Pachín González

Part 13

Chapter 134,086 wordsPublic domain

Así fueron corriendo los años de su bachillerato, años que le parecieron siglos en su afán de que pasaran pronto, y también llegó á la Universidad. Para entonces ya le negreaba el bozo en la cara; y como era un mozalbete hecho y derecho, comenzaban á dilatarse, arrebolados y primaverales, los horizontes de su fantasía; el corazón palpitaba de regocijo en su pecho, rebosaba de vida y de esperanzas, y se anegaba todo su ser en un golfo de delicias, sin fondo, sin riberas y sin tempestades. Pero tenía este mar un escollo, uno no más, contra el cual se estrellaba él en cuantos rumbos le trazaban sus inquietas imaginaciones: la Universidad misma, su condición de estudiante con las horas fijas de cátedra, su escasez de dinero y de levitas, su falta de verdadera independencia. ¿Qué era él, en substancia, á la sazón? Entre los hombres, un niño; entre los niños, un hombre; es decir, que en todas partes estaba de sobra, fuera de la ley... en todas partes, menos en la Universidad: precisamente donde él no quería estar. De modo que todos sus «ideales» se realizaban fuera de la región en que el deber y la edad le colocaban... ¡Ah! la borla, ¡la borla! ¡Cuándo la ostentaría en sus sienes! ¡La borla era la libertad, la independencia, el carácter, la verdadera carta de ciudadanía! La borla en sus sienes era tener barbas, ser hombre, hablar en público, escribir, ser actor principal en la escena del mundo, adquirir fama, gloria quizás; de seguro, riquezas.

Y llegó también el día de ceñirse la borla, tras de muchos cursos ganados sabe Dios cómo, y sin haber pagado todas sus cuentas al sastre; pero pasando las penas del Purgatorio, para que en tan largo número de años no conociera su padre los apuros de su vida.

Doctor yo no sé en qué, tampoco en esta nueva jerarquía encontró lo que en ella había creído vislumbrar desde lejos. Desvanecíase su persona en la confusión de otros mil doctores de la propia ralea, y hasta observaba que no eran los más favorecidos por el aura popular los que tenían mayores merecimientos, sino mejores padrinos; ni éstos los más venturosos, puesto que cada altura que ganaban de un salto sólo les servía para codiciar con dobladas ansias otra mayor. Mortificábale esta invencible contrariedad de su carrera, y no resultaba, por ende, aquel punto el que le satisfacía para detenerse y acampar en él hasta el fin de su vida, colmadas ya sus ambiciones, y muertos, ó apaciguados siquiera, sus deseos. Molestábale también aquel vivir entre fárragos insubstanciales, que no podía barrer de su pupitre, porque ellos eran su pan y su vestido; fárragos acumulados por el movimiento maquinal de su cerebro de doctor, no producto de la febril ebullición de su fantasía, que le arrastraba en bien distintas direcciones. Hastiábale, asimismo, la soledad en que vivía dentro de su propio hogar, y suspiraba echando de menos, para estímulo en su trabajo y consuelo en su fatiga, el afecto noble y generoso de la compañera elegida por el corazón, y por Dios otorgada y bendecida. ¡Venturoso instante aquél en que éstos sus deseos llegaran á realizarse! ¿Á qué más afanes ya ni más intentos?

Y llegó pronto el suspirado «mañana». Pero los insaciables deseos no callaron. Faltaba algo en el cuadro de su felicidad; algo que es en el hogar doméstico lo que la brisa y los pájaros en el bosque: armonías y regocijo. Faltaban esos angelitos con ojos azules, húmedos labios y dorados rizos... Y también vinieron, según los días y los años fueron corriendo; vinieron lanzando el primer vagido antes de abrir los ojos, especie de protesta que exhala el alma, aliento de Dios, al sentir el contacto de la tierra, montón de barro de maldades. Pero los tiernos seres sólo eran ángeles en la figura; y cogían indigestiones, y padecían tos ferina y sarampión, y un soplo de aire frío los ponía á morir. La estadística acusaba una cifra espantosa de víctimas á aquella edad. ¡Qué pena cuando enfermaban! ¡Qué horrible pensamiento el de que podían morirse, cuando le asaltaban por todas partes, y le comían á besos, y le registraban los bolsillos, y le aturdían con sus preguntas sin fin en una lengua cuya gramática sólo conocen los padres!

¡Años! ¡más años!... Que pasaran los años era su anhelo incesante, para que aquellas tiernas existencias, con mayor desarrollo, corrieran menos peligros. Además, ¿no es cada niño un problema que ha de resolver el tiempo? Y ¿qué curiosidad más lícita que la que siente un padre por conocer esa solución? ¿Qué llegará á ser aquel inocente que se aflige por la rotura de su juguete, y ríe como un loco con la mosca que se estrella contra los vidrios del balcón, imagen fiel de la razón sin guía? ¡Y qué cosas ven los padres en esas contemplaciones, á la luz de su amor y de sus deseos! ¡Qué figuras, qué cuadros se pintan en el lienzo de su fantasía!... Poetas ilustres, sabios ingenieros, invictos generales, tribunos arrebatadores... tal vez el arte glorificado, la ciencia transformada, la patria engrandecida... porque todo ello puede ser obra del hombre, y para estas aristocracias del genio no hay cuna de preferencia; y no habiéndola, ¿por qué no ha de soñarla cada padre en la de sus hijos? Verdad que tampoco la hay para los monstruos del crimen; pero Dios no ha querido dar á los padres la espantosa tortura de poder imaginarse en el inocente ser que acaricia sobre sus rodillas, al héroe del presidio ó á la presa del verdugo. ¡Que vuelen, pues, las horas y los años! ¡que se aclare el misterio! ¡que se resuelva el problema!

Y voló el tiempo, y el niño inocente llegó á muchacho revoltoso, y el muchacho se hizo mozalbete presumido, y el mozalbete se transformó en hombre barbado; y en cada una de estas fases ó etapas de su vida se iban retratando otras iguales de la vida de su padre, cuyos deseos, lejos de apaciguarse, á la edad de las abnegaciones y de los desengaños, crecían y se multiplicaban, porque vivía por todos y para todos y cada uno de sus hijos; y los cuidados y los afanes de éstos eran sus propios afanes y cuidados... hasta que un día, al tender la vista en su derredor, se vió solo, ¡solo en su hogar! Unos muertos, otros ausentes... ¡nadie quedaba allí ya!... nadie más que él, con la carga de su vejez y de sus achaques.

Corto, muy corto, resbaladizo y pendiente era el camino que le restaba, y aún le parecía que era lento su andar y que el tiempo no corría bastante; aún esperaba «mañana» el alivio de sus dolores y el calmante de sus pesadumbres. Débil filamento es ya lo que antes fué árbol robusto de su vida; y aun sin cesar, le muerde y le adelgaza con la lima de sus deseos implacables; y sólo cesa en él el ansia de _otra cosa_, cuando con el último suspiro de la vida se desprende el alma de la grosera envoltura que la ha ligado á la tierra, y libre y purificada con la resignación y el martirio, vuela á su verdadera patria, donde el tiempo no corre, ni la luz se extingue, ni la dicha se acaba.

Tal fué, á grandes rasgos, su vida. Supla cada cual con sus recuerdos y su experiencia los detalles que faltan en el cuadro; los mezquinos, prosaicos deseos de cada instante; desde la bota que oprime, y el trabajo que fatiga, y el calor que sofoca, y el frío que entumece, hasta el festín que se aguarda, ó el ascenso ó el alivio ó el mendrugo que se esperan. ¡Siempre el deseo empujando! ¡Siempre la lima mordiendo! Siempre, en fin, el alma, como desterrada en el mundo, ansiando por salir de él. No es otra la enfermedad que acusan nuestros deseos incesantes y nunca satisfechos: la nostalgia de la patria. ¡Lástima que no paren mientes en ello los sabios que han dado en engreírse con su ilustre progenie de gorilas y chimpancés! ¡Si al menos, y en virtud de su descubrimiento prodigioso, se vieran sanos de la enfermedad de los deseos! Pero ¿dónde los hay más insaciables que entre las luchas de la soberbia, engendrada por los impulsos de una razón sin trabas ni cortapisas?

Los hasta aquí trazados, son rasgos de la vida, digámoslo así, del _hombre bueno_; el cual, con serlo y todo, jamás encontró en ella un punto de perfecto reposo, ni nunca hizo jornada que, al terminarla, deseara no pasar de allí. Pues fíjese un poco la atención, para completar el cuadro, en esas regiones sombrías donde la inteligencia se atrofia y el corazón se corrompe; donde el vicio es la ley, y la miseria se impone con sus negros atributos de ignorancia, de envidias y de rencores. ¿Quién es capaz de medir el empuje y la velocidad vertiginosa de aquellos deseos? Ya no son lima que muerde en aquellas vidas agitadas: son, á un mismo tiempo, huracán que arrasa y precipita, y fuego que devora.

¿Qué es, pues, en substancia, esto que llamamos _vivir_? ¿Qué tesoro es ése, por cuya guarda tantas injusticias y tantas maldades se cometen en la tierra? ¿Á qué queda reducido el espacio comprendido entre el recuerdo de lo último, ya pasado, y el primer deseo de _otra cosa mejor_?

Es posible que fueran muy otros los rumbos y el andar de los pueblos, si los hombres tuviéramos, ya que no alientos para vencer nuestras nativas debilidades, ojos, siquiera, para conocerlas y valor para confesarlas.

1900.

[Ilustración]

VA DE CUENTO

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VA DE CUENTO[6]

Érase un lugarejo (lindante, por más señas, con el mío) de reducidos términos y hacienda escasa, pero rico en galas y ornamentos de la naturaleza: floridos prados, selvas umbrías, montes abruptos, rumor de oleajes, auras marinas... lugar costeño, en fin, de la montaña, y está dicho todo.

Habitábanle pobres labriegos, tan pobres, que á duras penas sacaban de los senos de la madre tierra, dándoles muchas vueltas cada año, el necesario jugo para nutrir mal y vestir á medias el cuerpo encanijado. En cambio, gozaban fama, muy bien adquirida, de ser la gente más lista de toda la comarca.

Sabían algo de letras de molde, y se perecían por estar al tanto de las cosas y sucesos del mundo.

Érase, al mismo tiempo, un señorón de la corte, que había dado en la gracia de visitar á menudo aquel lugar, tentado de la codicia de sus bellezas naturales. El tal señorón no lo parecía por la sencillez de su porte, ni por la suavidad de su carácter, ni por la llaneza patriarcal de sus costumbres. Súpose, al cabo, allí, que no era «sujeto de los de tres al cuarto», por la fama vocinglera, que ya lo tenía bien pregonado por esos mundos de Dios; y fué la noticia motivo de gran asombro para aquellos aldeanos, no sólo por lo que les descubría de repente, sino porque no acertaban á explicarse cómo un hombre de tan erguido copete y de tan grande poder se daba por contento allí con trepar á las montañas, pintar en unas tablucas caseríos y peñascos, coger en el arenal caracoles y _concharras_, y con verlo y observarlo todo, grande y chico... y desde lejos, para no molestar á nadie, sin pedirles jamás nada, ni siquiera el voto á favor de un candidato para alcalde del lugar, ni una parcela de lo baldío para anzuelo de otras muchas que iría pescando poco á poco, hasta alzarse «en su día» con todo el territorio comunal.

Al contrario, era muy pródigo de lo suyo, particularmente con los muy necesitados de ello; y su corazón y las puertas de su casa siempre estaban abiertos á las ajenas pesadumbres y necesidades. Como por estas solas prendas ya se le tenía allí en cordial y grande estima, al catarle señorón pudiente y de relumbre, el simple cariño rayó en admiración. Un viejo sentencioso dijo un día ante un corrillo dominguero en que se trataba del asunto:

--Vos digo que el sujeto ése tiene los mengues en el pellejo, y vale, por saber y por entraña, más que too el oro que pesa.

Y se convino en ello, sin una sola discrepancia.

En esto, el señorón, que no lo parecía, compró un terreno en las praderas más elevadas de la costa, y labró una casa en él.

--Mucho te van á soplar ahí los vendavales--dijo el pardillo sentencioso,--y no te alabo el gusto por eso; pero en siendo el tuyo, como lo es, Dios te le prospere con vida y salú pa una eternidá.

Andando así las cosas, volvióse á la corte, como solía hacerlo de vez en cuando el pudiente señorón; y volviéndose á la corte, hizo allí una de las suyas, pero de las más sonadas; tanto, que al día subsiguiente ya había llegado el ruido hasta las cocinas de aquella aldea.

--Bien está eso--dijo un pardillo á otro que con él departía sobre el caso,--y visto es ya que si el sujeto ése pone empeño en sacar oro molido de los pedregales de la costa, oro molido sacará. Decís vusotros que tien los mengues en el pellejo... Pus yo vos digo que es el mesmo Pateta en cuerpo y alma; y vos digo más si á mano viene: vos digo que siendo lo que es y valiendo lo que él vale, no basta con sentirlo y conocerlo, como lo conocemos y lo sentimos nusotros, si nos lo callamos allá dentro, como nos lo hemos callao hasta aquí: la cortesía pide más al respetive; al cabo y postre, el sujeto es ya de casa, y como el otro que dijo, pertenencia de uno y tuya y mía.

--¿Á que distes en el mesmo clavo en que yo di no hace muchas horas?--respondió el oyente.

--No te diré que no--repuso el primer hablante.--¿Y qué clavo es ése?

--Pus el mesmo en que tamién han dao ya muchas gentes del lugar.

--Estipúlalo más claro y de una vez.

--Lo estipulo y digo: que cuando llegue el caso de tener á tiro á ese sujeto, se corresponda con él, si no al respetive de lo que es y de lo que se merece, tan siquiera de lo que nusotros semos y podemos; pos, como tú dices, de palabra callá y de obra enculta sólo Dios se entera; y el hombre que tiene un sentir honrao, debe decirle, porque si no lo dice, es como si no le tuviera. Y por lo que toca á ese pudiente, ya es hora de que nos conozca los sentires, pa que vea que no vive aquí en tierra de desagradecíos ni de melones.

--Ésa es la cosa, y á dar en ella tiraba yo cuando te dije lo que te dije. Con que entendíos, y no hay más que hablar por la presente.

De esta conversación nació una concejada que tuvo que ver. No faltó en ella un solo vecino. Puesto el punto en tela de juicio, y acordado de golpe y sin disputa que cada cual de los congregados acudiese «en su día» á casa del señorón para «rendirle homenaje», llegóse á tratar del cómo, y dijo un concurrente:

--Pos yo le llevaré, pinto el caso, dos aves de las mejores que tengo en el corral.

--Curriente--dijo el pardillo sentencioso que llevaba allí la dirección del cotarro.--Pero ¿has de entregarlas en seco? ¿No has de acompañar la fineza con una mala palabra?

--Justo que sí--respondió el de las aves,--y ya estaba yo en esa cuenta.

--Y contabas bien--repuso el otro.--Pero ¿qué piensas decirle?

--Hombre--contestó el interpelado,--lo que sea de razón y venga al _ite_ de la cosa.

--Con verlo basta.

--Pos le diré, punto más, punto menos, que... por acá, que... por allá; que si eres esto; que si vales lo otro; que bendita sea la luna en que nacistes, y la hora en que te avecindastes aquí... y... y...

--Pos, mira, tendrá que oir too ello, como lo jiles bien. ¿Y tú?--añadió el pardillo encarándose con otro concurrente.

--Pos yo--respondió el aludido rascándose el cogote,--si no tengo aves que llevar á ese sujeto, algo de cuenta paecerá en casa, ó en las aguas de la mar, con que pintarle la buena ley que le tengo; y al auto de la palabra, tampoco ha de faltarme en su hora y punto.

--Pon un _simen_ de ello.

--Pos al _simen_ de lo que acabas de oir al mi compadre: que... por arriba, que... por abajo; que lo que sabes, que lo que puedes, que lo que vales; que ni los mesmos soles del día, ni los luceros de la noche que te se acomparen, y que bendita sea la hora...

--Á otro,--dijo el pardillo manducón, guiñándole un ojo al mismo tiempo.

Y el otro siguió cantando la mismísima tonada que sus antecesores, como todos y cada uno de los que le siguieron en la fila. Entonces dijo el pardillo sentencioso:

--Bien está el intento, y de agradecer será el buen sentir que á todos nos mueve; pero, por lo que pueda valer, quisiera decirvos que, como semos muchos, hay ringlera pa una semana diendo uno á uno, y va á resultar el cuento, pa el pudiente, el acabóse.

Túvose el reparo por muy cuerdo, y se convino en que hicieran la visita todos juntos.

--Punto pior pa el caballero--expuso un concurrente algo malicioso,--si á cada osequio ha de acompañar una soflama del osequiante, y todas ellas entonás en una mesma solfa, como aquí se ha visto; porque de este modo tendrá que envasarse de una alendá lo que del otro pudo ir sorbiendo poco á poco en una semana, y sin quebrantos del cuerpo.

De este nuevo conflicto surgió otra idea: ir todos juntos, pero hablando uno solo. Se acordó así, y se acordó también, _némine discrepante_, encomendar la soflama á un arrumbado fiel de fechos, allí presente, que no había dicho una palabra hasta entonces, ni era muy socorrido de ella que digamos; pero que, en cambio, era uno de los más viejos del concurso, de los que más admiraban al pudiente y el que más veces había conversado con él y mejor le conocía los gustos y el «genial». Asustó al hombre la embajada; pero pensando que para las grandes ocasiones son los grandes sacrificios, y contando más con su entusiasmo que con sus fuerzas, aceptóla sin chistar.

Pasaron días; volvió de la corte el señorón pudiente y, cuando menos se lo esperaba, invadióle la casa el vecindario, con los trapitos de cristianar encima y el modesto agasajo bien escondido.

Adelantóse el fiel de fechos, carraspeando mucho y pisando mal; y encarándose con el señor pudiente, que allá se andaba con él en angustias y congojas, según rezaba su semblante, quiso echar la soflama que había «amañado» con trabajos... y se le fué la idea: intentó buscarla por atajos y recodos más trillados, y le faltó la palabra; y finalmente, empeñado en salir, con una excusa, del conflicto en que se veía, hasta le faltó la voz.

Entonces, por no tirarse por la ventana que veía enfrente, se arrojó al único asidero que tenía á sus alcances para salir vivo del atolladero: á su propio modo de ser, á la pata-la-llana y á la buena de Dios; y comenzó así, braceando hacia los congregados y con la vista fija tan pronto en los cestucos en que éstos llevaban las respectivas «finezas», como en la cara compasiva del pudiente festejado.

--Y por último, aquí están estos sujetos, y aquí estoy yo; y ellos y yo, y lo que ellos traen y lo que yo también traigo, estas pobrezas que están á la vista, y el corazón que, á poco que se arrepare, también puede verse aticuenta que en la palma de la mano; todo ello y cuanto somos y valemos y esperamos, es de la Su Mercé; y con ello y con todo, aunque damos cuanto tenemos, no damos la metá de lo que la Su Mercé se merece. En esta cuenta, ordene y mande; y verá cómo no se queda más corta que las palabras la buena voluntad para servirle. Y con esto no canso más.

Dijo; y sin esperar la respuesta, puso su cestuco en el suelo; imitáronle sus poderdantes, y se fueron en tropel á la calle, tan poco satisfechos del valor de sus ofrendas, como de la soflama del arrumbado fiel de fechos, de quien se habían prometido cosa mejor.

Pues bien, _mutatis mutandis_, aquí se está dando un caso muy semejante al caso de la aldehuela de mi cuento, y por eso precisamente le he sacado á relucir. Tú, comensal perínclito, admirado compañero y amigo del alma; tú eres (y perdona el modo de señalar) el señorón pudiente y campechano; nosotros los congregados en tu derredor para festejarte sin _agredirte_; los pardillos de la aldehuela, hombres de índole sana y animosos, muchos de ellos un tanto dados al vicio de las letras, y todos, en conjunto, admiradores fervientes de los grandes maestros, como tú, en el arte de cultivarlas; y yo, el arrumbado fiel de fechos que aceptó, en mal hora, el encargo de echarte la soflama, y que al llegar el fiero instante de cumplir su cometido, siente, congojoso y trasudando, que le falta la palabra, y se le cuaja la voz en el gaznate, y nada sabe del paradero de sus ideas, para decirte, siquiera, á lo que viene.

En tan negro trance, dejándome de retóricas inútiles, y atento sólo al cumplimiento fiel del honroso mandato, llamo tu consideración, con el respeto debido, no hacia los humildes cestucos de nuestras pobres ofrendas, sino al hondo sentimiento que palpita en nuestros corazones al presentártelas, á la buena amistad, á la admiración fervorosa y al cariñoso respeto que te consagramos.

Todo esto, y otro tanto más que se siente mejor que se explica, junto y en una pieza, sazonado al calor de nuestro regocijo, y entre fragantes hojas de laurel virgen que tan profuso crece en el florido suelo de la tierruca, que ha dilatado sus linderos al henchirse de noble vanidad desde que la diputaste por tu segunda patria; todo esto, repito, te ofrecemos, y te lo sirvo yo con alma y vida, como plato final de este agasajo cariñoso, en la salsa de mi oficio.

[Ilustración]

NOTAS:

[6] Leído en un banquete ofrecido á D. B. Pérez Galdós por sus amigos de Santander.

ESBOZO

[Ilustración]

ESBOZO

El sujeto de él no es producto castizamente español; pero, á tuertas ó á derechas, ya le tenemos acá, y tan aclimatado como otras muchas cosas que por españolas pasan, porque en España viven y crecen y hasta se multiplican; y si no se acomodan rigorosamente á nuestro genuino modo de ser, vamos nosotros acomodándonos á ellas, y tanto monta.

No apareció sobre la haz de esta tierra por la obra lenta y gradual de una gestación sometida á las leyes inalterables de la Naturaleza, sino por el esfuerzo violento de un cultivo artificial, semejante al que produce los tomates en diciembre, y los pollos vivos y efectivos sin el calor de la gallina. Trájole la arbitraria ley de una necesidad de los tiempos que corren; un antojo de las gentes de ahora, que exigen, para alimento de su voracidad, no los manjares de ayer, suculentos, pero en grandes y muy contadas dosis, sino la comidilla incesante, la parvidad continua, estimulante y cáustica, que mantenga el apetito en actividad perenne.

Dándole, pues, carta de ciudadanía en España, y estudiándole un poco desde aquí para filiarle en justicia, puede afirmarse, sin asomo de duda, que desciende en línea recta de aquel modestísimo _gacetillero_ ó _localista_, que, pocos años hace, ejercía el precario oficio á la callada y á escondidas de las gentes, por respeto al proverbial quijotismo español, que le tenía en poco y le sumaba con todos los «holgazanes vagabundos» y demás «gentes de mal vivir y perniciosas»; de aquel excelente muchacho que, de higos á brevas y en casos muy extraordinarios, se veía, con una mano en el bolsillo, y en la otra el sombrero de copa alta, á la puerta de una oficina pública, pidiendo veinte veces y en voz baja licencia para entrar un poco más adentro, con los modestos fines de preguntar á un oficial de cuarta clase, ó á un agente de policía de los más ínfimos, si eran ciertas las noticias corrientes entre el público sobre este robo ó aquel descalabro, en la seguridad de ser respondido, á la quinta ó sexta acometida, con una desvergüenza ó un bufido que le causaban angustias y trasudores, muy merecidos en su humilde entender; pero que aún le parecían cosa de chanza si á la salida de allí, y después de llegar en volandas á la redacción, le era lícito escribir, para el número del _día siguiente_, un sueltecillo á este tenor: «Con noticias de buen origen, podemos confirmar (ó desmentir) las que circulan media semana hace, en plazas, tertulias y cafés, acerca de esto ó de lo otro».