Pachín González

Part 2

Chapter 23,637 wordsPublic domain

Andando y pensando así el hijo y siguiéndole la madre, sabe Dios con qué pensamientos, porque los tenía de todos colores la pobre mujer, pasaron de la zona antigua á la moderna, donde hasta el sol se complacía en ser más esplendente y lo bañaba todo por igual con sus rayos de oro, tan deseados y apenas vistos entre las angosturas del barrio fósil. Hasta las gentes parecían otras allí, más diligentes, más expresivas, más locuaces. Esto ya lo había notado Pachín por la mañana al verlas caminar en todas direcciones; pero le llamó bastante la atención que la actividad de por la tarde, sin ser menor que la de la mañana, se manifestaba en una forma muy distinta: casi todas las personas que iban á mucho andar, seguían una misma dirección, la de los muelles de Maliaño. ¿Por qué? Y ¿por qué cuanto más acentuaban éstas el andar, mayor era el número de las que arrastraban consigo de las otras? Era como una corriente central que iba absorbiendo poco á poco los remansos adyacentes. Pero ¿á qué fuerza de atracción obedecía todo aquel extraño movimiento? ¿Á dónde iba aquella gente tan apresurada y afanosa?

Un raquerillo desarrapado que pasó corriendo junto á Pachín, aclaró las dudas de éste, respondiendo á grito pelado, y sin detenerse, á otro camarada que le había interrogado desde lejos:

--¡Á ver un vapor que se quema atracao al tercer muelle!

--¡El vapor de esta mañana!--dijo Pachín á su madre, que se quedó en una pieza.

¡Bien enterado estaba el hombre de la posada en materias de apagar incendios en los vapores!

Sin cruzarse una palabra entre la madre y el hijo, continuaron ambos andando, ó mejor dicho, dejándose conducir como dos burbujas más en el centro de la corriente. Así llegaron á dar vista á la gran explanada donde se esparcía la muchedumbre de curiosos, sobre cuya masa, y por la línea borrosa que ésta dibujaba hacia el sur, se elevaba una columna de humo negro con toques de llamaradas rojas, que recordaba á Pachín el calero de la sierra de su lugar cuando le encendía, bien á menudo, una cuadrilla de tejeros asturianos. Al revés de lo que se observaba en los demás, la madre y el hijo acortaban el paso á medida que se aproximaban al lugar del suceso. Les imponía mucho aquel espectáculo tan nuevo para ellos, sin contar con que, como buenos aldeanos, eran tímidos y recelosos. Anduvieron de este modo un buen trecho, palpando el terreno con los pies, mirando cautelosamente en derredor y buscando siempre los espacios más abiertos y desembarazados. Pachín dirigía los rumbos, y le seguía su madre maquinalmente y como cosida á sus ropas. Así llegaron hasta las filas más avanzadas, oyendo desde allí bien claramente el siniestro resollar de la hoguera formidable, pero sin ver lo que el mozuelo deseaba por los momentáneos é intermitentes resquicios de la muralla de gente que tenía delante. Estas dificultades avivaron más sus deseos: cogió con su diestra una mano, que temblaba, de su madre, y sin apresuramientos ni violencias, se la llevó consigo, y no paró de maniobrar y de entretejerse hasta que se halló con ella delante de la primera fila de espectadores y pudo contemplar el cuadro sin estorbos. Pero como en Pachín González hasta la curiosidad era metódica, en vez de saciarla de un golpe y atropelladamente, como los glotones el hambre, quiso proceder con orden, y comenzó por averiguar, ante todo, qué barco era el que se quemaba. Cabalmente lo podía leer con suma facilidad en el tablero de popa; allí estaba su nombre estampado en letras de oro: _Cabo Machichaco_. Y el vapor era grande. Por uno y otro lado del muelle á que estaba arrimado, sobresalía un tercio del casco; y aunque era baja la marea, la cubierta del buque levantaba más que el tablero del muelle, enfrente del cual había un buen espacio despejado por la Guardia civil y la policía. La _quema_ estaba entre el palo delantero y la máquina. Por aquella escotilla, por aquel ancho agujero, salían rugientes las llamaradas entre apretadas columnas de humo denegrido y espeso. Imponía mirarlo y _oirlo_.

No podía explicarse Pachín las razones de qué había nacido la ocurrencia de tener un barco en aquellas condiciones arrimado á unos muelles de maderas embreadas y tan cercanos á la población. Pero ¡qué sabía el pobre aldeanuco de esas cosas? Cuando así se había hecho, bien hecho estaría. Por de pronto, las medidas que se tomaban para combatir el incendio no dejaban de ser una excusa muy atendible: en lo más apartado y solo de la bahía, no hubiera sido fácil luchar contra el fuego como se estaba luchando allí desde tierra y desde el barco mismo, con todos los recursos de que se podía disponer, dentro y fuera, y una voluntad y una valentía que á Pachín le tenían entusiasmado. Bomberos, marinos, paisanos de todos pelajes... de todo había en aquella legión de trabajadores, y nadie economizaba las fuerzas ni esquivaba los peligros: el agua caía á chorros en las bodegas incendiadas, y por todos los portillos de su obra muerta entraban y salían hormigueros de hombres bien organizados que ponían á salvo del incendio, sobre el muelle, cuanto podía cargarse al hombro ó sacarse entre las manos, de las cámaras del vapor: libros, cajas, muebles, ropas, aparatos náuticos, papeles y mil cosas más, cuyo destino desconocía Pachín González en su ignorancia de aldeano de tierra adentro. Por eso prestaba suma atención á lo que se hablaba á su lado; y cuando de este modo no salía de sus dudas, se atrevía á preguntárselo á algún colateral, que nunca le negaba la respuesta. Así supo que unas cuantas personas que estaban agrupadas sobre el muelle y muy cerca del vapor, eran el gobernador civil, y los ingenieros del puerto, y el comandante general, y el coronel de las fuerzas que prestaban servicio afuera con la Guardia civil, cuyo jefe estaba allí también, y el de Marina, y el alcalde... en fin, todas las autoridades de la ciudad y de su puerto; jefes y autoridades que á lo mejor desaparecían en el barco ó entre las muchedumbres, porque en nadie había allí sosiego, ni para nadie puesto fijo ni punto de reposo. Se cruzaban á gritos muchas veces, entre los del barco y los de afuera, las órdenes y las respuestas; tan á gritos, que las entendía Pachín perfectamente, y siempre parecían mayores las inquietudes en los hombres que pudieran llamarse _de casa_, con relación al barco, que en los extraños que contendían con ellos.

Entre tanto la hoguera continuaba rugiendo y devorando, sin crecer ni menguar en la apariencia, como si de los elementos mismos que contra ella se empleaban, se nutriera su voracidad. Algunas veces, sin embargo, se acentuaban los mugidos del incendio, se estremecían, alargándose, las llamaradas, y salían las columnas de humo entre guirnaldas y ramilletes de pavesas crepitantes. No parecía sino que andaba hozando algún monstruo en los profundos de aquel enorme brasero. ¡Aquel brasero! Precisamente era el tema que más daba que hablar á los curiosos inmediatos á Pachín. ¿De qué se alimentaba aquel brasero? ¿Cómo se concebía que siendo de hierro el casco del vapor, de hierro su costillaje y armadura, de hierro, según se decía, la mayor parte de la carga que contenía en la bodega incendiada, llevara ya el incendio más de cuatro horas, sin la menor señal de extinguirse, á pesar de los esfuerzos con que se le combatía?

En estas investigaciones se andaba, cuando la hoguera dió un respingo de gigante, arreciando hasta lo espantable sus mugidos; y coronada de humo más negro que la pez, que se retorcía y enroscaba sobre sí propio como una monstruosa sierpe enfurecida, se elevó en el espacio á grande altura. Fué aquello como un huracán que barrió de gente toda la planicie, con la heroica excepción de los imperturbables centinelas, á quienes el deber obligaba á permanecer en sus puestos á pie firme. Todos los curiosos huyeron á la desbandada, entre los alaridos de las mujeres y los ayes angustiosos de los niños, que rodaban por el suelo arrollados por la muchedumbre despavorida. Porque había allí niños también, ¡muchos niños! La tarde, por su templanza, serenidad y hermosura, tentaba á salir de casa; y una vez en la calle, ¿qué mejor campo de recreo que los terraplenes de Maliaño, con la golosina de un vapor ardiendo junto á ellos? Así resultó aquel sitio como el fondo de una sima que se fué tragando poco á poco toda la gente desocupada de la ciudad.

Pero el fenómeno que había producido la desbandada desapareció en breves instantes; cesaron los rugidos anormales, descendió la columna de fuego á su ordinario nivel, y volvieron á atacarla con mayores bríos los denodados trabajadores, que se habían quedado, en presencia del fenómeno, con el ánimo suspenso. Todo lo cual alentó á los fugitivos y les devolvió la tranquilidad y la confianza, fueron saliendo poco á poco de sus refugios y escondrijos, y avanzando en masas y en hileras hasta el lugar que les atraía con una fuerza irresistible; y cuando á él llegaron, ya estaba delante de todos Pachín González con su madre, pálida, temblorosa y sin pulsos, que le pedía, por todos los santos y santas del cielo, que la sacara de allí, donde no podía suceder cosa buena. Además, la tarde iba corriendo demasiado, y no les quedaría, dentro de poco, el tiempo que necesitaban para lo que tenían que hacer en el otro vapor, en el _suyo_. Á todo ello respondía Pachín con muy buenas y muy cariñosas razones; pero no raía de allí: le tenía fascinado aquel espectáculo, y no quería perderle de vista hasta ver en qué paraba. Cabalmente llegaba en aquel momento al costado del vapor otro pequeñito y negro, con gente de uniforme á su bordo, y oía él decir que eran el capitán, oficiales y parte de la tripulación del _Alfonso XIII_, del vapor-correo, el de los cuatro palos, fondeado en la embocadura de San Martín. Pues aquella gente tan marcial y tan gallarda, con la multitud de aparatos que traía consigo, no vendría al buque incendiado á humo de pajas. Le pidió á su madre media hora siquiera para ver los resultados que daba aquel importante refuerzo, y no supo negársela la pobre mujer.

Desde el momento de la dispersión tumultuosa, no había pasado uno solo sin que Pachín oyera hablar á su lado de las causas probables de aquel inesperado é instantáneo embravecimiento de la fogata, y de lo mismo continuaba hablándose junto á él á la vuelta de las oleadas de dispersos. También observó que por un buen rato después de aquel alarmante caso, hubo menos tranquilidad en los espectadores, él inclusive. Dominaba la creencia de que había en la bodega incendiada líquidos y materias inflamables en abundancia: latas de petróleo, por lo menos. No podían ser de otro origen aquellas tremebundas llamaradas de antes, cuya humera apestaba «á demonios chamuscados».

Hablándose de esto, fué cuando llegó por primera vez en aquella tarde á los oídos de Pachín, la palabra _dinamita_. ¡La dinamita! Bien sabía él lo que era: cansado estaba de verla usar en unas canteras de su pueblo. Con un cartucho solo de dinamita, se hacía rajas un peñasco más grande que la Catedral. ¡Y se daba en su derredor, como noticia comprobada recientemente, la de que en las bodegas del vapor incendiado venían centenares de cajas de dinamita. ¡Imposible! Cuando menos, debían saberlo los de á bordo; y sabiéndolo, ¿cómo habían tenido entrañas para dejar arrimado á la ciudad tan espantoso peligro, pudiendo llevarle mar afuera? Era esta reflexión tan humana y de buen sentido, que á Pachín le bastó para no dar crédito á los alarmantes rumores, como no se le daba la muchedumbre que continuaba creciendo y desparramándose tranquila y descuidadamente en todas direcciones, desde la estación del ferrocarril de Solares, hasta los últimos muelles de las escolleras.

Pero donde estaba la mayor espesura, la gran masa de gente, era en los contornos de los tres lados del vasto rectángulo, cuyo centro ocupaba el vapor que ardía; rectángulo formado por el muelle longitudinal y otros dos salientes y perpendiculares á él, y la línea exterior de embarcaciones de todas castas y tamaños, unas fondeadas allí, y otras recién llegadas en auxilio del vapor.

De toda la masa de espectadores, lo más curioso para Pachín era la primera fila de ellos, sentados al borde de los tres muelles y con las piernas colgando. La mayor parte de este apretado festón se componía de chicuelos de la hampa de la ciudad, «chicos de la calle», sin apego al hogar (los que le tienen) y á toda casta de disciplinas, las del maestro de escuela en particular; vagabundos empedernidos por las intemperies y los vicios precoces, y para los cuales un espectáculo como aquél, tan imponente y duradero, es un manantial inagotable de regocijos, y además «de ellos» y «para ellos», que no tienen otros que los de la vía pública, y de balde. Agitando las desnudas piernas sin cesar, parecían éstas los flecos de una colgadura de balcón movidos por el aire; porque la colgadura, con relación á estos adornos flotantes, la fingían bastante bien las apretadas hileras de gente que se escalonaba detrás, levantándose sobre las puntas de los pies ó encaramada en las grúas, ó en las estibas de tablones, ó sobre las pilas de grava del arrecife inmediato. En miles calculaba Pachín las personas de que se componía esta gran muralla, coronada á trechos por las rizosas cabecitas de los niños, alzados en hombros de sus _zagalas_ para ver «la quema», una vez sola y á su gusto.

Detrás de la muralla había otra muchedumbre, pero errabunda y dispersa, con la atención repartida entre las peripecias del incendio, las hipótesis de sus motivos y los encantos del paseo en un lugar tan animado y á la luz esplendorosa y tibia de la tarde otoñal más apacible que pudiera apetecerse... En suma: que por ninguno de los términos del cuadro que dominaba Pachín desde su sitio, volviendo la cabeza á diestro y siniestro, ó empinándose sobre los pies cuando miraba hacia atrás, veía señales de temor al denunciado y formidable enemigo; al contrario, todo en su derredor y al alcance de su vista revelaba el más profundo descuido: hasta las palpitaciones y respingos de la fogata, por repetirse á menudo, habían dejado de ser temibles y empezaban á ser divertidos; al borde del muelle, junto al vapor mismo que se quemaba, el corrillo de autoridades departiendo con la mayor tranquilidad, y voltejeando á pocas varas del buque, embarcaciones atestadas de gente que no hacía falta ninguna allí. Se había visto poco antes sacar del barco varias cajas; apilarlas una por una y con gran tiento en el sitio más despejado del tablero; llegar después un carro de bueyes, cargar las cajas en él y llevarlas así, pero con mucho cuidado y custodiadas por dos policías, en dirección á las afueras de la ciudad; y, por último, había corrido la voz de que aquellas cajas eran _la única_ dinamita que conducía el barco en sus bodegas.

--Todos teníamos un poco de razón--se dijo entonces Pachín, como se dijeron cientos, miles de personas tan interesadas como él en aquel delicado particular.--Había _un poco_ de dinamita: se ha sacado, y en paz.

De esta sesuda reflexión había nacido la tranquilidad absoluta en que descansaban hasta los más recelosos; y en medio de ella continuó el incendio largo, larguísimo rato, dando que mirar á los incansables espectadores, y mucho, muchísimo que hacer á los que llevaban horas y horas combatiéndole sin fruto y sin descanso.

La pobre viuda aldeana, cuyos terrores habían ido trocándose poco á poco en indiferencia y después en cansancio, no sabía ya sobre qué pie sostenerse, y eso que se apuntalaba con el paraguas; y volvía á pedir por Dios á su hijo que la sacara de allí: aquello no llevaba trazas de rematarse ni de pasar _á mayores_; ella no podía ya con el cuerpo; habían dado las cuatro en el reló de la Catedral, y se iba acabando la tarde sin hacer los dos lo que tenían que hacer en el _su_ barco, que era urgente y de importancia.

--La pura verdad, la pura verdad,--respondía Pachín á su madre, pero sin moverse del sitio ni apartar los ojos del incendio, en cuyo derredor, lo mismo que sobre el puente y en los portillos de la obra muerta, acababa de notarse un desusado movimiento entre las personas que allí mandaban y servían.

Al cabo, también esto perdió el interés por lo continuo y duradero; llegó á cansarse de veras Pachín, y dijo de pronto á la entumecida y buena mujer, precisamente en el instante en que el reló de la Catedral daba las cuatro y media:

--Vámonos, madre, y antes con antes, al _nuestro_ barco, porque _lo_ de éste ya dió de sí todo lo que tenía que dar.

Dicho esto, cogió de un brazo á su madre, y sin soltarla, abrió brecha en el muro de gente por el intersticio más próximo, y pasó á la otra parte, desde la cual, y no bien puso los pies en ella, oyó un golpeteo, como de grandes martillazos sobre láminas de hierro. Detúvose á recoger unos rumores que venían de hacia el sitio mismo que él había abandonado, y averiguó por ellos que se intentaba, como último y supremo recurso adoptado por los hombres que lo entendían, abrir un boquete en el casco del vapor para echarle á pique y apagar el incendio de un solo golpe.

--Hay que ver eso, madre--dijo entonces Pachín,--porque ha de ser cosa de verse y de poca espera.

Arguyóle en contra su madre, y hasta duramente; pero no le convenció. Lejos de ello, sin soltarla de la mano ni replicar una palabra, intentó atravesar de nuevo el muro de gente para volver á la primera fila; pero hallándola demasiado compacta y resistente, desistió de su empeño; volvió entonces los ojos en derredor, descubrió una estiba de maderos que tenía _plazas_ desocupadas, corrió hacia allá, ocupó una de ellas y brindó con otra á su madre, que prefirió quedarse abajo, de pie y refunfuñando.

Desde aquel pedestal dominaba Pachín el espectáculo á todo su gusto, porque sin el menor esfuerzo veía, no solamente el barco, sino la muchedumbre que llenaba el escenario vastísimo de aquel drama que parecía no tener fin, como la paciencia de sus espectadores, en los cuales crecía la curiosidad á medida que continuaban los martillazos en el vapor, cuya sumersión se aguardaba de un instante á otro. Pero pasaban los minutos, y el barco no se iba á pique, y hasta se amortiguaba el martilleo, del que llegó á parecer un eco el tintinar de la campana de un tren de pasajeros que arrancaba lentamente de la estación de Solares.

Con estas dilaciones y con acreditarse el rumor de que se había abandonado el intento de echar el barco á pique, se le acabó al fin la paciencia á Pachín González; enderezóse de pronto como si le hubieran dado el impulso las campanadas del tren, que ya sonaban á su espalda; bajó el primer escalón de la tosca gradería, y dijo mientras se disponía á dar un brinco para saltar de una vez:

--Tenía usté razón, madre: esto no se acaba. Vám...

Lo que cortó la palabra en la boca de Pachín, y la respiración en sus pulmones, y hasta el circular de la sangre en sus arterias, no tiene nombre en ninguna lengua conocida. En la pobre fantasía de los hombres no hay término de comparación para el sonar de aquellos dos estallidos, casi simultáneos; para aquel cráter horrible que se abrió con ellos; para aquella inmensa columna de fuego que se elevó al espacio y en cuya cima humeante flotaban, entre denegridas espirales, cuerpos humanos; para aquella infernal metralla de candentes y retorcidos hierros que vomitaron los senos del vapor entre infectas oleadas de cieno del fondo de la mar, sobre las apiñadas, desprevenidas é indefensas multitudes; para el color extraño de aquella luz que se enseñoreó del aire, empañando la del sol que corría á precipitarse en el ocaso como si huyera de alumbrar tantos desastres acumulados en tan reducido lugar y en tan breve tiempo.

De nada de ello se dió Pachín cuenta cabal. Se sintió de pronto como invadido de una pesadilla, y soñó que salía volando de la pila de maderos, y que, volando á flor de tierra, con velocidad y fuerza prodigiosas, iba arrollando con su propio cuerpo, pero sin tocar en ellas, masas de gentes que se inclinaban y caían á su paso, como al del vendaval enfurecido los verdes maizales en las mieses de su aldea.

* * * * *

Al despertar de aquel sueño, ó lo que fuera, no supo explicarse por qué estaba él tendido á la larga entre un carro hecho astillas y un caballejo perniquebrado y expirante. Le faltaba casi en absoluto la memoria: no conservaba en ella otro recuerdo que el de un «tronido» muy fuerte y el de una llamarada tremebunda. ¿Cuánto tiempo llevaba en aquel sitio y de aquel modo? ¿Un minuto, una hora, meses, años? ¿Había nacido allí mismo y para aquello solo? Sentía gran quebranto en su cuerpo, dolor agudo en algunas coyunturas, y escozor vivo en el cogote. Maquinalmente, y no sin dificultades, se incorporó, y también maquinalmente se llevó las manos á la cabeza, porque en su nueva postura se le desvanecía algo. Al retirarlas después, las vió teñidas de sangre, y había también un charco de ella á su lado, charco que se alimentaba con la del perniquebrado caballejo que espiraba entre convulsiones y quejidos. Al enterarse de ello Pachín, descubrió su vista azorada, un poco más allá del caballo, un hombre tendido en el suelo, con la boca contraída y muy abierta, los ojos encandilados, y ceniciento el color de la faz; tenía un brazo de menos y una pierna destrozada. Esta visión produjo en el pobre chico un sacudimiento feroz, instantáneo; quiso huir de allí, por instintivo terror, y para suplir la agilidad que le faltaba y levantarse pronto, se agarró con la diestra mano á una de las curvas espirales de una larga pieza de hierro que había entre él y las astillas del carro; pero no bien lo hubo hecho, cuando lanzó un grito de dolor, retirando la mano y levantándose de un brinco por su propio esfuerzo. Aquel hierro abrasaba.