Part 7
Á la vera de él estaba, guante en mano, tose que tose y bebe que bebe, el amigo que no le suelta de un tiempo acá, y por eso le conozco yo. El tal, aunque ya blanquea de arriba, sigue mozo soltero, y bien pué decirse de él que ha encanecío en la juventú, por los años que lleva metido en ella y el apego que la tiene. No es hombre de carnes, aunque no podría con ellas si toas las que dió con ujano á las tropas de nusotros en la última guerra, se le agarraran al hueso. Paece ser que tiene un equipaje en cada casa pudiente de la provincia: así es que cuando cae en una de ellas, no se levanta tan aína. De modo y manera que con estos agorros y aquellas ganancias, está el amigo reventando de posibles. Rifiérote esto, Gildo, porque recordarás que en su día se dijo en Coteruco que aquella piojera y consumición que trijo de la guerra el hijo del nuestro vecino, y que al cabo le mató, fué obra del ujano del rancho que le daban allá. Y ahí tienes tú cómo, en ocasiones, lo que á los unos ajoga, á los otros engorda. Córrese tamién que este señor tiene un pavo.
Hacia salva la parte mía topé con otro lobazo viejo de la camá de la _Cueva_. No está tan rigioso de personal como en aquellos entonces, porque años y malos humores le agobian y enflaquecen; pero en lo tocante á la entraña, no ha cambiado pizca: quiero decir, respetive á lo eclesiástico; porque has de saber que siempre picó en hereje en ese particular. Resulta de que ahora le han excomulgao, y calcula tú cómo rezará al consiguiente, aunque yo tengo para mí que, vista la ruta que llevaba, no podía parar en otra cosa... Acá entre los dos: tamién él debía esperárselo, ú no le asombró el asperge, porque he visto que sigue firme de diente; y de saque, mucho mejor. Llámase Justo. Con que fíate en nombres.
¿Te alcuerdas de un medidor que anduvo unos días en el nuestro valle, banderín aquí y banderín allá, marcando minas á unos y á otros, minas que luego salían castaña, y que decían de él que arremedaba á las gallinas cuando quería: según voces, por divertirse, y según otras, por sonsacarlas del gallinero y llevárselas á la su mujer? Pus allí estaba con los antiojos metidos en el plato...
Hombre, ya que miento el plato, he de decirte que se emponderaron mucho unas fegurucas pintás con jollín en el culo de uno grande, por el muchacho menor de don Cornelio. La verdá es, Gildo, que con lo chicucas que son y too, vivas paecen, y que el muchacho lo entiende; pero no me pasmé cosa mayor de la pintura, porque por mucho que pinte el muchacho, no es capaz de pintar en el aire unas cuentas municipales como yo.
Golviendo al caso, has de saberte que, por haber de too allí, tamién había un marqués. Por cierto que para ser tal marqués, me paeció bastante desmejorao, aunque esto pudiera consistir en que, según se corrió, anda de celo ahora; sin contar con que esto de lo territorial último paece ser que le trae bastante caviloso, motivao á que, como á mí y á otros probes, se le destapó lo enculto y le va á partir la contrebución resultante.
De angunos más pudiera darte cuenta en esta carta; pero no quiero alargarla con puntos de poco más ó menos. Había allí mucho lagarto hambrón, agarrao al pesebre más que á la estima de la casa, á mi modo de ver; zancudones y largos; saltadores, por oficio, del huerto ajeno, por escarmentaos los unos y por arrepentidos los otros; quiero decir, Gildo, que habíalos padres ya, daos á la mujerona ensuta; y solteros con canas, viviendo de lo que cae por detrás de la Iglesia... Esto pude sacar de los relatos de unos y otros; que te aseguro, Gildo, que se los echaban acá y allá en puro guerreo, como si anduvieran á puñalá seca. Bien me paeció la engarra; pero mejor me paeciera si de tantos golpes como allí se dieron, hubiera alcanzao uno siquiera, para dejarle panza arriba, al hombre único que me quitó el sosiego con su presencia aquella noche; porque has de saberte, hijo mío, que allí estaba el pícaro faicioso que á ti y á mí y á toos los ensalzaos de Coteruco, nos sacó á la vergüenza pública con imposturas caluniosas en aquel libro que tú sabes. Pero el hombre debe estar muy en su punto en aquellos particulares, porque no tuve el consuelo de que le achacaran un mal tropiezo onde tantos otros salieron con escalabraúra gorda. Tentaciones tuve, Gildo, de golver á mis intentos de empapelarle, de rabia que me daba; pero ya me había dicho don Ciprianito en miles ocasiones que más me valía callar al respetive; y por si hablaba en razón, aguanté la corajina.
Dime con quién andas, Gildo, y te diré quién eres; relátame la fiesta, y pintaréte el santo; con que auto á lo estipulao, cata al sujeto osequiante. Hombre es, hijo, que ha de ser cogido en buena luna, si se quiere sacar raja de él; sin esto, que le tomes á la veta, que le tomes á contrapelo, es total igual: una pura lumbre; vamos, que centellea y retingla lo mesmo que una troná de verano. Cogido en su punto y sazón, como aquella noche, no paece pariente de sí mesmo, respetive al genial y otros particulares; aunque en punto á explicativa, Gildo, en toa clase de lunas le encuentro lo mesmo, salvo el humor; quiero decirte que, rabiando ó trunfando, onde pone la lengua, cata la ampolla. Por lo demás, no se mete con naide ni murmura de ninguno. Así me gusta á mí la gente: la verdá por delante y los dichos claros, sin faltar al respeto... y caiga el que caiga, sin llamarse á engaño. Esto siempre es una ventaja y, si á mano viene, un consuelo. Además es, de por suyo, picao al mujerío como un demontres; y basta verle, como yo le vi, pa caer en la cuenta de que tampoco escupe la _melecina_; pero si hemos de hablar en josticia, esto es lo menos en que pué dar á sus años un probe huérfano desamparao como él.
Tamién me paició suelto de pluma y ocurrío de idea, porque lió una copla allí relative á un compañero suyo, que por las trazas ha pensao invernar en el matrimonio, que te digo que estaba de lo bien. Pos évate con el interesao, que le soltó otra, malas penas las sintió encima, que no tenía güelta: oí sí á esta tal le había sustipendiao el Gubierno de arriba por entendío en el copleo.
Á too esto, ná te he dicho relative al manjar, y la carta se va acabando. Pus relative al manjar, has de saberte que me paició mejor que las coplas, aunque, en punto á sustancia, no tuvo comparanza con aquello de la becerra, de que te alcordarás. Pero no sólo de tajás y picardías vive el hombre, sino tamién de un buen roce personal, vistosidá de los ojos y recreo del magín, relative á la que hubo ración á manta en la ocasión que te pinto; quiero decir, en lo tocante á gentes de viso, relumbre de mesa, floriqueteo pomposo y leturas maníficas. Ello, sí, bien emponderao fué de unos y otros cada sorbo y cada bocao; tanto, que yo dije para mí, sin agravio de naide: «No sé yo qué quedara de esas emponderaciones, si el sujeto vos pidiera el tanto más cuanto al respetive de lo que habéis envasao».
Noté que entre alabanza y alabanza, se sonsacaba á éste y á aquél promesa de otro festival noturno; pero noté, al mesmo tiempo, que naide se daba por entendido: lo que no me gustó mayormente, porque si allí se alcordara algo, pudiera yo darme por entrao en el alcuerdo. La verdá es que me paició aquella gente, en lo respetive al caso, de la que lima pa dentro. El que se clareó un poco más, y como si quisiera reblandecerse algo, fué el pudiente del pavo. Por sí ó por no, ya he pedío para él carta de empeño, con ánimo de entregársela el día que regienda la su cocina á temblor de tierra; cosa que yo he de saber por el mesmo sirviente que le cuida el ave, en virtú de media peseta que le tengo ofrecida si cumple bien, como espero.
Sobre lo que de esto resulte, con algo relative á las máscaras de estos días, te hablaré en ocasión conviniente. Mientres tanto, puedes referir en Coteruco lo que mejor convenga de esta carta, porque algo ensalzan á tu padre estos osequios que recibe de personas tan pudientes y vistosas. No te olvides de contárselo á don Gonzalo. Sospecho yo, Gildo, que el tal no es quién para salir vivo de una cena como aquélla.
No han nacido todos con la entraña y el don de gentes prencipales (aunque me esté mal el decirlo) de éste tu padre que te estima
PATRICIO RIGÜELTA.
[Ilustración]
NOTAS:
[1] Dispúsola, en obsequio de sus amigos de mayor intimidad, el Sr. D. Sinforoso Quintanilla para la noche del domingo de Carnaval 19 de febrero de 1892.--_(Nota, quizá indiscreta, pero muy útil, del editor)._
AGOSTO BUCÓLICA MONTAÑESA
[Ilustración]
AGOSTO[2] BUCÓLICA MONTAÑESA
I
No lo podía remediar el pobre tío Luco Sarmientos: mentarle el mes de agosto era producirle un escalofrío. Y si fuéramos á decir que le aborrecía, vaya con Dios; pero sucedía todo lo contrario. Como él decía: «De agosto, no hay que hablar mal delante de mí por lo tocante á sí mesmo, ó sease respetive á su mesma mensualidá. No tiene tacha sobre estos particulares; y por gustar, me gusta como el mejor del año; _pero_...».
Pero era excesivamente supersticioso el bendito de Dios, y hasta creo que no le faltaban motivos para ello, si convenimos, como debemos convenir, en que es muy difícil dejar de ver en una larga y ordenada serie de casualidades, el cumplimiento fatal de una ley misteriosa é inexorable. ¿Quién no es algo supersticioso en este sentido?
Y relataba de este modo el caso, á su compadre y convecino, Mingo Ranales, sesentón y acartonado como él. Acababan de _tumbar_ entre ambos un prado de quince carros, de los que, entre propios y á renta, cultivaba años hacía el preopinante, y se disponían á almorzar á la sombra que proyectaba un maizal sobre la linde del susodicho prado. Tío Luco desanudaba entre sus piernas, abiertas en ángulo agudo sobre el heno recién segado, las cuatro puntas de una servilleta _casera_, mezquina y bisunta, que envolvía dos torreznos y otros tantos pedazos de borona fríos. Mingo Ranales, sentado á la mujeriega, parecía, por de pronto, más atento á la ración que esperaba y le correspondía, que á las palabras y gestos de su compadre. Ambos se habían despojado de la _colodra_ que llevaban á la cintura atascada de hierba (la colodra, se entiende), para que con los movimientos del cuerpo no se derramara el agua en que se hundía la pizarra hasta la mitad, y habían escondido cuidadosamente el dalle entre las _mijas_ húmedas y sombrías del maizal, para preservarle de los rayos directos del sol, que destemplarían su _boca_. En la opuesta cabecera del prado, que parecía un papel de música, cuyos pentagramas, rigurosamente paralelos, eran las cordilleras, ó _lombíos_, que había ido formando cada dalle á la izquierda del segador, esparcía la hierba con el mango de una rastrilla, para que se oreara pronto, una zagalona descalza, muy nutrida de seno, corta de refajo, ancha de caderas y de pies, y no mal encarada del todo. Demasiado abultados tenía los párpados de arriba, y algo desmayada la boca por abajo; pero no resaltaban cosa mayor estos defectos para la fama de bobalicona que gozaba en el pueblo, y lo _parada_ de magín que era. Hasta le caía bien un pajero de doce cuartos, adornado con hiladillo encarnado, que llevaba sobre el pañuelo de su cabeza redonda. Acababa de llegar con el almuerzo que aún tenía su padre entre manos, y con el intento de esparcir todo lo segado mientras los dos comensales despachaban las correspondientes raciones, garrapateaba en el suelo con el palo, que se las pelaba; volaba en ocasiones la hierba por los aires y, para hacer más llevadera la tarea, derramaba cantares, casi á borbotones, por la ancha embocadura de su gaznate, sin pizca de concierto ni medida.
«Sospiritos de mi alma, olé sí, bien lo sé yo, y dime de quién te alcuerdas cuando estás solo».
Y así por el estilo: unas veces en falsete, y otras á grito pelado. La voz, que era recia y destemplada, según los rumbos en que la ponían los bruscos movimientos de la cantadora, se perdía en los inmensos ámbitos de la mies, se apagaba poco á poco arrebatada por el soplo de la naciente brisa, ó repercutía en los próximos altozanos y, en ocasiones, empalmaba en las lejanías con otras voces que semejaban reprenderla, ó con los ecos de un varonil relincho que parecía flagelarla. Porque la mies estaba á aquellas horas pobladísima de gente. Era el mes de la siega: en agosto ya cae rocío por la noche, y se aprovechan las madrugadas para segar antes que el sol se beba la rociada que necesita el dalle para cebarse bien en la hierba. La que se había segado la víspera, estaba en montones, ó _hacinas_, que se deshacían entonces para que el sol, que ya calentaba, fuera acabando de secarla. De modo que entre los hombres que segaban los últimos lombíos, las mujeres que los iban esparciendo y las gentes que _deshacinaban_, se hallaba medio pueblo desparramado por allí, llenando de música los aires y salpicando de alegres notas de color el inmenso tapiz de la campiña. El cual tapiz era un completo muestrario de verdes, formado con retazos geométricos de todas las formas imaginables, zurcidos en el más caprichoso desorden: el verde seco de los prados sin segar; el pajizo de los recién segados; el aterciopelado jugoso, en variedad de matices, de las húmedas regatadas; el verde sucio de los bardales; el gris de las mimbreras que festoneaban á trechos los regatos... hasta el negro lustroso de los maizales, algo menos intenso en las alturas que en las hondonadas.
Á medida que el sol se elevaba, iba arreciando la brisa del nordeste, y envolviendo en sus ondas una fragancia de que no tienen idea los que sólo conocen la del heno segado, por esos falsos testimonios que la industria le levanta en pomos de vidrio con lazos de seda y cromos de veinticinco colores; sacudía los picos de los pañuelos y los pliegues de las sayas de percal; bamboleaba la hierba de las praderas y el débil ramaje de los arbustos; columpiaba los átomos en el espacio entre cascadas de luz y hacía que se entrechocaran blandamente las relucientes hojas del maíz en las heredades. De este modo, si el olfato se deleitaba con los aromas de que se henchía sin embriagarse, la vista y el oído no se regalaban menos: aquélla, con los caprichos de la luz chisporroteando en los dispersos arbustos de esmaltado follaje, en las escondidas espadañas y en las flotantes moléculas, y meciéndose, en anchas ondas tornasoladas, sobre prados y maizales; y el oído, con otras armonías harto más dulces y concertadas que las de la música de las cantadoras, ó de los relinchos de los segadores:--el suave y continuo rumor de todo lo que se movía en la naturaleza, como un interminable arrullo de amor, con sus chasquidos de besos... Vamos, que se podía decir mucho de estas cosas, que nunca son por acá convencional y vana poesía, si hubiera tiempo y espacio para ello, y yo supiera decirlo.
Por la tarde entrarán nuevas figuras en el cuadro y distintos accesorios, y las ya conocidas se emplearán en tareas diferentes. Se _atropará_ el heno esparcido y seco, y llegarán los carros, al perezoso andar de los bueyes, con sus campanillas untadas de lodo para apagar el sonido que atrae al tábano que enloquece á las bestias con su acerado aguijón; los carros, digo, con sus altas armaduras postizas, á colmarse de hierba, formándose la inverosímil balumba por arte singular de la moza que la va _acaldando_ arriba, y obra de los bríos y de la destreza del hombre que se la envía á horconadas desde abajo... asunto, en verdad, que apesta retratado en los abanicos y en las cajas de bombones, y que, sin embargo, dejaría embelesado al lector de estos rasguños, si tuviera yo la dicha de apuntársele con el dedo en las mieses de mi aldea... Y ahora caigo en que podría darse el caso de que le sucediera con lo descrito lo propio que con lo pintado; temor por el cual déjolo aquí de pronto y vuélvome al principio, donde nos aguardan los dos compadres «en dulce amor y compaña».
II
Y repito que se expresaba del siguiente modo el bueno del tío Luco Sarmientos, mientras su compadre, tendido ya sobre el codo del lado izquierdo, llevaba á la boca con la diestra el deseado torrezno para darle la primera dentellada:
--Pues á lo que te decía respetive al caso: ya estamos en el agosto, ¿no-verdá? y á más de mediao, por más señas; ya estamos en el agosto... Corriente; ya pasó lo más duro de la brega de la labranza: el romper la tierra, el golverla á amañar, el golverla á romper para la sementera; el sallo, que no es flojo de por sí; el resallo, que allá se le anda... y cátame aquí los maizales hechos una bendición de la gloria: negrean de puro sanos; no se ve ya el hombre adentro de ellos, la barba de la panoja apuntando, y cuatro dedos de pendón afuera de la caña. Cuanto se puede pedir en buena ley. Lo de la herba, me gusta: no rinde el cuerpo, porque es labor de pocos días; en menos de ocho, como tú sabes, he llenao el pajar, cuasi pa el cuasi, con lo de los praos que llevo, menos lo de éste, que se _empayará_ mañana si Dios quiere... ¿Te vas enterando tú?
--Te digo que sin perder ite.
--Pues escucha y perdona. Ya estamos en el agosto: el ganao anda en los puertos; no vendrá hasta octubre, y por esta banda, nengún desvelo me apura. Iten con iten, no debo un cuarto que tenga que pagar en este mes; el tercio no cae hasta el que viene, y ya sé de ónde sacar el montante de la contrebución. De maíz, no ando gran cosa; pero lo mesmo fué en julio y en el anterior, y lo propio será hasta el maíz nuevo, porque lo viejo finiquitó en mayo.
--En febrero se bajó el último grano del mi desván.
--Otros le bajaron en diciembre, Mingo, y en el pueblo hay contrebuyente que no cogió veinte celemines. Voy al decir con esto, que tanto más á favor mío por lo respetive al presente, si á mirar fuéramos las cosas por la estampa de ellas y á primera vista... ¿Me entiendes tú bien?
--De lo mejor.
--Curriente. Pues entoavía le apunto otras ventajas al mes de agosto... pa que veas si ajusto bien las cuentas en su provecho... Hombre soy, como tú sabes, más tentao del recreo que de la malenconia; ni me pesan los años, ni se me cansan los ojos al auto de echar unas canas al aire siempre que hay ocasión de ello, sin ofensa de Dios ni escándalo de las gentes. Me gusta coger el palo y ponerme la camisa limpia con la ropa de los domingos, en cuanto se toca á fiesta en cualquiera parte que no esté muy lejos. Pues dime tú si hay otro mes en el año como el de agosto, por lo tocante á romerías de las buenas y á ferias de lo mejor, y á la puerta de casa, como el otro que dice. Pues évate con el perojo _rodero_, y la buena breva, que me alampo por ello, y la manzana de _nánjara_, que sabe... ¡á ochentines, hombre, de puro rica que es!
--¡Y que tienes tú en el huerto buenos frutales de cada cosa!...
--¿Que si tengo? Una hermosura de Dios, compadre; y más siento yo un morrillazo á las ramas desde la calleja, que si me le encajaran á mí en metá de la nuca. Y como yo digo á los muchachos más de cuatro veces: «Pedímelo por la puerta, condenaos, que yo vos lo daré en mano propia, sin que me lo robéis malamente, con ultraje del árbol y riesgo, pa vusotros, de una taringa...». Porque no tiene el hombre la pacencia en el bolsillo pa usar de ella cuando más falta le hace. Y á lo que te voy: pues dame la mora, que ya blandea, y tómate...
--Por estipulao, compadre: estamos al corriente de la cosa en todo lo que me puedas decir á ese respetive: ya está visto el mes por esa cara buena, que por decir buena, tamién yo digo que lo es de verdá. Vamos al otro consiguiente.
--Voy á servirte, Mingo, y dígote que con gustarme tanto como me gusta este mes, no hay en todo él cuarto de hora sin amargores y espantos para mí.
--¿Por qué, hombre de Dios?
--Porque todos los males de mi casa han venío en agosto, y no ha pasao uno dende que yo nací, sin que me haya llovido algún mal. Por eso me pasmo de que estemos á decinueve ya, sin que haya llegao _lo_ del año presente.
--¿Lo esperas como lo dices, Luco?
--Como el sol de mañana, compadre.
--Feguraciones del magín, y no más que feguraciones.
--Vete contando por los deos, para hacerte mejor el cargo. Por un milagro de Dios salí con vida al mundo.
--De muy allá lo tomas.
--Es que no empieza ello más acá. No es mía la culpa. La brega fué tan dura, que mientres se andaba con que si me ajuego ó no me ajuego, ó sobre si alendaba ó no alendaba, se le acabó el resuello á mi madre. La semana que viene hará de esto sesenta y dos años, día por día... veintitrés de agosto. Me crié mal y por obra de misericordia, y dicen que pasé toas las enfermedades que pueden pasar las criaturucas en los cinco primeros años de vida. En toas estuve á las puertas de la muerte, y toas me acometieron en agosto. Cuando llegué á muchacho, no pasó un mes de éstos sin quebranto gordo para mí ó para mi casa... En agosto se cayó mi padre por un boquerón del pajar, y de resultas falleció al año cabal; en agosto le aconteció á la única hermana que me quedaba, aquella desgracia que la mató de vergüenza en pocas horas, como es bien notorio en el pueblo... ¡Paécese propiamente que está la mala estrella ojeándole á uno para que en cuanto uno quiere darse una miaja de respiro en ese mes, le encaje la pesaúmbre encima!
--Bien pudiera estribar algo de ello, compadre, en que el mesmo recelo acelera al hombre, ¿estás tú? y le lleva, le lleva, como el otro que dice, á caer en la boca mesma del lobo, que no se alcordaba de él.
--No sé yo qué habrá sobre el caso, compadre, por la banda que tú le miras; pero las más de las veces, contra lo que tú piensas, me han cogío de súpito los malos golpes... Aquí está esta pata, zamba desde entonces, que no me dejará por mentiroso de lo que afirmo... Bien sabes tú lo que pasó. Tenía yo que ir á Santander como por la posta... Contigo lo traté primero.
--No hay pa qué relates el caso, porque le tengo bien sabido.