Part 3
Sin apartar aún su vista del reducido espacio en que tan extrañas cosas le rodeaban y sucedían, puso y clavó toda su atención en ellas, porque notaba que iba despertándosele en las regiones de la inteligencia algo que estuvo dormido poco antes, y quería darse exacta cuenta de lo que le estaba pasando. Aquel hombre y aquel caballo, muertos, y no sólo muertos, sino destrozados; el carro hecho astillas junto á un hierro candente y retorcido; entre él y el carro y los cadáveres y el hierro caprichoso, sembrado el suelo de las cosas más raras é inconexas: clavos de herradura, fundas de cartuchos de fusil...; aquel recuerdo, único de su memoria: el «tronido» y la llamarada... Asociando estas ideas y eslabonándolas bien unas en otras, Pachín llegó á preguntarse, haciendo hincapié en la más luminosa y firme: «¿qué hacía yo cuando sentí el tronido ése y vi la llamarada?» Y sin gran esfuerzo de su retentiva, consiguió responderse, adquiriendo una idea más y trabándola en la cadena de las otras: «ver un vapor que se estaba quemando». Con este recuerdo solo se abrieron de par en par las puertas de su memoria, y se le fueron despertando en el cerebro, una por una, todas las dormidas ideas: las peripecias del incendio, las muchedumbres de curiosos, los rumores alarmantes esparcidos entre ellos, los sitios que él ocupó... Y de ésta, de ésta nació la otra idea, la idea terrible, la que le dejó frío y sin alientos, como le había dejado el estallido del vapor: la idea de su madre que le acompañaba entonces. ¿Por qué no estaba ya á su lado? ¿Á dónde había ido á parar? ¿Qué habría sido de ella? ¿Qué fuerza los separó al pie de la estiba de maderos donde habían estado juntos los dos? ¿Viviría, por milagro del cielo, como él vivía? ¿Habría sido muerta, destrozada quizás, como aquel otro desdichado?... Y el infeliz temblaba de pies á cabeza; se golpeaba el cuerpo con los puños cerrados; sentía un hormigueo punzante y frío debajo de la piel, que le volvía loco de inquietud, y como un loco gritaba revolviendo en torno suyo los ojos desencajados: «¡Madre!... ¡Madre!... ¡Madre mía de mi alma!». Quería correr en su busca; pero no sabía en qué dirección, al tender la mirada codiciosa por la vasta llanura que poco antes había visto él colmada, repleta, de gentes _vivas_ y regocijadas, y que ahora... ¡Dios santo! ¡Dios de las grandes misericordias!... ¡qué espantoso le pareció todo aquello que veía! Como si hubieran pasado huracanes y terremotos por allí, todo era campo de desolación y muerte, ruinas, escombros y cadáveres entre el silencio y la inmovilidad imponentes de los grandes desastres consumados. Cuanto quedó con vida y movimiento al consumarse aquél, había huido muy lejos con el espanto en el alma y la angustia en el corazón... Pero algo vivía aún en aquella región del exterminio inclemente y bárbaro; algo puesto allí como de intento para dar al cuadro una nueva tinta de horror; algo que rebullía sobre la tierra aquí y allá, y cuyos debían ser los ayes de agonía que llegaban á los oídos de Pachín, como si el aire se los fingiera para recordarle el martirio de su madre.
Él parecía ser el único vivo y sano en aquella región de muertos insepultos; él, Pachín González, el mísero aldeanuco recién llegado á la ciudad, forastero y pobre en ella, desconocido de todos los supervivientes de la gran catástrofe. ¿Á dónde y hacia quién volver los ojos para pedir ayuda ó consejo en el amargo trance en que se hallaba?... ¿Quién oiría en aquel negro páramo sus lamentos? ¿Quién daría valor á su desventura sin ejemplo, delante de tan enorme cúmulo de ellas?... ¡Jamás hubiera creído que podían llegar á extremos tales la soledad y el desamparo de un hombre sobre la tierra!...
Y el pobre muchacho comenzó á llorar de pesadumbre... y de miedo. Pero el amor de hijo, sobreponiéndose en él á todo, le devolvió la energía de su espíritu, hasta con dobladas fuerzas; y, sin enjugarse las lágrimas, se lanzó á la empresa con una decisión que rayaba en lo desesperado.
La extraña «cosa» que le había llevado á él en volandas desde la estiba de maderos al sitio en que acababa de despertar, debió de llevar á su madre de igual modo y en la misma ó muy aproximada dirección, puesto que juntos estaban los dos entonces, aunque un poco más en alto él que ella... Pues á buscar, primero, por allí, en derredor suyo y del hombre muerto cuya visión le aterraba... Y á buscar se puso, con la avidez y el espanto en los ojos; y vió más hierros, á modo de grandes carriles retorcidos y enroscados; masas informes, como de cubos metálicos fundidos unos con otros; más clavos de herradura y más cartuchos vacíos... ¡jirones de prendas de vestir, ensangrentados y humeantes!... Más allá unos edificios cerrados que parecían grandes almacenes, con los aleros quebrantados y los cristales hechos añicos; debajo, en la calle, más hierros enroscados, y más cubos fundidos, y cascos de maquinaria... En la misma calle, hacia la derecha, un tren detenido y sin gente... el de las campanadas, no podía ser otro, con el resuello fatigoso y extenuado, los coches contundidos por la metralla del volcán, uno de ellos con las portezuelas desvencijadas, y dentro... ¡la muerte también!... Huyó de allí, en dirección contraria, hacia la izquierda... Un grupo de árboles entecos y con el ramaje desgarrado. En la plazuela que formaban, otra vez los hierros, pero revueltos y enmarañados, como una lucha de sierpes infernales; y entre los montones, recias planchas, de hierro también, reviradas, contraídas, dos de ellas de canto y prestándose mutuo sostén, y detrás un cuerpo... un cuerpo de mujer vestida de obscuro, casi negro, y boca abajo. Pisando de puntillas, lívido de terror, con un brazo trémulo extendido y mirando sin ver, se atrevió Pachín á llegar hasta el cadáver; se bajó, cerró los ojos, y á tientas y con las manos crispadas y sin sangre, le levantó la cabeza cuya cara quería reconocer... Lo que le pidió el mísero á Dios en aquellos supremos instantes, ni él mismo lo supo: ¡tan contrapuesto y complicado era!... Haciendo después un esfuerzo de voluntad sobrehumano, abrió los ojos para ver la cara... No la tenía aquel cadáver. Lo que había sido cara, tal vez hermosa, era una masa de carne macerada y sanguinolenta y de huesos triturados. Pachín lanzó de lo más hondo de su pecho un rugido de espanto; dejó caer de sus manos la mutilada cabeza, y se incorporó de un salto frenético. ¡Virgen María! si aquello era su madre, valiérale más no haberla hallado. La vehemencia misma del deseo de haberse equivocado, le movió á hacer otros y más detenidos reconocimientos; y entonces se convenció de que ni el corte, ni el color, ni la calidad de los vestidos de la muerta, eran señales de lo que él buscaba.
Más tranquilo ya; es decir, menos aterrorizado, pero con las mismas angustias en el alma, quiso, para orientarse mejor y metodizar un poco su trabajo, averiguar dónde estaba la pila de maderos desde la cual había volado él... Al tender la vista para buscarla, observó que al otro extremo, hacia lo más ancho de la llanura, había seres humanos, de pie, vivos y moviéndose entre los obstáculos del suelo, y que otros muchos iban llegando apresuradamente de hacia la ciudad... ¿De dónde y cuándo habían venido los primeros? ¿Eran _resucitados_, como él? ¿Qué más le daba? Los unos y los otros eran hombres vivos: no era ya todo muerte en aquel fúnebre escenario, y el amor y la caridad comenzaban á habitarle. Esto le consoló algo, porque ya no se veía solo y desamparado, y se sintió más fuerte y valeroso para continuar su triste faena.
No tardó mucho en hallar la estiba de maderos que buscaba; pero sí en llegar hasta ella, porque, aunque el camino era corto, no había en él un palmo de terreno sin los hierros de siempre ó charcos de sangre humana. Con esfuerzos heroicos de su espíritu llegó al fin á la pila; recorrió todo su perímetro, y nada halló de lo que andaba buscando, ni de cosa parecida.
--Aquí mismo estaba mi madre... y yo allí,--se dijo apuntando sucesivamente á un sitio al pie de la estiba y á otro de una de sus gradas...
En seguida trepó á ella para estimar con acierto el _camino_ que él había llevado por el aire, y la dirección del impulso, ó de la «cosa» que le había arrebatado y pudo y debió arrebatar á su madre también. Enterado de lo primero, buscó, sin moverse de allí, el vapor funesto; y como no le vislumbraba, se orientó por el muelle á que había estado arrimado. Al fin, distinguió sus restos: un palo muy caído hacia atrás, con un guiñapo sucio en la punta, y el puente y el castillo de popa sobresaliendo del agua. El muelle, dislocado en partes y en partes ardiendo; y sobre el otro muelle que corría á derecha é izquierda, y sobre el arrecife inmediato, en cuanto alcanzaba la vista, un sedimento negro y reluciente como el fondo de una poza recién agotada; sobre este tizne asqueroso, más despojos de la catástrofe horrible, más cadáveres, y carros desvencijados y yuntas mutiladas junto á ellos... Pachín se quedó espantado. ¿Era todo aquello obra de Lucifer, que se hubiera complacido en vomitar tantos horrores entre el légamo de las charcas infectas de sus cavernas infernales? Y si no era obra de tales manos, ¿de qué otras podía serlo? De la dinamita, de aquellos centenares de cajas de _ello_ de que tanto se había hablado cuando se quemaba el vapor: eso no podía dudarse; pero ¿qué más daba? Sin el mal espíritu que había cegado á los que lo sabían y ensordecido á los que lo sospechaban, ¿cómo hubiera sucedido aquello?... Si cuando su madre, una vez, dos veces, tres veces... le pedía por caridad... ¡Oh! ¡qué sordo, qué necio, qué mal hijo fué y qué mal cristiano, desoyendo los avisos que Dios le enviaba por la boca de la santa mujer!... Pensó perder el juicio con el punzante dolor de estos remordimientos, y se arrojó de la estiba gritando desconsolado:
--¡Madre mía... madre de mi alma! ¡Dónde estás? ¡Viva ó muerta, yo necesito... yo quiero hallarte!
Y corría de un lado para otro, con la vista desencajada y las manos en la cabeza, ensangrentada y desnuda.
Aunque tenía el racional convencimiento de que lo que iba buscando no podía hallarse más que en una dirección, el desventurado Pachín quería rebuscar en todas; y en todas rastreaba y corría, saltando laberintos de escombros y charcos de sangre, y miembros mutilados, y prendas de vestir con despojos palpitantes, y cadáveres de hombres. Nada le imponía ya en materia de horrores, y sobre todo pasaba insensible, más que insensible, loco, si no era prenda ó miembro que pudo pertenecer á su madre. Así entró en la zona del fango negro, cuya fetidez dió á sus sentidos la nota repulsiva que le faltaba al cuadro. Allí todo era negro, hasta los cadáveres.
Sobre uno que lo parecía, se inclinaba, hundidas las rodillas en el cieno, un sacerdote con los talares mojados y ensangrentada la faz descolorida; le exhortaba á bien morir, y le absolvía, en nombre de Dios, de todos sus pecados, redimidos con el dolor de su martirio cruento. Pachín se quedó absorto, mudo, poseído de estupor, delante de aquella escena imponente; y por un impulso irresistible de su alma fervorosa, cayó arrodillado y rezó por la de aquel hombre, que expiró con un estremecimiento.
--¡Señor, señor!--se atrevió entonces, acordándose de su madre, á preguntar al sacerdote, que empezaba á incorporarse á duras penas:--¿qué es esto, que jamás se vió en el mundo? ¿qué ha pasado por aquí?
--La ira de Dios, hijo mío,--le respondió el cura limpiándose con un pañuelo de percal la sangre del rostro que le fluía de la cabeza.
Y se fué, recogiendo los talares embarrados y andando trabajosamente, en busca de otro moribundo á quien auxiliar.
Pachín iba á lanzarse de nuevo á sus interrumpidas faenas en aquel piélago nauseabundo, cuando oyó gritos y lamentos hacia la mar y como en la dirección del barco sumergido: le parecían gritos y lamentos de mujer, y, por tanto, de su madre. No era racional que hubiera ido á parar hacia aquel lado, sino hacia el opuesto, al ocurrir la explosión; pero ¿qué contrasentido no era posible en un tan espantoso desquiciamiento de toda ley natural? Había que verlo todo y registrarlo todo, y allá se fué, entrando hasta las corvas por la charca negra, y volviendo á saltar, acelerado y anheloso, por encima de hierros, cadáveres y moribundos.
Cerca del vapor sumergido voltejeaban botes y lanchas tripulados por gentes caritativas que recogían náufragos que gastaban las últimas fuerzas en sobrenadar unos instantes más, ó agarrarse á los pilotes del muelle, ó adherirse como lapas á los peñascos de las escolleras debajo de los tableros. De hacia allí procedían los gritos; mas no de los infelices amparados de aquel modo, que ni para gritar tenían ya alientos, sino de los que, como Pachín, buscaban algo que no parecía, y lo buscaban desde lo alto de los muelles, porque por allí debía de estar, según sus cálculos, muerto ó vivo. Lo vivo era bien escaso, por desdicha; lo muerto... ¡qué manera de buscarlo! Una de las lanchas iba provista de garfios al extremo de una cuerda: se arrojaban los garfios al fondo, bogaban los remeros para que tirando de la cuerda se pudiera rastrear en él; y cuando trababan sus hierros _algo_, se detenía la lancha, se halaba poco á poco de la cuerda, y surgía, al fin, á la superficie, un cadáver... ó pedazos de cadáveres, que embarcaban en la lancha los remeros silenciosos. Y nunca salía lo que esperaban los desdichados de tierra, de cuyos pechos brotaban en cada hallazgo los alaridos de dolor que habían apartado á Pachín de sus investigaciones.
Cuando trató de volver á ellas, porque nada esperaba de las que allí se hacían, reparó que estaba á su lado un chicuelo con la escasa y fementida ropa goteando y pegada al cuerpo; el cual granuja, mirándole fijamente, le dijo sin más ni más:
--Yo vi eso.
--¿Cuál?--le preguntó Pachín.
--Lo que pasó ahí, en la mesma canal, y se tragó tanta gente... Lo vi desde aquel muelle, el del ferrocarril: yo estaba asentao en el mesmo carel. ¡Dios, qué cosa!... Había contra el casco del vapor muchas embarcaciones, y la lancha fina de las Obras del Puerto, y el _Auxiliar_ de los correos con toa la gente del _Alfonso XIII_... ¡Mucha gente, Dios!... y buena y bien prencipal, y con bien de galones y bordaos: hasta el comendante de Marina y el ingeniero de las Obras... ¡y muchos, vamos!... De repente, ¡pliinn!... ¡plaann!... ¡Me valga! y al mesmo tiempo, el agua de esa mar, ¡arriba, con _basa_ y too! y abajo, el suelo de la canal, limpio como la palma de esta mano; y en ese suelo... ¡Dios!... _rocimos_ de hombres... enteros ó descuartizaos... Y en menos de un decir «Jesús» to ello... Porque hazte tú el cargo: la mesma oleá que dejó en seco la canal, me sacó á mí por la otra banda del muelle, como sacó á otros muchos que fueron conmigo por el aire. No sé qué habrá sido de los más, porque puede que no fueran tan sanos como yo iba cuando _chaplemos_. ¡Dios, qué cole! ¡y las cosas que había en el agua cuando salí á flote!... Dispués, anadé, anadé, hasta el paredón; por él me subí... y de eso vengo... ahora mesmo. ¡Me valga!... ¡lo que se alcuentra en el camino!... ¡Pero como esto de la canal!... ¡Dios!...
--Y dime--le preguntó Pachín, que le escuchaba electrizado,--en esos racimos de la canal, ¿viste una mujer aldeana, vestida de negro, con un paraguas en la mano?
--No diré que la viera--respondió el granuja muy serio y echando las manos atrás.--Pero ¿te piensas tú que daba el tiempo pa tanto?... Por las trazas, buscas algo de esas señas. Cuando viva, ¿estaba aquí esa mujer?
--No: allá abajo...
--Pues cacia ese lao debes buscar... lo que quede de ella.
Con esto se fué el granuja á ver más de cerca las tristes maniobras que se hacían en las lanchas, y se volvió Pachín al otro mar, al de cieno, para continuar en él sus interrumpidas exploraciones.
¡Pobre muchacho! ¡Lo que él anduvo!... ¡lo que él indagó! ¡Las ansias desesperadas con que, no fiándose ya de su propia iniciativa, se unía á los grupos que buscaban heridos para socorrerlos, y se adelantaba á todos cuando la víctima era una mujer! ¡El terror santo con que recogía del suelo cada despojo, cada jirón de vestido, cada mechón de cabellos, que pudiera haber pertenecido á su madre! ¡El valor, la vida, las fuerzas que gastaba en este empeño sobrehumano, en la bárbara lucha de sus deseos voraces de encontrar lo que buscaba, con el temor horrible de hallarlo entre los muertos! Para hacer las primeras armas en las luchas de las contrariedades de la vida su corazón de niño, ¡un campo de batalla como aquél! Ni cálculos risueños, ni ideas consoladoras cabían allí, ni siquiera la consideración de que, estando vivo él, podía estarlo igualmente su madre, por lo mismo que no la hallaba ni entre los muertos ni entre los moribundos; porque la clasificación en vivos, muertos y moribundos, no era bastante para aquel cuadro excepcional: necesitaba otra _casilla_ para el renglón de los _despedazados_, cuyos eran los despojos, las entrañas, los miembros que Pachín hallaba dispersos, sembrados por toda la extensión de la llanura entre las pilas de los escombros ó revueltos con el fango negro de las escolleras. ¡Y si de las víctimas de este renglón era su madre!...
Sin embargo, llegó á ver el desdichado una chispa de luz en medio de tan densa obscuridad: oyó decir que en los primeros momentos después de la explosión, habían sido llevados muchos heridos leves, ó que lo parecían, á la casa de socorro. ¿Por qué no había de ser su madre uno de esos heridos? Pues á la casa de socorro sin parar. ¿Dónde estaba esa casa? ¿por dónde se iba? Él lo averiguaría preguntando, si no la descubría por el rastro sangriento de los infelices que iban acudiendo á ella.
Cuando salió de Maliaño en dirección á la ciudad, empezaba el crepúsculo de la tarde, plácido, tranquilo, sonriente, como si nada hubiera pasado en la tierra; como si uno de sus pedazos más hermosos y florecientes, no estuviera cubierto de luto y llorando sobre el estrago sangriento de una de las mayores catástrofes que registran los anales del mundo; y á la luz débil de aquellas horas, iba adquiriendo esplendor y señorío la del incendio de los muelles de madera, que continuaba propagándose, y se erguía resplandeciente la de otro que comenzaba en las alturas de la gran cortina de edificios que servía de fondo, por el norte, al escenario siniestro del espantoso drama.
* * * * *
Al abocar Pachín á la amplia calle por donde había de internarse en la ciudad, no pudo menos de comparar lo que iba viendo con lo que había visto tres horas antes. Entonces, hervor de gentes afanosas, contentas y engalanadas; los edificios bañados en sol, abiertos todos sus claros á la saludable alegría de la espléndida tarde; rumores de vida, cánticos del goce soberano de ella; esperanzas, ambiciones y amor logrados y satisfechos; la expresión externa, en fin, de la salud robusta de un pueblo venturoso que vive de su trabajo y va en próspera fortuna. Ahora, rostros macilentos; grupos de gentes consternadas que ni se mueven, ni hablan ni se miran; puertas entreabiertas ó desvencijadas y fuera de sus quicios; muros y aleros quebrantados; el suelo cubierto de escombros, de polvo de cristales y de aquellos hierros malditos, metralla de Lucifer y segures de tantas vidas; los ayes angustiosos del herido que pasa en brazos de la caridad; los gritos desgarradores de la madre que va en busca de su hijo, ó del hijo que vuelve sin haber hallado á su padre, y la desconfianza, el terror, la pena en las caras de los menos desventurados.
Contristábale tanto aquel espectáculo como el que dejaba atrás, y andaba, andaba, sorteando los grandes estorbos del camino... hasta que dió con uno que le llenó de espanto... ¡á él, que acababa de ver tantas cosas espantables! Era una mujer tendida en el suelo, cerca de la Pescadería, cuyos puestos estaban solos y abandonados. Aquella mujer era ya cadáver rígido; pero cadáver como él no había visto otro. Los había visto sin miembros, con la cabeza sin cara, con el tronco sin cabeza, deshechos materialmente; pero no _laminados_, como el que tenía delante, cerca de un bloque de hierro, que bien pudo ser el _laminador_... Cerró los ojos para no volver á verlo, y huyó por la ancha plaza en dirección á la Ribera.
Allí, lo mismo que lo que iba quedando á su espalda: igual aspecto, igual estrago en los edificios; los mismos grupos inmóviles, silenciosos y consternados; iguales ó parecidos escombros y proyectiles sobre la calle; los mismos lamentos, la misma desolación en todo; y como detalle sorprendente que le hizo pensar en la fuerza inconmensurable de la mina diabólica, en lo alto de la cuesta y en una de las aceras de la calle, un ancla enorme clavada entre dos losas, debajo de un balcón despedazado. En la plaza inmediata, los vecinos en medio de ella, en hábitos caseros, como si hubieran abandonado precipitadamente sus viviendas después de un terremoto y temieran su repetición.
Pachín, aldeano, inexperto y niño, no se dejaba herir de las impresiones de estas cosas más que por la conexión que tuvieran, á sus ojos, con las ideas que llevaba en el cerebro y le obligaban á andar sin punto de reposo. Por eso, cada vez que pasaba junto á un corrillo de gente, le asaltaba el mismo pensamiento: «pero, señor, ¿no habrá entre todas estas personas alguna que conozca á mi madre por haberla visto pasar conmigo esta mañana por aquí?». Y le entraban tentaciones de preguntar á cada paso si habían vuelto á verla después del estampido del vapor. Pero temiendo que no le escucharan ó que se rieran de él, se limitaba á preguntar por la casa de socorro... y así llegó á ella.
La invadía, por todos los mezquinos claros de sus dos fachadas, una multitud medio amotinada ya, porque eran muchos los heridos, poco el espacio interior y muy escasos los hombres y los recursos para curar. Pachín fué mirando una por una á todas las mujeres de la muchedumbre invasora... Ninguna de ellas era su madre. Después se dijo: «hay que entrar, ¡y entraré aunque muera en el empeño!...». Y entró al fin, ingiriéndose, deslizándose, forcejeando, oprimido, pisoteado y devorando los ayes que le arrancaba cada golpe que recibía en la herida de su cabeza... pero entró; entró, para luchar de nuevo en las angosturas de los pasadizos y encrucijadas miserables de aquel triste asilo, oprobio, por su pobreza y desamparo, de una ciudad cristiana y rica. Se ahogaba el infeliz en medio de aquella otra muchedumbre prensada entre mugrientos tabiques resquebrajados, y en una atmósfera impregnada de todas las pestilencias imaginables y de las notas aflictivas de todos los quejidos del dolor. Ni siquiera tenía la suficiente luz para orientarse en el menguado recinto. Pero por todo suplía el ardor de la fiebre que le movía y le guiaba. Así logró ver entre las tinieblas y andar á través de compactos muros de gente, y examinar uno á uno á los sanos, y á los heridos que esperaban turno para ser curados, y á los que curándose estaban, y á los que yacían en sillas, catres y rincones, muertos ya ó agonizando... hasta llegar á convencerse de que ni entre los muertos ni entre los vivos de dentro ni de fuera de la casa de socorro, estaba su madre... ¡Nada, pues, le quedaba que hacer allí!... Y ¿á dónde volver ya la consideración en busca de una esperanza siquiera?
Ni en el lugar horrendo, ni en aquella casa, ni en el camino intermedio había dado con su madre, ni entre los muertos ni entre los heridos. Estas señales bien podían serlo de que vivía; pero si vivía, seguramente habría andado buscándole á él como él la buscaba á ella; y buscándose uno á otro de esta suerte, se hubieran encontrado ya los dos.