidos últimamente en este país (Inglaterra) han venido de afuera; y que, en especial casi todas las ideas relativas a maquinarias nuevas o al perfeccionamiento de las existentes, han tenido su origen en Norte América».

Cuando se habla del valor de la iniciativa individual, de cómo se la desarrolla en los Estados Unidos y de que éste es un país de promisión para ella, uno no puede dejar de acordarse al mismo tiempo de las organizaciones que la limitan. Éstas son los _trusts_, que nacieron poco después de 1880[21], como grandes combinaciones de compañías industriales y comerciales encaminadas a alcanzar los siguientes principales fines: suprimir la competencia; regularizar y obtener economías en la producción; división de los mercados y mantenimiento de los precios. Estas organizaciones gigantescas arrollan y aplastan sin dificultad a toda empresa que asome en el mercado con pretensiones de hacerles competencia y no dan lugar, es claro, a más iniciativas que a las que puedan desenvolver sus asociados y empleados dentro de las férreas mallas de la institución misma. En estas condiciones, no ha sido difícil que los _trusts_ fueran culpables muchas veces de los abusos del monopolio. Todo monopolio es odioso y los trusts han dado bastante que hacer a gobiernos y legisladores en los últimos treinta años. Se pensó primero en combatirlos levantando al frente de cada _trust_ otro que le hiciera competencia; pero este procedimiento no dió resultados. Uno de los trusts quebraba y las cosas seguían a veces peor que antes. Dejarlos en completa libertad no era posible y menos aún eliminarlos enteramente. No ha habido otro camino que someterlos a regularizaciones establecidas por la ley, que es lo que se ha verificado.

Con anterioridad a la organización de los _trusts_ y luego en combinación con ellos, se ha operado una gran concentración de las riquezas en las manos de unas pocas familias. De una estadística hecha sobre la propiedad rural y urbana en los Estados Unidos en 1890, se ha sacado en claro que el noventa y uno por ciento de las familias del país no poseen más del veinticinco por ciento de la riqueza y que el nueve por ciento de las familias tienen en sus manos el setenta y cinco por ciento de las riquezas.

A propósito de estos hechos, dice Bogart con cierta amargura: «Es evidente que nos hemos alejado mucho de las condiciones democráticas de una relativa igualdad económica que existía hace setenta y cinco o cien años. Las fortunas colosales son un fenómeno del siglo XX, y muchas de los Estados Unidos se han formado gracias a que los recursos naturales han sido monopolizados por unos pocos que se han hecho ricos con el aumento de la población y la consiguiente mayor demanda. Situados esos individuos en puntos estratégicos del mundo industrial, han arrancado tributos a la sociedad ni más ni menos como lo hacían los caballeros bandidos de otros tiempos. Bajo esta circunstancia, el aumento de la riqueza no ha significado ni una eficiente utilización de los recursos del continente, ni una mayor ventaja social derivada de su uso. El aumento de la producción ha venido acompañado de aumento de desigualdad en la distribución».

La distribución desigual va acompañada generalmente de una pobre economía y de baja eficiencia en la obra de la producción. Mientras por un lado se ha desarrollado en el país un espléndido tipo de organizador de negocios, hay que notar por el otro las pérdidas sociales que resultan del exceso de trabajo, de la labor de los niños, de las enfermedades profesionales, de los accidentes y del vivir en arrabales y malas habitaciones. Una mejor organización de la industria y de la distribución de la riqueza evitaría muchos de estos males y elevaría el nivel general de la eficiencia. Gran desigualdad significa también menos placer en el consumo de la riqueza. Lo que se necesita es no solamente más y más riqueza, sino que ésta sea de tal manera distribuida que el bienestar, la satisfacción económica de la sociedad pueda ser llevada a su más alto grado. La suma total de las satisfacciones económicas tiene que ser mayor en una sociedad donde reine una justa igualdad de distribución que en otra donde el millonario se codee con el vagabundo. Da prueba, por último, de cierta inconsistencia, por no decir que se halla amenazada de un peligro, la sociedad que es en el orden político democrática, y, al mismo tiempo, en el económico plutocrática»[22].

Sin embargo, con motivo de la guerra europea, tuvo el Gobierno que entrar por el camino de tomar medidas consideradas por algunos como propias de un estado socialista, como ser la apropiación y manejo de los ferrocarriles, y de otras inspiradas en un amplio criterio de justicia social, como la ley que ha venido a gravar la renta y llegado hasta imponer el sesenta y cinco por ciento de contribución a las más grandes fortunas.

Aunque nunca haya sido el socialismo una entidad política preponderante en los Estados Unidos, no por esto deja de inspirar cuidado. «Hasta ahora no es muy extenso el número de adeptos oficiales al partido socialista en nuestro país, dice N. Murray Butler, pero las doctrinas y enseñanzas del socialismo se están difundiendo sistemática y vehementemente entre nosotros. Muchas escuelas y colegios y muchos púlpitos se dedican consciente e inconscientemente a tal labor. En las elecciones de 1916, el partido socialista de los Estados Unidos obtuvo casi exactamente el 3,3 por ciento de la votación total. Es probable que a causa de haber adoptado oficialmente la política internacional de los bolchevistas rusos se haya alienado el partido socialista la simpatía de sus primitivos defensores, hasta el punto de que los votos a su favor se redujeran a menos del dos por ciento. Por pequeño que parezca este número representa una organización y actividad desproporcionada con su importancia. No es posible equivocarse respecto de su programa. Califica abiertamente de inmoral nuestra Constitución. Acusa de mercenarios, de pillos, de hombres de inteligencia mediocre y de abogados de la clase capitalista a los padres de la nación. La plataforma del partido socialista en 1912 demandaba explícitamente no sólo la política comunista, sino la abolición del Senado de los Estados Unidos y de la facultad del Presidente de imponer el veto; la abolición de los tribunales federales, con excepción de la Corte Suprema y la elección de todos los jueces por corto tiempo»[23].

Tampoco faltan los anarquistas, como lo prueban los numerosos atentados dinamiteros llevados a cabo en 1919, en las principales ciudades de la Unión, en contra de miembros de la judicatura de financieros y de hombres públicos. Entre las asociaciones obreras es tenida por francamente maximalista la de los I. W. W. (Industrial Workers of the World. Trabajadores industriales del mundo).

Los detalles apuntados sobre los trusts y los anarquistas manifiestan que el espléndido cuadro económico y social de los Estados Unidos no carece de sombras. Es condición de los extranjeros dejarse deslumbrar por las grandezas que encuentran fuera de su patria y exagerarlas para presentarlas con la mejor intención como modelos. Esto les ocurre a muchos sud-americanos, y no sería raro que en especial a los chilenos, con las magnificencias de los Estados Unidos. El edificio económico de este país es sin duda imponente y superior a cuanto se ha visto hasta ahora en la historia, pero, como toda sociedad humana, sin excepción, la norte-americana no puede sustraerse a la ley de que vayan apareciendo desperfectos en ella, que engendran descontentos y reclaman reformas.

EL ESPÍRITU DEMOCRÁTICO.--FALTA DE CEREMONIAS Y RUDEZA DE MANERAS.--En otro capítulo he hablado ya de las instituciones de la democracia americana y en este momento no cabe sino recordar cómo su espíritu se muestra en la manera de ser de los americanos.

Este es un pueblo muy poco afecto a las ceremonias. Recién llegado a Berkeley, le pregunté a un profesor de la Universidad de California, cómo debería tratar a un decano que me acababan de presentar y si era la costumbre dirigirse a ese funcionario con su título más alto y llamarlo Decano Jones o decirle simplemente profesor Jones. «Oh no, fué la contestación», llámelo Mr. Jones y basta. Nosotros somos un pueblo sin ceremonias. Cuando vaya a ver al Presidente de la República no se preocupe de fórmulas de especial cortesía ni de nada semejante y dígale con toda naturalidad «¿Cómo le va, Mr. Wilson?».

No es raro que a las personas a quienes se ha invitado a tomar el lunch o a comer las conviden también los dueños de casa, después de los postres, a lavar junto con ellos los platos en la repostería o en la cocina. Es éste, sin duda, un caso de falta de ceremonias; pero es igualmente un resultado de la falta de servidumbre que proviene de la elevación creciente de las clases sociales bajas y de las oportunidades que se les ofrecen de ocuparse en mejores condiciones en las fábricas y talleres.

Los hombres no se sacan generalmente el sombrero para saludar a otros hombres y ni los estudiantes proceden de otra manera con sus profesores.