Pachín González

Part 10

Chapter 104,243 wordsPublic domain

Templéle un tanto las iras, porque no me convenía tampoco que se dejara llevar de ellas en el terreno en que le tenía ya; y con la ayuda de ciertos toques cuyo buen efecto conocía yo por la experiencia de su trato, le encarrilé blandamente por donde me proponía, seguro de oirle lo que ya me había contado cien veces, pero también de apartarle con ello del negocio de los expedientes; y eso que no dejaba de interesarme el porqué de su venida á tratar de ellos pico á pico conmigo en la ciudad.

--Aquello era las Indias, ¡las puras Indias, cutres!--llegó á decirme, echándose el sombrero atrás, animado el rostro sombrío y con las dos manos sobre el garrote chamuscado.--Yo espencé el trajín de mozo, con el carro de mi padre: le gané un platal diendo y viniendo... ¡ajo! lo que se llama un platal. Me casé en su día: la mujer llevó algo de por sí, yo tenía otro poco por mi padre; jallemos quien nos diera á renta lo demás, y como dos pepes, ¡ajo! como dos pepes caímos en la casería... Dos vacas de vientre, una pareja tudanca de lo mejor de la feria... ¡Cuarenta doblones pagó el amo por ellas! Había entonces con ese dinero pa mercar un navío de tres puentes. La pareja curriente, treinta doblones, menos que más. No se conocía el carro de rayos que anda ahora: la carreta de Penaos, que costaba una onza, ú el rodal de maera que no pasaba de cuatro duros: la carreta, por estrechuca de llanta, se comía las ganancias en potargos: el rodal de maera, con una llanta postiza, daba mejor cuenta, y eso se estilaba entre los que más, salvo los _marinos_ de Bezana y por ahí, que se metieron en lujos de carros con galga, parejas dobles, mantas y atelajes que tenían que ver, pollos y chorizos en las sueltas; y así salieron ellos al finiquito, cutres, cuando la cosa paró: en cueros vivos y á la temperie del camino real, que ya no daba un _lí_. Nusotros, pa un por si acaso, siempre guardemos el quinto pa el alma, como el otro que dijo... Á lo que iba: la mujer (que Dios haya perdonao) era un brazo de mar, lo mesmo con hijos que antes de tenerlos; de modo y manera que, al irme yo á porte, no se conocía la falta en casa, porque ella remaba por los dos y amenistraba por deciséis. Salíamos, de cada golpe, los ocho ú los doce carros del lugar, en ca compañía. Un sujeto de ellos, el más curriente y avisao de pluma, llevaba el gubierno, con voz y mando, pa la carga en Reinosa y el cobro de la guía en Santander. Siempre juí de éstos, cutres, siempre, por sujeto leal y socorrío en cuentas de retaporción. Pues, señor, que dos días de repaso á la pértiga y al rodal; que amaña esta trichoría; que pon este verdugo; que el encañao del toldo, y la jabonera en su punto; que llegó la hora; y el jabón á la jabonera, y los garrotes del pienso colgaos de los armones detraseros, y la saca de ceba aentro... y hala pallá, cutres, con la pareja enmantá, el eje bien enjabonao por la calentaera, pa que no cantara, porque si allegaba á cantar, multaban los camineros... multaban, ¡ajo! multaban... y con mucha cuenta y razón, ¡cutres! que á cantar ca carro de aquella senfinidá de ellos, cosa juera de no poderse vivir en los vecindarios transeuntes... ¡Santísimo Cristo de mi padre, cómo estaba aquel camino real por aquellos estonces de la pompa de la carretería!

La repentina visión de ello debió de deslumbrar á Cutres, porque al mencionarlo se llevó las dos manazas á los ojos, dejando caer el palo entre las piernas; y así estuvo á obscuras un buen rato, bufando como un jabalí y balbuciendo palabras que yo no le entendía.

--Le digo á usté--continuó enderezándose y volviendo á empuñar el garrote,--que había veces que no sabía uno cómo enrabarse en la ringlera al abajar al camino, ú al salir de la suelta, porque no se jallaba un claro por onde meterse. Aquello era el sinfinito de carros por las dos orillas, diendo él un rosario, y otro que tal golviendo. Lo que á mí me entraba al ver aquel trajín... y al agolerle, ¡cutres, al agolerle tamién! sí, señor, porque agolía: agolía el aire como á jabón recalentao, de tantísimos ejes, con su punto, además, de vaho de las tabernas... Lo que á mí me entraba estonces, no es pa dicho con palabras. Lo mesmo era verme allí, ya me tenía usté con la ahijá por los hombrales, los brazos por encima de ella, colgando dispués palante; y toná va y toná viene, al andar de la pareja y á la vera mesma del carro... Un puro silguero, vaya, porque no cerraba boca en lo mejor del camino. Los otros compañeros, en escomenzando yo, se me iban arrimando poco á poco; y éste ahora y el otro dimpués, acababan por entonar conmigo toos ellos. ¡Offf! ¡Ajo!... y sépase usté, por si no lo sabe, que siempre y en toas partes era yo estonces lo mesmo. Yo nunca supe hasta dispués lo que era la malencunía negra, como ésta que me viene consomiendo y acabando malamente, por culpa de las picardías de otros hombres que han güelto lo de arriba abajo en las cosas de la tierra... ¡Mal rayo los parta, cutres! por la metá de los riñones, ¡ajo!

Viéndole temblar de ira y con los ojos casi cerrados ya, señales infalibles de sus malos propósitos de largarse otra vez por los cerros de su barbarie, atajéle de prisa, pero con sumo cuidado para no embravecerle más.

--Vamos--le dije,--á lo que íbamos, y que tanto me gusta oir de boca de usted. En acabando con ello, le ayudaré yo á echar un buen coloño de rayos y centellas sobre esos pícaros malhechores que lo merezcan. Ya estaba usted en el camino real, hecho unas tarrañuelas y cantando como un jilguero, entre dos filas de carros sin principio ni fin, oliendo á jabón recalentado y al vaho de las tabernas. ¿Y qué más?

--La primera suelta--continuó Cutres volviendo dócil, como un buey, al camino hacia el cual le arreaba yo,--era en Somahoz. Allí el pan y el vino pa acompañar al torrendo que usté llevaba de casa. El sueño, encima de la saca. La taberna del portalón onde dejaba usté su hacienda arreglá, escripía de carreteros; los de la _marina_, tratándose á cuerpo de rey; los demás, á lo probe; y el más cuerdo, amañándose la probeza en la sartén de su propiedá, en el mesmo portalón, ó matando el ujano del hambre á pan y navaja. Yo siempre fuí de éstos, ¡ajo! siempre, salvo uno que otro caso, y porque no se dijiera, en este compromiso ú en el de más allá... Porque motivos pa echase á perder el mejor de los hombres, los había á manta allí... ¿Ónde no los hay, cutres? San Pedro pecó negando á Cristo, y el más justo cae siete veces, aunque se agarre bien... Sobrando el tiempo y siendo las noches largas, había en las sueltas de too, hasta briscas de á peseta el partío, que era cuanto podía haber; y andando la baraja y el vino tan currientes, no es mucho de extrañar que una vez que otra saltara el camorreo entre los más vidrosos, y se alumbrara por remate daque garrotazo... Pero repito que eran habas contás estos desgustos; y bien puede jurarse que nunca se vió en ellos una navaja. ¡Nunca de Dios! ¡Siempre la ahijá! Y en güena hora lo diga, que casqué más de cuatro en las costillas de unos y otros, por amparar á algún compañero: en los jamases por culpa mía. Ahora, si al alcontrarse en el camino la carretería de nusotros, pinto el caso, con la de los _litos_ de Güelna, que tenía lo que se llama vicio de apalear, le decían á uno daque ultraje ú disvergüenza, ¡ajo! la cosa ya era difirente, porque no estaba en manos de uno el contenerse; y hasta la güena crianza le obligaba á uno á ventear la ahijá antes con antes. Pero esto, por no buscao y muy pasajero de suyo, no lo cuento yo por males de la carretería. Ya subiendo las Hoces, la primera suelta del meodía era en _Santolaya_, y la segunda, de noche, en Lantueno. Al romper el alba siguiente, en Reinosa. Á tiro hecho y á precio curriente, á cargar. Tantas arrobas en tantos carros; ochenta ó noventa de ellas el que más, de una pareja. Se estipulaba el montante en la _guía_, que me llevaba yo, como asimesmo el socorro de dinero entregao á cada uno de la compañía, pa el debido rebaje del total en Santander, y güelta varga abajo por los mesmos pasos que se habían contao varga arriba. Sin más, ¡ajo! sin más... y jala, jala, como una seda hasta la puerta de casa, como el otro que dijo; vamos, hasta el Regato... Allí una suelta, y la pareja á casa, pa que á los probes animales no les entrara solengua... ¡Ajo! porque son así de suyo: más sentíos y leales que los hombres mesmos. Con ese tente en pie y ese recreo, güelta al camino real: las bestias tan campantes, y yo detrás con la mostela á cuestas: la ración de los probes animales pa lo que les faltaba por bregar. Á uncir al vuelo, y palante otra vez, ¡cutres! siempre palante. Jala, jala, Pedroga y Puente-Arce allá, una suelta en Bezana por la noche, y al romper el día en Santander, pa descargar tan aína como se abrieran los almacenes. Ahí va la carga, ésta es la _guía_, resultaba conforme, venga el sustipendio, que se me entregaba á mí solo, por el camino y andando se hacía el reparto en el aire, dábase á ca uno su porqué debido; y á prima noche en casa, el carro en el portal, la pareja en la corte y bien trisná, y al pico del arca, por propia mano de la mujer, los tres y los cuatro napoliones de á decinueve que uno la entregaba por llegar, limpios y saneaos, como los mesmos soles, ¡ajo!... Sin más. En veces salía carga en Santander pa algún punto de la güelta, como salía de _vena_ en Requejá pa las ferrerías de Portolín ó de Montesclaros al dir parriba; y esto más locía al resultante por mejora del peculio. Pero lo fijo era lo otro, que en sí mesmo podía beneficiarse mucho, como yo lo beneficié, ¡ajo! lo beneficié, porque sabía el cómo; me empeñé en hacelo, y me salí con ella, ¡cutres! Me salí con ella. Motivao á las vargas de acá que se subían de cargao, nenguna pareja arrastraba, sin quebranto, más de ochenta arrobas: á lo más noventa. Tres bestias, ya eran otro cuento. ¡Cutres! á buscar la tercera, decíame yo, dispierto y soñando. Y piensa que piensa y agorra que agorra, y pidiendo á réito el pico que me faltaba, compré el _sacaízo_. ¡Ajo! Dende aquel día, las ciento veinte, las ciento treinta y hasta las ciento cuarenta arrobas... como una seda, y los siete y los ocho duros netos, al pico del arca, á ca güelta de viaje, de viaje corto... Corto digo, ¡ajo! porque dende que tuve _sacaízo_, no me contentaba con Reinosa, y porteaba dende el mesmo Alar. Nueve días viaje reondo, y doscientos ríales libres, lo que menos. ¡Daba gusto, cutres, lo que se llama gusto, ajo!... Pero, hombre, ¡lo que es una bestia sola delante de una yunta y jalando con ella varga arriba! Tiene más cuenta que otra pareja más con su carro correspondiente. ¡Y qué sacaízos tuve yo siempre, me valga la Virgen de la Soledá! El último de ellos en particular, el último de ellos, ¡ajo! el último de ellos fué el pasmo de la carretería. _Tasugo_ era de pelo, y un poco cerrao de gamas; pero ¡con una voluntá, y unas anchuras, y una firmeza de remos!... Como este brazo se le ponían las cuerdas del piscuezo cuando jalaba cuesta arriba. ¡Qué jalar de bestia! ¡Ajo! á pico de pezuña y triscando las cadenillas. ¡Las cadenillas, cutres! porque yo nunca quise los tirantes de cuartajo, que á lo mejor se podrecían y le dejaban á usté en blanco en la varga de más empeño... ¡Ajo! siempre cadenillas, como hombre avisao; y por serlo, tuve yo siempre en su punto toos los avíos de carretero... Una vez me tentó la cubicia y llegué hasta Palencia. Tardé quince días en dir y venir: me salió mal la cuenta, y no golví más. Á lo tuyo tente, dice el refrán, y á lo mío me tuve, al camino trillao... Á lo mío... ¡Ajo! mío hasta que me lo robaron, ¡cutres! esos ladrones de pelo rojo, amparaos por malos españoles de acá... ¡Mal rayo los parta, cutres! mal rayo los parta, amén, y por los riñones, ¡ajo!... Lo digo y lo siento, ¡cutres!

Y bien demostraba que no mentía el hombrazo, según lo que golpeaba el suelo con el garrote y encandilaba los ojos y se revolvía en la butaca. Dile la razón antes que me diera él un disgusto serio; y después de calmar un poco sus iras, á mis nuevas instancias continuó refiriéndome sus desventuras en estos términos:

--Muerta la carretería en cuanto el tren anduvo de veras, cosa que ni viéndola podía yo creer, ná se me amañaba en casa, ni descurría ónde ganar una peseta... la peseta, ¡cutres! la peseta que hace falta en el arca del probe pa el tercio que cae, pa el vestío nuevo, pa la media suela... ¡ajo! pa lo que no da la tierra de por sí, por mucho que se ajonde en ella. Por remate de fiesta, las parejas de porte, como ya no los había, abajaron un espanto, y tuve que vender en ochenta lo que me había costao ciento y más. De esa probeza pagué los empeños en que estaba; y si no me quedé á esquina, como _los marinos_, jué porque nunca eché como ellos, de un solo golpe, too el tocino en la puchera. Pero quebrantao, eso por la metá del eje, más que menos... ¡Ajo! sacabó el cantar, sacabó el respingo y sacabó la vida alegre. Anochició de repente pa mí, y no ha güelto á amanecer hasta la hora presente... Ni amanecerá, cutres, ni amanecerá hasta que las cosas güelvan aonde deben golver... Y golverán, ¡ajo! porque es de ley, y pa hacer josticia está Dios en los cielos. (_Pausa larga_). El golpe jué de muerte, créalo usté, pa mí y pa muchos, ¡ajo! pa muchos que le lloraron y le lloran como le lloro yo. Hombre hubo de ellos... eso es doler en lo vivo... y eso es ser hombre, ¡ajo!... campurriano era y amigo mío fué, gran carretero, anque de llano: de Alar á Reinosa. _Neles_ le llamaban, por llamarse Nel, como á mí Cutres por esta maña que siempre tuve de decirlo tan á menudo, sin saber por qué ni poderlo remediar. Digo que se llamaba Neles[4], y quizaes lo sepa usté, porque el caso hasta en papeles anduvo. Pos este campurriano cogió tal duda y tema al tren recién estrenao, que una noche le salió al encuentro allá en su tierra, y, ahijá en mano, se empeñó en _tichale_ atrás. El hombre, es claro, quedó hecho una torta allí, lo que se llama una torta, ¡ajo! pero la voluntá jué vista, y la muerte con honra: cutres, con muchos hombres como él, á ver si nos entraban moscas á la presente... Pero ¡mi güela!... Los días pasaban, y de malo á pior. En estas jonduras negras, ná me salía por derecho, y too lo juí viendo patas arriba, como Pateta me lo arreglaba, por remate de la obra de los herejes del tren. Murióseme la mujer, casáronseme los hijos y quedéme solo en casa, solo en el lugar, y aticuenta que solo en el mundo entero. ¿Qué me iba ni qué me venía ya en toas las cosas de él? Otros los pensares, otros los sentires de las gentes, otro el vestir, otro el calzar, otro el peso, otra la medía... ¡ajo! hasta el dinero jué otro de la noche á la mañana. Ahí están esas _décimas_, que en los jamases pude entender. ¿Quién las trijo? ¿para qué sirven, si no es pa golveme loco en ca peseta que me cambean? ¡Ajo! á mí, á Cutres, que era un viento pa sacar las cuentas de cuartos-riales... Pos ya, ni riales ni cuartos... ni cuentas que sacar, ¡ajo! si no es la que han de dar á Dios los desalmaos que tienen la culpa de lo que pasa de estonces acá... Por explayarme un poco, aunque me rebajara en ello, eché un porte el mes pasao con fierro pa los Corrales, cosa de un señor tocayo de usté, á lo que supe, bien trisnao de estampa y parcialote de genial, la verdá sea dicha. Veinticinco años largos hacía, ¡cutres! que yo no pisaba aquel camino, de la villa pallá. ¡Ajo! ¡Nunca yo hubiera caído en la tentación de golver á pisale! ¡Qué soledá la suya! ¡Qué caserío aquél tan sin sustancia, que nunca se había visto allí! Y aquellos portalones tan largos, de otras veces, viniéndose á tierra quebrantaos; y las tabernas pegantes, punto menos, con ortigas en la puerta cerrá, y bardas y jalechos en las rejas de la ventana podría... ¡cutres! daba vergüenza miralo; y por no ver afrentas como ellas, me emboqué en el carro, cogí el sueño y no disperté hasta los Corrales... Estando allá, pasó _él_... él mesmo, ¡ajo! con un runflar, y una jumera, y un tronío fantesioso... ¡ajo! lo mesmo que si juera suya y no de nusotros la tierra que iba pisando... ¡Cutres! si le caeron la metá siquiera de las maldiciones que le eché, no llegó á Bárcena sin despeñarse, ¡ajo!... ¡Pos dígote la ciudá! Yo conocía el muelle canto á canto y casa á casa. De punta á punta no cabían los carros en él; los picos de los sacos de harina asomaban por las ventanas de los escritorios, y la mar se acanzaba con la mano en toas partes. ¡Ajo! vete á verle hoy; de puro largo, se pierde de vista: búscame el carro, búscame el almacén... búscame la mar, que no se acanza á ver por nengún lao, como si la hubieran sorbío los herejes del tren; y tómate portales como iglesias, y tómate tropeles de birlochos disparaos... Respetive á lo del pueblo, bien lo sabe usté. Yo soy allí el forastero. Ni caridá pa mis años, ni josticia pa la poca hacienda que me queda. ¡Ajo! esto es el Evangelio. Jurga de acá, jurga de allá; quiero defenderme y defender lo que es mío, y luego resulta, ¡cutres! que tampoco rige ya pa mí la ley que ampara á los demás. ¡Ajo!

--Pero, hombre--díjele aquí, á riesgo de echarlo todo á perder,--si desea usted vivir en paz con sus convecinos, ¿por qué no toma como ellos, y como todo el mundo, las cosas conforme son y los tiempos como vienen? ¡Cuantísimas veces se lo tengo aconsejado á usted!

--¡Ajo!--me respondió dando en el suelo un tremendo garrotazo--tantas como he respondío yo que no puedo amañarme con esas cosas ni con esos tiempos; y que quiero que cuando güelvan los míos me alcuentren en el mesmo ser y estao en que me dejaron, ¡cutres!... ¿Acabó usté de entendelo?

--Sí, señor--le respondí para concluir de una vez, aunque fuera á linternazos;--y porque lo tengo bien entendido, no me sorprende lo que le pasa á usted tan á menudo... por necio, por cabezón, por... Vamos á ver--añadí, sin pizca de temor á los visajes que hacía Cutres, picado ya de la barbarie ciega que le estaba acometiendo,--¿á qué ha venido usted hoy?... digo, ¿por qué ha venido? ¿Cómo se ha resuelto usted á hacer hoy lo que no ha hecho en tantos años, sin que haya un motivo especial que lo justifique?

Se desbordó el hombrazo para responderme; se desbordó como en los accesos más impetuosos de su atrabilis. Las primeras oleadas no fueron más que estruendo y algún ajo que otro perceptibles. Trasteándole con paciencia y con cuidado, logré averiguar que había venido porque, al decir de su vecino _Güétagos_, el alcalde no iba á Ceuta ni el gobernador á la cárcel, porque yo estaba pasteleando con los dos, y «quizaes» trabajando para comernos entre los tres la «probeza» que le quedaba á él, á Cutres. En otros tiempos me hubiera dado la queja por el correo; pero, tras de haberle llegado muy al alma la noticia, de día en día se iba encontrando «menos amañao pa el relate» por escrito y el manejo de la pluma. Además, le había asegurado _Güétagos_ que eso del tren andaba de mal en peor, casi á punto de fenecer; y como yo tardaba en ir por allá, se había resuelto él á venir para «tomar lenguas antes con antes, y según era debido», sobre cosa de tanto bulto.

Armándome de paciencia, comencé por afirmarle que todo «lo corrido» sobre el tren, era la pura verdad: no podía ya con el rabo, le consumían las deudas y las desazones, y á la hora menos pensada dejaría de rodar, y volvería á imperar la carretería como en los tiempos de sus mayores pompas. Súpole como á gloria lo afirmado por mí, y á cuenta de este alegrón, le di sobre el otro caso una recorrida de las buenas, por necio, por irracional y por desagradecido.

Me falló la cuenta, porque borrada la primera impresión con el escozor de la segunda, se puso que ardía; y ardiendo estaba, á su manera, cuando, por haber sonado de repente el timbre del teléfono, que estaba á media vara y casi á plomo de su cabeza, le vi enmudecer y contraerse todo, revolver los ojos azorados, hundir el pescuezo entre los hombros, y, por último, esparrancarse y salir, hecho un ovillo, de la butaca, para mirar desde _afuera_ hacia el punto en que se producía aquel estrépito, que continuaba á más y mejor, mientras yo me complacía en estudiar sus efectos de asombro, de sorpresa y hasta de pánico, en la naturaleza medio salvaje de Cutres.

Acerquéme al fin al aparato, y pregunté quién me llamaba. Respondiéronme que del gobierno civil. Un instante después se ponía al habla conmigo el amable funcionario que entendía en el expediente más agrio de los tres que tenía _durmiendo_ Cutres por acá.

--¿Qué ocurre?--le pregunté.

--Que acabo de hojear otra vez el expediente de marras, y que cuanto más le examino, más me convenzo de que no basta con _dormirle_, sino que es preciso _matarle_.

--¿Por qué?

--Porque hay en él horrores de desacato; y si un día llega á moverle cualquiera, va á presidio esa bestia de hombre á quien usted llama Cutres, y tanto nos da que hacer.

--Hágame usted el obsequio--repliqué al funcionario, por haberme asaltado de pronto una idea,--de esperar unos instantes, sin apartarse del teléfono.

Dicho esto, me volví hacia Cutres, que iba de asombro en asombro, y parecía un jabalí acosado por los perros. Mandéle que se acercara, y no quiso á la primera. Al cabo se acercó, recelosote y gruñendo.

--Tome usted esto--le dije descolgando el otro auditor,--y póngasele al oído, como yo.

El hombre cogió _aquello_, como si quemara: lo sopesó, lo palpó y hasta lo olió; pero no acababa de arrimarlo á la oreja. Tuve que hacerlo yo por él; y cuando le dejé convenientemente colocado (con la boca en dirección opuesta al micrófono, por lo que pudiera _tronar_), llamé otra vez al funcionario, el cual me respondió al instante. Por rara casualidad, aquel día _andaba_ el teléfono tan sutil, que se oían hasta las respiraciones.

--¿Tiene usted la bondad--le supliqué,--de repetirme lo que me dijo antes sobre el expediente ése y sobre el interesado?

--Con mucho gusto--me contestó, llegando el asombro de Cutres hasta el espanto convulsivo al sentir el cosquilleo y el sonar de estas palabras en su oído.--Pues digo que cuando quiera que ese expediente se mueva, irá á presidio el irracional y testarudo causante, esa acémila llamada Cutres.

--Está bien--respondí,--y ya me veré yo con usted. Entre tanto, adiós y muchísimas gracias.

Mientras yo hablaba así, había temblado el aparato al soltar Cutres, enfurecido, el auditor; retumbaban en el despacho sus mugidos y sus pataleos; y disparando por andanadas las interjecciones más crudas y soeces, paseaba la vista sanguinolenta por todos los rincones de la estancia.

--¡Ajo!--bramaba;--¡que dé la cara ese pillo que me falta, y ha escondió usté por ahí!... ¡De mí no se burla él, cutres, ni la tal de su madre... ajo!... Estos son los hombres, ¡cutres! éstos los amigos, ¡ajo!...

Viéndole taladrar con los ojos la pared en que se colgaba el aparato telefónico, apresuréme á abrir la puerta falsa que hay en ella para comunicación con la pieza contigua.

--Vea usted. Aquí tampoco hay nadie escondido.

Asomó la cabezona un momento, y volvió á retirarla.

--No dude usted que esa voz venía de la oficina...

Y aquí traté de explicarle lo que era un teléfono. Como si se lo explicara á un adoquín. Volvió á meter la cabeza por el vano de la puerta falsa, temblándole todo el cuerpo y balbuciendo atrocidades.

--Entre usted más adentro, y se convencerá mejor,--le dije empujándole un poco por los riñones.

--¡Ajo!--me respondió, largándome una patada que no me alcanzó;--no es esta puerta la que yo busco.

--¿Cuál es la que usted busca?

--La del rey, ¡ajo! la de la calle, porque me ajuego en este ujero, ¡onde me vilipendian, cutres!...

--¡Ah! entonces por aquí,--le dije, enseñándole el camino por el cual había venido.

Siguióme zumbando, como tormenta lejana; abrí la puerta de la escalera, y salió. Quise allí templarle un poco, desengañarle... ¡Qué cosas dijo! ¡Cómo me puso mientras bajaba, con un estruendo de pisadas, de garrotazos y de palabrotas, como si rodara algo duro, pesado y hueco, de peldaño en peldaño!