Pachín González

Part 12

Chapter 124,075 wordsPublic domain

Al fin llegamos á la estación de T..., donde quedó casi desocupado el tren, que era, según la jerga de la compañía, _corto_, es decir, de los que no pasan de los límites de la provincia, con un andar de carromato. Por eso invirtió dos horas en un trayecto de cuatro leguas; y cuando llegamos á su término, se había elevado el sol por encima de los montes; y desde un cielo limpio, azul, barrido de toda señal de nube, alumbraba con su luz esplendorosa cuanto abarcaba la vista desde aquellas alturas: uno de los panoramas más hermosos que pueden admirarse en la montaña, la tierra de las grandes maravillas de la naturaleza. El coche en que iba el reo había quedado fuera del andén contiguo á la estación y enfrente de un jardincillo muy cercano de ella; y no hubo viajero que no desfilara por delante de él antes de entregar su billete en la puerta de salida. Esta peregrinación, que tenía no poco de solemne, duró algunos minutos. Yo no tomé parte en ella porque me reservaba para ver á mi hombre fuera del carruaje... como le vi poco después.

No sé cuándo ni cómo bajó ó le bajaron, porque, al volverme hacia aquel lado en uno de los maquinales paseos que me daba por delante del coche en que había llegado yo, toparon mis ojos con él, encarado á mí, de pie y como clavado en el suelo, como tronco de árbol desmochado que hubiera nacido allí: fijo, inmóvil, en una actitud y con una expresión en la cara imposibles de olvidar. Le daba el sol un poco de soslayo; y sobre el suelo arenoso, casi dorado, en que se alzaba la masa negra de su cuerpo, se dibujaba su sombra, que iba á perderse entre la hojarasca verde y las flores olorosas del jardín. Los cuatro guardias iban y venían y andaban á su lado de acá para allá; y no faltaban curiosos, como yo, que le contemplaban desde cierta distancia respetuosa; pero de nada de ello parecía enterarse él, cuya mirada, profundamente melancólica, se desvanecía en lo invisible... Ni un gesto; ni la contracción más ligera de un músculo de su cara lívida, algo inclinada al pecho; ni la más leve señal de que latiera la sangre en sus arterias. Era la verdadera estatua del desconsuelo, de las grandes melancolías, del mayor de los desamparos. En esto cayó á sus pies un saco á medio henchir, con la boca amarrada con un cordel. Era su _petate_: los cuatro guiñapos de su equipo. Tampoco se fijó en ello. ¿Para qué, ni aunque el saco hubiera estado lleno de perlas y diamantes? Porque era indudable que aquel hombre conocía entonces la terrible verdad, ó por habérsela revelado en el camino indiscreciones como la del muchacho de marras, ó porque la adivinaba ó la presentía. Era incompatible con la menor esperanza de vivir, aquélla su imponente expresión de desconsuelo: sólo la certeza de que le conducían á la muerte, y en un cadalso afrentoso, podía imprimir en su naturaleza medio salvaje aquel sello de acerbísimo dolor moral, devorado por la conciencia de merecerle... Y en derredor del desdichado, como dispuesto por la crueldad de su mala fortuna, si es que no lo disponía la justicia de Dios para mayor castigo suyo, ¡qué espectáculo! Nunca he pasado por allí sin detenerme largo rato para dársele á mis ojos por recreo; pero no recuerdo haberle visto jamás tan admirable como le vi en aquella tan señalada ocasión; y es que rara vez se logran, en esta tierra de los celajes grises y de los húmedos vendavales, un cielo tan limpio, tan azul; un sol tan vivo y resplandeciente, y una tranquilidad y un reposo en la naturaleza, como aquel día. Abajo, en el llano, empalmando con el breve recuesto que da acceso á la estación, el largo arrecife entre alamedas, robledales, praderas y caseríos; más allá, al fin de la alameda, la masa roja de los primeros tejados de la villa que da nombre á la estación, la segunda capital de la montaña, no sólo por su riqueza, sino por su hermosura: la reina y la señora de la admirable vega, en uno de cuyos contornos asienta el trono de su señorío; después de la vega, que se pierde de vista á derecha é izquierda entre montes y cerros, la cuenca del río entoldada de espesa vegetación, entre la cual se destacan las notas blancas de los pueblecillos ribereños; luego otro valle, más bien adivinado que visto á través de las manchas diáfanas del arbolado desnudo y de las veladuras del humo blanquecino arrojado en espirales por las chimeneas de las barriadas; y á un lado y á otro de estos valles deliciosos, más sierras y más montes escalonados y sarpullidos de aldehuelas... hasta que termina y cierra el panorama por aquel extremo un monte pedregoso que sirve de barrera, por el norte, á las aguas inquietas del océano, y por el oeste, erguidos sobre una gradería de altos y negros montes, los dos colosos de la cordillera cantábrica: Peña Sagra y los Picos de Europa, ya cubiertos de nieve, iluminados de frente por el sol y recortando los gallardos florones de su corona con el intenso azul del cielo.

Pues en este espectáculo, siempre nuevo y admirable para mí, hallaba yo aquella mañana un atractivo singular que, en definitiva, me mortificaba mucho: por de pronto, el contraste que formaba su hermosura, convidando á regocijarse y á vivir, con el estado moral de aquel hombre que le tenía tan cerca, sin reparar en él, ó sin atreverse á mirarle; pero singularmente porque en lo más grandioso del cuadro, en uno de los repliegues de la falda de los Picos, estaba el término de su viaje: allí había nacido, allí había cometido el crimen, y allí había de expiarle por la mano del verdugo. Por embrutecido que tuviera el entendimiento, era imposible que no le hubieran entrado en él estas reflexiones al fijar la vista un instante en aquel lado del panorama, ó al saber que, desde el punto en que se hallaba, le tenía delante de los ojos; y á poco que se le fueran eslabonando las ideas en el cerebro, había de asaltarle la visión de su hogar y de los seres que le habitaban; pensaría que eran sabedores de su viaje y de lo que había de acontecerle en cuanto le terminara, y los vería á todos huyendo en busca de un escondite fuera del lugar: un agujero, una caverna en el monte, para ocultarse y morir allí de dolor y de vergüenza. Si no pensó entonces de este modo aquel criminal, yo lo leí en su cara, cuya expresión se acomodaba exactamente á estos pensamientos; y por eso, por lo que padecería él pensando de ese modo, padecía yo al poner los ojos en lo que tantas veces me los había recreado; y hubiera preferido á aquella luz tan brillante, á aquella augusta placidez de la naturaleza, á aquellos aromas vivificantes de la húmeda tierra acariciada por el sol, á aquel cuadro, en fin, tan despertador de todos los alicientes más nobles de la vida, un día ceniciento y borrrascoso, de los que menos influyen en las imaginaciones adormiladas y en los entendimientos incultos. ¿Quién duda del poder que ejercen los agentes externos en el ánimo de ciertos hombres... y aun en el de toda casta de ellos?...

Andando en estas y otras meditaciones análogas, y sin apartar la vista del reo, que tan profundamente me iba contaminando de sus tristezas, enderezóse de pronto, como si saliera de un letargo, y, al mandato de los guardias que le custodiaban, rompió su marcha con paso firme hacia la puerta de salida, á la cual me acerqué yo para verle más de cerca.

Fuera ya de la estación, no le condujeron por la carretera que de ella arranca en dos ramales curvos, sino á campo travieso por el serrato intermedio, que entonces estaba en abertal. Desde mi observatorio le vi bajar á buen paso y saltando matorros alguna vez, y le seguí con la vista hasta que desapareció entre los edificios y bardales del entrellano. Entonces recordé que me esperaba el carruaje; monté en él, con el pensamiento fijo tenazmente en aquel desdichado; y al cabo de media hora llegué á mi casa, sin perder la visión del criminal con las manos atadas, pálido y angustiado el semblante, y de pie é inmóvil entre el jardincillo de la estación y el tren que nos había conducido á los dos.

¡Cosa rara! Desde que supe que viajaba con él hasta que desapareció de mi vista en el camino de T..., ni una vez sola puse la consideración en el crimen que había cometido: siempre fueron sentimientos de lástima los que me inspiraron su recuerdo ó su presencia. El corazón humano es así, más propenso á compadecerse que á castigar delante de un delincuente arrepentido. Y lo cierto es que en la necesidad de que flaquee en algún sentido: ese órgano, que, en opinión de un grande hombre que fué á la vez un gran tirano, es el que gobierna el mundo, más vale que flaquee de ese lado. Digo esto, porque precisamente por ello, ó por algo semejante, comencé yo, al cabo de algunas horas y en las soledades de mi huerto, á ingerirme en otro orden de ideas para descargar el espíritu de aquella fatigosa obsesión compasiva.

¿Merece ese hombre--llegué á preguntarme,--los malos ratos que me está dando? ¿Puede concebirse nada más abominable ni más merecedor del castigo que le aguarda, que el crimen que cometió? Bien está la misericordia, y hasta es de ley divina en todo corazón cristiano; pero ¿y la justicia? ¿y aquella pobre víctima tan bárbaramente sacrificada? ¿y aquella alevosía y aquella ferocidad más propias de un tigre que de un hombre? ¿Qué derecho tiene á la vida el que mata á sangre fría y por lujo de maldad? ¿No se persigue hasta el exterminio á las fieras que hacen eso? ¿Y no son fieras los hombres en tales casos? ¿Y la ejemplaridad del patíbulo, y...? En fin, que insensiblemente me fuí colando en las sinuosidades de la sempiterna disputa sobre la pena de muerte, cosa que no era de mi gusto, y por eso torcí de rumbo en cuanto caí en ello; porque lo que yo necesitaba entonces con urgencia no había de hallarlo entre la seca y fría argumentación del raciocinio, sino en las fuentes espontáneas y generosas del sentimiento. Con esta bien fundada esperanza, me puse á reconstruir en la imaginación el crimen _de autos_, tal como le conservaba en la memoria, y constaba en ellos bien comprobado y hasta referido por el mismo criminal.

Cierto día, un convecino suyo, hombre ya muy entrado en años y padre de varios hijos, fué á vender no sé qué frutos en su carro de bueyes á una feria que se celebraba en otro pueblo de la misma comarca. Un camino solitario y muy _asomado_ con frecuencia á grandes precipicios, separaba á los dos pueblos. De vuelta de la feria este hombre, al anochecer y con el carro vacío, le salió al encuentro, en uno de los parajes más desamparados del camino, el mocetón de mi historia, su amigo y convecino, nunca sospechoso á nadie, y muy á menudo objeto de las zumbas de muchos, porque, si pecaba de algo, era de bobalicón y de zángano. El caso fué que los dos convecinos se saludaron á su modo, y hasta empezaron á entrar en conversación, á carro parado. De pronto el mozallón descarga un tremendo garrotazo en la cabeza del feriante y le tiende en el suelo, donde acaba su labor machacándole el cráneo con dos piedras. Después le registra los bolsillos; encuentra en uno de ellos el puñado de dinero que le había valido «su pobreza», y, por último, arroja el cadáver, sangriento y palpitante aún, al precipicio inmediato. En seguida se encarama en la _pértiga_ del carro, husmea y rebusca con los ojos y las manos entre la hierba esparcida sobre el tablero, y no halla otra cosa que los restos de la merienda de su víctima: unos míseros fiambres y unos mendrugos de pan envueltos en un pañuelo; apodérase también de estos relieves mezquinos, y se los come tranquilamente, sentado, á su comodidad, en la rabera de la _pértiga_. Cuando no queda ni una hebra ni una miga de todo ello, se endereza, arrea á los bueyes para arrimar al _asomo_ el carro; y después que lo ha conseguido, aplica á la rueda del otro lado todas las fuerzas de su corpazo, y le vuelca sobre el precipicio. Con esta precaución, considera borradas las huellas de su crimen. Un carretero despeñado en el fondo de un derrumbadero, y su carro volcado en lo alto y pendiente del yugo de los bueyes parados á la orilla, no son cosa del otro jueves en aquellas regiones escabrosas: el espanto repentino de una bestia, yendo dormido su conductor, basta y sobra para ocasionar una desgracia semejante. Y con esto se volvió, libre de toda intranquilidad y de toda pena, á su pueblo y á su casa.

¿Cuándo ni por qué había surgido en su mollera brutal el pensamiento de aquella salvajada espantosa? Porque tras de no tener agravio alguno que vengar en su infortunado convecino, no ignoraba el escaso valor de lo que éste había ido á vender, ni tenía la menor necesidad de apoderarse de ello, porque era hijo de familia y no carecía de lo indispensable en su casa. ¡Temeroso misterio, bien digno, ciertamente, de ejercitar en él todas sus fuerzas inductivas esos señores que tanto saben de pesos y medidas de cuerdos y desequilibrados! Á mí nada se me alcanzaba en tan abstrusa materia, y todo me volvía buscar términos de comparación fuera de la especie humana, porque dentro de ella no recordaba uno solo.

¡Pues ni por ésas! El horror de estas cosas, la impresión de estos recuerdos, aunque templaron en mi fantasía el colorido deslumbrador de los otros, al fin y al cabo la máquina de mis reflexiones fué haciendo insensiblemente un cambio de dirección, y volvió á encajarme en la memoria el suceso más reciente, la figura patibularia del hombre melancólico, con la cabeza inclinada, inmóvil y como clavado en el suelo, con el mísero _petate_ á sus pies, inundado por la luz del sol, como para hacer más patente su vergüenza y su ignominia. Era mucho más _sugestivo_ aquel cuadro para mí, que la corriente profunda, que la mar en calma y que el bosque silencioso; era un libro cerrado en que, indudablemente, había mucho que leer. Y empeñado en leerle, volvía á buscarle con el pensamiento al punto en que le habían perdido de vista mis ojos; y le vi siguiendo el arrecife hacia la villa, entre el horror y la compasión de los transeuntes que se cruzaban con él; acomodarse; es decir, dejar que le acomodaran en el vehículo que había de conducirle hasta _allá_, porque ya no tenía derecho á desear ni á pedir cosa alguna: era una propiedad de la ley, del verdugo; dejando atrás valles, pueblos y santuarios, por donde tantas y tantas veces habría pasado libre y señor de sí mismo; contando cada trozo de camino andado, con la congoja del avariento forzado á entregar uno á uno, al ladrón que le sorprende, los cartuchos de las monedas de su tesoro; viendo, por término de su jornada, el cuadro aterrador de su propio suplicio, y, lo que sería más angustioso que la visión de la hopa y del garrote, la del pobre labriego, honrado hasta aquel día, hundiendo en el polvo su cabeza y maldiciendo la hora en que tal monstruo fué engendrado.

Aquí se detuvo la máquina de mis reflexiones, y ya no fué el hijo el tema principal de las que fuí acumulando en mi cerebro, sino el padre, el hombre de bien, el honrado campesino; y después el pueblo entero, cerrando puertas y ventanas mientras se alzaba el patíbulo afrentoso y se congregaban al pie de él las multitudes extrañas que descendían en hileras por todos los senderos de los montes inmediatos. ¡Día de espanto y de vergüenza para un pueblo montañés, cristiano y laborioso!

De esta casta fueron mis pensamientos mientras volvía á la ciudad aquella misma tarde y durante las primeras horas de la noche, y creo no mentir si afirmo que también mientras dormía. Yo no sé cuántos de aquellos fatídicos cuadros vi y tracé entonces, pensando, hablando y soñando.

De boca de los que oían mis relatos y comentos, y llegaron á calificar de _chifladura_ mis preocupaciones, supe que se había intentado nuevamente el indulto, aprovechando la ocasión de no sé qué aniversario, muy próximo ya, obra de dos ó tres días, y que, con objeto de que no pudiera ser ejecutado el reo antes de esa fecha, se había ordenado que no utilizara el piquete el ferrocarril hasta T..., y se fuera por la carretera á pie y en tres jornadas. Para dar cumplimiento á esta orden, había salido por la mañana. «¡Dios haga que tan caritativos propósitos se realicen!»--me dije, acordándome entonces, más que del reo, de su infeliz padre, fugitivo quizás á aquellas horas por los riscos y quebradas del monte.

El día siguiente á aquél tan risueño y esplendoroso, amaneció invernizo, destemplado y como los más crudos del invierno montañés: nevó por la tarde, y continuó nevando por la noche; y cuando el nuevo sol alumbró la tierra de este pedacito de mundo, había sobre ella una nevada de más de un palmo de espesor: eso en los valles. ¿Qué menos de una vara en las alturas? Y así fué; con lo cual el piquete no pudo pasar de las gargantas del Deva, y en un pueblo de ellas estuvo detenido dos días.

Llegó en tanto el del aniversario palatino; se concedió el indulto solicitado; salió el reo de la capilla en que ya le habían metido, y con ello sentí yo que me aliviaba el espíritu de un gran peso.

Pero ¿qué efecto había causado _allá_ el indulto? ¿En qué forma había manifestado el reo su natural regocijo? ¿Llorando, rezando?... ¿Y su padre? ¿Quién fué á buscarle al monte para enterarle de la buena nueva? ¿Le habían hallado vivo en su escondite? ¿Le quedaba, en caso de vivir, algún lado sensible en su ser moral, tan macerado por la crueldad de su dolor? ¿Se le había podido convencer de que no es lo mismo tener un hijo criminal, que ser padre de un criminal ajusticiado, porque, más que en el crimen cometido, está la ignominia en el patíbulo en que se expía? ¿Se había logrado reducirle á que volviera al pueblo y á su casa, en la que quizás hallaría ya á su familia llorando de gratitud y alabando á Dios por la merced recibida? ¿Vería á su hijo después? ¿Cómo sería aquella escena entre ambos?...

No caben en números las reflexiones de este género que me hice durante aquel día y el siguiente, porque es la pura verdad que, al curarme de una gran preocupación el suceso del indulto, me había metido en otra no tan desagradable como ella, pero, en cambio, mucho más vehemente.

Al fin se franquearon las comunicaciones entre P... y la capital, y publicó un periódico de ésta una correspondencia de _allá_, recibida por el último correo. Según ella, los primeros efectos del perdón dieron motivo á una escena singularísima entre el reo y el verdugo. Éste afirmó, entre chanzas y veras, que el pescuezo del otro era, de los ya «metidos en capilla», el primero que _le fallaba_ desde que ejercía _la profesión_. Y ¡qué pescuezo!... Y de aquí el palpársele y el medírsele con ambas manos, y el apretarle el gañote con los dedos, y el reirse el otro bestia para celebrar la farsa, y el sacar la lengua y temblar de pie y mano, y hacer toda casta de visajes para remedar á un ajusticiado; y hasta el entrar en ganas de conocer _la herramienta_ y su modo de funcionar; y el apoyarle en la brutal demanda los espectadores de la escena y, por último, el prestarse á ello el verdugo y dar allí mismo una larga _conferencia_ sobre el manejo del tornillo y de la argolla, sirviéndole de modelo _ajusticiable_ su propia víctima _fracasada_.

Se me cayó el periódico de las manos, y no quise leer más ni meditar sobre lo leído, por no mezclar las tintas del nuevo cuadro con el recuerdo del otro, del hombre melancólico de la estación de T..., y mucho menos con el de su padre, el infeliz, el sencillo, el honrado labriego que volvería á ponerse á punto de morir de indignación y de vergüenza si se enteraba de aquella infame comedia representada en la cárcel de P...

Pasaron unos cuantos días, y con ellos se fué borrando en mi memoria lo más saliente de los recuerdos del hijo; pero no me sucedió lo mismo con los trazos de la imagen que yo había formado de su padre: nada más venerando para mí que la vejez de un pobre honrado, abatido por las pesadumbres; y en este concepto, lejos de achicárseme la idea de aquel viejo campesino cristalizada en mi cerebro, se iba agrandando á medida que pensaba en él, y pensaba muy á menudo.

Un día, cuando aún se hablaba mucho de los sucesos referidos, oí llamar á la puerta de mi casa, y se me dijo que preguntaba por mí «un aldeano ya _de edad_».

--¿Cómo se llama?--pregunté yo á mi vez y sin gran curiosidad, porque á las visitas de este linaje estoy bien acostumbrado.

--Dice que es el padre del reo de P...

--¡El padre del reo de P...!--exclamé estremeciéndome.--Y ¿para qué pregunta por mí? ¿Qué se le ocurre á ese buen hombre?--añadí muy dispuesto á mandarle entrar para conocerle y echar un párrafo con él.

--Ya se lo he preguntado, y me ha respondido que «á ver si le da usted algo...».

--¿Algo de qué?

--De dinero... de limosna...

--¿Á qué santo?

--Pues también me lo ha dicho: á santo de que es «el padre del reo de P...». Por lo visto, anda así de puerta en puerta.

Algo como luz de pajuela que alumbraba en un rinconcito de mi cerebro á una figura de patriarca venerable, se apagó de repente, dejando á obscuras el _santo_ y la hornacina.

--¡Dile que no estoy en casa!--respondí con intención de que lo oyera el postulante.

«¡El padre del reo de P...!» ó como si dijéramos, el verdadero, el auténtico delfín de Francia.

¡El bendito de Dios se había dedicado á explotar de aquel modo la negra fama de su hijo!

No hago comentarios, lector pío y justiciero: hazlos tú si gustas y eres de esos ya citados linces que se pasan la vida aquilatando cerebros y corazones, para distinguir entre cuerdos, imbéciles y desequilibrados; en la seguridad de que todo lo referido en estas cuartillas es exacto y rigurosamente cierto, y de fecha no remota.

1898.

[Ilustración]

LA LIMA DE LOS DESEOS APUNTES DE MI CARTERA

[Ilustración]

LA LIMA DE LOS DESEOS APUNTES DE MI CARTERA

Apenas un asomo de razón iluminó las obscuridades de su cerebro, ya vieron sus ojos obstáculos mortificantes, y sintió en su corazón el ansia de librarse de ellos. El silabario fué su pesadilla, porque envidiaba á los que leían «en _Fleury_» y escribían «de palotes»; llegó á hacerlos, y le desazonaba la experta mano que guiaba á la suya, débil y torpe; escribió solo, y maldijo del método que le obligaba á trazar las letras á pulso entre líneas paralelas; escribió después libre y suelto sobre la blanca superficie del papel, y le quitaron el sueño las lecciones de memoria, los primeros problemas de la Aritmética, la vigilancia de la niñera que le acompañaba en sus ratos de huelga en plazas y paseos; y deseó con ansia llegar á esa edad en que termina la fastidiosa tutela de los rodrigones, y comienza el niño á campar por sus respetos.

También llegó pronto esa edad, porque el tiempo vuela; y le cambiaron los bombachos cortos por los calzones de largas perneras, la holgada blusa por la tirana chaqueta, y el birretillo gracioso por el empedernido sombrero; atáronle con una correa muchos libros, en latín los más divertidos de ellos, imponiéndosele la obligación de estudiar un poco de cada cosa todos los días, bajo la férula de otros tantos profesores, á cual más huraño y desabrido; y desde aquel momento empezó á envidiar la suerte del estudiante de Universidad, que no necesitaba esclavizar los bríos de su temperamento á la engorrosa é inalterable ley de los _declinados_ y de las conjugaciones; que era mozo con barbas y fumaba sin esconder el cigarrillo tras de cada chupada; que vestía como un caballero, viajaba solo y vivía en completa libertad. Entre tanto, cada hora de cátedra le parecía un año de cadena, cada examen le ponía fuera de quicio, y el peso de las lecciones pendientes le amargaban los pocos ratos que le quedaban libres para jugar al bote en las aceras y al marro en las plazas públicas.