Pachín González

Part 6

Chapter 64,142 wordsPublic domain

Con el fin de este relato coincidió la llegada de un periódico recién salido de la imprenta. Al verle Pachín en manos de la posadera, la pidió por caridad de Dios que le dejara enterarse de él con sus propios ojos. No se fiaba de nadie. Complaciósele de buena gana, y se engolfó con avidez febril en aquel mar de letras de molde. Comenzaba por la historia del suceso, con declamaciones y comentarios que, por entonces, no importaban á Pachín cosa mayor. Después iban listas inmensas de nombres, nombres de muertos conocidos y comprobados; de heridos muy graves que pronto morirían, y de otros más leves, y de desaparecidos... Pues todas estas listas leyó Pachín, nombre por nombre y en voz alta, sin topar con el que buscaba el inocente de Dios. Luego venían en montones los anónimos, y en seguida el resumen de cada serie, en números, hasta la hora en que se imprimía... Sumaban más de doscientos los cadáveres recogidos en el campo de la catástrofe y en las calles de la población; más de otros tantos los heridos muy graves, y muchísimos más los relativamente leves, los que habían sido curados en establecimientos y casas particulares y los que se suponían existentes de esta clase; por último, los desaparecidos, que no eran pocos, y que, á aquellas horas, podían sumarse con los muertos. Después, una enumeración de los efectos del estampido en la ciudad: casas ruinosas, inhabitables en absoluto; otras con grandes quebrantos en el interior; la catedral, cuya mole había librado á la ciudad de muchas desgracias, ametrallada materialmente por el costado del sur; el tejado, hundido por la cumbre; en el jardín de su claustro, á montones las vigas de hierro engarabitadas, y las madejas enmarañadas de cables metálicos, y los clavos de herradura y los cartuchos vacíos; en tal casa de tal calle, un casco de la caldera del vapor sobre la alfombra de un gabinete; en el balcón de tal otra, un bastidor de un camarote; y así hasta el infinito. Luego, muestras del alcance increíble, de la fuerza expansiva del volcán diabólico: por ejemplo, un bloque de hierro fundido, de más de seis quintales de peso, que había matado á una mujer en el camino de Corbán, es decir, á tres kilómetros del sitio de la explosión. Otros ejemplos de los extraños efectos de ella: cadáveres sin la más mínima lesión aparente; otro, descalzo de un pie y con el correspondiente botito al lado; otro, de una señora, con el abrigo, que llevaba puesto, intacto, y arrancada una manga del vestido que tenía debajo de él; niños desaparecidos de los brazos de sus zagalas ilesas, y al revés, sobre el tejado de un almacén de los contornos de la explanada, y sin un solo rasguño ni la contusión más leve, un jovenzuelo que había estado viendo el incendio muy cerca del vapor; en la mesa del comedor de un _hotel_ frontero al muelle del desastre y ocupada por varios huéspedes, la caída del busto mutilado de un hombre, colado como un proyectil por la vidriera inmediata... Por último, un aviso de la alcaldía en el que se suplicaba á los propietarios que hicieran reconocer los tejados de sus casas, y si encontraban en ellos _restos humanos_, los recogieran cuidadosamente para darles cristiana sepultura... ¡Qué más ya?

¿Había entre los allí presentes, ni entre los vivos de la ciudad ni del mundo entero, quien tuviera noticia de cosas semejantes sucedidas, ni siquiera soñadas? Ni en duda puso Pachín este sentido apóstrofe de la posadera... ¡Á buena parte iba con el quejido la buena mujer!... ¡á Pachín, que había visto con sus propios ojos casi todo lo que se puntualizaba en el periódico! Pero no era ese el caso ya para él, que no podía evitar tanta desgracia, sino ver el modo de remediar la suya, si cabía en lo humano, ó, cuando menos, intentarlo con nuevas investigaciones.

Se hablaba en el papel de gentes recogidas en establecimientos y casas particulares... Por aquí se podía rastrear, y mucho, siquiera en las vecindades del abominado sitio, porque no era creíble que su madre hubiera sido impulsada con vida más al centro... Pero... Y se retorcía el infeliz en la cama, haciendo pruebas inútiles para levantarse. No sólo la debilidad, los dolores de sus coyunturas, el quebranto de todo el cuerpo, le tenían amarrado, adherido á aquel potro de insufribles tormentos morales. Volvió á llorar desesperado y á rezar, pidiendo á Dios que le diera las fuerzas que necesitaba para moverse de allí, para salir á la calle y recorrer la población casa por casa: esta merced siquiera, ya que no le considerara digno de la fortuna de hallar á su madre viva, al fin de sus investigaciones. Con lo que hizo llorar de nuevo á la posadera y conmoverse al comensal, que prometió al afligido muchacho echarse á la calle en seguida y hacer sus veces en el empeño que á él le estaba vedado. Y como lo dijo lo cumplió.

* * * * *

Pasó tiempo, casi toda la mañana, sin que el comensal volviera, ni llegaran á la posada otras noticias que las que andaban en todas las lenguas y por todas partes; y Pachín, pensando que el adquirir fuerzas para levantarse pronto dependía de engullir mucho, no cesó de bregar contra la obstinada inapetencia que se lo impedía. Á la hora de comer, bien corrida ya, volvió el comensal, desmadejado y sudoroso, pero no desalentado al parecer. Nada traía de lo que había ido á buscar; pero aseguraba haber dado con un rastro que le prometía algo bueno. Si Pachín creyó ó no creyó aquel embuste caritativo, nadie se lo conoció; pero lo cierto fué que el excelente sujeto se volvió á la calle sin deglutir el último bocado, dejando la posada llena de noticias que había adquirido en su excursión: que venían legiones de hombres con potentes aparatos contra incendios, de varios puntos de la provincia, y todos los bomberos de Bilbao, y el ministro de la Gobernación con una falange de altos funcionarios, de Madrid, y un batallón de ingenieros, de Logroño. Porque toda España se había estremecido de espanto al conocer la extensión de la catástrofe, y de todas partes llegaban generosas demostraciones de ello.

Con el comento de estas noticias y la adquisición de otras por el estilo, fué pasándose la tarde y entreteniendo Pachín sus impaciencias; porque, á todo esto, el comensal no volvía... Hasta que empezó á anochecer; y cansado de llorar, de sufrir y aun de impacientarse, en un breve rato en que se quedó solo en la alcoba y casi á obscuras, le acometió el sueño; pero tan á traición y de repente, que no tuvo tiempo el diablejo, su espía, de recogerle los malos pensamientos, y se le quedaron todos en la cabeza. También soñó con su pueblo entonces; pero ¡de qué distinta manera que la otra vez! Toda la comarca era un erial ingrato: ni el sol se dignaba alumbrarla dos veces al mes, y se sentía frío en ella hasta en agosto. Él se descoyuntaba el cuerpo trabajando, ¡y nada! Sembraba, y lo sembrado no nacía; el suelo resquebrajado de sus praderas, sólo daba escajos y zarzas miserables; la casuca se le desmoronaba á ojos vistas; el hambre y la ruinera acababan con sus ganados, y se veía con el último vestido que había podido adquirir, hecho jirones y mugriento por el uso, y además solo, ¡solo de toda soledad! Porque su madre había muerto también. Subiendo á lo alto del monte para _hacer_ una carga de leña de la única que se conservaba en todo él, pero raquítica y chamuscada, como que procedía del incendio que devoró los robledales que allí hubo, había rodado por los peñascos de una quebrada, sin que apenas hubiera hallado él quien, por caridad, le ayudara á sacar del fondo de la barranca el destrozado cadáver. Todavía estaba viéndole metido en un ataúd sin tapadera, porque era el de los pobres de solemnidad, con cuatro varales y cuatro patas: los unos para ser cargado en hombros de cuatro hermanos de la _Vera-Cruz_; las otras para mantenerle en alto junto á la sepultura y volcar en ella fácilmente el cuerpo, sin tocarle con las manos. Se había vuelto hacia casa, después de rezar el responso entonado por el cura sobre la fosa rociada con agua bendita al mismo tiempo, y aún seguía andando, andando; pero cuanto más andaba, menos adelantaba en el camino. Había pasado así toda la mañana y casi toda la tarde; y ya se había puesto el sol debajo de la espesa capa de nubes cenicientas, y se veía venir la noche; y unos perros, extenuados de hambre, que habían salido á ladrarle de las corraladas por donde había ido pasando, no cesaban de ladrar ni de perseguirle; y él andaba y andaba, moviendo á un lado y á otro un palo que llevaba en la mano apoyada sobre la cadera, y empezaba á tener miedo. Porque la noche venía; y al latir lastimero de los canes se iban agregando voces humanas, que no sabia él si eran para apaciguarlos ó para azuzarlos más. Por último, anocheció de todo, y á los ladridos y á las voces se juntó un manoseo que sentía sobre el pecho y sobre la cara, sin poder averiguar quién ó qué cosa se le producía; porque la noche era negra, negra como él no había conocido otra, y no veía en torno suyo más que la negrura impenetrable, maciza, de la obscuridad. El manoseo del pecho llegó á quitarle la respiración, al mismo tiempo que le taladraban los oídos, no ya el ladrar de los perros, sino unos gritos y llamadas que no acertaba á definir; y como la angustia, el ahogo de su pecho, seguía apretándole, hizo un esfuerzo de respiración en que puso todo lo que le quedaba de vida... y triunfó en el empeño. Rotas aquellas opresoras ligaduras, hasta se disiparon las tinieblas y cesaron los aullidos de los perros... y vió, vió delante de sus ojos, comiéndole á besos y estrechándole entre sus brazos, ¡oh prodigio y caridad de Dios!... á su madre; pero á su madre viva: no á la que había rodado por los peñascos de la quebrada del monte de sus delirios, sino á su verdadera madre; á la que había desaparecido cuando la voladura del vapor y buscado él por todas partes, llorándola ya por muerta. Y vió más todavía: vió, á la derecha de su madre, á la posadera, y á la izquierda, al comensal, ambos con los ojos encharcados de lágrimas, fijos en él... por más señas, que la posadera tenía en la mano una palmatoria con una vela encendida, á cuya luz, que hasta le deslumbraba, veía Pachín la escena como al sol del mediodía, y distinguió claramente á las personas que formaban parte de ella en la penumbra del segundo término. No cabía la menor duda: aquello no era continuación de su sueño desconsolador y fatigoso, sino la realidad patente. Pachín estaba despierto, y su madre, viva, junto á él. Pensó volverse loco de alegría, como ya lo había estado dos ó tres veces de pesadumbre. De un brinco se sentó en la cama y se colgó del cuello de su madre que seguía devorándole á besos é inundándole de lágrimas... ¡Fueran los químicos del sentimiento á averiguar cuál de los dos corazones ponía mayor cantidad de fibras en aquel abrazo sublime!

* * * * *

No fueron largas ni minuciosas las explicaciones de la madre cuando llegó el momento de darlas, ni podían ser de otro modo. Sabía muy poco de lo que le había pasado; y eso, por referencias hechas cuando ya no había en ella otro pensamiento ni otras ansias que el saber de la suerte de su hijo. Por lo visto, había sido encontrada debajo de unos maderos, á la vera de un portal, por unas almas caritativas que la subieron sin conocimiento á su casa. De tal arte estuvo hasta cerca de la media noche, hora en que empezó á volver en sí. El verdadero y cabal conocimiento no lo había adquirido hasta las dos de aquella tarde. Entonces fué cuando la enteraron de todo lo del vapor y del modo que había sido hallada y recogida ella; pero como no la daban noticias de su hijo cuando preguntó por él, ya no vió ni oyó nada de lo que á su lado pasaba ó se decía, ni pensó en otra cosa que en saltar de la cama para echarse á la calle cuanto antes en busca del pedazo de su corazón. No tenía otro mal que una pesadez muy grande en la cabeza y unos cuantos golpes en el cuerpo, que no le habían hecho sangre ni levantado el menor bulto, pero que le dolían algo... Pues todo se le quitó, como por milagro de la Virgen, tan pronto como se empeñó en que se le quitara con unos sorbos de caldo y la necesidad que tenía de hallarse buena y fuerte. Y tan animosa se vió de pronto y tan firme y atrevida, que ni siquiera quiso aceptar la compañía que le ofrecieron, por lo que pudiera acontecerle en sus exploraciones: demasiado habían hecho ya aquellas caritativas gentes. Se lanzó á la calle como desatinada y loca; y al verse en ella, se la ocurrió que, ante todo, debía comenzar por volver á la posada, donde quizás estuviera Pachín llorándola por muerta. Anduvo, anduvo hacia allá, y á medio camino alcanzó á aquel buen hombre (el comensal), que se alborotó de alegría al conocerla, y la impuso de lo que más la interesaba saber. Alabó á Dios con toda su alma agradecida... y allí estaba, un poco menos boyante que la víspera y más baja de color; pero con la salud sin quebranto serio... y hasta con su paraguas y todo, pues abrazada á él había sido encontrada bajo la pila de maderos, según después se le dijo.

--Y ahora, hijo mío de mi alma--añadió, volviendo á besarle con ansias de frenesí,--ahora que sabes de esto más de lo que hace falta, cuenta, cuenta tú de lo tuyo, que es lo que importa y viene al caso.

Quería Pachín dejarlo «para luego», porque la historia era larga y su madre necesitaba, ante todo, alimentarse y descansar; pero pensaba ella de muy distinto modo: insistió en su empeño; se acomodó en una silla que la posadera le arrimó á la cama; sentáronse también, aunque á prudente distancia, aquella buena mujer y el comensal y cuantas personas estaban allí presentes, y no tuvo Pachín más remedio que ponerse á contar su terrible _odisea_.

Como tenía el corazón bien repleto del asunto, la boca del narrador le fué pintando de tal arte, que á los fascinados oyentes les parecía estar viéndole estampado en un papel; y tan á lo vivo resaltaban los horrores del cuadro y las angustias del pintor, que al andar éste por la mitad escasa de su tarea, le pidió su madre, por caridad de Dios, que hiciera punto en lo ya dicho y dejara lo restante para otra vez.

--Razón tenías, hijo de mi alma--añadióle,--en resistirte á contármelo ahora. Están las llagas demasiado frescas todavía para poder tocarlas sin que sangren.

Y con el evidente propósito de llevar sus imaginaciones á otra parte menos triste, le dijo en seguida:

--Á más de que hay que hacer de tripas corazón y ponerse cada cual en su deber. Lo que no tiene de por sí remedio, no lo han de remediar fuerzas humanas; y cuando el Señor de los cielos te libró de mal tan grande, será porque te guarda para mejor suerte por otros caminos. ¿No te lo paece á ti también? Y si no, dime: ¿á cuántos estás, á la hora presente, de tu negocio? ¿Á que no has pensado siquiera que se puede haber largado el otro barco sin acordarse del santo de tu nombre?

--¡El otro barco!--exclamó Pachín, llevándose ambas manos á los ojos, espantado de la idea despertada en su cerebro por las preguntas de su madre,--¡el que había de llevarme á mí por esos mares, días y días, lejos, ¡muy lejos! en busca de... no sé qué?

--El mesmo, hijo mío, el mesmo.

--Pues hágase cuenta, madre, que, para mí, todos esos particulares, ya, como las nubes de antaño. Desde ayer acá, soy muy otro de lo que fuí en el ver y en el pensar de ciertas cosas... Aquello, ¡ay, madre de mi alma!... yo no sé explicarlo bien; pero, aunque torpe de entendederas, paéceme á mí que es á modo de libro abierto que tiene mucho que leer y no poco que rumiar. De algo de ello viví yo loco por tentaciones de Satanás, y así y con todo no pagué mi culpa donde tantos inocentes perecieron ayer. ¿Qué mayor suerte? ¿Qué mayor aviso, madre? Y si no lo fuere, yo por tal le tengo y á él me agarro... y al pobre rinconuco del nuestro lugar quiero volverme antes con antes, á trabajar para usté... para los dos, majando terrones como los majó mi padre que, trabajando así, honrado vivió y en santa paz entregó á Dios el alma... Y, en suma y finiquito, ¿qué mejor caudal, madre? El trabajo que honra y da la paz, ¡bendito sea él!... pero la cubicia tirana, el hambre del dinero que con todas entra, porque nunca se ve harta, ¡maldita sea de Dios como la peste más dañosa!

* * * * *

Al otro día, ó al siguiente, porque no están acordes los datos acerca de este insignificante particular, la madre y el hijo emprendieron el viaje de vuelta á su aldea, hablando poco y meditando mucho, según iban adelantando en el camino. Pachín, sobre todo, que había visto y sufrido más que su madre, no podía apartar su discurso del cuadro que llevaba estampado á fuego en la memoria, ni cesar un instante en el empeño de reconstruirle, de componerle y de completarle en su fantasía con los elementos adquiridos fuera del alcance de su propia observación. Así, á larga distancia, con el espíritu en reposo y á la serena luz de sus recuerdos, llegó á verle en toda la magnitud de su conjunto de horrores, sobre los cuales se cernían los espectros del dolor, de la orfandad y de la miseria, como una bandada de buitres sobre un campo de batalla; y al estremecerse entonces de espanto, no podía sospechar el noble y rudo aldeanillo que aún faltaban nuevos renglones en la columna negra de aquella cuenta terrible; que el monstruo, aunque sepultado, respiraba todavía, y que, como el de la fábula bajo el peso de su monte, había de vomitar nuevas desventuras sobre la infortunada ciudad, al agitarse en el fondo de su tumba con las últimas convulsiones de la agonía.

SANTANDER, diciembre 1895.

[Ilustración]

DE PATRICIO RIGÜELTA (REDIVIVO) Á GILDO, «EL LETRADO» SU HIJO EN COTERUCO

[Ilustración]

DE PATRICIO RIGÜELTA (REDIVIVO) Á GILDO, «EL LETRADO» SU HIJO EN COTERUCO

_Santander_, á 28 de febrero de 1882.

Por demás te costa, Gildo, que el tiempo, bien aprovechao, da para todo, por mucho que ello sea, y que el hombre, si entiende sus comenencias, puede andar á cambas y á bolsas en un mesmo viaje, sin detrimentos de lo uno cuando se enreda con el otro, porque la suerte se lo puso delante. Tamién te costa que no es tu padre de los que más desaprovechan las buenas ocasiones. Dígalo el auto de que mientres haga valer aquí los empeños que te son notorios en el caso que ventilo, agarro la que se me presenta bien á bien por la otra banda, sin quebrantos de la hacienda personal y en mayor auge del regalo del cuerpo.

Sabrás, Gildo, cómo, motivao al curso apetecido por uno de los empeños que trije, di con un sujeto que, en tiempos de ayer, fué lobo de la nuestra camá... y aticuenta que no empondero la comparanza, visto que _Cueva_ se llamaba el punto de las juntas que teníamos; y que para lo tocante á echar la zarpá, con razón ó sin ella, media provincia era monte para nusotros con la excusa del voto liberal. Buena escuela aquélla, Gildo. Allí aprendió tu padre esa finura de trabajo que le envidian tantos peines de ahora.

Pus dígote que me avisté con este tal sujeto; y avistándome con él, hízolo la suerte en hora y punto, que ni de molde. Agolía la casa á temblor de tierra, como el otro que dice, por salas y rincones; retinglaban vasos y cazuelas, y resollaba el manjar en la cocina, que era una bendición de Dios. Ésta fué ocasión de pregunta maliciosa; la pregunta trijo una respuesta de cortesía y un brindis de cirimonia; y por si el sujeto se negaba á ripitir la fineza, agarréme á la primera, que es la más segura, y quedé tan convidao como el mejor de los amigos causantes del osequio. Apuradamente, estoy yo en mis cabales cuando me veo entre gentes de viso y pulimento cevil; y no te rías de ello, Gildo, que si esas gentes me sacan punto en finuras de palabreo, yo le saco un jeme al más pintao en esto de apartar el grano de la paja; y váyase lo uno por lo otro.

En fin, hijo, que me di por solicitao; que llegó la hora, y que allá me fuí con el más guapo. Y no fuí de los últimos, porque esto lo tengo yo á descortesía, y porque, no habiendo alreguedor de la mesa más que pie y medio de plaza estipulao para cada asistente, no era cosa de arriesgarse uno á verse sin pizca de ella, como era de temer si menudeaban los convidaos fuera de cuenta, como yo. Recibióme el sujeto de lo bien, vamos al decir, que con toda la cirimonia y cortesía del caso; sin que por ello me atreva á asegurarte que no le quedara otra en sus adentros, visto lo poco que puso de su parte para que yo me diera por avisao. La verdá es que si en reparos tan cortos fuera capaz de tropezar yo, no hubiera pasao aquella vez del portal; porque, ó me engañó el oído, ó un diantres de guardián que estaba en él con carátula y sable, me llamó «pegotón» con una desvergüenza que asombró á la mía. Pero yo me hice el sordo, como si se lo llamara á otro que iba detrás (y bien pudiera ser así)... y ¡arriba, Patricio!

Ya irás cayendo en la cuenta, hijo mío, de que este particular de que te hablo fué una comida[1], aunque por la hora en que aconteció, cena la llamaran en Coteruco; pero has de saberte que ni cena ni comida se llamó el sujeto osequiante, sino _Te masqué_, como paece que se llaman entre los currutacos de ahora estos festines noturnos, bien sease por acontecer en días de máscara ó carátula pública, bien porque así lo estipulen extranjeros pudientes, que son los que dan el punto á estas cosas, y paece ser que lo entienden. Por lo demás, aquello ardía, Gildo, y rechispeaba; de tal modo, que si me preguntas el ditamen de mi paecer al asomar de plonto en la sala del agasajo, no te le sabré dar; porque lo que yo sentí entonces (y ya sabes que soy hombre sereno) fué á modo de una gofetá que me atolondró; sin que pueda yo decirte si esta gofetá fué de mano de la luz, de la del visual de la mesa escripía de vidrio, ú del vocear del señorío presente, porque too ello junto lo tragué de súpito y cuando menos lo esperaba.

Pero pasó aquello tan aína como vino; y cata, Gildo, á tu padre en sus propios elementos y tan á gusto como en el mesmo poyo de la su cocina; porque has de saberte que por remate de ventajas, no echaba el ojo por el hemisferio de la mesa sin topar con personas de mi conocimiento. ¡Lo que tiene el haber corrido mundo y bebido en muchas fuentes! Así es que, Gildo, besamano desde allá, cabeceo por la otra banda, saludo por aquí, reverencia por allá, paecía yo un intendente de Rentas, lo que menos, y no un pobre pardillo de Coteruco, arrimao de pegote á aquella mesa tan relumbrante.

Á lo que voy, Gildo. ¿Quién pensarás que fué el primer conocido que en aquel redondel de gentes me saltó á los ojos tan aína como se me pasó el deslumbre? Pus el mesmo don Pepitón el de la Corralera. Por lo resultante del relate que se hizo, paece ser que agolió el guisote dende el su lugar, y á catarle vino por sólo ese gusto. ¡Buena nariz, Gildo! Así está él de opíparo y nutridote de carnes. Verdá que es hombre de pocos desgastes, y tan fiel y bien regido de conducta, que fué capaz de venir desde su casa á la del sujeto sin alcordarse de otra mujer que de la suya propia.

Tamién cambié unas cortesías con don Ciprianito el de Toranzo. ¡Buen letrado! Tres veces me libró de cadena en causa criminal, y más de otras tantas hemos trabajado juntos en eliciones por la causa de la libertá. ¡Vaya si es fino de trabajo en esos particulares! Buen amigo me paeció siempre de sus amigos, campechanote y arrojao por ellos. Dijéronme si andaba ó no ahora en propósitos de encarcelar al gobernador cevil y al juez de primera istancia. No te afirmaré que el dicho sea el Evangelio; pero si el hombre llega á empeñarse de veras en ello, cátalos á la sombra.