Pachín González

Part 9

Chapter 94,050 wordsPublic domain

--¡He de verte en presidio, tunante!... Y por lo que toca á ella, yo la alcontraré, por escondía que se halle...

--La ampara la Josticia, y no la verá usté el pelo hasta que el señor cura nos ponga bien á cubierto con agua bendita.

--¡Mal rayo vos parta, hijos de una...! ¡Ladrón!... ¡desalmá!

En esto se oyeron golpes y trastazos y como estruendo de cantos en revoltijo hacia el corral de Sarmientos. Miró Ceto desde la ventana, y gritó á tío Luco:

--¡Que mosquean las bestias!

Sin oir más, Sarmientos voló hacia su casa, con la cabeza al aire, la aguijada en la mano y la boca abierta. ¡El tábano la había hecho al fin! Los bueyes le habían sentido encima, y locos de furor tomaron la huida por derecho, atropellaron la paredilla seca del corral, rompióse allí el eje, volcó la balumba; y cada vez más locas las bestias, continuaban arrastrando la pértiga por la calleja, revolviendo los cantos del suelo y dejando, por señal de su carrera furiosa, montones empolvados de la carga...

Tío Luco, esparrancado en mitad de la calleja, con los pelos de punta y los brazos en alto, volviendo los ojos tan pronto á la casa del vecino como á los bueyes que se iban perdiendo de vista, clamaba con voz de espanto y desconsuelo:

--¡Ésta es la mi suerte! ¡Di ahora que no, compadre!... ¡No hay que darle güeltas!... ¡Lo esperaba yo, porque tenía que venir, y siempre jué lo mesmo! ¡La peste de mi casa!... ¡La ruina de mi hacienda! ¡La deshonra de mi sangre!... ¡El AGOSTO!... ¡El AGOSTO!...

NOTAS:

[2] Capítulo impuesto de un libro, muy lujoso por cierto, editado en Barcelona en 1889 por los Sres. Henrich y Compañía, con el título de _Los meses_.

EL ÓBOLO DE UN POBRE

[Ilustración]

EL ÓBOLO DE UN POBRE[3]

Llevaba en el bolsillo del chaquetón el oficio que acababa de recibir de la primera autoridad de la provincia. Se le encarecía mucho en él la necesidad de aprovechar el tiempo; se le hablaba de su «bien probado celo», de su «acreditada actividad», y de su «nunca desmentida abnegación en beneficio de los menesterosos». No estaba él muy seguro de haber dado motivo á la susodicha autoridad para afirmar tan en redondo todas estas cosas, aunque sí de ser tan hombre de bien y sano de entraña como el primero que se le pusiera delante, y de haber merecido de la bondad de Su Señoría, en los dos años no cabales que llevaba rigiendo la administración municipal de su pueblo, el favor de dos comisionados de apremio, con treinta reales de dietas, por deudas insignificantes del Ayuntamiento; pero cuando Su Señoría lo afirmaba de un modo tan terminante... Además, Su Señoría daba también por sentado que el alcalde estaría bien al corriente ya del «horrendo cataclismo» que había «casi borrado de la faz de la tierra española» dos «de las más ricas, bellas y celebradas provincias andaluzas»; y el alcalde no sabía jota de ello, ni aprenderlo podía en el vago, ampuloso y, para él, enrevesado contexto del oficio; ni creía que le sentaba bien á una persona erigida en autoridad, declararse _oficialmente_ ignorante de sucesos que debían ser harto sabidos en el mundo; y como los últimos _Boletines_ recibidos en el Ayuntamiento estaban intonsos aún en poder del secretario, acudió al señor cura en demanda de pormenores que le pusieran en autos; pero el señor cura, que en aquel instante iba muy de prisa á confesar á un feligrés moribundo, solamente pudo darle ligerísimas nociones, así de las causas, como de los efectos del cataclismo mencionado por el señor gobernador. Tampoco el médico, á quien el alcalde acudió en seguida de apartarse del párroco, fué muy pródigo en informes, porque iba, á todo el andar de su peludo tordillo, á visitar á un enfermo muy grave. Fortuna que el alcalde no se mamaba el dedo; y por ser así, creyó haber atrapado al aire el argumento de la cosa, y hasta consiguió encerrar en el saquillo de su memoria un buen acopio de «fuegos centrales», «fenómenos geológicos», «desprendimientos subterráneos», «gases comprimidos» y otros terminachos que le parecieron de perlas, y más de lo suficiente para dar en el acto cumplido desempeño al encargo que se servía encomendar Su Señoría á «su bien probado celo, acreditada actividad», etc., etc...

Porque «lo resultante, en finiquito», era, para él, que había muchos menesterosos de pan y de abrigo, «motivao al cateclismo», y que, por caridad de Dios, había que pedir de puerta en puerta una limosna para ellos. Recogiérase la limosna, que de cuenta de quien sabía más que él corría el hacerla llegar hasta los desgraciados.

Y tomó el palo en una mano; metió con la otra el oficio en la faltriquera y lanzóse, con el más sano de los propósitos, á recorrer el mísero, corto y escondido lugar de la montaña, casa por casa.

Así llegó á la de un su muy especial amigo, y además compadre.

--Ya sabrás á lo que vengo,--díjole en el soportal, donde le halló amañando un armón de la pértiga de su carro.

--Verdaderamente que no lo barrunto,--respondió el otro.

--Pues es motivao al cateclismo.

--¿Cate... qué?

--Cate... nada, hombre: que hay mucho probe enfermo y menesteroso que socorrer.

--¿En ónde?

--En la haz de lo más majo de Andalucía.

--¿Peste, quizaes?

--Mucho peor: cateclismo.

--¡Cateclismo!... Ya lo dijistes; pero ¿qué es ello?

--Juego central, á lo que paece; terremoto al resultante.

--¿Terremoto dices?

--Como lo oyes. Mete miedo aquello. ¡Zas, zas! Abajo una casa. ¡Zas, zas!... Al suelo media docena de ellas. ¡Golpe acá!... La iglesia á tierra. ¡Golpe allá!... La casa de Ayuntamiento.

--¿Y las gentes, hombre?

--Las gentes, según la suerte respetive. Unas, soterrás en vida; otras, muriéndose de hambre, con lo puesto, á campo raso.

--¿Y eso es terrimoto?

--Temblío de la mesma tierra.

--¿Temblío dices? Cuéstame creerlo.

--Á la vista está el resultante.

--No le niego; pero tomara yo el caso por juriacán de arriba: vientos mayores...

--Cateclismo neto; no te canses: costa en papeles; terrimoto puro.

--Si costará; pero si no fué bien reparao de las gentes... Porque no se me diga á mí que este suelo que yo piso, que esta peña viva que asoma aquí mesmo por la arcilla del portal, que ese monte de ahí enfrente...

--Pura chanfaina todo ello, hijo; pura chanfaina, por lo visto, en cuanto se menea el filómeno jológico.

--¿El qué?

--El despeñamiento soterráneo.

--¿Cuál es eso?

--El juego central.

--Ponlo más claro, si te paece.

--Pues el cateclismo.

--Me dejas como estaba. ¿Ónde se menean esas cosas?

--Por abajo, ¡muy abajo! Allá adentro, ¡muy adentro! ¡Boum! por acá. ¡Boum! por allá... hasta que, motivao al retingle, todo lo de arriba se viene á tierra.

--Mucho sabes, á lo que veo, y bien claro lo explicas; pero con todo y con ello, dígote yo tamién ahora que chanfaina pura.

--Como te paezca mejor; pero á lo que vengo, vengo.

--Tú dirás.

--Pues digo que vengo á pedir, por caridá de Dios y mandato que costa en este oficio de la autoridá competente, una limosna pa los enfelices que andan por aquellas tierras sin pan y sin abrigo, á la misma santimperie.

--Ésa es otra conversación, y me paece muy en su lugar. Hoy por ti, mañana por mí.

--Justo. ¿Y cuánto apurres?

--Según lo que tú pidas.

--Lo más que puedas darme.

--¿Qué te dieron los otros?

--En el puño cerrao me cabe todo ello junto. ¡Si valiera el buen deseo!...

--Eso digo yo.

--¿Das media peseta?

--¡Echa dinerales! ¿Piensas que tengo mina?

--¿Puedes con un real?

--Ni tampoco con medio.

--Un perro grande...

--¡No seas cubicioso, hombre!...

--Pues un perro chico.

--¡Si no lo hay en casa!... bien lo sabes tú. Mes y medio hace que no conozco al rey por la moneda. Las últimas que tuve se las llevó el cobrador por el último tercio... porque pa eso las guardaba... De lo colgao comemos, y gracias que hay un poco de ello. ¿Quieres una parte? De corazón la ofrezco.

--Lo sé por demás. Pero sonante se quiere, y sonante ha de ser, aunque sea poco.

--Pues de eso no tengo á la presente... ni barrunto que lo halles en todo el lugar: cuando venda la novilla, para pagar con las ganancias, si las da, las rentas al amo de ella y de las pocas tierras que labro, del sobrante te daré lo que pueda, aunque yo lo coma de menos ese día.

--¿Y no das más por la presente?

--En sonante no más que eso, y una buena voluntá para el día de mañana.

--Pues ésa te apunto, por lo que sea.

Y yo se la garantizo, porque le conozco mucho; y además, ofrezco por él, para las páginas de _Charitas_, estos renglones que taso, si no le parecen caros á mi amigo Matheu, en _un perro chico_, moneda con que ya se conformaba el alcalde.

[Ilustración]

NOTAS:

[3] Estas cuartillas estaban destinadas á un periódico extraordinario de gran lujo artístico que, con el título de _Charitas_, había de publicarse en Barcelona bajo la dirección del eminente poeta catalán Francisco Matheu, á beneficio de los damnificados por los últimos y memorables terremotos de Granada, y que al fin no se publicó por insuperables dificultades nacidas de la magnitud misma del proyecto.

CUTRES

[Ilustración]

CUTRES

El dibujo era de mi pertenencia, por espontánea é inmerecida generosidad del artista, como constaba y consta en la dedicatoria al pie, de su puño y letra; lo cual, por sí solo, le daba ya, en mis adentros de hombre agradecido, un valor excepcional. Pero con ser este valor tan grande, aún me parecía mayor el que tenía en absoluto el cuadro, considerado como obra de arte y como primera y palpable revelación, á mis ojos, de los talentos del artista, mozo santanderino, en quien el delicado sentimiento de la tierruca madre no se ha embotado ni se embotará jamás con el roce continuo de la jerga ramplona de los alegatos en papel de oficio; como no ahondarán los barnices de la vida madrileña en la epidermis de su cepa campurriana.

Me complacía yo en pensar esto del artista en presencia de su cuadro, y en creerlo á pies juntillas, porque, para mí, es innegable que ciertas delicadezas de estilo no pueden tenerse sin una exquisita afinación del sentimiento de la cosa tratada; inquiría, como lego, los procedimientos seguidos por el dibujante para lograr aquellos efectos de verdad y de hermosura en su obra; admiraba tan pronto lo acertado de la composición como la destreza de la mano ejecutora del pensamiento; regocijábame en hacer con el mío rápidas excursiones al campo del arte montañés; contaba y clasificaba á los artistas por orden de géneros y hasta de edades; resultábame de tan varias, independientes y ricas manifestaciones, una tendencia común, una perfecta unidad final, como resulta en la fábrica del gallardo monumento con todas y cada una de las partes que le componen y que tan diferentes parecían entre sí, desparramadas y en manos de los artífices que van dándoles la forma determinada por el arquitecto; colábanse por este resquicio la idea de la _escuela_, el esbozo de la _región_; algo de lo que puede haber en estas ideas de ilusorio, por espíritu de raza ó por embriaguez patriótica; mucho de lo que, aunque irrealizable, tiene de bueno el achaque, por lo fecundo que es en nobles empresas y en generosos esfuerzos _locales_, que, á la postre, lucen en beneficio y en gloria de la patria común... en fin, hasta pesaba y medía el cuadro, que _ya era mío_, recordando sitios y espacios, para elegir el más conveniente para colgarle, cuando se me dijo que preguntaba por mí «un hombre de allá».

Hay que advertir que estos «hombres de allá» siempre llegan á mi casa (y llegan cada día desde los de mi mocedad) á la hora y en las ocasiones menos á propósito para entender yo con paciencia en los roñosucos «particulares» que los sacan del lugar: por lo común «expidientes» que «no corren» en estas oficinas; diferencias sobre intereses con el convecino; juicios en apelación al juzgado de primera instancia; cartas de recomendación para el preste Juan de las Indias, ó para el mismo príncipe de los apóstoles, portero de la gloria celestial, «motivao al muchacho que anda por los mundos» y desea mejorar de fortuna, ó á «la defunta que fallició» la víspera y pudiera, «con un buen empeño», verse libre de las penas del purgatorio; á menudo, porque la _cogecha_ ha sido mala, el perdón de la renta ó el anticipo «pa salir avante del mayor apuro á la presente»; la fianza para aquello ó el consejo para lo otro, y así, por este orden, hasta los pajaritos del aire ó los cuernos de la luna, porque, los benditos de Dios, no se paran en barras, puestos á pedir lo hacedero y lo imposible.

En todos estos casos, _relates_ eternos y digresiones interminables; los puntos litigiosos, sacados á tenaza por mí; salivazos en el suelo, tres libras de barro molido y estirado á pisotones sobre el hule, mal herido, además, por las tachuelas de los blindados borceguíes, y una humera, densa y asfixiante, del tabaco más malo que puede suministrar la Dirección de Estancadas, puesta de intento á darlo de lo peor... Vamos, que me cuestan un sentido, en todos conceptos, esas benditas gentes, que, por remate y «finiquito», no me lo agradecen tanto así... ¿Agradecer dijiste? ¡Buenas y gordas! Gracias que no se me responda lo que cierto compadre á quien yo ponderaba los sudores y congojas que, en dos meses de brega, me había costado poner en claro un derecho suyo desconocido en determinado centro oficial: «Si usté, al meterse en lo que no le importa, supiera teclear como es debido, más pronto... y mejor quizaes, hubiera sido el resultante». ¡Y lo había ganado con costas, y yo le había servido á sus instancias y de balde... y poniendo dinero encima! De veras: hay para pegarlos, muy á menudo. Pues así y todo, sufro y estimo, ¡qué estimar? amo á esos «hombres de allá», por el más sarnoso de los cuales me lío la manta al brazo á cada hora, para habérmelas con el lobo mismo, como si la oveja fuera de mi rebaño, sangre de mis venas, ó fibra de mis propias carnes; y frecuento oficinas, y escribo cartas, y molesto á los amigos, y aburro al más paciente y estimado de todos ellos, ¡yo que jamás he «incoado» un expediente propio en ningún _centro_ del Estado, ni por asuntos de mi pertenencia he dado los buenos días, en todos los de mi vida, al más modesto funcionario!

Conste que no lo puedo remediar, y vamos al caso.

Pregunté qué hombre era el que me buscaba, y me respondieron que «uno muy _oscuro_», que se llamaba no sabían si Blas ó si Juan, si Roque ó si Gómez, porque el hombre _no se dejaba_ entender.

No caí en la cuenta por estas señales. Pedí algunas más, y á poco rato me dieron estas otras:

--Dice que es _Cutres_.

¡Cutres! ¡Cutres en la ciudad! Lo menos hacía veinte años que Cutres no ponía los pies en ella. ¿Qué río se había salido de madre, ó qué monte se había _desborregado_ en el lugar? Porque, vistos los antecedentes de Cutres, y conocidos como yo los conocía, se necesitaba un verdadero cataclismo para hacerle salir de sus enroñecidos quiciales. De cualquier modo, con la visita anunciada había para que me temblaran las carnes; porque Cutres era de los hombres «de allá» que más me daban que hacer. Siempre tenía en tramitación dos ó tres expedientes, dos juicios de faltas «para el sábado que viene», y otros tantos en apelación; y todo ello por ser Cutres el hombre más testarudo que ha nacido de madre; por el condenado empeño de hablárselo todo él solo, después de forjarse las cosas á su gusto en la empedernida mollera. Oía ó soñaba el agravio, la reclamación ó el consejo; bajaba la cabezona hirsuta, fruncía las cejas grises, cerraba los ojos mortecinos apretando mucho los párpados... y allá va esa descarga de sonidos broncos, desconcertados y feroces, intraducibles en ideas ni en palabras. Se le llamaba á la razón con templadas reflexiones para explicarle el caso, para que oyera, cuando menos. Peor. La interrupción le cegaba más, y el zumbar de su palabreo incesante y confuso, llegaba al mugido del torrente en el fondo de una sima. De tiempo en tiempo, un estampido, una detonación, como si estallara algo allá dentro. Era una interjección, ó una desvergüenza, ó una injuria: «¡Ajo!... ¡La tal de tu madre!... ¡Ladrón!... ¡Saca-mantas!» Lo único que se le entendía claro en sus tremendos desfogues; y como había testigos, y él no escuchaba á nadie ni quería «volverse atrás de lo dicho», demanda «al consiguiente», y á juicio verbal «el sábado que viene». Á este tenor, sus negocios con el Municipio ó con la Hacienda; y expediente al canto... y á mí con el mochuelo al otro día, de palabra si me hallaba á la vera, ó, si en la ciudad, por el correo, en letras como perojos, que parecían hechas con la ahijada, sobre papel de hilo barbudo, y cerrada la carta con pan mascado.

¡Y este hombre había sido risueño y campechano, cantador y bailarín, la alegría del lugar!... hasta que se acabó «la carretería». Desde entonces, y por eso sólo, se hizo esquivo, lúgubre y desapacible, y se declaró en guerra implacable con todo el género humano. El mundo ya no _andaba_ para él, ni _las cosas_ que pasaban eran valederas ni producían derechos para nadie. Todo estaba fuera de la ley, incluso el tiempo, considerado por Cutres como una _suelta_, más ó menos larga, que tendría su fin más tarde ó más temprano, llegado el cual, volvería él á uncir... y hala con lo tuyo por el camino de siempre.

Pero la suelta duraba y duraba... y duraba, y el peso de los años que corrían, aunque ilegales, iba quebrantándole los bríos, arrugándole el pellejo y encorvándole los hombros. Él tenía fe ciega y tenaz en la vuelta de las aguas al abandonado cauce; pero ¿cuándo sucedería eso? Al paso que iba desmoronándosele la armazón, que fué de encina brava en otro tiempo, cuando se tocara á uncir de nuevo y á preparar la _mostela_, ¿tendría él agallas ya para subirla al carro?

Y esto le impacientaba y le consumía, y con ello iba haciéndose, de hora en hora, más feroz é inaguantable.

Á la sazón de preguntar por mí, tenía por acá tres expedientes _dormidos_ en los respectivos centros; expedientes forjados á su manera sobre soñados atropellos del municipio de allá. Se habían dejado dormir de propio intento y por obra de caridad, porque el menos improcedente de todos ellos contenía descomedimientos y crudezas de sobra para dar que hacer en el asunto, por razón de desacato, al juez de primera instancia. Cutres no quería entenderlo así; y en su empeño obcecado de ver en Ceuta al alcalde, y en la cárcel al gobernador que «le encubría», me había puesto á mí para pelar cincuenta veces, de palabra y por escrito, suponiéndome primero tibio en ampararle á él y, por último, cómplice y encubridor de «los otros», por _lo que se me pudiera pegar_, «si á mano viene».

¿Había ó no para que me temblaran las carnes al saber que Cutres estaba en la ciudad, y á la puerta de mi casa, resuelto á verse conmigo?

Mandé que le hicieran entrar; y entró, poco á poco, á paso de buey, marcando con dos golpes cada pisada de sus enormes borceguíes; en la mano un palo corto, rayado á fuego; vestido de paño pardo y con camisa de estopilla, á la moda de treinta y cinco años atrás. Guardó en un bolsillo del chaleco la punta apagada del cigarro que traía entre los amoratados labios, para darme los buenos días, sin pensar en descubrirse la cabeza; y del modo que ya se le ha descrito, desde el vano mismo de la puerta, donde se quedó parado, me disparó la andanada; pero, en honor de la verdad, no con la artillería gruesa. Así y todo, se llenó el cuarto de ruidos, y temblaron dos cristales mal seguros en sus mortajas. No le entendí una palabra, porque no hubo injuria, ni interjección, ni desvergüenza; lo cual era de agradecer, y se lo agradecí.

Mirándole y admirándole y gozándome en contemplar su estampa original y pintoresca, dejéle que se desfogara á su gusto; y cuando ya abrió los ojos y pudo mirarme y verme, con señas y ademanes expresivos le invité á que pasara más adelante y se sentara cerca de mí. Pasó y sentóse, poco á poco, muy poco á poco, y al carel de la butaca arrimada á la pared, casi debajo de un aparato telefónico, por más señas. ¡Qué acabado estaba el pobre hombre! ¡qué viejo, qué acartonado y rugoso, y cómo olía á humo de cocina, de cuyo fuego eran señales las _cabras_ que se le veían en las enjutas canillas por debajo de las campanas de sus perneras!

Estando así sentado, quedaba enfrente de él, y muy cerca, el cuadro de que íbamos hablando, colocado sobre una silla, tal como yo le había puesto para contemplarle á mi gusto.

Pensando en la manera de conjurar aquella tormenta que se me había venido encima de repente, en el breve espacio de silencio durante el cual tuvo mi hombre clavados los ojos en el cuadro, y andaba yo con los míos del cuadro á él y de él al cuadro, acordéme de que en la naturaleza bravía é irracional de Cutres había una cuerda sensible y _entonable_ con el sentido común y el lenguaje humano, y traté de herírsela, para distraerle un poco del asunto que le había sacado de casa, á pie y andando, por las señales del barro blanco de sus borceguíes, y por constarme bien que no se movía su cuerpo de otro modo, ó en carro de bueyes... ¿El tren?... Primero el coloño de espinos, «arrastrao por las patas, ú la horca mesma».

--¿Qué le parece á usted esto?--díjele corriendo más hacia él la silla en que estaba el cuadro.

El hombre, que aunque le miraba no le veía, se encogió de hombros por toda respuesta. Contaba yo con ello, y le añadí:

--Mírele bien, que hay algo ahí que le interesa á usted.

--¿Á mí?--exclamó entre admirado y desdeñoso.

--Á usted.

Volvió á encogerse de hombros, y volví yo á insistir en que mirara bien, metiéndole el cuadro por los ojos.

--Á manera de puente cascao--dijo al fin, después de mirar el dibujo con la cabeza entornada, tan pronto á un lado como á otro, la boca muy abierta y haciendo embudos con los labios.--Y si no lo juere--añadió sombrío,--que no lo sea. Á mí, ¿qué cutres me va ni qué me viene en ello? ¡Ajo! En esas penturucas con que tiene apestá la casa de allá, y la de acá por lo que veo, gastará usté los dinerales que estarían mejor gastaos en sacar avante la hacienda ultrajá de un probe como yo. ¡Cutres! Á ver cómo anda eso vengo, ¡ajo! y no más que á eso.

Se me iba, se me iba el salvaje por los cerros de su gusto, si no me apresuraba á atajarle.

--Mire usted, Cutres de los demonios, cabezón y testarudo--díjele apuntando al mismo tiempo con el dedo,--¿ve usted esta figuruca de hombre, metida en una O grandona?

--Pué que la vea,--respondió volviendo á mirar como antes.

--Pues es la estampa de un campurriano.

--¿Por ónde es campurriano eso, cutres?

--Por la cara, por la gorra de pelo, por la pipa, por la capa...

--Por el... ¡ajo! ¿Ónde están los zajones? ¿Ónde están las albarcas de pico entornao? ¿Ónde los escarpines negros con botonaúra?

--¡Otra te pego! ¿No ve usted que esto es un retrato de cintura arriba?

--Y ¿ónde se han visto campurrianos que no tengan ná de cintura abajo, cutres? ¡Y si habré visto yo compurrianos en mi vida!... ¡Ajo!

Ya estaba clavado mi hombre. Expliquéle, como mejor pude lo que era un retrato de medio cuerpo de un hombre que le tenía cabal, sin que Cutres cayera de su burro, por supuesto, y le señalé otro detalle del cuadro.

--Esto que usted cree un puente cascado, es un pedazo de una iglesia célebre que está en Cervatos, cerca de Reinosa.

--¡Reinosa!--exclamó estremeciéndose.

--Sí, señor--añadí ahondando en la herida abierta:--Reinosa. Todos estos peñascos, y estos montes algo nublados, y este tronco viejo... y hasta estos patucos que se bañan en esta poza, son cosas de por allá, de Reinosa; y escondido en estos repliegues de los montes, irá el camino real que tanto ha trillado usted.

--¡Treinta y dos años hace--exclamó en un mugido que retumbó en toda la casa,--días más que menos, que no le pisan los mis pies dende Corrales pallá!... ¿Se puede vivir así? ¿No es hora ya de que cambeen las cosas? ¡Ajo! ¡Ladrones dilapidaos!...