Poesías completas

Part 4

Chapter 43,596 wordsPublic domain

El rojo sol de un sueño en el Oriente asoma. Luz en sueños. ¿No tiemblas, andante peregrino? Pasado el llano verde, en la florida loma, acaso está el cercano final de tu camino.

Tú no verás del trigo la espiga sazonada y de macizas pomas cargado el manzanar, ni de la vid rugosa la uva aurirrosada ha de exprimir su alegre licor en tu lagar.

Cuando el primer aroma exhalen los jazmines y cuando más palpiten las rosas del amor, una mañana de oro que alumbre los jardines, ¿no huirá, como una nube dispersa, el sueño en flor?

Campo recién florido y verde, quién pudiera soñar aún largo tiempo en esas pequeñitas corolas azuladas que manchan la pradera, y en esas diminutas primeras margaritas.

LXXXV

La primavera besaba suavemente la arboleda, y el verde nuevo brotaba como una verde humareda.

Las nubes iban pasando sobre el campo juvenil... Yo vi en las hojas temblando las frescas lluvias de abril.

Bajo ese almendro florido, todo cargado de flor, --recordé--yo he maldecido mi juventud sin amor.

Hoy, en mitad de la vida, me he parado a meditar... ¿Juventud nunca vivida, quién te volviera a soñar?

LXXXVI

Eran ayer mis dolores como gusanos de seda que iban labrando capullos; hoy son mariposas negras.

¡De cuántas flores amargas he sacado blanca cera! ¡Oh, tiempo en que mis pesares trabajaban como abejas!

Hoy son como avenas locas, o cizaña en sementera, como tizón en espiga, como carcoma en madera.

¡Oh, tiempo en que mis dolores tenían lágrimas buenas, y eran como agua de noria que va regando una huerta! Hoy son agua de torrente que arranca el limo a la tierra.

Dolores que ayer hicieron de mi corazón colmena, hoy tratan mi corazón como a una muralla vieja: quieren derribarlo, y pronto, al golpe de la piqueta.

LXXXVII RENACIMIENTO

Galerías del alma... ¡el alma niña! Su clara luz risueña; y la pequeña historia y la alegría de la vida nueva...

¡Ah, volver a nacer, y andar camino, ya recobrada la perdida senda!

Y volver a sentir en nuestra mano, aquel latido de la mano buena de nuestra madre... Y caminar en sueños por amor de la mano que nos lleva

En nuestras almas, todo por misteriosa mano se gobierna. Incomprensibles, mudas, nada sabemos de las almas nuestras.

Las más hondas palabras del sabio nos enseñan, lo que el silbar del viento cuando sopla, o el sonar de las aguas cuando ruedan.

LXXXVIII

Tal vez la mano, en sueños, del sembrador de estrellas, hizo sonar la música olvidada

como una nota de la lira inmensa, y la ola humilde a nuestros labios vino de unas pocas palabras verdaderas.

LXXXIX

Y podrás conocerte recordando del pasado soñar los turbios lienzos en este día triste en que caminas con los ojos abiertos.

De toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños.

XC

Los árboles conservan verdes aún las copas, pero del verde mustio de las marchitas frondas.

El agua de la fuente, sobre la piedra tosca y de verdín cubierta, resbala silenciosa.

Arrastra el viento algunas amarillentas hojas. ¡El viento de la tarde sobre la tierra en sombra!

XCI

Húmedo está, bajo el laurel, el banco de verdinosa piedra; lavó la lluvia, sobre el muro blanco, las empolvadas hojas de la hiedra.

Del viento del otoño el tibio aliento los céspedes undula, y la alameda conversa con el viento... ¡el viento de la tarde en la arboleda!

Mientras el sol en el ocaso esplende que los racimos de la vid orea, y el buen burgués, en su balcón, enciende la estoica pipa en que el tabaco humea,

voy recordando versos juveniles... ¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro? ¿Será cierto que os vais, sombras gentiles, huyendo entre los árboles de oro?

VARIA

XCII CABALLITOS

Tournez, tournez, chevaux de bois. VERLAINE.

Pegasos, lindos pegasos, caballitos de madera. ................................ Yo conocí, siendo niño, la alegría de dar vueltas sobre un corcel colorado, en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento chispeaban las candelas, y la noche azul ardía toda sembrada de estrellas.

Alegrías infantiles que cuestan una moneda de cobre, lindos pegasos, caballitos de madera.

XCIII RUIDOS

Deletreos de armonía que ensaya inexperta mano.

Hastío. Cacofonía del sempiterno piano que yo de niño escuchaba soñando... no sé con qué,

con algo que no llegaba, todo lo que ya se fué.

XCIV PESADILLA

En medio de la plaza, y sobre tosca piedra, el agua brota y brota. En el cercano huerto eleva, tras el muro ceñido por la hiedra, alto ciprés, la mancha de su ramaje yerto.

La tarde está cayendo frente a los caserones de la ancha plaza, en sueños. Relucen las vidrieras con ecos mortecinos de sol. En los balcones hay formas que parecen confusas calaveras.

La calma es infinita en la desierta plaza, donde pasea el alma su traza de alma en pena. El agua brota y brota en la marmórea taza. En todo el aire en sombra no más que el agua suena.

XCV DE LA VIDA

(COPLAS MUNDANAS)

Poeta ayer, hoy triste y pobre filósofo trasnochado, tengo en monedas de cobre el oro de ayer cambiado.

Sin placer y sin fortuna, pasó como una quimera mi juventud, la primera... la sola, no hay más que una; la de dentro es la de fuera.

Pasó como un torbellino bohemia y aborrascada, harta de coplas y vino, mi juventud bien amada.

Y hoy miro a las galerías del recuerdo para hacer aleluyas de elegías desconsoladas de ayer.

¡Adiós, lágrimas cantoras, lágrimas que alegremente brotabais, como en la fuente las limpias aguas sonoras!

¡Buenas lágrimas vertidas por un amor juvenil, cual frescas lluvias caídas sobre los campos de abril!

No canta ya el ruiseñor de cierta noche serena; sanamos del mal de amor que sabe llorar sin pena.

Poeta ayer, hoy triste y pobre filósofo trasnochado, tengo en monedas de cobre el oro de ayer cambiado.

XCVI SOL DE INVIERNO

Es medio día. Un parque. Invierno. Blancas sendas, simétricos montículos y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero, naranjos en maceta, y en su tonel, pintado de verde, la palmera.

Un viejecillo dice, para su capa vieja: «¡El sol, esta hermosura de sol!...» Los niños juegan.

El agua de la fuente resbala, corre y sueña lamiendo, casi muda, la verdinosa piedra.

XCVII RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero; mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido, --ya conocéis mi torpe aliño indumentario-- mas recibí la flecha que me asignó Cupido, y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial sereno; y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; mas no amo los afeites de la actual cosmética, ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera mi verso, como deja el capitán su espada: famosa por la mano viril que la blandiera, no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo; --quien habla solo, espera hablar a Dios un día-- mi soliloquio es plática con este buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

XCVIII A ORILLAS DEL DUERO

Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día. Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía, buscando los recodos de sombra, lentamente. A trechos me paraba para enjugar mi frente y dar algún respiro al pecho jadeante; o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante y hacia la mano diestra vencido y apoyado en un bastón, a guisa de pastoril cayado, trepaba por los cerros que habitan las rapaces aves de altura, hollando las hierbas montaraces de fuerte olor--romero, tomillo, salvia, espliego--. Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.

Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo cruzaba solitario el puro azul del cielo. Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo, y una redonda loma cual recamado escudo, y cárdenos alcores sobre la parda tierra --harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra-- las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero para formar la corva ballesta de un arquero en torno a Soria.--Soria es una barbacana hacia Aragón que tiene la torre castellana.-- Veía el horizonte cerrado por colinas obscuras, coronadas de robles y de encinas; desnudos peñascales, algún humilde prado donde el merino pace y el toro arrodillado sobre la hierba rumia, las márgenes del río lucir sus verdes álamos al claro sol de estío, y, silenciosamente, lejanos pasajeros, ¡tan diminutos!--carros, jinetes y arrieros-- cruzar el largo puente y bajo las arcadas de piedra ensombrecerse las aguas plateadas del Duero.

El Duero cruza el corazón de roble de Iberia y de Castilla. ¡Oh, tierra triste y noble, la de los altos llanos y yermos y roquedas, de campos sin arados, regatos ni arboledas; decrépitas ciudades, caminos sin mesones y atónitos palurdos sin danzas ni canciones que aún van, abandonando el mortecino hogar, como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!

Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora. ¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada? Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira; cambian la mar y el monte y el ojo que los mira. ¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

La madre en otro tiempo fecunda en capitanes madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes. Castilla no es aquella tan generosa un día cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía, ufano de su nueva fortuna y su opulencia, a regalar a Alfonso los huertos de Valencia; o que, tras la aventura que acreditó sus bríos, pedía la conquista de los inmensos ríos indianos a la corte, la madre de soldados guerreros y adalides que han de tornar cargados de plata y oro a España en regios galeones, para la presa cuervos, para la lid leones. Filósofos nutridos de sopa de convento contemplan impasibles el amplio firmamento; y si les llega en sueños, como un rumor distante, clamor de mercaderes de muelles de Levante, no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa? Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.

Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.

El sol va declinando. De la ciudad lejana me llega un armonioso tañido de campana --ya irán a su rosario las enlutadas viejas--. De entre las peñas salen dos lindas comadrejas; me miran y se alejan, huyendo, y aparecen de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen. Hacia el camino blanco está el mesón abierto al campo ensombrecido y al pedregal desierto.

XCIX POR TIERRAS DE ESPAÑA

El hombre de estos campos que incendia los pinares y su despojo aguarda como botín de guerra, antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares; la tempestad llevarse los limos de la tierra por los sagrados ríos hacia los anchos mares; y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, pastores que conducen sus hordas de merinos a Extremadura fértil, rebaños trashumantes que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto, hundidos, recelosos, movibles; y trazadas cual arco de ballesta, en el semblante enjuto de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, capaz de insanos vicios y crímenes bestiales, que bajo el pardo sayo esconde un alma fea, esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza guarda su presa y llora la que el vecino alcanza; ni para su infortunio ni goza su riqueza; le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero; al declinar la tarde, sobre el remoto alcor, veréis agigantarse la forma de un arquero, la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta --no fué por estos campos el bíblico jardín-- son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín.

C EL HOSPICIO

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano, el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas en donde los vencejos anidan en verano y graznan en las noches de invierno las cornejas.

Con su frontón al Norte, entre los dos torreones de antigua fortaleza, el sórdido edificio de grietados muros y sucios paredones, es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!

Mientras el sol de enero su débil luz envía, su triste luz velada sobre los campos yermos, a un ventanuco asoman, al declinar el día, algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,

a contemplar los montes azules de la sierra; o, de los cielos blancos, como sobre una fosa, caer la blanca nieve sobre la fría tierra, sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

CI EL DIOS IBERO

Igual que el ballestero tahur de la cantiga, tuviera una saeta el hombre ibero para el Señor que apedreó la espiga y malogró los frutos otoñales, y un «gloria a ti» para el Señor que grana centenos y trigales que el pan bendito le darán mañana.

Señor de la ruina, adoro porque aguardo y porque temo: con mi oración se inclina hacia la tierra un corazón blasfemo.

¡Señor, por quien arranco el pan con pena sé tu poder, conozco mi cadena! ¡Oh dueño de la nube del estío que la campiña arrasa, del seco otoño, del helar tardío, y del bochorno que la mies abrasa!

¡Señor del iris, sobre el campo verde donde la oveja pace, Señor del fruto que el gusano muerde y de la choza que el turbión deshace, tu soplo el fuego del hogar aviva, tu lumbre da sazón al rubio grano y cuaja el hueso de la verde oliva, la noche de San Juan, tu santa mano!

¡Oh dueño de fortuna y de pobreza, ventura y malandanza, que al rico das favores y pereza y al pobre su dolor y su esperanza!

¡Señor, Señor, en la voltaria rueda del año he visto mi simiente echada, corriendo igual albur que la moneda del jugador en el azar sembrada!

¡Señor, hoy paternal, ayer cruento, con doble faz de amor y de venganza, a ti, en un dado de tahur al viento va mi oración, blasfemia y alabanza!

Este que insulta a Dios en los altares, no más atento al ceño del destino, también soñó caminos en los mares y dijo: es Dios sobre la mar camino.

¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra, más allá de la suerte, más allá de la tierra, más allá de la mar y de la muerte?

¿No dió la encina ibera para el fuego de Dios la buena rama, que fué en la santa hoguera de amor una con Dios en pura llama?

Mas hoy... ¡Qué importa un día! Para los nuevos lares estepas hay en la floresta umbría, leña verde en los viejos encinares.

Aun larga patria espera abrir al corvo arado sus besanas; para el grano de Dios hay sementera bajo cardos y abrojos y bardanas.

¡Qué importa un día! Está el ayer alerto a mañana, mañana al infinito, hombres de España, ni el pasado ha muerto, ni está el mañana--ni el ayer--escrito.

¿Quién ha visto la faz al Dios hispano? Mi corazón aguarda al hombre ibero de la recia mano, que tallará en el roble castellano el Dios adusto de la tierra parda.

CII ORILLAS DEL DUERO

Primavera soriana, primavera humilde, como el sueño de un bendito, de un pobre caminante que durmiera de cansancio en un páramo infinito!

¡Campillo amarillento, como tosco sayal de campesina, pradera de velludo polvoriento donde pace la escuálida merina!

¡Aquellos diminutos pegujales de tierra labrantía, donde apuntan centenos y trigales que el pan moreno nos darán un día!

Y otra vez roca y roca, pedregales desnudos y pelados serrijones, la tierra de las águilas caudales, malezas y jarales, hierbas monteses, zarzas y cambrones.

¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía! ¡Castilla, tus decrépitas ciudades! ¡La agria melancolía que puebla tus sombrías soledades!

¡Castilla varonil, adusta tierra, Castilla del desdén contra la suerte, Castilla del dolor y de la guerra, tierra inmortal, Castilla de la muerte!

Era una tarde, cuando el campo huía del sol y en el asombro del planeta, como un globo morado aparecía la hermosa luna, amada del poeta.

En el cárdeno cielo violeta alguna clara estrella fulguraba. El aire ensombrecido oreaba mis sienes, y acercaba el murmullo del agua hasta mi oído.

Entre cerros de plomo y de ceniza manchados de roídos encinares, y entre calvas roquedas de caliza, iba a embestir los ocho tajamares del puente el padre río, que surca de Castilla el yermo frío.

¡Oh Duero, tu agua corre y correrá mientras las nieves blancas de enero el sol de mayo haga fluir por hoces y barrancas, mientras tengan las sierras su turbante de nieve y de tormenta, y brille el olifante del sol, tras de la nube cenicienta!...

¿Y el viejo romancero fué el sueño de un juglar junto a tu orilla? ¿Acaso como tú y por siempre, Duero, irá corriendo hacia la mar Castilla?

CIII LAS ENCINAS

A los Sres. de Masriera, en recuerdo de una expedición al Pardo.

¡Encinares castellanos en laderas y altozanos, serrijones y colinas llenos de obscura maleza, encinas, pardas encinas, --humildad y fortaleza--!

Mientras que llenándoos va el hacha de calvijares, ¿nadie cantaros sabrá, encinares?

El roble es la guerra, el roble dice el valor y el coraje, rabia inmoble en su torcido ramaje, y es más rudo que la encina, más nervudo, más altivo y más señor.

El alto roble parece que recalca y ennudece su robustez como atleta que, erguido, afinca en el suelo.

El pino es el mar y el cielo y la montaña: el planeta. La palmera es el desierto, el sol y la lejanía; la sed: una fuente fría soñada en el campo yerto.

Las hayas son la leyenda. Alguien, en las viejas hayas, leía una historia horrenda de crímenes y batallas.

¿Quién ha visto sin temblar un hayedo en un pinar? Los chopos son la ribera, liras de la primavera, cerca del agua que fluye, pasa y huye, viva o lenta, que se emboca turbulenta o en remanso se dilata, y en su eterno escalofrío copian el agua del río que fluye en ondas de plata.

De los parques las olmedas son las buenas arboledas que nos han visto jugar, cuando eran nuestros cabellos rubios y, con nieve en ellos, nos han de ver meditar.

Tiene el manzano el olor de su poma, el eucalipto el aroma de sus hojas, de su flor el naranjo la fragancia; y es del huerto la elegancia el ciprés oscuro y yerto.

¿Qué tienes tú, negra encina campesina, con tus ramas sin color en el campo sin verdor; con tu tronco ceniciento sin esbeltez ni altiveza, con tu vigor sin tormento, y tu humildad que es firmeza?

En tu copa ancha y redonda nada brilla, ni tu verdioscura fronda ni tu flor verdiamarilla.

Nada es lindo ni arrogante en tu porte, ni guerrero, nada fiero que aderece su talante. Brotas derecha o torcida con esa humildad que cede sólo a la ley de la vida, que es vivir como se puede.

El campo mismo se hizo árbol en ti, parda encina. Ya bajo el sol que calcina, ya contra hielo invernizo, el bochorno y la borrasca, el agosto y el enero, los copos de la nevasca, los hilos del aguacero, siempre firme, siempre igual, impasible, casta y buena, ¡oh tú, robusta y serena, eterna encina rural de los negros encinares de la raya aragonesa y las crestas militares de la tierra pamplonesa; encinas de Extremadura, de Castilla, que hizo a España, encinas de la llanura, del cerro y de la montaña; encinas del alto llano que el joven Duero rodea, y del Tajo que serpea por el suelo toledano; encinas de junto al mar --en Santander--encinar que pones tu nota arisca, como un castellano ceño, en Córdoba la morisca, y tú, encinar madrileño, bajo el Guadarrama frío, tan hermoso, tan sombrío, con tu adustez castellana corrigiendo, la vanidad y el atuendo y la hetiquez cortesana!... Ya sé, encinas campesinas, que os pintaron con lebreles elegantes y corceles, los más egregios pinceles, que os cantaron los poetas augustales, que os asordan escopetas de cazadores reales; mas sois el campo y el lar y la sombra tutelar de los buenos aldeanos que visten parda estameña, y que cortan vuestra leña con sus manos.

CIV CAMINOS