Pedro Sánchez

Part 8

Chapter 83,986 wordsPublic domain

--¡Perdonarle! ¿Y de qué, calabaza?--saltó don Serafín muy asombrado.--¿De haber descubierto que Carmen me ayuda con su trabajo á levantar las cargas domésticas en mis largas cesantías? Ya ve usted cómo ella lo oculta... ¿y por qué lo había de ocultar? ¿Es un pecado trabajar honradamente para comer? Pecado fuera quitarlo de la boca para emplearlo en moños, ó morirse de hambre por no confesar la pobreza, que no viene de despilfarros viciosos, sino de maldades de pícaros ministros... Que me diga usted que es duro, eso es ya diferente; porque duro, muy duro es, y hasta frío como un puñal, para mí que lo veo, el que un ángel de Dios como ese le quite al sueño muchas horas para... ¡calabaza! pero que diga ella si yo le he impuesto, ni siquiera aconsejado, el sacrificio, y si le consiento tan pronto como me emplean y da el sueldo para todo. Allá con su madrina, la señora del comerciante de ultramarinos que me recoge los muebles y me busca casa cuando es necesario, lo arreglaron durante una de mis cesantías. Desde entonces, un sastre de rumbo le proporciona cuanta obra se le pide, y de la menos penosa, como esos chalecos que usted ve... Ayer los trajo Quica en cuanto acabaron de arreglar la casa: ya está el uno temblando... También hay quien proporciona ropa blanca; en fin, se hace á todo; y cuando hay apuros, ayuda Quica, que cose como unas perlas. Estas faenas dice Carmen que la entretienen mucho, y que sin ellas no sabría qué hacerse en una casa que tan poco entretenimiento da por sí sola, como la nuestra... Y el caso es que yo he llegado á creerlo, porque en cuanto se halla ociosa, se le hacen las horas siglos... y no me extraña, que en las jaulas á obscuras, sin sol y sin cielo, como ésta y cuantas habitamos aquí en tiempos de estrechez y penuria, están de más los ojos y el entendimiento, si no se emplean de puertas adentro.

--Pero esta vida de encierro y de trabajo--interrumpí yo mirando á Carmen con honda pesadumbre,--no es para continuada mucho tiempo, porque el cuerpo no es de bronce.

--Sana es como unos corales--respondió Balduque,--y ya verá usted cómo hasta la engordan estas faenas... ¡La Providencia de Dios!

--Pero--insistí,--la procurará usted en tales casos algunas distracciones...

--Eso sí--respondió su padre:--de movimiento, siempre que tenemos una hora de sobra en día de trabajo; en los festivos, de sol á sol, como quien dice: por la mañana, después de oir misa tempranito, entre calles; por la tarde no nos cabe en Madrid, y nos vamos los tres al Príncipe Pío, ó al Retiro, hacia el cerrillo de San Blas, ó á Chamberí... en fin, adonde haya más luz que ver y más aire que respirar... Solemos permitirnos también, en estas ocasiones, la calaveradilla, á la vuelta, de un café por barba, y alicuando alicuando, es decir, de mes á mes, si hay cunquibus, el escándalo de unas delanteritas de grada por la noche en el teatro donde trabajen Romea ó Arjona... porque ha de saber usted que ésta mi hija, en materia de funciones dramáticas, ó las quiere buenas ó no quiere nada, en lo cual va con mi gusto, y también con el de Quica, que, por gustarle todo, se acomoda perfectamente al nuestro. Es raro, calabaza, lo que le pasa á esta mujer en el teatro: todo cuanto ocurre de telón adentro, le causa las mismas impresiones; todo la hace llorar; que muera en el drama hasta el apuntador, ó que á los personajes les toque la lotería, y Mariano Fernández haga desternillarse de risa á los espectadores, la cara de Quica no se limpia de goteras.

Reíase Carmen como una chiquilla al oir á su padre, y continuó éste:

--Ya comprenderá usted que me refiero, en este cuadro de vida que le trazo, á los tiempos calamitosos de mis cesantías, pues tantas han sido y tan periódicas, que me han permitido establecer un plan de existencia inalterable durante ellas... Porque mientras estoy empleado, le aseguro á usted, calabaza, que vivimos como príncipes: tenemos casa con vistas á la calle, tomamos el sol cuando nos da la gana, y vamos al teatro, si le hay en la población, todos los domingos; porque entonces Carmen no cose más que para nosotros; yo tengo horas cómodas de oficina, y ahorro una buena parte del sueldo... Conque ya ve usted, mi buen amigo, cómo, por fas ó por nefas, no somos tan dignos de compasión como á primera vista parece... hasta tenemos nuestro correspondiente vicio.

--En efecto--dije siguiéndole el humor á don Serafín,--tienen ustedes el vicio de la luz y del aire libre.

--Y el del teatro,--añadió Carmen con cierta sonrisilla entre picaresca y codiciosa.

--¿Le gusta á usted mucho?--la pregunté, comprendiendo su intención.

--¡Muchísimo!--respondió.--Si fuera rica, no perdería noche. Ya ve usted si soy viciosa.

--Ese no es vicio, Carmen: antes es afición que enaltece.

--¿Lo cree usted así?

--Sin la menor duda. El teatro es escuela de moral y buenas costumbres,--exclamé con gran aplomo, lo mismo que si hubiera visto un teatro en todos los días de mi vida, y no hubiera tomado la máxima del periódico de mi padre, que la repetía á menudo, aunque con minuciosas salvedades.

Rodando la conversación sobre este tema, asaltóme el deseo (puesto que me sobraban medios de realizarle, y realizándole satisfacía yo la curiosidad que comenzaba á sentir) de ofrecer á aquella singular familia un extraordinario esparcimiento de los que tanto apetecía Carmen. Busqué el modo que me pareció más prudente para decirlo sin ofensa de ninguna fibra sensible, y logré que conviniéramos don Serafín y yo, con visible regocijo de Carmen, en que iríamos todos juntos al teatro en la noche del día siguiente, con dos condiciones que impuso Balduque: primera, que, por entenderlo mejor que yo, recién llegado á Madrid, habíamos de ir á las localidades que él eligiera (sin duda para serme menos gravoso el obsequio); segunda, que había de aceptar yo la recíproca cuando llegara el caso.

¡Si me hubiera sido tan fácil reponer á don Serafín en su destino como proporcionar á su hija tres horas de descanso y de recreo!... Y bien sabe Dios que, al asaltarme entonces el enojoso recuerdo de mi malograda visita al influyente Valenzuela, no fué por lo que me interesaba personalmente.

Algo hablamos de él allí, y de mis cordialísimos propósitos de recomendarle la reposición del mísero cesante; algo también de los primeros pasos dados por éste, sin éxito alguno, en el terreno de sus particulares conexiones; y mucho más de ciertas generalidades que me entretuvieron grandemente, por ser Carmen quien hizo el mayor gasto en la conversación.

Llegó la hora de despedirme de ella, y salí con don Serafín á la calle. Recorrimos otras muchas, siempre bajo la dirección de mi amigo, que se complacía en no llevarme dos veces por una misma; y en la de la Magdalena nos detuvimos delante de una fachada medio cubierta de carteles.

--Éste es el teatro de Variedades--me dijo Balduque.--Veamos qué función habrá en él mañana... La misma de esta noche, _Adriana_: ¡soberbio! Verá usted qué Teodora Lamadrid y qué Joaquín Arjona. Es cosa de partírsele á uno el alma, según dicen los que han visto la tragedia... Tomando de víspera la localidad, cuesta una friolerilla de surplús; pero tiene uno la seguridad de no quedarse sin asiento, y la ventaja de escogerle á su gusto.

Entramos en el vestíbulo, y pasando á la contaduría del teatro, pidió y escogió don Serafín cuatro delanteras de grada, que importaban menos de treinta reales, que me apresuré á pagar con sumo gusto.

--Ahora, á brujulear otra vez,--me dijo el cesante mientras salíamos á la calle y me guardaba yo los cartoncitos que, según me informó don Serafín, y no me pesó de ello, pues jamás las había visto más gordas, acreditaban mi derecho á entrar en el teatro y á sentarme en la localidad pagada.

--Mañana cuidaré yo de ir á recogerle á usted á su casa; pues si se lanza solo en busca de la mía, se expone á extraviarse.

Y brujuleando estuvimos, viendo yo nuevos barrios y nuevas calles, hasta que anocheció, y se despidió don Serafín á la puerta de mi casa.

Aquella noche, ó porque estuvieran más insinuantes mis paisanos, ó porque me hallara yo mejor dispuesto para todo, no solamente los acompañé al café después de comer, sino á los recién inaugurados salones de _Capellanes_, de donde no salimos hasta muy cerquita de la media noche.

No eran entonces aquellos famosos bailes lo que han llegado á ser después acá los de su misma categoría; pero así y todo, es fácil calcular cuál sería el estupor que me produjo la inesperada contemplación de aquel mar de frenéticos, corriendo entrelazados alrededor del deslumbrante salón, al compás de una música encaramada allá arriba, entre gritos, porrazos y estridentes algarabías, teniendo presente que jamás había visto yo otros bailes que los aldeanos de mi tierra, al son del encascabelado pandero; bailes en que el demonio tiene poquísimo ó nada que hacer, porque es imposible que, con toda su infernal astucia, logre extraer un adarme de malicia de aquel piafar inocente, ni de aquellas respetuosas y acompasadas mudanzas, sin asomo de contacto entre ambos sexos.

Muy á menudo me asaltaban, sin saber por qué, el recuerdo de mi padre y el de la linda costurera de la calle del Olmo, y hasta observé que coincidían estos asaltos con los instantes en que más infernal y libidinoso me parecía el cuadro; y notaba en mí, al propio tiempo, un instintivo é inconsciente empeño de ahuyentar aquellas consoladoras, pero severas imágenes de la honradez y del pudor, como se oculta, por un movimiento maquinal, la cadena del reló en cuanto se oye gritar ¡ladrones! Pero lo cierto es que aunque me sucedían estas cosas y me pasé la noche sin tomar parte más que con la vista en el jolgorio, no me parecieron largas las horas.

Volviendo hacia mi casa con dos de mis compañeros y paisanos, pues los restantes por allá se quedaron todavía, lamentábame yo de la corrupción de los tiempos y de la perversión de las costumbres, en vista de lo visto.

--Cuando se observa de lejos, como usted lo ha observado esta noche--me respondió uno;--pero desde _adentro_ parece muy distinto.

--Lo cierto es--concluí con la mayor ingenuidad,--que si he de sacar partido de _estas cosas_, necesito aprender á bailar.

Por conclusión, y después de acostarme, me di un hartazgo de novela de Paul de Kock. Me leí _Zizina_ de punta á cabo.

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XIII

Mi segunda visita á mi protector no alcanzó mejor éxito que la primera. Había salido de su despacho, y el desabrido portero no supo ó no quiso decirme adónde, ni si volvería ni cuándo; de volver á su casa, no me había quedado gana maldita, y para esperarle en los pasadizos del Ministerio y echarle el alto de sopetón, no servía yo, corto y apocado aldeano lleno de desconfianzas y miramientos. Dolíame perder un día más, y aquello no me gustaba; pero como no era mía la culpa ni el remedio estaba en mis fuerzas, tornéme á la posada y arremetí con las novelas, las cuales no dejé de la mano hasta la hora de comer.

Después llegó don Serafín vestido de día de fiesta; y según lo convenido, me acompañó á su casa, donde ya nos esperaban Carmen y Quica: aquélla poniéndose los guantes, y ésta, á su lado, abanicándose maquinalmente, tiesa, muy tiesa, como clavada en el suelo, la boca fruncida, la mirada de asombro, y algo conmovida, cual si su espíritu estuviera meciéndose ya entre las emociones que barruntaba. Con su actitud jeremiaca y sus atavíos estrepitosos, estaba horrible; lo mismo que un muñeco de esos que asustan á los niños alzándose de un brinco dentro de una caja, en cuanto salta la tapadera. Á Carmen le sucedía entonces lo que á todas las chicas guapas _per sé_: cuanto más se acicalan y se atusan y se prensan, más se desfiguran. Valía mucho menos vestida de señorita pobre, que de simple costurera. Sin embargo, estaba muy linda, porque lo mucho da para todo.

Renuncio á pintar las impresiones de asombro, de gusto y de curiosidad que me causó el teatro, lleno de luz, de caras, de vestidos y de rumores, desde que penetré en él hasta que, á fuerza de propósito, logré, á media función, orientarme en la forma, usos y procedimientos de aquella maravillosa región en que me encontraba por primera vez en mi vida; porque si doy en aficionarme á este género de pinturas, va á ser el cuento de nunca acabar, hallándome, como entonces me hallaba, en un mundo enteramente nuevo para mí, y en la edad en que con mayor actividad se piensa y se siente. Digo que logré orientarme allí á fuerza de empeñarme en ello, porque careciendo yo de virtud bastante para confesar que nunca me había visto en otra, observaba hasta el menor de los detalles, para deducir yo solo la ley por que se regía el mecanismo del escenario, y la relación establecida entre este mundo ficticio y las gentes de telón afuera.

Recorriendo con la vista las localidades del teatro, repletas de elegantes damas, de caballeros presumidos y de vulgo sencillote y embelesado, topé con la familia Valenzuela, acomodada en uno de los palcos de preferencia: Clara ceñuda é impasible, como siempre; Pilita con la espalda vuelta al escenario, el fastidio pintado en su faz, y zarandeando el abanico: lo mismo que en su casa; Manolo, en el fondo del palco, muy bien vestido, pero muy mal sentado. Don Augusto no pareció por allí en toda la noche; pero, en cambio, entraban y salían, durante los entreactos, jovenzuelos del pelaje de Manolo, á hacer reverencia y cortesía á las señoras, quienes, especialmente Pilita, se mostraban con ellos bastante más atentas y risueñas que se habían mostrado conmigo. Entró también á lo último, y allí se quedó como si fuera de la familia, un señor entrejoven, de gran estampa, muy planchado y reluciente, guapote, y, al parecer, muy pagado de su marcialidad y elegante apostura. Pensé yo si sería el ministro, porque de aquel corte me los imaginaba á todos los del oficio.

Observé que casi todas las damas de copete y la mayor parte de los caballeros _distinguidos_, veían con la misma indiferencia que la familia Valenzuela lo que ocurría en el escenario, y que cuanto más nutrido era el aplauso que arrancaba al sencillote público un arrebato apasionado de Teodora Lamadrid, más se acentuaba el desdén en las gentes principales. Andando el tiempo me persuadí de que la moda impone á sus esclavos exigencias verdaderamente inconcebibles.

¡Qué contraste formaba aquella estudiada frialdad con las profundísimas emociones que estábamos experimentando nosotros! Quica era un goterial de lágrimas y un incesante puchero. Don Serafín, electrizado y nervioso, no cabía en su asiento, y se revolvía como si le punzasen agujas las asentaderas; sacaba el busto fuera de la barandilla, estiraba el pescuezo, y con los ojos fijos en el actor, hacía embudos con los labios mientras éste hablaba: remedábale todos los gestos, marcaba las cadencias con la cabeza, y parecía trazar en el aire, con la mano derecha, todos los signos ortográficos del diálogo. Carmen, en las situaciones de apuro, volvía hacia mí sus grandes ojos algo empañados, y yo la respondía con una sonrisa contrahecha, inútil disfraz del nudo que me ponía en la garganta la extremada tensión de mi espíritu, partícipe verdadero de todos los fingidos infortunios de la heroína del drama que se representaba.

Para mí, aficionado hasta la pasión á las ficciones novelescas, aquello que estaba presenciando era la realidad de un suceso. En el libro hallaba el relato sobre el cual tenía yo que construir con la imaginación cuanto no podía darme el libro; allí estaba todo hecho, vivo, real y tangible: el hombre en cuerpo y alma, con sus vicios y sus virtudes; un cómodo rinconcito del mundo, donde se exponían á la contemplación de los curiosos las batallas de la vida humana, sus grandezas, sus caídas, lo noble y lo bajo, lo serio y lo cómico. Aquella noche me tocaba padecer; otra noche, ó en otro teatro, me tocaría reir. ¡Admirable espectáculo!... Y el gozar de él á menudo no era dificultoso para un hombre solo que, como yo, tuviera el bolsillo bien repleto y pocas necesidades de otra especie.

Expongo estas reflexiones en el mismo orden en que me las iba haciendo yo insensiblemente, y á medida que las peripecias del espectáculo me cautivaban; las cuales reflexiones fueron germen de otras muchas del propio género á que me entregué después de salir del teatro, y base de muy largos y detenidos razonamientos, cuyo resultado fué el engolosinarme de tal manera á este deleitoso pasatiempo, que en menos de quince días conseguí (si vale la frase) tomar la embocadura á los diversos géneros dramáticos que se cultivaban en los pocos teatros que entonces existían en Madrid, y familiarizarme con los nombres y aptitudes artísticas de los respectivos actores.

Con esto quiero decir que no era sólo el atractivo del argumento ni el de la disposición material del espectáculo lo que me seducía y cautivaba; había en mí un instinto artístico, cierto gusto pasivo, algo como tentación de análisis, que me arrastraba á investigar el por qué y la calidad de las cosas. Evidente es que mis juicios, por mi inexperiencia y por mi ignorancia, no podían ser completos ni enteramente atinados; pero, al cabo, eran juicios, que me procuraban, sobre el placer de admirar lo desconocido, el más sabroso de cotejarlo á mi manera con los preceptos rudimentarios de unas leyes, que yo llamaba _mi parecer_.

El cual hizo á mi gusto esclavo de Julián Romea, desde la primera vez que con su asombrosa naturalidad (que después se ha llamado _realismo_) le vi interpretar una de las mejores obras de su repertorio, _El hombre de mundo_; movió mis manos para aplaudir al ya decrépito Guzmán, en _El enfermo de aprensión_; á su heredero único en los donaires de _gracioso_ del castizo teatro español, Mariano Fernández, y me infundió cierta repugnancia que jamás he podido vencer, á la híbrida Zarzuela, sostenida entonces, y casi creada, por Salas y Caltañazor, en el Circo de la Plaza del Rey; con lo cual podría ver cualquiera persona de buen gusto, que el mío no se manifestaba mal encaminado por lo que al teatro se refiere; y válgame esta confesión, si se tacha de presuntuosa, en gracia de la que también hago de que, en cambio, en el ramo de novelas entraba con todas, y no era yo otra cosa que un glotón insaciable, sin pizca de paladar: todas me sabían lo mismo; mejor dicho, todas me gustaban con tal que me interesasen de cualquier modo; y aun prefería las más farragosas y descomunales.

¡Teníamos que oir don Serafín y yo, durante los intermedios, haciendo comentarios sobre lo visto, y pronósticos sobre lo que nos faltaba que ver, mientras Quica lanzaba suspiros entrecortados, como los niños recordando una azotina! Y aún duraron los comentarios, y hasta con notas de las dos mujeres, mientras caminábamos hacia su casa, después de terminada la función con harta pesadumbre de todos. De aquella noche me pasé en claro la mayor parte, poseído, repleto de los lances de la tragedia, de los acordes de la música, de las luces de la araña, del rumor y apiñamiento del público, de Quica, de Carmen, de Balduque... todo lo sentía junto y revuelto en la cabeza, y me rechispeaba en los ojos, aunque estaba á obscuras, y en los oídos, aunque los tapara. ¡Memorable noche!

Durante los tres días que la siguieron, continuó don Serafín acompañándome por las calles de Madrid, en su tenaz propósito de que le conociera yo como la palma de la mano. No quedó rincón que no visitáramos, ni paseo, ni camino de ronda que no midiéramos con los pies. Era incansable el hombrecillo aquél; y yo me congratulaba de su empeño, por lo mucho que me entretenía. Al fin tuvo que tomar posesión de su destinillo transitorio, y ya no le veía sino muy de tarde en tarde.

Quedéme, durante el día, solo, como quien dice, y dime á observar con sosiego mucho de lo que me había ido mostrando bastante más de prisa mi complaciente amigo; y cuando se me pasó el atolondramiento de recién llegado á aquel populoso centro tan distinto de cuanto yo conocía, y logré separar las cosas de los ruidos y de los colores y del movimiento, porque al principio todo caía revuelto y en oleadas sobre mí por donde quiera que andaba, comencé á escribir largas cartas á mi padre, especie de crónica minuciosa de viajero impresionable y reparón; con la cual tarea, además de estar yo seguro de complacerle mucho, entretenía mis diurnos ocios y mis murrias, producto necesario del sospechoso aspecto que iba tomando el asunto que yo perseguía en la capital de las Españas.

Era por entonces ésta, en lo que atañe á sus condiciones exteriores, bien diferente de lo que es hoy; y la altísima idea que yo tenía de las grandezas de una corte, por razón de la misma pobreza y angostura del pueblo en que yo había vivido siempre, hacía que saltaran á mis ojos, en doble tamaño del verdadero, las muchísimas deformidades y miserias de que adolecía la famosa villa del oso y del madroño, al paso que se me antojaban bastante menos que sorprendentes sus decantadas maravillas. Por cierto que si la generación que ha venido después y se ha formado en el Madrid de ahora, ó le ha conocido siquiera de vista, echara la suya sobre aquéllos mis bocetos del Madrid de entonces, fieles copias de la verdad, no obstante lo fuerte y recargado de algunos de sus trazos ó perfiles de escasa monta, tomáralos por invención de mi fantasía, costándole mucho trabajo creer que en un lapso de tiempo, relativamente tan corto, pudiera obrarse el casi milagro de haberse convertido en lo que es actualmente, aquel lugarón desmantelado, viejo, sucio y árido, que parecía no tener enmienda ni compostura por ninguna parte. De lo que hablé mucho, muchísimo, á mi padre, fué del ferrocarril de Aranjuez. No había en España más que él, y otro de Barcelona á Mataró.

Digo que así me entretenía y pasaba las horas, hasta que llegaban las de la noche y me iba al teatro, después de un buen rato de tertulia en el café con mis amigos, ó á algún baile público, sin privarme por eso del café ni del teatro; pues la noche, que no se entendía allí como en mi tierra, daba para todo... y mucho más. ¡Gran vida!

Pero ¿había ido yo á Madrid para eso? ¿Podía, en conciencia, entregarme á aquellos lujos y crearme tantas necesidades mientras no adquiriera con mi propio esfuerzo los medios suficientes para satisfacerlas? Pero ¿tenía yo la culpa de que el señor don Augusto no me abriera las puertas de su despacho? ¿No había llamado también á las de su casa, y hasta penetrado en ella inútilmente? ¿Había de tomarlas por asalto y exigir mi credencial á bofetones?

¡Ah, si este medio hubiera valido!...

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XIV

Al fin, logré romper el cerco misterioso, no sé si á la undécima ó á la duodécima tentativa, y penetrar en el encantado recinto. Allí estaba el santón pomposo, repantigado en alto y bien mullido sillón, sobre peluda alcatifa, algo raída á trechos y no del todo limpia, entre cónicos cestos de papeles rotos, medio embutido en la panza de un escritorio negro, cerca de una chimenea, negra también, debajo de un retrato de la soberana, y con un puro de á tercia entre los labios.

Soltó unos papelotes que examinaba cuando yo entré; y tomando con la zurda el cigarro que chupaba, díjome, sin hacer caso de las palabras de cortesía que, pálido y temblando, le dirigí:

--Ya sé que anda usted por aquí á menudo. ¿Qué se le ocurre?

--¡Buenas y gordas!--dije para mí, sintiendo á modo de un escalofrío en todo el cuerpo; y respondí en voz alta y tartamudeando:

--Pensé que Vuecencia (no me apeó el tratamiento) recordaría lo que tuvo á bien ofrec... prop... digo, indicarme en mi lugar... Por eso vine desde allá hace tres semanas...

--Creo recordar, en efecto, que, deseando usted un destinillo, le prometí hacer algo en su favor.

--Eso es,--respondí, con el alma á los pies.