Part 4
Arrastrando por estas asperezas el fatigado discurso, se le ocurrió la idea de que, herida ó contusa ó buscándole á él, bien pudiera su madre haber vuelto á la posada. Este chispazo de luz iluminó un poco su tenebrosa fantasía y reavivó las fuerzas que iban faltándole por momentos y á medida que perdía las esperanzas. Pensar y ejecutar eran en Pachín entonces una misma cosa. Buscó con una rápida mirada el camino más breve y desembarazado para salir de aquellas espesuras asfixiantes; vió cerca de él una ventana entreabierta, y por ella saltó á la calle.
La noche, pues ya había cerrado, límpida y serena arriba en un cielo fulgurante de estrellas, era abajo negra, tediosa y funeraria; estaban á obscuras ó á media luz las calles, según que hubieran sido más ó menos flageladas por el azote de la tarde, y las que no desiertas en absoluto, escasamente recorridas por transeuntes que se movían sin ruido, como los fantasmas de las pesadillas. Todo esto doblaba las dificultades de Pachín, nada práctico en los laberintos de la ciudad con el sol del mediodía, cuanto más entre las tinieblas de la noche, ¡y de una noche como aquélla!; pero acertando por instinto unas veces y preguntando otras, siempre caminaba con buen rumbo y no perdía terreno en su afanoso andar sobre un empedrado nunca limpio de escombros de las casas contiguas ni de la metralla homicida de la explosión.
Lo peor era, para el infeliz, la poca fe que le animaba ya en sus exploraciones, con la experiencia de las malogradas; pero como tenía mucha en la misericordia de Dios, á menudo elevaba al cielo los ojos, conductores de las plegarias que salían del fondo de su pecho. Así se confortaba un poco, y así llegó al barrio y á la calle en que estaba su albergue provisional.
No sabía el pobre muchacho si condolerse ó alegrarse de llegar á él, porque mientras andaba, eran tan grandes como sus deseos de triunfar en el empeño, los temores de un nuevo desengaño. Pero más que estas vacilaciones de su espíritu, le detenían en su marcha la obscuridad y los estorbos de la calle, y hasta la codicia de oir algo que pudiera convenir á sus fines en el vocingleo desacordado y clamoroso de los corrillos que encontraba al paso, y encontró uno en cada puerta. Toda la vecindad estaba á la intemperie y medio á obscuras, unos por miedo á la soledad del propio domicilio; otros por las ruinas y quebrantos de los suyos; otros por saber de amigos ó deudos que no volvían, y casi todos por el ansia bien justificable de cambiar impresiones tristes y averiguar algo más de lo ocurrido, y de lo que se pronosticaba y se temía para aquella noche. Esto sacó en limpio el angustiado muchacho de lo que pescaba en las conversaciones sorprendidas al pasar, y además, que aquel resplandor que se notaba sobre la línea de edificios de la acera del sur y era la causa de que no fuera absoluta la obscuridad en la calle, procedía de un gran incendio, del de otra cuyo nombre, citado en las conversaciones, le era desconocido. Pero de lo que le interesaba verdaderamente, de lo único que le llegaba al alma y le poseía de pies á cabeza, ni una palabra. En estas ansiedades, temblándole las piernas y latiéndole el corazón, se acercó al corrillo que obstruía el portal de su posada. Sin despegar los labios miró á todas las mujeres que había en él, una de las cuales era la posadera: ninguna era su madre. Entonces se atrevió á preguntar por ella: si estaba en casa ó si había estado poco antes. Conocióle por la voz la buena mujer, que no cerraba boca ponderando estragos y dolores, y corrió á abrazarle, declarando á gritos lastimeros que él era el único huésped de la casa que veía desde la «reventadura» del vapor.
El mísero Pachín, que estaba gastando en aquella prueba las últimas fuerzas que le quedaban en el espíritu y en el cuerpo, no dió con el suyo en las piedras de la calle, porque le recogió en sus brazos la posadera.
* * * * *
Proezas de caridad hicieron con él aquellas buenas gentes, que al verle á la luz de una vela que ardía en el portal, donde en seguida le metieron, hasta muerto llegaron á considerarle. No era para menos el aspecto que ofrecía, con las manos y la cara pálidas como la cera, donde no estaban manchadas de sangre ó teñidas de negro, como las ropas que le cubrían el cuerpo desmayado, después de haberse citado allí por alguien que acababa de verlo, casos de heridos ó contusos que andando por sus pies hacia la casa de socorro desde el lugar de la catástrofe, habían caído muertos de repente. Mas como en opinión de otro, menos pesimista y charlatán que los demás circunstantes, quedaban en Pachín restos de vida, cada cual subió en volandas á su piso y bajó con el remedio que más fe le merecía en un caso como aquél: cabezas de ajo, vinagre fuerte, pencas de romero, vino generoso. De todo ello y de mucho más se hizo uso, rápida é inmediatamente, quitándose _la vez_ las afanadas ministrantes (pues lo eran sólo las mujeres, y tantas como los remedios aplicados), hasta que con ellos, ó á pesar de ellos, fué volviendo en sí poco á poco el desmayado.
Á todos y á cada uno de los presentes miró después con gran fijeza, pero á nadie dijo una palabra; y en el mismo silencio apartaba con las manos los remedios con que le perseguían implacables las caritativas mujeres por las narices, por la boca, por «el dedo del corazón» y por detrás de las orejas, hasta que estimó con el olfato el contenido de una copa que le ponían entre los labios, y sorbió con avidez aquel licor vivificante, que era vino generoso. Sintiéndose más reanimado con él, probó á levantarse del escalón en que estaba sentado; consiguiólo sin dificultad, y se negó á beber más vino que le ofrecía la vecina triunfadora. Se consideraba ya en posesión de las fuerzas que necesitaba para lo que se proponía; habló solamente para preguntar si durante su desmayo se había sabido algo de su madre; dedujo una negativa de las artificiosas respuestas que se le dieron, y se lanzó de nuevo á la calle, sin que advertencias ni ruegos en contrario alcanzaran á detenerle un solo instante.
¿Á dónde iba el infeliz? ¿qué planes llevaba en la cabeza? Ni él mismo lo sabía. Á buscar á su madre, á saber de su madre donde quiera que hubiera gente, muerta ó viva, ó se oyeran acentos de lástima ó quejidos de dolor; á todos los sitios y lugares, menos á aquéllos en que reinaran la alegría y el reposo, si es que algo de esto quedaba á aquellas horas en los ámbitos entenebrecidos de la castigada ciudad.
De pronto reflexionó que estando su madre viva, y sana _ya_, y no habiendo ido _todavía_ á buscarle á la posada, era lo natural que anduviera buscándole á aquellas horas en el lugar mismo donde él la había buscado á ella apenas _resucitado_. Y hacia allá se fué sin vacilar.
Andando, andando, por el mismo camino que los dos habían llevado por la tarde al salir de casa, también llegó á verse, como entonces, bien acompañado de transeuntes á medida que ensanchaban las calles que recorría y se acercaba á la desembocadura de la más ancha de todas en el vasto recipiente. Pero entre estos transeuntes y los de la tarde, ¡qué diferencia! Los que llevaban su mismo rumbo, ¡qué desesperados ó qué abatidos! Los que con él se cruzaban parecían el cortejo fúnebre de los muertos ó mal heridos que encontraba á cada paso, conducidos en camillas por hombres de andar acompasado y solemne. Así llegó al término de su viaje.
Pensaba Pachín que ya había visto el cuadro por la tarde en su aspecto más imponente y amedrentador; pero se convenció, al hallarse de nuevo delante de él, de que estaba equivocado en sus juicios. El incendio de los muelles se había ido nutriendo de la madera de los contiguos; hacia el fondo del oeste se erguían otros nuevos, cebados en las entrañas de grandes edificios, y el que él había dejado naciente sobre los que cerraban la plaza por el norte, era ya una lumbre formidable que llevaba devorado un tercio de la hermosa cortina, y extendía sus tentáculos de llamas destructoras sobre todo lo que quedaba enhiesto á sus alcances.
Á la luz brillante de estas enormes hogueras, los relieves siniestros de la superficie negra, iluminados en sus perfiles, resultaban más negros y repulsivos todavía, por la brusquedad y fuerza del claro obscuro; y como figuras de cuadro fantasmagórico, las personas que discurrían lentamente ó maniobraban agrupadas en toda la extensión de la llanura. Como detalle, también nuevo para Pachín, el vecindario de la calle incendiada, llorando otro infortunio más sobre la ruina de sus ajuares arrojados por los balcones ó amontonados en el arroyo, y cada cual mirando por lo suyo, porque en aquel infausto día nadie estaba tan libre de desventuras propias, que tuviera tiempo sobrado para atender á las ajenas de tal casta. Donde se contaban por cientos los cadáveres, ¿qué importaban las gentes sin hogar?
Pachín, por mozo, por inteligente y por blando y noble de corazón, aunque inculto aldeano, era un poco artista sin saberlo; y por eso se le impuso y le anonadó el espectáculo, más que por cada uno de sus siniestros componentes, por la terrible grandeza del conjunto de todos ellos. Para un campo cubierto de ruinas, de cieno y de cadáveres, ¡qué luz más propia y adecuada que la de una conflagración como aquélla? Un horror alumbrado por otro horror.
El trabajo del pobre chico iba á ser muy diferente del que allí mismo había hecho por la tarde. No rebuscaría entre los muertos, que ya se sabía de memoria, sino entre los vivos que buscaran algo, como había buscado él. Mas como los vivos eran muchos y, aun á corta distancia de ellos, por la negrura del suelo y las fantasías de la luz todos aparecían á sus ojos como bultos informes, sin distinguirse los hombres de las mujeres, necesitaba examinarlos muy de cerca, y, para eso, recorrer el campo de extremo á extremo. No le arredró la tarea, y la acometió en seguida sin otras vacilaciones que las que le imponían las dificultades del suelo agravadas por la obscuridad.
Eran ya más las lágrimas que los quejidos en aquel enorme _spoliarium_, y por eso había ocasiones en que Pachín no oía en su derredor otros rumores que el incesante crepitar de las llamas devoradoras, y alguna voz de los que huían de sus estragos, ó de los que empleaban en combatirlos, inútilmente, las escasas fuerzas que les había dejado la tremenda sacudida del otro azote. En estos casos eran mayores las repugnancias y el miedo del pobre aldeanillo, que al dudar si pisaba entre las negruras del suelo «carne cristiana», soñaba oir hasta el gemido de protesta contra la profanación cometida por sus pies. Sudaba el infeliz en estos trances y procuraba acercarse á la luz mortecina de los farolillos que llevaban algunos grupos y personas dispersas, y lo hacía con el doble fin de saber mejor dónde pisaba y reconocer más fácilmente lo rastreado, si tenía la dicha de dar con ello.
Pero andaba, andaba, palpando casi las personas cuyos pasos seguía, y jamás lograba otros frutos que un desengaño en cada intento. En esta labor dolorosa, prefería las figuras solitarias, por calcular que su madre, desconocida y forastera, no podía andar de otro modo por allí.
Una vez, siguiendo el rumbo de la luz extenuada de uno de los farolillos errantes, verdaderas luces de cementerio, tropezó con dos mujeres. La una llevaba un farol en la mano; la otra en las suyas un jarro con agua, una jofaina y una esponja. La del farol, aunque se envolvía el talle y parte de la cabeza en un espeso manto, le pareció, por la blancura de su tez y el aire de su persona, dama distinguida. Á la luz de los incendios más que á la amortiguada del farolillo, vió Pachín que tenía los ojos enrojecidos de llorar y surcadas de lágrimas las mejillas; y aunque se había cerciorado de que ninguna de las dos era la mujer que él andaba buscando, las siguió en su faena y sin estorbarlas, durante un buen rato. Cuando encontraban el cadáver de un hombre, _si tenía cabeza_, la señora arrimaba á ella el farol, y con la esponja empapada en agua que le ofrecía la otra mujer, le quitaba cuidadosamente la tizne de la cara... ¡y adelante con su pesada cruz! porque nunca era el muerto que reconocía, la prenda de su corazón que iba buscando. De todos los dolores que había conocido Pachín hasta entonces en el mismo triste lugar, ninguno le pareció tan hondo, ni le mereció tanto respeto como aquél.
Dejando perderse á la infeliz señora en los misterios de la obscuridad lejana, corrió él hacia los grupos de gente que vió sobre uno de los muelles fronteros al buque sumergido, alumbrados por el resplandor del que estaba quemándose. Tampoco estaba su madre allí, entre las mujeres que seguían con avidez ansiosa los trabajos que se hacían en el agua, trabajos ya conocidos de Pachín, aunque en escala más reducida. Ahora los botes y las lanchas eran más, y más los garfios que se arrojaban al fondo, y más los restos que salían enganchados, sin contar _lo_ que se recogía flotando entre maderos, latas y otros mil despojos del desastre, que iba apareciendo arrastrado por la corriente, sin que nadie supiera de dónde venía ó dónde había estado hasta entonces. Se alumbraba la escena con hachones de viento, cuya luz iluminaba racimos de cabezas, y se reflejaba trémula en las removidas y turbias aguas. Pachín huyó de allí con el corazón oprimido por una nueva forma de dolor congojoso y asfixiante, y se sumió de nuevo en las sombras de la llanura, á continuar su labor con más bríos que esperanzas.
Observó que los grupos con luz eran siempre de hombres solos, hombres encargados de recoger cadáveres y de conducirlos en camillas ó amontonados en furgones, al sitio que les estaba destinado. Esto le pareció muy aflictivo, y, sin embargo, seguía á los grupos, aunque sin saber si lo hacía por verse más acompañado en su pavorosa soledad, ó por guiarse mejor con la luz de sus faroles, ó porque le arrastraba la fascinación de lo tremendo, como arrastra la visión de los abismos.
Explorando así entre vivos y muertos, y devorando, más bien que mirando, con los ojos hechos ya á la obscuridad y á descifrar los engaños en que envolvían á las personas errabundas los resplandores siniestros de las llamas, dió con otro grupo de hombres cuya ocupación era cuanto allí le quedaba que ver. Aquellos hombres llevaban entre manos unos sacos negros, muy grandes, y en estos sacos iban metiendo los despojos que encontraban desparramados: miembros, entrañas... y hasta la sangre, recogida del suelo con la tierra empapada en ella y por ella santificada ya... Asociósele, con la fuerza y velocidad del rayo, el recuerdo de su madre desaparecida á la visión de aquellas reliquias espantosas, y no pudo más el desdichado: sintió una angustia indefinible entre corrientes de sudor frío que le bañaban el cuerpo; turbósele la vista, y sin fuerzas para sostenerse de pie, cayó desplomado sobre un rimero de escombros.
Cuando volvió en sí, socorrido por aquellos buenos hombres, respondiendo á preguntas que le hicieron les contó su desventura y sus intentos malogrados. Allí, á aquellas horas, había perdido su última esperanza. ¿Qué le quedaba sin explorar? ¿Qué más muertos, qué más heridos ni qué más buscadores de ellos, que los que ya había visto y reconocido él? Dijéronle entonces, acaso para levantarle un poco el espíritu desmayado, que había en el Hospital muchos heridos y muertos de que él no tenía noticia, y ello bastó, en efecto, para que le renacieran los bríos y se creyera capaz de los imposibles. ¿Por dónde se iba al hospital? Le indicaron dos caminos: el más abreviado y el más largo; pero eligió el segundo, porque el arranque del primero, según se veía desde allí, estaba obstruido por dos incendios que casi cruzaban ya sus llamaradas.
Hasta entonces no se había detenido el pobre muchacho á considerar el incremento que tomaba por instantes aquel nuevo desastre, y la extensión y fuerza que alcanzaba. Por el lado del norte formaban las llamas una altísima cordillera; y de la anchura que había adquirido su base, de la cual parecían las raíces las enrojecidas lenguas que asomaban por todos los corroídos huecos de los edificios que le servían de pasto y golosina, se deducía fácilmente que estaban ardiendo los dos lados de la calle trasera en casi toda su longitud. Á su vez, el primer incendio del otro lado, el del oeste, encrespándose y respingando y nutriéndose sin cesar de las casas en que había hecho presa, se esforzaba en dilatarse á diestro y siniestro, pero especialmente hacia el norte, como si tratara de tomar de aquel otro incendio más pujanza, para llegar de un salto á enlazarse con el que le seguía por el sur, el cual también se cernía y forcejeaba para salirle al encuentro.
Por misericordia de Dios, las voraces hogueras subían pacíficas y rectas al espacio, en cuyas alturas chisporroteaban sus pavesas entre los remolinos del humo ceniciento acumulado allí en espesos nubarrones. Un soplo de aire que inclinara las llamas hacia el norte, y desaparecía toda la ciudad en breves horas. No se concebían en lo humano fuerzas bastantes para triunfar en una lucha contra enemigos como los de aquel día; día no menos infausto y pavoroso que los evocados por el poeta; aquellos
«..._días de espanto en que rezan á solas los ateos_».
* * * * *
¿Qué fuerzas sostenían á Pachín para hacerle capaz de tanta resistencia? ¿Quién de los que le veían pasar y adelantarse á todos los que más andaban entre calles, y retroceder de pronto, ó desviarse para examinar un corrillo de mujeres, ó meter la cabeza por las entreabiertas hojas de la puerta de un tenducho, porque había creído oir una voz que se parecía á la de su madre, podía sospechar siquiera lo que aquella criatura llevaba andado, rebuscado, y padecido en el cuerpo y en el alma, desde las cinco de la tarde? ¡Oh! si los que pesan y miden por escrúpulos la fuerza y la resistencia de determinadas substancias del mundo físico, pudieran estimar del mismo modo lo de que es capaz y resiste el espíritu humano puesto en tensión vibrante por los grandes infortunios de la vida, ¡qué hallazgo para la ciencia y qué sorpresa para los sabios del alambique! Pues esta fuerza prodigiosa era la que sustentaba á Pachín y ponía en actividad todos sus miembros, y en plena luz su juvenil inteligencia, y le hacía insensible al dolor de sus heridas y á los lamentos de los desdichados como él, y diestro en la obscuridad de la noche entre calles que jamás había pisado, y sutil en la investigación de su camino. ¡Si hubiera podido dominar sus impaciencias como su debilidad y sus angustias! Y eso que no iba solo, porque le acompañaban otros muchos peregrinos del dolor. _Allá_ iban todos en busca de lo que no habían podido descubrir en otra parte. ¡Lo mismo que él! Y con ellos siguió, calle arriba, calle arriba, como si todos fueran unos, aunque todos eran extraños entre sí. Nada se hablaban, nada se decían; pero casi todos lloraban en silencio, y éste era el lenguaje único inteligible y familiar de aquel pueblo en aquellas horas de infortunios cuya expresión no cabía en ninguna lengua humana.
El portón del hospital estaba abierto, porque no había un instante en que alguien no entrara ó no saliera por él. Pachín entró, adelantándose un buen trecho á los que con él iban; y dejándose guiar por las primeras luces que descubrieron sus ojos al hallarse en una galería de macizos arcos de piedra, tomó por el lado derecho, sin parar mientes en las monjas y otros servidores del piadoso asilo, que pasaban á su lado en afanoso trajín; volvió luego hacia la izquierda, siguiendo los rumbos de la nave; vióse enfrente de la embocadura de una gran escalera; subió por ella, y se encontró en otra galería como la de abajo, pero más abrigada y menos libre de estorbos para recorrerla, porque estaba á medio llenar, y continuaba llenándose, de camas improvisadas tendidas en el suelo. Mientras dudaba si tomar por un lado ó por otro, y sin atreverse á preguntar á nadie, ó quizás olvidado ya de cómo se preguntaba por lo que no se sabía, oyó rumor de voces y de lamentos hacia la derecha, y por aquel lado se encaminó. Á los pocos pasos topó con una puerta que daba ingreso á una habitación colmada de gente. De allí salían los rumores y los ayes. La habitación no era grande; pero sí lujosa, al parecer del aldeanillo, con muchos retratos en las paredes, y un piso tan reluciente y _fino_, que Pachín se resbalaba al andar sobre lo poco de él que estaba desembarazado. Olía allí mucho «á boticas», y había colchones y mantas en el suelo, y en cada cama de éstas y sobre cada mueble de los arrimados á las paredes, un herido ó un moribundo. Junto á los primeros, curándoles las tremendas heridas, médicos con sus blancos mandiles por delante, y la bruñida herramienta ó los vendajes entre manos, y practicantes que les ayudaban en la cruenta labor, y las santas siervas de la caridad que cuidaban de todo y á todo atendían como quienes eran. Junto á un hombre que se moría, un sacerdote arrodillado é inclinado sobre él, casi abrazándole; un sacerdote muy extraño para Pachín, que recordaba haberle visto en idénticas ocupaciones en la casa de socorro: vestía ropaje muy fino de color morado; colgaba de su cuello sobre el pecho un crucifijo de oro, y llevaba un grueso anillo en una de sus manos. Su voz era dulce, como el mirar de sus ojos compasivos, y su palabra, elocuente, persuasiva y amorosa. ¡Qué cosas sabía decir al moribundo, casi llorando de pena! ¡qué valor le infundía, y cómo le consolaba! Jamás había visto Pachín un obispo sino en estampas y con mitra, báculo y capa pluvial; y por eso no conoció al de su diócesis en aquel caritativo y humilde sacerdote con vestiduras moradas, de corte igual al de las negras de los otros curas que por allí andaban también, como en la casa de socorro y en el campo mismo de la catástrofe.
Pero ni entre los que se morían, ni entre los que eran curados por los médicos ó esperaban su turno para curarse, ni entre los vivos y sanos que se entretejían con ellos, se hallaba su madre. Supo que estaban colmadas de heridos todas las salas de cirugía del Hospital, y que por eso se había habilitado precipitadamente aquélla, cuyos destinos ordinarios eran bien distintos; y en busca de las otras salas fué, con las señas que le dieron.
El rastro de las improvisadas camas de la galería, algunas ocupadas ya, iba enseñándole el camino á lo largo de ella; otro, de lamentos y quejidos, le guió á un departamento en que había dos grandes mesas de muy extraña forma, y varios aparatos de uso desconocido también para el ignorante aldeanillo, aunque por el sitio en que se hallaban y la vecindad que tenían y, sobre todo, por «el arte» de unas herramientas que vió relucir en el fondo de un armario cerrado con cristales, presumió que nada de ello debía de ser para «cosa buena». En cada costado, según se entraba, había una puerta, y cada puerta daba ingreso á un gran salón en que se percibían mucha gente, muchas camas, muchos ayes y mucho olor «á boticas».
Tomó, al azar, por la derecha y penetró en aquella estancia; pero con más desahogo que en la primera que había visitado, porque no sólo era más grande, sino que las camas estaban armadas y en dos filas, con los testeros á la pared, dejando entre los pies de unas y de otras, un ancho pasadizo para la gente. Por lo demás, el mismo linaje de enfermos, iguales martirios, igual trabajo de los médicos y sus ayudantes, las mismas religiosas asistentes, idénticos moribundos con el cura á la cabecera, el mismo espanto en todas las caras, las mismas lágrimas en muchos ojos, y el mismo afanoso ir y venir de los que no podían subdividirse para estar á la vez en todas partes.
Pachín fué recorriendo cama por cama, detrás de los médicos unas veces, y otras como podía ó le era permitido; y sólo cuando llegó á las últimas, supo que no había más que hombres en aquella sala. La destinada á las mujeres era la de enfrente. Salió volando de aquélla, atravesó la de los aparatos y penetró en la que le interesaba más.