Part 7
Ya en la calle, por demás se entiende que no pensé en otra cosa sino en analizar por átomos el _quid_ de la visita que acababa de hacer. ¿Debía yo tomarlo en cuenta para calcular el éxito de mis planes? Verdaderamente que lo acontecido en casa del Excmo. señor de Valenzuela no se parecía en nada á lo que yo esperaba de la cuasi intimidad que en mi pueblo me unía al encopetado personaje, y aun á su hija, ni guardaba la más mínima relación con las espontáneas y reiteradas ofertas de amparo, hechas por el aparatoso manchego; pero ¿qué mayor afabilidad podía esperar yo del seco y desabrido carácter de Clara? ¿Fué, por ventura, en mi lugar, mucho más expresiva y afectuosa conmigo, cuando faltaba alguna circunstancia _externa_ cuyo peso rompiese el hielo de su naturaleza esquiva? En cuanto á su madre y á su hermano, ¿qué obligación tenían ellos, fatuos é insubstanciales madrileños, de ser corteses y obsequiosos con un ente como yo, que comienza por sudar gotas de angustia en cuanto se ve entre alfombras y tapices, y se ataruga y atraganta con el charrasqueo de un abanico en manos de una vieja presumida? Lo que á mí me importaba era que el señor don Augusto Valenzuela me cumpliera lo ofrecido; y hasta entonces nada había acontecido que á ello se opusiera. Del repolludo manchego, hombre sencillote y locuaz, atento y cariñoso, tenía yo que esperarlo todo; y con él iba á tratar tan pronto como las puertas de su despacho se abrieran con el talismán que guardaba en mi bolsillo.
Discurriendo así y tropezando con todo el mundo, llegué al ministerio, cuyas señas había pedido yo oportunamente. ¡Dios sabe las vueltas que di en el laberinto de sus escaleras, pasadizos y encrucijadas, hasta llegar al departamento de que era jefe el señor de Valenzuela! Pregunté por él á un portero soez que apenas se dignó responderme. Mostréle la tarjeta; y al ver el nombre litografiado en ella, desarrugó un poco el fruncido ceño, la tomó en la mano, y diciéndome que le aguardara allí, fuése; abrió, con el rechinamiento de un mastín que se despierta, una mampara que se veía enfrente, y desapareció á la parte de allá, cerrándose sola también entre gruñidos, y por la virtud de un resorte, la mugrienta y resobada hoja.
Poco después volvió el portero.
--Que venga usted otro día--me dijo,--porque hoy está muy ocupado.
--¿Cuándo?--pregunté con las alas del corazón caídas.
El adusto cancervero se encogió de hombros y me volvió la espalda.
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XI
Si me hubiera dejado llevar de las impresiones que me dominaban en aquel momento, en lugar de irme derechamente á mi posada, me hubiera detenido en la administración de las _Peninsulares_ para comprar un billete de vuelta á la Montaña; pero como el que no se consuela es porque no quiere, yo me consolé bien pronto aceptando por buena la disculpa del señor don Augusto. Porque bien considerada, ¿en qué se oponía á lo convenido entre él y yo en mi lugar? Que estaba muy ocupado y no podía recibirme aquella tarde: ¿no me había dicho él cien veces que no le dejaban en Madrid un instante de sosiego los asuntos de su cargo? Verdad es que pudo haberme recibido siquiera para demostrarme con un apretón de manos que no me tenía olvidado, y para decirme á cuántos estábamos del asunto ó cuándo podríamos tratar de él... pero ¡vaya usted á saber con quién estaría entretenido en aquellos momentos--acaso con el ministro,--y qué negocios traerían entre manos! Decididamente me cegaba un poquito la quisquillosidad montañesa, y otro tanto la novedad del elemento en que había caído de repente.
Discurriendo así y andando hacia mi casa, me encontré con el bueno de don Serafín Balduque en la calle de la Montera. Abalanzóse á mí, y me abrazó por el pecho, por no alcanzar sus brazos más arriba. Abracéle yo casi por el cogote, por no poder hacerlo más abajo sin encorvarme mucho, y me dijo el pintoresco cesante, tan pronto como nos desenredamos:
--Vengo de casa de usted. Dos veces he estado allá esta tarde.
--¿Para verme á mí?
--Para verle á usted.
--¿Algún asunto urgente, quizá?
--¡Qué asunto ni qué calabaza! El simple deseo de verle, de preguntarle si ha descansado de las fatigas del viaje, de ponerme á su disposición para acompañarle...
--Tantísimas gracias, señor don Serafín...
--¡Qué gracias ni que calabazas, hombre!... Conozco á Madrid á palmos; no tengo en estos primeros días maldita la cosa que hacer, porque del destinillo de temporero que se me ha proporcionado en una empresa particular, no puedo tomar posesión hasta mediados de mes, por no dejarle hasta entonces el sujeto que hoy le desempeña; y, por último, tendría un grandísimo placer en servirle á usted de algo... y aquí estoy á su disposición.
Si en estas fervorosas declaraciones no entraba para nada la circunstancia de mi supuesta intimidad con el señor de Valenzuela, la conducta de don Serafín era por todo extremo digna de mi mayor gratitud.
--¿Y Carmen?--le pregunté.
--Tan buena y tan guapa--me respondió;--quiero decir, tan alegre y entretenida, arreglando los cuatro cachivaches de nuestra casita... que es de usted también.
--No he olvidado la oferta, señor don Serafín; y sepa usted que si no he ido á visitarlos ya, es porque no he tenido tiempo.
--¡Calabaza! pues si llegó usted ayer, y es además forastero en la corte... Pero más días hay que longanizas; y sépase usted que tanto Carmen como yo contamos con la visita.
--Ahora mismo, si usted quiere, voy á pagar con el mayor gusto esa deuda de cortesía.
--Poco á poco, señor don Pedro: hoy no está mi casa en disposición de que la honren personas tan distinguidas como usted.
--¡Señor don Serafín!...
--La verdad pura, amiguito: nunca me perdonaría Carmen que yo le permitiera á usted asaltar hoy nuestro chiribitil.
--¿Por qué?
--Porque ya usted sabe que las mujeres transigen con todo menos con que se las sorprenda desaliñadas y con los trastos de la hacienda patas arriba... ¡y le aseguro á usted que tiene que ver la pobre muchacha en su afán de acabar para mañana el arreglo de la casa sin otra ayuda que la de Quica!... Ello es poco; pero como la gracia está en que se ha de ver la cara hasta en los suelos...
--¿De manera que usted conservaba su casa puesta en Madrid?
--¡Calabaza!... ¡Pues buenos están los tiempos para esos lujos!... Lo que hay es que tengo cuatro trapitos y media docena de trastos viejos aquí, hace ya muchos años, en poder de un amigo, comerciante de ultramarinos. Me dejan cesante en provincias, donde, si lo puedo remediar, vivo con los muebles alquilados, y si no, hago almoneda de ellos, como me ha sucedido ahora en Santander, y le digo al amigo de Madrid: «tómame una casita barata y pásame á ella el pobre ajuar que me tienes recogido»; y el amigo me sirve, mirando por mis pobres intereses como si fueran los suyos propios, mientras llego yo de provincias... porque ya usted sabe que tan pronto como me dejan cesante, me vuelvo aquí á pretender de nuevo, con el surplús de un empleillo particular que nunca suele faltarme... el mendrugo del día, como si dijéramos... Esto me sale mucho más barato que vivir de posada... Pero ¿por qué estamos parados en medio de la acera, señor de Sánchez? Lo mismo podemos echar un párrafo andando... ¿Iba usted á su casa?
--Sí, señor; pero como nada tengo que hacer en ella hasta la hora de comer, y son las tres de la tarde, lo mismo me da ir con otro rumbo, si usted quiere.
--Pues vamos á brujulear un poco por esas calles para que comience usted á conocerlas.
Esto dicho, retrocedí yo; y mientras bajábamos hacia la Puerta del Sol, me dijo, entre otras cosas, el bueno de don Serafín:
--¿Y cómo va de visitas?
--¿De qué visitas?--pregunté á mi vez.
--¡Calabaza! de las innumerables que tendrá usted que hacer en Madrid... porque ustedes, los pudientes de la Montaña, son el mismo demonio en este particular.
¡Los pudientes de la Montaña!... ¡Pudiente yo!... Este piropo me hizo recordar que por un escrúpulo, hijo á medias de mi vanidad y del triste efecto que me causó la historia de don Serafín, este pobre hombre ignoraba que era yo en la corte tan pretendiente como él, y acaso más desvalido, pues que ni siquiera me recomendaban sus años de servicios y sus grandes desventuras. Oyóme decir que era mi íntimo amigo el Excmo. señor don Augusto Valenzuela; me vió caminando hacia Madrid, bien vestido y guapo mozo, y túvome por algo.
¡Si me hubiera visto una hora antes sudar de congoja en casa del resonante manchego, y lacio y desvaído á la puerta de su despacho, después de darme con ella en las narices!... Parecióme un pecado mortal la falsa idea que había hecho concebir de mi importancia al pobre cesante, y allí mismo le hubiera sacado de su error, si un vago presentimiento que comenzaba á dominarme, no me hiciera reputar por inútil la rectificación. Pero le dije, tratando de hablar en verdad, sin ser la verdad misma:
--Ni soy pudiente, señor don Serafín, ni tengo que hacer en Madrid más que una sola visita, que, por cierto, está ya medio hecha.
--¿La del señor de Valenzuela, acaso?--preguntó el cesante clavando en los míos sus ojos vivarachos.
--La misma--le respondí.--Y digo que está ya medio hecha, porque, aunque he saludado á su familia, no le he visto á él todavía, por estar muy ocupado en su despacho.
--Como siempre--respondió mi acompañante, metiendo ambas manos en los correspondientes bolsillos del pantalón.--Esos señores jamás se desocupan... ¡Pues si tuviera usted que pedirle algo!... ¡Como no le cogiera usted á tenazón, calabaza, ya podía aguardarle sentado!... Lo mejor de mi vida me he pasado yo enamorando porteros y volviendo «mañana» á contemplar la puerta de todos los Valenzuelas habidos hasta ese amigo de usted. Á esas gentes hay que apretarlas por arriba.
--¿Cómo por arriba?
--Quiero decir, con recomendaciones que manden, no que supliquen... Pero esto tiene que ver conmigo, pobre menesteroso, no con usted, que, por su suerte, nada tiene que pedir á estos farsantes...
Con un pretexto cualquiera atajé á don Serafín en estos razonamientos, que me descorazonaban lo que él no podía imaginarse, y manifestéle mi deseo de que consagráramos el resto de la tarde puramente á brujulear por las calles, como él me había dicho, para que empezara yo á conocerlas. Y así lo hicimos durante dos horas, al cabo de las cuales me volví á la posada, acompañándome don Serafín hasta la puerta, donde nos despedimos después de haber convenido en que al día siguiente iría á buscarme para continuar el «brujuleo» y conducirme él á su propia casa.
Á las seis de la tarde, ó más bien de la noche, y tan pronto como llegó el último de mis compañeros de posada, comimos. Encontrábame yo bastante rendido y muy perezoso todavía, y no quise aceptar ninguno de los modos que aquellos buenos paisanos me propusieron de pasar la noche en su compañía. Resuelto á no salir de casa y á acostarme temprano, pedíles una novela, y me dieron á elegir entre más de ciento que me fueron mostrando, llevándome de alcoba en alcoba. Todo Paul de Kock andaba por allí; lo más crudo de Pigault-Lebrun; lo selecto de Dumas y Soulié; _El Judío errante_, á la sazón objeto de las más terribles anatemas de la censura eclesiástica, y _Nuestra Señora de París_, prohibido también por el Ordinario.
¡Inexplicables contubernios de juveniles y veleidosas fantasías! Revueltas con aquel fárrago de malas pasiones y de libidinosas profanidades, andaban las _Confesiones_, de San Agustín, y la _Guía de Pecadores_, de Fr. Luis de Granada.
Tomé al azar unos cuantos volúmenes de los profanos, y me encerré con ellos en mi alcoba, mal alumbrada por la luz vacilante y perezosa de un velón de tres mecheros, pero con una sola mecha, que la patrona había colocado sobre una mesita de pino, muy arrimada á la pared. Allí, engurruñado en una silla de paja, con la cabeza entre las manos, los codos sobre la mesa y el libro debajo de las narices, devorando páginas y más páginas, engolosinado con las travesuras, no siempre santas, de estudiantes y grisetas, y seducido por los lances, tan inverosímiles como descomunales, de _Los tres mosqueteros_, me dieron las doce de la noche; y quizá me la hubiera pasado toda en vilo, si las continuas oscilaciones de la llama del velón, que no parecía sino que andaba bregando por no caerse, como cuerpo escaso de vida, no me hubieran advertido que iba á quedarme á obscuras. Aproveché los últimos destellos de la luz, que se moría por momentos, para meterme en la cama; y tan de prisa anduve, que aún me sobró tiempo para ver desde ella las fantásticas sombras que dibujaba en techo y paredes el incesante caer y levantarse de la expirante llama, que al fin se extinguió con un débil chirrido, mientras comenzaban á confundirse en mi cerebro amodorrado las monstruosas sombras que aún conservaba en mis retinas sensibilizadas, y el recuerdo de las pendencias, liviandades, estocadas y travesuras, cuyos relatos acababa de devorar yo sin punto de sosiego.
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XII
Era muy entrada la mañana del día siguiente cuando desperté; y bien puedo asegurar que á medida que por una puerta de mi cerebro se largaban las visiones quiméricas engendradas en él durante el sueño por la lectura de las novelas, por otra le invadían las imágenes del mundo real con la necesaria carga de pensamientos ajustados á las impresiones que más honda mella me habían hecho el día anterior. Así fué que, no bien abrí los ojos, ya me sentí verdaderamente poseído, repleto, de la familia Valenzuela con todos sus memorables adherentes, como las alfombras y los cortinajes de la sala; el gesto dengoso y el abanico rechinante de Pilita; la barba lacia, la nuez picuda y los ojos saltones del descortés Manolo; las «ocupaciones» de su padre, y el portero brutal de su oficina.
Este hartazgo súbito me costó un suspiro con largos dejos de honda pesadumbre. Yo no sé qué atractivo pueda tener el momento de despertar para todos los pensamientos tristes; pero lo cierto es que hasta los más remotos acuden á él volando á porfía; y para mayor tortura del que despierta, vestidos con lo peor y más negro de la casa... Pero, en cambio, ¡qué recuerdos tan dulces me asaltaron de la mía paterna, y qué tentadora la vi, para complemento de mi pesadumbre, á través de la bruma de mis tristes pensamientos!
Poco á poco se fué disgregando cada parte del abigarrado montón que me abrumaba el juicio; sentíme fuerte y animoso tan pronto como sacudí la modorra y me vi dueño de toda mi razón; entraron en sus quicios mis ideas, y obra fué de escasísimos minutos el ver barrido de nubes el sonrosado cielo de mis ilusiones.
Pero aun en el supuesto de no encerrar malicia lo acontecido en las dos visitas hechas á la familia Valenzuela, ¿debía yo insistir inmediatamente en la de don Augusto, ó aplazarla para algunos días más allá? Todo tenía sus inconvenientes y sus ventajas; y en apreciar las unas y los otros, sin resolver cosa alguna, se me fué lo mejor de la mañana.
Vestíme, llamáronme para almorzar; y almorzando estaba entre mis paisanos, tan pintorescamente ataviados como el día anterior, cuando llegó don Serafín. Su presencia me recordó el compromiso con él contraído de ir á saludar á su hija aquel mismo día, y esto acabó de decidirme á dejar para otro la visita á mi empingorotado protector. Así como así, ningún remedio podía buscarse tan oportuno y eficaz como la dulce y atractiva belleza de Carmen para templar en mi memoria el molesto recuerdo de las caras de vinagre de la familia Valenzuela.
Y á todo esto, ¿por qué le había caído yo tan en gracia á don Serafín Balduque? ¿Tendríanme él y su hija por algún primogénito ricacho que iba á Madrid á despilfarrar el oro que me sobraba? ¿Serían frecuentes en el mundo, que yo desconocía, las intimidades de _escopetazo_, como la que parecía unirnos al sempiterno cesante y á mí?
¿No habría en las afectuosas demostraciones de este hombre algún propósito de mala ley... egoísta siquiera?... ¿Y por qué no habían de bastar su carácter campechano, su genial impetuosidad, y mi desembozada y campesina sencillez para crear profundas simpatías entre ambos, durante tres días de viaje, dando tumbos sobre las mismas ruedas, dentro de un mismo cajón, sorbiendo polvo de una misma nube, contemplando las mismas arideces y despertándonos las mismas interjecciones y los propios trallazos del mismísimo mayoral?
Así pensaba yo mientras bajaba las escaleras de mi casa delante de don Serafín, que no cesaba de hablar; y como bastaba mirarle para creerle, y era yo mozo incapaz de inclinarme á lo malo en los dudosos juicios acerca de los hombres, y me acordaba de Carmen, retrato vivo de los corazones sin hiel, y de la historia narrada por el pobre cesante, sentíme algo avergonzado de las dudas con que por un instante le había agraviado, y me faltó muy poco para pedirle perdón por aquellos recelillos que jamás volvieron á asaltarme las mientes.
Mostréme de propio intento muy afable y cariñoso, y así, en regocijada plática, atravesando calles y enterándome del nombre y calidad de cada una de ellas, llegamos al número 42 de la del Olmo. Guiándome don Serafín, entramos en el portal, no muy ancho ni limpio, del cual arrancaba, á la derecha, la escalera que daba acceso á los cuartos con luz á la calle; á la izquierda estaba el tabuco del portero, sastre remendón de oficio, á juzgar por la obra que traía á la sazón entre manos. Entre la portería y la escalera había un pasadizo angosto, y por él salimos nosotros á un patio descubierto, pero más grande que el portal, verdadero fondo de un pozo, en cuyo brocal, á una altura de sesenta ó setenta pies, se quebraba un rayo de sol, dádiva de la madre naturaleza, que sólo servía de tortura á los habitantes de aquel agujero: en el frío invierno, porque le veían sin sentir su calor; en el sofocante estío, porque era un tizón más de la hoguera en que se abrasaban. Atravesando el patio, entramos en un portalillo lóbrego, en el que comenzaba una escalera angosta, sin más luz que la necesaria para no subir por ella á tientas.
--Perdone usted por lo poco--me dijo don Serafín,--que no es culpa mía, sino de los infames gobiernos que me ponen en tales estrecheces.
Y comenzamos á subir tramos y más tramos. En el cuarto piso, con cuyo techo andaba mi sombrero si toca ó llega, nos detuvimos. Tiró don Serafín de un cordelillo que colgaba de la pared; sonó dentro una campanilla; abrióse momentos después la puerta, y apareció Quica en el claro resultante, con pañuelo _á la cofia_ y amplio mandil de cocina. Fea estaba como un demonio, pero limpia como la plata. Despepitóse conmigo en saludos y reverencias; y por mi parte, creo que hasta le di un abrazo. Oyónos Carmen desde adentro, y salió á recibirnos... ¡Qué monísima estaba! Jurara yo que se le enrojecieron un poco las mejillas al encararse conmigo. Parece que la estoy viendo todavía con su cabellera abundosa, un poquito rizada naturalmente, los labios húmedos y rosados, los dientes como la más limpia porcelana, los ojos dulces y rasgados, la nariz un si es no es aguileña, en cada carrillo un hoyuelo, el cutis fino y transparente, y el cuello como de rosas y azucenas; después una pañoleta azul sobre el seno túrgido, y un vestidillo de percal, fresco y almidonado, cuyos pliegues descendían del esbelto talle hasta el suelo, formando cola por detrás, y no tan largos por delante que, al andar, los pisaran unos pies como dos almendras, prisioneros en sendos zapatitos bajos, sobre unas medias como los ampos de la nieve... Reiríanse de ello, si á leerlo acertaran, los libertinos al uso; pero la verdad es que sólo me atreví á tocar ligeramente con la mía, la suavísima y ebúrnea mano que me tendió, un poquillo ruborizada, la hija de don Serafín. Tal respeto me infundió la irradiación de su fragante y casta hermosura en aquella lóbrega mansión de la pobreza.
Pasamos inmediatamente á lo que llamaban sala Carmen y su padre, reducidísima estancia que casi se llenaba con un menguado sofá, cuatro sillas de Vitoria y una consola de nogal, y recibía la luz por una ventana que daba al patio. Esta salita, un gabinete contiguo, dos alcobas en el corredor, enfrente de la puerta de la escalera, y la cocina y el comedor al otro extremo, componían toda la casa. Pero ¡qué limpio, oreado y hasta fragante estaba cuanto de ella vi! Sobre el sofá de la sala había, colgado en la pared, un cuadrito con la estampa de la Virgen del Carmen; en la consola un vaso de porcelana con musgo y siemprevivas, y encima, en la pared se entiende, un espejillo de dos pies en cuadro; delante del sofá un felpudo nuevo, y otro debajo de la ventana, junto á una silla de labor y un canastillo con obra de costura; pobre defensa contra el frío de las baldosas del suelo que, más que fregadas, parecían bruñidas. Unas cortinillas blancas, de muselina rameada, en las vidrieras, completaban el _lujo_ visible de aquella humilde vivienda que, sin exagerar, cabía toda en el ostentoso salón de la familia Valenzuela.
Mientras nos sentábamos don Serafín y yo en el sofá, Carmen lo hizo en la sillita que estaba debajo de la ventana, muy cerca de él; y sin dejar de mirarme á menudo con su cara dulce y placentera, ni de tomar parte en el interrogatorio de lugares comunes con que nos acribillábamos los tres, cogió del canastillo una prenda á medio hacer, que era un enorme chaleco, y comenzó á coserla por donde sin duda lo había dejado para salir á recibirme á mí. Lo de ser tan grande el chaleco, siendo tan exiguo el tórax de don Serafín, ya me llamó un poquito la atención; pero me la llamó mucho más el hecho de que, al tomarle Carmen en sus manos, quedaron al descubierto, sobre el canastillo, otras dos piezas preparadas, que me parecieron chalecos también.
--¡Cáspita!--dije á don Serafín, señalándolos con el bastón:--veo que se pertrecha usted de firme para el invierno.
Cruzóse cierta sonrisa triste entre Carmen y su padre, y me respondió éste:
--Si hubiera de romperlos yo, con más gusto trabajaría en ellos la pobre Carmen. ¿No es verdad, hija mía?
Comprendí por estas palabras y aquella sonrisa que había cometido una imprudencia al decir lo que dije, y añadí para enmendarla:
--Perdónenme la franqueza, si con ella me he metido donde no me llamaban.