Pedro Sánchez

Part 6

Chapter 64,041 wordsPublic domain

Hízome reir y dióme qué pensar esta ocurrencia, y ya no se habló más que de Madrid en todo lo restante de la jornada. El estudiantillo metió la cuchara en la conversación muchas veces, y aun se me antojó más versado en las cosas de Madrid que en los códigos de Justiniano. Oyóme decir que me gustaría vivir en la corte entre paisanos, y me recomendó cierta posada de estudiantes montañeses, mozos de buen humor, en la calle del Caballero de Gracia. Tomé nota de ello en mi cartera, y tomóla también don Serafín, porque pensaba visitarme á menudo, tanto como se lo permitieran sus ocupaciones en la corte, entre cuyos laberintos y encrucijadas quería servirme de piloto. Dióme en justa correspondencia las señas de la casa donde él iba á parar (Olmo, 42 duplicado, cuarto 4.º interior de la derecha); y en éstas y otras tales, al rayar el mediodía, sin un árbol, ni un sembrado, ni un detalle de los mil que anuncian en toda tierra de cristianos la proximidad á una gran población, llegamos á la puerta de San Vicente, y veinte minutos después, á la calle de Alcalá, parador de las _Peninsulares_, en cuyo patio nos apeamos entumecidos, polvorientos y desgreñados. Hubo allí, tras el registro de ordenanza, las acostumbradas despedidas entre los viajeros de cada departamento: me dolió de veras la que hice de la hermosa Carmen, en cuyos ojos leí un vivísimo deseo de que volviéramos á vernos pronto; prometíselo con otra mirada no menos elocuente, mientras estrechaba en mi diestra la suya blanquísima, suave y menuda; y encomendando mi baúl á las espaldas de un forzudo mozo de cordel, seguíle á la posada, cuyas señas le di, tropezando con el espeso oleaje de transeuntes de la calle de la Montera, ensordecido con el estruendo que producía el rodar de los coches y el hablar de tantas gentes, y deslumbrado y borracho por la novedad del sitio, del movimiento y de los colores; extraño mar en que yo me zambullía de repente, desde el fondo de un cajón con ruedas, venido de las agrestes soledades de mi lugar atravesando interminables arideces, tristes como las estepas de Rusia.

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IX

Hallé cuarto en la posada aquélla, aunque obscuro y angosto; y por él y la comida, ajustéme en siete reales diarios. Por de pronto me sirvieron un tente en pie; á las tres de la tarde, después de escribir á mi padre, me metí en la cama, y del primer tirón dormí hasta las ocho de la mañana siguiente. Tal necesidad tenía yo de dar descanso y mullida á mis huesos machacados.

Á las diez me llamó la patrona para almorzar; y la misma mujer, ajamonada y no fea ni sucia, me condujo al comedor á través de un tortuoso, nada claro y estrecho pasadizo. Estaba la mesa preparada para ocho personas, en una estancia reducidísima, con luces á un patio.

--Siéntese usted--me dijo,--que en seguida vendrán los demás; todos chicos cariñosos y paisanos de usted.

Sentéme en la silla indicada por la patrona, y marchóse ésta. Momentos después comenzaron á llegar «los demás». ¡Sorpresa jamás olvidada por mí! Primeramente llegó un joven repolludo, blancote y de afeminadas facciones, en calzoncillos de punto, con botas de charol de altas cañas de tafilete encarnado; una levitilla corta puesta del revés; una tohalla por corbata, y gorrita de jockey: cabalgaba sobre el lomo de una silla de paja, y con ella entre piernas caracoleaba y daba brincos y hasta botes de carnero; castigábala á menudo con un latiguillo, y no sin grandes fatigas consiguió arrimar á la mesa la contrahecha cabalgadura. Apeóse de ella, enderezóla, me saludó muy fino, volvióse junto á la puerta, y allí se cuadró. Apareció en seguida en el hueco de ella un mozo moreno, de rizada melena negra, altísimo sombrero de copa, tirillas de papel, á la inglesa, corbata blanca, ceñido frac azul con botones dorados, pantalón negro, tan raído y maltrecho como el frac, guantes blancos de algodón y zapatillas de badana. Andaba este personaje á paso trágico, y miraba con altivo gesto. Inclinóse el lacayo delante de él; y después de recibir de sus manos el sombrero y los guantes, preparóle una silla junto á la mesa. Sentóse el caballero grave y solemne; saludóme también muy fino, y se acomodó á su lado el fingido jockey después de arrojar debajo de la mesa los guantes y el sombrero de su señor. Tras éste llegó un mozo de negra barba, tipo árabe, con un viejo albornoz sobre los hombros, boina blanca en la cabeza, un diccionario de la Lengua debajo del brazo y una guitarra en la mano; al cual mozo acompañaba un cuarto personaje, asaz largo y macilento, despechugado, mal ceñido de calzones y peor trajeado de cintura arriba; pero muy armado de espadín de veras al costado, y con un sombrero de tres picos, de lo más superior y neto, sobre la cabeza. Casi al mismo tiempo que estos dos comensales, vinieron otros tres: el uno rehecho, musculoso, chispeante de mirada, muy crespo de bigote, envueltos el cuello y las quijadas en una bufanda de veinticinco colores, y sobre el occipucio una montera asturiana; el otro cubría el suyo con un raído bonete de doctor, cuya amarilla borla, grasienta y deshilada, parecía un ataque de ictericia mortal: no recuerdo al pormenor lo demás de su vestido, aunque puedo jurar que todo ello no valía tres pesetas. Acaso no valiera tanto lo que llevaba encima el último estudiante que entró en el comedor, y cuya especialidad digna de mención era el ir tocado con una papalina.

Con estos tres huéspedes se llenó la mesa, y yo me vi entre todos ellos dudando si soñaba ó si era lo que delante tenía un anticipado carnaval... ó una burla que querían dedicar á mi rustiquez de lugareño aquellos endiablados montañeses. Esta sospecha me desconcertó un poquillo, por ser cosa muy distinta lo que yo me prometía al acomodarme en aquella posada, y no contar con paciencia bastante para tomar á risa zumbas de tal calibre y tan inmerecidas. Afortunadamente me convencí muy pronto de que las sospechas me engañaban, pues una vez arrimados á la mesa los estudiantes, mostráronse conmigo atentos conterráneos y corteses camaradas, sin ajustar, para maldita de Dios la cosa, su comportamiento al tono de sus raros disfraces, antes bien, olvidados de ellos como si ya no los llevaran encima, ó el llevarlos así fuera la cosa más natural del mundo; incongruencia que daba al cuadro el aire más cómico y pintoresco que puede imaginarse. En adelante observé que ni un solo día se sentaron á almorzar aquéllos mis compañeros de posada vestidos como Dios manda, y por eso cito el hecho; que de haber ocurrido una vez sola con aire de calaverada, no tendría gracia maldita.

Noté que las prendas más codiciadas de todos eran el espadín y el sombrero de tres picos, piezas correspondientes al uniforme que usaban entonces los alumnos de la Escuela de Ingenieros civiles, á la cual pertenecía el mozo de la bufanda pintoresca y de la montera asturiana, que jamás en casa quitaba de su cabeza. Algo más incomprensible era la tenaz afición del taciturno del albornoz y la cara moruna al diccionario de la Lengua y á la guitarra. No conocía dentro de casa otros entretenimientos que puntear la una y hojear el otro. Qué conexión misteriosa podía haber entre ambos _instrumentos_, nunca lo supimos, ni nos lo quiso decir entonces el aficionado á ellos, ni muchos años después me lo ha podido explicar, ni se explicará en los siglos de los siglos. Pero es un hecho que no negarán el interesado ni los testigos de él que aún viven y pueden dar fe de la exactitud de todos éstos y los otros mis asertos, en la confianza de que no he de sacar á relucir aquí otras menudencias de los mismos tiempos y del propio lugar, por respetos fáciles de presumir.

También este pasaje de mis apuntes es de los que habían de provocar desdeñosa sonrisa en los imberbes escolares al uso; y sin embargo, merece algún respeto como dato curioso para la historia de las costumbres; pues han de saber estos hombres precoces, que aquellos muchachos recalcitrantes no eran menos listos, ni más tontos, ni menos ingeniosos que ellos; pero les daba por las susodichas inocentadas, porque no era costumbre entonces entre los estudiantes fundar periódicos batalladores ni asaltar las cátedras del Ateneo y de las Academias para difundir la luz de la ciencia por todos los ámbitos de la patria; tarea peliaguda, cuyo _intento_ estaba, con mediana suerte, encomendado á unos cuantos hombres con canas y de reconocida autoridad.

Durante el almuerzo, supe de qué pueblo de la Montaña era cada uno de los estudiantes, y supieron ellos de dónde era yo. Recuerdo que el jockey (muerto pocos meses después, de una tisis galopante), su amo (médico de nota hoy) y el larguirucho del espadín (años ha desaparecido del mundo de los mortales), eran de la capital; el árabe de la guitarra y del diccionario, malogrado arquitecto entonces y hoy encanecido entre los azares de los negocios, trasmerano; el de la bufanda pintoresca y la montera asturiana (capaz de improvisar ahora un camino de hierro sobre dos hilos de araña), de Toranzo; el de la papalina, de Torrelavega, y el de la amarilla borla, pasiego.

Diéronme por de pronto minuciosas señas de la calle del Príncipe, porque yo les dije que en ella vivía don Augusto Valenzuela, á quien necesitaba visitar; me explicaron cómo podría yo, recién llegado á Madrid, con algún dinero en el bolsillo, pasarlo regularmente entretenido, de día brujuleando por las calles, de noche con ellos, á primera hora en el café de _La Esmeralda_, en la calle de la Montera, y más tarde en Capellanes ó en el paraíso del Teatro Real, etc., etc.; y para matar las horas sobrantes dentro de la posada, brindáronme con una copiosa colección de novelas, cuyos títulos me cautivaron desde luego. No podían ofrecerme comidilla más de mi agrado: la novela era mi tentación... ¡y cuánta había en aquella casa, donde apenas existía un libro de texto!

Estando de sobremesa todavía, entró en el comedor un joven muy bien vestido, hasta elegante. Saludó breve y expresivamente á todos los comensales á la vez, y se dejó caer en el desvencijado sofá que estaba debajo de las vidrieras por donde pasaba la luz del patio. El tal mozo era pequeñito y flaco, blanco de tez, de mirar sutil y malicioso; barba corta, pero negra y espesa; el cabello ralo, y muy limpio y bien aliñado todo su traje. Recibiéronle muy regocijados mis siete compañeros de mesa, y tuvo para cada uno de ellos algún apóstrofe picaresco y bien adecuado al caso y á la persona. Continuando el tiroteo de frases, no siempre de color de rosa, acertó alguien á preguntarle por «el poema»; respondió que «así» le tenía aún; rogóle el estudiante del frac azul que les recitara otra vez la introducción, y no hubo necesidad de repetirle el ruego. Con reposado y solemne ademán, sonora voz y magistral acento, comenzó á soltar octavas reales por aquella boca. No he oído jamás cosas más indecentes, ni versos más gallardos, robustos y armoniosos. Quevedo no los hizo mejores. Terminada la introducción del poema, que á mí, pobre é inexperto provinciano, me puso colorado de vergüenza, comenzó el poeta á recitar epigramas de su cosecha contra todo lo existente y otro tanto más, graciosísimos, punzantes é ingeniosos. Yo estaba asombrado. Estrujando el chirumen en mi aldea y royéndome hasta las puntas de los dedos, había logrado escribir media resmilla de ternezas quejumbrosas, insulsas y descoloridas, ¡y aquel mozo tenía en la cabeza una fábrica de versos y otra de malicias y donaires!

El empecatado poeta era extremeño: se llamaba Mata; llamábanle Matica, y estudiaba medicina en el colegio de San Carlos, es decir, debía estudiarla, porque llevaba nueve años matriculándose en la facultad, y aún no había llegado á la mitad de la carrera. Conocía á todo Madrid, y tuteaba á la cuarta parte de él. Era mozo de verdadera chispa, pero sin señales de juicio, y muy capaz de poner en solfa la misma _Summa Theológica_. Había acometido muchas obras serias; recitaba comienzos magníficos, estrofas incomparables de composiciones épicas y místicas, trozos en los cuales parecía emular la entonación robusta de Herrera y la dulzura y suavidad de Fray Luis de León; pero de allí no pasaba jamás: destellos, chispazos de un fuego cubierto de frías y sucias cenizas: lo vulgar, lo grotesco, lo brutalmente carnal le solicitaba; desvanecíale la altura, el águila perdía sus bríos, y descendía rápida á manchar sus alas en los lodazales de la tierra. Frecuentaba las redacciones de los principales periódicos de Madrid, y en todas ellas se hubieran recibido con palmas las flores de su ingenio, si éste hubiera sido capaz de amoldarse á las condiciones _sanitarias_, digámoslo así, en que vivían los suscriptores y la ley de imprenta; se le tentó con halagos de todas especies, hasta con pingües sueldos... todo inútil: aquel pájaro no sabía cantar dentro de la jaula, ni podía sujetar los raudales de sus armonías á ninguna ley; necesitaba la libertad del monte para dar al viento toda la rica variedad de los registros de su numen, y así cantaba, como un salvaje.

Es muy de notar que en su trato ordinario era culto, y revelaba sus instintos de artista de raza hasta en las cosas más nimias; su conversación era siempre amena, su imaginación fecundísima; su habilidad para trazar en cuatro rasgos la biografía de un personaje de los infinitos que él conocía en la política, en las artes y en las ciencias, tremenda; sacaban sangre sus trazos, y levantaba ampollas su colorido. Oyéndole pocas veces, se le creía capaz de las más altas empresas; frecuentando su trato, se caía bien pronto en la cuenta de que tenía dos enemigos invencibles: la sujeción y el método. Era un vagabundo incurable que derrochaba su ingenio á borbotones en las mesas de los cafés y entre estudiantes desenfadados. Estaba bien por su casa, y de eso vivía holgadamente en Madrid, pues no era vicioso ni gastador. Había sido condiscípulo de algunos de mis compañeros de posada, y por eso la visitaba de vez en cuando.

Todo esto me contaron de él, en seguida que se marchó, los que creían conocerle más á fondo. No tardé mucho en persuadirme de que el retrato moral, aunque parecido, no era exacto. Matica valía mucho más.

Deshecha la tertulia de sobremesa, vestíme con lo mejor del baúl, y lancéme á la calle, buscando, medio á tientas, la del Príncipe, donde vivía el Excmo. señor don Augusto Valenzuela, causa tentadora de mi presencia en Madrid, y faro, luz y guía de todas mis esperanzas.

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X

Con las indicaciones que llevaba yo bien impresas en la memoria, no me costó gran trabajo dar con la calle del Príncipe. Una vez en ella, pronto encontré la casa. El portal era grande, la escalera ancha y vieja, de ladrillo el suelo de los descansos, y acuarteronadas y sarpullidas de gruesos clavos las puertas de los pisos. Llamé á la del segundo, y me abrió un criado á quien yo conocía de haberle visto en mi lugar. Mostróseme un si es no es risueño, y díjome que el señor no estaba en casa; preguntéle por la familia, y me respondió que aguardara la respuesta. Fuése por aquellos pasillos adelante, y volvió luego para conducirme á la sala, en la cual me dejó encerrado y á media luz. La estancia aquélla era amplísima; tenía rica alfombra en el suelo, lujosos cortinones en las puertas, grandes espejos en las paredes; brillaban el oro y la seda en los sillones, y estaban mesas y veladores cubiertos de cachivaches y muñecos tan varios como artísticos. Jamás me había visto entre tanto lujo, ni le había soñado siquiera; me daba lástima pisar aquel finísimo vellón con mis botas de becerro, y no me atrevía á sentarme sobre el pulido raso de la sillería. La dudosa calidad de mi vestido, aunque flamante, realzaba su ordinariez y aspereza entre aquellas tintas brillantes y delicadas, y yo mismo, aunque de buen cutis y no mal perfilado, me veía en los espejos con un no sé qué de montaraz y palurdo, que me hacía sudar de congoja. Viéndome en tal guisa y tomándolo muy á pechos, sentí que también me iba embruteciendo por dentro, y temí que cuando llegara el caso de hablar en aquel aparatoso escenario, mis palabras y mi estilo, y hasta mis ideas, habían de disonar tanto como mi persona. ¡Tan pobre concepto había formado de mí mismo en presencia de aquellas inesperadas y desconocidas grandezas, testimonios deslumbrantes de la altísima importancia de las personas á quienes iba á molestar, recordándoles el mendrugo que me habían ofrecido en mi pueblo! Malo es el pecado de la petulancia y del atrevimiento desfachatado; pero el de la modestia que raya en sandez, como el que yo cometía entonces, creo que es mucho peor.

Cerca de media hora pasé sumido en aquel espanto; y ya me asaltaba también el de que me dejaran allí olvidado, lo cual hubiera tenido que ver, cuando reapareció el consabido sirviente; abrió las puertas que daban á un gabinete, alzó el pesado cortinaje, y apartando el cuerpo á un lado, me dijo, mostrándome con la zurda la despejada senda:

--Pase usted.

Y pasé á otra estancia más pequeña, pero no menos lujosa que la que dejaba atrás. Había allí tres personas arrellanadas en sendas butacas de rica tapicería. Una de las personas era Clara, no con aquel desgaire en que yo solía verla en mi pueblo, sino cargada de moños y follados muy sobresalientes; tenía delante un lindo costurero y entre manos una labor casi invisible por su tenuidad y sutileza. En buena justicia, no debí quejarme del recibimiento que me hizo, pues siendo ella la misma sequedad, quiso como sonreírse, y hasta me presentó á su madre, que se sentaba cerca de ella. La turbación en que yo me hallaba no me impidió ver, á la primera ojeada, los afeites y perifollos con que aquella señora quería falsificar su fe de bautismo. Después acá he conocido muchas mujeres de su tipo, viejas presumidas y rebeldes contumaces al poder de los años y á la ley de la naturaleza; madres frívolas que ven con mayor pesadumbre la caída de un diente ó la aparición de una nueva arruga, que la muerte de un hijo. Ya se sabe que la señora de Valenzuela se llamaba Pilita; y bastaba verla una vez, afectando aires y hasta formas de niña dengosa y elegante, para comprender la razón del diminutivo con que se la conocía.

Vuelta de espaldas á la poca luz que entraba en el gabinete por una vidriera oculta entre cortinajes, entreteníase en juguetear con un abanico, que abría y cerraba sin cesar, inmóvil en la postura estudiada que parecía haber elegido para lucir á un tiempo su afectada altivez, su vestido, su pie pequeño y su busto de Ceres trasnochada. Á la presentación hecha por Clara, respondió con un imperceptible movimiento de cabeza, mirándome al mismo tiempo con los ojos fruncidos y con un gesto entre desdeñoso y de asco, como si contemplara un bicho raro y molesto. Recuerdo perfectamente, porque fué uno de los detalles que más me desconcertaron, que al sonar mi nombre en los labios de Clara, le subrayó su madre con un _riiichsss-raaachsss_ de su abanico, que me hizo el mismo efecto que si me le barriera con una escoba.

Detrás de Pilita estaba su hijo Manolo, á quien también me presentó Clara al mismo tiempo que á su madre. Era un mozo encanijado y escrofuloso, con una barbucha lacia, mucha nuez, poco pelo, largas uñas, dientes rancios, gran pechera, poca corbata, largo talle y ojos saltones. Hojeaba un grueso volumen con láminas, y respondió á mi saludo, desconcertado y humilde, con un amago de levantarse de la butaca en que estaba repantigado, y una inflexión de pescuezo; pero ni acabó de incorporarse, ni me dijo una palabra, ni cerró el libro por entero.

Yo me senté en una silla que estaba desocupada cerca de Clara, y pregunté por don Augusto. Respondióme su hija que estaba en el ministerio... y se acabó la conversación. Como Pilita no cesaba de mirarme con los ojos fruncidos, ni cesaban tampoco los _riiichsss-raaachsss_ de su abanico, únicos rumores que se oían en la estancia, no contando tal cual ronco carraspeo de Manolo, y Clara no levantaba la vista de su labor, convencíme de que mi presencia era allí un estorbo, pero un estorbo ridículo, por haberme metido donde no me llamaban. De todas maneras, ya fuera esto la pura verdad, ya que mi cortedad de aldeano me hiciera ver visiones, el hecho innegable era que yo estaba representando en la visita un desairadísimo papel, sin que hubiera en mi derredor un alma caritativa que me prestase su auxilio para salir del atolladero; y esta fundadísima consideración acabó de desconcertarme: no sabía qué postura tomar en la silla, ni cómo romper aquel silencio enloquecedor, más bien medido que roto por el diabólico charrasqueo del abanico de Pilita; y, sobre todo, cómo preparar una despedida decorosa que no dejara entre aquellas gentes un recuerdo grotesco de mí. Si no por echarlo á perder, yo hubiera dicho á aquellas desatentas señoras, y muy especialmente para que me oyera el grosero mozo que no cesaba de hojear el librote con láminas:

--Han de saber ustedes que yo he venido aquí en virtud de lo convenido en mi lugar con el señor de Valenzuela, que me lo propuso, y con usted, Clara, que lo aplaudió, muy pocos días hace, cuando mi padre y yo nos despepitábamos por hacerles llevadera la vida de la aldea, y ustedes parecían muy satisfechos de nuestras cordialísimas y desinteresadas atenciones. Si mi inexperiencia y cortedad de aldeano me han puesto en este trance angustioso al pisar por primera vez en mi vida alfombrados salones, y verme entre gentes encopetadas á quienes jamás he saludado, á usted, Clara, que me ha tratado y sabe por qué vengo y á lo que vengo á esta casa, y que no en todo soy tan zafio como en el arte de presentarme con desembarazo en ella; á usted, repito, le toca sacarme del apuro, apuntando la única conversación que aquí vendría al caso ahora, ó diciéndome cuándo y en dónde podría yo hablar con el señor de Valenzuela.

Pensaba yo todo esto, cuando la ruda voz de Clara se dejó oir de este modo:

--¿Va usted á estar muchos días en Madrid?

No podían darse unas palabras más opuestas á las que, en mi concepto, debían salir de los labios de Clara, puesto que la tal pregunta revelaba un completo olvido del asunto que me llevaba á Madrid y á aquella casa. Prodújome este desencanto cierta irritación de espíritu, y respondí al punto:

--Eso dependerá de lo que disponga el señor don Augusto.

Un fortísimo _riiiisch_, terminado en seco, me hizo volver los ojos hacia Pilita, y observé que no sólo fruncía los suyos para mirarme, sino también las cejas, como si, al oirme, la moviera la curiosidad tanto como el desdén. No replicándome Clara una palabra, pensaba yo explicar mi respuesta, y de este modo encarrilar á mi gusto la conversación, cuando se presentó á la puerta del gabinete el sempiterno criado, y dijo con voz solemne, mientras hacía media reverencia:

--El coche.

Estas palabras, dos charrasqueos muy briosos del abanico de Pilita, una mirada harto dura de Clara, y el arrojar Manolo su libraco sobre un velador, me dieron á entender en el acto que yo estaba allí de sobra. Levantéme, y de muy buena gana, puesto que la casualidad deparaba á mi visita un término menos ridículo que el que yo estaba temiéndome; mas no quise despedirme sin preguntar dónde y á qué hora podía yo ver al señor don Augusto.

--En el ministerio toda la tarde,--me respondió Clara.

--¿Está usted segura--volví á preguntar, escarmentado con lo que acababa de pasarme allí,--de que me recibirá en su despacho, ó me dejarán llegar á él?

--¿Y por qué no?--me preguntó á su vez Clara con ceño adusto.

--Por sus muchas ocupaciones, verbigracia,--respondí tratando de enmendar el efecto de la sequedad de mi reparo.

Entonces Clara, abriendo las portezuelas de un mueble adornado de ricos embutidos, que estaba cerca de mí arrimado á la pared, sacó una tarjeta con su nombre, y me la dió después de escribir algunas palabras en ella con lápiz.

--Haga usted que le entreguen ésta,--me dijo al dármela.

Agradecí el obsequio, y me despedí con toda la finura y elegancia de que me juzgué capaz.