Part 11
¡Ajo... los pillos! (¡Pum!) el saqueo del probe... (¡Pum, pum!) con zumba y vilipendio á más que más, ¡cutres!... (¡Pum... pum!) No me engañaba _Güétagos_, no. (¡Pum, pum!) ¡Ajo, qué razón tenía!... unos apañando... otros encubridores. ¡Pior que los del pelo rojo, esos herejes del tren! ¡Cutres, qué ladronera! (¡Pummm!) ¡Mal rayo... por los riñones! ¡Ajo! (¡Pummm!)
Hasta que salió á la calle no cerró boca ni yo dejé de oirle. Pero ¡con qué gusto mío, porque se largaba y me dejaba en paz... hasta la primera!
Estoy seguro de que en cuanto llegó á casa y se le pasó el berrinchín, se puso á armar otra. Pues verán ustedes cómo me _la consulta_ en cuanto me coja «por allá», y en la que me va metiendo poco á poco, por la obra caritativa de «sacarle avante» á él.
No lo _podemos_ remediar.
NOTAS:
[4] Héroe de un hermoso cuadro de _costumbres campurrianas_, de D. Demetrio Duque y Merino.
POR LO QUE VALGA
[Ilustración]
POR LO QUE VALGA
También yo, aunque lego, voy á echar mí cuarto á espadas, ó si se prefiere, porque encaje mal cuanto se parezca á broma en un caso tan serio, á poner la pluma en el que han sacado á relucir en las columnas de _El Atlántico_ dos entusiastas y distinguidos redactores de él, en los números correspondientes al sábado y el domingo últimos[5]. En el primer artículo se trata la cuestión, con la autoridad y la lucidez de un experto criminalista, doctrinalmente y con el más alto é independiente espíritu de crítica; en el segundo, sin perderse de vista este aspecto de la cuestión, se apela al sentimiento público con hermosos arranques de generosa piedad, á favor del reo condenado á muerte por esta Audiencia, en el juicio oral celebrado ante ella pocos días hace. Ambos escritores afirman, y afirman la pura verdad, que fué hondísimo el sentimiento, y más grande aún la sorpresa que recibió el público al conocer ese terrible fallo del Tribunal de Derecho. Natural es lo del sentimiento en este triste caso y en otros de igual linaje; pero ¿qué hay de anómalo, de irregular ó de raro en este negro proceso para que la extrañeza haya sido tan grande como la conmiseración entre las gentes que teníamos fija la atención en él, no tratándose de un criminal á la usanza de los famosos del día, sino de un obscuro, vulgar y embrutecido presidiario, extraño en todo y por todo á la tierra montañesa y jamás visto de nadie aquí? Según los dos escritores mencionados, según lo que pudo verse y estimarse en lo que tuvo de público el juicio oral, cuya parte más larga y minuciosa, por lo que había en ella de escandaloso y repulsivo á la moral, se celebró á puertas cerradas, la inconcebible exigencia de un precepto legal absurdo, que obligó á tres dignos y rectos magistrados á ser, antes que jueces justicieros, hombres de ley inexorables.
Esto es lo que principalmente ha conmovido á la conciencia pública, lo que tanto ha dado que hablar á doctos y á legos en la ciencia del derecho penal, y lo que me excita y arrastra ahora á mí, que ni soy jurisconsulto ni entiendo una palabra en el arte de desentrañar textos ni de aplicar artículos del Código, á verter á la buena de Dios, en media docena de cuartillas que huelgan sobre mi cartapacio, un puñado de reflexiones vulgares, para desahogo y expansión del sentimiento que me ha correspondido, como parte mínima é insignificante que soy de ese público conmovido y asombrado. Al fin y al cabo, y tomada la cuestión en el punto en que ahora se halla, no se trata ya de ningún problema jurídico, sino de una simple obra caritativa, para entender en la cual el sentido común y un corazón sano bastan y sobran por títulos de suficiencia.
Juan Oller cumplía en el presidio de Santoña tres condenas á la vez: la más importante, por el delito de robo. Según declaración bien probada de la defensa, ni una mancha de sangre se hallaba en la historia criminal de este desdichado. Un matón, un baratero, procedente de la cárcel de Cádiz donde estaba recluso por homicidio, y llegó á cometer otro; pendenciero por índole, borracho además, díscolo y de infames apetitos, era el gallo, el _cheche_ de todos los presidiarios de Santoña; y de Juan Oller, por los atropellos nefandos de que le hizo víctima y las amenazas de muerte con que le conminaba á cada instante, una pesadilla horrenda. El mísero penado intenta varias veces hacer uso de los irrisorios derechos que cree tener en aquel antro de tristezas y de abominaciones, para verse libre de la tiranía que le espanta; y sólo consigue con estas ociosas tentativas, encender las iras irracionales del tirano. El miedo y la vergüenza llegan á quitarle el sueño y á enloquecerle; vive de día y de noche aterrado por la visión incesante de aquel monstruo que le llena de oprobios y esgrime ante sus ojos azorados la tremenda faca avezada á ensangrentarse en el corazón de tantos infelices. Una madrugada de agosto último, tras una noche pasada entre los horrores de estas visiones, Juan Oller sale despavorido de su cuadra, penetra en la de su perseguidor, hállale tendido en su camastro y envuelto en una sábana; y sin considerar que pueden verle otros ochenta presidiarios que yacen de idéntico modo á lo largo de la cuadra, se lanza sobre él y le cose á puñaladas. Muchos le vieron cometer el crimen; nadie se cansó en salir á la defensa de la víctima, ni siquiera con una frase de amenaza ó de súplica. Todos le aborrecían, y muy pocos eran los que no tenían algún agravio que vengar de él.
Esto resulta del luminoso resumen hecho por el dignísimo presidente de la Sala; de lo que se sabe de las declaraciones prestadas por el reo y los testigos; de la brillantísima y á todas luces magistral defensa hecha por mi joven amigo don José Zumelzu, honra ya del foro español; del minucioso y, desde su punto de vista, concienzudo informe fiscal; de los fundamentos de la sentencia, etc., etc,; y tal es el crimen por el cual Juan Oller ha sido condenado á muerte, crimen abominable y horrendo, como todos los crímenes; pero en medio de todo, de tal casta por las singularidades de su génesis, que el hombre más honrado, puesto con la imaginación, por un instante, en lugar del criminal, si es posible una hipótesis semejante, aun forzando las repugnancias hasta el último extremo, quizás llegara á pensar que él hubiera hecho lo mismo.
Juan Oller, no hay más que verle, es de la madera de los criminales; pero no de los que matan por lujo de matar: su educación, ó sus instintos... ó lo que sea ese móvil misterioso y fatal que arraiga en determinadas naturalezas como ciertas plantas viciosas en el fango de las charcas, le impelen al robo. También esto era sabido aquella tarde, por lo que resultaba de los autos y del juicio y hasta de los antecedentes que investiga con rara diligencia la curiosidad vibrante, en ciertos casos excepcionales, y lo sabía yo también antes de leerse el fallo que produjo en Juan Oller aquel estremecimiento indescriptible de que nos habla en su artículo _Pedro Sánchez_, y aquella palidez cadavérica... y aquellas lágrimas silenciosas que pudimos observar los más cercanos.
Sabía yo, amén de esto, porque acababa de leerlo en los periódicos, que se había absuelto, _por segunda vez_, en Madrid, á un hombre que, deshonrado, atormentado y escarnecido por su mujer, la había dado muerte, á puñaladas, mientras dormía á su lado, en el mismo lecho que tal vez fué, en mejores días, nido de amores para entrambos. Con mi sentir de lego en la materia, el mismo caso de Juan Oller... Y á Juan Oller, con todas las mencionadas atenuantes, y con un veredicto del jurado que las tomaba en consideración, y que por ello, en mi profano entender, resultaba absolutorio en definitiva, se le condena á muerte por el Tribunal de Derecho, como lo pedía la acusación fiscal, ajustando su criterio á los preceptos y á la letra descarnada de una ley dura, terrible, absurda, pero ley al cabo, y obligatoria para los jueces encargados de aplicarla. En una palabra, á Juan Oller se le ha condenado á muerte porque ha cometido el crimen siendo presidiario _no arrepentido_ de sus delitos anteriores. Es decir, que con ese mismo crimen y ese mismo Código y ese mismo Tribunal, Juan Oller, en libertad, hubiera sido castigado con menos rigor, y tal vez absuelto. Esto es lo singular y lo más llamativo, para el público en general, de éste ya fallado proceso.
¡Ah!... ¡qué noche tan tremenda debió pasar el mísero condenado, á solas con sus pensamientos, más negros que la obscuridad pavorosa de su calabozo, sin otros ruidos para distraerle de la visión del patíbulo, que el siniestro tintinar de su cadena á cada latido de su corazón, á cada estremecimiento de sus carnes!
«Bien está--se diría, allá á su manera ruda y salvaje, pesando y midiendo las cosas en su cerebro atrofiado y sintiéndolas en el fondo del corazón, por muy relajadas que tenga las cuerdas del sentimiento.--Bien está esa ley que exime de responsabilidad á un hombre libre, y á mí, porque soy presidiario sin pruebas de arrepentimiento, me manda al patíbulo. Habrá sus razones hondas, muy hondas, para que el legislador lo haya dispuesto así; pero mirado todo con el sosiego y la prudencia que debe mirarse en casos como éste, para que la ley se cumpla sin faltar á la justicia, ¿quién es el responsable de que yo no haya dado en el presidio esas pruebas de arrepentimiento que se me piden para salvarme la vida? ¿Se me ha puesto á mí en condiciones de enmendarme, ni de intentarlo siquiera? Si el presidio ha de ser un lugar de corrección á la vez que de castigo, ¿por qué no impera allí la misma ley que me condenó, para protegerme contra los riesgos de delinquir nuevamente? ¿Por qué en el presidio tienen todos los vicios, todos los crímenes y todas las maldades absoluto imperio y señorío? ¿Por qué no hay allí otra ley ni otra voluntad que la del matón desvergonzado? ¿Por qué el jugador tiene barajas, y el borracho licores, y el estafador víctimas y cómplices dentro y fuera del local, y por qué, hombres de ley, cuando yo quise matar, hallé el cuchillo que necesitaba? ¿Conoce el legislador, conoce el Estado, el poder infeccioso de tanta podredumbre encerrada en tan angosto recinto? Y conociéndole como debe conocerle, porque está obligado á ello, y siendo evidente que un santo se corrompería allí, ¿cómo quiere que se corrijan en el mismo lugar los hombres que, al entrar en él, han sido ya criminales? De manera que lo que en buena justicia debiera servirme para atenuación de mi delito, se ha estimado como agravante, y con la misma ley que pudo haber absuelto al más depravado de los hombres libres, se me condena á mí al patíbulo porque soy un presidiario que no ha hecho el milagro de corregirse viviendo en una atmósfera criminal, no por mi gusto, sino por imperio de la ley que allí me puso, y aquiescencia del Estado que no purifica esos lugares de corrección. Podrá, en fin, haber sido legal la sentencia que me condena á muerte; pero de justa, ¿qué tiene, Dios piadoso y justiciero?».
Si el desventurado Juan Oller no pensó de este modo aquella noche, porque no cupieran tan sencillas reflexiones en la pequeñez de su cerebro, ó por tenerle perturbado bajo el peso de su desdicha, muchos lo pensamos por él...
Parece ser también que si se hubiera demostrado, de un modo _concluyente_, que Juan Oller había matado á su verdugo impulsado por un _miedo insuperable_, el Tribunal le hubiera absuelto. ¡El miedo insuperable! ¿Dónde comienza él, y dónde acaba el otro miedo? ¿Quién es el guapo que se atreve á echar la raya entre los dos, sin recelo de equivocarse? En el cúmulo de impresiones de ira, de vergüenza, de zozobra, de espanto, que dominaban á la víctima de tan varias, tan frecuentes, tan terribles y nefandas iniquidades, ¿qué alambique psicológico puede dar la condición exacta, la naturaleza inequívoca del miedo que puso el hierro homicida en manos de Juan Oller? Es triste, muy triste y muy desconsolador, que en nuestras leyes penales, para hacer justicia en casos de tanta gravedad como éste, haya distingos, tan peligrosos en su aplicación, como los dos que mandan al patíbulo al presidiario de Santoña, si el recurso entablado por la defensa no produce en el Supremo los resultados que parecen de justicia, á la luz de toda conciencia honrada.
Y si por la tiranía de la misma ley, por el absurdo de sus preceptos terminantes, se vieran aquellos jueces, cuyos fallos son inapelables, en la dura precisión de dejar las cosas como quedaron aquí, álcese el clamor que, por anticipado, se ha pedido ya en _El Atlántico_, con el piadoso fin de que lo que se ha negado por justicia, se conceda por misericordia. Al cabo, en Juan Oller, aunque degradado y mísero, hay un alma inmortal que puede, por decreto de Dios, purificarse y redimirse en medio del cenagal de un presidio; y España es un pueblo de cristianos.
1890.
[Ilustración]
NOTAS:
[5] _El Atlántico_, 16 de abril de 1890.
EL REO DE P...
[Ilustración]
EL REO DE P...
La mañana era brumosa y fría, y escaseaba la luz, porque aún no había traspuesto el sol las lomas del oriente. Se me habían «pegado las sábanas» aquel día, y llevaba muy contados los minutos cuando salí de casa; temía llegar tarde y apretaba el paso, con lo que doblaba el empuje y la frialdad del terralillo madrugador, que me daba de frente.
Al entrar en el espacioso vestíbulo de la estación, observé que salía de él bastante gente de pueblo, en la que predominaban las mujeres. Nada tenía esto de particular á aquellas horas y en aquel sitio; pero sí lo tuvo para mí el que todas las frases que iba sorprendiendo, al pasar rápidamente para llegar al despacho de billetes antes de que le cerraran, fueran la expresión de una misma idea, de un mismo sentimiento; del mismo, precisamente, como recordé de pronto, que las de unos chicuelos que se habían cruzado conmigo en las inmediaciones de la estación: frases compasivas, exclamaciones de pena, dedicadas á alguien que no se nombraba terminantemente. Lo apurado del tiempo me impidió enterarme allí mismo de lo que ocurría; tan apurado, que no sé cuál fué antes, si el dar yo el primer paso en dirección al andén con el billete comprado, ó el oir el golpe del ventanillo que se cerraba.
Instalado al fin tranquilamente, y solo por añadidura, en el departamento que me correspondía, me asomé á la ventanilla, tentado de la curiosidad que se me había despertado en el vestíbulo; pero nadie pasaba por allí: todas cuantas personas quedaban en el andén después de cerradas las portezuelas de los carruajes, estaban agrupadas enfrente de uno de ellos, muy alejado del mío. De pronto se separó del grupo un hombre á quien yo conocía mucho: cierto barbero muy popular en la ciudad, el cual prestaba tiempo hacía sus servicios en la cárcel, con derecho al uso de la gorra galoneada con que cubría su cabeza voluminosa. Le llamé con una seña; y él, que era la despreocupación y el regocijo andando, se vino á mí con la faz angustiada y el color ceniciento.
--¿Qué ocurre aquí de extraordinario?--le pregunté.
--Que se llevan al infeliz... En aquel coche va,--me respondió con una voz como la cara.
--¿Quién es ese infeliz?
--El reo de P...
--Y ¿á dónde le llevan?
--Á su pueblo.
--¿Para qué?
--Pues... para matarle en cuanto llegue. Ayer se supo que se le había negado el indulto, y anoche mismo se dieron las órdenes para trasladarlo allá y ponerle en capilla. El verdugo estará también en camino á estas horas desde Burgos, y el piquete saldrá hoy de aquí por la carretera...
--Y ¿sabe él todo eso?
--Como saberlo fijamente, creo que no; pero temérselo... Le hemos dicho que, como lo del indulto puede ir por largo y está la cárcel de aquí llena de presos, se ha mandado que le trasladen á él á la de su partido para que cada palo aguante su vela... Con esto se conformó anoche; pero esta mañana, al ver que eran cuatro los guardias que le acompañaban, y no dos como cuando iba á la Audiencia, se le cambió de pronto el color, y nos pidió, por todos los santos del cielo, que le dijéramos la verdad si le teníamos engañado. Juramos y perjuramos que era cierto lo que ya sabía... sólo que como al que más y al que menos de los que estábamos presentes no nos sobraba el arte para fingir, aunque él no peca de listo... ¡qué sé yo! á mí se me figura que en el cuerpo la lleva... Hasta aquí le hemos acompañado, y en el coche le dejo, sin atreverme á estar más tiempo delante de él, por si me descubre en la cara lo que no quiero que sepa por mí.
--Ya veo que te ha impresionado mucho la despedida.
--¡Qué quiere usted!... Gorda fué la que hizo, y bien merecido tiene en ley lo que le cuesta; pero llevo muchos meses tratándole y observándole en la cárcel; es un simplón que hasta los niños le engañan; tiene uno su corazón correspondiente, y... en fin, no se puede remediar.
En esto arrancó el tren; se descubrió _Nisio_ para saludarme, y yo me dejé caer en el cojín de mi asiento con el corazón oprimido y la cabeza llena de pensamientos y de visiones.
Lleva consigo el reo de muerte mucho de lo que es peculiar á la corriente mansa del río profundo, á la mar tranquila, al bosque silencioso; á cuanto es misterio, abismo y soledad. Un impulso desconocido nos arrastra hacia ello, y otra fuerza más poderosa aún nos detiene allí, y nos obliga á contemplarlo, á meditar, á penetrar lo que es impenetrable, á hundir el pensamiento y el espíritu en lo invisible. No parece sino que por el camino de aquellos misterios se llega más pronto á descubrir ese _algo_, que es el anhelo constante del alma humana.
Pues de esa misma fuerza me sentí yo esclavo tan pronto como supe que en el mismo tren que yo, iba el reo de P...: yo con propósito de pasar un alegre día de campo, y él destinado á morir en el patíbulo. No me era aquel hombre enteramente desconocido: le había visto una vez en la calle, maniatado, entre dos guardias civiles que le conducían á la Audiencia, seguido de una turba de muchachos vagabundos. Recordaba algo de su fisonomía, de su estatura, de su vestido; pero eso, que entonces me pareció hasta demasiado, en la nueva ocasión no era ni siquiera lo suficiente. La primera ocasión se trataba de un hombre aún no juzgado, que podía ser ó no ser condenado á muerte, y ejecutado en un día y lugar determinados por la justicia humana; de un ser que estaba _expuesto_ á morir en manos del verdugo, como lo está cualquier hombre de bien, en cada instante de su vida, á perderla por obra de una enfermedad ó de fortuito accidente; era, en suma, _uno más_ de los condenados á muerte que á todas horas andan por el mundo y pasan á nuestro lado con mayor ó menor derecho á nuestra curiosidad; pero en la segunda ocasión ese mismo hombre tenía ya contadas las horas de su vida: estaba condenado á morir en día fijo y muy cercano. Si tenía dudas, iba á aclararlas de un momento á otro; si poseía la certeza que infunde la luz de la fe, ¡qué espanto el suyo con una conciencia tan cargada de culpas! De todas suertes, y sin contar su natural apego á la vida, ¡qué estado el de su espíritu!
Ya no inspiraba repugnancia por el recuerdo de su crimen, sino profunda compasión por la certeza del suplicio con que iba á pagarle; ya era la corriente mansa, la mar tranquila, el bosque silencioso, que atraen y subyugan, y obligan á meditar y á sentir. Por eso se despertaron en mí tan fuertes deseos de verle y de contemplarle de cerca.
Y los satisfice en la primera estación en que hizo el tren una de sus interminables paradas. Comencé por pasar y repasar muchas veces por delante del coche que le conducía: temía mortificarle si notaba el empeño que me mortificaba á mí. Estaba de perfil en el centro del banco y con la cara vuelta al lado opuesto al andén; y como supuse que hacía esto por apartar sus ojos de las miradas con que muchos le perseguían, no sólo desde la estación, sino desde los otros compartimientos del coche, separados por vallas de poca altura, me detuve, me acerqué, y hasta me subí al estribo... y hasta se retiró hacia el respaldo de su asiento, leyéndome los deseos en la cara, un guardia civil que tapaba con su busto media ventanilla.
Era el reo un mocetón grandote y de muchas carnes, que apenas cabían en su vestido, negro y resobado, cuya chaqueta, ó no tenía cuello, ó le tenía sumamente bajo, como si le hubiera preparado el verdugo para que se desbordaran por allí las ronchas de un pescuezo corto y de un cerviguillo digno de un toro de lidia, y quedara sitio en que acomodar la fatal argolla de su oficio. Cubría su cabeza, rapada y no muy grande, con un casquete también negro, y era el color de su cara el de la de todos los encarcelados: pálido y enfermizo. En sus formas adiposas y en su quietud casi absoluta, con las manos sobre los redondos muslos, atadas por los pulgares, se revelaba un temperamento linfático; y costaba trabajo creer, porque tampoco en su cara mofletuda y sosa había nada de repulsivo, que bajo aquella envoltura grasienta y apelmazada cupieran impulsos tan feroces como los que le arrastraron á cometer el horrendo crimen que iba á expiar muy pronto... Pero, á todo esto, ¿lo sabía él? ¿lo sospechaba siquiera? ¿Era creíble que sospechándolo, nada más, pudiera guardar aquella actitud tan sosegada y tranquila? ¿Será que el organismo físico y moral de los criminales se rige por leyes singularísimas é impenetrables al juicio, á la lógica y al sentimiento de los hombres de bien?
Por aquí andaba con mis reflexiones, cuando un rapaz, que se había encaramado también en el estribo, y se empinaba sobre los pies, inquieto, desconcertado y nervioso, para ver al reo á todo su gusto, exclamó de pronto, enderezándome á mí la pregunta:
--¿Es verdá-usté que van á matarle en cuanto llegue?
Me espantó la pregunta, temiendo que la oyese el aludido; tapé la boca con una mano al rapaz, que saltó de un brinco al andén, y respondí al propio tiempo en voz alta, con intento de que lo oyera el desdichado:
--¡No es cierto eso! Le llevan á su cárcel, porque no cabe en la de Santander.
Pero ni á la pregunta del rapaz ni á mi respuesta volvió la cara, ni en todo su cuerpo se notó la menor señal de haberse enterado de ellas. Más valdría así; y mejor para los que le compadecíamos si las había oído y no daba importancia á la primera por ser la confirmación de lo que ya sabía, ni á la segunda por no creerla...
Descendí del estribo porque se oyó la señal de que se acababa el tiempo de parada allí; entré de nuevo en mi departamento; volvió el tren á deslizarse sobre sus carriles, y volví yo á pensar en lo que pensaría aquel hombre que iba aproximándose poco á poco al término de su viaje y de su vida. Haríamos el mismo camino hasta la estación de T... Allí tomaría yo el de mi lugar, hacia el nordeste; el más largo, ó el más corto; el que me conviniera más; y él... el que le señalaran, hacia el oeste, para llegar cuanto antes á su triste paradero... ¡Y hasta la eternidad!
En la estación de T... podría yo verle y contemplarle á todo mi gusto, pues habría tiempo y comodidad para ello: era ocioso bajar en las otras dos intermedias, y encaramarme en el estribo y mortificar tantas veces al desgraciado con la impertinencia de mi fisgoneo. Sin embargo, en ambas me bajé, y en ambas hice lo mismo que en la primera, y siempre encontré al reo en la misma postura, con las manos atadas descansando sobre los muslos, y la cara vuelta al lado opuesto al andén. No había duda: me arrastraba el misterio y me atraía el abismo.