Part 3
El sueño bajo el sol que aturde y ciega, tórrido sueño en la hora de arrebol; el río luminoso el aire surca; esplende la montaña; la tarde es polvo y sol.
El sibilante caracol del viento ronco dormita en el remoto alcor; emerge el sueño ingrave en la palmera, luego se enciende en el naranjo en flor.
La estúpida cigüeña su garabato escribe en el sopor del molino parado; el toro abate sobre la hierba la testuz feroz.
La verde, quieta espuma del ramaje efunde sobre el blanco paredón, lejano, inerte, del jardín sombrío dormido bajo el cielo fanfarrón. .................................... Lejos, enfrente de la tarde roja, refulge el ventanal del torreón.
....................................
HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES
LOS GRANDES INVENTOS
XLVI LA NORIA
La tarde caía triste y polvorienta.
El agua cantaba su copla plebeya en los cangilones de la noria lenta.
Soñaba la mula ¡pobre mula vieja! al compás de sombra que en el agua suena.
La tarde caía triste y polvorienta.
Yo no sé qué noble, divino poeta, unió a la amargura de la eterna rueda,
la dulce armonía del agua que sueña y vendó tus ojos, ¡pobre mula vieja!...
Mas sé que fué un noble, divino poeta, corazón maduro de sombra y de ciencia.
XLVII EL CADALSO
La aurora asomaba lejana y siniestra.
El lienzo de Oriente sangraba tragedias, pintarrajeadas con nubes grotescas. ............................. En la vieja plaza de una vieja aldea, erguía su horrible pavura esquelética el tosco patíbulo de fresca madera...
La aurora asomaba lejana y siniestra.
XLVIII LAS MOSCAS
Vosotras, las familiares, inevitables golosas, vosotras, moscas vulgares, me evocáis todas las cosas.
¡Oh, viejas moscas voraces como abejas en abril, viejas moscas pertinaces sobre mi calva infantil!
¡Moscas del primer hastío en el salón familiar, las claras tardes de estío en que yo empecé a soñar!
Y en la aborrecida escuela, raudas moscas divertidas, perseguidas por amor de lo que vuela,
--que todo es volar--sonoras, rebotando en los cristales en los días otoñales... Moscas de todas las horas,
de infancia y adolescencia, de mi juventud dorada; de esta segunda inocencia, que da en no creer nada,
de siempre... Moscas vulgares, que de puro familiares no tendréis digno cantor: yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado, sobre el librote cerrado, sobre la carta de amor, sobre los párpados yertos de los muertos...
Inevitables golosas, que ni labráis como abejas, ni brilláis cual mariposas; pequeñitas, revoltosas, vosotras, amigas viejas, me evocáis todas las cosas.
XLIX ELEGÍA DE UN MADRIGAL
Recuerdo que una tarde de soledad y hastío, ¡oh tarde como tantas! el alma mía era, bajo el azul monótono, un ancho y terso río que ni tenía un pobre juncal en su ribera.
¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia que borra el misterioso azogue del cristal! ¡Oh el alma sin amores que el Universo copia con un irremediable bostezo universal! ................................ Quiso el poeta recordar a solas, las ondas bien amadas, la luz de los cabellos que él llamaba en sus rimas rubias olas. Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...
Y un día--como tantos--al aspirar un día aromas de una rosa que en el rosal se abría, brotó, como una llama la luz de los cabellos que él en sus madrigales llamaba rubias olas, brotó, porque una aroma igual tuvieron ellos... Y se alejó en silencio para llorar a solas.
L ACASO...
Como atento no más a mi quimera no reparaba en torno mío, un día me sorprendió la fértil primavera que en todo el ancho campo sonreía.
Brotaban verdes hojas de las hinchadas yemas del ramaje, y flores amarillas, blancas, rojas, variolaban la mancha del paisaje.
Y era una lluvia de saetas de oro, el sol sobre las frondas juveniles; del amplio río en el caudal sonoro se miraban los álamos gentiles.
Tras de tanto camino es la primera vez que miro brotar la primavera, dije, y después, declamatoriamente:
--¡Cuán tarde ya para la dicha mía!-- Y luego, al caminar, como quien siente alas de otra ilusión:--Y todavía ¡yo alcanzaré mi juventud un día!
LI JARDÍN
Lejos de tu jardín quema la tarde inciensos de oro en purpurinas llamas, tras el bosque de cobre y de ceniza. En tu jardín hay dalias. ¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece la obra de un peluquero, con esa pobre palmerilla enana, y ese cuadro de mirtos recortados... y el naranjito en su tonel... El agua de la fuente de piedra no cesa de reir sobre la concha blanca.
LII FANTASÍA DE UNA NOCHE DE ABRIL
¿Sevilla?... ¿Granada?... La noche de luna. Angosta la calle, revuelta y moruna, de blancas paredes y obscuras ventanas. Cerrados postigos, corridas persianas... El cielo vestía su gasa de abril.
Un vino risueño me dijo el camino. Yo escucho los áureos consejos del vino, que el vino es a veces escala de ensueño. Abril y la noche y el vino risueño cantaron en coro su salmo de amor.
La calle copiaba, con sombra en el muro, el paso fantasma y el sueño maduro de apuesto embozado, galán caballero: espada tendida, calado sombrero... La luna vertía su blanco soñar.
Como un laberinto mi sueño torcía de calle en calleja. Mi sombra seguía de aquel laberinto la sierpe encantada, en pos de una oculta plazuela cerrada. La luna lloraba su dulce blancor.
La casa y la clara ventana florida, de blancos jazmines y nardos prendida, más blanco que el blanco soñar de la luna... --Señora, la hora, tal vez importuna... ¿Qué espere? (La dueña se lleva el candil).
Ya sé que sería quimera, señora, mi sombra galante buscando a la aurora en noche de estrellas y luna, si fuera mentira la blanca nocturna quimera que usurpa a la luna su trono de luz.
¡Oh dulce señora, más cándida y bella que la solitaria matutina estrella tan clara en el cielo! ¿por qué silenciosa oís mi nocturna querella amorosa? ¿Quién hizo, señora, cristal vuestra voz?...
La blanca quimera, parece que sueña. Acecha en la oscura estancia la dueña. --Señora, si acaso otra sombra emboscada teméis, en la sombra, fiad en mi espada... Mi espada se ha visto a la luna brillar.
¿Acaso os parece mi gesto anacrónico? El vuestro es, señora, sobrado lacónico. ¿Acaso os asombra mi sombra embozada, de espada tendida y toca plumada?... ¿Seréis la cautiva del moro Gazul?...
Dijéraislo, y pronto mi amor os diría el son de mi guzla y la algarabía más dulce que oyera ventana moruna. Mi guzla os dijera la noche de luna, la noche de cándida luna de abril.
Dijera la clara cantiga de plata del patio moruno, y la serenata que lleva el aroma de floridas preces a los miradores y a los ajimeces, los salmos de un blanco fantasma lunar.
Dijera las danzas de trenzas lascivas, las muelles cadencias de ensueños, las vivas centellas de lánguidos rostros velados, los tibios perfumes, los huertos cerrados; dijera el aroma letal del harén.
Yo guardo, señora, en mi viejo salterio también una copla de blanco misterio, la copla más suave, más dulce y más sabia que evoca las claras estrellas de Arabia y aromas de un moro jardín andaluz.
Silencio... En la noche la paz de la luna alumbra la blanca ventana moruna. Silencio... Es el musgo que brota y la hiedra que lenta desgarra la tapia de piedra... El llanto que vierte la luna de abril.
--Si sois una sombra de la primavera, blanca entre jazmines, o antigua quimera soñada, en las trovas de dulces cantores, yo soy una sombra de viejos cantares, y el signo de un álgebra viejo de amores.
Los gayos, lascivos decires mejores, los árabes albos nocturnos soñares, las coplas mundanas, los salmos talares, poned en mis labios; yo soy una sombra también del amor.
Ya muerta la luna, mi sueño volvía por la retorcida, moruna calleja. El sol en Oriente reía su risa más vieja.
LIII A UN NARANJO Y A UN LIMONERO VISTOS EN UNA TIENDA DE PLANTAS Y FLORES
Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte! medrosas tiritan tus hojas menguadas. Naranjo en la corte, qué pena da verte con tus naranjitas secas y arrugadas.
Pobre limonero de fruto amarillo cual pomo pulido de pálida cera, ¡qué pena mirarte, mísero arbolillo criado en mezquino tonel de madera!
De los claros bosques de la Andalucía, ¿quién os trajo a esta castellana tierra que barren los vientos de la adusta sierra, hijos de los campos de la tierra mía?
¡Gloria de los huertos, árbol limonero, que enciendes los frutos de pálido oro y alumbras del negro cipresal austero las quietas plegarlas erguidas en coro;
y fresco naranjo del patio querido, del campo risueño y el huerto soñado, siempre en mi recuerdo maduro o florido de frondas y aromas y frutos cargado!
LIV LOS SUEÑOS MALOS
Está la plaza sombría, muere el día. Suenan lejos las campanas.
De balcones y ventanas se iluminan las vidrieras, con reflejos mortecinos, como huesos blanquecinos y borrosas calaveras.
En toda la tarde brilla una luz de pesadilla. Está el sol en el ocaso. Suena el eco de mi paso.
--¿Eres tú? Ya te esperaba... --No eras tú a quien yo buscaba.
LV HASTÍO
Pasan las horas de hastío por la estancia familiar, el pobre cuarto sombrío donde yo empecé a soñar.
Del reloj arrinconado, que en la penumbra clarea, el tic-tac acompasado odiosamente golpea.
Dice la monotonía del agua clara al caer: un día es como otro día; hoy es lo mismo que ayer.
Cae la tarde. El viento agita el parque mustio y dorado... ¡Qué largamente ha llorado toda la fronda marchita!
LVI
Sonaba el reloj la una dentro de mi cuarto. Era triste la noche. La luna, reluciente calavera,
ya del cénit declinando, iba del ciprés del huerto fríamente iluminando el alto ramaje yerto.
Por la entreabierta ventana, llegaban a mis oídos, metálicos alaridos de una música lejana.
Una música tristona, una mazurca olvidada, entre inocente y burlona, mal tañida y mal soplada.
Y yo sentí el estupor del alma cuando bosteza, el corazón, la cabeza, y... morirse es lo mejor.
LVII CONSEJOS
I
Este amor que quiere ser acaso pronto será; pero ¿cuándo ha de volver lo que acaba de pasar?
Hoy dista mucho de ayer. ¡Ayer es Nunca jamás!
LVIII
II
Moneda que está en la mano quizá se deba guardar; pero la que está en el alma se pierde si no se da.
LIX GLOSA
_Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir._ ¡Gran cantar!
Entre los poetas míos tiene Manrique un altar.
Dulce goce de vivir: mala ciencia del pasar, ciego huir a la mar.
Tras el pavor del morir está el placer de llegar.
¡Gran placer! Mas ¿y el horror de volver? ¡Gran pesar!
LX
Anoche cuando dormía soñé ¡bendita ilusión! que una fontana fluía dentro de mi corazón. Dí, ¿por qué acequia escondida, agua, vienes hasta mí, manantial de nueva vida en donde nunca bebí.
Anoche cuando dormía soñé ¡bendita ilusión! que una colmena tenía dentro de mi corazón; y las doradas abejas iban fabricando en él, con las amarguras viejas blanca cera y dulce miel.
Anoche cuando dormía soñé ¡bendita ilusión! que un ardiente sol lucía dentro de mi corazón. Era ardiente porque daba calores de rojo hogar, y era sol porque alumbraba y porque hacía llorar.
Anoche cuando dormía soñé ¡bendita ilusión! que era Dios lo que tenía dentro de mi corazón.
LXI
¿Mi corazón se ha dormido? Colmenares de mis sueños ¿ya no labráis? ¿Está seca la noria del pensamiento, los cangilones vacíos, girando, de sombra llenos?
No, mi corazón no duerme. Está despierto, despierto. Ni duerme ni sueña, mira, los claros ojos abiertos, señas lejanas y escucha a orillas del gran silencio.
GALERÍAS
INTRODUCCIÓN
Leyendo un claro día mis bien amados versos, he visto en el profundo espejo de mis sueños
que una verdad divina temblando está de miedo, y es una flor que quiere echar su aroma al viento.
El alma del poeta se orienta hacia el misterio. Sólo el poeta puede mirar lo que está lejos dentro del alma, en turbio y mago son envuelto.
En esas galerías, sin fondo del recuerdo, donde las pobres gentes colgaron cual trofeo
el traje de una fiesta apolillado y viejo, allí el poeta sabe el laborar eterno mirar de las doradas abejas de los sueños.
Poetas, con el alma atenta al hondo cielo, en la cruel batalla o en el tranquilo huerto,
la nueva miel labramos con los dolores viejos, la veste blanca y pura pacientemente hacemos, y bajo el sol bruñimos el fuerte arnés de hierro.
El alma que no sueña, el enemigo espejo, proyecta nuestra imagen con un perfil grotesco.
Sentimos una ola de sangre, en nuestro pecho, que pasa... y sonreímos, y a laborar volvemos.
LXII
Desgarrada la nube; el arco iris brillando ya en el cielo, y en un fanal de lluvia y sol el campo envuelto.
Desperté. ¿Quién enturbia los mágicos cristales de mi sueño? Mi corazón latía atónito y disperso.
... ¡El limonar florido, el cipresal del huerto, el prado verde, el sol, el agua, el iris... ¡el agua en tus cabellos!...
Y todo en la memoria se perdía como una pompa de jabón al viento.
LXIII
Y era el demonio de mi sueño, el ángel más hermoso. Brillaban como aceros los ojos victoriosos, y las sangrientas llamas de su antorcha alumbraron la honda cripta del alma.
--¿Vendrás conmigo?--No, jamás; las tumbas y los muertos me espantan. Pero la férrea mano mi diestra atenazaba.
--Vendrás conmigo... Y avancé en mi sueño cegado por la roja luminaria. Y en la cripta sentí sonar cadenas y rebullir de fieras enjauladas.
LXIV
Desde el umbral de un sueño me llamaron... Era la buena voz, la voz querida.
--¿Dime: vendrás conmigo a ver el alma?... Llegó a mi corazón una caricia.
--Contigo siempre... Y avancé en mi sueño por una larga, escueta galería, sintiendo el roce de la vesta pura y el palpitar suave de la mano amiga.
LXV SUEÑO INFANTIL
Una clara noche de fiesta y de luna, noche de mis sueños, noche de alegría,
--era luz mi alma que hoy es bruma toda, no eran mis cabellos negros todavía--
el hada más joven me llevó en sus brazos a la alegre fiesta que en la plaza ardía.
So el chisporroteo de las luminarias, amor sus madejas de danzas tejía.
Y en aquella noche de fiesta y de luna, noche de mis sueños noche de alegría,
el hada más joven besaba mi frente..., con su linda mano su adiós me decía...
Todos los rosales daban sus aromas, todos los amores amor entreabría.
LXVI
Si yo fuera un poeta galante, cantaría a vuestros ojos un cantar tan puro como en el mármol blanco el agua limpia.
Y en una estrofa de agua todo el cantar sería:
«Ya sé que no responden a mis ojos, que ven y no preguntan cuando miran, los vuestros claros, vuestros ojos tienen la buena luz tranquila, la buena luz del mundo en flor, que he visto desde los brazos de mi madre un día.»
LXVII
Llamó a mi corazón, un claro día, con un perfume de jardín, el viento.
--A cambio de este aroma, todo el aroma de tus rosas quiero. --No tengo rosas; flores en mi jardín no hay ya: todas han muerto.
Me llevaré los llantos de las fuentes, las hojas amarillas y los mustios pétalos. Y el viento huyó... Mi corazón sangraba... Alma ¿qué has hecho de tu pobre huerto?
LXVIII
Hoy buscarás en vano a tu dolor consuelo.
Lleváronse tus hadas el lino de tus sueños. Está la fuente muda, y está marchito el huerto. Hoy sólo quedan lágrimas para llorar. No hay que llorar ¡silencio!
LXIX
Y nada importa ya que el vino de oro rebose de tu copa cristalina, o el agrio zumo enturbie el puro vaso...
Tú sabes las secretas galerías del alma, los caminos de los sueños y la tarde tranquila donde van a morir... Allí te aguardan
las hadas silenciosas de la vida, y hacia un jardín de eterna primavera te llevarán un día.
LXX
¡Tocados de otros días, mustios encajes y marchitas sedas; salterios arrumbados, rincones de las salas polvorientas;
daguerreotipos turbios, cartas que amarillean; libracos no leídos que guardan grises florecitas secas:
romanticismos muertos, cursilerías viejas, cosas de ayer que sois mi alma, y cantos y cuentos de la abuela!...
LXXI
La casa tan querida donde habitaba ella, sobre un montón de escombros arruinada o derruida, enseña el negro y carcomido maltrabado esqueleto de madera.
La luna está vertiendo su clara luz en sueños que platea en las ventanas. Mal vestido y triste, voy caminando por la calle vieja.
LXXII
Ante el pálido lienzo de la tarde, la iglesia, con sus torres afiladas y el ancho campanario, en cuyos huecos voltean suavemente las campanas, alta y sombría, surge.
La estrella es una lágrima en el azul celeste. Bajo la estrella clara, flota, vellón disperso, una nube quimérica de plata.
LXXIII
Tarde tranquila, casi con placidez de alma, para ser joven, para haberlo sido cuando Dios quiso, para tener algunas alegrías... lejos y poder dulcemente recordarlas.
LXXIV
Yo, como Anacreonte, quiero cantar, reir y echar al viento las sabias amarguras y los graves consejos;
y quiero, sobre todo, emborracharme, ya lo sabéis... ¡Grotesco! Pura fe en el morir, pobre alegría y macabro danzar antes de tiempo.
LXXV
¡Oh tarde luminosa! El aire está encantado. La blanca cigüeña dormita volando, y las golondrinas se cruzan, tendidas las alas agudas al viento dorado, y en la tarde risueña se alejan volando, soñando...
Y hay una que torna como la saeta, las alas agudas tendidas al aire sombrío, buscando su negro rincón del tejado.
La blanca cigüeña, como un garabato, tranquila y disforme ¡tan disparatada! sobre el campanario.
LXXVI
Es una tarde cenicienta y mustia, destartalada, como el alma mía; y es esta vieja angustia que habita mi habitual hipocondría.
La causa de esta angustia no consigo ni vagamente comprender siquiera; pero recuerdo y, recordando, digo: --Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.
LXXVII
Y no es verdad, dolor, yo te conozco, tú eres nostalgia de la vida buena y soledad de corazón sombrío, de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado que no tiene huella ni olfato y yerra por los caminos, sin camino, como el niño que en la noche de una fiesta
se pierde entre el gentío y el aire polvoriento y las candelas chispeantes, atónito, y asombra su corazón de música y de pena,
así voy yo, borracho, melancólico, guitarrista lunático, poeta, y pobre hombre en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla.
LXXVIII
¿Y ha de morir contigo el mundo mago donde guarda el recuerdo los hálitos más puros de la vida, la blanca sombra del amor primero,
la voz que fué a tu corazón, la mano que tú querías retener en sueños, y todos los amores que llegaron al alma, al hondo cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, la vieja vida en orden tuyo y nuevo? ¿Los yunques y crisoles de tu alma laboran para el polvo y para el viento?
LXXIX
Desnuda está la tierra, y el alma aulla al horizonte pálido como loba famélica. ¿Qué buscas, poeta, en el ocaso?
Amargo caminar, porque el camino pesa en el corazón. El viento helado, y la noche que llega, y la amargura de la distancia... En el camino blanco
algunos yertos árboles negrean; en los montes lejanos hay oro y sangre... El sol murió... ¿Qué buscas, poeta, en el ocaso?
LXXX CAMPO
La tarde está muriendo como un hogar humilde que se apaga.
Allá, sobre los montes, quedan algunas brasas.
Y ese árbol roto en el camino blanco hace llorar de lástima.
¡Dos ramas en el tronco herido, y una hoja marchita y negra en cada rama!
¿Lloras?... Entre los álamos de oro, lejos, la sombra del amor te aguarda.
LXXXI A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR
Te he visto, por el parque ceniciento que los poetas aman para llorar, como una noble sombra vagar envuelto en tu levita larga.
El talante cortés, ha tantos años compuesto de una fiesta en la antesala, ¡qué bien tus pobres huesos ceremoniosos guardan!
Yo te he visto aspirando, distraído, con el aliento que la tierra exhala, --hoy, tibia tarde en que las mustias hojas húmedo viento arranca-- del eucalipto verde
el frescor de las hojas perfumadas. Y te he visto llevar la seca mano a la perla que brilla en tu corbata.
LXXXII LOS SUEÑOS
El hada más hermosa ha sonreído al ver la lumbre de una estrella pálida que en hilo suave, blanco y silencioso, se enrosca al huso de su rubia hermana.
Y vuelve a sonreir, porque en su rueca el hilo de los campos se enmaraña. Tras la tenue cortina de la alcoba está el jardín envuelto en luz dorada.
La cuna, casi en sombra. El niño duerme. Dos hadas laboriosas lo acompañan hilando de los sueños los sutiles copos en ruecas de marfil y plata.
LXXXIII
Guitarra del mesón que hoy suenas jota, mañana petenera, según quien llega y tañe las empolvadas cuerdas.
Guitarra del mesón de los caminos, no fuiste nunca, ni serás, poeta.
Tú eres alma que dice su armonía solitaria a las almas pasajeras...
Y siempre que te escucha el caminante sueña escuchar un aire de su tierra.
LXXXIV