Part 2
Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera de la cigarra cantora, el monorritmo jovial, entre metal y madera, que es la canción estival.
En una huerta sombría, giraban los cangilones de la noria soñolienta. Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía. Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.
Yo iba haciendo mi camino, absorto en el solitario crepúsculo campesino.
Y pensaba: «¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa toda desdén y armonía, hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!»
Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente. Lejos, la ciudad dormía como cubierta de un mago fanal de oro transparente. Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.
Los últimos arreboles coronaban las colinas manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas. Yo caminaba cansado, sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.
El agua en sombra pasaba tan melancólicamente, bajo los arcos del puente, como si al pasar dijera:
«Apenas desamarrada la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera, se canta: no somos nada. Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.»
Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría. (Yo pensaba: ¡el alma mía!)
Y me detuve un momento, en la tarde, a meditar... ¿Qué es esta gota en el viento que grita al mar: soy el mar?
Vibraba el aire asordado por los élitros cantores que hacen el campo sonoro, cual si estuviera sembrado de campanitas de oro.
En el azul fulguraba un lucero diamantino. Cálido viento soplaba alborotando el camino.
Yo, en la tarde polvorienta, hacia la ciudad volvía. Sonaban los cangilones de la noria soñolienta. Bajo las ramas obscuras caer el agua se oía.
XIV CANTE HONDO
Yo meditaba absorto, devanando los hilos del hastío y la tristeza, cuando llegó a mi oído, por la ventana de mi estancia, abierta
a una caliente noche de verano, el plañir de una copla soñolienta, quebrada por los trémolos sombríos de las músicas magas de mi tierra.
...Y era el Amor, como una roja llama... --Nerviosa mano en la vibrante cuerda ponía un largo suspirar de oro que se trocaba en surtidor de estrellas--.
...Y era la Muerte, al hombro la cuchilla, el paso largo, torva y esquelética. --tal cuando yo era niño la soñaba--.
Y en la guitarra, resonante y trémula, la brusca mano, al golpear, fingía el reposar de un ataúd en tierra.
Y era un plañido solitario el soplo que el polvo barre y la ceniza aventa.
XV
La calle en sombra. Ocultan los altos caserones el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.
¿No ves, en el encanto del mirador florido, el óvalo rosado de un rostro conocido?
La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo, surge o se apaga como daguerreotipo viejo.
Suena en la calle sólo el ruido de tu paso; se extinguen lentamente los ecos del ocaso.
¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella? No puede ser... Camina... En el azul la estrella.
XVI
Siempre fugitiva y siempre cerca de mí, en negro manto mal cubierto el desdeñoso gesto de tu rostro pálido. No sé dónde vas ni dónde tu virgen belleza tálamo busca en la noche. No sé qué sueños cierran tus párpados, ni de quien haya entreabierto tu lecho inhospitalario. ................................ Detén el paso, belleza esquiva, detén el paso...
Besar quisiera la amarga, amarga flor de tus labios.
XVII HORIZONTE
En una tarde clara y amplia como el hastío, cuando su lanza blande el tórrido verano, copiaban el fantasma de un grave sueño mío mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano.
La gloria del ocaso era un purpúreo espejo, era un cristal de llamas, que al infinito viejo iba arrojando el grave soñar en la llanura... Y yo sentí la espuela sonora de mi paso repercutir lejana en el sangriento ocaso, y más allá, la alegre canción de un alba pura.
XVIII EL POETA
Para el libro _La casa de la primavera_, de Martínez Sierra.
Maldiciendo su destino como Glauco, el dios marino, mira, turbia la pupila de llanto, el mar que le debe su blanca virgen Scyla.
Él sabe que un Dios más fuerte con la sustancia inmortal está jugando a la muerte cual niño bárbaro. Él piensa que ha de caer como rama que sobre las aguas flota, antes de perderse, gota de mar, en la mar inmensa.
En sueños oyó el acento de una palabra divina; en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina sin odio ni amor, y el frío soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.
Bajo las palmeras del oasis el agua buena miró brotar de la arena; y se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros animales carniceros...
Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor. Y fué compasivo para el ciervo y el cazador, para el ladrón y el robado, para el pájaro azorado, para el sanguinario azor.
Con el Eclesiastés dijo: Vanidad de vanidades, todo es negra vanidad; y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades: sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.
Y viendo cómo lucían miles de blancas estrellas, pensaba que todas ellas en su corazón ardían. ¡Noche de amor!...
Y otra noche sintió la mala tristeza que enturbia la pura llama, y el corazón que bosteza, y el histrión que declama.
Y dijo: las galerías del alma que espera están desiertas, mudas, vacías: las blancas sombras se van.
Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado del ayer. ¡Cuán bello era! ¡Qué hermosamente el pasado fingía la primavera, cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado, mísero fruto podrido, que en el hueco acibarado guarda el gusano escondido!
¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día, arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!
XIX
¡Verdes jardinillos, claras plazoletas, fuente verdinosa donde el agua sueña, donde el agua muda resbala en la piedra!...
Las hojas de un verde mustio, casi negras, de la acacia, el viento de septiembre besa, y se lleva algunas amarillas, secas, jugando, entre el polvo blanco de la tierra.
Linda doncellita, que el cántaro llenas de agua transparente, tú, al verme, no llevas a los negros bucles de tu cabellera, distraídamente, la mano morena, ni, luego, en el limpio cristal te contemplas...
Tú miras al aire de la tarde bella, mientras de agua clara el cántaro llenas.
DEL CAMINO
XX PRELUDIO
Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero poner un dulce salmo sobre mi viejo atril. Acordaré las notas del órgano severo al suspirar fragante del pífano de abril.
Madurarán su aroma las pomas otoñales, la mirra y el incienso salmodiarán su olor; exhalarán su fresco perfume los rosales, bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor.
Al grave acorde lento de música y aroma, la sola y vieja y noble razón de mi rezar levantará su vuelo suave de paloma y la palabra blanca se elevará al altar.
XXI
Daba el reloj las doce... y eran doce golpes de azada en tierra... ...¡Mi hora!--grité--... El silencio me respondió:--No temas; tú no verás caer la última gota que en la clepsidra tiembla.
Dormirás muchas horas todavía sobre la orilla vieja, y encontrarás una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera.
XXII
Sobre la tierra amarga, caminos tiene el sueño laberínticos, sendas tortuosas, parques en flor y en sombra y en silencio;
criptas hondas, escalas sobre estrellas; retablos de esperanzas y recuerdos. Figurillas que pasan y sonríen --juguetes melancólicos de viejo--;
imágenes amigas, a la vuelta florida del sendero, y quimeras rosadas que hacen camino... lejos...
XXIII
En la desnuda tierra del camino la hora florida brota, espino solitario, del valle humilde en la revuelta umbrosa.
El salmo verdadero de tenue voz hoy toma al corazón, y al labio, la palabra quebrada y temblorosa.
Mis viejos mares duermen; se apagaron sus espumas sonoras sobre la playa estéril. La tormenta camina lejos en la nube torva.
Vuelve la paz al cielo; la brisa tutelar esparce aromas otra vez sobre el campo, y aparece, en la bendita soledad, tu sombra.
XXIV
El sol es un globo de fuego, la luna es un disco morado.
Una blanca paloma se posa en el alto ciprés centenario.
Los cuadros de mirtos parecen de marchito velludo empolvado.
¡El jardín y la tarde tranquila!... Suena el agua en la fuente de mármol.
XXV
¡Tenue rumor de túnicas que pasan sobre la infértil tierra!... ¡y lágrimas sonoras de las campanas viejas!
Las ascuas mortecinas del horizonte humean... Blancos fantasmas lares van encendiendo estrellas.
--Abre el balcón. La hora de una ilusión se acerca... La tarde se ha dormido y las campanas sueñan.
XXVI
¡Oh, figuras del atrio, más humildes cada día y lejanas: mendigos harapientos sobre marmóreas gradas;
miserables ungidos de eternidades santas, manos que surgen de los mantos viejos y de las rotas capas!
¿Pasó por vuestro lado una ilusión velada, de la mañana luminosa y fría en las horas más plácidas?...
Sobre la negra túnica, su mano era una rosa blanca...
XXVII
La tarde todavía dará incienso de oro a tu plegaria, y quizás el cénit de un nuevo día amenguará tu sombra solitaria.
Mas no es tu fiesta el Ultramar lejano, sino la ermita junto al manso río; no tu sandalia el soñoliento llano pisará, ni la arena del hastío.
Muy cerca está, romero, la tierra verde y santa y florecida de tus sueños; muy cerca, peregrino que desdeñas la sombra del sendero y el agua del mesón en tu camino.
XXVIII
Crear fiestas de amores en nuestro amor pensamos, quemar nuevos aromas en montes no pisados,
y guardar el secreto de nuestros rostros pálidos, porque en las bacanales de la vida vacías nuestras copas conservamos,
mientras con eco de cristal y espuma ríen los zumos de la vid dorados. ................................ Un pájaro escondido entre las ramas del parque solitario, silba burlón...
Nosotros exprimimos la penumbra de un sueño en nuestro vaso... Y algo, que es tierra en nuestra carne, siente la humedad del jardín como un halago.
XXIX
Arde en tus ojos un misterio, virgen esquiva y compañera.
No sé si es odio o es amor la lumbre inagotable de tu aljaba negra.
Conmigo irás mientras proyecte sombra mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.
--¿Eres la sed o el agua en mi camino? Dime, virgen esquiva y compañera.
XXX
Algunos lienzos del recuerdo tienen luz de jardín y soledad de campo; la placidez del sueño en el paisaje familiar soñado.
Otros guardan las fiestas de días aún lejanos; figuritas sutiles que pone un titerero en su retablo... ................................ Ante el balcón florido está la cita de un amor amargo.
Brilla la tarde en el resol bermejo... La hiedra efunde de los muros blancos...
A la revuelta de una calle en sombra un fantasma irrisorio besa un nardo.
XXXI
Crece en la plaza en sombra el musgo, y en la piedra vieja y santa de la iglesia. En el atrio hay un mendigo... Más vieja que la iglesia tiene el alma.
Sube muy lento, en las mañanas frías, por la marmórea grada, hasta un rincón de piedra... Allí aparece su mano seca entre la rota capa.
Con las órbitas huecas de sus ojos ha visto cómo pasan las blancas sombras, en los claros días, las blancas sombras de las horas santas.
XXXII
Las ascuas de un crepúsculo morado detrás el negro cipresal humean... En la glorieta en sombra está la fuente con su alado y desnudo Amor de piedra, que sueña mudo. En la marmórea taza reposa el agua muerta.
XXXIII
¿Mi amor?... ¿Recuerdas, dime, aquellos juncos tiernos, lánguidos y amarillos que hay en el cauce seco?...
¿Recuerdas la amapola que calcinó el verano, la amapola marchita, negro crespón del campo?...
¿Te acuerdas del sol yerto y humilde, en la mañana, que brilla y tiembla roto sobre una fuente helada?...
XXXIV
Me dijo un alba de la primavera: Yo florecí en tu corazón sombrío ha muchos años, caminante viejo que no cortas las flores del camino.
Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda el viejo aroma de mis viejos lirios? ¿Perfuman aún mis rosas la alba frente del hada de tu sueño adamantino?
Respondí a la mañana: Sólo tienen cristal los sueños míos. Yo no conozco el hada de mis sueños; ni sé si está mi corazón florido.
Pero si aguardas la mañana pura que ha de romper el vaso cristalino, quizás el hada te dará tus rosas, mi corazón tus lirios.
XXXV
Al borde del sendero un día nos sentamos. Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita son las desesperantes posturas que tomamos para aguardar... Mas ella no faltará a la cita.
XXXVI
Es una forma juvenil que un día a nuestra casa llega. Nosotros le decimos: ¿por qué tornas a la morada vieja? Ella abre la ventana, y todo el campo en luz y aroma entra. En el blanco sendero, los troncos de los árboles negrean; las hojas de las copas son humo verde que a lo lejos sueña. Parece una laguna el ancho río entre la blanca niebla de la mañana. Por los montes cárdenos, camina otra quimera.
XXXVII
¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja, que me traes el retablo de mis sueños siempre desierto y desolado y solo con mi fantasma dentro, mi pobre sombra triste sobre la estepa y bajo el sol de fuego, o soñando amarguras en las voces de todos los misterios, dime, si sabes, vieja amada, dime si son mías las lágrimas que vierto. Me respondió la noche: Jamás me revelaste tu secreto. Yo nunca supe, amado, si eras tú ese fantasma de tu sueño, ni averigüé si era su voz la tuya, o era la voz de un histrión grotesco.
Dije a la noche: Amada mentirosa, tú sabes mi secreto; tú has visto la honda gruta donde fabrica su cristal mi sueño, y sabes que mis lágrimas son mías, y sabes mi dolor, mi dolor viejo.
¡Oh! yo no sé, dijo la noche, amado, yo no sé tu secreto, aunque he visto vagar ese, que dices, desolado fantasma, por tu sueño. Yo me asomo a las almas cuando lloran y escucho su hondo rezo, humilde y solitario, ese que llamas salmo verdadero; pero en las hondas bóvedas del alma no sé si el llanto es una voz o un eco. Para escuchar tu queja de tus labios yo te busqué en tu sueño, y allí te vi vagando en un borroso laberinto de espejos.
CANCIONES Y COPLAS
XXXVIII
Abril florecía frente a mi ventana. Entre los jazmines y las rosas blancas de un balcón florido, vi las dos hermanas. La menor cosía, la mayor hilaba... Entre los jazmines y las rosas blancas, la más pequeñita, risueña y rosada --su aguja en el aire-- miró a mi ventana.
La mayor seguía, silenciosa y pálida, el huso en su rueca, que el lino enroscaba, abril florecía frente a mi ventana.
Una clara tarde la mayor lloraba, entre los jazmines y las rosas blancas, y ante el blanco lino que en su rueca hilaba. --¿Qué tienes--le dije-- silenciosa, pálida? Señaló el vestido que empezó la hermana. En la negra túnica la aguja brillaba; sobre el blanco velo, el dedal de plata. Señaló a la tarde de abril que soñaba mientras que se oía tañer de campanas. Y en la clara tarde me enseñó sus lágrimas... Abril florecía frente a mi ventana.
Fué otro abril alegre y otra tarde plácida. El balcón florido solitario estaba... Ni la pequeñita risueña y rosada, ni la hermana triste silenciosa y pálida, ni la negra túnica, ni la toca blanca... Tan sólo en el huso el lino giraba por mano invisible, y en la oscura sala la luna del limpio espejo brillaba... Entre los jazmines y las rosas blancas del balcón florido, me miré en la clara luna del espejo que lejos soñaba... Abril florecía frente a mi ventana.
XXXIX DE LA VIDA
(COPLAS ELEGÍACAS)
¡Ay del que llega sediento a ver el agua correr y dice: la sed que siento no me la calma el beber!
¡Ay de quien bebe y, saciada la sed, desprecia la vida: moneda al tahur prestada, que sea al azar rendida!
Del iluso que suspira bajo el orden soberano, y del que sueña la lira pitagórica en su mano.
¡Ay del noble peregrino que se para a meditar, después de largo camino, en el horror de llegar!
¡Ay de la melancolía que llorando se consuela, y de la melomanía de un corazón de zarzuela!
¡Ay de nuestro ruiseñor, si en una noche serena se cura del mal de amor que llora y canta sin pena!
¡De los jardines secretos, de los pensiles soñados y de los sueños poblados de propósitos discretos!
¡Ay del galán sin fortuna que ronda a la luna bella, de cuantos caen de la luna, de cuantos se marchan a ella!
¡De quien el fruto prendido en la rama no alcanzó, de quien el fruto ha mordido y el gusto amargo probó!
¡Y de nuestro amor primero y de su fe mal pagada, y, también, del verdadero amante de nuestra amada!
XL INVENTARIO GALANTE
Tus ojos me recuerdan las noches de verano, negras noches sin luna, orilla al mar salado, y el chispear de estrellas del cielo negro y bajo. Tus ojos me recuerdan las noches de verano. Y tu morena carne, los trigos requemados y el suspirar de fuego de los maduros campos.
Tu hermana es clara y débil como los juncos lánguidos, como los sauces tristes, como los linos glaucos. Tu hermana es un lucero en el azul lejano... Y es alba y aura fría sobre los pobres álamos que en las orillas tiemblan del río humilde y manso. Tu hermana es un lucero en el azul lejano.
De tu morena gracia, de tu soñar gitano, de tu mirar de sombra quiero llenar mi vaso. Me embriagaré una noche de cielo negro y bajo, para cantar contigo, orilla al mar salado, una canción que deje cenizas en los labios... De tu mirar de sombra quiero llenar mi vaso.
Para tu linda hermana arrancaré los ramos de florecillas nuevas a los almendros blancos, en un tranquilo y triste alborear de marzo. Los regaré con agua de los arroyos claros, los ataré con verdes junquillos del remanso... Para tu linda hermana yo haré un ramito blanco.
XLI
Me dijo una tarde de la primavera: Si buscas caminos en flor en la tierra, mata tus palabras y oye tu alma vieja. Los mismos ungüentos y aromas y esencias que en tus alegrías, verteré en tus penas. Que el mismo albo lino que te vista, sea tu traje de duelo, tu traje de fiesta. Ama tu alegría y ama tu tristeza, si buscas caminos en flor en la tierra. Respondí a la tarde de la primavera: Tú has dicho el secreto que en mi alma reza: yo odio la alegría por odio a la pena. Mas antes que pise tu florida senda, quisiera traerte muerta mi alma vieja.
XLII
La vida hoy tiene ritmo de ondas que pasan, de olitas temblorosas que fluyen y se alcanzan.
La vida hoy tiene el ritmo de los ríos, la risa de las aguas que entre los verdes junquerales corren, y entre las verdes cañas.
Sueño florido lleva el manso viento; bulle la savia joven en las nuevas ramas; tiemblan alas y frondas, y la mirada sagital del águila no encuentra presa... treme el campo en sueños, vibra el sol como un arpa.
¡Fugitiva ilusión de ojos guerreros que por las selvas pasas a la hora del cénit: tiemble en mi pecho el oro de tu aljaba!
En tus labios florece la alegría de los campos en flor; tu veste alada aroman las primeras velloritas, las violetas perfuman tus sandalias.
Yo he seguido tus pasos en el viejo bosque, arrebatados tras la corza rápida, y los ágiles músculos rosados de tus piernas silvestres entre verdes ramas.
¡Pasajera ilusión de ojos guerreros que por las selvas pasas cuando la tierra reverdece y ríen los ríos en las cañas! ¡Tiemble en mi pecho el oro que llevas en tu aljaba!
XLIII
Era una mañana y abril sonreía. Frente al horizonte dorado moría la luna, muy blanca y opaca; tras ella, cual tenue ligera quimera, corría la nube que apenas enturbia una estrella. ................................ Como sonreía la rosa mañana al sol del oriente abrí mi ventana; y en mi triste alcoba penetró el oriente en canto de alondras, en risa de fuente y en suave perfume de flora temprana.
Fué una clara tarde de melancolía. Abril sonreía. Yo abrí las ventanas de mi casa al viento... El viento traía perfume de rosas, doblar de campanas...
Doblar de campanas lejanas, llorosas, suave de rosas aromado aliento... ... ¿Dónde están los huertos floridos de rosas? ¿Qué dicen las dulces campanas al viento? ................................ Pregunté a la tarde de abril que moría: ¿Al fin la alegría se acerca a mi casa? La tarde de abril sonrió: La alegría pasó por tu puerta--y luego, sombría: Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.
XLIV
El casco roído y verdoso del viejo falucho reposa en la arena... la vela tronchada parece que aún sueña en el sol y el mar.
El mar hierve y canta... El mar es un sueño sonoro bajo el sol de abril. El mar hierve y ríe con olas azules y espumas de leche y de plata, el mar hierve y ríe bajo el cielo azul. El mar lactescente, el mar rutilante, que ríe en sus liras de plata sus risas azules... Hierve y ríe el mar!...
El aire parece que duerme encantado en la fúlgida niebla de sol blanquecino. La gaviota palpita en el aire dormido, y al lento volar soñoliento, se aleja y se pierde en la bruma del sol.
XLV