Pachín González

Part 5

Chapter 53,866 wordsPublic domain

Era una exacta reproducción de la de hombres, con el mismo número de camas y de enfermos, é idéntica legión de médicos y asistentes. Á Pachín le parecía imposible que habiendo tantas mujeres reunidas allí, víctimas de una misma causa, no fuera una de ellas su madre. Esto le reanimaba mucho las vacilantes ilusiones; pero al mismo tiempo aumentaba enormemente su trabajo. No tenía más campo de investigación que las caras; y la que de ellas no estaba desfigurada por el dolor, lo estaba por las heridas, ó por las contusiones, ó por el fango negro. Tenía que preguntar á la enferma misma, y casi nunca le respondían, ó le respondían con un ¡ay! que le desgarraba el alma. Á las más contrahechas de semblante ó aletargadas por el ardor de la fiebre, les gritaba su propio nombre al oído, para sorprender un indicio en un gesto ó en una vibración de aquella vida expirante. Cuando en estas investigaciones no satisfacía sus dudas, preguntaba á las monjas, á los médicos, á cualquiera de los enfermeros, por la procedencia de la enferma, y, al último, por las ropas con que había llegado al hospital, y corría á examinarlas; y con un desengaño más, volvía á la sala de nuevo á proseguir su dura labor, cada vez menos afortunada y más dificultosa.

Al darla por concluida allí, ¡qué hallazgo, en definitiva, el suyo! En los lugares azotados directamente por la catástrofe, había visto un sinnúmero de heridos y muertos; tantos, que había llegado á familiarizarse con los horrores amontonados, con la tizne del fango negro y los vestidos en jirones; pero en las camas del hospital, siguiendo las faenas heroicas de los médicos, había estimado los horrores en toda su desnudez y detalle por detalle, limpios de todo disfraz y destacándose sobre la blancura de las ropas. Le parecía imposible que con aquellos enormes boquetes sanguinolentos, con aquellas desgarraduras espantosas de la carne, con aquellos miembros macerados y brutalmente desprendidos de sus goznes, pudieran vivir los pacientes hasta que, según también sabía ya, fueran operados en la sala contigua y en otras semejantes, á la luz del sol de nuevo día... si era creíble que nacieran días de sol de una noche como aquélla.

Largo rato pasó el sin ventura á pie firme en medio de la estancia, con la cabeza inclinada sobre el pecho, la imaginación perdida en un páramo de desconsuelos, y la memoria atestada de los espectáculos recientes que se renovaban en ella á cada instante con los lamentos que llegaban á sus oídos de todos los rincones del salón. Sintiendo enervarse sus fuerzas y no resignándose fácilmente á darse ya por vencido en su generoso empeño, preguntó si no le quedaba más que ver y que registrar en los departamentos de aquella casa. El preguntado, después de levantar los brazos hasta la cabeza y la vista hacia el techo, le respondió afirmativamente y le dió minuciosas señas del camino que debía seguir.

Con ellas en la memoria y reavivada su energía con el estímulo de una nueva esperanza, salió Pachín de allí; desanduvo todo lo andado al subir, y cuando acabó de bajar la escalera, atravesó el patio interior que tenía enfrente, y después la nave del claustro... Allí estaba, abierta de par en par, la puerta que se le había indicado en los informes.

* * * * *

Cuando puso los pies en el umbral, sintió en la cara la impresión del relente frío de la noche, y tropezaron sus ojos con las espesas columnas de llamas de los incendios de Maliaño, recortadas en sus bases por la línea negra del muro que cerraba por dos lados el espacio del primer término. Se le antojaba que podían alcanzarse con las manos desde allí, á poco que se estiraran los brazos, las guedejas resplandecientes de las cabelleras infernales de aquellas furias destructoras, y tembló de espanto al considerar que podía cernerlas de un momento á otro una veleidad del aire sobre aquel santo asilo colmado de víctimas del otro azote. Rogó á Dios con toda su alma que apartara de allí tan negra desventura, y se dispuso á bajar los cuatro escalones de piedra que le separaban del suelo de aquel extraño recinto, que, por las primeras señales, le pareció un corral abierto, bien poblado de gente y regado de lágrimas.

El corral, patio ó lo que fuera, no tenía otra luz que la reflejada de los incendios por encima de las tapias, y, de este modo, acontecía en él lo que en la explanada de los muelles: que con aquellos reflejos indecisos y fantásticos, las sombras adquirían mayor intensidad que la ordinaria, y en los relieves del suelo se multiplicaban los engaños; por lo cual le costaba á Pachín mucho trabajo orientarse en el terreno que dominaba mal con la vista en la penumbra. Al fin se orientó, aunque más le valiera no haberlo conseguido; porque apenas descubrieron sus ojos, hechos ya á la obscuridad, los misterios de aquel cuadro, los apartó de él estremecido y se encontró sin fuerzas para dar un paso más hacia adelante. El recinto era largo y angosto y con el suelo muy inclinado hacia el sur; es decir, hacia la mar; enfrente de la escalerilla había un cobertizo arrimado al muro que limitaba el patio por aquel lado, paralelo á la fachada del hospital; en la parte alta, una puerta cochera; en la de abajo, un muro ciego; y entre este muro y la esquina visible del hospital, un espacio encerrado por una verja. Inmediato al costado de la escalerilla, á la derecha de Pachín, de largo á largo en el suelo del patio y con la cabeza arrimada á la pared del edificio, había un cadáver; más abajo, á dos palmos de él, otro, y luego otro, y otro... y otro; y así hasta donde alcanzaba la vista ó lo permitía el estorbo de la gente que hormigueaba entre ellos. Por la puerta cochera entraban entonces un carro de bueyes y un furgón; y aquel furgón y aquel carro venían también cargados de muertos, que algunos hombres vivos iban colocando después, uno á uno, en la línea de la pared, boca arriba, para ser más fácilmente examinados y reconocidos por los buscadores que, como Pachín, llevaban horas y horas rastreando desolados lo que no encontraban en ninguna parte. Con los cadáveres del furgón iban algunos sacos: aquellos sacos negros cuyo destino había espantado poco antes al pobre muchachuelo, el cual volvió á sufrir mayor espanto al ver que, después de conducidos del furgón á la tejavana, se amontonaba en el fondo de ella su contenido sangriento. No podía impresionar mucho la vista de unos muertos más á quien tantos y tantos había visto en pocas horas; ¡pero verlos como Pachín los veía allí!... en aquel estrecho y obscuro callejón, ordenados en hilera y cara arriba, oyéndose el coro de gemidos de la gente que iba manoseándolos y reconociéndolos uno á uno; por lo alto, la luz siniestra de los incendios; abajo, la penumbra misteriosa y tétrica, y enfrente, el antro negro del cobertizo colmándose de despojos humanos y de sangre: todo esto ofrecía un conjunto de novedad tan patética y horripilante á los ojos del infeliz aldeanillo, que le hizo temblar de miedo y clavó sus pies en el umbral de la puerta.

Le costó mucho, mucho trabajo rehacerse; pero se rehizo al cabo, impulsándole la conciencia de su deber impuesto por las leyes de su corazón de hijo, y descendió con paso firme y resuelto los peldaños de la escalerilla; y tuvo valor, ó, por lo menos, fuerza de voluntad, para acercarse á la andanada de muertos, y pasarlos revista uno por uno, y palparlos y removerlos en busca de mejor luz, cuando eran sus mortajas vestiduras de mujer. Pasaba ya la fila de ellos de la esquina del hospital, y penetraba en el enverjado. Pero en aquel terreno, que era un pedazo de jardín, cambiaba de forma la exposición y aparecían los cadáveres tendidos en los senderos, con los aterciopelados taludes de las canastillas por cabezal. ¡Contraste bien horrendo! La mansión de las flores, que son el adorno y la sonrisa de la naturaleza, invadida y hollada por los despojos de la muerte en su aspecto más repulsivo y desconsolador.

Pachín notó el contraste á su manera, y á su manera le sintió en el fondo del alma, herida ya en lo más vivo por una alucinación de su vista perturbada. La luz de los incendios, al reverberar en el suelo y en las caras de los cadáveres, contraídas y desfiguradas, fingía en ellas convulsiones y gestos que Pachín descifraba siempre en un mismo sentido. Le parecía que todas aquellas caras terrosas, sepulcrales, mirando al cielo, imploraban algo de él: unas, misericordia; otras, venganza. Esta obsesión invencible y avasalladora, y el espectáculo aflictivo de los que, más felices... ó más desdichados que él, hallaban al fin lo que habían ido á buscar en aquel fúnebre depósito, le obligaron á abandonarle.

Cuando, bien informado, además, de que nada le quedaba que hacer allí ni en ninguna otra parte de la ciudad por aquella noche, salía del enverjado en dirección á la puerta cochera que acababa de abrirse para dar paso á otros furgones con más muertos, se fijó en un hombre, muy anciano, que estaba sentado en un poyo y acariciaba la cabeza de un mastín acurrucado junto á él. Le sorprendió el hallazgo; y por entretener el miedo que le hacía temblar, ó por un inconsciente impulso de su condición de muchacho, preguntó al hombre lo que deseaba saber; y el hombre, bondadoso y con voz dulce y en la desconcertada sintaxis de todos los campesinos de su tierra, después de quitarse de la boca la pipa de barro que chupaba maquinalmente, satisfizo su curiosidad. Era hortelano «de la casa» muchos años hacía, y el perro, guardián de la huerta por las noches. Estaban allí los dos juntos, para que el mastín no molestara á _nadie_; y no le tenía solo y amarrado en su garita, porque no ladrara.

--¿Y qué que ladrara?--preguntó Pachín.

El buen hombre le miró con gesto admirativo; y extendiendo una mano después y la vista sobre la andanada de cadáveres, le dijo:

--¡Ladrar... ladrar!... ¡y _eso_ por delante todo!... Rezar, rezar mejor es.

--Pero entonces--replicó Pachín lleno de asombro,--¿hasta cuándo va á estar usted de este arte?

--Hasta que Dios amaneciendo mañana, hijo... ó dispués.

Todo, en aquellas horas tremendas, era extraordinario y grande, como el infortunio que las había engendrado: hasta la piedad de los corazones más sencillos.

* * * * *

En el de Pachín González no quedaba más que una chispa de calor para sostenerle en el incierto andar con que seguía el camino de su posada: la esperanza levísima de encontrar en ella, y aguardándole, á su madre. ¡Pero si esta esperanza le salía fallida también!... Y cuando el pobre pensaba en ello, le abandonaba el vigor artificial sostenido por la tirantez de su espíritu, y se sentía desfallecer, le dolían las heridas de la cabeza, y tenía sed ardorosa, latidos en las sienes y mucho frío en las extremidades... En estas alternativas de vida y muerte, llegó á la posada; y febril, dolorido, desconsolado, se desplomó sobre la cama en cuanto la posadera respondió con un triste movimiento de cabeza á la pregunta que él la hizo con los ojos acobardados.

Ni razones, ni súplicas de la buena mujer y de las personas que la acompañaban, lograron sacarle del marasmo en que se hundió. Al verle así, en un estado más alarmante aún que la otra vez en el portal, se pensó en avisar á un médico para que le asistiera; pero ¡quién encontraba entonces un médico libre, cuando todos los de la ciudad no alcanzaban para atender á los grandes apuros de los tristes lugares en que se apilaban los heridos? Con desdichas tan grandes, «¿qué importaba el enfermo venturoso que se moría en su propia cama?... Había que renunciar á este recurso y valerse de los caseros. Y á ellos se acudió inmediatamente. Quieras que no, se le lavotearon las heridas, y se las curaron con menjurjes en que abundaban el vino blanco, la ruda y el aceite; se le vendó la cabeza, y hasta se le obligó á desnudarse y á que se metiera en la cama, donde le hicieron tragar una buena ración de vino generoso. El pobre muchacho, primero insensible á todo, y después dejándose gobernar como una máquina, ni desplegaba los labios para pronunciar una sílaba, ni apenas abría los ojos. La vida exterior no parecía interesarle lo más mínimo. Así permaneció largo rato. De pronto gritó «¡madre! ¡madre!», llevándose ambas manos á la cabeza, y rompió á llorar amargamente. Lloró mucho el infeliz, y llorando desahogó su pecho de las angustias que se le oprimían.

Cuando acabó de llorar, se le acercó la posadera enjugándose las lágrimas, contagiada por la aflicción de su huésped, para preguntarle si se sentía mejor. Pachín la respondía con una mirada en que se reflejaba más la gratitud que una respuesta afirmativa... Pero el hielo estaba roto, y eso buscaba la noble mujer para ingerirse por allí con otro remedio del orden moral, en el que fiaba mucho para esparcir los nubarrones de aquel cerebro enardecido. Había que hablarle, referirle «cosas entretenidas», distraerle, sin salirse del círculo de las ideas que le tenían tan amilanado; porque irse con la conversación por otros caminos más risueños sería como burlarse de las tristezas del pobre muchacho. Y acomodado á esta pauta fué el relato de la posadera, sentada á la puerta de la alcoba. ¡Cómo y por dónde venían las cosas más negras, Señor de los cielos! ¡Qué descuidada estaba ella cuando!... ¡Jesús, María y José! De pronto creyó que habían reventado las cañerías del gas, porque propiamente parecían los tronidos debajo de los balcones. No quedó un cristal á vida, retembló toda la casa y se resquebrajaron casi todos los tabiques: allí tenía Pachín uno de ellos, bien á la vista, si quería mirar. Pero ¿qué valían todas esas pequeñeces comparadas con lo que había ocurrido en otras casas del barrio, como pudo averiguar en cuanto se echó á la calle para saber lo que pasaba? Techos y tabiques enteros desplomados, escaleras descoyuntadas y, lo que era peor, heridos á montones por los ladrillos y cascotes de la ruina... ¡Las cañerías del gas! ¡Buenas y gordas! Al descubrirse lo cierto, todo el mundo se asombraba de que hubiera quedado cosa con cosa en la ciudad ni alma viviente para contarlo. Pues en seguida le entró el recelo por la suerte de los que faltaban de su casa: tres personas, sin contar á Pachín y á su madre; pero todas habían ido volviendo, gracias á Dios, y allí presentes estaban entonces, menos la pobre mujer que no había llegado aún, pero que llegaría, ¡vaya si llegaría!: tenía ella, la patrona, buenas razones para afirmarlo... Pero ¡cuánta desgracia, Señor, y de qué pelaje muchísimas de ellas!... porque no había que decir: primeramente, todas las autoridades, desde el señor Gobernador civil, y luego... en fin, que no tenían cuenta los «malogrados». Ésta era la cara «propiamente mala» del asunto. La otra, no la buena, porque buena no la tenía desde ninguna parte que se mirase, ya era algo distinta. Quedaban los desaparecidos; los que habían sido amparados de repente, al ser barridos por el huracán, en esta tienda y en la de más allá, en esta casa ó en la otra. Pues todos habían de parecer á su hora; pero ¿quién sabía el cómo y el cuándo de tantas cosas raras como habían de suceder?... Por lo pronto, en cuanto amaneciera Dios, saldrían á la calle todos los papeles públicos atestados de noticias, bebidas en buenas fuentes; y en esas noticias habría para todos los gustos y para todas las necesidades de muchísimos desconsolados como Pachín. Con que no había que amilanarse por completo, ni perder la confianza en la misericordia de Dios...

Lo cierto fué que con el relato y los comentos de la posadera, reforzados con la aquiescencia bien declarada de los circunstantes, Pachín fué pasando poco á poco del marasmo á la atención y de la atención al interés, hasta acabar por reanimarse y por tomar el alimento sólido y confortativo que le ofreció la patrona y que hasta entonces se había obstinado en rechazar. Con esto, y el cansancio de unas faenas tan extraordinarias como las suyas y las necesidades imperiosas de su naturaleza juvenil, llegó á dormirse profundamente; y cuando de ello se convenció la posadera, apagó la luz de la alcoba y se alejó allí, de puntillas, como todos sus acompañantes.

* * * * *

El sueño le agarró de tal manera que no le soltó hasta la madrugada. Pero ¡bien caro le pagó entonces el infeliz! Es un hecho comprobado por la experiencia de muchas gentes, que cada hombre tiene designado por el mismo Lucifer un diablejo que se encarga de recogerle, en el momento en que se queda dormido, todos los pensamientos tristes que vagan por su cerebro, y de ponérselos delante de los ojos y á través de un cristal de aumento, en cuanto se despierta. Un diablejo de esa casta fué quien martirizó á Pachín, al despertarse, arrebatándole de pronto las plácidas visiones de su sueño, y poniéndole á la vista el cuadro de su negra realidad.

Jamás había tenido un sueño como aquél. Se había visto dichoso, completamente dichoso; y no porque se hubieran realizado sus ambiciones de gran señor, ni porque tuviera ya los billetes de banco y el oro de las Indias á carretadas: al contrario, la dicha la había encontrado en el rincón de su aldea. ¡Pero qué rincón aquél! ¡qué praderas, qué ganados! ¡qué frutos los de sus heredades! ¡qué montes tan espesos, y qué música la de su ramaje verde! Y la casa, dentro del cercado que parecía un jardín por la abundancia, la variedad y el esmero en el cultivo, tan abrigadita del vendaval y con la solana al mediodía; la parra, que nacía arrimada á un esquinal, formando un arco, amarrada á los _tornos_ del balcón; las cuadras, con hermosas pesebreras debajo del pajar henchido de heno fragante, al costado, y dentro de la casa, la abundancia de todo lo indispensable para la vida de familia; el trabajo de la tierra fecunda, placentero, libre y á la luz del sol; la conciencia tranquila, y el descanso, como la conciencia; el corazón sin odios; y en el más estimado rinconcito de él, un cierto cosquilleo vivificante, que tentaba á levantar y ennoblecer el espíritu y despertaba en la imaginación recuerdos de ojos azules, de sonrisas plácidas, de promesas cambiadas con palabras trémulas y miradas cobardes; cuadros, en fin, de una nueva vida de amor y paz y bienandanza... ¡Y su madre!... el alma de todo, el calor, el ejemplo, el ambiente sano, la luz y la sabiduría de la casa. ¡Cómo le quería y miraba por él y le aconsejaba! ¡Y qué vanidad tan lícita la suya al considerarse merecedor de una madre como aquélla!... En suma, que Pachín había dado con el idilio de la vida y adivinado el argumento de un paisaje de abanico. Pues hallándose en el goce de lo más delicioso de él, fué cuando el diablejo, su enemigo, le apagó las luces de la fantasía y le puso delante de los ojos el cuadro de sus desdichas verdaderas. Gimió, lloró mucho entonces, unas veces en el mayor desconsuelo, otras veces desesperado. Clamó á gritos por su madre, y rezó fervorosamente por ella, y pidió á Dios... todo lo que más necesitaba: á su madre, ó fuerzas para resignarse á perderla de aquel modo.

No quiso desayunarse ni que le curaran las heridas, pero sí levantarse de la cama: esto lo quiso con grande y reiterado empeño, contra el parecer y los consejos de la posadera y cuantos con ella habían acudido á consolarle. Quería levantarse para lanzarse de nuevo á la calle y registrar toda la ciudad, casa por casa y piedra por piedra. Pero el trabajo de la víspera y los sufrimientos morales habían acabado con sus bríos, y se sintió clavado en el lecho por la extrema debilidad.

En estas peleas y arrechuchos, entró el comensal de marras: venía pálido y descompuesto de faz. Le acosaron á preguntas y refirió lo que había visto. Había salido muy temprano, porque había dormido mal, y la curiosidad le arrastraba fuera de casa. Las calles, á la luz del sol naciente, le habían parecido más tristes que al anochecer de la víspera; las gentes más abatidas y desencajadas; los estragos más notorios, y el aspecto, en general, de la población, más patético y aflictivo. Los incendios continuaban, pero aislados y en camino de acabarse por falta de cebo y no haber querido Dios que los empujara el viento hacia donde le había muy abundante. Tentado del diablo y de un mal consejo, había ido al hospital. ¡Nunca allá fuera! Entró sin dificultades, como entraba mucha, muchísima gente, y no toda en son de paz y con el respeto que debía. Por subir la escalera, comenzó á arrepentirse de haberla subido y tuvo tentaciones de volverse á la calle. Pero la curiosidad, ¡la pícara curiosidad!... Estaba la galería por donde andaba, llena de colchones en el suelo, y yacía en cada colchón un herido; ¡pero qué heridos! ¡qué caras tan monstruosas, tan negras, cuando no eran amarillas como la cera de las sepulturas! Y sobre todo, ¡qué alaridos los de aquellos desdichados y otros tales que se oían de más lejos! Según noticias, así estaban desde la madrugada, desde que «se les habían enfriado las heridas» curadas por la noche. Le temblaban las piernas y se le turbaba la vista, pero le arrastraba la fascinación del horror mismo, y ¡adelante, adelante, adelante!... Así llegó hasta una embocadura, á cuya puerta, mal cerrada, se quedó como clavado por los pies. Lo que vió por los resquicios le hizo dar diente con diente: unas mesas muy raras; sobre las mesas, cuerpos desnudos de pies á cabeza; y en aquellos cuerpos, insensibles por el cloroformo, mutilados, chamuscados, desgarrados por la metralla del vapor, un enjambre de médicos con los mandiles manchados de sangre, y grandes y relucientes cuchillos, ó formones ó sierras en las manos, cortando miembros destrozados, ó extrayendo costillas machacadas, ó mondando, desbrozando boquetes horrorosos, obstruidos por piltrafas sanguinolentas; irrigando los cortes en carne viva con chorros incesantes de un agua que olía muy mal, y luego mantas y más mantas de esponjados algodones y vendajes sobre lo operado; y por fin, entre brazos de enfermeros el herido, á otra sala contigua; y otro enfermo de ella, ó de otra igual, á sustituirle en la mesa de operaciones; y cada cual de los heridos no operados aún, pidiendo á gritos desgarradores la merced de la sierra ó del cuchillo cuanto antes. Sudaba de congoja el pobre hombre, y, sin embargo, no podía apartarse de allí: al contrario, iba insensiblemente y poco á poco penetrando en la sala, y no sabía qué le fascinaba más, si el horror de los tormentos y de la sangre, ó el valor, el trabajo heroico é inmensamente caritativo de aquellos incansables y diestros cirujanos. Al fin llegó á sentir su cerebro, su corazón, todo su organismo, saturado, ebrio de aquel conjunto de cosas espantables, y huyó en busca de otro ambiente y de otros espectáculos.

Corrió, más que anduvo, por las galerías en demanda del aire libre de la calle, y le invitaron á ver el patio exterior, lleno ya, materialmente, de muertos; pero esta invitación, lejos de seducirle, le hizo apretar el paso y buscar con dobladas ansias la salida del hospital... De un tirón había llegado á casa por el camino más corto, y sin poder quitarse de entre cejas la visión de tan grandes lástimas y de tanta carnicería...

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